domingo, 20 de agosto de 2017

Despacito, a la cima del mundo.

Como lo prometido es deuda y os habéis portado genial conmigo, aquí tenéis la información de los capítulos que quedan de Chasing the Stars.
Puedo garantizaros y de hecho os garantizo un mínimo de 13 capítulos más (es decir, la novela llegaría hasta 130), aunque no descarto poner un par de ellos más, porque quiero que sucedan muchas cosas en muy poco tiempo, y quedaría mal si intentara meterlo a calzador.
Además, y esto ya después de terminar la novela, iré subiendo unos anexos en los que explicaré con más detalle cómo son las actuaciones de los chicos en The Talented Generation... porque me hace ilusión dejarlo por escrito, y volver a verlas en mi cabeza dentro de unos años (si vuelvo a leer la novela) con claridad.
Y ahora, ¿qué día subiré el último capítulo?
Seguramente algunas ya lo sospechéis, porque, si empecé a subir Sabrae el día que nació Scott, parece lógico que Chasing the Stars se termine el día en que nace Tommy. ¿Qué día nace Tommy? El 17 de octubre... de ahí que os pidiera 17 comentarios para avisaros de lo que está por venir.
Tengo un calendario ajustadísimo que seguir; espero que no os importe que publique cada 3 días; de lo contrario, no llegaré a la fecha tope que me he puesto (y cumplir con la fecha es lo que más me importa, más que subir 13 o 15 capítulos). Os pido que me dejéis todos los comentarios que podáis para animarme en la recta final. Espero que todo merezca la pena y despedir esta preciosa historia como se merece. 
Dicho esto, y sin más dilación... ¡disfrutad del capítulo! 



Otra vez esa sensación de explosión en mi interior cuando terminamos la canción, los últimos acordes se extinguieron y las luces se encendieron para permitirnos ver al causante de aquel ruido ensordecedor, que tan fuerte era y tan bien sentaba. Nos acercamos al borde del escenario con una sonrisa satisfecha, mirándonos los unos a los otros, felicitándonos con la mirada por no haber metido la pata ni haber chocado con ninguno de los bailarines que abarrotaban al escenario, y nos inclinamos hacia delante mientras el público rugía nuestros nombres.
               -June-pidió Simon, dejando que la chica, que manejaba un iPad con una mano y un portátil con la otra se empujaba las gafas por el puente de la nariz.
               -Tengo a Aibbe, de Manchester, que dice “imagínate lo que sería que Layla te arropara por las noches y te diera un besito y te dijera que te quiere, dios mío, cómo quiero a mi madre”-leyó, y todo el mundo se echó a reír. Layla se puso colorada, Tommy le dio un cariñoso apretón en la cintura-. Asha, de Edimburgo, dice que no le importaría ir a un concierto de Chasing the stars aunque tuviera que pagar con la vida de su primer hijo… por cierto, Chad, si quieres tener un rollito de una noche, ella está disponible-más risas, Simon asintió con la cabeza-. Cara Delevigne twittea una foto de su televisor y dice que se muere de ganas de que lleguéis a la final para poder venir a veros en directo, ahora que ya le ha llegado la invitación-siguió leyendo una retahíla de tweets y publicaciones en Tumblr hasta que Simon le dio las gracias, ella sonrió, le dijo que gracias a él, y se retiró a un discreto segundo plano, reposando su espalda de nuevo en su silla-. ¿Jesy?
               -¿No quieres mantener un poco la tensión del momento?-respondió mi mejor amiga, alzando las cejas y mascando un chicle. Simon se echó a reír.
               -Tienes razón. ¿Quién empieza, tú o Gaga, Nicki?
               -Empiezo yo-Nicki se echó hacia delante, apoyó las palmas de las manos en la mesa y exhaló un suspiro-. ¡Guau! Os lo digo cada semana, y voy a sonar repetitiva, pero es que no hacéis más que sorprenderme. Me ha encantado la energía que habéis derrochado esta noche en el escenario, On top of the world es una de mis canciones favoritas por su buen rollito, tiene muchos aires de fiesta, y eso es lo que me habéis dado vosotros-nos señaló con un dedo acabado en una afilada uña postiza-. Ganas de fiesta. Felicidades, chicos.
               -Gracias-sonrió Diana, la encargada esta noche del micro. Gaga se recolocó su coleta antes de empezar:
               -Mentiría si os dijera que no noto mejoría respecto de la semana pasada, aunque me ha decepcionado un poco cómo os habéis desenvuelto con los bailarines en el escenario-comentó, mirándonos-. ¿No habéis podido ensayar mucho con ellos?

miércoles, 16 de agosto de 2017

Hogar, dulce hogar.

La música se termina por fin en este agotador ensayo. Desde que echaron a Thr3some la semana pasada, hemos decidido que no podemos dejar nada al azar. Nos hemos puesto las pilas (más incluso que antes), porque el nivel de exigencia es altísimo a pesar de haber empezado hace nada el programa.
               Todos creíamos que aquel grupo llegaría lejos, especialmente después de ver su audición, impecable y de una calidad altísima, con una coreografía digna de los profesionales del breakdance. Pero, cuando se les pidió que prepararan otra canción, fueron incapaces de innovar lo suficiente sin perder toda su esencia. Al final, los meses de ensayo de Swalla no habían sido suficientes, o precisamente habían sido demasiados, y los tres chicos se habían ido a la calle por no poder seguir el ritmo de los demás. A los jueces no les bastaba con clavar una actuación; querían que todas fueran perfectas.
               Y, después del incidente de Jesy y Scott, nosotros tenemos que matarnos a trabajar para poder mantenernos dentro.
               Tommy se sienta a mi lado, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y la camiseta pegada a su espalda, empapada en sudor. Cierra los ojos un momento, recuperando el tranquilo ritmo de su respiración. Traga saliva, y yo no puedo evitar fijarme en la sensualidad que hay en ver subir y bajar la nuez de Adán de su cuello. Siento el impulso de besársela. Incluso me inclino hacia él.
               La coreógrafa pone de nuevo la canción, y los animados acordes de On top of the world reverberan en la habitación llena de espejos. Scott se tira al suelo, agotado, mientras Diana hace una mueca y Chad bufa. No podemos hacer el baile otra vez.
               -¿Seguimos de tarde?-sugiere la chica, y yo asiento con la cabeza en representación de mis compañeros. Ella se muerde el labio, repite mi gesto y empieza a recoger sus cosas. Siento los ojos de Tommy posarse en mí.
               -Hola-me dice, de repente consciente de mi presencia. Yo sonrío, celebrando la intimidad de que me hable en el idioma de nuestras madres. Últimamente hemos cogido ese hábito, como intentando compensar las veces en que se tiene que alejar de mí para acercarse más a Diana. No hemos explicado nuestra relación aún.
               -Hola-ronroneo-. Has bailado genial.
               Tommy sonríe con satisfacción. Ya sabía que bailaba bien, pero no se imaginaba que le resultaría tan fácil coger el ritmo y recordar los movimientos. Sabe que todos confiamos en él para que nos guíe en las actuaciones. Es un papel de peso que lleva con orgullo, el de maestro de bailes. Incluso disfruta de la confianza depositada en él, de los halagos continuos de compañeros y profesores, que no se esperan que un chico que nunca ha ido a clases baile así.
               -Es que soy latino-explica siempre, y se echa a reír-. Gracias-es lo que dice esta vez. Le cojo la mano sin pensar, y rápidamente se la suelto. Miramos a la coreógrafa, que sigue recogiendo sus cosas, ajena a nosotros. Tommy traga saliva, me acaricia el dorso de la mano con discreción, aprovechando que la he dejado caer a un costado y que él posa la suya también en el suelo-. Siento que tenga que ser así-me dice en un susurro, asegurándose de que nadie nos oiga, nadie nos escuche. Le quito importancia con un gesto de la mano.
               Diana termina de recoger sus cosas, Scott se levanta del suelo después de sentir la mirada envenenada de ella sobre él. Chad bebe un poco más de agua, detecta la tensión que crece entre la americana y el inglés, y decide rebajarla inquiriendo:
               -¿Quién se ducha primero?
               Los ensayos son una verdadera odisea; nos duchamos varias veces al día, tan agotados y sudorosos que terminamos, y eso nos afecta a la piel. No es bueno meterse tantas veces debajo de agua muy caliente, no es bueno enjabonarse como nos enjabonamos, pero no nos queda otra. Bastante difícil es ya estar cinco personas en una habitación de tres, como para que descuidemos nuestra higiene.
               Diana está a la que salta precisamente por los efectos del agua en su piel y en su pelo. Ella, que tenía una melena tan suave, brillante y fuerte, está perdiendo toda su fuerza, porque lleva el pelo recogido durante demasiado tiempo; ella, que siempre desprendía un aroma afrutado que me encantaba oler cuando iba a su habitación, sumergiéndome en su esencia, ahora desprende un olor a jabón del más barato, de ése que sólo huele a una única fruta que, para colmo, está por descubrir.
               Intenta compensar sus cambios de humor esnifando cocaína cuando tenemos un descanso, y siempre que lo hace, es a escondidas. Luego viene con nosotros, se sienta donde estemos y trata de contener los efectos secundarios que la sustancia tiene en su organismo. No siempre lo consigue. Y Tommy siempre le nota que se ha metido algo; frunce el ceño, pone mala cara y finge que no la tiene delante cuando ella está colocada.
               Scott no lo está pasando mejor que ella. Después de que Eleanor pusiera distancia entre los dos, temiendo que su relación se resintiera por la sobre-exposición a la que les someterían, apenas puede pasar tiempo con ella y tiene que aguantar que todas las redes sociales se llenen de mensajes apoyando la pareja que hace con cualquier chica a la que se acerque a menos de un metro. Todos los días, durante algún período de descanso o comida, June aparece con su cámara y nos graba un vídeo para mantener el interés de la población. Scott tiene que cuidarse muy mucho de sentarse rodeado de chicos, e incluso cuando no hay ninguna chica en contacto con él, la gente se las apaña para cazar alguna mirada involuntaria cuando una fémina habla.
               Y emparejan a Scott.
               Y Eleanor finge que no le importa.
               Y Scott finge que no se da cuenta.
               Pero a ella sí le importa. Él sí se da cuenta.

viernes, 11 de agosto de 2017

The Talented Generation.

