sábado, 23 de septiembre de 2017

Zaddy.

Algo cambia en casa. Un día, papá y mamá dejan de turnarse para desaparecer por la mañana. No es que mamá lo hiciera muy a menudo, pero a medida que va pasando el tiempo, ella va empezando a hacer cosas, a jugar a sus propios juegos, a los que yo no estoy invitada.
               Un día por la mañana, papá se queda conmigo. Que no es que me moleste, me encanta estar con papá.
               Pero mamá se marcha, me da un beso en la cabeza y dice que me verá a la hora de comer. Le da un beso en la boca a papá y se va sacudiendo la mano, y yo me pregunto si habré hecho algo mal. Pero papá me da mimos, me acaricia la tripa y juega conmigo, y pronto se me olvida que mamá se ha marchado. Hasta que vuelve, y me coge en brazos, y me mordisquea las mejillas y me pregunta si la he echado de menos, y yo agito las manos y le tiro del pelo e intento exclamar que sí, aunque de mi boca sólo brotan balbuceos incomprensibles.
               Y, al poco tiempo, todos los días se convierten en esos días especiales en los que papá no se va a ningún sitio, sino que se queda con nosotras. Scott sigue marchándose, cada día le acompañamos al colegio, ese sitio lleno de niños al que me muero por seguirle. Parece que se lo pasa bien, que es feliz. Y yo quiero verle ser feliz. No quiero que se vaya. Quiero que esté conmigo todo el día, también toda la noche. Me encanta cuando me despierto y él me da un beso de buenos días en la cabeza, me recoge y me acuna, saludándome, riéndose cuando yo me río.
               Pero, de momento, tengo que conformarme con papá.
               Y me encanta conformarme con papá.
               Mamá nos deja solos de vez en cuando. Se va a otro lugar, creo que de la propia casa (no sale por la puerta del exterior, que hace que no se oiga su voz ni responda cuando la llamamos, por eso lo deduzco) y se pasa horas y horas sola. Yo me pregunto qué hace cuando papá me acuna y me arrulla, en las pocas ocasiones en que me aburre el juego al que estamos jugando y quiero saber dónde está, por qué no viene a darme atención y mimos.
               Otras veces, ella se queda con nosotros, mirándonos, participando en nuestros juegos. Papá me lanza hacia el cielo y yo floto y creo que soy una especie de estrella, como los componentes de la Cosa Fascinante que giran sin llegar a tocar el suelo, ni a tocar mis dedos por mucho que yo los estire, cuando me meten en la cuna para tomarme una siesta. Y mamá protesta, dice su nombre, el nombre que Scott no usa para llamarle.
               -Zayn…
               -No voy a dejar que se caiga-responde siempre papá, pero mamá se revuelve, incómoda, y su corazón se detiene cuando papá vuelve a lanzarme hacia arriba. Vuelve a protestar. Vuelve a lanzarme. Nuevo lanzamiento, nueva protesta, hasta que yo me empiezo a reír, divertida por esta partida que no comparto con nadie más, y papá me señala. Mamá pone los ojos en blanco.
               -Como se te caiga…-advierte mamá, suspirando.
               -No se me va a caer-contesta papá, acercándome a él, sosteniéndome por debajo de los hombros, con unas manos fuertes en las que me siento protegida y a salvo-. ¿Verdad que no, princesita? ¿A que no voy a dejar que te caigas?
               Y yo me río y él me besa, y mamá sube los pies al sofá y niega con la cabeza y apoya el codo en el reposabrazos del sofá y no aparta los ojos de nosotros, hasta que yo me canso y dejo de reírme, hago que todo mi cuerpo se quede como muerto y, después, me dejo acunar. Pido de mamar y me lo dan, con papá mirándonos, siempre mirándonos, incluso cuando se supone que no debería estar en casa.
               Y, entonces, Scott deja de marcharse también. Un día, mete un montón de comida dentro de la mochila, en lugar de las pinturas y los libros y los juguetes. Y, aún no sé muy bien cómo funciona el tiempo, pero juraría que vamos a buscarle antes al cole. Él llora y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano, se abraza a todo niño que se le pone a tiro y les pide que por favor no se olviden de él.
               -S, por favor, son tus amigos, les verás al final del verano-sonríe mamá, dándole la mano y limpiándole la cara, que tiene pegajosa.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Zona de guerra y paraíso.

La atmósfera de la ciudad, antigua como la arquitectura, hace que algo dentro de mí cambie. La primera tarde que pasamos allí produce una minúscula revolución en mi interior.
