sábado, 14 de octubre de 2017

Tomlinson-Malik.


Volvió a llamar a la puerta, insistente. Mimi suspiró, terminó de arreglarme el pelo para poder poner el velo y se fue a abrirla. La cabeza de mi hermano se asomó por entre la rendija, tan curioso como nervioso.
               -¿Os falta mucho?-preguntó, y Mimi puso los ojos en blanco.
               -Nos faltará lo que nos falte-sentenció, tajante, cerrando la puerta de nuevo en las narices de Tommy, que protestó por lo bajo algo como parecido a “vamos a llegar tarde, verás, a Scott le da algo”.
               Mimi me retocó el maquillaje un segundo, se aseguró de que mis pestañas estuvieran perfectas con la máscara a prueba de lágrimas (ni se te ocurra ponerte a llorar antes de tiempo, me había advertido antes de echarme el spray fijador) y el pintalabios tuviera el tono correcto de cereza, perfilando mi boca y haciendo mis labios más carnosos.
               Kiara se había ofrecido a ser la que me maquillara en el día más importante de mi vida (por detrás del de mi nacimiento, claro), pero Mimi se había negado en redondo y se había puesto a ver un millón de tutoriales de maquillaje nupcial para estar a la altura delas circunstancias. Había llegado a mi casa a las nueve en punto, con un chándal raído que le había robado a su hermano y la bolsa con su vestido de un suave color lavanda en una mano, el maletín con el maquillaje en la otra. Había esperado pacientemente a que me duchara para espabilar, me había ayudado a ponerme el vestido y me había cubierto con un albornoz para no estropear mi traje.
               Se lo había tomado como la misión del siglo, y la verdad es que había hecho un trabajo espléndido conmigo. Me había resaltado los pómulos y agrandado un poquito más los ojos, le había dado más brillo a mi pelo, recogido en una trenza que enrolló en mi cabeza en un complicado moño que le había costado varios intentos con un maniquí que se había comprado para la ocasión, me había puesto sombra de ojos color tierra con ligeros toques dorados que resaltaban los tonos miel de mi mirada y había completado la sesión con un poco de iluminador en la punta de la nariz y un pintalabios cereza, a estrenar ese mismo día.
               Tenía un aspecto sencillo y a la vez elegante, con el centro de atención en mi boca, lo que más me miraba Scott cuando estábamos juntos, fuera donde fuera. Me mordí el labio instintivamente, pensando en qué estaría haciendo él en ese instante, y mis dientes blanquísimos refulgieron contra el tono granate de mi boca.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Malik.


En cuanto se bajó del bus y se giró para encontrarse conmigo, su sonrisa se convirtió en la mueca que hacen las bocas cuando se convierten en la cárcel de una carcajada.
               -Ni se te ocurra-le avisé, pero Tommy era un gilipollas de primera que no iba a dejar pasar la oportunidad de meterse conmigo.
               -Joder, y yo que pensaba que lo que me ha pasado esta noche no se podría superar por nada-señaló, y se echó a reír abiertamente mientras varias personas, los madrugadores del barrio, se bajaban del bus y nos rodeaban con curiosidad. Me planteé seriamente la posibilidad de empujar a Tommy contra el bus en el momento en el que éste arrancara, pero enseguida la deseché.
               No porque no se lo mereciera (créeme, lo hacía).
               Sino porque luego yo tendría que buscarme mi propio bus para saltar.
               -¿Tengo que empezar a llamarte Piolín ahora?
               -Cierra la puta boca-gruñí, pasándome una mano por el pelo, mi precioso pelo, que antes había sido un hermoso color azabache y que las hijas de puta que tenía por hermanas me habían teñido de un rubio casi platino mientras dormía.
               Lo malo de tener el sueño más profundo que las fosas abisales era que no te enterabas de absolutamente nada de lo que te hacían, así que cuando ellas decidieron que hacerme una de nuestras típicas putadas sería una buena forma de celebrar que estaba en casa y convencerme de que no me marchara, yo había sido dócil cual cordero y no había movido un músculo mientras me levantaban la cabeza, me pasaban agua por el pelo y empezaban a pintármelo con una de esas brochas de plástico cutre que vienen con los paquetes de tinte.
               Me había despertado como siempre, aunque sintiendo la cabeza un poco húmeda pero no le di más importancia. Supuse que serían imaginaciones mías debido a la resaca.
               Pero, cuando vi mi reflejo en el espejo, los ojos mucho más oscuros debido al contraste con mi pelo, las motitas verde y dorado prácticamente desaparecidas por la luz que acaparaban mis mechones, me quedé a cuadros.
               Y luego bajé corriendo las escaleras hecho una furia.
               -¡HIJAS DE PUTA!-grité nada más entrar en la cocina. Mamá dio un brinco, terminando de pasar un poco de zumo de naranja a la nevera, mientras Shasha se echaba a reír y se llevaba una de las fuentes de patatas-. ¿SOIS IMBÉCILES? ¡YO OS MATO! ¡QUE TENGO UNA IMAGEN DE CARA AL PÚBLICO, COÑO! ¿CÓMO MIERDA PRETENDÉIS QUE SALGA ASÍ A LA CALLE?
               -Pero si estás muy mono, pareces papá en el reportaje que le hicieron para GQ-contestó la cabrona de la mediana de mis hermanas, y mamá tuvo que cogerme del brazo para que no le soltara un bofetón.
               -Yo creo que te queda muy bien-me había dicho, pero su boca hizo el mismo gesto que estaba haciendo la de Tommy ahora.

domingo, 8 de octubre de 2017

Payne.



Mentiría si dijera que no me gustaba cómo Tommy se volvía protector con todos nosotros, incluso cuando era más pequeño, tanto en edad como en estatura. Nos defendía como un león defendería a sus cachorros y se abalanzaba ante quien tuviera la mala idea de pensar, siquiera, en importunarnos.
               Pero, si me gustaba esta faceta suya de perro territorial defendiendo a muerte a su hogar y a los suyos, aún más me gustaba cuando se convertía en un dulce cachorrito que se tumbaba panza arriba y agitaba las patitas traseras, a la espera de que le hicieran cosquillas.
               El tour se convirtió en una montaña rusa para nosotros, que estábamos más o menos acostumbrados a una libertad de la que la gente de nuestra edad no solía disfrutar. Era lo que ocasionaba el no tener que preocuparse del dinero, tenerlo todo hecho incluso cuando te vendría bien aprender un poco cómo iba la vida.
               Pasamos de la comodidad más absoluta a dormir unas pocas horas, en la carretera, y a tener que sonreír cada vez que salíamos del bus. Estábamos agradecidos por lo que nos ocurría y nos sentíamos muy afortunados, ¿cómo no?, pero eso no significaba que el cansancio no nos pasase factura.
               A todos, menos a él. Con cada sincera sonrisa que le dedicaba hasta a la persona más irrelevante con la que nos cruzábamos y cada “gracias” y “por favor” a altas horas de la madrugada, cuando a todos los demás se nos habían olvidado hasta nuestros nombres, Tommy conseguía que yo me enamorara un poquito más de él. La felicidad está en los pequeños detalles, decían.
               Bien, pues la felicidad y el amor tienen, por fuerza, que ir de la mano. Porque yo no podía pasar por alto la forma en que se apartaba para que Diana y yo entráramos a un sitio en primer lugar, cómo empujaba las botellas de agua al fondo de la pequeña nevera para que se enfriaran antes a pesar de ser el único que lo hacía, la forma en que se aseguraba de que Eleanor se había terminado la comida y no tenía más hambre, sus risas entre dientes cuando Scott se encontraba en la ducha con que no había cogido ropa para cambiarse, o la forma en que agarraba a Chad por la camiseta cuando éste se inclinaba al final de los conciertos a darle la púa de su guitarra a la fan más afortunada de la noche, todo con tal de evitar que nuestro despreocupado irlandés se cayera de morros.
               No podía evitar sentirme atraída hacia él como un asteroide hacia el campo gravitatorio del planeta más masivo del sistema que atravesaba. No podía no devolverle la sonrisa y sonrojarme un poco cuando encontrábamos un segundo de intimidad en que darnos la mano, un roce o un rápido beso antes de salir a trabajar.
               Incluso cuando iba a ver a Diana, incluso cuando yo iba a buscarlo y él estaba demasiado cansado para hacer nada, seguía teniendo el mismo tacto de siempre. Seguía queriendo achucharle, meterle en una cajita de cristal y no dejar que nadie se le acercara bajo ningún pretexto.

viernes, 6 de octubre de 2017

Horan.




