martes, 30 de mayo de 2017

Lagunas de Willy Wonka.

Inglaterra era el centro del mundo en un mundo que se olvidaba de nosotros constantemente. Pero eso no significaba que no pudiéramos brillar.
               Papá lo había conseguido. Había puesto el foco de atención en nuestra pequeña isla.
               Y seguían pasándonos cosas aun incluso cuando nos manteníamos en silencio.
               Faltaban unas semanas para que estuviera con Kiara paseando por el centro. Unas semanas para recibir un mensaje de papá diciéndome que fuera a casa. Ya. Derechito. Nada de hacer el tonto. Tenía que regresar inmediatamente.
               Unas semanas para que me preocupara, pesando que había pasado algo. Unas semanas para que me despidiera de K con un beso. Le dijera que la llamaría. Y le contaría qué era aquello que requería mi atención tan urgente.
               Unas semanas para que llegara a casa, con las mejillas coloradas de correr. Abriera la puerta y me diera de bruces con papá. Y me lo quedara mirando un segundo, sin aliento.
               -¿Qué pasa?
               Él se giró, sin decir nada. Y pude ver el salón, lleno de gente.
               Nuestro salón no acostumbraba a estar tan lleno de gente.
               Aunque no fueran ente cualquiera. Cuando los identifiqué, me quedé helado un momento. Tommy, Layla, Diana y Scott se giraron y me miraron al unísono.
               Y lo único que pude decir fue:
               -Ay, dios, ¿se ha muerto alguien?
               Pero para eso faltaba aún.
               Al día siguiente de encontrarme con Aiden en el centro comercial e invitarlo a cenar, me levanté bien por la mañana. Apenas pegué ojo.
               No podía dejar de pensar en aquellos emoticonos. En Aiden mordiéndose el labio mientras escribía. Me gustaba tanto cuando hacía eso…
               Di vueltas y vueltas en la cama, conseguí conciliar un par de horas el sueño. Me desperté con un dolor de barriga tremendo. Los nervios.
               Estaba peor incluso que en nuestra primera cita.
               Hoy hacíamos un mes.
               Y no tenía ni idea de lo que íbamos a hacer. Le había preguntado a Aiden qué planes podríamos preparar. ¿Cine? ¿Ir a comer por ahí? ¿Dar una vuelta?
               ¿Acostarnos?
               Claro que eso último no se lo había dicho.
               Y seguramente hubiera dado igual. La respuesta de Aiden hubiera sido la misma:
               -Déjalo en mis manos, C-sonrió, y yo me derretí. Un poquito. Nada más.
               -Vale-balé. Porque, de verdad, valía todo lo que él dijera. Sus planes serían geniales. Incluso si me ofreciera ir a un laboratorio y contemplar el proceso de fotosíntesis de un protozoo durante varias horas, me seguiría pareciendo el mejor plan del mundo.
               Así que, harto de dar vueltas en la cama, me levanté por fin cuando mi teléfono marcaba las 8. Fui a desayunar. Tardé 45 minutos en tomar la primera cucharada de unos cereales ya reblandecidos. Y otros 15 minutos en tomar la segunda. Mamá se levantó. Vino a verme. Vio cómo estaba y me sugirió tomarme algo. Me preparó una tila. Que yo no me tomé. Me fui derecho a la ducha.
               Me pasé allí una hora.
               Y, cuando acabé, me senté delante del ordenador, el pelo aún húmedo. Me puse una serie al azar. No la había visto en mi vida, y era un capítulo de los de mitad de temporada. No me importó. Me enteré de lo mismo que me habría enterado si hubiera escogido alguna de las que seguía.
               O sea, de nada.
               Mi nerviosismo no me permitía concentrarme en nada que requiriera un mínimo de atención. Si me fijaba en la pantalla durante un segundo, siempre había algún chico en primer plano. De ojos marrones, la mayor parte del tiempo.
               Marrones como los de Aiden.
               Y yo me ponía fatal. Me echaba a temblar, esperando que mi móvil sonara. Recibir un mensaje de Aiden y que él me dijera que no podía quedar hoy. Que lo sentía. Que me lo compensaría.
               O peor: que todo había sido una coña. Una apuesta entre sus amigos. Que no quería romperme el corazón, que parecía buen chico. Pero el dinero era el dinero.
               Nada de esto sucedió.
               Ni sucedería nunca. Porque Aiden era un sol. Un dulce bizcocho en una tienda llena de artículos de dietética. Una barrita de chocolate entre un millón de barritas de arroz. Palomitas de maíz en la cola del cine.
               Las gotitas de un helado sabor fresa que se deslizaban por el cono hasta tus dedos en un día de verano.
               Mi móvil vibró y a mí me dio un vuelco el corazón. Lo levanté con mano temblorosa, tanto, que me costó leer el nombre del remitente.
               Kiara.
               -¿Me vas a mandar una foto de lo que tienes pensado ponerte, o te tengo que ir a ver?
               Me quedé mirando el teléfono, sin entender.
               Mierda. Mierda, mierda, mierda. Mierda. No había pensado qué me iba a poner.
               Me levanté de un brinco y abrí el armario. Lo vacié, literalmente. Saqué las camisas que tenía, y me descubrí revolviendo en busca de una en particular.
               Una que estaba en casa de papá.
               Y me entraron ganas de echarme a llorar.
               Mi móvil siguió vibrando. Kiara cambió de aplicación para hacer que sus mensajes hicieran ruido. Y que yo contestara. Y lo hice. Desbloqueé a la tercera vez, antes de que el teléfono se pusiera en modo “peligro”, y escribí como buenamente pude:
               -No tengo nada-y otro vuelco al estómago.
               -Menos mal que me tienes a mí-respondió, rauda y veloz-. Ven a abrirme.
               -¿Qué?
               -No quiero llamar al timbre, no sé si tu madre está durmiendo. Ven a abrirme-respondió, paciente. Corrí hacia la puerta de la calle. La abrí de par en par.
               Y Kiara me sonrió.
               No me la merecía. Jamás lo haría.

viernes, 26 de mayo de 2017

S a b r a e: la novela completa.

