domingo, 10 de febrero de 2019

Invasores.


Mamá sólo me miró cuando dejé el platito con el bizcocho a su lado, sobre la mesa de cristal del comedor, pero me dedicó una sonrisa de agradecimiento que también tenía un poco de disculpa por el poco caso que me había hecho cuando entré en la habitación.
               Después de quedarme toda la mañana en casa, viendo realities con Shasha y jugando con Duna a conquistar el mundo, me había tirado en la cama nada más comer y me había dedicado a contemplar el techo. Cada actividad que se me ocurría para distraerme era desechado por insulso; tenía una cosa muy concreta en mente y estaba claro que ninguna excusa serviría para distraerme.
               Quería ver a Alec. Incluso cuando bajé a darle unos golpes a mi saco de boxeo, ése que colgaba del techo en una de las habitaciones que daba al jardín, donde mamá tenía su esterilla de hacer yoga, no fui capaz de  sacármelo de la cabeza, a pesar de que hacer kick siempre me la despejaba. No podía dejar de pensar en él: se me había pasado la resaca y lo único que me apetecía era celebrarlo por todo lo alto con mi chico preferido en el mundo.
               Además, estaba el hecho de que teníamos que hablar sobre lo que había sucedido en Nochevieja, y la posterior visita de Bey a su cama. Cuando llegué a casa después de que Scott me obligara a ir a la de Alec para disculparme por mi comportamiento, le envié un mensaje diciéndole que estaba disponible para hablar de lo que había pasado cuando él quisiera; que no había prisa, pero que esperaba su respuesta.
               Él me abrió conversación después de que yo me echara una siesta reparadora que me dejó la cabeza un poco mejor, justo mientras estaba con Shasha mirando ropa por Internet.
Ya estoy.
Dime que no estás enfadada, por favor. Puedo explicártelo.
¿Puedo mandarte un audio?
               Sonreí, mirando la pantalla, y me salí de la cama de mi hermana, que no protestó. Me dirigí a mi habitación mientras tecleaba en la pantalla de mi teléfono.
Mejor te llamo y hablamos
               Toqué su foto y le di al icono del teléfono; Alec no tardó ni un toque en responder.
               -¿Hola?-prácticamente jadeó, sin aliento. Parecía la borde de un colapso nervioso, y tuve que controlarme para no echarme a reír. Le había asustado de verdad. Quizá debería haberle aclarado que no le guardaba rencor por lo que había hecho, que no me parecía mal, que él seguía siendo libre y no tenía por qué reprimirse si algo le apetecía. Quería ir más en serio con él, quería tener la típica relación tradicional, pero a la vez no quería sentir que él estaba renunciando a cosas cuando a mí aún me daba demasiado miedo etiquetarnos como lo que todo el mundo pensaba que éramos: novios.
               -Hola-contesté, sentándome en mi cama y acariciando las mantas. Alec suspiró.
               -¿Estás enfadada, nena?
               -¿Tengo motivos?-jugué, y miré mi reflejo en el espejo, que tenía una ceja alzada, y me tapé la boca para que no me escuchara reírme.
               -Dios…-bufó él al otro lado de la línea, y me lo imaginé pasándose una mano por el pelo y cerrando los ojos, lo cual lanzó una descarga eléctrica que descendió hasta mi entrepierna-. Vale, si estás enfadada por lo que has visto esta mañana, créeme que lo siento mucho. Sabes que mi intención no es hacerte daño, y si te ha parecido mal, te pido perdón.
               -¿Con quién estabas?
               -Ya sabes con quién.
               -Sí, pero quiero que me lo digas.
               Me lo imaginé presionándose el puente de la nariz, cerrando los ojos de nuevo y asintiendo con la cabeza para darse ánimos.
               -Con Bey.
               -Ajá-asentí, y no dije nada más, y él se lo tomó como si acabara de darme una patada en el estómago.
               -Pero, nena, te juro que no lo hice con la intención de hacerte daño. Simplemente sucedió, ¿vale? No lo planeé. Si te sirve de consuelo, no pude sacarte de la cabeza ni un segundo. Y mira que es difícil, porque Bey está tremenda…-bromeó, y soltó una risita, pero luego se quedó callado un segundo, dándose cuenta de que acababa de meter la pata-. Mierda. No debería haber dicho eso. Perdona, bombón. No quiero hacerte sentir mal. El caso es… que no se va a repetir. Y que no ha sido un desliz. Es decir, un poco sí, pero… quiero decir que lo he hecho con Bey porque sólo podría hacerlo con Bey. Si hubiera venido cualquier otra chica, por muy buena que estuviera, le habría dado la vuelta y la habría mandado derechita a su casa. Ya sabes lo que siento por ti. Tú me importas. Muchísimo. Para mí es primordial que estés bien, prefiero mil veces que estés contenta a echar yo 50 polvos. Me quedaría con las ganas de 50 polvos si pudiera garantizarte la felicidad, Sabrae-me hice un ovillo en la cama mientras le escuchaba, sonriendo-. Joder, me volvería célibe si fuera el caso.
               Alec esperó a que yo dijera algo, con la esperanza de que fuera a detenerlo, pero no lo hice.

