lunes, 31 de diciembre de 2018

2O18, gracias, ¡adiós!



El año anterior al pasado escribí un mero guión de las cosas más importantes que me habían pasado en 2017, diciéndome que haría la entrada de resumen de año más adelante. Tuve 365 días y aun así, si buceas lo suficientemente profundo por mi blog, observarás que el pequeño guión sigue ahí.
               Creo que es lo único en lo que he procrastinado sin sentirme mal en 2018; no escribí ninguna entrada de resumen, sino que simplemente me centré en ir hacia delante, olvidándome totalmente de esta pequeña tradición mía que responde a la naturaleza auténtica de este blog: recordarme las cosas que hacía, pensaba y sentía, cuando pase el tiempo y cambie de costumbres, pensamientos y sensaciones.
               2018 ha cambiado sólo en eso, pero no en lo demás. Fiel a mi espíritu insultantemente positivo, creo que mi año ha sido muy bueno y que merece la pena dedicarle unos minutos de mi tiempo a resumirlo, para poder situar las cosas que me pasaron cuando eche la vista atrás.
               Éste ha sido el último año en el que cursé un grado en la universidad; a partir del 26 de junio de 2018, soy oficialmente una graduada en derecho. Ya puedo decir “tengo una carrera universitaria”, en lugar de “tengo el bachiller”, cuando alguien me diga algo obvio a modo de contestación, una forma bastante más elegante de decir “te crees que soy gilipollas, pero no es así”.
               Tuve mi graduación y, a pesar de que faltó una de mis amigas al evento y los zapatos me jugaron una mala pasada, fue uno de los días más emocionantes de mi vida. Me gusta cómo iba vestida aunque me hubiera gustado más llevar otra cosa, que por cuestiones físicas no era posible.
               Éste ha sido también el año en que he descubierto una pequeña vocación por la carrera que he estudiado. Empezando el máster me he visto a mí misma fantaseando con cómo sería estar del otro lado de los pupitres, enfrentándome a casos y persiguiendo a clientes para que nos paguen por las cosas que nosotros les hemos conseguido. Me he visto trabajando haciendo demandas, contestaciones, y empezando mis frases con “con la venia, señoría”, y no me han entrado ganas de llorar, o de suicidarme. Porque, sí, hubo un tiempo en que pensar que no tendría más remedio que trabajar en el mundo del derecho me daba ganas de suicidarme. Es algo que he comentado con muy poca gente, nadie de mi familia, y que arrancaba sonrisas tensas cada vez que lo mencionaba, porque pensaban que no lo decía en serio. Y sí que iba en serio.
               Así que supongo que 2018 ha sido el primer año en el que me he visto encaminada a un futuro que me ilusiona.
               Igual que ha sido el primer año en el que he visitado otro continente y a la vez otro país. El resto de veces que había salido de España, no había ido más allá de las fronteras de Europa. Las veces que salí de Europa, ni siquiera me fui al extranjero. He viajado a Turquía y he descubierto un país completamente diferente al mío y a la vez completamente diferente dentro de sí mismo, con museos que albergan las piedras que marcan el final de la prehistoria y el principio de la historia, ciudades de leyenda, ruinas de postal y parajes naturales que simplemente te cortan la respiración; parajes donde no puedes no imaginarte a los personajes que estás escribiendo ahora viviendo uno de los momentos más especiales de sus vidas. He descubierto que con el inglés simplemente no te sirve para ir donde tú quieras y comunicarte todo lo que desees, despertándoseme el apetito de nuevo por aprender idiomas. He sabido lo que es comer pollo al curry a kilómetros de altura, viajando a 900 km/h, y ver El Gran Showman mientras un avión despega, con Hugh Jackman diciendo que encenderá el cielo y no se bajará de él.