La mejor noche de mi vida empezó con los chicos. Nos quedaban apenas un par de conciertos en Inglaterra antes de la gira internacional por puntos elegidos de Estados Unidos y Europa. La siguiente parada fuera del país sería en España, después de mucho insistir Tommy y Layla en que no cruzarían el océano sin antes visitar su país. A mí me encantaría ir primero por España, hacer la gira por Europa antes que en Estados Unidos, porque mi madre salía de cuentas dentro de poco; a Diana le daba igual, y Scott quería ir a ese país y quedarse a vivir en Marbella, atiborrándose de marisco y tortillas de patata con extra de cebolla.
               Habría supuesto que, a estas alturas de la gira, después de pasar por casi todos los pueblos de Reino Unido que contaran con un estadio, por muy pequeño que fuera, en el que dar conciertos, estaríamos agotados. Pero la verdad era que nos sentíamos mejor que nunca.
               Se nos disparaba la adrenalina cuando salíamos al escenario y todo el mundo comenzaba a corear nuestros nombres y cantar las canciones que no habíamos compuesto nosotros, pero de las que nos habíamos terminado apropiando.
               -¡BUEEEEEEEEEEENAS NOCHEEEEEEEEEEEES, SAN DIEGOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!-bramó Tommy nada más salir, al terminar la primera canción y que todo el mundo empezara a chillar como loco. A nadie pareció importarle que San Diego estuviera en la otra punta del mundo.
               -Tío-le recriminó Scott, poniéndole una mano en el hombro con gesto teatral-. Estamos en Liverpool-un coro de carcajadas y proposiciones de matrimonio por igual acompañaron esta afirmación. Tommy se encogió de hombros.
               -Ya lo sé, tío, pero es que me hacía ilusión decirlo. Bueno-Tommy se paseó por el escenario-, ¿os lo estáis pasando bien?
               Un rugido de un público entregadísimo fue su respuesta, pero Tommy sonrió, y miró a la americana.
               -Didi, ¿tú dirías que están despiertos?
               -No lo sé, T. Están un poco calladitos; puede que estén dormidos.
               -¡No os oímos, Liverpool!-grité yo, y la audiencia volvió a rugir. Layla recogió una bandera de la Unión de entre la gente y se la entregó a Diana, que se aferró a ella como si su vida dependiera de ello. Caminó por la pasarela con gesto serio, decidido, acercándose al pequeño escenario auxiliar, imitación del que habían utilizado nuestros padres en la gira Where We Are.
               -¡Liverpool!-proclamó Diana, levantando la bandera por encima de su cabeza y mirando al público. Las personas allí congregadas gritaron de nuevo, reconociendo a la chica que se enfrentaba a ellos-. ¿Qué coño es esto? Me habían dicho que los ingleses erais muy ruidosos, ¡y resulta que estáis más callados que cuando en América está a punto de sonar el himno! ¿OS LO ESTÁIS PASANDO BIEN?-rugió la rubia, y un montón de manos y gargantas se alzaron para asentir. Diana sonrió, más satisfecha-. Eso está mejor.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Estrellas no tan fugaces.

Que la revelación de que Tommy, Diana y Layla formaban un triángulo insondable daría mucho que hablar no lo había dudado absolutamente nadie desde el momento en que Scott le dijo a Tommy que, en realidad, no tenía que elegir.
               Pero que nadie dudara de la relevancia de aquella confesión pública no significaba que alguien se esperara la reacción del público, que se dividió a los pies de mi hijo en cuanto éste puso un pie en Inglaterra, como si la nación fuera el Mar Rojo, y Tommy, Moisés liderando a su pueblo hacia la libertad.
               Estaban los que decían que Diana y Layla no eran más que el capricho último del típico niño rico y mimado al que nadie, jamás, le ha dicho que no. Que ellas eran estúpidas por consentirle ese tipo de comportamiento y que él tenía más cara que espalda. Eso eran lo que decían los más amables.
               Luego estaban los que creían que era cosa de ellos tres y sólo de ellos tres, y que si se querían y les hacía felices, nadie debería abrir la boca salvo para desearles suerte.
               Por desgracia, los que estaban de ese último bando eran muchos menos que los que estaban del primero. La sociedad inglesa se jactaba de lo abierta que era, pero a la hora de verdad, gustaba mucho de su tradición, amaba demasiado la costumbre, y se mostraba recelosa de los cambios, temiendo que siempre fueran a peor, sospechando de la destrucción de las cosas que apreciaban por encima de todo: sus valores, sus costumbres, sus festividades, su monarquía, la forma misma en la que se fundaba la familia. Nadie tenía familias en los que los padres fueran tres, ¿por qué iba a empezar ahora? ¿Cómo se atrevía ese hijo de una inmigrante, encima española, con lo vagos que éramos, que íbamos a quitarles los trabajos, a desafiar todo lo establecido?
               ¿Y por qué las chicas se querían tan poco como para acceder a algo tan ruin?
               Cuando me bajé del coche con la cola del vestido sujeta por Louis, mis ojos buscaron automáticamente entre los flashes cegadores a mis dos retoños, que ya debían estar por la alfombra roja, concediendo las primeras entrevistas de su vida y realizando sus primeros posados.
               A la primera a la que localicé fue a Eleanor, que asentía con la cabeza y movía los labios en una retahíla que yo no conseguía seguir. Era increíble lo que había crecido en apenas un par de meses, lo madura que se mostraba y la profesionalidad con la que manejaba las preguntas de los periodistas. Me había tomado los tres últimos días libres sólo para navegar por internet y ver cada vídeo en el que aparecía mi pequeña, sólo para descubrir que tenía un talento natural para llevar las entrevistas hacia donde a ella le interesaba, sin que los periodistas pudieran darse cuenta de que lo estaba haciendo.
               Había nacido para esto, mi pequeña estrella con alas.
               Louis me ofreció el brazo, sonriendo con calidez. Sus ojos zafiro, que gracias a dios habíamos conseguido que uno de nuestros hijos heredara, brillaron con cariño y orgullo.
               -¿Lista?-preguntó. Yo sonreí y asentí con la cabeza, rodeando su brazo con el mío y avanzando lentamente por la alfombra, haciendo el caso justo y necesario a los gritos de ¡Eri! ¡Louis! ¡Mamá y papá! que siempre nos acompañaban cada vez que íbamos a un evento social.
               Lo disfrutaba. Lo veía como oportunidades de hacer buenos negocios, arrastrar a inversores hacia mi terreno y conseguir importantes sumas de dinero que se irían derechas a las donaciones de la empresa, o a la inversión en algún tipo de infraestructura que le daría a la naturaleza un respiro un poco más holgado. Podía conocer gente interesante y empaparme de sus ideas, me lo pasaba bien.
               Y aprovechaba cada ocasión que se me presentaba tanto para fardar de marido como para hacerlo de hijos. “Eleanor está muy centrada, es muy decidida y sabe lo que quiere, todavía no puedo contaros el qué”, solía sonreír siempre que me preguntaban por las aspiraciones de mis hijos. “Tommy sigue sin decidirse, le interesan varias áreas, pero ya sabes cómo va esto: es joven y tiene toda la vida por delante, por suerte, no hay ninguna prisa en que se decida… oh, sí, es muy cariñoso, ha salido a mi rama de la familia”, asentía, y me echaba a reír.
               Fue entonces cuando le vi. Estaba un poco más allá de Eleanor, entre Diana, que vestía un traje plateado y llevaba el pelo imitando el look de recién salida de la ducha hacia atrás, y la mayor de mis dos hijas. Estaba guapísimo con el traje blanco que había pedido cuando le dijeron que iba a la final, a juego con el de Scott, que brillaba a su lado con luz propia.
               Tommy escuchaba atentamente algo que decía Scott, intentaba sonreír un poco, y lo conseguía a medias. Me abracé instintivamente a Louis y miré de reojo a los paparazzi, que ahora sacaban sus mejores cámaras para conseguir captar a la perfección cada poro de mi piel y cada arruga que me recorría la cara, buscando un gesto que me traicionara e hiciera ver que, en realidad, no me enorgullecía de todo lo que me había pasado, de las risas y los llantos que había tenido que soportar a lo largo de mi vida.
               Antes me gustaban este tipo de atenciones, me gustaba este tipo de gente, disfrutaba de las reuniones sociales.
               A partir de esa noche, ya no. Porque siempre se presentaría una oportunidad por alguien borracho o directamente maleducado que se acercara a mí y me preguntara por mi hijo, ya sabes, el polígamo, y lo dirían de una manera que me revolvería las tripas y que me haría saltar. Era mi niño. Mataría por él. Moriría por él. No quería que nadie le hiciera daño y no lo consentiría bajo ningún concepto.

martes, 26 de septiembre de 2017

Adiós a la Diosa.

-¡Uf!-exclamé, abriendo la puerta y lanzando las gafas de sol sobre la cómoda, justo al lado de la televisión apagada-, si vierais el día que me han hecho llevar, estoy agotadísima-me quejé, dejándome caer sobre la cama y soltando las bolsas de ropa recién comprada o regalada, cuyo contenido se desparramó aquí y allá-. Y encima creo que hemos perdido a Chad y Aiden-parloteé, descalzándome con el pie contrario-, se pasaron a ver cómo iba el reportaje y quisieron quedarse un rato conmigo, ¡Kiara incluso me pidió maquillarme y todo!-me volví y los miré-. ¡Y no sabéis lo genial que es esa chica maquillando, de verdad, me quiero casar con ella y…!
               Me quedé callada. Algo no encajaba, o, más bien, había encajado después de muchísimo tiempo sin hacerlo. Tommy y Layla me miraban, sonrientes, tapados hasta la cintura bajo las mantas. Él tenía el pecho descubierto, y ella, los hombros tapados por una camiseta de él, como ya venía siendo costumbre mientras dormíamos.
               Lo que empezó a activar mis alarmas no fue, sin embargo, que llevara puesta una camiseta de Tommy, sino que aquella camiseta la había estado usando nuestro inglés durante la mañana y gran parte de la tarde.
               Tommy apartó a un lado el iPad en el que estaban mirando algo en cuanto entré en la habitación, se sonrojó un poco y miró a Layla, por cuyo rostro se extendió una preciosa sonrisa, llena de satisfacción y pletórica de felicidad. Se pasó una mano por el pelo cuando me incorporé para mirarlos, jugando con su flequillo de paso y descubriéndome en sus ojos una chispa que antes no estaba allí.
               Miré los ojos de mi inglés, sólo para encontrarme con lo mismo. El mismo brillo en los ojos, la misma luz en el pelo, la misma tierna rojez en la piel del rostro.
               -¿De qué os reís?-pregunté, aún sin caer. Layla se mordió los labios y bajó la mirada, azorada, mientras Tommy respondía, con una sonrisa boba:
               -De nada.
               -¿Qué pasa?-insistí yo cuando Layla levantó la cabeza y le miró y su sonrisa se amplió un poco. La de Tommy la imitó.
               -De nada-respondió.
               Y entonces, lo entendí. Me puse en pie como un resorte, comprendiendo las señales y siguiendo el trayecto que indicaban. El brillo en los ojos, las sonrisas tontas, los cuerpos entrelazados, probablemente desnudos debajo de las mantas, la intimidad de su cercanía y el amor que ambos destilaban por cada poro, como si fueran un par de lámparas que pendían del techo y amenazaban la oscuridad de la noche.
               -Madre mía-dije, tapándome la boca con las manos. Layla se sonrojó-. ¡Madre mía! ¡Lo habéis hecho!-festejé, y por toda respuesta mi inglés miró a la inglesa y asintió con la cabeza imperceptiblemente-. ¿¡Verdad!?-chillé, como una niña pequeña en el día de Navidad-. ¡Os habéis acostado por fin!-no me di cuenta de que estaba dando saltos hasta que me detuve en ese momento, dando palmadas, entusiasmada. Levanté las manos al cielo y exhalé un jubiloso-: ¡Aleluya! ¡Esto tenemos que celebrarlo! ¡En cuanto vuelvan todos los demás, salimos de fiesta! ¡Me da igual si nos echan esta semana por no ensayar lo suficiente! ¡Es un día precioso!-celebré, tirándome sobre la cama y arrastrándome hacia ellos, a toda velocidad, cual lagarto de carreras.
               -Tranqui, Didi-sonrió Tommy.
               -¿Qué tal ha sido?-le pregunté a Layla, que se sonrió.
               -Genial. Mejor de lo que decías.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Zaddy.