Aquí tienes los enlaces a los capítulos disponibles de Sabrae, mi última historia (la cuarta, ¡¿te lo puedes creer?!), los cuales iré subiendo el día 23 de cada mes, hasta que termine Chasing the Stars (o hasta que Chasing the Stars termine conmigo, no se sabe qué acabará sucediendo).
Si quieres que te avise por Twitter cada vez que suba un capítulo, no dudes en pedírmelo, ¡adoro avisar a gente, y cuantos más seamos, con más ganas aún escribiré! Puedes hacerlo bien dejándome un comentario con tu usuario, o bien dándole fav a este tweet.

Capítulo 1: Pizquita.
Capítulo 2: Cazanubes.
Capítulo 3: Caramelito.
Capítulo 4: Flor.
Capítulo 5: Fuegos artificiales.
Capítulo 6: Zaddy.
Capítulo 7: Shasha.
Capítulo 8: Rocher.
Capítulo 9: Mamá.
Capítulo 10: Elegida.

martes, 23 de mayo de 2017

Cazanubes.

No sé qué es la suerte. Tardaré mucho en aprender a definirla. Pero, desde mi segundo día en mi nueva vida, sé perfectamente lo que es.
               Suerte soy yo.
               Suerte es que me despierten dándome besitos.
               Suerte son las palmaditas en la tripa de mamá.
               Suerte es la sonrisa de mi hermano cuando clavo los ojos en él.
               Y suerte es la mirada de papá, mirándonos a los tres a su lado en la cama. Creo que no puede creerse la suerte que tiene. Yo sí que no puedo creérmela.
               Scott me pasa un brazo por debajo del cuerpo, me levanta suavemente y me estrecha contra sí. Está calentito. Su pijama es suave. Me gusta muchísimo que me abrace.
               Suerte son los abrazos de Scott.
               Quiero despertarme todos los días así. Mamá me da un beso en la cabeza.
               -Buenos días, mis niños-celebra. Me encanta la voz de mamá. Me pasaría escuchándola horas. Papá se inclina y le da un beso en los labios. Luego, hace lo mismo que ha hecho ella. Su beso pincha. Rasca un poco. Es sorprendente, pero me acostumbraré. Quiero acostumbrarme. Sé que lo haré.
               Me gustan los besos de papá.
               -¿Habéis dormido bien?-pregunta. Quiero decirle que sí. Esa cama es mil veces mejor que mi cestita. No es que mi cestita esté mal. Pero la cama está mejor. Me gusta tener algo que se mueve a mi lado. Y que me dé calor.
               Y no destaparme.
               Sobre todo, no destaparme.
               -Genial-dice Scott, y me mira y me da otro achuchón-. Me he despertado varias veces, ¿sabéis? No me podía creer que la tuviéramos aquí. Es tan bonita que parece de mentira-añade, y vuelta a espachurrarme. Creo que piensa que soy una frutita, y quiere hacer conmigo un zumo.
               Me pregunto qué fruta seré. Si sabré bien. Si le gustaré a Scott.
               ¿Qué fruta será Scott? ¿Y papá? ¿Y mamá? Mamá seguro que es la mejor fruta de todas. La más bonita y la más rica.
               Me muero por comer fruta. Es fascinante.
               -Me pasa lo mismo, cariño-replica mamá. Estira la mano y le toca el pelo a Scott. Tiene una mata negra deliciosa. Se parece al de mamá. Quiero hundir las manitas en su pelo y que me trague entera, y quedarme a vivir en él. Estiro el brazo, pero no llego. Scott me pone el dedo a tiro y yo me aferro a él. Scott abre los ojos y se echa a reír. Me da otro beso.
               Me quiere mucho.
               Y yo a él.
               Aunque piense que soy una frutita a la que exprimirle el zumo.
               -Venga, S. Hay que vestirse, para ir al cole-dice papá, dándole una palmada en el culo.
               El humor de mi hermano cambia rápidamente. Su expresión se convierte en susto. Abre los ojos y observa a nuestros padres, incrédulo.
               -¿Tengo que ir al cole?-casi grita. Me asusta un poco. No me lo esperaba.
               No me gusta que me asuste. Mi cuerpo se olvida de funcionar un momento, y luego se acelera. No quiero que lo haga más.
               -Claro, ¿qué esperabas? Además, le dijiste a Tommy que le hablarías de Sabrae.
               -Me refería a por la tarde, cuando venga a comer.
               -Pues no. Le hablas esta mañana, cuando lo veas-sentencia mamá, firme.
               -Pero… ¡mamá!-protesta Scott, y me pega contra él. Siento la desesperación en su abrazo. Me aferra como si no quisiera soltarme jamás.
               Oh, no, ¿van a llevarme otra vez a la cesta? ¿He hecho algo mal? ¿Se han cansado de mí? No quiero irme de nuevo a la cesta. Quiero quedarme con ellos. Me portaré mejor, lo prometo.
               Me echo a llorar. Y papá y mamá clavan los ojos en mí mientras Scott también se pone triste.
               -¡Ves! ¡Sabrae no quiere que me vaya! ¡No quiero ir al cole, quiero quedarme y jugar con Sabrae!
               -Tienes que ir al cole, Scott-dice papá. Mamá estira los brazos en mi dirección, pero Scott se aparta, me agarra bien la cabeza (¡ajá! ¡ahora has aprendido!) y me pega a su cuerpo.
               -Dame a Sabrae, Scott.
               -No-dice él.
               -Scott-exige mamá-. ¿Quieres que me enfade? Dame a tu hermana. Tengo que darle de comer. Tiene hambre-explica mamá. Scott me mira, y yo no paro de llorar. Pero me relajo un poco, eso sí. Si fuera una tormenta, amainaría.
               Y dejo de llover totalmente cuando Scott me entrega a mamá y mamá me acuna. No creo que ella sea capaz de dejarme. Alza las cejas, sorprendida por mi silencio. Vale, no se esperaba eso.
               -¿Qué pasa, mi amor?-dice-. ¿Me echabas de menos?-me toca la nariz, y yo sonrío. Y mamá también.
               Creo que me estoy enamorando de mamá.
               De verdad que no quiero que me devuelva a la cesta. Quiero que me sostenga siempre, siempre.

