jueves, 28 de junio de 2018

Terivision: En el país que amamos: Mi familia dividida.


¡Hola, delicia! Hoy vengo a hablarte del último libro que leí, se trata de:


En el país que amamos: Mi familia dividida, escrito por Diane Guerrero y Michelle Burford.
En el país que amamos es una autobiografía de la actriz estadounidense Diane Guerrero, a la que conocerás por sus papeles en Orange is the new black y Jane the virgin. En ella, Diane no sólo narra su historia personal, sino también que pone el foco de atención en los problemas migratorios que hay con Estados Unidos.
Me interesé por este libro porque tenía relación con mi trabajo de fin de grado: mientras leía los diferentes documentos para basar el contenido de mi trabajo, vi que un autor hacía mención a que la figura que yo estaba estudiando era la respuesta que España daba a su manera de entender la situación de padres e hijos que tienen distinta nacionalidad como entrelazada. A modo de contraposición, ese mismo autor (cuyo nombre, sinceramente, no recuerdo) hacía mención a que la existencia de la figura que yo estaba analizando no se daba en otros países en que cada cual tiene su propia situación y derechos basados exclusivamente en su nacionalidad, con independencia de las relaciones que haya entre las personas de diferentes nacionales. A modo de ejemplo, se mencionaba el ordenamiento estadounidense, en que un niño puede ser americano y sus padres extranjeros irregulares que no tienen ningún tipo de derecho reconocido en el país.
Y, cuando el autor hizo mención a Estados Unidos, a mí se me encendió la bombilla. Recordé haber visto una entrevista de Diane hacía tiempo en la que contaba cómo había sido su situación, creciendo como ciudadana americana que convivía con indocumentados, a los que podían expulsar en cualquier momento. En el país que amamos es la historia de Diane, pero también de miles de niños que viven en la misma situación que ella: debido a que es americano todo aquel que nace en territorio estadounidense, miles de niños se encuentran con una nacionalidad que no es la misma que la de sus padres. Y, en el caso de que esos padres carezcan de un permiso de residencia en vigor, su situación va a ser muy, muy complicada.
En las páginas de En el país que amamos, Diane explica su situación antes, durante y después de la extradición de su familia: a los 14 años, la aspirante a actriz se queda sola, totalmente desamparada en un país que le da la espalda en el momento en que llaman a la puerta de su casa y se llevan a sus padres por la fuerza. A los 14 años, Diane se ve obligada a convertirse en una adulta que cuida de sí misma y que tiene que salir adelante a toda costa, sorteando todo tipo de obstáculos hasta llegar a convertirse en la mujer que hoy es: una actriz realizada que usa su poder para hablar de los problemas que hay en su país, especialmente los relativos a la inmigración, que tristemente hemos visto tanto en las noticias a lo largo de estos días.
He de confesar que el libro no es una lectura fácil y que puede echarte para atrás, a pesar de lo interesante de la situación (especialmente si lo estás leyendo para logar tener una idea más a fondo de lo que sucede en Estados Unidos), debido a que, por lo menos la versión española, no está del todo perfeccionada. Hay errores tanto ortográficos como gramaticales, anglicismos que tardas un poco en comprender (especialmente si no tienes relación con la cultura latina), y la prosa de la actriz tampoco es que sea la mejor del mundo. Sin embargo, si pasamos por encima estos errores, que entorpecen en cierta medida la lectura pero en absoluto la impiden, el libro se vuelve muy interesante. A la hora de leerlo, he aprendido muchísimo, que me ha servido tanto para mi trabajo como para tener una visión crítica del tratamiento que se les da a los extranjeros en los distintos sistemas jurídicos del mundo y el proceso de deshumanización al que se ven sometidos. Como dice Diane, los inmigrantes renuncian a un futuro que puede ser incluso más generoso en su país por otro en el que esperan prosperar, o por lo menos, darles más oportunidades a sus hijos. Con la lectura de este libro puedes entender mejor las motivaciones que pueden llevar a una persona a dejar toda su vida atrás y mudarse a un lugar nuevo, en muchas ocasiones hostil, y a tener más empatía con ellos.
A pesar del impacto de la inmigración en el libro, lo que más protagonismo cobra es precisamente la situación de los niños que no son inmigrantes: los niños que, como Diane, se quedan en su país mientras a sus padres los devuelven a su estado de origen. Los padres de Diane fueron deportados, sí, pero ella se mantuvo en Estados Unidos y decidió luchar por su futuro. En el país que amamos es una historia de superación y dolor, en ocasiones no a partes iguales. El libro consigue darle humanidad a las estadísticas, “tantos inmigrantes han sido deportados”, haciendo que los problemas migratorios sean más importantes para ti, porque ya no estás tratando de números, sino de personas. No se separan “unidades familiares”, se separan a hijos de padres, a hermanos de hermanas, a personas que se quieren pero a las que el sistema decide dar la espalda. Leyendo este libro, he podido entender un poco mejor lo que supone ser inmigrante en un país particularmente xenófobo, y pertenecer a una minoría en un lugar en que la discriminación está a la orden del día. Me ha ayudado a darme cuenta de lo tremendamente afortunada que soy por haber podido crecer con mis padres a mi lado, con mi familia unida, sin tener que preocuparme de los ruidos fuera de mi casa. Es horrible que haya niños que tengan que vivir con esas preocupaciones. Es por eso que este libro me ha parecido tan necesario.
Además, el final es esperanzador. Siendo una historia dura, te envía un mensaje positivo en el sentido de que, si bien la situación deja mucho que desear, Diane comprueba que hay cambios: tanto políticos como sociales. El libro en sí es un toque de atención, casi un folleto informador para quienes no tienen ni idea de lo que ocurre en Estados Unidos; pero también es una hoja de ruta, el mapa de una tragedia que no debería repetirse y que asociaciones de inmigrantes están luchando por cambiar.
Puede que no sea el libro que más me haya impactado en el sentido de que me haya gustado, pero te aseguro que me ha abierto los ojos como ninguno que haya leído hasta ahora.
Lo mejor: el mensaje que transmite de esperanza, incluso en los peores momentos.
Lo peor: la escritura, bastante mejorable en ocasiones.
La molécula efervescente: “No crecemos completamente entre el momento de nuestro nacimiento y la adolescencia, o incluso en nuestra veintena. Si somos afortunados, nunca dejamos de crecer”.
Grado cósmico: Planeta estelar {3.5/5}.
Puedes consultar más frases que me han gustado haciendo clic en este enlace.