Aiden rodó por la cama y se dedicó a mordisquearme la oreja.
               -No voy a dejar que te vayas-ronroneó por decimotercera vez en aquel minuto, acariciándome el pecho. Volviéndome loco durante el proceso. Me eché a reír y me dejé mimar.
               Habíamos quedado en que comeríamos por ahí con mis padres. La comida fuera se había vuelto un picnic. Y el picnic, un festival de sexo de despedida del que yo no tenía intención de sobrevivir. Una sonrisa tonta me cubría la boca.
               Lo habíamos hecho. Seguía sin creerme que lo hubiéramos hecho.
               Y varias veces.
               Todas en mi cama.
               No quería salir de esa cama.
               -¿Vas a secuestrarme?-inquirí. Fue su turno de reírse esta vez. Se puso encima de mí. Lo rodeé con mis piernas y gemí cuando se frotó con sus caderas contra mi sexo.
               -Te voy a atar a esta cama-me aseguró. Me mordisqueó los labios. Yo se los mordisqueé a él.
               -Suena genial.
               -Y te voy a hacer cosas muy, muy sucias.
               -Suena aún mejor.
               -No te vas a escapar de mí.
               -Iré comprando la cuerda, entonces-tonteé. Nos reímos, nos acariciamos un poco más. Continuamos besándonos. Estaba reuniendo el valor necesario para ponerme sobre él cuando llamaron con timidez a la puerta. Era la voz de mi madre la que esperaba al otro lado.
               -¿Chad?-preguntó.
               -No abras, Vee-le pidió Aiden, que se había metido en el bolsillo a mi madre en los dos días que llevábamos juntos, sin casi separarnos.
               -Sí, mamá-le secundé-, por favor, no abras.
               -Cariño, lo siento mucho, pero tenéis que ir despidiéndonos-casi pude verla haciendo una mueca de dolor-. Acaban de llamar a tu padre, el piloto ya está en el aeropuerto. Nos están esperando.
               Suspiré. Aiden negó con la cabeza, puso los ojos en blanco.
               -¿Podemos posponer lo de las cuerdas? Me ha interesado eso de las cosas sucias que quieres hacerme-bromeé. Sus ojos chispearon, lujuriosos-. Me gustaría conocer más detalles.
               -Te voy a dar yo a ti detalles-replicó, agarrando mi miembro y acariciándomelo. Cerré los ojos, me dejé llevar, hasta cierto punto.
               -Chad-exigió mamá, pasados cinco gloriosos minutos en que los dedos de Aiden me dieron más placer del que yo mismo podría insuflarme durante mi estancia en el concurso. De repente, no recordaba por qué había acertado.
               Joder, las manos de Aiden en mi sexo me hacían olvidar incluso cuál era mi nombre. Suerte que mamá estaba ahí para recordármelo.
               -Ya llegamos-bufé.
               -Sobre todo tú-ronroneó Aiden, besándome el pecho mientras continuaba sus torturadoras caricias. Lancé una exclamación y me aparté de él-. Oye, C, ¿crees que tendréis vis a vis, como en las cárceles?

jueves, 3 de agosto de 2017

El mejor hermano del mundo.

Otra vez os tengo que dar las gracias por la avalancha de comentarios, ¡ojalá algún día pudiera deciros cuánto os echaba de menos y la ilusión que me hace leeros! No me esperaba la reacción al anterior capítulo a pesar de que tuviera Sceleanor, sólo espero que éste os guste tanto como el anterior. ¡Nos vemos en una semana!

Cuando me desperté, Sabrae estaba sentada en el borde de la cama, mirándome, apoyada en una mano y con una sonrisita de suficiencia en la boca, enmarcada por unos rizos que llevaban siglos sin alborotarse tanto. Una parte de mí recordó cuando era pequeña y se dedicaba a corretear por casa con la melena así, suelta, bailando a su alrededor, mientras ella acarreaba cosas en sus pequeñas manos, con carreras tambaleantes pero firmes.
               Pero Sabrae ya no era ese bebé, ya no era mi bebé. El mono carmesí que apenas le cubría los muslos y cuyas cadenas doradas subían por sus hombros hasta encontrarse con el satén rojo como la sangre de su espalda era la principal prueba de ello, aunque los rastros del maquillaje no hicieran más que confirmar que mi niña había crecido.
               El brillo en sus ojos era propio de una mujer. Sólo un hombre podía habérselo puesto ahí.
               Me revolví bajo las mantas, mirándola con los ojos entrecerrados.
               -He llegado a las dos y cinco-informó, victoriosa. Me eché a reír, frotándome los ojos.
               -Vaya respeto te infunde tu hermano, ¿eh?-Sabrae rió entre dientes.
               -No quería que llegara tarde; Annie se disgustaría. Bastante mal le ha parecido que no me lleve a comer hoy.
               -¿Qué tal con Alec?-inquirí. Sabrae alzó una ceja, regodeándose en mi espera, en meditar lo que me contestaría.
               -Espectacular-dijo por fin-. Como siempre-se acarició una pierna, pensando-, en su línea-me miró de reojo y soltó una risita.
               -¿Qué habéis hecho?
               -Una dama no revelaría esas cosas jamás, Scott.
               Miré en derredor, exagerando el gesto para que ella se percatara de él.
               -¿Ves a alguna dama en esta habitación?-pregunté. Sabrae se echó a reír-. Tú solo… dime que habéis usado protección.
               -¿Tantos celos le tienes a Alec, que no quieres que lo hagamos sin nada, como Eleanor no te deja?
               -Eleanor sí me deja. De vez en cuando-respondí-. Pero eso no quita de que no me apetezca que te dediques a poner huevos-solté, y Sabrae se echó a reír-. Con que haya una como tú en este mundo, ya hay de sobra. No hacen falta más.
               -Oh-ronroneó Sabrae. Me la quedé mirando.
               -Es algo malo.
               Ella puso mala cara, me quitó la almohada y me pegó con ella.
               -Mamá y papá están terminando con la comida. Baja cuando te dé la gana, y ten cuidado, no te atragantes-espetó, mirándome de arriba abajo. Me incorporé y chasqueó la lengua-. ¿Ahora siempre duermes desnudo?
               -Paso calor-protesté.
               -¿Y por qué no te quitas una de las 4 mantas con las que duermes?
               -¡Porque me gusta sentir peso encima! Además… tendrás tú mucha queja de que los tíos durmamos sólo con los bóxers cuando duermes con Alec.
               -No duerme sólo con los bóxers-discutió, y me eché a reír.
               -Chica, ¿tan fea eres desnuda, que le quitas las ganas de más?
               -No, imbécil-esbozó una sonrisa sardónica-. Alec duerme sin nada… igual que yo.
               Se bajó de la cama de un brinco y corrió hacia la puerta mientras yo le tiraba la dichosa almohada, pervertida ya su misión en la vida, gritándole que no quería más detalles, dándole las gracias por la imagen mental que me perseguiría hasta el lecho de muerte.
               Me tiró un beso cuando estaba en la puerta y la cerró, dejándome solo con mis pensamientos.
               Después de que Alec se marchara en el coche que solía ser de Diana, nos habíamos quedado un ratito más de fiesta antes de decidir que era hora de irnos. Yo sabía que me quedaría durmiendo gran parte de la mañana (es lo que tiene follar como un loco durante el día y ser el rey de las fiestas por la noche, que acabas molido), así que no quería desmadrarme demasiado. Me apetecía estar con mi familia, y lo mejor de todo era que Tommy compartía ese sentimiento, con lo que habíamos sido los dos contra el mundo una vez más, y no como solía suceder durante los fines de semana: uno quería irse prontito, el otro quería quedarse hasta el amanecer, el último suplicaba (puede que incluso de rodillas) y el primero terminaba cediendo, porque había dos personas a las que Tommy y yo no podíamos decir que no.
               Eleanor y yo éramos las de Tommy.
               Y Sabrae y Tommy eran las mías.

sábado, 29 de julio de 2017

You fucking with a savage.

Antes de que empecéis a leer, tengo que daros las gracias por los comentarios del último capítulo. ¡Os echaba mucho de menos! Ojalá podáis seguir comentando de vez en cuando, no sabéis la ilusión que me hace y el impacto que tiene vuestro feedback cuando estoy escribiendo. Escribí esto con muchísimas más ganas gracias a vosotras. 