jueves, 18 de mayo de 2017

Cocoa King.

-¿Cuándo vemos a Zoe?-preguntó una voz infantil en el piso de abajo. Me revolví en la cama. ¿Qué hora era? ¿Cómo había llegado hasta allí? Oh, dios, me dolía muchísimo la cabeza. Y la tripa. ¿Estaba enferma?
               -Yo ya la he visto-replicó otra voz, una que había escuchado todos los días desde mi mudanza. Astrid. Descodificar una voz me sirvió para identificar la otra: Duna.
               -¿Habla gracioso? ¿Como Diana?
               -No hables así de Diana-se quejó Ash-, que es mi hermana legal.
               -Se dice “política”, Ash-corrigió su madre, cuya voz se vio encuadrada por unos pasos que se alejaban.
               -Eso también. Pues eso, que no te metas con Diana. La pobre no tiene la culpa de ser americana.
               -Yaaaaa, pero, ¿Zoe habla como ella?
               -Zoe es muy graciosa. Y tiene muchas, muchas pecas. Como… ¡así de pecas!
               -¡Hala! Son un montón.
               -Pues sí. ¿Se las intentamos contar?
               -¡Vale!
               Las niñas empezaron a saltar debajo de nosotras. Consiguieron enganchar la cuerda de la trampilla y tiraron con todas sus fuerzas hasta que la puerta se abrió y un haz de dolorosa luz penetró en la habitación. Zoe se encogió a mi lado, y yo me pegué instintivamente a ella.
               Duna escaló antes que Astrid, gateó despacio y en silencio hasta el borde de la cama y levantó la colcha. Se había equivocado, estaba de mi lado. Chasqueó la lengua y le hizo señas a Ash para que fuera por el otro lado. Mientras Astrid se acercaba a Zoe, Duna me tapó la cara y me acarició la cabeza como lo haría con un perrito, o con un bebé al que no quiere que le dé un constipado. Astrid tropezó con algo de ropa que habíamos dejado por ahí tirada, pisó unos pendientes y se oyó un crujido.
               Zoe abrió los ojos, sorprendida, y me miró con la alarma pintada en ellos. Yo parpadeé y me llevé el índice a los labios. Frunció el ceño un segundo y aguzó el oído.
               -Las pequeñas-expliqué en silencio, volviendo a vocalizar. Zoe alzó las cejas, comprendiendo, y asintió despacio con la cabeza. Esperó pacientemente a que las niñas llegaran a nuestro lado. Astrid agarró con la mano la colcha, y antes de que pudiera hacer ningún otro movimiento, Zoe se abalanzó sobre ella y le lanzó la colcha encima, encerrándola en un saco mientras yo me lanzaba a por Duna, la agarraba de la cintura y tiraba para meterla en el mismo sitio que Ash. Las dos niñas se pusieron a chillar; ayudé a Zoe a levantar el inmenso bulto gritón y tembloroso en que se habían convertido y las depositamos sobre la cama. Metimos las manos en los huecos de la manta y nos dispusimos a hacerles cosquillas a las niñas, que pasaron de gritar que las soltáramos a que parásemos, y a reírse a carcajadas.
               Era tal el escándalo que montamos, que los hermanos mayores vinieron a salvar a las pequeñas. Tommy fue el primero en asomar la cabeza, con su glorioso pecho al descubierto, el pelo revuelto y los ojos aún brillantes de sueño. Mm, me apetecía hacerle una visita a su habitación.
               Pero oh, mierda, estaba con la regla. Y, encima, Zoe estaba aquí. No podía desperdiciar su tiempo en Inglaterra montando a mi inglés.
               -Hola-saludé sin aliento, apartándome la melena de la cara y mirándolo. Tommy asintió con la cabeza, impresionado de que hubiéramos cazado a las niñas con las manos en la masa. No dijo nada: eso le tocó a Scott, que apareció medio minuto después que él, colocándose una camiseta al revés.
               -¿Qué les estáis haciendo?
               -¡Scott! ¡Socorro!-pidió Duna, pero una dosis de cosquillas de mi mejor amiga la dejó KO antes de que pudiera seguir delatando su posición. Tommy se cruzó de brazos y se volvió hacia él.
               -¿De dónde vienes tú?
               Scott le dedicó su mejor sonrisa de Seductor™.
               -¿Y esa traición?-gruñó Tommy-. Me voy a poner celoso, habíamos quedado en que, cuando vinieras a dormir a mi casa por mí, dormirías conmigo, no con ella.
               -No te piques, T, sabes que mi corazón es sólo tuyo-Scott le plantó un beso en la mejilla, pero Tommy no se ablandó.
               -No me toques, Judas.
               -Claro, como ahora tienes a Diana para consolarte... Menos mal que yo puedo apoyarme en Eleanor.
               -Y lo que no es apoyarte-añadí, guiñando un ojo.
               -Como veo que no me necesitáis aquí, voy a volver a su habitación. Mi chica me espera-le dio una palmada a Tommy en el omóplato y se giró sobre sus talones, ya dispuesto a volver con Eleanor.
               -¿Quiere a alguien a quien querer? ¿Que la abrace?
               Scott se volvió hacia él con la mirada ennegrecida.
               -¿Qué acabas de decir?
               -She wants somebody to love in the right way-empezó a cantar Tommy, y Scott lo empujó y salieron corriendo escaleras abajo, Tommy cantando She, de Zayn, y Scott detrás intentando zurrarle para que se callara.
               Zoe dejó tranquilas a las niñas y se puso a escuchar a T cantando. Sonrió, oyendo cómo entonaba aun a pesar de que tenía que reservar fuerzas y capacidad pulmonar para su huida.
               Duna se la quedó mirando, insegura de cómo proceder a contarle las pecas. Ash la cogió de la mano y negó con la cabeza: éramos demasiado duras de roer como para ir de frente, lo mejor sería ir por sorpresa. Les pedí un beso de buenos días, me lo dieron, le dieron a Zoe otro, porque les dijo que se ponía celosa, y se marcharon.
               -Qué ricas-comentó.
               -¿Como sus hermanos?-la piqué. Zoe me dio un empujón y se echó a reír, se me puso encima antes de que yo pudiera escaparme.

