domingo, 10 de diciembre de 2017

Origen.

Empujé la puerta con entusiasmo mientras me recolocaba el jersey. Me saqué los rizos del cuello de algodón y le di la vuelta.
               Scott dio un brinco en la cama y cerró a toda velocidad la tapa de su ordenador portátil.
               -¿No sabes llamar?-ladró, antes de que yo pudiera pedirle disculpas. Que se pusiera tan chulito sin yo darle motivos me irritó. Con lo que me había costado convencer a papá y mamá para que me dejaran ir con él, para ver las luces de navidad del centro con Amoke… y ahora él se hacía el ofendido.
               -¿Qué hacías?-pregunté, entrando en la habitación. Scott se puso colorado, colocó su ordenador a un lado de la cama y se incorporó.
               -Nada-respondió, tirando de su sudadera y fulminándome con la mirada, retándome a seguir.
               -¿No estarías viendo vídeos guarros?-pregunté. Scott se puso aún más rojo, pillado con las manos en la masa.
               -¡Claro que no!
               -Mamá se disgustaría mucho si se enterara de que te gusta ver vídeos guarros.
               -¡No veo vídeos guarros, pesada! ¡Fuera de mi habitación, venga!-tronó, caminando hacia mí y empujándome en dirección a la puerta, pero yo me resistí.
               -¿Por qué te gusta verlos? Con lo bonita que es la ropa que le ponen a algunas actrices en las películas, ¿qué sentido tiene que quieras verlas desnudas?
               -¡Que no los veo!-respondió el, rojo de vergüenza, arrastrándome hacia la puerta.
               -Entonces, si no estabas viendo vídeos guarros, ¿me enseñas lo que estabas viendo?
               -No.
               -¿Por qué?
               -Son cosas de mayores-contestó, cogiendo el abrigo e interponiéndose entre la puerta y yo.
               -¿Lo ves?
               -Los mayores hacemos otras cosas que no son ver porno-espetó, cerrando de un portazo y haciendo un gesto con la cabeza en dirección a las escaleras. Como yo no me moví, me dio otro empujón.
               -¡Ay! ¡Mamá!-protesté, y desde la otra punta de la casa llegó la voz de mi madre nombrando a mi hermano, que puso los ojos en blanca, escupió un “chivata” y echó a andar hacia las escaleras. Le seguí al trote, con la mochila a modo de bolso en la que llevaría el móvil de papá y un poco de dinero colgada al hombro.
               Mamá nos recolocó la bufanda, se aseguró de que tenía bien puesto el gorro de lana gris y rosa, a juego con mi jersey azulado, y nos dio un beso en la mejilla.
               -Abrigaos. No cojáis frío-indicó, y luego se volvió hacia Scott-. No pierdas de vista a tu hermana.
               -No.
               -Cógela de la mano en los pasos de peatones.
               -Que sí.
               -Ni se te ocurra dejarla sola.
               -Que noooooooooo-baló Scott, poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza. Se mordió el labio y se sacó el teléfono del bolsillo.
               -No cojáis el metro a partir de las 7, ¿de acuerdo? Nos llamáis y os vamos a buscar. No quiero que vayáis en transporte público vosotros tan tarde.
               -Voy con Tommy, mamá-le recordó Scott.
               -No me importa. Cuando queráis volver, llamáis a casa y nos pasaremos a recogeros, donde sea. Id por sitios en los que haya gente, pero no demasiada gente, ¿entendido, hombrecito?-dijo mamá, tirando de la bufanda de Scott y dándole una vuelta alrededor de su cuello.
               -¡Mamá!-se quejó Scott-. ¡Que ya no soy un niño! Venga, ¿podemos irnos ya?
               -¿Lleváis los móviles con suficiente batería?-inquirió ella, y asentimos con la cabeza, enseñándoles la pantalla libre encendida-. Estupendo. Pasáoslo bien-sonrió, dándonos un último beso y abriendo la puerta para que pudiéramos salir.
               -¿A ella no le vas a decir nada sobre que sea obediente?-se quejó Scott, y mamá se echó a reír.
               -Ella ya lo es, ¿verdad, cariño?
               -Mucho, mami-sonreí, y me giré para sacarle la lengua a Scott, que puso cara de fastidio y no dijo nada más.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Elegida.

 Oigo pasos a mi lado y ni siquiera me digno en girarme para hacerle saber que sé que está ahí. Sé que no es de buena educación y que mamá se sentiría decepcionada conmigo si me viera ahora, pero no lo puedo evitar.
               Soy toda rencor. Froto el palo contra el suelo de asfalto de colores y me fuerzo a mí misma a interesarme más por el color parduzco que está adquiriendo la mariposa dibujada con tiza en el suelo, en cómo se difumina, igual que mi felicidad ayer. Amoke levanta la vista y me mira, luego, le mira a él.
               Sus ojos vuelven a mí pero yo la ignoro también a ella, que tuerce la boca, triste, pero continúa con su dibujo, ignorando su instinto. Ella dibuja con tizas de colores, y yo destruyo lo que ella hace.
               Carraspea y yo trago saliva y me giro un poco más, apoyada sobre la planta de mis pies y fingiendo que me da igual que esté ahí. Le doy la espalda a propósito, a pesar de que él ha dado un par de pasos para aparecer en mi campo de visión.
               -Sabrae-dice, y yo continúo sin hacerle caso-. Sabrae-insiste, y yo suspiro, enfadada, como veo que mamá hace cuando está molesta con papá y él intenta arreglarlo cuando ella sólo está de humor para sulfurarse-. ¿Estás enfadada conmigo?-pregunta en tono inocente, y a mí me entran unas ganas terribles de levantarme y darle un gran empujón.
               -No sé-respondo, encogiéndome de hombros-. Tú sabrás.
               La fórmula más típica del enfado de mi madre, la que nunca falla, la que hace que papá se amedrente apenas la ha escuchado.
               Pero hay un pequeño problema.
               Scott no es papá…
               … y Alec, lo es aún menos.
               -No, no lo sé-dice él en un tono dulce que me revuelve por dentro, pero no voy a ceder a su manera de hablar. Ni le voy a mirar a los ojos tan bonitos que tiene. Ni voy a mirar tampoco sus ricitos marrones. No voy a estirar la mano y jugar con ellos como solía hacer siempre, cuando éramos amigos.
               Porque Alec y yo ya no somos amigos. Eso era antes de que me robara a Scott.
               -Oh, oh-musita Amoke, soltando su tiza y levantándose antes que yo. Es sólo un segundo, pero tiempo suficiente como para que Alec se percate de que algo no va del todo bien. Da un paso atrás y espera mientras yo me incorporo, dejo caer mi palo (o más bien lo lanzo contra el suelo) y me vuelvo hacia él con la mueca más digna que puedo.
               Un poco de mi fortaleza se disipa en cuanto me encuentro con su cara.
               No, me digo a mí misma. Mantente firme. Scott es tuyo.
               -Es que… no has venido a saludarme cuando hemos entrado en clase…-Alec se pasa una mano por el brazo y se pellizca el codo. Es un gesto que copia de su padre.
               Un gesto que va a repetir durante toda su vida, cuando en el fondo sabe que ha hecho algo mal…
               … y un gesto que a mí me va a volver loca siempre. Porque ese pequeño pellizco, esa suave caricia en su brazo, es lo que convertirá a Alec Whitelaw cuando sea Alec Whitelaw con mayúsculas, en simplemente Alec.
               Al.
               -Ya-contesto, recogiendo mi palo y volviendo a inclinarme.
               -¿No me habías visto?-insiste él.
               -Sí.
               -¿Entonces?
               -Tienes razón-respondo-. Estoy enfadada contigo.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Mamá.

Estoy recogiendo margaritas en el jardín de casa mientras me da el sol. He decidido hacerle un collar de flores a Shasha y una corona de flores a mamá, que está sentada en el comedor, con las ventanas y las puertas abiertas, mirándome mientras garabatea en su iPad o con un bolígrafo en un montón de hojas de papel que tiene desperdigadas por ahí.
               De vez en cuando levanta la vista y nos observa, aunque estamos en buenas manos. Eri se ha sentado en una de las tumbonas de al lado de la piscina a vigilarnos mientras se acaricia la tripita y mira a Eleanor, Tommy y Scott chapotear en el agua de la piscina en la que yo he estado jugando hasta hacía nada: sólo he salido cuando han recogido a Shasha y la han envuelto en una toalla porque se estaba quedando dormida.
               Pero, la mayor parte del tiempo, está concentrada en sus papeles. Sigue haciéndolos bailar de un lado a otro como cuando yo era pequeña. A veces me pregunto si no se aburrirá de estar haciendo siempre lo mismo. Incluso yo termino cansándome cuando Amoke y yo seguimos los mismos juegos durante la misma tarde.
               Papá aparece en escena y yo me lo quedo mirando. Le deja una jarrita de cristal con un zumo de colores encima de la mesa, al alcance de su mano, y le da un beso en la sien. Mamá le sonríe.
               -Gracias, amor-susurra, incorporándose lo justo para darle un beso en los labios. Eri los mira de reojo y luego se acurruca bajo su sombrilla, entrelazando los dedos, con la vista de nuevo en mi hermano y sus  hijos, también saltando a mí.
               -Sólo quiero que sepas-le dice papá a mamá, apartándole el pelo del hombro-, que tienes un marido dispuesto a complacerte.
               Mamá se echa a reír, divertida, siguiendo los dedos que papá desliza por su cuello. Suspira cuando él le da un beso en el rincón en que la mandíbula y el cuello se unen, suelta una risita y cede:
               -Vale.
               -Y, si quieres yacer en nuestro lecho conyugal-le dice al oído, de manera que nadie le oye-, yo te estaré esperando.
               Mamá deja caer un bolígrafo y lo mira, mordiéndose el labio.
               -¿Y ese vocabulario, mi lord?-coquetea, divertida.
               -Estoy releyendo a Shakespeare. Para las clases-responde, besándola en los labios.
               -Mm.
               -Y me apetece hacerte lo que él le hizo a la literatura-añade papá en su oreja, rozando el lóbulo de mamá con sus labios, metiéndole la mano por entre los pantalones.

lunes, 20 de noviembre de 2017

¡Tres!