El escenario estaba a oscuras, el plató estaba a oscuras. Lo único que tenía un poco de brillo era el camino por el que teníamos que cruzar en dirección a nuestros puestos frente al público, y los focos que refulgían débilmente sobre las cabezas del jurado, así como las pantallas de las cámaras que pululaban de un lado a otro, desde el techo hasta el suelo, tomando capturas de todo en diferentes ángulos.
               Nadie querría perderse esto.
               -Cuando queráis-nos instó la chica de producción, la tal Abby a la que acababa de abandonar su amiga, atravesando paredes de tela. Asentimos con la cabeza, nos miramos entre nosotros, y echamos a andar.
               Algo me detuvo, un instinto primario, una sensación tan débil como innegable. Tommy no venía detrás de mí. Se había girado y miraba a Scott, que se había quedado plantado en su sitio, negando con la cabeza.
               -No puedo hacerlo-dijo. Tiré de la mano de Chad, que tocó a Layla en el hombro. Hubo murmullos entre el público que pusieron aún más nervioso a Scott-. No puedo salir ahí, yo…
               -Tienes que hacerlo, S, tenemos que salir los cinco-le dijo Tommy, acercándose a él, cogiéndole la cara entre las manos.
               -Me parezco demasiado a mi padre, tú te pareces demasiado al tuyo, van a pensar que vamos a imitarlos…
               -No van a vernos, S, ¿recuerdas? No nos van a ver, lo tenemos todo pensado, conseguiremos un juicio por lo que nosotros haremos, no por quiénes somos-Tommy le acarició la cara, haciendo que le mirara sólo a él-. Sólo van a escucharnos, y no han cantado esta canción, nunca los relacionarán con nosotros.
               -Chicos-instó la chica de producción. Layla se acercó a nosotros, indecisa. Notaba cómo mi corazón martilleaba en mis sienes como un tambor de guerra, estaba empezando a darme vueltas la cabeza. Me di cuenta de que Scott no era el único que se ponía histérico; yo también lo estaba, agobiada por una situación que no controlaba. No era como un pase de modelos, en el que conocía mi talento y mi valía, y en el que ya estaba curtida. Aquello era mil veces peor.
               Nuestra coreografía daba pena, y la oscuridad era una excusa patética para mantenerla. Yo lo sabía. Scott también. Por eso no quería salir. Íbamos a hacer el ridículo. Había perdido mis alas para nada.
               -Necesito que hagas esto por mí, ¿vale, S?-le pidió Tommy, y Scott se lo quedó mirando, aterrorizado-. Nunca me has fallado, hermano, ni una sola vez. No quieras empezar ahora, porque no te lo voy a consentir. Vamos a salir ahí fuera-señaló el escenario tenuemente iluminado para que encontráramos las X de cinta americana sobre las que nos teníamos que situar-, y vamos a darlo todo, y nos van a coger porque somos geniales y porque nos lo merecemos. Pero tenemos que estar todos juntos. Estamos juntos, ¿verdad?
               Scott se lo quedó mirando como si no terminara de verlo.
               -¿Verdad?-insistió Tommy, suplicante. Scott asintió con la cabeza, despacio. Tommy sonrió, le dijo algo en un idioma que yo no entendí, le dio un beso en la frente y una palmadita en el hombro y tiró de él para llevarlo al escenario.
               Odiaría a Scott toda mi vida por haber hecho eso. En silencio, trotamos hasta nuestros puestos, sabedores de que estábamos impacientando a un jurado al que no nos convenía cabrear. Nos colocamos sobre las X, una formación extraña, como los vértices de un pentágono en el que quien cantaba ocupaba la punta. Nos miramos entre nosotros, ya en la oscuridad, y asentimos con la cabeza. Tragué saliva, cerré los ojos, y esperé.
               Las primeras notas de aquella canción que habíamos ensayado hasta la saciedad empezaron a sonar, y noté cómo me echaba a temblar a la izquierda de Layla, cuya figura refulgía tenuemente en un tono blanco como la nieve.
               Después de mucho discutir, de gritos entre Tommy y Scott especialmente, porque uno decía que no podíamos vivir eternamente con miedo a dar la cara por ser la principal herencia de nuestros padres, y el otro defendía que lo que no podíamos era plantarnos en un programa de talentos y pretender que el mundo nos tomara en serio siendo los herederos de quienes éramos, habíamos dado con la solución. Nos habíamos sentado a ver audiciones de grupos en anteriores ediciones de ese programa y en otros similares. No podíamos usar la cortina que usaban en La voz cuando querían ocultar a algún concursante interesante, ni podíamos usar un vídeo como en otros concursos para no tener que dar la cara. Las reglas de The talented generation eran muy claras: había que tener presencia en el escenario, pues para algo había que salir en él en cada fase del concurso, y esa presencia sólo se descubría estando de veras en el escenario.
               Pero nadie había dicho nada de que tuviéramos que dar la cara, y los bailes con luces en los que no se veía más que trajes que parpadeaban no tenían ningún tipo de detractor.

domingo, 23 de julio de 2017

Flor.

Mamá se gira y mira a papá y Scott. Papá la contempla ensimismado. Scott me mira a mí, me arrulla y me acaricia detrás de la oreja. Hemos descubierto que me encanta que me haga eso. Me hace muchísimas cosquillas. Me río y me río y me río mientras él se ríe y se ríe y se ríe. Nos reímos y nos reímos y nos reímos los dos juntos, yo instigada por sus dedos, él, por mis carcajadas infantiles.
               -¿Qué tal estoy?-pregunta mamá, abriendo los brazos y mirando alternativamente a mi hermano y a mi padre. En la boca de papá se ha quedado a dormir una sonrisa que hace que sus ojos se achinen y le brillen. Scott levanta la cabeza un momento para mirar a nuestra madre.
               Lleva todo el día de un lado para otro. Ha llenado la casa de un aura que me encanta, un olor que hace que se me derrita la boca, aunque no sé muy bien por qué. Sólo sé que mi cuerpo reacciona más o menos de la misma forma que cuando veo el botecito de cristal con la leche que me dan, antes de que me den una imitación de esos abrazos que me llenan la boca de leche, sólo que sin el tacto de otra piel contra la mía.
               Es olor. Olor a comida, a comida deliciosa, comida que me encantará degustar cuando crezca. Pero ahora no puedo, porque soy un bebé, y no tengo dientes.
               Además, me gusta la leche que me dan.
               -Deslumbrante-dice papá. Mamá sonríe, sus ojos chispean. Se ha hecho algo, tiene la cara diferente. Los labios, que me encanta cuando se posan en mi cara, están más rojos. Sus ojos son más grandes, más verdes. Su pelo ha cambiado de posición. No tiene tanto, pero a la vez tiene más por la parte trasera. Se ha recogido en una especie de trenza no enredada los mechones que le enmarcan la cara. Tiene algo brillante colgándole de las orejas. Algo más brillante de lo que suele tener, quiero decir. Unos pendientes diferentes. Me encantan. Quiero tocarlos.
               Lleva una camiseta de tirantes, en un tono que me gusta mucho y del que me quiero rodear. Además, la camiseta está a medio terminar, porque sus bordes tienen una especie de recortes, parecidos a los que Scott trae de clase y cuelga encima de nuestra cama cada semana, pero mamá es tan bonita que hace que la camiseta sea preciosa y le quede genial.
               -Hablo en serio, Zayn-responde mamá. Papá tuerce la cabeza hacia un lado, examinando a mamá. Se la está comiendo con los ojos. No sabía que nadie pudiera comerse con los ojos a otra persona. Pero papá lo hace con mamá.
               Me pregunto si Scott me come con los ojos, y yo no me doy cuenta porque soy demasiado pequeña aún.
               -¿Qué es deslumbrante?-pregunta Scott, con la nariz arrugada.
               -Es cuando una chica es tan guapa que te duele mirarla-contesta papá, sin apartar los ojos de mamá. Se está pegando un atracón.
               Mamá pone los ojos en blanco, se echa a reír y se vuelve para mirarse en el espejo.
               -Pues entonces Sabrae es deslumbrante-espeta Scott, y papá y mamá se echan a reír. Papá le revuelve el pelo y le da un beso en la cabeza mientras mamá termina de pasarse algo metálico por los labios. Se da unos toquecitos en una comisura y se vuelve de nuevo.
               -¿Mejor?
               -Sher, estás espectacular te hagas lo que te hagas.
               -Quiero estar perfecta-responde mamá, caminando hacia mí y quitándome de brazos de Scott, que los estira en mi dirección a modo de protesta, pero nada más. Me acurruco en el pecho de mamá y exhalo un suspiro de pura satisfacción. Entreabro los ojos, veo que mamá me mira, y los vuelvo a cerrar, sintiéndome protegida y celebrada y amada como llevo haciéndolo desde que ella me encontró.
               Me encanta mi vida. Me encanta que mamá sea mi mamá.
               Y lo demuestro bostezando sonoramente, que es como los bebés damos pruebas de nuestro cariño: durmiéndonos en brazos de la gente.
               -No sé si debería preocuparme-contesta papá, con las piernas abiertas, sentando a Scott en su regazo-que te preocupes más por tu aspecto cuando vienen mis padres que cuando yo vengo de la universidad.
               -A ti no te tengo que conquistar, ya te tengo comiendo de la palma de la mano-mamá me acaricia la espalda, me da un beso en la frente y baila conmigo, para deleite de todos los que estamos en su habitación-. Además, contigo no tengo que compensar un millón de cosas que hago mal.
               -¿Que son qué, exactamente?-papá alza las cejas-. ¿No querer firmar tus trabajos de Doctorado con mi apellido?

miércoles, 19 de julio de 2017

¡Eres Tommy Tomlinson!

Scott.