lunes, 15 de mayo de 2017

Terivision: The giver.

¡Hola, delicia! Hace un montón de tiempo que no escribo sobre películas, así que hoy he decidido traerte la reseña de una que vi esta semana. Se trata de:


The Giver. El la versión cinematográfica de la novela con el mismo nombre, traducida al español como El dador. Ésta es la historia de Jonas, un joven que llega a la edad en que se le asignará el trabajo que desempeñará durante toda su vida, y, en la ceremonia de la selección, se la asigna un misterioso y exclusivo trabajo, el más importante de su sociedad: será receptor de recuerdos.
No quiero contarte mucho más de la trama para no estropearte la película, pero sí que recalcaré una cosa: a pesar de que se trata de una película de futuro distópico (una de muchas, pensarás), no se parece en nada a ninguna otra que haya visto (y mira que estoy bastante versada en el tema). Tiene unos ciertos aires a Divergente, debido a la ceremonia en la que se asigna el destino a cada persona, pero, a la vez, es todo lo contrario a ese mundo: lejos de dividirse en facciones, la sociedad en la que vive Jonas trabaja codo con codo para la mejor unidad y supervivencia. Puede que el destino esté escrito y sellado, pero no existe la separación que hay en las películas protagonizadas por Shailene Woodley.
Por otro lado, podría haber una cierta similitud con Delirium, saga que aún no he leído pero que sé más o menos de qué va: también es un mundo sin sentimientos, pero aquí, no son extirpados al llegar a cierta edad: con una simple inyección matutina, las personas pierden sus sentimientos y se vuelven seres prácticamente robóticos, guiados por la lógica y el bienestar de su comunidad.
He de decir que la noche en que vi la película no tenía planeado hacerlo: se me hizo un poco tarde y no quería ver ninguna de más de una hora y media. Me metí en mi lista de pendientes y elegí esta fundamentalmente porque en ella participa Dios hecho mujer: Meryl Streep. Me apetecía verla trabajar, y, como ya había decidido hacía tiempo verla, me animé a ello.
Y me sorprendió muchísimo.
Partimos de la base de que marqué la película como pendiente fundamentalmente por el protagonista, Brenton Thwaites, una cara nueva que aparecerá en Piratas del Caribe 5. No tenía grandes expectativas de ella por el poco bombo que se le dio: el mero hecho de que un chico al que yo no conocía de nada trabajara con titantes del cine del calibre de Meryl me hizo asumir automáticamente que a) su interpretación iba a ser mala, tirando a pésima y b) la película en sí iba a ser mala, tirando a pésima.
Y no fue así para nada.
La interpretación de Brenton no es de Oscar ni mucho menos. Tampoco la de Meryl, la he visto mucho mejor en otros lugares, evidentemente. Eso no quita, no obstante, de que los dos estén más que correctos en su papel. Diría que incluso se sienten cómodos y le aportan bastante al personaje: Breton es Jonas, el protagonista, que se encuentra con la posibilidad inédita de poder hacer preguntas y saltarse las normas en una sociedad absolutamente obsesionada con ellas. Nunca ha sido un chico normal, siempre ha experimentado sensaciones que sus amigos no habían vivido, y en esta película consigue transmitir ese momento de liberación, tanto sentimental como vital, que experimenta cuando se la asigna el papel de receptor de recuerdos. Meryl, por otro lado, interpreta a la “mala” de la película, la Anciana Mayor, una suerte de alcaldesa de la ciudad en la que vive que ha de velar por el buen funcionamiento y estabilidad del sistema establecido. Meryl no lo borda (es un papel bastante plano, a mi modo de ver), pero tampoco decepciona.
Luego tenemos la trama de la historia: me ha parecido un soplo de aire fresco aunque puede, a la vez, catalogarse como más de lo mismo. Chico joven descubre que es especial, se rebela contra lo establecido, intenta cambiar su sociedad. Pero, a la vez, los tintes reflexivos, la crítica que se hace al desconocimiento del pasado en una sociedad que no dista tanto de la nuestra en el sentido del poco interés que hay por lo sucedido anteriormente y las barbaridades que tenemos que ver todos los días en el telediario, hace que tengas la impresión de que no has visto nunca nada semejante. Y es que no es así.
Por otro lado, la forma en que la película está hecha es preciosa. El guión es bastante simple, tengo la sensación de que incluso se concibió la película para ser parte de una saga que finalmente se quedó en una anécdota, pues se dejan muchas cosas abiertas que, supongo, se cerrarán en los libros. Pero el juego con los colores, lo visual que es la película, te encantará: los ancianos, dirigentes de la sociedad, han creado la igualdad hasta el punto de que han llegado a erradicar los colores. Todo esto se hace para evitar envidias y demás malos pensamientos que se supone que vienen de las diferencias, y para conseguir superar trastornos del pasado. A medida que avanza la película, nuestro protagonista va descubriendo los colores, la música… en fin, el mundo, las diferencias. Y la forma que tiene el director demostrarlo, cambiando los colores dependiendo de si vemos las cosas desde el punto de vista de Jonas o no, me ha parecido genial.
Lo mejor: esta es una película de amor, pero no es una película de amor romántica o a una determinada persona: es amor por el mundo, la historia, lo que la humanidad es (o su ideal), y por las segundas oportunidades.
Lo peor: los personajes, al margen de Jonas, parecen bastante planos, con excepción del Dador. No hay mucho trasfondo a sus acciones ni explicación: hacen lo que hacen porque sí, y punto.
La molécula efervescente: sonará raro, pero es Brenton Thwaites. Me ha encantado descubrir a un actor así, que encima le puede prestar perfectamente la cara a Alec, uno de los perosnajes de mi novela. Cada vez que él sonreía o alzaba las cejas, no veía a Jonas: veía a Al.
Grado cósmico: Estrella galáctica. {4.5/5}.
¿Y tú? ¿Has visto la película? Si es así, no dudes en dejarme un comentario contándome qué te pareció. Nos leemos pronto, espero.

jueves, 11 de mayo de 2017

Las ventajas de ser americana.

Tengo una buena y una mala noticia que darte antes de que empieces a leer: la mala es que no voy a poder escribir todo lo que me gustaría, y este sábado no habrá capítulo; a mediados de la semana que viene subiré el siguiente, cuando no tenga mucho agobio por los exámenes.
Y la buena noticia:
¡Chasing the stars está disponible en Wattpad! Te agradecería que la votaras y la compartieras en esa plataforma, y que, si te apetece, dejes comentarios. No me voy a ir de Blogger, pero quiero explorar otros horizontes.
Y... ¡eso  es todo, por ahora! ¡Nos vemos en una semana! 😊