Me di la vuelta y me pasé una mano por el pelo, mirando en detallas gigantes en que toda la banda se veía reflejada. Después de la última canción que contábamos de forma individual Scott y yo, nos habíamos afanado con otra de los cinco. Chad se inclinó a por un poco de agua que le tendía Diana mientras Layla se paseaba por el borde del escenario, acariciando las manos que tenían la suficiente suerte de llegar a tocarla. Scott se sentó en el borde del escenario y sonrió.
Me lleve el micrófono a la boca y me giré hacia el estadio lleno a rebosar, con sus luces y sus gritos eternos.
-Vale, Nueva York, ¿os importa si dejo que se suba al escenario una pero sonidos muy especial?
El estadio comenzó a vibrar, anticipando lo que venía. Me volví hacia la rampa por la que entrábamos siempre y pedí:
-Liv, ¿quieres venir a decir hola?
Todo el mundo comenzó a chillar mientras las puertas se abrían y Eleanor las atravesaba con mi niña en brazos.
-DAMAS Y CABALLEROS-Scott se levantó de un brinco y vino hacia mí-, OLIVIA TOMLINSON. Ah, y la ganadora de varios Grammys, Eleanor Malik.
Eleanor se echó a reír y me entregó a Olivia, que se pegó a mi hombro y hundió la cara en mi cuello.
-Alguien duerme en el sofá hoy-se burló Chad.
-Papi-susurró Olivia, muerta de vergüenza, mientras yo me paseaba por el escenario con ella en brazos y  me sentaba en los pequeños banquitos de la pasarela del escenario, donde cantábamos las canciones lentas. Le acaricié espalda y le di un beso en la mejilla.
-¿Por qué no les dices hola a todos estos amigos que han venido a verte?-animé mientras le daba la vuelta y la sentaba sobre mis rodillas. Olivia se frotó la cara y agitó la mano.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

La soledad de una mente abarrotada.

Es curioso cómo funcionan las cosas del corazón. Decimos que queremos que algo se acabe y luego lo echamos de menos a rabiar. No sabemos vivir sin ello. No sabemos vivir con ello.
Inventamos escenarios para evadirnos de nuestra realidad, adornamos nuestra vida con situaciones que no existen. Creamos personas de la nada para llenar vacíos, y cuando nos toca despedirnos de ellas, el hueco que dejan no es hueco, sino abismo.
Escribimos historias para evadirnos de la realidad. Llenamos el silencio de palabras, pero cuando las palabras se acaban, los dedos se atrofian por el frío, la boca se seca, la lengua deja de moverse o la tinta se agota y ya no puede trazar nada más, el silencio que deviene a continuación es aterrador.
Nos descubrimos sumidos en ensoñaciones. En el bus, al cocinar, antes de irnos a la cama, debajo de las sábanas, a punto de dormir. Nos acurrucamos en silencio, en soledad, esperando a que el frío nos venza. Una mano se cierne sobre nosotros, nos acaricia la cintura; unos labios se posan en nuestra nuca y nos dan las buenas noches.
Estamos acompañados incluso cuando no están allí. Les escuchamos hablar incluso cuando no tienen voz. Se ríen por chistes que nadie ha contado y cosas que nunca, nadie ha hecho.
Las personas que nos quedan nos decepcionan. Porque no son tan fieles como el personaje que te inventaste. No se sientan a tu lado en el sofá ni te consuelan cuando estás triste, tu estado de ánimo no les afecta, no dejan de ver el mundo de color azul sólo porque las nubes se hayan cernido sobre tu cabeza. Están ocupados, no como ellos. Tienen otra vida, no como ellos. Tienen más obligaciones, tienen necesidades, no viven en tu casa, como viven ellos, ni te acompañan a cualquier sitio que vayas; porque no hay dinero, porque no hay tiempo, porque no hay ganas, tres cosas que les sobran a tus personajes.
Y los primeros te condenan al vacío cuando se marchan, te dejan con una sensación de frío y soledad que siempre estuvo ahí, pero ahora está aumentada, porque conoces la amistad, la lealtad, la bondad y el sacrificio, conoces el calor de unos abrazos que has descrito con tanto detalle que incluso los sentiste tú. Conoces el sabor de unos labios que nunca has besado, los matices de una mirada con la que nunca te has cruzado o la melodía de una risa que nunca han oído tus oídos.
Y deberías odiarlos, deberías dejarles marchar, olvidarlos, encerrarlos en un cajón, desterrarlos para siempre, pero no puedes.
Vas a quererles más.
Vas a suplicarles que vuelan.
Les escribirás una y otra vez, en miles de ocasiones, en diferentes escenarios, les darás voz cuando no te planteaste que la tuvieran en el poco tiempo que tuvisteis juntos.
Abrirás el cajón.
Cruzarás el mar que pusiste entre vosotros.
Escribir es la cosa más solitaria del mundo, y, a la vez, la que más compañía te trae.

Porque, ¿quién sabe las cosas que te depararán las teclas, el papel? Incluso un cohete que se aleja de la Tierra puede perseguir las estrellas. 
Imagen por Brandon Woelfel

domingo, 12 de noviembre de 2017

Rocher.

Sé que algo no va del todo bien en el momento en que me despiertan con más mimos de lo normal. Scott lleva nervioso prácticamente toda la semana, preparándose para algo que yo todavía no sé qué es.
               Sospecho que ese día ha llegado.
               El tan temido fin de verano que ya he vivido varias veces.
               Shasha se despereza a nuestro lado, se incorpora un poco y emite un gemido de protesta porque quiere que nos dejen dormir. Algo en mí me dice que no lo vamos a tener tan sencillo hoy.
               Pero yo soy positiva. Me dejo mimar y respondo a los besos con más besos, a las carantoñas con más carantoñas y a los mimos en general con más y más mimos. Mamá me prepara el desayuno canturreando mientras papá nos ayuda a Scott y a mí a vestirnos.
               Me pone una camiseta de algodón que huele genial. A fresas. Me encantan las fresas.
               Y unos pantaloncitos muy cómodos que me llegan por debajo de la rodilla. Me ata los cordones y me da un beso en la frente cuando yo me abalanzo a su cuello.
               Nos comemos los cereales. Shasha lo pone todo perdido con su entusiasmo culinario, tan típico que no sé de dónde lo ha sacado. No ha podido ver cómo yo tiraba la comida de un lado a otro, ¡ella no estaba aquí cuando yo era un bebé!
               Papá me baja de la silla y me da una palmada en el culo para que me ponga en movimiento mientras mamá saca a Shasha de la trona en la que ha estado comiendo, le da un mordisco en la mejilla que arranca una carcajada de su boca, y se la lleva tras nosotros. Nos lavamos los dientes mientras mamá termina de preparar a Shasha.
               Me esfuerzo en no salpicarme con pasta de dientes, y creo que lo hago bastante bien, para demostrarles a papá y Scott que soy mayor.
               Nos marchamos de casa con Scott cargando con su mochila, ese infernal aparato en el que lleva todo lo que necesita para pasar medio día lejos de mí… y nos encaminamos al colegio. Scott se despide de papá y mamá, pero me coge de la mano y se me queda mirando, esperando algo que yo no sé qué es.
               Mamá se inclina y saca de la silla de Shasha, que se está mordisqueando uno de los zapatos que le ha regalado Eri, una pequeña mochila que he usado varias veces cuando nos íbamos de vacaciones. Papá se arrodilla mientras mamá se agacha y se inclina hacia mí. Me alisa la camiseta, me arregla el pelo y me da un beso en la punta de la nariz. Papá me sonríe, infundiéndome ánimos.
               -Es hora de ir al cole-dice, y yo parpadeo y me lo quedo mirando. ¿Qué? No puedo ir al cole. Scott va al cole, yo no.
               Yo me quedo en casa.
               Cuidando de mamá.
               Y de papá.
               Y de Shasha.
               No puedo ir al cole. Tengo que estar con ellos. ¿Y si se vuelven locos?
               Mamá me dedica una cálida sonrisa y me entrega la mochila, que entre papá y Scott me cuelgan de la espalda.
               -¿Por qué?-pregunto, y papa y mamá se miran. Descubro que mamá tiene los ojos brillantes. ¿Está a punto de llorar?
               Mamá no puede llorar.
               No va a llorar, porque yo no voy a ir al cole. Será mejor que Scott entre antes de que le llamen la atención por ser lento.
               -Porque ya eres una niña, y los niños tienen que ir al cole.
               -¿Y qué pasa con Shasha?-espeto, señalándola, y Shasha abre mucho los ojos y nos mira a todos con esos dos discos color café que son tan parecidos a los de papá. No entiende por qué de repente la conversación tiene que versar sobre ella.
               Yo tampoco, la verdad. No sé por qué he hecho eso. No ha estado bien.
               -Shasha se viene a casa con nosotros.