Alá. Si estás ahí… mátame ya.
               Me dolía todo el cuerpo, literal y absolutamente todo el cuerpo. La cabeza me daba vueltas y estaba bastante seguro de que me encontraría mejor si me hubiera despertado dentro de un ataúd enterrado en el que ya apenas quedara oxígeno. Las mantas me oprimían, me impedían respirar, pero ahora estaba en un planeta y ambiente hostiles. No podía sacar la cabeza de debajo de la manta, o la infinidad de soles que brillaban en el cielo (era imposible que fueran menos de 10) me desintegrarían los párpados y me achicharrarían el cerebro.
               Conseguí revolverme, moverme como pude para ponerme de costado. Estiré un brazo que pesaba tres veces lo que solía y toqueteé la pared, insultantemente fría. Ni siquiera recordaba haber vuelto a casa; de lo último que me acordaba era de ver a Sabrae marcharse con alguien, en una nube de confusión… en un momento dado había visto y estado con Eleanor… nos habíamos besado salvajemente, creo que incluso me había empalmado con el contacto de su lengua…
               Joder, ¿cuánto hacía de eso? ¿Segundos? ¿Minutos? ¿Horas? ¿Milenios? Me sentía como si me acabaran de pasar por encima con una apisonadora, como si me hubieran tirado de un 7º piso y luego se hubieran dedicado a bailar sobre mi cadáver espachurrado.
               Y había un ruido en la habitación. Algo más estridente incluso que los putos pájaros cantando, celebrando la luz asesina. Dios, qué ganas tenía de que se extinguieran.
               El ruido era como de un monstruo. Como un troll respirando una esencia putrefacta, sus papilas gustativas deshaciéndose en babas anticipando el banquete.
               Me di la vuelta como malamente pude. Contuve un gemido, toda una hazaña si teníamos en cuenta que me dolía cada mitocondria de mi desgraciado ser. Saqué la cabeza de debajo de la manta, la colgué del colchón, y abrí los ojos. La luz era cegadora, sí, pero no tanto en esta postura que sólo me fracturaría el cuello si la mantenía más de dos segundos.
               Y me encontré a Louis tirado en el sofá de mi habitación, con los pies encima del reposabrazos, fumándose un cigarro y jugando con su mechero, lanzándolo al aire y recogiéndolo y volviéndolo a lanzar. En ese momento, me cayó peor incluso que si hijo.
               -¿Louis?-gemí con una voz que no parecía la mía, sino la de un enfermo terminal de cáncer de garganta al que han tenido que extirparle medio cuello. Louis me miró y sonrió, recogió el mechero en el aire y cerró su tapa. Soltó una carcajada que reverberó en toda mi mente como un disparo en una catedral desierta.
               -¿Louis? ¿Louis?-cacareó. Me tapé la cabeza con la manta, su voz dolía demasiado-. Venga, S, ¿tanto tiempo ha pasado, que no me reconoces?
               -¿Qué?
               -Soy yo, tonto. Tommy-espetó, y yo saqué la cabeza de debajo de las mantas-. Llevabas durmiendo 20 años, tío, ¡ya podrías haber soñado un poco conmigo para poder reconocerme! Confundirme con mi padre-Louis/Tommy sacudió la cabeza y dio una calada de su cigarro-. Como si yo pudiera conseguir un Grammy, como él.
               -¡PAPÁ!-protestó Tommy, saliendo del armario (ya era hora de que admitiera que estaba enamorado de mí) y arrebatándole el mechero-. ¿Qué coño te dije? ¡Que lo engañaras para ver si se le freía el cerebro! Tenías que soltar la gilipollez del Grammy, ¿verdad? No podías mantener la boca cerradita.
               -¿Podéis dejar de gritar?-gemí. Louis se levantó y le puso una mano en el pecho, dejándole allí el mechero.
               -Me habría reconocido igual, Tommy-Louis le revolvió el pelo a su hijo y fue hacia la puerta-. Por los tatuajes.
               -O no, podrías haber intentado engañarlo. Decirle que me los había hecho porque… no sé, me gustaban.
               -Ni muerto te harías el tatuaje del gorrión gordo-respondió su padre. Tommy se quedó callado un momento.
               -Bueno, vale, pero, para ser sincero, ni siquiera sé por qué sigues aguantándolo tú.
               -Porque es demasiado grande para borrarlo, no se me ocurre qué tontería ponerme para taparlo, a tu madre le gusta, y era esto o una polla, porque al padre de este desgraciado-me imaginé que me señaló con el dedo- le gustaba hacer trampas a las cartas sólo para obligarme a hacerme tatuajes horribles.
               -¡Yo no hago trampas a las cartas, si no sabes jugar mejor que un crío de 4 años, no es mi culpa!-escuché a papá desde un mundo de distancia.
               -¡Dejad de gritar, estoy intentando ver una serie!
               -¡CALLAOS TODOS Y DEJAD DORMIR A SCOTT!-bramó mamá por encima del estruendo de la casa, que me hizo desear tener un tumor cerebral con metástasis por todo el cuerpo. Seguro que dolía menos, y así no tendría que hacer cola en el cine, porque a la gente le daba yuyu ver a alguien calvo por culpa de la quimio: era mejor que se muriera delante de ti en la cola de las palomitas, que lo hiciera detrás.
               Un tiranosaurio se acercó a mí con sus pies reverberando en toda mi habitación. Tommy me pasó una mano por la espalda y me dio una palmada en el culo.
               -Ojalá te hubiera asfixiado la primera noche que dormimos juntos-gemí. Escuché la sonrisa de mi mejor amigo cuando me contestó:
               -Yo también te quiero, Scott.

martes, 18 de julio de 2017

Terivision: El piso mil.

¡Hola, delicia! Vuelvo a traerte mi opinión sobre un libro que he leído recientemente (de hecho, lo terminé ayer). Se trata de:


El piso mil, de Katharine McGee. El piso mil es la historia de un grupo de adolescentes que viven en una mega Torre construida en Nueva York y que llega hasta (lo has adivinado, muy bien) los mil pisos. A cada nivel que se asciente, aumenta la riqueza y el lujo. Nos encontramos con los estilos de vida de diversos personajes: Avery, Leda y Eris, que viven en los pisos superiores (la primera es la moradora del lujosísimo ático), y Watt y Rylin, que se encuentran en las zonas más humildes, cercanas a la base de la Torre. Todo parece ir más o menos bien, hasta que una chica se precipita al vacío durante una fiesta que se celebra en los pisos inferiores. Pero, con esta caída, descubriremos un mundo lleno de mentiras, traiciones y excesos que nunca debió destaparse.
No te voy a mentir: lo que me atrajo del libro cuando lo vi en una tienda fue su portada, que es realmente atractiva a la par que sobria y elegante. Destaca por sus colores, en negro y dorado, que capturan tus ojos en estanterías donde los colores más vibrantes y vivos son la norma general.
He de decir que no me arrepiento en absoluto de haberle dado la vuelta, leer la sinopsis y decidir que el libro me atraía.  Es probable que incluso lo compre, junto con su secuela, cuando salga ésta, para tenerlo en físico y poder releerlo más adelante.
La historia es novedosa pero no por lo que ocurre en sí; es la típica novela de adolescentes en la que nada es lo que parece y todo el mundo es súper feliz hasta que te das cuenta de que no hacen más que fingir sonrisas. Me pareció incluso una suerte de Gossip Girl en que la Reina Cotilla no existe, algo así como la historia de un Upper East Side que ahora sólo es Upper Side. Lo más interesante es el mundo en que todo se desarrolla, la relación con la tecnología y cómo esta se retrata de una forma bastante precisa por parte de la autora.
Se trata de una novela coral en la que, si bien en la sinopsis parece haber una clara protagonista, en realidad seguimos a varios personajes en su entorno. Con todo y como siempre, tiene que haber un hilo conductor central, que se trata de un triángulo amoroso en que Leda y Avery se ven involucradas… y que a mí me pareció bastante más soso y aburrido que otras historias, como la de Watt o, mi favorita, Eris. Eso de mejores amigas se pelean por el mismo chico ya está muy visto, y aunque la autora intenta sorprenderte con un giro inesperado, en realidad lo ves venir de lejos, lo cual empaña un poco la lectura.
Los personajes son bastante complicados para lo poco que puedes ver de ellos. En mi opinión, sería Avery, la supuesta protagonista absoluta, la que es más plana y transparente. Su vida gira en torno al chico que le gusta (ella lo admite en varias ocasiones, y hacia el final de la novela ya es imposible que no te hayas dado cuenta de esto), seguida por Leda, un personaje que parece una cosa pero que enseguida vemos que es todo lo contrario. Bajo mi punto de vista, otra vez, la que más evolución y profundidad demuestra es Eris, aunque también es cierto que las circunstancias de su vida son las que más fuerzan esa evolución que en el resto de personajes no se produce realmente.
La escritura me ha sorprendido para bien: aun siendo del género Young adult y de una escritora desconocida para mí, hay muchas frases preciosas y muy bien elaboradas, con metáforas altamente trabajadas que se alejan de las típicas descripciones que hay en este género, y que la mayoría de autores (yo incluida en mis novelas) se limitan a repetir hasta la saciedad.
El problema que le veo a El piso mil es que, si no te sientes atrapado por el hilo argumental principal (el triángulo amoroso del que te he hablado) y quieres refugiarte en las demás historias, no lo vas a conseguir del todo. Las otras historias son una especie de complemento al triángulo amoroso que te dejan con ganas de más, algo insatisfecha por cómo se suceden los acontecimientos. En mi opinión, hay vidas que se desaprovechan, nudos que se deshacen de una forma demasiado fácil, casi desganada, para que el lector no se distraiga de la historia de Avery y Leda, lo cual es una verdadera lástima, teniendo en cuenta que son los personajes menos interesantes de la historia.
¡Se me olvidaba! Mención especial a la autora por no incluir a los lectores en los agradecimientos; me ha parecido especialmente mal, ya que somos, al fin y al cabo, quienes hacemos que los libros se publiquen. De no creer una editorial que vamos a existir, no moverá un dedo por sacar a la venta un libro. ¡Katharine, por favor, yo no me descargué ilegalmente tu libro para que ahora ni siquiera reconozcas mi existencia!
En resumen: El piso mil es una lectura interesante y fresca, con una escritura sorprendentemente buena para este género, y personajes secundarios muy bien construidos que les quitan el foco de atención a los “protagonistas consagrados” que, eso sí, te deja con ganas de más. Esperemos que en la secuela Vértigo la autora corrija el rumbo.
Lo mejor: la descripción del mundo en el siglo XXII y los diferentes puntos de vista que te permiten tener una visión más completa.
Lo peor: los personajes con más protagonismo son, precisamente, los más planos y aburridos.
La molécula efervescente: el personaje de Eris, a quien me he imaginado con muchísima claridad tanto psicológica como físicamente (eso sí, cambiándole el color del pelo).
Grado cósmico: Estrella {4/5}.