A nuestros ingleses les sorprendió la energía que manaba del cuerpo de mi mejor amiga como si de una fuente de la eterna juventud se tratara.
               Zoe había posado por medio Londres y me había hecho posar a mí, siguiendo con nuestra tradición de hacernos un millón de fotos cada vez que salíamos juntas de nuestra Nueva York natal. Nuestras redes sociales echarían humo esa noche, cuando llegáramos a casa, nos pusiéramos el pijama y nos metiéramos en la cama a subir fotos tan bien hechas que cualquiera diría que habíamos hecho veinte por cada una que subíamos, y todo con un equipo de fotografía al completo preparado para corregir nuestras imperfecciones.
               Porque yo le había metido caña a Zoe, y ella me la había metido a mí. Le pregunté qué sitios quería ver, y ella me respondió que se había informado: se sacó del inmenso bolso una guía turística plagada de pegatinas, marcadores y anotaciones, y me la entregó.
               -Creo-Tommy se rascó la cabeza, observando todos los lugares a los que mi niña quería que la llevaran- que sería una buena idea coger la Oyster.
               -O aprender a teletransportarnos-aportó Scott, recogiendo la guía que les tendí y echando un vistazo a los sitios que Zoe quería visitar.
               -La mitad de estos lugares…-empezó Tommy.
               -No los hemos visto en la vida-terminó Scott, y los ingleses se miraron un momento. Zoe se mordió el labio, divertida, y contempló con entusiasmo cómo los chicos se ponían nerviosos. No nos daría tiempo de hacer todo lo que Z quería.
               Ésa era la idea.
               Yo también me los quedé mirando, más agradecida por tener una excusa de poder clavar la vista en el cuello de Tommy y observar embobada cómo se le movía la nuez de Adán a medida que discutía con Scott sobre la mejor ruta, la más eficiente, que porque me interesara el plan que estaban trazando.
               Se volvieron hacia nosotras, miraron a Zoe.
               -Me parece-empezó Tommy, cauteloso. Sabía que me había puesto muy nerviosa el pensar que no le pudiera gustar a Zoe, y no quería estropear unas buenas vibraciones no concediéndole a mi amiga todos sus caprichos- que vamos a necesitar varios días de turismo intensivo. Y la ropa que lleváis no es muy cómoda.
               Zoe se miró la minifalda, yo me contemplé los vaqueros.
               -Estamos bien-dije. Tommy me miró.
               -Lleváis tacones.
               -Son plataformas-discutí.
               -¿Qué pasa? ¿Tenéis miedo de no seguirnos el ritmo?
               Scott dejó escapar una risa entre dientes.
               -¿Estáis seguras de que no sois hermanas?
               -¿Tenemos que ir a todos estos sitios-Tommy agitó la mano-, porque sí? ¿No hay ninguno que te apetezca visitar más que otro? ¿No tienes alguna especie de…?
               -¿Jerarquía?-ayudó Scott, y Tommy asintió, y los dos se cruzaron de brazos, y las dos nos quedamos mirando el tamaño de sus bíceps.
               -Eh… ¿chicas?-había intervenido mi inglés después de un rato. Zoe le quitó la guía y les dijo que podían llevarnos a donde les diera la gana, siempre y cuando visitáramos un cuarto del librito ese día, y, además, termináramos en la cama.
               Con ellos debajo, a poder ser.
               Y eso hizo que se crecieran un montón, que nos llevaran por calles por las que Tommy no me había llevado nunca, que cogiéramos atajos, que corriéramos para pillar el metro antes de que se fuera… estaban intentando cansarnos, conseguir que no nos rebeláramos porque no iban a cumplir las condiciones de su contrato.
               Por eso no podían creerse que Zoe accediera tan rápido a ir de fiesta esa noche. Sospechaba que Scott y Tommy no se lo perderían ni aunque nosotras decidiéramos quedarnos en casa, puede que hasta aprovecharan para decir que así nos dejarían solas, que tendríamos mucho de qué hablar, y todos esos rollos que se montan los tíos cuando se piensan que son el centro del universo femenino. Lo cierto es que, si nos hubiéramos quedado en casa, probablemente nos hubiéramos hinchado a comida basura y drogas, mientras veíamos pelis hasta que saliera el sol.