sábado, 23 de junio de 2018

Sol.

-Y tú reflejos-respondí, zafándome de su mano y fulminándolo con la mirada.
               Bueno, le fulminé más o menos.
               Es que es muy guapo.
               Y yo, cuando voy un poco chispa, me pongo cachonda con mucha facilidad.
               Así que Alec más alcohol en sangre igual a…
               … pésima combinación para que yo siga cabreada.
               -Cuando digo que las chicas me gustan de armas tomar, no es esto lo que tengo en mente-comentó, pasándose la mano por el pecho y haciendo una mueca como si le acabara de clavar un puñal en un ojo. Puse los ojos en blanco y me escuché reírme. ¡Sabrae! ¡Hace literalmente dos minutos querías partirle las piernas!
               Claro que es muy fácil odiar a Alec cuando no lo tienes delante. Su pelo es demasiado esponjoso, sus ojos son demasiado bonitos, su sonrisa es demasiado pícara y su presencia en general, demasiado hipnótica.
               Sí, Alec tiene ese tipo de carisma que podría hacer que un avión se detuviera en pleno vuelo con tal de no hacerle daño.
               Es curioso: de entre todas las personas que hay en Londres, el elegido para ese don, tenía que ser, precisamente, él.
               -Sí, bueno… supongo que, cuando te encuentras con pesados-eché un vistazo a su espalda en el momento justo en que Amoke miraba por encima de su hombro mientras desaparecía entre la multitud con Taïssa. Zorra-, acabas algo harta. Lo siento-señalé su pecho, las marcas de mis uñas en su camisa. Alec alzó una ceja.
               -¿Te han estado molestando?-quiso saber, y en su tono descubrí algo que no debería haberme gustado, pero me volvió loca: celos. Un pelín, quizás, de posesión. No van a tocarte ahora que yo estoy aquí, parecían decir sus ojos, muy en el fondo-. Mira que nadie se mete con mis chicas, ¿eh?-añadió en tono un poco más relajado, quitándole la tensión al asunto.
               -No me ha molestado nadie-respondí-, y yo no soy ninguna de tus chicas-añadí, retándole con la mirada, alzando la vista y encontrándome con sus ojos. En su boca se dibujó esa estúpida sonrisa traviesa que también tenía mi hermano, la que hacía que las chicas estuviéramos dispuestas a postrarnos a sus pies.
               A Scott le interesaba que la gente le adorara.
               A Alec, por el contrario, lo que le importaba era que las mujeres nos dejásemos adorar.
               -Simplemente las tontas de mis amigas no me dejaban en paz-me encogí de hombros e hice una mueca. Y Alec literalmente me invadió con su presencia.
               No fue nada metafórico, ni nada: se inclinó hacia mí y todo su cuerpo entró en contacto con el mío, de una forma en que su pecho estaba contra el mío, sus piernas rozaban las mías, y su aliento me quemaba en la cara.
               En ese momento, me importó una mierda que hubiera tardado en aparecer. Me importó una mierda incluso que hubiera podido estar con otra. Lo único que me importaba era su cercanía, y las capas de ropa que nos separaban.
               -Bueno-respondió, en ese tono de sabelotodo que antes no soportaba, y que ahora me gustaba tantísimo-, y ahora tu amigo tampoco te está dejando en paz, ¿o no soy tu amigo, Sabrae?
               La forma en que dijo mi nombre hizo que fuera la palabra más sucia de la tierra.