sábado, 4 de noviembre de 2017

blossoming

I've never been with a girl
Whose kisses were so pure
Her lips so soft
And her teeth burning
While she bites my tongue
Our hips connected
And her eyes burning
With such wild desire
I've never met a girl
Who killed me while giving me life
And made me die

While im craving her breath


Once i met a boy
Who felt like a man
His mashood inside of me
Making a goddess of everything that i had
And yet he feels like a child
When he hugs me tight
Or smiles whenever he sees me
Or doesn't wanna kiss goodbye
His hair is the color of the earth
His eyes the purest honey
And i can't help but think that ive been so lonely
All my life away from him
My mother warned me about smiles like his
Don't trust them
Don't like them
Don't live them
I should let him take anything from me
My love my thoughts myself my sin
But how can we be apart
When i'm not me unless i'm his?
I give up my body, my love, myself, my soul
Not because he asks me to
But because thats what i desire
To feel his breath on my neck
His teeth on my ear
His lips on my tongue
His body on mine
Our bodies together
How do i maintain any virtue
When he is all sin
And i've fallen from the sky straight to the devil
This is the type of love they show in movies
Cut with some drama and kill the happily ever after
You just don't have something like this
You don't
You can't
You don't
You can't...
but i do.

domingo, 29 de octubre de 2017

Shasha.

Mamá se echa el pelo hacia atrás y se hunde un momento en la bañera. Me la quedo mirando mientras uno de los barquitos se agita con las olas que ha formado al hundirse.
               Pasa algo raro. Mamá y papá llevan varias semanas sin dejar de mirar revistas, señalando cosas, apuntando en una libreta manoseada y haciendo un montón de llamadas. Scott y yo nos pasamos gran parte del tiempo en casa de Tommy y Eleanor. Me pregunto si habremos hecho algo mal. ¿Estarán encargando otros niños por catálogo?
               Espero que no. Puede que no sea la niña más lista del mundo, ni la más guapa, pero sí soy la que más quiere a papá y mamá. No me gustaría que me cambiaran por otra.
               Mamá resurge de la superficie del agua. Se pasa una mano por la cabeza, pegándose le cuello al a nuca, y se frota la cara. Me mira a los ojos y me sonríe.
               -Mami-digo, porque hay que marcar territorio. Su sonrisa se ensancha y se estira para recogerme, y yo me dejo mimar. Me gustan nuestros baños, aunque también me gustaría que los compartiéramos con Scott y papá más de vez en cuando. Hay veces en que nos metemos solas en la bañera, y yo me dedico a chapotear mientras ella me observa con amor. Otras veces, Scott se mete con nosotras y los dos jugamos a mojarnos mientras ella nos mira y sonríe, o simplemente se dedica a leer un libro cuando hace que el agua críe espuma, con el pelo recogido, seco, y una copa con zumo en la mano.
               Papá llama a esos baños los “chapuzones de relax”. Y mamá ha estado necesitándolos bastante últimamente.
               Me recoge, me sienta sobre sus muslos y me da un besito en la mejilla mientras me hace cosquillas en la tripa que me arrancan una sonrisa.
               -Mi princesita-me dice, y yo me río y me acurruco contra su pecho-. Qué bien hueles-susurra, inhalando el aroma de mi melena húmeda-. Hueles a nube.
               Yo me estremezco y me río, me cuelgo de su cuello y no me suelto hasta que no se me cansan un poco los brazos. Mamá me acaricia la espalda y me aparta mechones de pelo que se me han ido secando de la cara para poder observarme bien.
               -¿Sabes qué día es mañana?-me pregunta, y yo me la quedo mirando. Parpadeo despacio y niego con la cabeza con vehemencia. ¿Qué día es mañana?-. Mañana, papá y yo nos vamos a volver a casar.
               Sigo mirándola, sin saber lo que eso significa. Parece algo bastante grave e importante. Pero la sonrisa que se esboza en su boca me hace pensar que no es tan grave, después de todo, así que yo le devuelvo la sonrisa y le doy un beso en la mejilla antes de volver a chapotear en el agua. Mamá me contempla hasta que le parece que tirito demasiado, momento en el que sale de la bañera, se envuelve en una toalla y me recoge para envolverme en otra a mí también. Se pone un albornoz de esos que me encantan, porque no tienes que pasarte nada por las piernas, sino por los brazos, y te lo anudan en la tripa y tú ya estás lista para salir del baño, y con una toalla blanca y tremendamente suave se afana en eliminar cada gotita de agua de mi piel. Me sienta sobre la tapa de la silla con un agujero enorme que todo el mundo usa menos yo (y la verdad es que me alegro, tengo miedo de colarme) y se quita el albornoz para pasarse una toalla por la melena negra como el azabache. Se anuda una toalla por el cuerpo y se cepilla el pelo. Se mira con atención y se pasa una mano por el hombro, estudiando cada milímetro de su reflejo.
               -Mami-repito, y ella se vuelve y me sonríe, se arrodilla ante mí y me da un toquecito en la nariz-. Gupa-le cojo la cara y le paso los dedos por los mofletes como hace papá cuando va a besarla. Mamá se echa a reír y me abraza.

domingo, 22 de octubre de 2017

Styles.



Me latía el corazón a toda velocidad mientras el ascensor escalaba por los pisos en dirección a la azotea acristalada. Hacía una semana que había salido de rehabilitación, y después de mucho pensármelo en mi reclusión, había terminado diciéndoles tanto a Tommy como a mis padres que quería hacer una entrevista explicando todo por lo que había pasado esos años.
               -¿Estás segura?-me había preguntado mi chico cuando se lo anuncié, justo después de terminar de hacerlo tan despacio que incluso me dolió. Yo había asentido con la cabeza y había jugado con le pelusilla de su pecho antes de contestar, deteniéndome en ese momento tan nuestro en el que el mundo se había detenido, el tiempo se había parado, y sólo existía todo lo que estaba en el interior de la cama, nuestros cuerpos desnudos y nuestras caricias cálidas.
               -Es lo que tengo que hacer. Es lo justo-expliqué, y él asintió con la cabeza y me dio un beso en la mía.
               -Estoy orgulloso de ti.
               -Yo también-contesté, y él me tomó de la mandíbula y me hizo mirarle.
               -Eso era justo lo que yo quería oír.
               Mis padres se habían ofrecido a poner todos los medios para que yo pudiera confesarle al mundo lo que me había pasado. No compartían la idea de que saliera a airear mis trapos más sucios, pero lo respetaban y celebraban que me viera lo suficientemente fuerte y capaz como para llevar a cabo una confesión tan importante.
               Incluso habían dicho que quizá sería mejor que lo hiciera en casa, que  se anunciara por los medios de comunicación pero yo utilizara una plataforma que pudiera controlar. Me había negado. En mi cabeza, había trazado un plan.
               El rumor de que iba a volver de la oscuridad con una entrevista en la que no iba a dejarme nada en el tintero corrió como la pólvora entre los periodistas y encargados de páginas web de cotilleos. Nadie quería perderse los entresijos de la complicada y glamurosa vida de Diana Styles, la heredera de un imperio musical y de la moda cuyas fronteras se extendían hasta el último rincón del mundo. ¿Qué tendría que decir la niña mimada de la ciudad más consentida del mundo?

¡Mil millones de gracias!