               Zoe ya dijo que por supuesto que les acompañaríamos de fiesta. Y, cuando preguntó si íbamos a conocer a los amigos de sus anfitriones, un chute de adrenalina la recorrió de la cabeza a los pies.
               Revolvió en su maleta hasta encontrar el vestido que quería: uno de tejido grueso y textura suave con una falda que apenas te bajaba dos dedos de los muslos y un escote con cordones, para que lo ajustaras como quisieras, por si decidías ir a un entierro, o más bien a matar. Me cogió prestadas las botas de tacón hasta la rodilla, de filigrana dorada, y empezó a cepillarse el pelo a conciencia.
               -Cuidado, zorrita, no vayas a romperle el corazón a alguien esta noche y te lo termines llevando de recuerdo a Nueva York-me burlé mientras Z se ondulaba el pelo con los dedos y un spray que hacía que le oliese a bosque en invierno, justo después de que caiga una nevada. Me encantaba ese olor.
               -Mira que eres egoísta, los quieres todos para ti, aunque te hayas vuelto aburridamente monógama-lloriqueó, y yo me eché a reír, le di un empujón con la cadera y le quité el spray. Yo también quería que me oliera el pelo a bosque (aunque no conseguía salir de la macedonia de vacaciones en Grecia), pero, sobre todo, yo también quería esas ondas en mi melena rubia.  Z se pintó los labios mientras yo me arreglaba el pelo, y me tendió el resto de cosméticos para que la maquillara. Yo era la mejor de las dos, para algo vivía con varias capas de maquillaje más de dos tercios de mi vida, mientras estaba trabajando.
               Y siempre se te quedaba algo.
               Fuimos hasta la habitación de Tommy; él se había cambiado de la camiseta de por la tarde a una camisa azul celeste con los dos botones superiores desabrochados de tal manera que me apeteció empujar a Zoe fuera, cerrar la puerta, echar un pestillo que no existía y abalanzarme sobre él.
               Mi inglés apartó la vista de su móvil y lanzó un largo silbido. Normalmente, me ofendería que un tío se me pusiera en ese plan, pero estaba tan contenta de que la presencia a mi lado fuera la de Z, que ni me inmuté.
               -¿Scott no viene?-se lamentó mi amiga, al constatar que Tommy estaba solo en su habitación. Tommy dejó de anudarse los cordones un momento.
               -¿No te basto yo, Z?
               -Es que Didi es muy posesiva-se quejó, llevándose una mano a la frente en un gesto trágico, víbora del infierno-, aunque mis fuentes me dicen que vale la pena correr el riesgo contigo.
               Tommy se echó a reír y prefirió no contestar a esa provocación. Sí, por la cuenta que le traía, estaba mejor evadiendo el tema.
               -Está intimando-dijo por fin, aguantándose la risa.
               -Vaya, ¿crees que quiere compañía?
               -Ya la tiene-respondió Tommy, encogiéndose de hombros-. Aunque, por probar, que no te falte, Z-añadió. Yo sonreí, feliz de que ya se tomaran las confianzas de llamarse por sus iniciales.
               Y Zoe también lo hizo, probablemente fantaseando con cómo tenía pensado terminar la noche. Incluso me había preguntado si a mí me importaría dormir con Tommy si decidía traerse a un tío a casa.
               -No puedo irme a la suya-dijo mientras se ponía las botas-, porque luego no sabría volver, y, ¿quién sabe qué clase de psicópatas hay en el Viejo Mundo? Mira lo que te han hecho, rubita.
               -No tienes vergüenza-la reñí, riéndome.
               -A ver-protestó-, que si te molesta, pues me lo tiro en cualquier baño. Pero ya que tienes esta cama tan grande y mullidita-acarició con lascivia la cama, alzando las cejas. Y yo me tuve que reír. Claro que le dejaría mi cama. Joder, incluso le prestaría a Tommy, si me ponía ojitos y me lo pedía de buenas maneras.
               Quizá, si él se portaba bien, Zoe ni siquiera tuviera que ponerme ojitos.