               Hablando de El Gran Showman… éste ha sido otro año increíble para el cine. Lo he empezado genial, viendo precisamente esta película en el cine y descubriendo de nuevo mi pasión por la interpretación, e incluso por la música. Esta película me ha dado muchísimos buenos momentos y mejores ensoñaciones, que espero plasmar algún día estando a la altura de lo mágica que puede llegar a ser. 2018 se cierra con la banda sonora de la película siendo el disco más vendido del año con más de cinco millones de copias, y yo no puedo hacer otra cosa que sentirme muy orgullosa de una película tan bella a la que no le ha ido tan bien como se merecía en los premios. El 3 de enero marcó un año muy bueno yendo al cine, en el que tengo que destacar también a Black Panther (que me descubrió a Michael B. Jordan, y de paso un buen tema de conversación para mandarme audios de siete minutos con el crush), y To all the boys I’ve loved before, que me arrastró de vuelta a mi época de fan.
               Este año he visto unas 187 películas; creo no equivocarme dando la cifra, porque Letterboxd me puso el contador a cero antes de que llegara 2019. Y, además, he leído 15 libros, 5 menos de la meta que me había puesto en Goodreads en enero de 2018…
               … pero eso no me entristece para nada, porque este año también he publicado el segundo libro en físico de Chasing the Stars, Moonlight, al que todavía no tengo en mi estantería y debería apresurarme en pedir.
               Además, he seguido con Sabrae y me he dado cuenta de que no tenía por qué tener miedo de no disfrutar con la historia como lo hice con Chasing the stars. Aunque hay días en que sí que estoy un poco más vaga y me aborrece escribir, en Sabrae y Alec he descubierto unos personajes más auténticos y complejos si cabe que los de mi pequeña obra maestra, unos personajes que me sorprenden siendo mucho más profundos que los secundarios a los que mencionaba de pasada en la novela original. Son personajes que me han animado a investigar y aprender, que me han despertado curiosidad e incluso han hecho que quiera aprender nuevos idiomas (de momento, solamente ruso, porque no tengo al alcance de la mano herramientas para aprender más), y que han conseguido una vez más que sentarme frente al ordenador sea algo que añore cuando lleve tiempo sin hacerlo. Han sido una buenísima compañía este año en mis momentos de soledad, unas voces rellenando el silencio de mi casa y un espacio seguro al que yo podía ir cuando quería despejarme, porque incluso cuando lo estuvieran pasando mal, conseguirían que yo me lo pasara bien.
               No es que este año haya estado sola, ni muchísimo menos. He vuelto a salir con mis amigas de noche e incluso le he cogido el gusto, hasta el punto de que uno de mis propósitos en 2019 es aprender a maquillarme mínimamente bien y darle una oportunidad a la raya de ojos y al pintalabios. Puede que sea un animal de interiores, pero de vez en cuando yo también puedo ir fuera y pasármelo tan bien, o mejor, que quedándome en casa y no alterando mis ciclos de sueño.
               Y he conocido a dos buenas amigas en persona, Patri y Bárbara, convirtiéndolas en células después de mucho tiempo siendo nada más que píxeles, un poco como me pasó con One Direction un 10 de julio que cada vez está más lejos, y que nos acercamos las unas a las otras, sentadas en una mesa semicircular en Vips, mientras esperábamos por nuestros entrantes, sándwiches y costillas criticando a absolutamente todos en la banda y bromeando con que sólo dos habíamos escuchado el disco de Zayn, ése que por fin nos dio después de esperar más de un año por él.
               Cuando estaba pensando esta entrada tenía muy claro que iba a decir que 2018 no había sido mi año, seguramente porque es el año en que peor he estado, hablando de forma física, en toda mi vida. Y, sin embargo, a medida que voy escribiendo esta entrada, me voy dando cuenta de que puede que sea el año en el que más conformista haya sido con mi cuerpo, limitándome a desagradarme por la imagen que me devolvía el espejo sin hacer nada realmente por intentar cambiarla, como si mi cuerpo fuera una skyline de una ciudad en la que estaba de visita y no la habitación en la que vivo. A medida que voy escribiendo esta entrada, con la idea de redecorar esta habitación por dentro y por fuera, me doy cuenta de 2018 ha sido mejor de lo que quería pensar, negándome a poner en un lado los pros y en otro los contras. Quizá no haya sido el mejor de mi vida, sí, pero definitivamente ha sido mi año.