domingo, 3 de febrero de 2019

Final boss.

Bey se me quedó mirando cuando le solté la mano para ir hacia el baño, justo en dirección contraria a mi habitación, donde ella se dirigía. Se mordió el labio, preguntándome si estaba todavía un poco borracho y por eso me comportaba de una forma tan extraña, y yo señalé la puerta con el pulgar por encima de mi hombro.
               -Voy a lavarme los dientes.
               -¿Qué?-se echó a reír y sacudió la cabeza-. Al, que he estado contigo cada vez que íbamos a comer fuera. Créeme, si cuando te dio por comer ajo no salí corriendo, no voy a hacerlo ahora.
               -Ya, bueno… cuando comí ajo no te ibas a enrollar conmigo. Y no querrás que nos liemos mientras me huele el aliento a tocino, ¿no?
               Puso los ojos en blanco, volvió a sacudir la cabeza e hizo un gesto con la mano indicando que me marchara. Ella entró en mi habitación, y cuando yo volví, con una sensación de frescor en la boca y mi estómago haciendo triples saltos mortales como si tuviera que remontar como fuera una mala puntuación en las Olimpiadas, estaba sentada en la cama, con Trufas en su regazo. Me miró y me sonrió cuando cerré la puerta y acudí a su lado con una recién adquirida timidez. El conejo abrió los ojos y clavó en mí una mirada oscura, amenazante, como advirtiéndome de que si Bey dejaba de acariciarlo por mi culpa, se aseguraría de que mi almohada acabara llena de conguitos.
               Trufas se giró para darme la espalda, muy digno, meneó las orejas y volvió a aovillarse en el regazo de Bey. Pareció relajarse cuando yo le puse una mano encima y paseé los dedos por su pelo suave y brillante. Bey y yo lo acariciamos durante un rato, distraídos, tan avergonzados de repente por la presencia del otro y por lo que estábamos a punto de hacer que cualquier excusa era buena, incluida mimar a Trufas.
               Llegado un momento, Trufas se dio la vuelta y agitó las patitas para que le rascáramos la barriga. Después de que le consintiéramos el capricho, el puñetero animal trató de darme un mordisco para que lo dejáramos tranquilo y se bajó de un brinco del regazo de Bey. Trotó hasta una esquina de mi habitación y se acurrucó en un cojín que yo había puesto allí hacía mucho tiempo, con la esperanza de que dejara de mordisquear mis guantes de boxeo cada vez que se aburría. No había surtido mucho efecto, pero por lo menos lo usaba de cama.
               Bey se mordió el labio, observando cómo Trufas saltaba sobre el cojín para ablandarlo y moldearlo a su cuerpo. Di una palmada sobre mis muslos y suspiré.