Algo cambia en casa. Un día, papá y mamá dejan de turnarse para desaparecer por la mañana. No es que mamá lo hiciera muy a menudo, pero a medida que va pasando el tiempo, ella va empezando a hacer cosas, a jugar a sus propios juegos, a los que yo no estoy invitada.
               Un día por la mañana, papá se queda conmigo. Que no es que me moleste, me encanta estar con papá.
               Pero mamá se marcha, me da un beso en la cabeza y dice que me verá a la hora de comer. Le da un beso en la boca a papá y se va sacudiendo la mano, y yo me pregunto si habré hecho algo mal. Pero papá me da mimos, me acaricia la tripa y juega conmigo, y pronto se me olvida que mamá se ha marchado. Hasta que vuelve, y me coge en brazos, y me mordisquea las mejillas y me pregunta si la he echado de menos, y yo agito las manos y le tiro del pelo e intento exclamar que sí, aunque de mi boca sólo brotan balbuceos incomprensibles.
               Y, al poco tiempo, todos los días se convierten en esos días especiales en los que papá no se va a ningún sitio, sino que se queda con nosotras. Scott sigue marchándose, cada día le acompañamos al colegio, ese sitio lleno de niños al que me muero por seguirle. Parece que se lo pasa bien, que es feliz. Y yo quiero verle ser feliz. No quiero que se vaya. Quiero que esté conmigo todo el día, también toda la noche. Me encanta cuando me despierto y él me da un beso de buenos días en la cabeza, me recoge y me acuna, saludándome, riéndose cuando yo me río.
               Pero, de momento, tengo que conformarme con papá.
               Y me encanta conformarme con papá.
               Mamá nos deja solos de vez en cuando. Se va a otro lugar, creo que de la propia casa (no sale por la puerta del exterior, que hace que no se oiga su voz ni responda cuando la llamamos, por eso lo deduzco) y se pasa horas y horas sola. Yo me pregunto qué hace cuando papá me acuna y me arrulla, en las pocas ocasiones en que me aburre el juego al que estamos jugando y quiero saber dónde está, por qué no viene a darme atención y mimos.
               Otras veces, ella se queda con nosotros, mirándonos, participando en nuestros juegos. Papá me lanza hacia el cielo y yo floto y creo que soy una especie de estrella, como los componentes de la Cosa Fascinante que giran sin llegar a tocar el suelo, ni a tocar mis dedos por mucho que yo los estire, cuando me meten en la cuna para tomarme una siesta. Y mamá protesta, dice su nombre, el nombre que Scott no usa para llamarle.
               -Zayn…
               -No voy a dejar que se caiga-responde siempre papá, pero mamá se revuelve, incómoda, y su corazón se detiene cuando papá vuelve a lanzarme hacia arriba. Vuelve a protestar. Vuelve a lanzarme. Nuevo lanzamiento, nueva protesta, hasta que yo me empiezo a reír, divertida por esta partida que no comparto con nadie más, y papá me señala. Mamá pone los ojos en blanco.
               -Como se te caiga…-advierte mamá, suspirando.
               -No se me va a caer-contesta papá, acercándome a él, sosteniéndome por debajo de los hombros, con unas manos fuertes en las que me siento protegida y a salvo-. ¿Verdad que no, princesita? ¿A que no voy a dejar que te caigas?
               Y yo me río y él me besa, y mamá sube los pies al sofá y niega con la cabeza y apoya el codo en el reposabrazos del sofá y no aparta los ojos de nosotros, hasta que yo me canso y dejo de reírme, hago que todo mi cuerpo se quede como muerto y, después, me dejo acunar. Pido de mamar y me lo dan, con papá mirándonos, siempre mirándonos, incluso cuando se supone que no debería estar en casa.
               Y, entonces, Scott deja de marcharse también. Un día, mete un montón de comida dentro de la mochila, en lugar de las pinturas y los libros y los juguetes. Y, aún no sé muy bien cómo funciona el tiempo, pero juraría que vamos a buscarle antes al cole. Él llora y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano, se abraza a todo niño que se le pone a tiro y les pide que por favor no se olviden de él.
               -S, por favor, son tus amigos, les verás al final del verano-sonríe mamá, dándole la mano y limpiándole la cara, que tiene pegajosa.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Zona de guerra y paraíso.

La atmósfera de la ciudad, antigua como la arquitectura, hace que algo dentro de mí cambie. La primera tarde que pasamos allí produce una minúscula revolución en mi interior.
               Me doy cuenta de que ya no me escondo, no quiero esconderme. Me pego a Tommy instintivamente y celebro cómo él me recibe con entusiasmo. Me gusta estar cerca de él, sentir el calor de su cuerpo y la firmeza de éste a mi lado mientras contemplamos la ciudad, que se recorta contra el cielo naranja como si de un animal habitante de las tinieblas todavía no descubierto se tratara.
               Creo que nos afecta a todos, en realidad. Veo a Eleanor radiante de alegría. Veo a Scott, incapaz de separarse de ella. Veo a Chad y Aiden tan entusiasmados que se olvidan por un momento se soltarse las manos cuando entramos en la catedral, a pesar de que la Iglesia no aprueba que se quieran, como si no hubiera otras cosas más horribles de las que quejarse que el amor entre dos personas del mismo sexo, que se aman tanto que sus ojos relucen como dos estrellas apenas se ha puesto el sol.
               Veo a Diana apartarse un millón de veces el pelo de la cara a toda velocidad, leyendo su guía, con la nariz pegada a ella, alejándose de aquella chica que se ha bajado del avión esta misma tarde, abrazada a un peluche de un unicornio que Astrid le ha traído directamente desde su habitación, y, con las gafas de sol aún puestas, se pone a firmar autógrafos de la gente que ya chilla su nombre en la misma pista de aterrizaje.
               Y veo a Tommy.
               Sobre todo, veo a Tommy. Veo cómo mira en todas direcciones, empapándose de la cultura, cómo se acerca a las placas con información, cómo se aproxima disimuladamente a los grupos de turistas cuando escucha al guía hablar inglés o español para enterarse de algo que nos pueda contar a nosotras. Le veo examinar postales, llaveros, regalos para sus hermanos, su padre y su madre, le veo mirar a Scott, y veo a Scott mirarle a él, y les veo sonreírse en la distancia, como si no estuvieran acostumbrados a estar lejos del otro y tuvieran que comprobar que todo va bien para su hermano, aun estando de vacaciones, o algo así.
               Y veo lo que hace cuando se acerca a Diana y a mí. A Diana le abraza la cintura, se la aprieta con cariño, y a mí me coge la mano con discreción. Pero ya no mira en todas direcciones, buscando ojos indiscretos que puedan estropear nuestro momento íntimo. Me agarra la mano, me acaricia los nudillos con el pulgar, y no le importa que alguien pueda vernos. Puede que sea por la ciudad. O puede que sea porque, simplemente, está cansándose de esconderse.
               Yo estoy cansada, pero no quiero que él se exponga a todo lo que sé que sucederá en cuanto se descubra que en su corazón no hay una, sino dos.
               -¿Estás bien?-me pregunta mientras bajamos las escaleras, inmensas, de esas que necesitas dar varios pasos para descender un escalón. Asiento con la cabeza y acepto la mano que él me tiende, y el mundo a nuestro alrededor se desvanece por un instante. Mis rodillas tiemblan cuando me encuentro con sus ojos, e, irremediablemente, tropiezo con un adoquín irregular que no veo y estoy a punto de caerme al suelo.
               Por suerte, él me coge. Me agarra por los codos y evita que me dé el guarrazo de mi vida. Nos miramos un momento, cohibidos. Su boca está a centímetros de la mía. Sus ojos tienen un cariz oscuro, como de océano que no ha conocido los arrecifes de coral por ser demasiado profundo, que la noche incipiente ha puesto allí.
               Se moja los labios con la lengua, observando los míos. Se me acelera el corazón. Se inclina un poco hacia mí.
               -Tommy-advierte de repente Scott, rompiendo el hechizo. Tommy despierta de la ensoñación, me deja sin aliento cuando se gira hacia su mejor amigo, que hace un gesto con la cabeza en dirección a un grupo de chicas que se está haciendo una foto de grupo a escasos metros de nosotros. Vemos a la turista que sostiene la cámara, así que la cámara también nos ve a nosotros.
               Tommy asiente con la cabeza, resignado, y me ayuda a incorporarme.
               -Gracias-susurro con timidez, notando cómo mis mejillas arden. Probablemente esté roja como un tomate. Pienso que eso le gusta. Le suele gustar.
               -Lo siento-responde, sin embargo. Niego con la cabeza.
               -No te preocupes.
               -No, sí que me preocupo, princesa. Siento que todo tenga que ser así-se pasa una mano por el pelo y yo le acaricio el mentón en un segundo de distracción que le robo al mundo-. Estoy harto.
               -Sólo un par de semanas más-le recuerdo, y él me mira, cansado.
               -No quiero esperar más. Te quiero. Quiero que todo el mundo lo sepa. No estamos haciendo nada malo.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El diablo visita Praga.