               Al fin y al cabo, todos los años desde 1996 han sido mi año.
               Y tengo mucha ilusión por ver qué me depara el nuevo.

martes, 25 de diciembre de 2018

Golpe de gracia.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Me metí un nuevo bombón de Mozart en la boca mientras Shasha daba un sorbo de su batido de plátano y esperaba a que yo empezara a teclear. No quería pensar en lo mal que tenía que haberme visto mi hermana para finalmente cancelar sus planes con sus amigas y quedarse en casa conmigo, abrazándome mientras dormía un poco y luego sugiriéndome planes para levantarme la moral.
               Habíamos empezado suave, mirando en tiendas de ropa y accesorios hasta el último producto y añadiendo cosas a la lista de deseos como si nos pagaran por ello o tuviéramos un hada madrina particularmente generosa. Después de pasearnos por todas las webs de marcas, Shasha y yo nos miramos un momento, yo más animada y ella con ganas de simplemente más, y decidimos meternos en los blogs de cotilleos sobre famosos.
               Seguramente pienses que por ser hija de un famoso yo detestaba esas páginas en las que no se publicaban más que mentiras y cuyo único objetivo en la vida era hacer miserables a las personas que aparecían en ellas para conseguir más visitas y, por tanto, más dinero, y en cierto sentido así era. Odiaba cuando sacaban fotos de una famosa en alguna posición que le sacaba unos michelines que parecían ser un insulto a la seguridad nacional, o cuando se criticaba el fracaso sentimental de tal cantante o actor y se hurgaba en la herida diciendo que una relación de varios años no había sido real, sino producto del márketing. Además, yo como Malik entre todo el mundo debía tenerle muchísimo más odio a ese tipo de páginas por todo lo que le habían hecho a mi padre antes de que yo, o incluso mi hermano, naciera.
               Y las detestaba. Las detestaba yo, las detestaba Shasha, y las detestaba Scott. Duna crecería para detestarlas también, pero… ¿dónde si no iba yo a meterme para ver los reportajes más completos de las modelos más cotizadas, o los vídeos promocionales de alguna colonia, disco o serie? Puede que fuera un poco hipócrita por mi parte, pero me encantaba eso de entrar en cualquier blog de algún inútil que lo único que sabía hacer era meterse en la vida de otra gente porque él carecía de una sólo para criticar en voz alta el poco partido que le habían sacado a las caderas de una actriz los responsables de una línea de ropa, o lo poco favorecida que había salido la misma actriz por culpa de los maquilladores.
               Además… en esas páginas podía hacer de justiciera. Precisamente las cosas que generaban rechazo en mí de todos esos lugares de Internet eran las que más me entretenían a la hora de defenderme. Estábamos metidas en la sección de comentarios de una noticia que nos había llamado la atención: estaba encabezada por la foto de mi padre y las inmensas palabras en mayúsculas “ZAYN VUELVE A LA CARGA”, seguido de un texto en letras grises con tipología Georgia muy bonita en la que desgranaban el proceso de creación del próximo disco de mi padre. Como de costumbre con todo lo que tenía que ver con papá, la sección de comentarios se había convertido en una auténtica batalla campal en la que todo valía, desde insultos a los artistas con los que se suponía que papá se llevaba mal (que yo supiera, sólo detestaba a Azealia Banks), a insultos a papá por: a) cómo había dejado One Direction, b) cómo había “vuelto”, más o menos, a One Direction, c) cómo se había “colgado de la carrera musical de Liam” (lo cual había hecho que yo respondiera con un “¿?¿?¿?¿? Zayn ya tenía un puto disco en el mercado y estaba a meses de sacar el segundo cuando Liam sacó su primer EP, siéntate DOS MILENIOS”), d) cómo “romantizaba las drogas y las relaciones tóxicas” (a lo que Shasha directamente contestó al troll que para hacerse pajas, mejor pasaba a las físicas y dejaba las mentales para los científicos), o e) simplemente por su color de piel o su religión (a lo que nos turnábamos para sumarnos a la retahíla de insultos e incluso darle me gusta a las respuestas que invitaban al autor del comentario a tirarse por un puente o sucedáneos –vale, puede que eso fuera un poco fuerte, pero estábamos muy enfadadas-).