               Me doy cuenta de que ya no me escondo, no quiero esconderme. Me pego a Tommy instintivamente y celebro cómo él me recibe con entusiasmo. Me gusta estar cerca de él, sentir el calor de su cuerpo y la firmeza de éste a mi lado mientras contemplamos la ciudad, que se recorta contra el cielo naranja como si de un animal habitante de las tinieblas todavía no descubierto se tratara.
               Creo que nos afecta a todos, en realidad. Veo a Eleanor radiante de alegría. Veo a Scott, incapaz de separarse de ella. Veo a Chad y Aiden tan entusiasmados que se olvidan por un momento se soltarse las manos cuando entramos en la catedral, a pesar de que la Iglesia no aprueba que se quieran, como si no hubiera otras cosas más horribles de las que quejarse que el amor entre dos personas del mismo sexo, que se aman tanto que sus ojos relucen como dos estrellas apenas se ha puesto el sol.
               Veo a Diana apartarse un millón de veces el pelo de la cara a toda velocidad, leyendo su guía, con la nariz pegada a ella, alejándose de aquella chica que se ha bajado del avión esta misma tarde, abrazada a un peluche de un unicornio que Astrid le ha traído directamente desde su habitación, y, con las gafas de sol aún puestas, se pone a firmar autógrafos de la gente que ya chilla su nombre en la misma pista de aterrizaje.
               Y veo a Tommy.
               Sobre todo, veo a Tommy. Veo cómo mira en todas direcciones, empapándose de la cultura, cómo se acerca a las placas con información, cómo se aproxima disimuladamente a los grupos de turistas cuando escucha al guía hablar inglés o español para enterarse de algo que nos pueda contar a nosotras. Le veo examinar postales, llaveros, regalos para sus hermanos, su padre y su madre, le veo mirar a Scott, y veo a Scott mirarle a él, y les veo sonreírse en la distancia, como si no estuvieran acostumbrados a estar lejos del otro y tuvieran que comprobar que todo va bien para su hermano, aun estando de vacaciones, o algo así.
               Y veo lo que hace cuando se acerca a Diana y a mí. A Diana le abraza la cintura, se la aprieta con cariño, y a mí me coge la mano con discreción. Pero ya no mira en todas direcciones, buscando ojos indiscretos que puedan estropear nuestro momento íntimo. Me agarra la mano, me acaricia los nudillos con el pulgar, y no le importa que alguien pueda vernos. Puede que sea por la ciudad. O puede que sea porque, simplemente, está cansándose de esconderse.
               Yo estoy cansada, pero no quiero que él se exponga a todo lo que sé que sucederá en cuanto se descubra que en su corazón no hay una, sino dos.
               -¿Estás bien?-me pregunta mientras bajamos las escaleras, inmensas, de esas que necesitas dar varios pasos para descender un escalón. Asiento con la cabeza y acepto la mano que él me tiende, y el mundo a nuestro alrededor se desvanece por un instante. Mis rodillas tiemblan cuando me encuentro con sus ojos, e, irremediablemente, tropiezo con un adoquín irregular que no veo y estoy a punto de caerme al suelo.
               Por suerte, él me coge. Me agarra por los codos y evita que me dé el guarrazo de mi vida. Nos miramos un momento, cohibidos. Su boca está a centímetros de la mía. Sus ojos tienen un cariz oscuro, como de océano que no ha conocido los arrecifes de coral por ser demasiado profundo, que la noche incipiente ha puesto allí.
               Se moja los labios con la lengua, observando los míos. Se me acelera el corazón. Se inclina un poco hacia mí.
               -Tommy-advierte de repente Scott, rompiendo el hechizo. Tommy despierta de la ensoñación, me deja sin aliento cuando se gira hacia su mejor amigo, que hace un gesto con la cabeza en dirección a un grupo de chicas que se está haciendo una foto de grupo a escasos metros de nosotros. Vemos a la turista que sostiene la cámara, así que la cámara también nos ve a nosotros.
               Tommy asiente con la cabeza, resignado, y me ayuda a incorporarme.
               -Gracias-susurro con timidez, notando cómo mis mejillas arden. Probablemente esté roja como un tomate. Pienso que eso le gusta. Le suele gustar.
               -Lo siento-responde, sin embargo. Niego con la cabeza.
               -No te preocupes.
               -No, sí que me preocupo, princesa. Siento que todo tenga que ser así-se pasa una mano por el pelo y yo le acaricio el mentón en un segundo de distracción que le robo al mundo-. Estoy harto.