No recordaba haber dormido tan bien en mucho, mucho tiempo. Quizás la última vez que hubiera descansado tanto y disfrutando de un sueño de una calidad como el de esa noche, la primera que pasé con 18 años, había sido siendo un bebé, aún hijo único.
               La ligera presión a mi lado en el colchón me recordaba lo que nunca se me olvidaría: que ella estaba de nuevo a mi lado, su cuerpo robando calidez del mío y, a la vez, manteniéndolo cobijado, su cintura pegada a la mía, sus brazos alrededor de mi torso, su respiración, pausada y profunda, acariciándome el pecho; sus pestañas, haciéndome cosquillas en el hombro; y su boca, en mi brazo, rozando con los labios mi piel y enloqueciéndome.
               Su pelo estaba esparcido alrededor de la cama, jugueteando en ocasiones con el mío, pintando cuadros en mi cuerpo cuando ella se movía, arrastraba un poco la cabeza y lanzaba un suspiro de satisfacción y amor.
               El perfume que irradiaba su piel era el mejor que hubiera olido nunca, el más delicioso y exótico, un olor prohibido que me recordaba a los momentos más felices que había pasado en toda mi vida, también una cama, también en su compañía. Me desperté varias veces esa noche, sólo para levantar un poco la cabeza, ver su silueta recortarse en la penumbra bajo las sábanas, y tirar de ella para pegarla más a mí. Entonces, ella sonreía, mimosa.
               -Duerme, Scott.
               Yo le daba un beso en la frente y ella lanzaba un suspiro de satisfacción, anhelando descansar, y a la vez ser lo bastante fuerte como para abrir los ojos y repetir lo que habíamos empezado.
               Ni siquiera fuimos a cenar. La urgencia de nuestros besos fue en aumento a medida que pasaban los segundos y la idea de que volvíamos a estar juntos se asentaba. Fuimos a su habitación, que esa noche era solamente suya, y nos quitamos la ropa, venerando nuestros cuerpos como si fueran la mismísima encarnación de Dios. La observé desnuda de nuevo frente a mí, la tomé de la cintura y la besé y la besé hasta que estuvimos en la cama, ella debajo de mí, yo encima de ella, sus piernas alrededor de mis caderas, mi frente en la suya, mi aliento en el suyo, su boca en la mía, mi sexo en su interior, sus dientes mordiendo sus labios y gimiendo un dulce “oh, por favor, sí”.
               Conseguí mandarla al cielo tres veces, y las tres lo celebró estremeciéndose y susurrando mi nombre en mi oído, pidiéndome otra más, que no la abandonara, que no me diera por vencido. Yo estaba agotado y a la vez me sentía imparable, continuaba embistiéndola suavemente mientras Eleanor me miraba a los ojos y me acariciaba la espalda.
               -Eres el amor de mi vida-me dijo cuando terminó la segunda vez, un poco después que yo, con sus brazos en mi cuello y sus ojos en los míos, sus pechos acariciando mis antebrazos a medida que aquellos subían y bajaban, acompañando su respiración.
               -Eres lo que nunca he encontrado en nadie-le respondí, y ella sonrió, feliz, abriéndose un poco más como una preciosa flor que anuncia la llegada de la primavera. Llevaba mi semilla en su interior, como si yo fuera una audaz abejita que iba a probar el néctar de su precioso cuerpo y dejaba el polen de otra planta entre sus pétalos.
               Su esencia se colaba por mi nariz y no me abandonaba ni en sueños. Su pelo me hizo soñar con playas paradisíacas, playas que había visto en mi más tierna infancia, cuando en casa sólo éramos cuatro, o cinco, nunca seis; playas en las que no había nada más que arena blanca, suave como el terciopelo, un mar azul turquesa que apenas se agitaba por el influjo de las mareas, un sol al que no desafiaba ninguna nube, y ella. Eleanor, ataviada con un vestido blanco y una flor de hibisco en el pelo, de bordes del mismo color que la arena y su atuendo e interior naranja, como una puesta de sol, caminando despacio hacia mí, agitando las caderas sensualmente al andar, riéndose cuando yo corría hacia ella, la tomaba de la cintura, la pegaba a mí y la besaba, gimiendo cuando la desnudaba y la poseía sobre aquella arena, o sobre aquel mar.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Slay us, King T.

Me desperté cinco minutos antes de que sonara el despertador. No había dormido una mierda. Y, sin embargo, me notaba despejado y listo para entrar en el campo de batalla, sin armadura. No me pasaría nada. O eso creía yo. Me incorporé, harto de esperar, y sacudí a Tommy.
               -Tommy. Tommy. Tooooommyyyyyyyyyyyy-canturreé, meneando su brazo. Tommy exhaló un profundo suspiro.
               -¿Qué?
               -¿Crees que debería afeitarme?
               -¿Qué?
               -¿Me afeito, o no? A tu hermana le gustaba cuando tenía barba. Pero es que no me da tiempo a hacer que me crezca hasta dentro de dos horas. ¿Me quitaré la poca que tengo?
               -Te lo pido por favor, no me amargues la vida. Déjame dormir, Scott-se dio la vuelta y exhaló un nuevo suspiro, de satisfacción esta vez.
               Así que, cuando sonó la alarma del teléfono, salí disparado hacia el baño mucho antes de que Chad incluso terminara de abrir los ojos. Aporreó la puerta y le dije que pasara, que estaba en la ducha pero que no me importaba que usara el baño. Estudió cada rincón de mi cuerpo de una forma muy poco heterosexual.
               -No sé por qué Eleanor se te resiste tanto-soltó-. Mira qué culo tienes.
               Escuché a Tommy decirle que no pensaría lo mismo si hubiera visto el suyo. Layla asomó la cabeza por la puerta del baño.
               -¿Vas a afeitarte? Deberías afeitarte. Tu loción del afeitado huele genial, S.
               -Usa mis sales-animó Diana desde el otro lado de la pared-. Te relajarán la piel, se te abrirán los poros y brillarás con luz propia.
               Hice todo lo que me dijeron, me tomé mi buena media hora de aseo matutino cuando normalmente apenas tenía unos minutos: entrar y salir de la ducha y que pasara el siguiente mientras yo me secaba el pelo. Pero hoy, no. Hoy era un día especial.
               Hoy me tocaba el primer ensayo con Eleanor, y tenía pensado estar perfecto para que ella viera que estaba dispuesto a esforzarme, que iba a poner todo mi empeño en arreglar las cosas.
               Y todo empezaba poniéndome guapo para ella, igual que ella se lo había puesto para mí el fin de semana que pasamos juntos, o la tarde de aquel día en el que le había contado la verdad, todavía cargando con el peso del cansancio de mis pecados a mi espalda.
               Así que me lavé el pelo (casi le pongo acondicionador, pero Chad me disuadió para que no me produjera caspa), me convertí en una oveja cuya lana consiste en jabón con olor a manzana y me lavé los dientes, todo eso antes de desayunar.
               Me corté afeitándome. Nunca me cortaba, pero hoy me tocaba. Parece ser que la ley de Murphy había encontrado mi humilde persona en aquel maremágnum de humanidad.
               Me senté en calzoncillos a los pies de la cama mientras estiraba mis pantalones y Tommy se incorporó para olisquearme.
               -Hueles a granizado de manzana-sentenció por fin, después de un insistente olfateo que llegó a ponerme nervioso.
               -¿Y eso es bueno?
               -Me encantan los granizados de manzana. Te daría un puto bocado al hombro si no estuviera tan sobado-susurró, bostezando y frotándose la cara.
               -Por favor, no. Te canta el aliento que tira para atrás. Tendría que volver a ducharme.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El elegido.