               Teníamos que hacer eso. Bey lo sabía. Yo lo sabía. Y estaba convencido de que Sabrae lo sabía también. Pero eso no quitaba de que un fantasma oscureciera el cielo cuando planeaba sobre mi cabeza, haciéndome pensar en la penumbra en lo que aquello podía provocar: sí, vale, había una parte de mí que siempre le pertenecería a Bey, y sí, vale, cuanto antes le diera esa parte mejor; incluso sí, de acuerdo, Sabrae entendía que aquello tenía que pasar y puede que incluso lo aprobara, pero…
               … seamos sinceros. A mí no me haría ninguna gracia que ella se fuera a casa de Hugo para echarle un polvo de despedida. Hugo no tenía las mismas implicaciones con ella que tenían los otros tíos con los que se había enrollado, de la misma forma que a mí Bey me importaba de una forma mucho más profunda y diferente a como lo hacían Chrissy y Pauline. Les tenía un cariño infinito a las chicas, pero Bey era mi chica, mi mejor amiga, la que siempre había estado ahí para mí incluso cuando yo no sabía que tenía a alguien permanente a mi lado, apoyándome.
               No era tan estúpido como para no creer que eso le haría daño a Sabrae. Y era lo bastante bueno como para tratar de resistirme, aunque fuera inútilmente. Estaba posponiendo lo inevitable, pero una parte de mí quería pensar que todavía quedaba un poco de honor en mí por mi forma de pensar desesperadamente en una excusa por la que no hacer aquello.
               Pero no se me ocurría ninguna, así que lo mejor sería hacerlo rápido. Cortar por lo sano, sin pensar. Arrancar la espina del tirón y rezar para que no doliera demasiado. Cuanto más lo pensara, más me decepcionaría a mí mismo y más me dolería el estar hurgando en la herida.
               -Bueno. Al lío-dije, acallando así las voces que trataban de disuadirme. Tiré de los tirantes de mi camiseta y empecé a quitármela por la cabeza.
               -¿Así, sin más?-preguntó ella, y yo me la quedé mirando a través de mi improvisada máscara.
               -¿Qué?
               -A ver, Alec, que estás muy bueno y todo eso, pero… si pretendes que lo hagamos así, en fin… para eso no lo hacemos-Bey alzó las manos y chasqueó la lengua.
               -No, no. Lo hacemos, lo hacemos-me escuché decir, porque soy como un puto tiburón desquiciado que acaba de oler un poco de sangre a varios kilómetros. Por mucho que mi mente consciente tuviera dudas, mi subconsciente y mi ego masculino ya habían hecho un pacto por el que no sólo tendría sexo esa noche, sino que lo tendría muy bueno.

sábado, 26 de enero de 2019

Terivision: Sigo siendo yo (Antes de ti, #3)


Hace mucho, demasiado, que no hago una reseña de ningún libro que haya leído; a decir verdad, mi ritmo de lectura es de los más bajos de mi vida, pero, ¡oye! ¡He conseguido terminar uno, y es…!


