jueves, 14 de junio de 2018

Gatita.


Cada vez que me sonaba el móvil, mi corazón daba un brinco, y todo mi cuerpo con él. Llevaba varios días hablando con Alec sin parar por Instagram. Aunque al principio la conversación había sido un poco incómoda por mi férrea intención de no permitirle tirarme la caña más de lo que se consideraría moralmente adecuado, nuestra charla había ido evolucionando y rápidamente nos habíamos encontrado metidos en reflexiones profundas sobre la vida, la muerte, el sexo y las relaciones.
                Llevaba varios días durmiendo poquísimo por hablar con él de madrugada, y la verdad es que no me importaba. Incluso había pedido una batería portátil en Amazon con la esperanza de que él viniera a entregármela en persona.
                Casi podía imaginármelo, llamando al timbre y esperando a que yo le abriera.
                -Empiezo a pensar que estás pidiendo cosas por tener una excusa para verme, Saab-diría nada más abrirle la puerta, y yo me echaría a reír, me apartaría las trenzas de la cara y respondería:
                -Bueno, lo cierto es que me estoy aficionando a esto de que me traigan las cosas a casa. Además, necesitaba urgentemente una batería portátil para el móvil. Y en Amazon tienen mucho servicio que ofrecer.
                -¿Una batería portátil?-él mordería el anzuelo, justo como pretendía. No dejaría escapar la ocasión-. Vaya, bombón, ¿tanto uso le estás dando al móvil últimamente?
                -Ya ves-contestaría yo, coqueta, sacándole la lengua y echándole una firma en el panel de recibo del móvil. Quizá, sólo quizá, daría mi brazo a torcer por fin y le daría mi teléfono.
                Lo cierto es que no sabía por qué no se lo había concedido ya.
                Al igual que tampoco sabía por qué habíamos evitado el tema de qué haríamos ese fin de semana. ¿Nos veríamos el viernes, como estábamos empezando a tener por costumbre? ¿Coincidiríamos en la discoteca? ¿Nos acercaríamos el uno al otro, o ahora que Scott no estaba para pillarnos, nuestros encuentros secretos ya no tenían tanto morbo?
                Me odiaba a mí misma por no haber sabido preguntarle.
                Y más le odiaba a él por no haberme sacado el asunto.
               Así que allí estaba: comiéndome la cabeza a niveles vergonzosos, preguntándome en voz alta si estaría haciendo una montaña de un grano de arena, o si tenía motivos realmente para estar preocupada. Le había estado dando el coñazo toda la semana a Amoke, a la que había confesado todo lo que había hablado con Alec apenas habíamos pasado nuestra primera noche de debate. Incluso le había enseñado la conversación con la esperanza de que ella me dijera que no estaba loca y que de verdad estábamos tonteando y yo no estaba resultando patética.
               Mi amiga no me dejó en la estacada y se puso a chillar y a gemir y a abanicarse, haciendo que pasara auténtica vergüenza ajena, mientras leía los mensajes que nos habíamos intercambiado de camino a casa.
               Después de una angustiosa semana en la que los días no parecían avanzar, llegó el viernes, y con él más histeria para mí. Las chicas decidieron que iríamos a cenar esa noche en casa de Kendra, y que luego, quizás, saldríamos de fiesta, a bailar un poco y a beber más.
               Fui derechita a casa de Amoke con la ropa con la que pretendía salir metida en una bolsa, mi maquillaje guardado concienzudamente en un neceser al fondo de ésta. Amoke me abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, seguramente pensando en alguna broma que hacerme, pero su pulla se congeló en su garganta cuando vio mi cara larga.
               -¿Qué pasa?

miércoles, 30 de mayo de 2018

Dejadnos entrar.


En mi instituto había dos escritoras. Una de ellas, la que lo reconocía, decía siempre con cierto sonrojo y la voz un poco más tímida de lo habitual que ella, lo que quería, era ser escritora. Todo el mundo lo sabía y creo que muchos confiábamos en que algún día tendría su nombre impreso a tinta y rasgado con la celulosa del papel en ejemplares del escaparate de una librería. Escribía a mano en libretas que no le enseñaba a nadie, y participaba en concursos que siempre ganaba. Sus historias sólo salían a la luz elegidas a través de una ruleta de la que sólo ella conocía el mecanismo. Compartía las palabras, pero no sus personajes.
               La otra no decía que era escritora; tardaría mucho en etiquetarse como tal. Simplemente llevaba un blog, y lo que quería era que más personas vieran las palabras que codificaba en un baile de unos y ceros, en un idioma que nunca conseguiría entender. Compartía las palabras, y sus personajes, incluso los que debería haberse guardado para sí misma, salían a chorro de sus dedos como de un manantial surgía el agua.