-He perdido a tu hermana-susurró Scott, luchando por encontrar el aliento, mientras veía cómo Jake y Eleanor desaparecían por las cortinas de los bastidores, en dirección a la sala en la que nos encontrábamos con las familias. Le acaricié la espalda y le lancé una mirada envenenada a Eleanor. Las palabras de Alec aún resonaban en nuestros oídos: arrástrate, revuélcate por el fango.
               Me di cuenta de que no iba hacer falta; Eleanor estaba más que dispuesta a hacer que Scott sufriera de lo lindo.
               Ignorando al resto del mundo, especialmente a las miradas indiscretas de los demás concursantes, que habían sospechado que Scott y Eleanor estaban juntos antes de irnos de vacaciones y no se explicaban muy bien lo que había sucedido en apenas una semana (por lo menos, Eleanor no le había ido con el cuento también a los chicos, de lo contrario habría sido cojonudo que no nos dejaran ni ensayar tranquilos), tiré de él para levantarlo y conducirlo hacia los bastidores, en pos de nuestras familias.
               Temí por un momento que los padres de Scott se mostraran fríos con él, especialmente Sherezade. Me había sorprendido la entereza con la que Sabrae encajó la noticia de que Scott le había sido infiel a mi hermana, hasta que caí en la cuenta de que, tal vez, estuviera tan acostumbrada a oír reproches sobre aquello que ni se molestó en fingir que le pillaba por sorpresa. Sabía la opinión que tendría Sherezade de todo aquello. Se pondría del lado de Eleanor, sin importar que Scott fuera su hijo.
               Me dio una grata sorpresa cuando corrió a abrazar a su primogénito y lo estrechó entre sus brazos como si hiciera siglos que no lo veía. Miré en dirección a mis padres, que en ese momento estaban ocupados charlando con mi hermana. Mamá le toqueteaba el pelo a Eleanor mientras papá le sonreía y le acariciaba la mejilla con el pulgar. Leí en sus labios un “espectacular”, y se me revolvió el estómago.
               Vale que fuera su hija, pero joder, que habían criado a Scott también. Podían… no sé. Como mínimo, no aplaudir que ella fuera una sádica.
               Scott hundió la cara en el pelo de su madre, momento que yo aproveché para darle un abrazo a Zayn y girar la cabeza repetidas veces, con disimulo, para que supiera que las cosas seguían mal, que mi hermana no quería ver más allá de lo que había sucedido y se negaba a atender a los meses de felicidad absoluta que Scott se había encargado personalmente de brindarle. Zayn asintió, asumiendo una verdad tan inmensa que era imposible no verla.
               Tampoco es que Zayn fuera imbécil. Vio de sobra lo que sucedía y lo entendió a la perfección. Eleanor había elegido la película que menos le gustaba a Scott, con el tío que menos le gustaba a Scott, acurrucada como no había hecho con él, concediéndole a otro el deseo más anhelado de su hijo.
               Sher le acarició la cara a Scott después de un larguísimo abrazo en el que incluso podría haberse disculpado por haber sido tan dura con él. No es que creyera que no se lo mereciera, pero, después de ver hasta qué extremos estaba dispuesta a llegar mi hermana para hacerle daño a Scott, seguramente se sintiera mal por no poder estar ahí, apoyándole y dándole mimos.
               Zayn abrazó a Scott mientras Sher hacía lo mismo conmigo, pasándome las manos por los hombros como si fuera una niña pequeña. Me acarició la nuca y yo sentí que, por un momento, salía disparado en dirección a la luna. Me dio un beso en la mejilla y sus ojos chispearon.
               -Habéis estado genial.
               -Gracias, Sher.
               -¿Cómo os va todo?
               -Nos va-susurré, viendo cómo Scott se separaba del abrazo de su padre y asentía, un poco incómodo. Por encima de su hombro observé a Eleanor, abrazándose a mamá y diciendo que se lo había pasado genial esa semana. Puta mentirosa.
               -Con Eleanor, ¿igual?-preguntó Zayn. Scott lo miró de arriba abajo, perdonándole la vida y aquella pregunta tan estúpida.
               -No lo sé, papá, ¿a ti qué te parece?

jueves, 7 de septiembre de 2017

El héroe que necesitábamos.

-Pues sí-sonrió Scott, pellizcándole la mejilla, aprovechando que ahora no se podía revolver-, la verdad es que ya te hemos visto más feo. Te sienta bien esa barba de vagabundo indigente que te estás dejando-comentó, dándole una pequeña torta en la cara. Alec puso los ojos en blanco.
               -Oye, Al…-susurré, temiendo preguntar-, ¿sientes algo?
               Alec alzó las cejas.
               -No lo sé, Thomas, si me estás haciendo una paja, lo cierto es que deberías mejorar la técnica.
               -No le llames Thomas-protestó Scott.
               -Estoy convaleciente-replicó Alec.
               -Me refiero a que si te puedes mover, coño-espeté-. Le tengo cariño a Sabrae, no me gustaría que se follara a un tetrapléjico.
               Alec soltó un sonido parecido a una carcajada contenida.
               -No he probado aún. La verdad es que me cuesta un poco…-tragó saliva. Parecía cansado de repente. No, por favor. No-. ¿Puedes… levantar la sábana? Voy a ver si puedo mover los pies.
               Todos nos quedamos muy quietos mientras yo tiraba de la sábana hacia arriba, descubriendo sus pies. Tenía cortes y una venda en el mismo lado del cuerpo en que le habían escayolado el brazo. Alec hundió la cabeza en la almohada y tragó saliva, cerrando los ojos.
               Me acerqué instintivamente, queriendo confirmar que había visto una mínima vibración en sus dedos…
               … y, de repente, su pie salió disparado y me dio una patada en la mandíbula.
               -¡YO TE MATO!-bramé, saltando hacia atrás, mientras Alec se descojonaba en el sitio, poniéndose la escayola sobre la tripa y riendo sin parar. Los demás también se reían, incluso Scott había esbozado una sonrisa que intentaba disimular por todos los medios, por eso de que yo era rencoroso y no le dejaría disfrutar de una convivencia tranquila-. ¡Gilipollas de mierda! ¡Voy a decirles a las enfermeras que te inyecten eutanasia!
               -Me echarías de menos a rabiar si me muriera-acusó Al. Arqueé las cejas.
               -Puedo vivir perfectamente sin ti, muchas gracias.
               -Ah, pero T-se incorporó un poco e hizo una mueca. Todos nos inclinamos hacia él, estirando un brazo, prestos a ayudarle-. Estoy bien. Joder. Tranquilos. Os va a hacer falta otro sicario para quitarme de en medio. Reclamadle lo que le pagasteis al del coche, está claro que era un principiante.
               -Nos merecieron la pena las 20 libras por verte esa ridícula perillita-respondió Max. Alec
 levantó el brazo izquierdo, y, recordando de repente que lo tenía escayolado, hizo una mueca y alzó el derecho. Se mesó la barba como haría Albus Dumbledore.
               -Aún no me acostumbro a esta mierda-comentó, señalándose el brazo con la cabeza-. Los diestros sois gente muy rara, lo sabíais, ¿verdad?-inquirió, mirándonos a todos.
               -Sí, Al. Nos lo habrás dicho unas dos mil veces desde que te has despertado-sonrió Bey, balanceando sus larguísimas y tonificadas piernas en la cama de al lado. Tam sonrió, toqueteándose las trenzas.
               -El caso es que me gusta el estilo que me están dejando en el hospital. Me han abierto en canal pero no me han tocado la cara.
               -Uy, sí, menos mal, ¿eh? Que te han tenido que extirpar partes de pulmón, pero te han dejado la cara como antes-protestó Karlie. Alec giró la cabeza y la miró.
               -Para que te sientes a gusto en ella, nena.
               Karlie puso los ojos en blanco y le hizo un corte de manga.
               -¿Te imaginas, Al?-le pinchó Scott-. Si fueras feo, ya no follarías. Nadie se interesaría por ti. Adiós a tus memorias y a tu posible carrera como personaje literario; nadie escribe historias sobre alguien feo. Suerte que aún sigues siendo medio guapo-volvió a toquetearle la cara-, aún puedes protagonizar capítulos y seguir hinchándote a follar.
               -Estás llamando superficial a tu hermana, y tu hermana sabe kick-boxing-advirtió Al-, es un camino por el que ni yo me metería.
               -¿Está Sabrae aquí? Fíjate, Al. Te quiero yo más que ella.
               -Más que Sabrae, sólo me quiere mi madre-zanjó él, chulito. Esbozó una sonrisa, su sonrisa, la sonrisa de Fuckboy® y meneó las cejas-. Pero ya sé lo que te preocupa, S. Tranqui. Te daré sobrinos guapos, para compensar el desastre de jeto que tiene su tío.
               Scott se irguió.
               -Me caías mejor cuando estabas en coma.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Habitación 238.

Me separé del abrazo de papá, el más incómodo que me había dado en toda mi vida, y me fui con Scott al fondo de la sala después de darle a mamá un beso. Me fulminó con la mirada, negó para sí con la cabeza y se dio la vuelta también, al encuentro de su marido, mientras yo salvaba la distancia con mi mejor amigo.
               -¿Te han dicho algo?-preguntó Scott, apretando los labios. Ni siquiera se mordisqueaba el piercing, eso era señal de que las cosas estaban fatal. Negué despacio con la cabeza.
               -En casa, sí-susurré-. Me echaron la bronca por… eso. No por las drogas. Casi parece que les dé igual.
               -Se metieron tanta mierda a nuestra edad-Scott se cruzó de brazos-, que, a su lado, nosotros no hemos hecho más que pasarnos con las chucherías con pica-pica.
               -¿A ti? ¿Te dijeron algo?-inquirí, mirándolo. Chad se abrazaba a sus padres y prometía que les llamaría en cuanto terminara la gala. Hoy no iban a pasar a la parte de detrás del escenario, nadie podía pasar.
               Nuestra actuación sería una sorpresa a comentar la semana que viene.
               Scott se revolvió, incómodo. Cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro.
               -Creí que mi padre aprovecharía para echarme en cara… todos estos años. Las veces que yo se lo eché en cara a él-me giré-. No ha sido así. Ha estado súper comprensivo, conmigo. Mi madre no me dirige la palabra.
               -¿De veras?
               -Apenas me ha dado un beso. O sea, cuando llegué a casa… después de hablar… con ella-no se atrevía a decir el nombre de mi hermana, probablemente lo considerara indigno de su boca-, ella no sabía qué me ocurría. Papá se dio cuenta al instante. Fue él quien se lo dijo, después de que yo se lo confirmara. Y mamá…-se estremeció-. Me miró de una forma… jamás la había visto mirarme así. Puso la misma cara que pone cuando sale una noticia de un hombre que mata a su mujer y a sus hijos en la televisión.
               -¿Y?-le animé. Scott tragó saliva, se relamió los labios.
               -Me dijo: “bueno, ahora a ver qué motivo encuentras para machacar a tu padre las veinticuatro horas del día; lo mejor de todo esto es que ahora eres incluso peor de lo que le considerabas a él. No se puede echar en cara cosas a la gente tan a ligera, Scott. Debería darte vergüenza” y yo me puse colorado, y ella asintió con la cabeza, y dijo: “¿ves cómo te sientes ahora? Así llevas haciendo sentir a tu padre cada vez que sacas el temita durante años. Se te tendría que caer la puta cara de la vergüenza”.
               -Dios-susurré. Scott asintió.
               -Si te soy sincero, me esperaba que me dijera algo así, pero no que fuera tan… despiadada.
               -Yo también me imaginé que te saldría con lo de Zayn. Pero tampoco creí que fuera a ser así.
               -Y habría sido peor. Oh, dios, habría sido mucho peor de no haberle dicho papá que era suficiente, que me quedaban unas horas en casa y no le parecía bien malgastarlas discutiendo. Es un tío legal, mi padre.
               -A mí siempre me lo pareció, S.
               -Sí, bueno, pero ahora que se ha confirmado que soy igual que él, pues… supongo que es cuando me lo tiene que parecer-se mordisqueó la cara interna de la mejilla y no dijo nada. Seguimos mirando a Layla y Chad despedirse de sus familias. Su tono se endureció de repente cuando inquirió:- ¿Sabes dónde está?

viernes, 1 de septiembre de 2017

La caída de Scott Malik.