               No puedo creer que haya llegado este día después de tantísimo tiempo. Llevo escribiendo esta novela desde finales de 2013, después de acabar la primera con un final agridulce cerrado para evitar que terminaran pasando cosas como ésta.
Probablemente los que lleváis conmigo desde aquella novela en la que cierta protagonista entraba en un bar y su vida se ponía patas arriba os preguntéis por qué removerlo todo. Tanto sufrimiento para nada, Eri, ¿joder, de verdad tenías que hacerlo? Pues sí. Bueno, en mi defensa diré que me sentí obligada.
               Veréis, Chasing the stars no es más que el producto de otro sueño que tuve hace años, exactamentei gualque lo fue su secuela. En mi sueño, del que apenas recuerdo nada, Louis se me aparecía (como si fuera la virgen, o algo así) y me decía una única frase. Una frase que desencadenó todo lo que acaba de pasar:
               -¿Y qué pasa con nuestros hijos?
               Comencé a escribir esta novela más que nada por la diversión de pensar qué era de Tommy, de Layla, de Eleanor, de Diana.  Estaba terminando Light Wings y francamente no me veía escribiéndola con las mismas ganas con la primera novela que había hecho, ni como los borradores que empecé a redactar de esta historia a la que he entrado 4 años de mi vida.
               No me arrepiento en absoluto de la decisión que tomé. Es más, creo que ha sido la mejor que he tomado en toda mi vida, no sólo por la respuesta que ha provocado en mi blog, sino en cómo me he involucrado con los personajes. He conseguido muchísimas cosas con esta historia que no había conseguido antes, he llorado y he reído y he sufrido por personas que no existen en mi imaginación. Con Chasing the stars he descubierto lo que es escribir, escribir de verdad, escribir sin parar durante horas, pensar en qué cosas harían los personajes en la vida cotidiana, sufrir por las cosas que sé que van a pasarles y defenderles cuando hacen algo mal.
               En cierto sentido, para mí han sido como esos hijos que no sé si tendré, que no me apetece tener, pero que quiero tener cuando escribo sobre ellos teniendo hijos, siendo padres, o siendo bebés, como me sucede en Sabrae.
               Y, como buenos hijos, han sido difíciles de controlar. Al final, los personajes me han llevado por donde ellos han querido, han escrito sus propios finales y han sido tremendamente consecuentes con unos actos que incluso me sorprendían a mí. Jamás me había sucedido esto de ir escribiendo y pensar oye, pues esta persona haría esto, ponerlo y terminar surgiendo tramas que eclipsan a la principal. Efectivamente, estoy hablando de Scott. Como también estoy hablando de Chad. O de Layla. O de Sabrae.
               Para empezar, está el hecho de que Scott, en mi idea original, iba a terminar con Diana. Sí, habría un triángulo amoroso en el programa, Scott, Diana y Tommy lo pasarían mal porque Tommy estaría con Diana pero S y Didi sentirían algo y Tommy empezaría a enamorarse de Layla.
               El problema llegó cuando hice que Eleanor besara a Scott el día que estuvieron a punto de violarla. Porque en el momento en que ellos dos se juntaron ya supe que ni siquiera yo iba a poder separarlos. Y preferí ser fiel a su historia, la historia que se ha convertido en la principal trama de Chasing the stars.  Y, de paso, la razón de que yo le dejara de tener asco a Zayn.
               Por otro lado, tenemos a Chad, que iba a ser “el gay de la banda” y nada más, pero que, aunque no lo parezca, terminó robándome el corazón y convirtiéndose en el jovencito tierno y tímido que se muere de miedo cuando le piden salir, en lugar del digno hijo de su padre fuckboy de la vida.
               Y luego está Layla. Layla, que iba a ser una secundaria más, que narraría un capítulo y da gracias, que estaría de adorno… hasta que llegó su capítulo y de repente me di cuenta de que Layla era víctima de malos tratos. Para mí fue todo un reto escribir sus partes, tanto por la dureza de su vida hasta que se atrevió a contarlo todo como por la diferencia con el resto de personajes: narrando en presente, con frases cortas, porque ella no veía una salida a su situación y no se veía superándolo, contaba las cosas tal cual le pasaban hasta que un día recuperó las ganas de vivir y ser ella de nuevo.
               Y luego está Sabrae. La hermana graciosa que tiene tanto carisma que se merece su propio spinoff. Sí, es una indirecta. Lee Sabrae. ¡Lee Sabrae, que no te vas a arrepentir!
             Estos dos últimos meses han sido tremendamente intensos y estresantes para mí, porque quería terminarlo todo en una fecha importante (lo cual, al final, no ha podido ser) y porque me parecía que el final de esta historia debía estar a la altura de sus lectores. Ahora es cuando reconozco que la importancia de estos personajes viene por la gente que los lee, por la gente que los vive como los he vivido yo.
               Muchísimas gracias a todos los que me habéis dejado algún comentario, saliendo del anonimato en algún momento. No hay nada que me guste más que el hecho de que alguien reconozca las horas de esfuerzo (hasta 8, dependiendo del capítulo) en las que he dedicado cada minuto a pensar y tratar de escribir lo más rápido posible para poder ser lo más fiel a la historia que yo veo en mi cabeza. Muchísimas gracias, de verdad, a los que os habéis dejado caer y me habéis hecho saber de vuestra presencia.
               Mención especial se merecen en este apartado Ana, Ari, Bárbara, Patri, Paula, las dos Marías, Marta y June.  Gracias por participar en el miniconcurso para decidir el nombre del programa al que se presentarían los chicos (es increíble que pueda escribir 135 capítulos pero luego sea incapaz de decidir el nombre de un puto programa). Y gracias a June por dejarme usar su nombre (aunque sé que lo has disfrutado más que yo).
               Ari, gracias por ser siempre la primera en comentar, o una de las pocas que lo hacía en los momentos en que la novela estuvo un poco más plof.
               Ana, muchísimas gracias por seguir con la tradición de copiar frases que te gustan. No sabes la ilusión que me hace ver que alguien reproduce una frase que, sorprendentemente, ha salido de mi cabeza.
               Bárbara, tía, gracias por hacer que me descojone con cada comentario tuyo. Y por cambiar de opinión 200 veces en un día. Alec es gilipollas y le odiamos pero es nuestro gilipollas y le queremos mucho y que alguien haga un spinoff de Alec pero que no quiero ver a Alec ni en pintura, dos hostias le daba, ven Alec, que te doy tres abrazos.
               Paula, chica, ábrete un blog. O escribe algo conmigo, porque algunas cosas que sueltas no son ni medio normales.
               Patri, muchas gracias a ti también por seguir comentando en aquella época en la que el blog pasó de tener 30 comentarios por capítulo a tener 3. No miento si digo que tú, Ari y Ana eran lo que hacía que me animara un poco a continuar escribiendo porque veía que la novela seguía siendo relevante.
               María, sé que me llevas siguiendo desde tiempos de Its 1D bitches. No te mereces que te dé las gracias, te mereces que te ponga un piso en la playa y de paso te pague un psicólogo, porque eso de seguir con ganas de leerme después de la carrotada máxima que fue esa novela es de necesitar ayuda profesional, jajajaja.
               Gracias también a Rosi, que tardará como 4 años (sin exagerar) en llegar a leer estos agradecimientos. He escrito cosas en la historia sólo porque me muero de ganas de ver cómo haces fotos o vídeos de la pantalla enfocándolas con tus épicas reacciones.
               Gracias a Khadija por ser mi consultorio sobre la cultura islámica. No sé hasta qué punto habré metido la pata haciendo que Scott coma cerdo, pero es que no me lo imaginaba no derritiéndose cuando le ponen por delante un poco de beicon.
               Gracias también a cada clic silencioso que no se ha armado de valor aún para manifestarse (por favor, si eres uno de ellos, hazlo, que no muerdo, de verdad).  Entrar cada día al blog y ver que he conseguido engañar a alguien para que me regale una visita me ha animado muchísimo a lo largo de estos años.
               Gracias a todos los que hayáis llegado hasta aquí, a los que les hayáis prestado vuestra mente a Tommy, Scott, Diana, Layla, Chad, Eleanor, Sabrae, Alec… si un escritor se mide por el amor de sus lectores, yo me siento inmensamente importante y poderosa.
               Y por último… no puedo acabar esta entrada sin darles las gracias a esos personajes. Tommy, Scott, Diana, Layla, Chad, Eleanor, Sabrae, Alec,  Kiara, Aiden… sois demasiados para mencionaros a todos, pero quiero que todo el mundo sepa que estoy profundamente agradecida de que me hayáis elegido a mí para contar vuestras historias. Es un verdadero privilegio el teneros en mi cabeza y aún no sé qué he hecho para merecer ser la puerta por la que accedéis al mundo. Mataría por poder sentarme aunque sólo fueran cinco minutos con vosotros, veros realmente delante de mí, poder tocaros y escucharos. Siento muchísimo lo que os he hecho sufrir, aunque creo que el sufrimiento hace al buen personaje, y vosotros os merecéis tener tanta profundidad como la mayor de las simas.
               Realmente no sé cómo es posible que una historia como esta haya salido de mí y me haya afectado tanto. He llegado a pasar de planes con mis amigas solo porque tenía que escribir, porque sentía que Chasing the stars era algo importante, algo fijo que tenía que hacer. Sólo espero haber estado a la altura de una novela que ha sido para mí la primera en muchos sentidos: la primera en publicar en papel, la primera en tener comentarios, la primera en la que hay personajes LGTB y la primera con la que he llorado escribiendo. La muerte de Scott y Tommy ha sido la cosa más dura que he vivido en mi vida junto con la muerte de mi queridísimo Noble.
               Estoy segura de que echaré de menos a estos personajes y sus historias igual que echo de menos a mi pequeñín.
               Por suerte, siempre nos quedará esta historia para venir a visitar a los personajes y volver a reírnos y llorar con ellos, quererles a rabiar y odiarles a muerte. Siempre tendremos Chasing the stars, y a mí todavía me queda escribir la historia de Sabrae, que tampoco os dejará indiferentes.
               Pero, para los que no tengáis suficiente con las cosas que he subido... me he dado cuenta de que tengo aún cosas pendientes, momentos que no he podido meter en ningún lugar de la novela por falta de espacio, tiempo, o simplemente de un entorno en el que subirlos. Así que he creado un blog de Wordpress en el que iré subiendo pequeños retazos de la novela cuando me vengan, porque sé que habrá momentos en los que me será imposible incluir cosas de Chasing the stars en Sabrae... y quiero demasiado a estos personajes como para dejarlos sin sus cinco minutitos de gloria.
               Dicho todo esto… muchísimas gracias por vuestro apoyo constante. Si he disfrutado con esta novela, ha sido en parte por cómo la vivíais también vosotros. Unas amigas me dijeron que se notaba que les tenía mucho cariño a los personajes en el primer tomo de Chasing the stars, pero, ¿cómo no hacerlo, cuando son tan reales para tanta gente?
               Muchísimas gracias otra vez por elegirme para leer mis historias, aunque sea sólo para pasar el rato. El hecho de que estéis conmigo después de tantísimo tiempo denota que esto no son sólo palabras, que puede influir y hacer feliz a la gente. Antes tenía mucho miedo de que todo esto se terminara, pero ahora ya no me preocupa tanto. Les he hecho justicia y eso es lo que cuenta.
               Además, estoy con ellos. Y ellos son mi nueva casa. Estáis invitados a volver cuando queráis. Seguís teniendo Eri para rato.
               