¿Y tú? ¿Has leído este libro o has oído hablar de él? ¡Cuéntame en la cajita de comentarios!

sábado, 15 de julio de 2017

Es mi hermana, no un Big Mac.

Layla.
El tren desacelera. Los edificios dejan de emborronarse y cobran nitidez. Ya no son manchas que perturban el paisaje, sino que se convierten en el paisaje, en las vistas de la ventana. Los pasajeros empiezan a recoger sus cosas.
               Paso más páginas de la revista que Diana me ha prestado. Es lo único que he sacado de mi bolso, y puedo permitirme llevarla en la mano.
               Es viernes. Mis padres no me esperan. Pretendo darles una sorpresa.
               Algunas madres ya se levantan, combatiendo con sus hijos. A una se le cae un muñequito de peluche y yo se lo tiendo directamente a su hijo, que se pone colorado y se aferra a las faldas de su madre, de repente tímido, a pesar de que ha pasado todo el viaje dando la lata.
               No a mí, claro está. Adoro a los niños, y no pueden molestarme ni aunque no tuviera una revista llena de tachones y anotaciones por todas partes. Me pareció curioso el afán de corrección de Diana; apenas había una página intacta, todas tenían el tatuaje de algún pensamiento hecho a bolígrafo de tinta negra.
               -Gracias-me dice su madre, acomodando a su hijo sobre su pecho y tirando de sus maletas. Me ofrezco a ayudarla, pero llega su marido y me da las gracias por los dos por mi oferta. Se bajan en esta parada. Me despido del niño con una sonrisa y él hunde la cara en la melena castaña de la madre, quien le da un beso y le acaricia la cabeza.
               Mis amigas dicen que se me dan bien los niños. Supongo que notan que me gustan y yo les gusto a ellos. Son criaturas adorables con las que tienes que tener sólo un poquito de paciencia.
               A cambio, te regalan el mundo. Yo, que tengo un hermano pequeño, lo sé.
               Y yo, que tengo un pretendiente aún más joven que mi hermano pequeño, también lo sé.
               La mañana en que me desperté con Tommy apenas podía creerme lo que acababa de suceder. Diana estaba despierta, mirando su móvil, y saludó con la mano para no hacer ruido y despertarlo a él, que tenía una expresión de paz en su rostro… le pellizqué la mejilla a la americana, que soltó una risita y se despidió con la mano cuando le dije que me iba a duchar, que tendría que pedir prestado un coche para poder ir a la universidad.
               Cuando volví, los dos estaban despiertos, retozando sobre las sábanas, riéndose y haciéndose cosquillas. Me dieron envidia y a la vez los adoré. Eran mis niños.
               Y Diana era mi compañera.
               -Justo a tiempo-celebró, arrancando la sábana para tapar su desnudez, patrocinada por nuestro chico-, tengo que ir a lavarme la cara.
               Tommy conservaba los pantalones del pijama. No es que le molestaran mucho. Casi llegó tarde al instituto por mi culpa.
               Yo casi llegué tarde a la universidad por querer estar con Dan.
               -¿Qué tal has dormido, Lay?-me preguntó con tono casual, como si no le doliera en el alma nuestra diferencia de edad.
               -Muy bien, ¿y tú, tesoro?
               -Bien-dijo, metiéndose una cucharada de cereales chocolateados en la boca. Me miró con ojos de cachorrito abandonado y añadió-: aunque puede que hubiera dormido mejor si hubieras venido a darme un beso a la cama.
               -Es que sabía que, si te iba a dar un beso, al final me quedaría durmiendo con Diana, y no contigo.
               -Con Diana y con Tommy-corrigió.
               -Sí, con Diana y con Tommy.
               -Porque Tommy es tu chico favorito, ¿a que sí? ¿Mi hermano es tu chico favorito del mundo mundial?
               -Por supuesto que no-respondí, acercándome a él y sentándome en la silla de al lado, que Louis había dejado libre-. Mi chico favorito del mundo mundial eres tú.
               Eri se rió, oculta tras sus rizos y el tazón de leche al que le estaba echando unas cucharadas de cacao. Dan dejó caer la cuchara de sopa en sus cereales, la boca tan abierta que se podría haber metido el puño dentro… de no ser anatómicamente imposible, claro.
               -¿Cómo es eso?
               -Es que estoy esperando a que se me pase la timidez contigo-expliqué-. Y a que tú crezcas un poco.
               -¡Soy el más alto de la clase!
               -Está bien, pero, ¿eres el más alto del cole?
               Dan sacudió la cabeza, yo le di un beso en la frente, y con eso le hice el día.
               -En dos años, cuando seas el más alto del cole, dejaré a tu hermano y saldremos juntos, ¿te parece?
               Y ahí estaba. La sonrisa de niño pequeño, de “tengo todo lo bueno del mundo concentrado en mi interior”. La misma sonrisa de mi hermano cada vez que volvía a casa. Esa ilusión infantil que el resto nos terminaba robando. Nos apresurábamos tanto en crecer, que no nos dábamos cuenta de que, al hacerlo, dejábamos atrás lo más importante que teníamos: nuestra inocencia.
               -¡Sí!

martes, 11 de julio de 2017

Ángel de la guarda.

Layla me había acompañado a la parada del autobús cuando recibí el mensaje de Scott. Por suerte, aún estaba conmigo, con lo que no tuvimos que hacer nada más que rebuscar en nuestros bolsillos, comprobando que tuviéramos cambio con el que pagarle el billete.
               Volvió a pegarse contra mí, como si yo fuera el sol que más calienta en un cielo lleno de astros, y ella, un dulce girasol. Tantas despedidas para nada: habíamos empezado a despedirnos en su casa. Yo me había puesto de puntillas para darle un piquito antes de irme (y ni siquiera me molestó que ella fuera más alta que yo), y ella sonrió, apartándose el pelo de la cara, tras dejarme saborear el sabor de su pintalabios:
               -Me gusta que no llegues a darme un beso si yo no quiero.
               -Tampoco te daría un beso si tú no quisieras-le contesté. Eso hizo que decidiera acompañarme hasta el ascensor. Luego, hasta la calle. Bueno, venga, voy hasta la esquina. ¿Sabes qué? Voy contigo hasta la parada del bus.
               Y ahora allí la tenía, con el billete arrugado entre los dedos, y una sonrisa en los labios cada vez que yo dejaba de acariciarla y ella me paseaba el meñique por el dorso de la mano, como diciendo “estoy aquí”.
               Me encantaba tenerla tan cerca, ver lo mucho que había avanzado, notar las buenas vibraciones que manaban de su cuerpo y la felicidad, aunque tímida, que irradiaba su alma. Seguro que su aura estaba de algún precioso color cálido, de esos que llenan los escaparates de las tiendas cuando se acerca el verano.
               Menuda mierda que Scott fuera el que le quitara esos aires dorados.
               Se había metido las manos en el bolsillo. A sus pies se desperdigaban varios cigarros consumidos hasta el filtro. Joder, la cosa tenía que ser grave. Especialmente si había venido solo, dejando a mi hermana atrás. En sus ojos había ese rastro que sólo una chica podía dejar en él, pero todo su cuerpo irradiaba tensión como calor una estufa. Me bajé antes que Layla, con una mano agarrándola para que no se cayera. Asentí con la cabeza. Scott hizo lo mismo, y luego se volvió hacia Layla.
               -Te veo bien, Lay.
               -Me siento bien, S.
               Scott sonrió un poco, cortés. Su sonrisa no le subió a los labios, pero yo ya sabía que eso iba a suceder. Se metió un nuevo cigarro en la boca y lo encendió, sin preguntarle a Layla si le importara que fumara delante de él. Le dio una calada para después tendérmelo.
               -¿Qué pasa, tío?
               -Mi madre-dijo sin más. Me lo quedé mirando-. Quería que vinieras. Quiere hablar con nosotros dos.
               -¿Por qué?
               Scott entrecerró los ojos, inclinó la cabeza a un lado.
               -¿De veras no lo sabes, Tommy?
               Acepté el cigarro.
               -Tenemos que contárselo-razoné, echando a andar detrás de Scott. Él me miró por encima del hombro, esperando a que yo le alcanzara y, de paso, que elaborara mi teoría. Como no dije nada, habló.
               -Layla no pidió ayuda. Fuimos a deshacernos de las pruebas-atajó, y yo me detuve un segundo, impactado. ¿De verdad íbamos a contarle lo del incendio?-. Mi madre no puede hacer milagros, por eso tuvimos que intervenir nosotros. Ella no es Dios, pero nosotros actuamos como Jesús, ayudando a los… bueno, no sé. Hace años que no me acerco a un Corán-Scott se frotó la cara-, quién sabe las parábolas de Jesucristo, y…
               -Eres musulmán, Scott, ¿de veras quieres ir por ahí?
               -¡Me tienes de tus tecnicismos hasta la polla!-explotó. Layla dio un brinco.
               -Scott-susurró.
               -Tranquila, princesa, no iba en serio-respondí, pero Scott se pasó una mano por el pelo cortísimo y se disculpó. Con ella, por sobresaltarla, y conmigo, por contestarme mal.
               Si no se hubiera disculpado yo tampoco me habría muerto ni nada por el estilo.
               -¿Qué ha pasado? Estos días ha estado muy tranquila, cualquiera diría que le ha dado una venada.
               Scott sonrió, con la típica sonrisa que haría que mi hermana mojara las bragas.
               Claro que Scott tampoco necesitaba hacer mucho para que mi hermana mojara las bragas.
               Pero nos estábamos saliendo del tema.
               Llegamos a su casa, nos encontramos a Sherezade esperándonos apoyada en el sofá. Alzó las cejas y nos invitó a seguirla. La tensión en Scott había ido creciendo más y más a medida que nos acercábamos a su casa. Pero, cuando vi adónde nos conducía Sherezade, empezaron a entrarme sudores fríos. Podía sentir mi espalda empapada en tensión. Con razón Scott me había dado aquella contestación y se había fumado tantos cigarros: Sherezade tenía ganas de bronca, y nosotros íbamos a ser el blanco de aquella pelea.

domingo, 2 de julio de 2017

Terivision: Desayuno en Júpiter.