               Así que allí estábamos Shasha y yo, ella con el estómago lleno después de darse un atracón de bizcocho precocinado que había encontrado en las alacenas, y yo con las mejillas aún un poco tirantes por las lágrimas que se me habían secado, esperando a que a mí se me ocurriera algo inteligente que responder a un comentario que decía:
               “Ugh, que deje de intentar ser relevante ya, por favor. ¿Cuándo se va a  dar cuenta de que su carrera lleva muerta desde que se piró de 1d? Nunca entenderé todo el hype que tiene este tío cuando literalmente tiene cara de haber olido una mierda. Todas las que babeáis con los reportajes que le hace sois unas mojabragas que no vais a encontrar trabajo en vuestra vida. En fin, escuchad lo nuevo de Justin Bieber, que eso que es música y no las berridas que pega este tío”.
               Moví el ratón hasta la opción de responder, tecleé en ella y, en la primera cajita que apareció para que introdujera el nombre, puse lo mismo que ponía Taïssa, habitual en estas páginas, para proteger a papá: ZaynDefenzeZquad.
               Empecé a teclear a toda velocidad, llamando clasista, ignorante, maleducada y rencorosa a la tía que había escrito  ese comentario tan nocivo mientras Shasha se reía y me jaleaba. Me fui creciendo y creciendo terminé calificando de gilipollas a semejante tipeja y coronando mi comentario con un:

jueves, 20 de diciembre de 2018

Un dragón sin fuego.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Me sorprendió haber llegado sin descomponerme a mi calle. No era de los que se derrumbaban a la mínima de cambio, cuando un inconveniente se cruzaba en su camino.
               Pero lo de esa mañana no era un inconveniente, era un puto cataclismo.
               Y lo peor de todo era que, muy en el fondo, que Sabrae se hubiera negado a ser mía había hecho que yo me volviera contra mí mismo.
               No me la merecía; desde que había salido de casa lo había tenido muy presente. Ella era demasiado buena para mí, demasiado pura y demasiado perfecta, pero esperaba que en esa bondad estuviera mi redención. Esperaba poder aprovecharme de su deliciosa generosidad para que me diera aquella salvación que necesitaba para ser digno de ella. Estaba decidido a trabajar por mejorar, a que fuera mejor persona cada día que el anterior, pero no que el siguiente; a tratarla como la princesa que era y la reina que algún día llegaría a ser.
               Eso no había sido bastante. Ni lo sería nunca, ni para ella, ni para mí.
               Desde que ella había empezado a hablar, explicándome las nada desdeñables razones por las que no quería que lo nuestro fuera a más (aunque tuvo la delicadeza de maquillarlo diciendo que no quería cambiar la etiqueta aún), yo había sentido que la gravedad que nos había unido de repente nos separaba. Cada uno flotaba en direcciones diferentes, y cuanto más intentáramos juntarnos más lejos terminaríamos enviándonos. No me enorgullecía de cómo había reaccionado a su negativa: que no me la esperase para nada no me daba derecho a ponerme con ella como me puse, pero pude reaccionar a tiempo y recuperar un poco las riendas de un cuerpo y una mente que simplemente ya no me reconocían como dueño, y pedirle disculpas. Pude conservarla un poco a mi lado antes de que se me escurriera entre los dedos.