¡Por cierto! Chasing the Stars 2: Moonlight ya está en proceso de edición. ¡Id ahorrando para tener los capítulos de Zayn y Sher en papel!

viernes, 20 de octubre de 2017

Infatuated.



-No nos lo van a dar-susurró Scott a mi derecha, mordiéndose el piercing tan fuerte que prácticamente se hizo sangre. Me sorprendió que de su boca no brotara el típico líquido rubí que acusaba cada herida.
               -Ya lo sabemos-gruñó de nuevo Chad.
               -Es que no nos lo van a dar-repitió el inglés.
               -Que ya lo sabemos…-espetó Chad.
               -Me va a dar algo-gimió Layla a mi lado.
               Diana tenía los hombros cuadrados y el pelo le caía en cascada por la espalda desnuda, brillando dorado sobre su piel bronceada. Se miraba los pies y juntaba las manos con tanta fuerza que tenía los nudillos pálidos. Tomó aire y lo expulsó en una bocanada ruidosa, apretando sus párpados con fuerza, elevando una plegaria al cielo, por favor, por favor.
               Yo tragué saliva y traté de abstraerme al mismo momento hacía un año, cuando Eleanor había sacado su primer disco y había estado nominada a la misma categoría que nosotros: mejor artista revelación.
               Y ella había dado un brinco inmenso cuando anunciaron su nombre, casi tan grande como el que habíamos dado Scott y yo cuando nos dieron nuestro primer premio, hacía unos meses, en septiembre, en una gala de la Mtv. Nos habíamos sacudido los hombros y nos habíamos puesto a gritar mientras Layla y Chad se abrían paso entre la multitud que buscaba felicitarnos mientras Diana trotaba en dirección al escenario para ser la primera en tocar nuestro tan ansiado trofeo y anunciar entre lágrimas que era el primer premio que recibía a pesar del tiempo que llevaba trabajando, en el ojo público. Se tapó la boca y se refugió entre mis brazos, y los gritos aumentaron cuando Scott se acercó al micrófono para agradecer a cada persona que había hecho posible que nosotros estuviéramos sobre aquel escenario cada gramo de esfuerzo. Diana había levantado los ojos y me había mirado con ellos llenos de lágrimas, y yo no pude evitarlo.
               Sabía que me estaba mirando todo el mundo, sabía que el público americano era muy quejica e incluso represivo, pero me daba igual. Me incliné, le cogí la cara y la besé mientras Chad pasaba a la parte frontal del escenario y se inclinaba sobre el micrófono, precisamente en el momento en que los gritos se elevaban un poco más. Layla había sonreído y me había tocado la espalda, me había hecho un gesto con la mano para que pasara a la parte delantera. Temblando como una hoja, lo único que había podido decir para imponerme sobre el rugido de una audiencia entregadísima había sido:
               -Mamá, te quiero.
               Para que luego ella fuera diciendo por ahí que no tenía favoritos; y una mierda que los tenía.
               Conté tres latidos de corazón donde antes sólo había uno, y unos treinta antes de que por fin las dos estrellas consagradas de la música consiguieran romper el sobre con el gramófono dorado sobre fondo negro, ella se acercara al micrófono mientras él miraba en otra dirección, buscando una cámara, o buscando al ganador, que no podíamos ser nosotros, sus ojos no nos encontraron, su mirada no nos buscó, su…

martes, 17 de octubre de 2017

Tomlinson.

Ya sé todo lo que dije en Agosto y el tute a capítulos que llevo, pero al final, Chasing the stars no se acabará hoy. Este tampoco es el último capítulo de Tommy; todavía quedan otros dos capítulos (el último será el sábado) para que la novela se dé por concluida.
¡Muchísimas gracias por la avalancha de comentarios en el último capítulo! Os echaba mucho de menos, me alegro de saber que aún seguís ahí.
Dicho todo esto, ¡que disfrutéis!



Siempre se me aceleraba un poco el corazón cada vez que tenía que atravesar esas verjas de hierro, sin importar lo que tuviera que hacer ese día.
               Dependiendo del humor de mi chica, pero sobre todo, de cómo le hubiera ido esa semana, podíamos vernos en su habitación y disfrutar de mucha más privacidad, o tendríamos que encontrarnos en la sala común, con vigilantes por todas partes, sin poder hacer otra cosa que no fuera cogernos de las manos y mirarnos a los ojos.
               En el mejor de los casos, me hacían pasar a una sala y esperar casi 10 minutos a que la habitación contigua estuviera libre para que me hicieran un chequeo completo y comprobar que no llevaba drogas encima, lo cual incluía desnudarme para asegurarse los enfermeros de que no llevaba nada escondido debajo de una camiseta o en los calzoncillos. Eso significaba que Diana me estaba esperando en su habitación, que yo podría suponer un peligro (como si fuera lo bastante imbécil como para mandarla a rehabilitación y luego dedicarme a pasarle droga como un vulgar camello o algo así.
               En el peor de los casos, me hacían acceder directamente a la sala común, examinaban la bolsa que llevaba para Diana de manera menos minuciosa y me dejaban entrar y pasar por las sillas blancas hasta donde estaba ella.
               No sabía qué me ponía más nervioso, si el tener que quitarme la ropa y dejar que un desconocido me toqueteara, porque así sabría que tenía a Diana para mí solo, con todas sus consecuencias; o el que me dejaran pasar directamente, porque eso significaba que Diana se había portado mal, o había recaído. 
               La enfermera de recepción se me quedó mirando un momento, comprobando que yo era el chico del carnet de identidad (por favor, si llevaba viniendo varios meses ya, debería saberse incluso mi número de la seguridad social). Finalmente, asintió con la cabeza, escribió mi nombre (Thomas Louis Tomlinson) con la misma letra redondeada y grande que tenía mi americana, y me indicó que pasara a la sala de los desnudos.

sábado, 14 de octubre de 2017

Tomlinson-Malik.


Volvió a llamar a la puerta, insistente. Mimi suspiró, terminó de arreglarme el pelo para poder poner el velo y se fue a abrirla. La cabeza de mi hermano se asomó por entre la rendija, tan curioso como nervioso.
               -¿Os falta mucho?-preguntó, y Mimi puso los ojos en blanco.
               -Nos faltará lo que nos falte-sentenció, tajante, cerrando la puerta de nuevo en las narices de Tommy, que protestó por lo bajo algo como parecido a “vamos a llegar tarde, verás, a Scott le da algo”.
               Mimi me retocó el maquillaje un segundo, se aseguró de que mis pestañas estuvieran perfectas con la máscara a prueba de lágrimas (ni se te ocurra ponerte a llorar antes de tiempo, me había advertido antes de echarme el spray fijador) y el pintalabios tuviera el tono correcto de cereza, perfilando mi boca y haciendo mis labios más carnosos.
               Kiara se había ofrecido a ser la que me maquillara en el día más importante de mi vida (por detrás del de mi nacimiento, claro), pero Mimi se había negado en redondo y se había puesto a ver un millón de tutoriales de maquillaje nupcial para estar a la altura delas circunstancias. Había llegado a mi casa a las nueve en punto, con un chándal raído que le había robado a su hermano y la bolsa con su vestido de un suave color lavanda en una mano, el maletín con el maquillaje en la otra. Había esperado pacientemente a que me duchara para espabilar, me había ayudado a ponerme el vestido y me había cubierto con un albornoz para no estropear mi traje.
               Se lo había tomado como la misión del siglo, y la verdad es que había hecho un trabajo espléndido conmigo. Me había resaltado los pómulos y agrandado un poquito más los ojos, le había dado más brillo a mi pelo, recogido en una trenza que enrolló en mi cabeza en un complicado moño que le había costado varios intentos con un maniquí que se había comprado para la ocasión, me había puesto sombra de ojos color tierra con ligeros toques dorados que resaltaban los tonos miel de mi mirada y había completado la sesión con un poco de iluminador en la punta de la nariz y un pintalabios cereza, a estrenar ese mismo día.
               Tenía un aspecto sencillo y a la vez elegante, con el centro de atención en mi boca, lo que más me miraba Scott cuando estábamos juntos, fuera donde fuera. Me mordí el labio instintivamente, pensando en qué estaría haciendo él en ese instante, y mis dientes blanquísimos refulgieron contra el tono granate de mi boca.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Malik.