               -Sólo un par de semanas más-le recuerdo, y él me mira, cansado.
               -No quiero esperar más. Te quiero. Quiero que todo el mundo lo sepa. No estamos haciendo nada malo.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El diablo visita Praga.

No recordaba haber dormido tan bien en mucho, mucho tiempo. Quizás la última vez que hubiera descansado tanto y disfrutando de un sueño de una calidad como el de esa noche, la primera que pasé con 18 años, había sido siendo un bebé, aún hijo único.
               La ligera presión a mi lado en el colchón me recordaba lo que nunca se me olvidaría: que ella estaba de nuevo a mi lado, su cuerpo robando calidez del mío y, a la vez, manteniéndolo cobijado, su cintura pegada a la mía, sus brazos alrededor de mi torso, su respiración, pausada y profunda, acariciándome el pecho; sus pestañas, haciéndome cosquillas en el hombro; y su boca, en mi brazo, rozando con los labios mi piel y enloqueciéndome.
               Su pelo estaba esparcido alrededor de la cama, jugueteando en ocasiones con el mío, pintando cuadros en mi cuerpo cuando ella se movía, arrastraba un poco la cabeza y lanzaba un suspiro de satisfacción y amor.
               El perfume que irradiaba su piel era el mejor que hubiera olido nunca, el más delicioso y exótico, un olor prohibido que me recordaba a los momentos más felices que había pasado en toda mi vida, también una cama, también en su compañía. Me desperté varias veces esa noche, sólo para levantar un poco la cabeza, ver su silueta recortarse en la penumbra bajo las sábanas, y tirar de ella para pegarla más a mí. Entonces, ella sonreía, mimosa.
               -Duerme, Scott.
               Yo le daba un beso en la frente y ella lanzaba un suspiro de satisfacción, anhelando descansar, y a la vez ser lo bastante fuerte como para abrir los ojos y repetir lo que habíamos empezado.
               Ni siquiera fuimos a cenar. La urgencia de nuestros besos fue en aumento a medida que pasaban los segundos y la idea de que volvíamos a estar juntos se asentaba. Fuimos a su habitación, que esa noche era solamente suya, y nos quitamos la ropa, venerando nuestros cuerpos como si fueran la mismísima encarnación de Dios. La observé desnuda de nuevo frente a mí, la tomé de la cintura y la besé y la besé hasta que estuvimos en la cama, ella debajo de mí, yo encima de ella, sus piernas alrededor de mis caderas, mi frente en la suya, mi aliento en el suyo, su boca en la mía, mi sexo en su interior, sus dientes mordiendo sus labios y gimiendo un dulce “oh, por favor, sí”.
               Conseguí mandarla al cielo tres veces, y las tres lo celebró estremeciéndose y susurrando mi nombre en mi oído, pidiéndome otra más, que no la abandonara, que no me diera por vencido. Yo estaba agotado y a la vez me sentía imparable, continuaba embistiéndola suavemente mientras Eleanor me miraba a los ojos y me acariciaba la espalda.
               -Eres el amor de mi vida-me dijo cuando terminó la segunda vez, un poco después que yo, con sus brazos en mi cuello y sus ojos en los míos, sus pechos acariciando mis antebrazos a medida que aquellos subían y bajaban, acompañando su respiración.
               -Eres lo que nunca he encontrado en nadie-le respondí, y ella sonrió, feliz, abriéndose un poco más como una preciosa flor que anuncia la llegada de la primavera. Llevaba mi semilla en su interior, como si yo fuera una audaz abejita que iba a probar el néctar de su precioso cuerpo y dejaba el polen de otra planta entre sus pétalos.
               Su esencia se colaba por mi nariz y no me abandonaba ni en sueños. Su pelo me hizo soñar con playas paradisíacas, playas que había visto en mi más tierna infancia, cuando en casa sólo éramos cuatro, o cinco, nunca seis; playas en las que no había nada más que arena blanca, suave como el terciopelo, un mar azul turquesa que apenas se agitaba por el influjo de las mareas, un sol al que no desafiaba ninguna nube, y ella. Eleanor, ataviada con un vestido blanco y una flor de hibisco en el pelo, de bordes del mismo color que la arena y su atuendo e interior naranja, como una puesta de sol, caminando despacio hacia mí, agitando las caderas sensualmente al andar, riéndose cuando yo corría hacia ella, la tomaba de la cintura, la pegaba a mí y la besaba, gimiendo cuando la desnudaba y la poseía sobre aquella arena, o sobre aquel mar.