¡Hola, delicia!  Como estoy leyendo bastante últimamente (debería escribir, tengo una novela que terminar y otra que hacer avanzar, créeme que lo sé), te traigo de nuevo mi opinión sobre el último libro que me he terminado. Se trata de:


Desayuno en Júpiter, de la autora gallega Andrea Tomé (viva el talento que tenemos en el norte). Desayuno en Júpiter fue una recomendación de una seguidora cuando pedí que me dijeran libros protagonizados por lesbianas o chicas bisexuales que trataran precisamente de sus relaciones amorosas. Quería investigar un poco para Sabrae, y qué casualidad, que terminé dándome cuenta de que yo también era bisexual leyendo esta historia.
En fin, el libro cuenta la historia de Ofelia y Amoke, dos chicas de 17 y 20 años que son voluntarias de una ONG que se encarga de cuidar de que los enfermos terminales no mueran solos. Sus caminos se entrecruzan cuando la escritora favorita de Ofelia, Virginia Wonnacott, a las puertas de la muerte, le pide a ésta que escriba sus memorias, y a Amoke, que sea una de sus enfermeras particulares. A la par que descubrimos el pasado de la escritora, que vive literalmente para contar esta última historia, también vamos viendo cómo la relación de Ofelia y Amoke se hace cada vez más estrecha, hasta que terminan enamorándose.
Partimos de la base de que no tenía ni idea de lo que iba a ser el libro; lo único que sabía era que había un romance lésbico y poco más. Bien, tengo que decir que era exactamente lo que estaba buscando, y eso sin yo saberlo: Desayuno en Júpiter versa precisamente sobre cómo una de las dos chicas descubre su verdadera sexualidad y decide dejarse llevar por sus sentimientos, permitiéndose sentir una atracción que siempre ha estado ahí, pero a la que no se atrevió a poner nombre hasta hacía poco. Me he sentido especialmente reflejada con el descubrimiento de Ofelia de que le gustan tanto chicos como chicas, de que el gusto por las mujeres y su belleza se debe no a envidia, sino a atracción. Creo que ése fue uno de los momentos más especiales del libro, tanto por lo que significó para mí (fue una suerte de sendero luminoso que me indicaba el camino) como por cómo se lo tomó ella: lo aceptó sin más, no hizo mucho drama de ello, y así también se lo tomó Amoke.
Respecto a la trama en sí, confieso que me habría gustado que la escritora se centrara un poco más en la relación de las dos chicas, pues en ocasiones da la impresión de que la realmente importante es la escritura moribunda y el secreto que guarda en su interior. En un par de ocasiones me dio la sensación de que la historia de Amoke y Ofelia era más bien el marco de la de Virginia Wonnacott y no al revés. De todas formas, la historia de la escritora es interesante, con lo que el defecto llega a ser mínimo. Con todo, hay un momento en que varias historias se entrecruzan y un nudo argumental se resuelve de una forma un tanto precipitada, que te deja algo descolocada y me hizo sentir un poco perdida hasta unas páginas después, cuando se insistió de nuevo en ese desenlace concreto y otro suceso le terminó de dar la vuelta de tuerca.
Aunque es un libro cortito, de unas 400 páginas a letra bastante grande, tiene un montón de frases preciosas que he anotado en mi libreta, y que pronto aparecerán  en el Tumblrde frases de libros. Y con “un montón” me refiero a 90 contadas (no tengo perdón de dios). Desayuno en Júpiter es una lectura muy tierna, perfecta para contar algo tan bonito como el descubrir realmente quién eres y el primer amor. Sus personajes están bastante bien construidos y la lectura no se hace demasiado empalagosa; los escenarios son monos pero creíbles, sin rayar nunca en el exceso.
Lo mejor: la ternura con que Amoke y Ofelia describen sus sentimientos.
Lo peor: algunas veces, las historias de Virginia Wonnacott pueden venir en el momento más inoportuno.
La molécula efervescente: Ofelia, dándose cuenta de que es bisexual, su manera de describirlo.
Grado cósmico: Estrella {4/5}
¿Y tú? ¿Has leído el libro, o tienes alguna recomendación de otro con temática similar? Si es así, ¡déjamelo en un comentario!

Y muchas gracias a DrewFieldsWP por su fantástica recomendación.

viernes, 30 de junio de 2017

Cuando te eches novio, o novia.


Había una vez una niña a la que le decían de pequeña “cuando te eches novio o novia”, y a la que todo eso le parecía genial. Le gustaba no tener límites, que sus padres no fueran como los que salían en algunas películas, los que no querían a sus hijos y les decían que no podían salir con una chica por ser chica.
La niña creció. Fue feliz. Esperaba con ansia ser mayor, porque sabía lo que eso significaba. Pronto se echaría novio, o novia. Pronto le empezaría a gustar alguien sin importarle si era como ella, o era diferente. Crecería y sentiría cosas y su cuerpo las celebraría y todo estaría bien, porque formaría parte de eso que se llamaba amor y que tantas ganas tenía de probar.
Y ella no tenía límites, podía volar cuanto quisiera.
Pero había un problema. La niña no se enamoraba. La niña no sentía nada. Miraba a los chicos y le parecían monos, miraba a las chicas y le parecían monas, pero nada más. Nada de esas mariposas en el estómago, ninguna urgencia en la parte baja de su vientre, ni calor en las mejillas ni deseos en el alma. No había fuego, era hielo. Qué raro. Debería ser al revés. No tenía límites, tenía unas alas inmensas. Pero, por alguna razón, esas alas no volaban.
Ella no volaba.
La niña se sentía extraña. Todo el mundo se echaba novio, o novia, y rompían y se arreglaban y volvían a romper. Todo el mundo se besaba y tenía sexo, y ella miraba desde un extremo de la habitación, la única espectadora en el cine de una película que parecía una adaptación de La colmena. Era la única espectadora, porque todos los demás eran actores.
La niña se sentía un poco mal. Sentía cariño, ganas de achuchar. Iba creciendo y sus propios pensamientos se organizaban de forma extraña. “Quiero acunarle”, “quiero darle besitos”, “ojalá arroparle antes de irse a dormir”, “ojalá acariciar su cuerpo desnudo, y darle mimos y mimos y mimos hasta que el sol se ponga y la luna también lo haga horas después”.
Pero ése no era el amor del que todos hablaban, ésa no era la pasión de la que todos hablaban. Más que un fuego, le parecía el calor del interior de la tierra, una gruta calentita por la lava a la que no puede llegar.
Llegó una respuesta. Había personas que nunca sentían ese fuego. Que nunca sentían calor, pero que tampoco tenían frío. Que vivían bien sus vidas sin necesitar de alguien que les encendiera la llama. Y se acostumbró a arrastrar sus alas, y se convenció de que no necesitaba volar, y le pareció bien. Y fue feliz.
Y, sin embargo, algo en ella parecía revolverse cada vez que veía a un novio, una novia, con su novia, o su novio. Lo echaba de menos, aun no habiéndolo tenido.
Hasta que, un día, lo encontró. Una foto en Instagram fue el detonante de la bomba. Y echó a volar. Y vio que puede que no tuviera nunca novia, pero que algún día tuviera novio.

Y luego vio un vídeo. A la semana, o así. Y volvió a estallar con los colores de todo el universo concentrados en su interior, una nebulosa entera explotando y dando lugar a otra galaxia de sensaciones.

Cuando te eches novio, o novia.
Nunca la había tenido, y puede que nunca lo tuviera, pero ya no importaba. Sus alas estaban ahí para algo, había volado.
Y puede que algún día vuelva a hacerlo.
 
La niña soy yo. Este mes ha sido muy intenso para mí, descubriendo cosas de mi interior que ni sabía que estaban, que creía muertas o simplemente vacías. Pero he visto, he leído, me he informado, y por fin me he dado cuenta de qué era esto que sentía dentro de mí. Quizás nunca haya estado con nadie, puede que mis destellos de sexualidad hayan sido tan débiles que apenas se distinguieran en el cielo nocturno, pero han estado ahí, aunque breves.
Como una autora dijo una vez:
“Me gustan los hombres. Me gustan sus manos morenas y me gusta la fuerza de sus mandíbulas, y esas sonrisas medio de lado y las barbas de tres días y los abdominales lo suficientemente marcados.”
Y:
“Hasta ahora había reparado en la belleza de las mujeres pensando que las envidiaba, pero no es así. Reparo en la belleza de las mujeres porque las mujeres son bonitas, y no puedo evitar sentirme atraída hacia ellas incluso cuando parece no estar bien.”
He hablado con más gente, y se sentían como yo. Tenían las mismas dudas que yo, y nos dimos cuenta de una cosa: Que no explotes como lo hace el resto de gente con la misma cantidad de estímulos tampoco significa que tú no seas una galaxia en potencia. Simplemente, necesitas un poco más de tiempo para formarte, crearte a ti mismx y ver qué te gusta y qué no. Cada persona es un mundo, y lo que en alguien es un fuego artificial, en otra persona puede ser una simple bengala.
Pero no tengas miedo. Los fuegos artificiales y las bengalas tienen muchas cosas en común: ambos iluminan la oscuridad…

… y están hechos de fuego.

martes, 27 de junio de 2017

A fuego lento.