¡Sigo siendo yo, de Jojo Moyes! A pesar de que lo terminé hace un tiempo, ¿creo que a finales de diciembre?, por fin me he animado a escribir la reseña del que es el punto final de la saya Yo antes de ti, para cuyas entregas anteriores, Yo antes de ti y Después de ti no había escrito ninguna reseña. Cuando empecé a escribir mi opinión en mi blog, pensé que sería mejor idea hacerlo todo de una forma más cohesionada, y darla de una saga al completo (si un libro pertenecía a una), en lugar de por cada entrega individual, como hice con la saga de Bajoel cielo púrpura de Roma. Sin embargo, como ha pasado bastante tiempo desde que leí los primeros libros, no creo que sea justo ni para ellos ni para este último que me ponga a escribir sobre la saga al completo cuando la verdad es que no recuerdo muy bien mis impresiones de los dos primeros. Sí que es cierto que recuerdo que el segundo me pareció el más flojo de los tres y que el primero estaba muy bien adaptado al cine y conseguía plasmar a la perfección el carácter de Louisa no sólo en las cosas que hacía, sino en su forma de narrar.
En fin, después de este párrafo introductorio, ¡allá vamos!
 ATENCIÓN: LA SINOPSIS CONTIENE SPOILERS DE LOS DOS PRIMEROS LIBROS.
En Sigo siendo yo, nos enfrentamos a la despedida de Louisa de su Inglaterra natal, para ir a trabajar como asistente personal de una mujer de la alta sociedad neoyorquina. Louisa tiene no sólo que decirles adiós a sus seres queridos y al novio con el que acaba de iniciar una relación, sino adaptarse a un estilo de vida totalmente diferente al que ha llevado a lo largo de su vida, incluso cuando cuidaba de Will. Nada más llegar a Nueva York, Louisa se topa de bruces con un mundo en el que las sonrisas falsas están a la orden del día, y que muchas veces se utilizan para hacer saber a la persona a la que se dedican que la consideras indigna de tu atención.
FIN DE LA SINOPSIS
Tengo que decir que cuando terminé de leer el segundo libro me entró muchísima curiosidad por ver lo que le sucedía a Louisa en NY, aunque como a ella, me dio cierta nostalgia ver que abandonaba su país. De la misma manera que a ella, cruzar el charco me dio cierto vértigo porque suponía encontrarme en un escenario completamente diferente, sin los personajes que habían llenado la historia durante dos entregas (porque en el segundo aparecen nuevos personajes, de los cuales dos con los que más tiran por la trama) y precisamente en un momento en el que Louisa por fin había superado todo lo malo que pasa al final del libro.
Sin embargo, por mucha curiosidad que sintiera por el final del segundo, tuve que esperar más de un año para por fin animarme a leer la terminación, y tengo que decir que me sorprendió muy gratamente.
El libro podría dividirse en dos mitades, por un suceso que ocurre en Nueva York y que hace que Louisa pierda todos sus agarres precisamente cuando ha conseguido acostumbrarse a su nuevo trabajo como asistente personal de una persona que no la necesita realmente, o, al menos, no de la forma en que lo hacía Will. Tengo que confesar que llegar a este punto de inflexión en la historia es un poco cuesta arriba, en el sentido de que Louisa se encuentra en un ambiente que abusa de su buena voluntad y en el que la pobre vive situaciones tremendamente surrealistas y muy injustas, llegando incluso a pagar el pato por alguien que no se merece que se sacrifique por ella… pero bueno, no te quiero contar más. El caso es que la historia es interesante al principio, pero a la mitad, directamente te atrapa. El giro argumental más importante de la historia, y quizá de la saga al completo, aparece a mediados del tercer libro y consigue que lo devores (bueno, dependiendo del tiempo que tengas) porque necesitas saber qué más pasa. Descubres que has juzgado mal a un personaje, un antagonista tan secundario que es prácticamente anecdótico y, junto con Louisa, te das cuenta de que no hay que juzgar a las personas por su manera de comportarse en las zonas comunes de tu edificio, sino por cómo son en el ámbito privado. A partir de entonces, se produce una transformación preciosa de ver en Louisa, y me atrevería a decir que la más importante en toda la saga: Louisa por fin se atreve a mirar por sí misma, a cuidarse y ver qué necesita para ser feliz, y lo más importante de todo, lucha por ello sin necesidad de otra excusa más que el hecho de que lo desea. Ya no se excusada en que alguien querría que hiciera eso, alguien le pidió que hiciera aquello antes de morir. Por fin, después de tres libros en los que va a remolque de su propia vida, Louisa toma las riendas, y de qué manera.