viernes, 5 de mayo de 2017

Terivision: Calendar Girl.


¡Hola, mis delicias! Vuelvo a traeros mi opinión sobre un libro que he leído recientemente (bueno, más o menos). Se trata de:
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Calendar Girl. Es una saga de cuatro libros escrita por Audrey Carlan, que ha aparecido en todas las librerías del mundo y a la que venden como "tu próxima obsesión".
La obsesión será por cómo se trata el sexo, que ni aun así es novedoso.
Calendar Girl trata la historia de Mia, una chica de 24 años que, debido a las deudas contraídas por su padre, se ve obligada a aceptar un trabajo como scort en la agencia que dirige su tía. Hasta ahí, todo bien, y la verdad es que la historia promete. La idea en sí da muchísimo juego y puede mostrarte una vida de la que, por lo menos yo, no tenía ni idea hasta que me crucé con el libro.
He de decir que sigo igual desde que lo leí.
Mia empieza hablando (ella es la narradora, en primera persona) de su historia con los tíos: todos con los que ha estado han sido unos cerdos que no han sabido tratarla bien, unos capullos integrales (vamos, los típicos con los que se suelen relacionar las protagonistas de novelas, porque parece que para ser narradora en un libro tienes que ser una desgraciada en el amor), se nos presenta con chulería y con un vocabulario que me hace pensar que tiene más 15 años que 24, aunque puede que eso sea cosa de la traducción. El caso es que ella va de dura por la vida, de que no va a dejar que ningún hombre la arrastre a ningún pozo, pues todo lo malo qu le ha ocurrido viene, literalmente, de algun individuo del sexo contrario...
... y a las 30 páginas empieza a enamorarse de Wes, su prmier cliente.
Pasa el tiemop y la relación con Wes no deja de mejorar: folla que da gusto y le ofrece a Mia una vida que le encanta, al menos durante un mes.
Después, Mia debe marcharse y continuar con sus trabajos de scort. En febrero, conoce a Alec, un artista francés con el que también se dedica a follar todo lo que puede (ole ella, sí señora), intentando olvidar que echa de menos a Wes, al que conoce de dos días (ahí ya no tan ole ella). Se acaba el mes y debe pasar a otro trabajo, como novia de pega de un jugador de béisbol cuya reputación está por los suelos.
Los meses siguen pasando, la relación de Mia y Wes continúa siendo un quiero-y-no-puedo hasta que, finalmente, nuestros apasionados protagonistas se declaran amor eterno y deciden empezar una relación seria.
Todo eso acaba con la libertad de Mia, que se ha dedicado a viajar por todo el país, teniendo un sexo más que satisfactorio con varios hombres y atesorando nuevas experiencias.
El libro pintaba bien en sí, cuando no sabía de qué iba a ir. Lo cierto es que me enganchó bastante el primer tomo, por la forma de tratar el sexo de Mia, lo explícita que es y lo lanzada y segura de sí misma que parecía (aunque la seguridad se va un poco al traste en el mes de febrero, donde vemos un lado un poco más sensible que también se agradece), pero a partir del segundo libro, la cosa se vuelve tremendamente  aburrida.  Después de hacer de novia falsa para un empresario gay, y también de un jugador de béisbol que necesita urgentemente un lavado de imagen (o alguien que le quiera, lo cual viene a ser, misteriosamente, lo mismo), Mia pasa de ser la chica despreocupada en que había decidido convertirse para estar todo el día comiéndose la cabeza con lo que Wes estará haciendo al otro lado del país. Toda la independencia de la que se jactaba en las primeras páginas desaparece a los pocos meses. Entiendo que puedas enamorarte y hasta cierto punto la percepción que tienes del mundo pueda cambiar, pero no que directamente pases a ser otra persona…