-Lay, ¿te traigo algo de la máquina?-pregunta Roxie, cartera en mano. Niego con la cabeza. Estoy intentando dejar el café de avellana. Estoy haciéndome demasiado dependiente de él. Está delicioso y es muy barato, pero tengo que dejarlo-. Guau, ¡vas en serio!-alaba, y sonrío. Sí, la verdad es que voy bastante en serio.
               Además, ya no lo necesito. He decidido ir al psicólogo y me ha dado unas pastillas para dormir sin pesadillas. Así que no, ya no necesito ir a la máquina de café nada más llegar a la universidad cada mañana. Ya duermo. No necesito meterme la cafeína en vena.
               Ya me ocuparé de mi posible adicción a los somníferos después. Cuando esté curada. Ahora, de momento, tengo que centrarme en la universidad.
               Me quedo corrigiendo apuntes y numerando dibujos en el cuaderno mientras la clase se va vaciando. El profesor recoge sus cosas y sale discretamente, sin mirar a otro lugar que no sea la puerta. Ha de tener cuidado, pues si establece contacto visual con alguno de nosotros, puede que le hagamos una pregunta, mandando al traste sus planes de tomar un capuccino con un cruasán en la cafetería.
               Varias personas se quedan conmigo en la sala. Cada una haciendo sus cosas. Queda casi media hora para la siguiente clase, tiempo de sobra para poner en orden mis notas.
               Estoy anotando en la agenda que tengo que ir a recoger una mochila de Keira de la tintorería cuando un graciosillo se sienta en el sitio de Roxie. Lo hacen a menudo, como si los sitios no estuvieran ya consolidados después de tantos meses reclamando el mismo lugar. Creo que quieren que estalle. Pero yo nunca lo hago.
               -Perdona-me giro hacia él-, ese sitio está ocupado.
               El chico me sonríe. Tiene la sonrisa más bonita del mundo. Se gira hacia mí. Sus ojos sí que son los más bonitos del mundo, no tienen comparación con nada que se pueda haber visto antes. Ni con el azul del cielo.
               Tommy se inclina un poco hacia atrás, fingiéndose atacado.
               -Vaya, guapa, lo siento. ¿Hay algún sitio en el que pueda sentarme sin estar demasiado lejos de ti?
               Me echo a reír.
               -Todos tenemos nuestro lugar asignado-respondo, dejando el boli encima de la mesa, sobre los bocetos de cuerpos. Tommy alza las cejas.
               -¿Y no puedes hacerme un huequecito?
               -Depende-respondo, vuelvo a coger el boli y me lo llevo a los labios. Doy unos toquecitos con el capuchón en mi boca, mirando en derredor-. ¿Dónde lo quieres?
               Tommy me aparta el pelo del hombro, me acaricia el cuello con los dedos y la mejilla con el pulgar.
               -En tu corazón, princesa.
               Noto cómo me sonrojo hasta las puntas de los pies. Eso a él le encanta. Me miro las manos y dejo que él me dé un beso en la frente, amansada.
               Me encanta la forma en que su boca se posa sobre mi piel y ésta estalla en un génesis sin precedentes. Me siento refortalecer a oleadas, que coinciden con los impulsos nerviosos que trasladan nuestro contacto por todo mi cuerpo. Le miro a los ojos, esos ojazos azules por los que Diana haría tanto, por los que yo no haría menos. Le brillan muchísimo y están insultantemente bonitos, en parte por el contraste con su camiseta azul.
               En un acto de valentía, le cojo la mano libre. Las comisuras de sus labios vibran en una sonrisa que no llega a nacer. Nos miramos a los ojos y vemos todo un mundo de posibilidades en la mirada del otro.
               Si yo no estuviera tan rota, tendría el coraje de perseguir esas posibilidades. Subirme a mi barquita y que me arrastrara la corriente. Pero de momento, necesito remendar mis velas.
               -Voy a darte un beso-le digo en un susurro. Soy perfectamente consciente de que mis compañeros de clase no se pierden detalle. Pero me da igual. Quiero probar su boca y creerme la criatura más fuerte del mundo. Tommy me guiña un ojo, me invita a averiguar si él se va a resistir.
               No lo hace. Sigue con su mano en mi rostro y me gusta la sensación de calidez seca de sus dedos y calidez húmeda de su lengua. Todo mi cuerpo se deshace en chispazos, celebrando nuestro contacto. Muy bien, Layla, parecen gritar mis células.
               Me separo de él y me enamoro un poquito más de lo bonito que es por fuera, porque por dentro es imposible abarcar su belleza.
               -¿No tienes clase?-pregunto, y él asiente con la cabeza, se encoge de hombros después.
               -Pero tenía cosas más importantes que hacer.
               -¿Como qué?
               -Seguir mis instintos y venir a verte.
               Me paso una mano por la nuca, jugueteando con mi pelo.
               -Te echaba un poquito de menos. Voy a tener que llamar a Diana y pedirle que no te monopolice tanto-bromeo, y él sonríe. Se cruza de brazos y estira las piernas.
               -O podríais organizar una pelea de gatas. Yo la vería gustoso.
               -¿En serio? ¿Por quién apostarías?-coqueteo. No es que quiera que me responda. No es que lo vaya a hacer.
               ¿O sí?
               Me da un poco de ansiedad pensar que la respuesta sólo la conoce él, y quién sabe si es más definida de lo que quiere pensar.
               Pero no me defrauda. Se finge el ofendido y exclama:
               -Soy un caballero, Layla, y los caballeros no apuestan.

viernes, 23 de junio de 2017

Caramelito.

¡Vota aquí tu nombre favorito para el programa al que van a ir Chasing the Stars y Eleanor!


No le oigo levantarse. La cama es tan cómoda y calentita y suave que no existe nada más que ella. No hay ruido, ni nada que ver. Sólo estamos la cama de mi hermano y yo.
               Hasta hace poco, éramos tres.
               Pero ahora ya no. Scott se ha levantado hace poco. Ha encendido la luz y se ha bajado despacio de la cama. Ha reprimido el impulso de cubrirme a besos. Es lo que lleva haciendo desde que me encontró: comerme a besos cada vez que puede.
               Y a mí me encanta.
               Ojalá pudiera pasarse el día comiéndome a besos.
               Sin embargo, ahora está concentrado en otra cosa. Ha posado los pies en el suelo y ha caminado en silencio hacia su mochila. Ha sacado lo que llevaba dentro y lo ha guardado en un cajón. No lo ha cerrado del todo para no hacer ruido.
               La rellena de peluches. Cosas blanditas y suaves para su hermana.
               Cuando la tiene preparada es cuando se acerca a mí. Escala de nuevo hacia la cama y se inclina a besarme. Yo abro los ojos y lo miro. Y bostezo. Y empiezo a escuchar mientras él canturrea.
               -Buenos días. Buenos días. Buenos días, pequeñita. Buenos días, hermanita. Buenos días, preciosa. Buenos días, Sabrae. Buenos días-Scott sonríe, me toca la nariz y yo lanzo una exclamación a modo de risa. Me gusta que me haga eso.
               Todo lo que Scott me hace me gusta.
               -No te asustes-me pide. Me da un beso en las manitas y mete las suyas por debajo de mi espalda. ¿Qué pretendes, jovencito?, me gustaría decirle. Pero no lo hago. Porque soy un bebé. No sé hablar.
               Y, de todas formas, no importa que no lo haga. Scott me lo explica igual.
               -Te voy a llevar al cole-me confía-. Vas a ir de incógnito-añade. Me coge en brazos, me mira y me lleva con cuidado hacia su mochila. Luego descubre que no puede sostenerme y abrir la mochila a la vez. Me mira con angustia. Se muerde el labio. Nos mira alternativamente a la mochila y a mí.
               Chasquea la lengua. Yo me sobresalto. No me gusta que haga esos ruidos.
               -Confía en mí, Saab-me dice. Como si necesitara pedírmelo. Yo siempre confiaré en él. ¡Es mi hermano mayor! ¿Cómo no voy a confiar en él?
               Se sienta con sumo cuidado. Me deposita sobre sus piernas abiertas y coge la mochila. La arrastra hasta tenerla a su lado. La abre. Bien abierta. Me coge por debajo de los hombros y me mete con precaución dentro.
               No me gusta estar dentro. Es un sitio apretado. No me revuelvo bien. Lo miro con los ojos empañados. Es una advertencia, aunque yo no lo sé. No voy a aguantar mucho tiempo aquí metida, le digo sin usar palabras.
               Pero Scott no las necesita, porque es mi hermano mayor. Abre más la mochila y me da un beso en la frente.
               -No te preocupes, Saab. Sé lo que me hago. Esto lo aprendí de Layla-me confía. Nunca he escuchado ese nombre. Pero me gusta. Me gusta porque él lo usa para que yo me tranquilice, tiene que gustarme, así que me gusta-. Ya verás cuando la conozcas, Saab-susurra-. Te va a encantar. Es guapa, y lista, y es mayor-anuncia con fascinación. Guau. Es mayor.
               No sé lo que quiere decir mayor.
               Solo no, al menos. Sé que Scott es mi hermano mayor. Pero lo que me interesa y me importa y adoro de Scott es que es mi hermano. Creo que, si no fuera mayor, me daría igual.
               Hay un ruido en la habitación de papá y mamá. Algo que me asusta. Scott me achucha y me arrulla para que no me eche a llorar. Mira por encima del hombro. Cierra la mochila hasta que queda una ranurita por la que le puedo ver.
               -No hagas ruido, Sabrae. Estás bien. Confía en mí, ¿vale? Estás bien. Enseguida se acaba esto-me promete. Yo quiero decirle que confío en él. Pero no puedo. Así que le miro y le sonrío. Haz lo que tengas que hacer. Scott me deposita un último beso, traído con sus dedos, en la mejilla, y se va. Le escucho meterse en la cama. Taparse con las mantas un segundo antes de que la puerta se abra.
               Es papá. No sé cómo lo sé, sólo lo sé. Es papá, algo dentro me lo dice. Una sabiduría tan ancestral como mis sentimientos por mi familia. Como el afán de protección de mi hermano.
               Papá se acerca a la cama. Scott finge despertarse, se estira y bosteza. Papá le da un beso.
               -Hay que ir al cole, S-le dice papá. Scott asiente con la cabeza. Le da un beso y salta de la cama, poniendo especial cuidado en no destapar la muñeca que ha puesto para que parezca que yo sigo dormida. No deja que papá me eche un vistazo.
               -¡No!-le reprende-. Está dormida. No la despiertes, papá. Es un bebé, necesita dormir.
               Papá sonríe.
               De repente, todo el mundo se mueve. Scott me ha cogido.
               -Al cole-dice. Se carga la mochila a la espalda y trata de salir hacia la habitación.

martes, 20 de junio de 2017

Terivision: Tonight the streets are ours y Quien pierde, paga.