-Dime que tú te acuerdas de lo que pasó-me pegué tanto a Tommy que sentí el calor de su cuerpo contra el mío-. Dime que yo no hice nada. Que estaba… no sé. ¿Mirando?-me pasé una mano por el pelo, anticipando la catástrofe.
               Tommy sacudió la cabeza.
               -Tengo flashes-me informó-. Pero en todos tú estás haciendo cosas, Scott. Además… míranos. Dormimos en bolas. Los cuatro. ¿Qué ibas a hacer tú desnudo en la cama con dos chicas, si no es…?-dejó la frase en el aire, inacabada, temiendo pronunciar su veredicto-. ¿Crucigramas?-dijo por fin tras una pausa, quitándole hierro al asunto. Pero a mí me costaba respirar. Negué con la cabeza.
               -No puede ser. No puede ser, tío. Tiene que ser puta coña. Yo nunca le haría eso a tu hermana-volví a toquetearme el pelo, frustrado. Ojalá me arrancara la cabeza a mí mismo. Sería mejor que lidiar con esta maldita situación.
               Me dolía todo el cuerpo, en parte por el malestar y el dolor de haber traicionado a Eleanor de una forma tan vil, y en parte por las agujetas producidas por aquella traición. Tenía la suerte de no recordar absolutamente nada, así que sólo me torturaría durante el resto de mi vida intentando adivinar qué era lo que había hecho mal, lamentándome de una acción que mi cuerpo había registrado solamente en sus músculos.
               ¿Cómo podía haberle hecho esto a la persona a la que yo más quería en el mundo? Después de todo el daño que me habían hecho, de las noches llorando por Ashley, de las madrugadas despierto pensando en qué había fallado, por qué no había sido suficiente… ahora había sido lo bastante gilipollas como para dejar que un par de drogas y copas de más me convirtieran en ella.
               Eleanor no se merecía aquel sufrimiento. No se merecía quedarse despierta de madrugada, imaginándome haciendo cosas mucho peores de las que yo había hecho (o, al menos, eso esperaba). No se merecía llorar hasta quedarse sin lágrimas, dormir sin descansar por pesadillas que la acecharían en las que yo estaría en su cama, con Zoe, con Diana, con las dos a la vez.
               -No puedes decírselo-me dijo Tommy, negando con la cabeza. Me puso una mano en el hombro que me ardió. Tampoco me lo merecía a él. No me merecía a nadie. Me merecía que me echaran a los lobos y grabaran cómo me descuartizaban sin piedad-. La matarás.
               -Tengo que hacerlo, T. tengo que hacerlo, tiene que saberlo, no puedo fingir que todo está bien. No con ella. No así-negué con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas escalaban a mis ojos. Tommy me susurró un dulce “ven aquí”, me cogió de la nuca y me estrechó contra sus brazos. Me acarició la espalda y me dejó desahogarme, llorar como un niño pequeño, exactamente igual que lo habíamos hecho la vez que descubrimos lo que era la infidelidad.
               Descubrí que me sentía peor ahora de lo que me había sentido jamás. Me pregunté si Ashley se habría sentido mal en algún momento. Se lo pregunté a Tommy, que negó despacio con la cabeza.
               -Ella no te quería, no como tú quieres a mi hermana.
               Se cuidó de decir su nombre porque no quería hacerme más daño; ojalá me hubiera parecido que era porque no me lo merecía.
               Cuando consiguió tranquilizarme, me dolía el pecho de tanto sollozar. Tommy me pasó una mano por el pelo y me dio un beso en la frente.
               -Ven. Vamos a desayunar, y pensamos qué hacemos, ¿te parece bien, S?

martes, 29 de agosto de 2017

Polvo de hadas.

Las paredes eran dolorosamente blancas y el aire olía de una forma rayana en lo vomitivo a amoniaco y desinfectante, como si en el santuario de la vida y la salvación, lo que se pretendiera realmente era que ningún organismo saliera vivo de aquel lugar.
               Layla nos guió por los pasillos, aún más laberínticos incluso que los del edificio en el que habíamos vivido el último mes y en el que nos habíamos terminado orientando gracias al instinto. Caminaba con decisión, girando con eficiencia y haciéndose a un lado con rapidez cuando pasaba alguien con una camilla. Nos metió en un pasillo aún más estrecho, ganándose la regañina de uno de seguridad, a quien le tuvo que recordar que hacía prácticas allí.
               -Es que no están acostumbrados a verme sin la bata-explicó cuando la seguimos, amedrentados, intentando ignorar que las paredes se acercaban cada vez más y que el personal sanitario reconocía a los intrusos no por su persona en sí, sino por lo ajenos que eran a aquel lugar.
               Llegamos a urgencias y sentí cómo Diana estiraba los dedos detrás de mí para intentar darme la mano, pero apreté el paso, adelantando a Layla a la vez que Scott. Las chicas se quedaron atrás mientras nosotros nos metíamos en una sala en la que reinaba el silencio, un silencio que se te clavaba en el pecho y no te dejaba respirar.
               Sentados en unas sillas de plástico azul, hechas para esperar y diseñadas para ser incómodas hasta la desesperación, estaban Logan, Bey, Tam, Karlie, y Max, mirando el suelo. Jordan se paseaba de un lado a otro en la habitación, como un león enjaulado al que pronto lanzarán al circo para que devore algún gladiador, mordiéndose las uñas y también mirando al suelo.
               Frente a nuestros amigos sentados, Dylan, el padre de Alec, se había dejado caer en la silla y se mordisqueaba la cara interna de las mejillas, el ceño fruncido, el rostro encogido en una mueca y las manos entrelazadas por entre las piernas abiertas. Miraba un punto fijo del suelo en el que parecía estar descifrando la clave del universo.
               A su lado, Sabrae lloraba en silencio, encogida hasta pasar desapercibida de no ser por sus trenzas negras cayéndole en cascada, medio deshechas, al lado de él. Scott salió disparado hacia ella, que levantó los ojos y lo miró con tanta tristeza que me sorprendió que pudiera respirar.
               Sabrae estaba muerta por dentro. En sus ojos no había esperanza.
               Pero lo peor no había sido para ella. En una esquina de la habitación, Mary nos miraba a todos como si no nos viera, como si no estuviéramos allí, o como si ella misma fuera ciega. Eleanor le apretaba los hombros y le susurraba palabras que yo no pude entender, mientras intentaba consolarla y evitar que mirara a su madre.
               Annie estaba en el centro de la sala, pegada a la puerta por la que salían y entraban los médicos, intentando ver algo por las ventanas circulares, esperando noticias. Le costaba respirar, le costaba estar de pie, sólo necesitaba saber qué le había pasado a Alec, cómo estaba su hijo. Le sangraban los dedos de tanto que se estaba mordiendo las uñas.
               Me acerqué a ella y le toqué el hombro. Se dio la vuelta como un resorte, me miró, y se echó a mis brazos. Yo la estreché, le dije que todo saldría bien, se lo prometí aunque no estuviera en mis manos porque, ¿qué puedes hacerle a una madre cuyo hijo está entre la vida y la muerte, si no prometerle, jurarle, que él se pondrá bien?
               -Mi niño-gimió en mi hombro, empapándomelo en segundos, pero no me importó. Cerré los ojos, absorbiendo su dolor. Nadie debería soportar ese sufrimiento en soledad. Debía compartirlo. La consumiría-. Mi precioso niño, mi bebé, no puede ser…

sábado, 26 de agosto de 2017

El rey en Irlanda.