jueves, 14 de junio de 2018

Gatita.


Cada vez que me sonaba el móvil, mi corazón daba un brinco, y todo mi cuerpo con él. Llevaba varios días hablando con Alec sin parar por Instagram. Aunque al principio la conversación había sido un poco incómoda por mi férrea intención de no permitirle tirarme la caña más de lo que se consideraría moralmente adecuado, nuestra charla había ido evolucionando y rápidamente nos habíamos encontrado metidos en reflexiones profundas sobre la vida, la muerte, el sexo y las relaciones.
                Llevaba varios días durmiendo poquísimo por hablar con él de madrugada, y la verdad es que no me importaba. Incluso había pedido una batería portátil en Amazon con la esperanza de que él viniera a entregármela en persona.
                Casi podía imaginármelo, llamando al timbre y esperando a que yo le abriera.
                -Empiezo a pensar que estás pidiendo cosas por tener una excusa para verme, Saab-diría nada más abrirle la puerta, y yo me echaría a reír, me apartaría las trenzas de la cara y respondería:
                -Bueno, lo cierto es que me estoy aficionando a esto de que me traigan las cosas a casa. Además, necesitaba urgentemente una batería portátil para el móvil. Y en Amazon tienen mucho servicio que ofrecer.
                -¿Una batería portátil?-él mordería el anzuelo, justo como pretendía. No dejaría escapar la ocasión-. Vaya, bombón, ¿tanto uso le estás dando al móvil últimamente?
                -Ya ves-contestaría yo, coqueta, sacándole la lengua y echándole una firma en el panel de recibo del móvil. Quizá, sólo quizá, daría mi brazo a torcer por fin y le daría mi teléfono.
                Lo cierto es que no sabía por qué no se lo había concedido ya.
                Al igual que tampoco sabía por qué habíamos evitado el tema de qué haríamos ese fin de semana. ¿Nos veríamos el viernes, como estábamos empezando a tener por costumbre? ¿Coincidiríamos en la discoteca? ¿Nos acercaríamos el uno al otro, o ahora que Scott no estaba para pillarnos, nuestros encuentros secretos ya no tenían tanto morbo?
                Me odiaba a mí misma por no haber sabido preguntarle.
                Y más le odiaba a él por no haberme sacado el asunto.
               Así que allí estaba: comiéndome la cabeza a niveles vergonzosos, preguntándome en voz alta si estaría haciendo una montaña de un grano de arena, o si tenía motivos realmente para estar preocupada. Le había estado dando el coñazo toda la semana a Amoke, a la que había confesado todo lo que había hablado con Alec apenas habíamos pasado nuestra primera noche de debate. Incluso le había enseñado la conversación con la esperanza de que ella me dijera que no estaba loca y que de verdad estábamos tonteando y yo no estaba resultando patética.
               Mi amiga no me dejó en la estacada y se puso a chillar y a gemir y a abanicarse, haciendo que pasara auténtica vergüenza ajena, mientras leía los mensajes que nos habíamos intercambiado de camino a casa.
               Después de una angustiosa semana en la que los días no parecían avanzar, llegó el viernes, y con él más histeria para mí. Las chicas decidieron que iríamos a cenar esa noche en casa de Kendra, y que luego, quizás, saldríamos de fiesta, a bailar un poco y a beber más.
               Fui derechita a casa de Amoke con la ropa con la que pretendía salir metida en una bolsa, mi maquillaje guardado concienzudamente en un neceser al fondo de ésta. Amoke me abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, seguramente pensando en alguna broma que hacerme, pero su pulla se congeló en su garganta cuando vio mi cara larga.
               -¿Qué pasa?