¡Hola, delicia! Hoy es un día especial, pues no te traigo una, sino dos reseñas.
La primera es la reseña de un libro que leí hace, creo, más de un mes. Se trata de:




Tonight the streets are ours, de Leila Sales. Se trata de la historia de Arden, una chica a la que definen como “alocadamente leal”. Y lo es, vaya si lo es: hace lo que sea por la gente a la que quiere, aunque eso signifique hacerse daño a sí misma (no en el sentido literal de la palabra); desde renunciar a un viaje a Disney para que su vecina pueda ir por ella, a aceptar que su novio no vaya a pasar con ella la noche de su aniversario a pesar de todo lo que le costó ahorrar para la habitación de hotel en la que planeaban pasarla.
El problema llega cuando Arden se da cuenta de que nadie va a sacrificar por ella lo que ella sacrifica por los demás… o parece que nadie va a entenderla, hasta que descubre el blog de un chico que se siente exactamente como se está sintiendo en ese momento. Siente una conexión fortísima con el chico del blog que desencadena la acción principal de la historia.
Aunque el libro me ha gustado, no va a pasar a la historia como uno de los mejores que he leído, ni el que más impacto me haya producido… diría que es bastante del montón, muy del montón, de hecho. Quizá lo único reseñable de él es que es el primer libro en el que los protagonistas me caen rematadamente mal. Los personajes secundarios son los que están más o menos dentro de lo que yo puedo soportar, pero es que Arden me parece sencillamente gilipollas (la tía no tiene amor propio, se deja pisotear por todo el mundo) y su mejor amiga, Lindsey, que tiene un morro que se lo pisa y que es oficialmente uno de los animales más egoístas con los que me he encontrado en mi vida.
Lo que más me llamó la atención del libro fue la manera en que Arden se obsesiona con la vida del escritor del blog, quien cuenta la historia de cómo su “malísima” novia rompe con él después de que consiga su sueño de ser escritor. Visto desde fuera, el comportamiento de Arden es claramente obsesivo, SPOILER A PARTIR DE AQUÍ llegando incluso a conducir horas para ir a conocer a este chico cuyas palabras la tienen cautivada. Y no podía dejar de pensar en que así es como se concibe la cultura de los famosos y los fans: si no vives por y para tu cantante favorito, es que hay algo malo en ti, y no vas a poder encajar nunca.
Por otro lado, diría que lo que más me gustó fue ver cómo no es oro todo lo que reluce, y descubrir las distintas versiones de la misma historia contadas desde los puntos de vista de los personajes que participan en ellas. SPOILER ves, básicamente, que el autor del blog no era tan santo y su ex novia no era tan hija de puta, y que cada cual va a contar el lado de la historia como le conviene para ser la víctima, y no el verdugo. Sin embargo, este soplo de aire fresco viene con una escritura tan simple que tampoco llega a impactarte ni a calar en ti.
En resumen: un libro con un título y una portada bastante bonitos que deja bastante que desear una vez lo abres.
Lo mejor: ver todas las caras de la verdad.
Lo peor: los personajes son insoportables.
La molécula efervescente: “hay personas que son flores, y otras que son jardineros”.
Grado cósmico: Satélite planetario {2.5/5}. Aprobado muy por los pelos, por las cosas novedosas que tiene.

jueves, 15 de junio de 2017

Princesa caramelito.

Si papá y Louis fliparon con que quisiéramos seguir sus pasos, más flipamos Tommy y yo con su reacción. En todas las familias era motivo de orgullo que un niño de escasa edad que aún no sabía nada de la vida levantara sus puños al aire con entusiasmo cuando se le preguntaba qué quería ser de mayor, y proclamara:
               -¡Quiero ser-profesión-, como papá!
               Supongo que ser el único chico en casa me convertía también en la única decepción, porque cuando Sabrae decía de pequeña que quería “castigar muchos años a hombres malos, como mamá” todo el mundo se descojonaba.
               Odiaría a Sabrae, si no fuera tan mona.
               Si tuviera que definir con una palabra lo que se desencadenó después de que Tommy (Alá lo bendiga, tenía más cojones que yo), la que usaría sería cataclismo. Todo el mundo se quedó en silencio, como los bosques justo antes de que un terremoto los partiera en dos, o la costa antes del tsunami.
               Probablemente los dinosaurios también hubieran experimentado ese silencio sepulcral, casi reverencial, cuando el meteorito que ocasionó su extinción entró en la atmósfera.
               Louis nos miraba a los dos como si de repente nos hubiéramos vuelto amarillos, una suerte de personajes salidos de los Simpson que hacían su aparición estelar en sólo un capítulo.
               Prefería no saber cómo nos miraba papá. Porque le eché un vistazo de refilón y me lo encontré con los ojos clavados en mí, como diciendo no puedo creerme que me hayas hecho esto. Ni que hubiera violado a alguien o me hubiera cargado a Shasha.
               Quien, por cierto, dejó que la espiral de tensión se apoderara de ella y se levantó como un resorte.
               -¿Postres?-preguntó. Mamá la miró como viéndola por primera vez. Fue como si recordara de repente que no tenía sólo un hijo, sino cuatro. Eleanor también se levantó y la ayudó a recoger los platos, que todavía estaban medio llenos de comida.
               Aunque sospechaba que nadie tendría más apetito, después de esto.
               Dan protestó porque no le había dado tiempo a terminarse sus patatas; tenía la costumbre de dejarlas para el final, heredada de su madre, y que su hermano mayor a veces manifestaba. Me giré y vi que Tommy apenas había probado bocado. Genial, íbamos a la batalla con el estómago vacío, ilusos de nosotros.
               Eri mandó callar a su hijo, que se levantó enfurruñado y se marchó a la cocina, en pos de Shash y El. Yo fui plenamente consciente entonces de que me había dejado solo, y me sentí misteriosamente desnudo, a la par que increíblemente molesto. Ella iba a participar en el programa, en el mismo programa, toda la vida había dicho que quería ser cantante, como papá y mamá, ¿por qué coño se me echaba a mí a la hoguera mientras a ella se le daba permiso para marcharse cuando aún no había terminado el curso, cuando era dos años menor que yo?
               Mi niña era literalmente una niña. Yo ya era un hombre. Joder, que no me iba a perder nada de clase. ¡Hola, papá, me han expulsado del instituto, ¿recuerdas?! ¿Por qué cojones reaccionas como si acabara de decir que dejo la universidad a mitad del máster porque me quiero meter a camionero?
               ¿Qué pasa? ¿Tu hijo de penalti no ha resultado el golazo que esperabas?
               Ahora de muy mala hostia, clavé los ojos en mi padre, que me estudió como el biólogo que estudia al jaguar en peligro de extinción mientras éste le acecha. Puso los codos en la mesa, parpadeó un par de veces, entrelazó los dedos, como si rezara, y se llevó la unión de sus manos a la mandíbula.
               La boca de Louis era una fina línea a través de la cual parecía tratar de ingerir la traición.
               -Todo estaba delicioso, Eri-alabó mamá, tratando de llenar ese silencio pre-catástrofe con su voz. Tommy me miró con los ojos de un cachorro abandonado, puede que sopesando si lo estábamos haciendo tan mal, si nuestras acciones eran tan reprobables. Me puso una mano en el brazo al notar la hostilidad que manaba de mí.
               Porque papá era mi padre, y lo tenía lejos… pero por dios que en ese momento me dieron ganas de atizarle. Me mordí el labio hasta notar cómo el piercing chirriaba; estaba a punto de romperlo.
               Las chicas y Dan volvieron con yogures y fruta. Los colocaron encima de la mesa y las repartieron. Eleanor se sentó a mi lado y me puso una mano en la rodilla, pero yo me aparté. Ahora no. Ahora estoy con mi padre.
               Dolida, pero a la vez entendiendo, asintió con la cabeza y destapó un yogur. Papá y Louis hicieron lo mismo. Eri y mamá sólo respiraron aliviadas cuando bajaron la vista y se ocuparon de sus postres.
               Yo no comí nada. Incluso Tommy me insistió en que lo hiciera. Me recliné en el asiento y negué con la cabeza. Tommy puso los ojos en blanco. Me apeteció darle un puñetazo.
               Los niños fueron los primeros en terminar. Dieron varias apresuradas cucharadas y esperaron impacientes a que una de nuestras madres diera permiso para levantarse de la mesa e irse a jugar. Tendría que ser Eri. Mamá estaba demasiado alucinada como para ver más allá de la pera que no se decidía a pelar.
               -¿Vais a bailar?-espetó Astrid, aburrida. Eso sacó de su ensoñación a mi madre, y les granjeó el permiso para huir de la masacre. Eleanor me miró, me cogió de la mano y me besó el dorso. Eso me tranquilizó un poco.
               Un poco.