               Le había pedido que se entregase a mí completamente y lo único que había conseguido era que se desvaneciera ante mis ojos como una figura de humo que se difumina en cuanto tú estiras los dedos para tocarla.
               A pesar de todo lo que me había dicho después, de los besos que había sentido como si estuviera viéndolo en la pantalla de un cine desde la última fila en lugar de como el auténtico protagonista de la trama que era, de que nos habíamos prometido que esto no nos haría nada, yo sabía que no sería así. Sabía que nada sería igual después de aquello.
               Estaba más que dispuesto a dejarme la vida luchando por ella, más que dispuesto a cruzar el infierno aunque fuera por un beso suyo, pero… no sabía cuánto tiempo me duraría aquello. La idea de que Sabrae me creía indigno de ella y que no deseaba pasar por lo que pasaba todo el mundo conmigo terminaría calando en mi interior.
               Llegaría el día en que yo me levantaría y me preguntaría qué sentido tenía todo lo que estábamos haciendo. Por qué me acostaba agotado de tanto pelear contra el mundo entero en una lucha en la que yo me convencería de que estaba solo. Dejaría de verla. Dejaría de sentirla conmigo incluso cuando ella me concediera el privilegio de tenerla entre sus brazos.
               Nada podría convencerme de que ya no la quería, pero el peso del no que Sabrae había colocado en mi espalda terminaría hundiéndome tanto que llegaría un punto en que me querría marchar. No quería marcharme. No quería convencerme de que ella no se merecía que matara a un dragón, o a una docena, o a un centenar.
               No quería dejar de ser su caballero de la brillante armadura, con la espada bien afilada para defenderla siempre que me necesitara, incluso cuando yo sabía que Sabrae jamás me necesitaría en ese sentido.
               No quería que nuestro cuento acabara antes de empezar a escribirlo.
               Lo único que quería era a ella. Todo lo que ella quisiera darme. Todo lo que ella se atreviera a darme. Lo atesoraría como lo que era: lo más valioso que había visto nunca, lo más valioso que había tenido en mi vida.
               Ojalá hubiera visto aquellos libros de poemas en los que mi hermana hundía las narices, los que traían un párrafo por página, escritos en cursiva, que hablaban de cosas tan sencillas que era imposible que no fueran metáforas de los secretos de universo. Ojalá hubiera leído cosas como “escoge una persona que te mire como si fueras magia”. Eso haría que se quedara conmigo sin dudarlo.
               Hasta un ciego vería que yo la miraba así. Que yo la sentía así.
               Le di una patada a una piedra que salió disparada hacia una de las casas de mis vecinos. Por primera vez en mi vida, deseé que se rompiera el cristal de alguna ventana y alguien saliera a gritarme cómo podía ser tan imbécil; necesitaba urgentemente una excusa para poder aparecer en casa como si una nube se hubiera colocado sobre mi cabeza y no dejara de llover sobre mí.
               Llevaba meses en una estación de transición con Sabrae; había descubierto cosas con ella que nadie más podría enseñarme, había sentido cosas que nadie jamás me había hecho sentir, y había escuchado música y visto colores que ninguna otra persona me había mostrado antes. Pensaba que la noche en que la había besado por primera vez, había explotado la primavera.
               Ahora me daba cuenta de que lo que había tenido era el mejor otoño de la historia. El granate lo ponían sus labios cuando se maquillaba; los marrones, su piel; el dorado, su alma, su sonrisa, sus besos y su placer cuando decía mi nombre con nuestros cuerpos unidos.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Catedral.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Todo apuntaba a que la superficie del banco estaba helada. Yo no sabría decirlo. Apenas Alec se había sentado en él, tirando de mí como si la vida le fuera en ello, había puesto todo su empeño en que yo me sentara sobre su regazo. Me había sentado de lado, de forma que mi costado se colocara sobre su pecho en una curiosa forma de T hecha de carne y huesos.