En cuanto se bajó del bus y se giró para encontrarse conmigo, su sonrisa se convirtió en la mueca que hacen las bocas cuando se convierten en la cárcel de una carcajada.
               -Ni se te ocurra-le avisé, pero Tommy era un gilipollas de primera que no iba a dejar pasar la oportunidad de meterse conmigo.
               -Joder, y yo que pensaba que lo que me ha pasado esta noche no se podría superar por nada-señaló, y se echó a reír abiertamente mientras varias personas, los madrugadores del barrio, se bajaban del bus y nos rodeaban con curiosidad. Me planteé seriamente la posibilidad de empujar a Tommy contra el bus en el momento en el que éste arrancara, pero enseguida la deseché.
               No porque no se lo mereciera (créeme, lo hacía).
               Sino porque luego yo tendría que buscarme mi propio bus para saltar.
               -¿Tengo que empezar a llamarte Piolín ahora?
               -Cierra la puta boca-gruñí, pasándome una mano por el pelo, mi precioso pelo, que antes había sido un hermoso color azabache y que las hijas de puta que tenía por hermanas me habían teñido de un rubio casi platino mientras dormía.
               Lo malo de tener el sueño más profundo que las fosas abisales era que no te enterabas de absolutamente nada de lo que te hacían, así que cuando ellas decidieron que hacerme una de nuestras típicas putadas sería una buena forma de celebrar que estaba en casa y convencerme de que no me marchara, yo había sido dócil cual cordero y no había movido un músculo mientras me levantaban la cabeza, me pasaban agua por el pelo y empezaban a pintármelo con una de esas brochas de plástico cutre que vienen con los paquetes de tinte.
               Me había despertado como siempre, aunque sintiendo la cabeza un poco húmeda pero no le di más importancia. Supuse que serían imaginaciones mías debido a la resaca.
               Pero, cuando vi mi reflejo en el espejo, los ojos mucho más oscuros debido al contraste con mi pelo, las motitas verde y dorado prácticamente desaparecidas por la luz que acaparaban mis mechones, me quedé a cuadros.
               Y luego bajé corriendo las escaleras hecho una furia.
               -¡HIJAS DE PUTA!-grité nada más entrar en la cocina. Mamá dio un brinco, terminando de pasar un poco de zumo de naranja a la nevera, mientras Shasha se echaba a reír y se llevaba una de las fuentes de patatas-. ¿SOIS IMBÉCILES? ¡YO OS MATO! ¡QUE TENGO UNA IMAGEN DE CARA AL PÚBLICO, COÑO! ¿CÓMO MIERDA PRETENDÉIS QUE SALGA ASÍ A LA CALLE?
               -Pero si estás muy mono, pareces papá en el reportaje que le hicieron para GQ-contestó la cabrona de la mediana de mis hermanas, y mamá tuvo que cogerme del brazo para que no le soltara un bofetón.
               -Yo creo que te queda muy bien-me había dicho, pero su boca hizo el mismo gesto que estaba haciendo la de Tommy ahora.

domingo, 8 de octubre de 2017

Payne.



Mentiría si dijera que no me gustaba cómo Tommy se volvía protector con todos nosotros, incluso cuando era más pequeño, tanto en edad como en estatura. Nos defendía como un león defendería a sus cachorros y se abalanzaba ante quien tuviera la mala idea de pensar, siquiera, en importunarnos.
               Pero, si me gustaba esta faceta suya de perro territorial defendiendo a muerte a su hogar y a los suyos, aún más me gustaba cuando se convertía en un dulce cachorrito que se tumbaba panza arriba y agitaba las patitas traseras, a la espera de que le hicieran cosquillas.
               El tour se convirtió en una montaña rusa para nosotros, que estábamos más o menos acostumbrados a una libertad de la que la gente de nuestra edad no solía disfrutar. Era lo que ocasionaba el no tener que preocuparse del dinero, tenerlo todo hecho incluso cuando te vendría bien aprender un poco cómo iba la vida.
               Pasamos de la comodidad más absoluta a dormir unas pocas horas, en la carretera, y a tener que sonreír cada vez que salíamos del bus. Estábamos agradecidos por lo que nos ocurría y nos sentíamos muy afortunados, ¿cómo no?, pero eso no significaba que el cansancio no nos pasase factura.
               A todos, menos a él. Con cada sincera sonrisa que le dedicaba hasta a la persona más irrelevante con la que nos cruzábamos y cada “gracias” y “por favor” a altas horas de la madrugada, cuando a todos los demás se nos habían olvidado hasta nuestros nombres, Tommy conseguía que yo me enamorara un poquito más de él. La felicidad está en los pequeños detalles, decían.
               Bien, pues la felicidad y el amor tienen, por fuerza, que ir de la mano. Porque yo no podía pasar por alto la forma en que se apartaba para que Diana y yo entráramos a un sitio en primer lugar, cómo empujaba las botellas de agua al fondo de la pequeña nevera para que se enfriaran antes a pesar de ser el único que lo hacía, la forma en que se aseguraba de que Eleanor se había terminado la comida y no tenía más hambre, sus risas entre dientes cuando Scott se encontraba en la ducha con que no había cogido ropa para cambiarse, o la forma en que agarraba a Chad por la camiseta cuando éste se inclinaba al final de los conciertos a darle la púa de su guitarra a la fan más afortunada de la noche, todo con tal de evitar que nuestro despreocupado irlandés se cayera de morros.
               No podía evitar sentirme atraída hacia él como un asteroide hacia el campo gravitatorio del planeta más masivo del sistema que atravesaba. No podía no devolverle la sonrisa y sonrojarme un poco cuando encontrábamos un segundo de intimidad en que darnos la mano, un roce o un rápido beso antes de salir a trabajar.
               Incluso cuando iba a ver a Diana, incluso cuando yo iba a buscarlo y él estaba demasiado cansado para hacer nada, seguía teniendo el mismo tacto de siempre. Seguía queriendo achucharle, meterle en una cajita de cristal y no dejar que nadie se le acercara bajo ningún pretexto.

viernes, 6 de octubre de 2017

Horan.




La mejor noche de mi vida empezó con los chicos. Nos quedaban apenas un par de conciertos en Inglaterra antes de la gira internacional por puntos elegidos de Estados Unidos y Europa. La siguiente parada fuera del país sería en España, después de mucho insistir Tommy y Layla en que no cruzarían el océano sin antes visitar su país. A mí me encantaría ir primero por España, hacer la gira por Europa antes que en Estados Unidos, porque mi madre salía de cuentas dentro de poco; a Diana le daba igual, y Scott quería ir a ese país y quedarse a vivir en Marbella, atiborrándose de marisco y tortillas de patata con extra de cebolla.
               Habría supuesto que, a estas alturas de la gira, después de pasar por casi todos los pueblos de Reino Unido que contaran con un estadio, por muy pequeño que fuera, en el que dar conciertos, estaríamos agotados. Pero la verdad era que nos sentíamos mejor que nunca.
               Se nos disparaba la adrenalina cuando salíamos al escenario y todo el mundo comenzaba a corear nuestros nombres y cantar las canciones que no habíamos compuesto nosotros, pero de las que nos habíamos terminado apropiando.
               -¡BUEEEEEEEEEEENAS NOCHEEEEEEEEEEEES, SAN DIEGOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!-bramó Tommy nada más salir, al terminar la primera canción y que todo el mundo empezara a chillar como loco. A nadie pareció importarle que San Diego estuviera en la otra punta del mundo.
               -Tío-le recriminó Scott, poniéndole una mano en el hombro con gesto teatral-. Estamos en Liverpool-un coro de carcajadas y proposiciones de matrimonio por igual acompañaron esta afirmación. Tommy se encogió de hombros.
               -Ya lo sé, tío, pero es que me hacía ilusión decirlo. Bueno-Tommy se paseó por el escenario-, ¿os lo estáis pasando bien?
               Un rugido de un público entregadísimo fue su respuesta, pero Tommy sonrió, y miró a la americana.
               -Didi, ¿tú dirías que están despiertos?
               -No lo sé, T. Están un poco calladitos; puede que estén dormidos.
               -¡No os oímos, Liverpool!-grité yo, y la audiencia volvió a rugir. Layla recogió una bandera de la Unión de entre la gente y se la entregó a Diana, que se aferró a ella como si su vida dependiera de ello. Caminó por la pasarela con gesto serio, decidido, acercándose al pequeño escenario auxiliar, imitación del que habían utilizado nuestros padres en la gira Where We Are.
               -¡Liverpool!-proclamó Diana, levantando la bandera por encima de su cabeza y mirando al público. Las personas allí congregadas gritaron de nuevo, reconociendo a la chica que se enfrentaba a ellos-. ¿Qué coño es esto? Me habían dicho que los ingleses erais muy ruidosos, ¡y resulta que estáis más callados que cuando en América está a punto de sonar el himno! ¿OS LO ESTÁIS PASANDO BIEN?-rugió la rubia, y un montón de manos y gargantas se alzaron para asentir. Diana sonrió, más satisfecha-. Eso está mejor.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Estrellas no tan fugaces.