Me volví plenamente consciente de cada milímetro de mi cuerpo en cuanto los focos se concentraron solo en mí. Tommy y Scott me dieron un afectuoso apretón en el hombro. Diana me guiñó el ojo, me acarició la mano. Me deseó buena suerte.
               Layla me abrazó. Me dijo que se moría de ganas de verme. Sabía que lo haría genial.
               Habíamos estado ensayando los dos juntos nuestras actuaciones en solitario. Después de que las juezas dijeran que se morían de ganas de ver qué podíamos hacer, nos habían mandado a un rincón aparte. June nos había dicho que nos ordenaría para el día siguiente. El guión aún no estaba terminado pero, como Diana tendría que desfilar esa misma semana, no tendría tiempo para preparar dos números. Así que Layla había sido la encargada de hacer la actuación en solitario encima de la pasarela del desfile de Victoria’s Secret.
               Nos habían cargado muchísimo de trabajo esa semana. Yo sólo esperaba no cagarla. Como estábamos en el ecuador del concurso, teníamos que preparar una actuación grupal en la que se nos dividía entre chicos y chicas. Las chicas habían cantado una canción de Ciara que hizo que se me pusieran los huevos de corbata. Work. Habían salido con pinturas de guerra, mezcladas entre el público, cantando a voz en grito. Como si de verdad fueron a la guerra.
               Nosotros nos subimos al escenario justo después. Me temblaban las piernas y temía que las rodillas no pudieran sostenerme mucho más tiempo. Se apagaron las luces.
               Para, la canción la empezaba yo. Habíamos escogido Whistle, pero la versión hecha por los Gorriones en Glee. Salíamos de traje, e iniciábamos el baile en una fila india cuyo único rostro visible era el mío. Yo me ponía la chaqueta, me la abotonaba, y, mientras iba cantando, las manos de los demás surgían por detrás de mí como una estatua hindú de mil brazos.
               La cámara se acercaba a mi cara en el momento en que yo me terminaba de abotonar un gemelo, la miraba directamente y decía, mordiéndome el labio: allá vamos.
               El número había sido una locura. Ni siquiera supe cómo habíamos conseguido para mantenernos coordinados. Éramos muchísimos, bastantes más de los que éramos en Chasing the stars… y aun así nos había salido todo bien. Jake y Scott se habían ocupado de las notas más altas mientras los demás seguían cantando la canción. Por suerte, yo no la había cagado respirando demasiado fuerte. Debido a que el baile era muy elaborado, teníamos que llevar un micrófono de esos inalámbricos. De los que se enganchan en la oreja.
               De los que usaba papá en los conciertos de One Direction, porque él no tenía las manos libres por culpa de la guitarra.
               Estaba nerviosísimo cuando me aferré a los hombros de Tommy y Alex, otro de los concursantes, para inclinarme hacia delante y hacer una reverencia. Esperaba que el veredicto de los jueces no fuera muy duro.
               -Scott-fue Jesy la que empezó, y todos gemimos. Si empezaba por Scott, era que nos iba a meter caña a todos. Nos sorprendió rascándose la nariz, buscando las palabras, acodándose en la mesa y diciendo-. Enhorabuena por esa capacidad vocal-alabó las notas altas de Scott cuando estando en el grupo siempre las criticaba. Scott se había esforzado por destacar. Jake no le había dejado cancha a que fuera de otra manera-. No me esperaba menos teniendo en cuenta de quién eres hijo, pero si te soy sincera, no dejas de asombrarme. No pareces tener límite y estoy desando explorar tu rango vocal y averiguar hasta dónde puedes llegar. Evidentemente, está bastante lejos de lo que cualquier persona se imaginaría, e incluso de mis propias expectativas. Gracias por los escalofríos que me han recorrido esta noche-sonrió.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Fuegos artificiales.

La primera vez que mamá me da uno de esos abrazos que te llenan la boca de leche, estamos en la bañera. Me ha dejado con mucho cuidado y mimo sobre una pequeña almohada que ha colocado dentro. Luego, se ha quitado la ropa y se ha metido ella. Me ha estrechado entre sus brazos y ha abierto el agua.
               Cruza las piernas para hacer con ellas una cuna y me deja en ella. Noto sus pies haciéndome cosquillas en la espalda. Suelto una carcajada cuando me las hace también con los dedos en la tripa; cosquillas en la espalda y la tripa a la vez es más de lo que yo puedo soportar.
               El agua me toca los pies, y yo lanzo una exclamación de sorpresa. Mamá sonríe, niega con la cabeza, frota nuestras narices y me da un beso en la mejilla.
               Es uno de nuestros “días de chicas”, en los que nos pasamos gran parte del tiempo solas, haciendo cosas juntas, cosas que me encantan: yo me tumbo encima de ella (bueno, ella me tumba, yo me dejo hacer) y ella me acaricia la espalda, la cabeza, me da besos, me hace cosquillas… me mima muchísimo, como compensando que papá y Scott se han marchado. Scott va a un sitio con muchos niños que gritan y alborotan. Su alboroto me gusta, pero odio que las puertas de colores de ese edificio se traguen a mi hermano cada mañana.
               Cuando mamá me mete en el carricoche y me anuncia que vamos a ir a buscar a Scott, es mi momento favorito del día.
               No sé a dónde va papá. Creo que es un sitio llamado liversidia o algo así. Pero no me gusta, porque llega más tarde que Scott. Así que tenemos que esperarle más.
               Hoy, sin embargo, no me importa esperarle. Mamá me achucha con cariño, compensando esa noche infernal que yo ya apenas recuerdo. Lo que no voy a olvidar es cómo se quedó al lado de mi cuna al día siguiente, la noche siguiente, cuidando de que no me pasara nada, arrullándome y acariciándome cuando yo me despertaba.
               Mamá se echa una cosa blanca que huele genial en las manos y me la pasa por el cuerpo, y yo me río.
               -¿Te gusta, mi pequeñita?-me dice, y yo me río y me agito y me río más, y mamá sonríe-. Claro que sí, mi amor, claro que te gusta.
               Mamá también se echa esa cosa, y luego coge un Aparato Misterioso que escupe agua de una forma en que no lo hace el grifo. Es como si fuera una nube portátil y de forma aburrida. También es fría y dura. Las nubes no parecen frías, y mucho menos duras.
               Claro que yo nunca he tocado una nube. Puede que las nubes no sean más que Aparatos Misteriosos que se han hecho amigos y se han escapado de sus casas… o que los Aparatos Misteriosos son trocitos de nubes que alguien ha recogido del suelo.
               Soy un bebé, todavía hay algunas cosas que no entiendo del todo bien. Pero estoy en ello.
               El Aparato Misterioso llueve sobre nosotras, limpiando la pequeña espuma de peluche de oveja efímera que cubre nuestros cuerpos. Alzo las manos, intentando alcanzar el Aparato Misterioso.
               -¿Quieres cogerla, mi amor?-pregunta mamá. Abro las manos y las cierro lo más rápido que puedo. Sí, sí, quiero coger el Aparato Misterioso-. Toma-me lo tiende y yo lo agarro. Pesa muchísimo. Las nubes no deben de pesar tanto. De lo contrario, no corretearían por el cielo. A no ser que tengan alas, claro. Nunca he visto una nube de cerca; puede que tengan alas, como los pajaritos a los que damos de comer en el parque, mientras Scott juega con sus amigos.
               El Aparato Misterioso expulsa agua. Luego, cierra una boca que yo no puedo ver. Lo chupo, porque soy un bebé, y es la forma que tenemos de descubrir cómo funcionan las cosas. Mamá me deja hacer. El Aparato Misterioso vuelve a escupir agua. Me lo enfoco a la cara; quiero verle la boca.
               Y, como es natural, me mojo.
               Cierro los ojos y lanzo una exclamación, soltando el Aparato Misterioso y llevándome las manos a la cara. El Aparato Misterioso se retuerce, como si fuera yo la que hubiera hecho algo mal, y no él, y estuviera protestando.
               Las lágrimas amenazan con desbordarse por mi cara, pero por suerte, mamá viene a mi rescate. Aparta el Aparato Misterioso, lo deja colgado de un sitio de la pared (¡castigado!, pienso con satisfacción) y me da besos, me muerde la tripa, consigue que me ría cuando quiero llorar.

domingo, 20 de agosto de 2017

Despacito, a la cima del mundo.

Como lo prometido es deuda y os habéis portado genial conmigo, aquí tenéis la información de los capítulos que quedan de Chasing the Stars.
Puedo garantizaros y de hecho os garantizo un mínimo de 13 capítulos más (es decir, la novela llegaría hasta 130), aunque no descarto poner un par de ellos más, porque quiero que sucedan muchas cosas en muy poco tiempo, y quedaría mal si intentara meterlo a calzador.
Además, y esto ya después de terminar la novela, iré subiendo unos anexos en los que explicaré con más detalle cómo son las actuaciones de los chicos en The Talented Generation... porque me hace ilusión dejarlo por escrito, y volver a verlas en mi cabeza dentro de unos años (si vuelvo a leer la novela) con claridad.
Y ahora, ¿qué día subiré el último capítulo?
Seguramente algunas ya lo sospechéis, porque, si empecé a subir Sabrae el día que nació Scott, parece lógico que Chasing the Stars se termine el día en que nace Tommy. ¿Qué día nace Tommy? El 17 de octubre... de ahí que os pidiera 17 comentarios para avisaros de lo que está por venir.
Tengo un calendario ajustadísimo que seguir; espero que no os importe que publique cada 3 días; de lo contrario, no llegaré a la fecha tope que me he puesto (y cumplir con la fecha es lo que más me importa, más que subir 13 o 15 capítulos). Os pido que me dejéis todos los comentarios que podáis para animarme en la recta final. Espero que todo merezca la pena y despedir esta preciosa historia como se merece. 
Dicho esto, y sin más dilación... ¡disfrutad del capítulo! 



Otra vez esa sensación de explosión en mi interior cuando terminamos la canción, los últimos acordes se extinguieron y las luces se encendieron para permitirnos ver al causante de aquel ruido ensordecedor, que tan fuerte era y tan bien sentaba. Nos acercamos al borde del escenario con una sonrisa satisfecha, mirándonos los unos a los otros, felicitándonos con la mirada por no haber metido la pata ni haber chocado con ninguno de los bailarines que abarrotaban al escenario, y nos inclinamos hacia delante mientras el público rugía nuestros nombres.
               -June-pidió Simon, dejando que la chica, que manejaba un iPad con una mano y un portátil con la otra se empujaba las gafas por el puente de la nariz.
               -Tengo a Aibbe, de Manchester, que dice “imagínate lo que sería que Layla te arropara por las noches y te diera un besito y te dijera que te quiere, dios mío, cómo quiero a mi madre”-leyó, y todo el mundo se echó a reír. Layla se puso colorada, Tommy le dio un cariñoso apretón en la cintura-. Asha, de Edimburgo, dice que no le importaría ir a un concierto de Chasing the stars aunque tuviera que pagar con la vida de su primer hijo… por cierto, Chad, si quieres tener un rollito de una noche, ella está disponible-más risas, Simon asintió con la cabeza-. Cara Delevigne twittea una foto de su televisor y dice que se muere de ganas de que lleguéis a la final para poder venir a veros en directo, ahora que ya le ha llegado la invitación-siguió leyendo una retahíla de tweets y publicaciones en Tumblr hasta que Simon le dio las gracias, ella sonrió, le dijo que gracias a él, y se retiró a un discreto segundo plano, reposando su espalda de nuevo en su silla-. ¿Jesy?
               -¿No quieres mantener un poco la tensión del momento?-respondió mi mejor amiga, alzando las cejas y mascando un chicle. Simon se echó a reír.
               -Tienes razón. ¿Quién empieza, tú o Gaga, Nicki?
               -Empiezo yo-Nicki se echó hacia delante, apoyó las palmas de las manos en la mesa y exhaló un suspiro-. ¡Guau! Os lo digo cada semana, y voy a sonar repetitiva, pero es que no hacéis más que sorprenderme. Me ha encantado la energía que habéis derrochado esta noche en el escenario, On top of the world es una de mis canciones favoritas por su buen rollito, tiene muchos aires de fiesta, y eso es lo que me habéis dado vosotros-nos señaló con un dedo acabado en una afilada uña postiza-. Ganas de fiesta. Felicidades, chicos.
               -Gracias-sonrió Diana, la encargada esta noche del micro. Gaga se recolocó su coleta antes de empezar:
               -Mentiría si os dijera que no noto mejoría respecto de la semana pasada, aunque me ha decepcionado un poco cómo os habéis desenvuelto con los bailarines en el escenario-comentó, mirándonos-. ¿No habéis podido ensayar mucho con ellos?

miércoles, 16 de agosto de 2017

Hogar, dulce hogar.