               No había necesitado que me invitara a compensar mi negativa para empezar a besarlo como si no hubiera un mañana. Los talones de mis pies se balanceaban en el banco mientras yo me movía para acoplarme a su boca en los típicos besos que sólo está socialmente aceptado que se den los adolescentes. Ninguna mujer adulta debería besar a un hombre como yo estaba besando a Alec, ni ningún hombre adulto debería corresponder a una mujer como Alec me correspondía a mí.
               Pero nos daba igual. Incluso cuando sentíamos las miradas reprobatorias de los ancianos o de las parejas paseando carricoches a nuestro lado, continuábamos con nuestra fogosidad. No me había dado cuenta de lo mucho que lo había echado de menos hasta que prácticamente me obligué a mí misma a renunciar a él.
               Suerte que él fuera terco como una mula y no fuera a aceptar un no por respuesta con facilidad.
               Una ola gigantesca rompió sobre mi cabeza. No sabía que estaba buceando hasta que me vi arrastrada por la corriente de vuelta a la orilla de la que había estado intentando escapar. Era náufraga en una isla desierta de la que jamás me rescatarían si yo no intentaba alejarme de su costa de arrecifes de coral punzantes, que me arañaban la piel recordándome por qué había llegado hasta allí. Había dudado de él. Aún lo hacía, de hecho.
               Dudaba de nuestro futuro, y más ahora que había renunciado a ese proyecto común que Alec quería construir conmigo. Me sentía tonta y a la vez espabilada, cobarde y al unísono razonablemente prudente. Las cosas podían salir muy bien o muy mal con él. No había espacio para un término medio.
               ¿En qué nos dejaba ahora lo que yo le había dicho? ¿Estaba poniendo toda esa pasión porque quería despedirse? Vale que acababa de decirme que con cualquier cosa de mí le bastaba, pero aquella forma de besar, como si fuera un soldado que se va al frente en plena guerra… no terminaba de descuadrarme un poco.
               Me separé de él en busca de aire. Necesitaba pensar, actividad que me resultaba imposible si tenía su boca sobre la mía. Apoyé una mano en su pecho y él se zambulló en mi cuello. Me besó el mentón y subió por la línea imaginaria que descendía de mi oreja hasta mi omóplato, mordisqueándome la cima. Me hizo cosquillas. Reí entre dientes y le empujé suavemente para que me dejara un poco de espacio. No es que no pudiera pensar con él besándome, es que no podía pensar con él tan cerca, así de simple.
               -¿Qué?-preguntó en tono sonriente, feliz, en el típico tono que tienen las parejas en el día de su aniversario, o cuando acaban de acostarse y disfrutan de esa deliciosa charla postcoital a la que mi padre le había dedicado su primera canción en solitario.
               Me pregunté cuánto tardaría en tener una charla de alcoba con Alec.
               Me pregunté si la tendría en absoluto.
               He visto el dolor, he visto el placer.
               Noté cómo me perdía en sus ojos mientras me abandonaba a la letra de una de las primeras canciones que había escuchado en toda mi vida.
               Nadie más que tú, nadie más que yo, nadie más que nosotros, cuerpos juntos.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Subcampeón.


¡Toca para ir a la lista de caps!

-¿Crees que soy una estúpida por intentar sorprender a un chico que vosotras pensáis que no me merece?-le pregunté a Momo mientras me abrazaba a la almohada. Tras huir corriendo de casa de Taïssa, Momo había venido detrás de mí y me había convencido de que no me fuera a mi casa. Me quedaría en la suya, donde haría que me olvidara del mal trago pasado a base de ponernos moradas a dulces y ver comedias románticas en las que nadie sufría, todas protagonizadas por los chicos de moda del siglo pasado y del nuestro (no hay mal de amores que la cara de Noah Centineo no pueda curarte). Era noche cerrada, las lechuzas ululaban más allá de las ventanas, rebotando sus gorgojos en la casa silenciosa de Momo.