               Ambas sentían el mismo amor y disfrutaban con la misma actividad, pero no podían hacerlo de formas tan diferentes. Una decía que le encantaba el susurro del bolígrafo rasgando el papel mientras escribía; era el único confidente que guardaría sus secretos hasta que ella decidiera revelarlos. En cambio, la otra, adoraba el tamborileo rítmico del teclado mientras escribía en una pantalla, sus gafas con un ligero tono azul para que no le doliera la cabeza al escribir, tan sólo el alma.
               Puedo entender su referencia a los secretos, la intimidad del papel. Pero nada se compara a la música de la auténtica voz de los personajes; ni siquiera el silencio que contiene su misma esencia.
               El sonido del tecleo son las pulsaciones del corazón de los personajes a los que das vida en bits o en páginas. Su particular lucha por escapar de tu interior, pasar de energía a materia, de potencia a ser, de pensamiento a verdad.
               Son esos toquecitos insistentes, de impaciencia, en la puerta del mundo real.
               Existimos de veras.
               Dejadnos entrar.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Un animal de interiores.


               JUSTICIA.
               SÍ. SEÑOR. GRACIAS, DIOS. NO MEREZCO ESTE REGALO.
               Pasé olímpicamente de la pizza y de todo lo que me rodeaba, demasiado ocupado en detestar cada parpadeo de las líneas de la rueda de mi móvil que me indicaban que se estaba descargando la conversación.

¿Fan de los dinosaurios?🦖
               Me quedé mirando la camiseta que llevaba puesta. De color marrón, tenía una flecha señalando estratégicamente hacia mi entrepierna. En el pecho, en letras grandes y blancas, se leía “El último dinosaurio con vida”.
               Me eché a reír. Ni siquiera me había dado cuenta de qué llevaba puesto en el momento en que me hice la foto. Simplemente, en lo único en que podía pensar, era en que necesitaba desesperadamente que Sabrae me diera bola.
               Aunque no me imaginaba que lo haría por mi atuendo.
¿Y quién no?
Confieso que a mí me gustaría más una con un dibujo, pero la referencia de la tuya tampoco está nada mal.
Vaya, Saab, no sé cómo tomarme eso. ¿Acabas de hacerme un cumplido? ¿Tú, precisamente? ¿Te encuentras bien?
Hombre, yo me relaciono con gente que tiene buen gusto. Por eso de que yo también lo tengo y sé identificarlos bien, y tal.
Claro, claro. Eso explicaría muchas cosas.
¿Qué cosas?
Con quién te juntas los fines de semana.😏
¡Mira que eres tonto!😂
Seré lo que tú quieras que sea, bombón.😉
               Estaba tan ocupado ligando y perdonando a Sabrae por su tardanza (ya que sus intervenciones lo merecían), que ni me percaté de que Mimi se había incorporado para leer la conversación.
               -Vaya, vaya-comentó mi hermana, y yo di un brinco y me la quedé mirando. Me había olvidado completamente de su presencia.
               Bueno, qué cojones. Me había olvidado de todo lo que no tuviera que ver con Sabrae y las reacciones químicas que provocaba en mi cuerpo, incluso a distancia.
               Era como una estrella gigantesca, que me atrapaba con su luz y tiraba de mí hacia su superficie, y yo iba, aun sabiendo que me pegaría el leñazo del siglo.
               -¿Desde cuándo te mandas mensajitos con Sabrae?-quiso saber mi hermana, alzando las cejas. Bloqueé el móvil y lo tiré a mi lado, lejos de ella.
               -Cállate-urgí, cogiendo un trozo de pizza y metiéndomelo en la boca-. Yo no me mando mensajitos con nadie.
               -Ya, seguro. ¿Qué crees que Sabrae quiere que seas para ella, exactamente?-Mimi esbozó una sonrisa traviesa y yo me la quedé mirando.
               -Métete en tus asuntos-ladré-, haz el favor.
               -Vamos, Al. ¡Tengo curiosidad! ¿Qué serías por ella?-insistió, e incluso pasó por encima de mí para poder cogerme el teléfono y tratar de desbloquearlo.
               Regla número uno: no permitas que tu hermana ponga su huella como huella reconocible que puede desbloquear tu móvil. Es peligroso.
               -¿Quieres callarte? Qué plasta eres, tía. ¿No puedo mantener conversaciones con nadie sin que tú metas tu estúpida nariz en ella?
               -¡Es divertido leer cómo tonteas!
               -Sí, ya. Lo siento si tus conversaciones con Eleanor son monotemáticas-ataqué-, pero la verdad es que yo soy una persona muy interesante que puede hablar de muchísimos temas.
               Mimi me estudió, impasible.
               -Mis conversaciones con Eleanor no son monotemáticas-constató.
               -¿Qué nos apostamos a que, si ahora leo tu conversación con ella, me encuentro con el nombre de Scott en el último mensaje?
               -No hablamos de Scott-discutió Mimi, tozuda como ella sola. Por favor, a otro con ese cuento. Eleanor estaba enamoradísima de Scott, ¿cómo no iban a hablar de él? Si casi teníamos que ir con cuidado cuando los dos estaban en la misma habitación, no nos fuéramos a resbalar con las babas de la hermana de Tommy y darnos un tortazo tremendo.