… o que, directamente, un personaje sea tan plano. Porque no os equivoquéis, Mia es el personaje más plano y que peor me cae de todos los que he leído en mi vida. No sólo su historia es  repetitiva en sí: es que sus experiencias, razonamientos, en fin, todo termina siendo más de lo que has leído con anterioridad. El único cambio que ves en la novela se sucede en el mes de Junio, pero incluso después de los acontecimientos que pasan en ese momento, cuando la novela ya va cogiendo como rumbo y deja de dar tumbos, lo que le pasa a Mia al final SIEMPRE se  reduce a lo mismo: está en apuros, y un hombre la salva.
Me entristecía muchísimo ver cómo un personaje que en apariencia quería hacer las cosas por sí misma y no permitía que los demás la ayudaran acabara recibiendo ayuda y teniendo lso problemas resueltos a manos de otros. Otros, y no otras, pues Mia termina siendo la damisela en apuros  de las que se ríe en numerosos momentos.
Al margen de la repetitividad de la historia, se nota mucho según vas leyendo que la autora ha ido escribiendo sin tener mucha idea de lo que iba a suceder en el mes siguiente. Lo ves tanto por lo que he dicho antes, de que hay meses calcados unos de otros, como si se ubiera cambiado la ciudad y el hombre con el que Mia está, como porque la historia no va a ninguna parte. No hay conexión entre lo que sucede en Enero con lo de Junio, más que Wes. Todo se reduce al hombre que tiene a Mia encandilada: por lo demás, se aprecia perfectamente que las historias están escritas porque sí, que hay cosas que no van a ninguna parte, que no hay un intento de dotar a los personajes de un trasfondo, que lo único que se quiere es llenar páginas para sacar otro tomo y llevárselo calentito. Lo peor llega cuando estás terminando (por fin) la serie, cuando la autora se da cuenta de que le quedan agujeros por tapar, y empieza a lanzarte todo tipo de información y cierres a las historias abiertas a una velocidad tan frenética que lo único que consigue es que quieras dejar el libro, porque venga ya, eso es una tomadura de pelo. Pero tú sigues, porque si has aguantado once meses de una gilipollez tras otra,  bien puedes aguantar otro. Es un poco lo que me sucede como con Pequeñas Mentirosas: me muero de ganas de que todo se acabe para poder ponerle un tres a la serie porque se está n riendo de mí en mi cara, pero no quiero dejarlo en los últimos capítulos porque habría malgastado los años invertidos en ella.
Porque oh, sí, el tiempo invertido en Calendar Girl, en principio te parecerá bien invertido. Y puede que tengas razón, si no has leído mucha novela erótica y te apetece que una protagonista sea explícita, como Mia lo es. Mia es explícita, es soez, no tiene tapujos a la hora del placer, y creo que eso es lo único que me ha gustado de ella. Te describe el sexo como lo haría alguien que no tiene que mostrar rechazo hacia él: te lo describe como un tío,  al que se le aplauden los triunfos, y no como se nos obliga a hacerlo a las chicas. Pero, una vez avances en la historia y descubras que todo es más de lo mismo y que no hay novedad en cuanto a lo que Mia hace o le hacen, empezará a parecerte un tostón. Y leerás por inercia. Por acabar, no porque te interese lo que sigue, porque ya sabes lo que sigue.
Además, la misoginia de este libro es la hostia. O sea, tela. Mia es una mujer florero, literalmente vive de eso, pero a la vez critica a las esposas de los trabajadores de Hollywood que están en su misma situación, sólo que sin recibir un salario mes a mes, sino simplemente mantenimiento. Mia es prostituta (por mucho que ella se intente convencer de que no); le pagan un extra por mantener relaciones sexuales con sus clientes, pero, misteriosamente, le parece mal que dos fans de un equipo de béisbol quieran hacer un trío con su jugador favorito.
Es decir: Mia puede ser una mujer sexual. ¿Las demás mujeres de la historia? Ya no tanto.
Añadimos a todo esto una forma de escribir bastante simplona. En ocasiones, incluso, yo diría que mala, aunque no sé cuánto atribuir a la autora, cuánto a los traductores, y cuánto al equipo editorial. Desde frases que en español no tienen sentido, párrafos que empiezan en minúscula, pasando por un vocabulario que no es el de una chica de veinte años, sino de una quinceañera, todo lo que no hay que hacer en un libro vas a encontrarlo en este.
Ahora bien, si no tienes muchas cosas pendientes que leer, y te apetece una versión con más morro de Cincuenta  sombras de Grey, en la que la protagonista no se asuste cada vez que ve un pene, sino que desee metérselo en la boca, y celebre la sexualidad (aunque la propia) como no he visto en ningún sitio, entonces… puede que la lectura no te parezca tan mala.
Pero no esperes milagros. Ni que se aproveche bien la idea en la que se basa el libro. Ni sentir curiosidad por un mundo bastante desconocido como puede ser el de las scorts.
Ni, ya puestos, un final que no dé vergüenza ajena.
Lo mejor: la manera de tratar el sexo, cuando se refiere a Mia.
Lo peor: la protagonista es una damisela en apuros, machista como pocas, pero que no ve correlación entre su misoginia y algunos comentarios que tiene a favor de las mujeres.
La molécula efervescente: “mi surfista que hace películas”.
Grado cósmico: Satélite {2/5}
No diré que no disfruté con algunas partes y que algunas cosas me parecieron interesantes, pero la gran mayoría de la saga me pareció un despropósito y un insulto a toda la comunidad femenina, así como un escenario bastante rocambolesco para contar una historia de amor.