               Habíamos pasado la última media hora tumbadas en su cama, abrazadas, ella dándome mimos y yo aceptándolos como si viviera de ellos. En cierto modo, así lo sentía. Para rematar nuestra sesión de curación espiritual, nos habíamos enzarzado en una guerra de cosquillas que había hecho que me olvidara un poco de todo: de la pelea con Kendra, del silencio cómplice de Taïssa, de la amargura que me producía que Alec no me hubiera llamado.
               Especialmente, de la amargura que me producía que Alec no me hubiera llamado.
               Me había pasado todo el rato que tardamos en hacer la cama (tuvimos que recolocar las sábanas bajeras, porque cuando me hacen cosquillas me revuelvo como gato panza arriba) pensando en él. Había quedado en que me llamaría cuando fuera a recogerme, pero su llamada nunca había llegado. Había mirado varias veces mi móvil, incluso le había pedido a Momo que me llamara con el suyo y con el teléfono fijo de casa, pero nada. Absolutamente nada.
               Había tenido que desconectar las notificaciones de Telegram, donde Kendra había empezado a mandarme infinidad de mensajes para que volviera con ella y con Taïssa y pudiéramos arreglar las cosas. Después de responderle escuetamente que necesitaba estar sola para pensar, le dije que no se preocupara. Que estaba un poco plof, pero no estaba enfadada con ella, y que de verdad apreciaba que se preocupara tanto por mí. Eso indicaba que era una buena amiga, y yo valoraba mucho que fuera sincera conmigo, a pesar de que lo que fuera a decirme pudiera no gustarme, o sobre todo cuando lo que me dijera pudiera no gustarme.
               A pesar de mis palabras conciliadoras, sin embargo, había estado esperando algo muy diferente: que Alec le diera en los morros a Kendra. Que apareciera en casa de Taïssa y preguntara por mí, se sorprendiera cuando no pudiera recogerme a mí sin previo aviso y viniera derecho a preguntar qué había pasado. Yo me inventaría cualquier excusa y me marcharía con él, y le demostraría a Kendra y Taïssa que él no era, ni de lejos, como ellas decían. En el improvisado cine de la habitación de Amoke, rodeada de comida industrial que no había visto nada natural en todo el proceso de su elaboración, y con montañas de bombones rodeándonos, había estado esperando por una señal que jamás llegó.
               A veces el silencio es mucho más ensordecedor que el ruido más absoluto. Y aquella noche, yo tenía los oídos taponados de todo lo que había estado callado mi móvil.
               Casi podía escucharla. La pequeña enfermedad que mis amigas habían inoculado, sin pretenderlo, en mi organismo. Los gemidos de Alec mientras se hundía en Chrissy. Sus jadeos acelerados cuando aumentaba el ritmo. Sus “sí, nena”, cuando cambiabas de ángulo y aumentabas la profundidad. Aquellos sonidos que quería que sólo me pertenecieran a mí, y que había escuchado medio Londres.
               El único que podía acallarlos era Alec, y Alec era precisamente quien estaba subiendo el volumen con cada minuto que pasaba.
               Amoke se me quedó mirando, la funda nórdica con flores en colores pastel doblada en sus manos. La dejó cuidadosamente sobre la cama y se apartó un rizo tras la oreja después de sentarse al borde del colchón. Se frotó las manos y se miró los pies descalzos, que acariciaban la alfombra de color arena.
               -Yo no creo que Alec no te merezca-dijo por fin, levantando la mirada. Dejé la almohada en su lugar y me senté a su lado, con una mano cerca de las suyas que no dudó en coger. Me acarició los nudillos con la yema de sus dedos como si fuera un cachorro de un animal precioso, tragó saliva y continuó-: O más bien sí. Pero… no es personal. Creo que nadie te merece.