Que la revelación de que Tommy, Diana y Layla formaban un triángulo insondable daría mucho que hablar no lo había dudado absolutamente nadie desde el momento en que Scott le dijo a Tommy que, en realidad, no tenía que elegir.
               Pero que nadie dudara de la relevancia de aquella confesión pública no significaba que alguien se esperara la reacción del público, que se dividió a los pies de mi hijo en cuanto éste puso un pie en Inglaterra, como si la nación fuera el Mar Rojo, y Tommy, Moisés liderando a su pueblo hacia la libertad.
               Estaban los que decían que Diana y Layla no eran más que el capricho último del típico niño rico y mimado al que nadie, jamás, le ha dicho que no. Que ellas eran estúpidas por consentirle ese tipo de comportamiento y que él tenía más cara que espalda. Eso eran lo que decían los más amables.
               Luego estaban los que creían que era cosa de ellos tres y sólo de ellos tres, y que si se querían y les hacía felices, nadie debería abrir la boca salvo para desearles suerte.
               Por desgracia, los que estaban de ese último bando eran muchos menos que los que estaban del primero. La sociedad inglesa se jactaba de lo abierta que era, pero a la hora de verdad, gustaba mucho de su tradición, amaba demasiado la costumbre, y se mostraba recelosa de los cambios, temiendo que siempre fueran a peor, sospechando de la destrucción de las cosas que apreciaban por encima de todo: sus valores, sus costumbres, sus festividades, su monarquía, la forma misma en la que se fundaba la familia. Nadie tenía familias en los que los padres fueran tres, ¿por qué iba a empezar ahora? ¿Cómo se atrevía ese hijo de una inmigrante, encima española, con lo vagos que éramos, que íbamos a quitarles los trabajos, a desafiar todo lo establecido?
               ¿Y por qué las chicas se querían tan poco como para acceder a algo tan ruin?
               Cuando me bajé del coche con la cola del vestido sujeta por Louis, mis ojos buscaron automáticamente entre los flashes cegadores a mis dos retoños, que ya debían estar por la alfombra roja, concediendo las primeras entrevistas de su vida y realizando sus primeros posados.
               A la primera a la que localicé fue a Eleanor, que asentía con la cabeza y movía los labios en una retahíla que yo no conseguía seguir. Era increíble lo que había crecido en apenas un par de meses, lo madura que se mostraba y la profesionalidad con la que manejaba las preguntas de los periodistas. Me había tomado los tres últimos días libres sólo para navegar por internet y ver cada vídeo en el que aparecía mi pequeña, sólo para descubrir que tenía un talento natural para llevar las entrevistas hacia donde a ella le interesaba, sin que los periodistas pudieran darse cuenta de que lo estaba haciendo.
               Había nacido para esto, mi pequeña estrella con alas.
               Louis me ofreció el brazo, sonriendo con calidez. Sus ojos zafiro, que gracias a dios habíamos conseguido que uno de nuestros hijos heredara, brillaron con cariño y orgullo.
               -¿Lista?-preguntó. Yo sonreí y asentí con la cabeza, rodeando su brazo con el mío y avanzando lentamente por la alfombra, haciendo el caso justo y necesario a los gritos de ¡Eri! ¡Louis! ¡Mamá y papá! que siempre nos acompañaban cada vez que íbamos a un evento social.
               Lo disfrutaba. Lo veía como oportunidades de hacer buenos negocios, arrastrar a inversores hacia mi terreno y conseguir importantes sumas de dinero que se irían derechas a las donaciones de la empresa, o a la inversión en algún tipo de infraestructura que le daría a la naturaleza un respiro un poco más holgado. Podía conocer gente interesante y empaparme de sus ideas, me lo pasaba bien.
               Y aprovechaba cada ocasión que se me presentaba tanto para fardar de marido como para hacerlo de hijos. “Eleanor está muy centrada, es muy decidida y sabe lo que quiere, todavía no puedo contaros el qué”, solía sonreír siempre que me preguntaban por las aspiraciones de mis hijos. “Tommy sigue sin decidirse, le interesan varias áreas, pero ya sabes cómo va esto: es joven y tiene toda la vida por delante, por suerte, no hay ninguna prisa en que se decida… oh, sí, es muy cariñoso, ha salido a mi rama de la familia”, asentía, y me echaba a reír.
               Fue entonces cuando le vi. Estaba un poco más allá de Eleanor, entre Diana, que vestía un traje plateado y llevaba el pelo imitando el look de recién salida de la ducha hacia atrás, y la mayor de mis dos hijas. Estaba guapísimo con el traje blanco que había pedido cuando le dijeron que iba a la final, a juego con el de Scott, que brillaba a su lado con luz propia.
               Tommy escuchaba atentamente algo que decía Scott, intentaba sonreír un poco, y lo conseguía a medias. Me abracé instintivamente a Louis y miré de reojo a los paparazzi, que ahora sacaban sus mejores cámaras para conseguir captar a la perfección cada poro de mi piel y cada arruga que me recorría la cara, buscando un gesto que me traicionara e hiciera ver que, en realidad, no me enorgullecía de todo lo que me había pasado, de las risas y los llantos que había tenido que soportar a lo largo de mi vida.
               Antes me gustaban este tipo de atenciones, me gustaba este tipo de gente, disfrutaba de las reuniones sociales.
               A partir de esa noche, ya no. Porque siempre se presentaría una oportunidad por alguien borracho o directamente maleducado que se acercara a mí y me preguntara por mi hijo, ya sabes, el polígamo, y lo dirían de una manera que me revolvería las tripas y que me haría saltar. Era mi niño. Mataría por él. Moriría por él. No quería que nadie le hiciera daño y no lo consentiría bajo ningún concepto.

martes, 26 de septiembre de 2017

Adiós a la Diosa.

-¡Uf!-exclamé, abriendo la puerta y lanzando las gafas de sol sobre la cómoda, justo al lado de la televisión apagada-, si vierais el día que me han hecho llevar, estoy agotadísima-me quejé, dejándome caer sobre la cama y soltando las bolsas de ropa recién comprada o regalada, cuyo contenido se desparramó aquí y allá-. Y encima creo que hemos perdido a Chad y Aiden-parloteé, descalzándome con el pie contrario-, se pasaron a ver cómo iba el reportaje y quisieron quedarse un rato conmigo, ¡Kiara incluso me pidió maquillarme y todo!-me volví y los miré-. ¡Y no sabéis lo genial que es esa chica maquillando, de verdad, me quiero casar con ella y…!
               Me quedé callada. Algo no encajaba, o, más bien, había encajado después de muchísimo tiempo sin hacerlo. Tommy y Layla me miraban, sonrientes, tapados hasta la cintura bajo las mantas. Él tenía el pecho descubierto, y ella, los hombros tapados por una camiseta de él, como ya venía siendo costumbre mientras dormíamos.
               Lo que empezó a activar mis alarmas no fue, sin embargo, que llevara puesta una camiseta de Tommy, sino que aquella camiseta la había estado usando nuestro inglés durante la mañana y gran parte de la tarde.
               Tommy apartó a un lado el iPad en el que estaban mirando algo en cuanto entré en la habitación, se sonrojó un poco y miró a Layla, por cuyo rostro se extendió una preciosa sonrisa, llena de satisfacción y pletórica de felicidad. Se pasó una mano por el pelo cuando me incorporé para mirarlos, jugando con su flequillo de paso y descubriéndome en sus ojos una chispa que antes no estaba allí.
               Miré los ojos de mi inglés, sólo para encontrarme con lo mismo. El mismo brillo en los ojos, la misma luz en el pelo, la misma tierna rojez en la piel del rostro.
               -¿De qué os reís?-pregunté, aún sin caer. Layla se mordió los labios y bajó la mirada, azorada, mientras Tommy respondía, con una sonrisa boba:
               -De nada.
               -¿Qué pasa?-insistí yo cuando Layla levantó la cabeza y le miró y su sonrisa se amplió un poco. La de Tommy la imitó.
               -De nada-respondió.
               Y entonces, lo entendí. Me puse en pie como un resorte, comprendiendo las señales y siguiendo el trayecto que indicaban. El brillo en los ojos, las sonrisas tontas, los cuerpos entrelazados, probablemente desnudos debajo de las mantas, la intimidad de su cercanía y el amor que ambos destilaban por cada poro, como si fueran un par de lámparas que pendían del techo y amenazaban la oscuridad de la noche.
               -Madre mía-dije, tapándome la boca con las manos. Layla se sonrojó-. ¡Madre mía! ¡Lo habéis hecho!-festejé, y por toda respuesta mi inglés miró a la inglesa y asintió con la cabeza imperceptiblemente-. ¿¡Verdad!?-chillé, como una niña pequeña en el día de Navidad-. ¡Os habéis acostado por fin!-no me di cuenta de que estaba dando saltos hasta que me detuve en ese momento, dando palmadas, entusiasmada. Levanté las manos al cielo y exhalé un jubiloso-: ¡Aleluya! ¡Esto tenemos que celebrarlo! ¡En cuanto vuelvan todos los demás, salimos de fiesta! ¡Me da igual si nos echan esta semana por no ensayar lo suficiente! ¡Es un día precioso!-celebré, tirándome sobre la cama y arrastrándome hacia ellos, a toda velocidad, cual lagarto de carreras.
               -Tranqui, Didi-sonrió Tommy.
               -¿Qué tal ha sido?-le pregunté a Layla, que se sonrió.
               -Genial. Mejor de lo que decías.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Zaddy.