La música se termina por fin en este agotador ensayo. Desde que echaron a Thr3some la semana pasada, hemos decidido que no podemos dejar nada al azar. Nos hemos puesto las pilas (más incluso que antes), porque el nivel de exigencia es altísimo a pesar de haber empezado hace nada el programa.
               Todos creíamos que aquel grupo llegaría lejos, especialmente después de ver su audición, impecable y de una calidad altísima, con una coreografía digna de los profesionales del breakdance. Pero, cuando se les pidió que prepararan otra canción, fueron incapaces de innovar lo suficiente sin perder toda su esencia. Al final, los meses de ensayo de Swalla no habían sido suficientes, o precisamente habían sido demasiados, y los tres chicos se habían ido a la calle por no poder seguir el ritmo de los demás. A los jueces no les bastaba con clavar una actuación; querían que todas fueran perfectas.
               Y, después del incidente de Jesy y Scott, nosotros tenemos que matarnos a trabajar para poder mantenernos dentro.
               Tommy se sienta a mi lado, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y la camiseta pegada a su espalda, empapada en sudor. Cierra los ojos un momento, recuperando el tranquilo ritmo de su respiración. Traga saliva, y yo no puedo evitar fijarme en la sensualidad que hay en ver subir y bajar la nuez de Adán de su cuello. Siento el impulso de besársela. Incluso me inclino hacia él.
               La coreógrafa pone de nuevo la canción, y los animados acordes de On top of the world reverberan en la habitación llena de espejos. Scott se tira al suelo, agotado, mientras Diana hace una mueca y Chad bufa. No podemos hacer el baile otra vez.
               -¿Seguimos de tarde?-sugiere la chica, y yo asiento con la cabeza en representación de mis compañeros. Ella se muerde el labio, repite mi gesto y empieza a recoger sus cosas. Siento los ojos de Tommy posarse en mí.
               -Hola-me dice, de repente consciente de mi presencia. Yo sonrío, celebrando la intimidad de que me hable en el idioma de nuestras madres. Últimamente hemos cogido ese hábito, como intentando compensar las veces en que se tiene que alejar de mí para acercarse más a Diana. No hemos explicado nuestra relación aún.
               -Hola-ronroneo-. Has bailado genial.
               Tommy sonríe con satisfacción. Ya sabía que bailaba bien, pero no se imaginaba que le resultaría tan fácil coger el ritmo y recordar los movimientos. Sabe que todos confiamos en él para que nos guíe en las actuaciones. Es un papel de peso que lleva con orgullo, el de maestro de bailes. Incluso disfruta de la confianza depositada en él, de los halagos continuos de compañeros y profesores, que no se esperan que un chico que nunca ha ido a clases baile así.
               -Es que soy latino-explica siempre, y se echa a reír-. Gracias-es lo que dice esta vez. Le cojo la mano sin pensar, y rápidamente se la suelto. Miramos a la coreógrafa, que sigue recogiendo sus cosas, ajena a nosotros. Tommy traga saliva, me acaricia el dorso de la mano con discreción, aprovechando que la he dejado caer a un costado y que él posa la suya también en el suelo-. Siento que tenga que ser así-me dice en un susurro, asegurándose de que nadie nos oiga, nadie nos escuche. Le quito importancia con un gesto de la mano.
               Diana termina de recoger sus cosas, Scott se levanta del suelo después de sentir la mirada envenenada de ella sobre él. Chad bebe un poco más de agua, detecta la tensión que crece entre la americana y el inglés, y decide rebajarla inquiriendo:
               -¿Quién se ducha primero?
               Los ensayos son una verdadera odisea; nos duchamos varias veces al día, tan agotados y sudorosos que terminamos, y eso nos afecta a la piel. No es bueno meterse tantas veces debajo de agua muy caliente, no es bueno enjabonarse como nos enjabonamos, pero no nos queda otra. Bastante difícil es ya estar cinco personas en una habitación de tres, como para que descuidemos nuestra higiene.
               Diana está a la que salta precisamente por los efectos del agua en su piel y en su pelo. Ella, que tenía una melena tan suave, brillante y fuerte, está perdiendo toda su fuerza, porque lleva el pelo recogido durante demasiado tiempo; ella, que siempre desprendía un aroma afrutado que me encantaba oler cuando iba a su habitación, sumergiéndome en su esencia, ahora desprende un olor a jabón del más barato, de ése que sólo huele a una única fruta que, para colmo, está por descubrir.
               Intenta compensar sus cambios de humor esnifando cocaína cuando tenemos un descanso, y siempre que lo hace, es a escondidas. Luego viene con nosotros, se sienta donde estemos y trata de contener los efectos secundarios que la sustancia tiene en su organismo. No siempre lo consigue. Y Tommy siempre le nota que se ha metido algo; frunce el ceño, pone mala cara y finge que no la tiene delante cuando ella está colocada.
               Scott no lo está pasando mejor que ella. Después de que Eleanor pusiera distancia entre los dos, temiendo que su relación se resintiera por la sobre-exposición a la que les someterían, apenas puede pasar tiempo con ella y tiene que aguantar que todas las redes sociales se llenen de mensajes apoyando la pareja que hace con cualquier chica a la que se acerque a menos de un metro. Todos los días, durante algún período de descanso o comida, June aparece con su cámara y nos graba un vídeo para mantener el interés de la población. Scott tiene que cuidarse muy mucho de sentarse rodeado de chicos, e incluso cuando no hay ninguna chica en contacto con él, la gente se las apaña para cazar alguna mirada involuntaria cuando una fémina habla.
               Y emparejan a Scott.
               Y Eleanor finge que no le importa.
               Y Scott finge que no se da cuenta.
               Pero a ella sí le importa. Él sí se da cuenta.

viernes, 11 de agosto de 2017

The Talented Generation.

Aiden rodó por la cama y se dedicó a mordisquearme la oreja.
               -No voy a dejar que te vayas-ronroneó por decimotercera vez en aquel minuto, acariciándome el pecho. Volviéndome loco durante el proceso. Me eché a reír y me dejé mimar.
               Habíamos quedado en que comeríamos por ahí con mis padres. La comida fuera se había vuelto un picnic. Y el picnic, un festival de sexo de despedida del que yo no tenía intención de sobrevivir. Una sonrisa tonta me cubría la boca.
               Lo habíamos hecho. Seguía sin creerme que lo hubiéramos hecho.
               Y varias veces.
               Todas en mi cama.
               No quería salir de esa cama.
               -¿Vas a secuestrarme?-inquirí. Fue su turno de reírse esta vez. Se puso encima de mí. Lo rodeé con mis piernas y gemí cuando se frotó con sus caderas contra mi sexo.
               -Te voy a atar a esta cama-me aseguró. Me mordisqueó los labios. Yo se los mordisqueé a él.
               -Suena genial.
               -Y te voy a hacer cosas muy, muy sucias.
               -Suena aún mejor.
               -No te vas a escapar de mí.
               -Iré comprando la cuerda, entonces-tonteé. Nos reímos, nos acariciamos un poco más. Continuamos besándonos. Estaba reuniendo el valor necesario para ponerme sobre él cuando llamaron con timidez a la puerta. Era la voz de mi madre la que esperaba al otro lado.
               -¿Chad?-preguntó.
               -No abras, Vee-le pidió Aiden, que se había metido en el bolsillo a mi madre en los dos días que llevábamos juntos, sin casi separarnos.
               -Sí, mamá-le secundé-, por favor, no abras.
               -Cariño, lo siento mucho, pero tenéis que ir despidiéndonos-casi pude verla haciendo una mueca de dolor-. Acaban de llamar a tu padre, el piloto ya está en el aeropuerto. Nos están esperando.
               Suspiré. Aiden negó con la cabeza, puso los ojos en blanco.
               -¿Podemos posponer lo de las cuerdas? Me ha interesado eso de las cosas sucias que quieres hacerme-bromeé. Sus ojos chispearon, lujuriosos-. Me gustaría conocer más detalles.
               -Te voy a dar yo a ti detalles-replicó, agarrando mi miembro y acariciándomelo. Cerré los ojos, me dejé llevar, hasta cierto punto.
               -Chad-exigió mamá, pasados cinco gloriosos minutos en que los dedos de Aiden me dieron más placer del que yo mismo podría insuflarme durante mi estancia en el concurso. De repente, no recordaba por qué había acertado.
               Joder, las manos de Aiden en mi sexo me hacían olvidar incluso cuál era mi nombre. Suerte que mamá estaba ahí para recordármelo.
               -Ya llegamos-bufé.
               -Sobre todo tú-ronroneó Aiden, besándome el pecho mientras continuaba sus torturadoras caricias. Lancé una exclamación y me aparté de él-. Oye, C, ¿crees que tendréis vis a vis, como en las cárceles?