Algo cambia en casa. Un día, papá y mamá dejan de turnarse para desaparecer por la mañana. No es que mamá lo hiciera muy a menudo, pero a medida que va pasando el tiempo, ella va empezando a hacer cosas, a jugar a sus propios juegos, a los que yo no estoy invitada.
               Un día por la mañana, papá se queda conmigo. Que no es que me moleste, me encanta estar con papá.
               Pero mamá se marcha, me da un beso en la cabeza y dice que me verá a la hora de comer. Le da un beso en la boca a papá y se va sacudiendo la mano, y yo me pregunto si habré hecho algo mal. Pero papá me da mimos, me acaricia la tripa y juega conmigo, y pronto se me olvida que mamá se ha marchado. Hasta que vuelve, y me coge en brazos, y me mordisquea las mejillas y me pregunta si la he echado de menos, y yo agito las manos y le tiro del pelo e intento exclamar que sí, aunque de mi boca sólo brotan balbuceos incomprensibles.
               Y, al poco tiempo, todos los días se convierten en esos días especiales en los que papá no se va a ningún sitio, sino que se queda con nosotras. Scott sigue marchándose, cada día le acompañamos al colegio, ese sitio lleno de niños al que me muero por seguirle. Parece que se lo pasa bien, que es feliz. Y yo quiero verle ser feliz. No quiero que se vaya. Quiero que esté conmigo todo el día, también toda la noche. Me encanta cuando me despierto y él me da un beso de buenos días en la cabeza, me recoge y me acuna, saludándome, riéndose cuando yo me río.
               Pero, de momento, tengo que conformarme con papá.
               Y me encanta conformarme con papá.
               Mamá nos deja solos de vez en cuando. Se va a otro lugar, creo que de la propia casa (no sale por la puerta del exterior, que hace que no se oiga su voz ni responda cuando la llamamos, por eso lo deduzco) y se pasa horas y horas sola. Yo me pregunto qué hace cuando papá me acuna y me arrulla, en las pocas ocasiones en que me aburre el juego al que estamos jugando y quiero saber dónde está, por qué no viene a darme atención y mimos.
               Otras veces, ella se queda con nosotros, mirándonos, participando en nuestros juegos. Papá me lanza hacia el cielo y yo floto y creo que soy una especie de estrella, como los componentes de la Cosa Fascinante que giran sin llegar a tocar el suelo, ni a tocar mis dedos por mucho que yo los estire, cuando me meten en la cuna para tomarme una siesta. Y mamá protesta, dice su nombre, el nombre que Scott no usa para llamarle.
               -Zayn…
               -No voy a dejar que se caiga-responde siempre papá, pero mamá se revuelve, incómoda, y su corazón se detiene cuando papá vuelve a lanzarme hacia arriba. Vuelve a protestar. Vuelve a lanzarme. Nuevo lanzamiento, nueva protesta, hasta que yo me empiezo a reír, divertida por esta partida que no comparto con nadie más, y papá me señala. Mamá pone los ojos en blanco.
               -Como se te caiga…-advierte mamá, suspirando.
               -No se me va a caer-contesta papá, acercándome a él, sosteniéndome por debajo de los hombros, con unas manos fuertes en las que me siento protegida y a salvo-. ¿Verdad que no, princesita? ¿A que no voy a dejar que te caigas?
               Y yo me río y él me besa, y mamá sube los pies al sofá y niega con la cabeza y apoya el codo en el reposabrazos del sofá y no aparta los ojos de nosotros, hasta que yo me canso y dejo de reírme, hago que todo mi cuerpo se quede como muerto y, después, me dejo acunar. Pido de mamar y me lo dan, con papá mirándonos, siempre mirándonos, incluso cuando se supone que no debería estar en casa.
               Y, entonces, Scott deja de marcharse también. Un día, mete un montón de comida dentro de la mochila, en lugar de las pinturas y los libros y los juguetes. Y, aún no sé muy bien cómo funciona el tiempo, pero juraría que vamos a buscarle antes al cole. Él llora y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano, se abraza a todo niño que se le pone a tiro y les pide que por favor no se olviden de él.
               -S, por favor, son tus amigos, les verás al final del verano-sonríe mamá, dándole la mano y limpiándole la cara, que tiene pegajosa.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Zona de guerra y paraíso.

La atmósfera de la ciudad, antigua como la arquitectura, hace que algo dentro de mí cambie. La primera tarde que pasamos allí produce una minúscula revolución en mi interior.
               Me doy cuenta de que ya no me escondo, no quiero esconderme. Me pego a Tommy instintivamente y celebro cómo él me recibe con entusiasmo. Me gusta estar cerca de él, sentir el calor de su cuerpo y la firmeza de éste a mi lado mientras contemplamos la ciudad, que se recorta contra el cielo naranja como si de un animal habitante de las tinieblas todavía no descubierto se tratara.
               Creo que nos afecta a todos, en realidad. Veo a Eleanor radiante de alegría. Veo a Scott, incapaz de separarse de ella. Veo a Chad y Aiden tan entusiasmados que se olvidan por un momento se soltarse las manos cuando entramos en la catedral, a pesar de que la Iglesia no aprueba que se quieran, como si no hubiera otras cosas más horribles de las que quejarse que el amor entre dos personas del mismo sexo, que se aman tanto que sus ojos relucen como dos estrellas apenas se ha puesto el sol.
               Veo a Diana apartarse un millón de veces el pelo de la cara a toda velocidad, leyendo su guía, con la nariz pegada a ella, alejándose de aquella chica que se ha bajado del avión esta misma tarde, abrazada a un peluche de un unicornio que Astrid le ha traído directamente desde su habitación, y, con las gafas de sol aún puestas, se pone a firmar autógrafos de la gente que ya chilla su nombre en la misma pista de aterrizaje.
               Y veo a Tommy.
               Sobre todo, veo a Tommy. Veo cómo mira en todas direcciones, empapándose de la cultura, cómo se acerca a las placas con información, cómo se aproxima disimuladamente a los grupos de turistas cuando escucha al guía hablar inglés o español para enterarse de algo que nos pueda contar a nosotras. Le veo examinar postales, llaveros, regalos para sus hermanos, su padre y su madre, le veo mirar a Scott, y veo a Scott mirarle a él, y les veo sonreírse en la distancia, como si no estuvieran acostumbrados a estar lejos del otro y tuvieran que comprobar que todo va bien para su hermano, aun estando de vacaciones, o algo así.
               Y veo lo que hace cuando se acerca a Diana y a mí. A Diana le abraza la cintura, se la aprieta con cariño, y a mí me coge la mano con discreción. Pero ya no mira en todas direcciones, buscando ojos indiscretos que puedan estropear nuestro momento íntimo. Me agarra la mano, me acaricia los nudillos con el pulgar, y no le importa que alguien pueda vernos. Puede que sea por la ciudad. O puede que sea porque, simplemente, está cansándose de esconderse.
               Yo estoy cansada, pero no quiero que él se exponga a todo lo que sé que sucederá en cuanto se descubra que en su corazón no hay una, sino dos.
               -¿Estás bien?-me pregunta mientras bajamos las escaleras, inmensas, de esas que necesitas dar varios pasos para descender un escalón. Asiento con la cabeza y acepto la mano que él me tiende, y el mundo a nuestro alrededor se desvanece por un instante. Mis rodillas tiemblan cuando me encuentro con sus ojos, e, irremediablemente, tropiezo con un adoquín irregular que no veo y estoy a punto de caerme al suelo.
               Por suerte, él me coge. Me agarra por los codos y evita que me dé el guarrazo de mi vida. Nos miramos un momento, cohibidos. Su boca está a centímetros de la mía. Sus ojos tienen un cariz oscuro, como de océano que no ha conocido los arrecifes de coral por ser demasiado profundo, que la noche incipiente ha puesto allí.
               Se moja los labios con la lengua, observando los míos. Se me acelera el corazón. Se inclina un poco hacia mí.
               -Tommy-advierte de repente Scott, rompiendo el hechizo. Tommy despierta de la ensoñación, me deja sin aliento cuando se gira hacia su mejor amigo, que hace un gesto con la cabeza en dirección a un grupo de chicas que se está haciendo una foto de grupo a escasos metros de nosotros. Vemos a la turista que sostiene la cámara, así que la cámara también nos ve a nosotros.
               Tommy asiente con la cabeza, resignado, y me ayuda a incorporarme.
               -Gracias-susurro con timidez, notando cómo mis mejillas arden. Probablemente esté roja como un tomate. Pienso que eso le gusta. Le suele gustar.
               -Lo siento-responde, sin embargo. Niego con la cabeza.
               -No te preocupes.
               -No, sí que me preocupo, princesa. Siento que todo tenga que ser así-se pasa una mano por el pelo y yo le acaricio el mentón en un segundo de distracción que le robo al mundo-. Estoy harto.
               -Sólo un par de semanas más-le recuerdo, y él me mira, cansado.
               -No quiero esperar más. Te quiero. Quiero que todo el mundo lo sepa. No estamos haciendo nada malo.