sábado, 14 de octubre de 2017

Tomlinson-Malik.


Volvió a llamar a la puerta, insistente. Mimi suspiró, terminó de arreglarme el pelo para poder poner el velo y se fue a abrirla. La cabeza de mi hermano se asomó por entre la rendija, tan curioso como nervioso.
               -¿Os falta mucho?-preguntó, y Mimi puso los ojos en blanco.
               -Nos faltará lo que nos falte-sentenció, tajante, cerrando la puerta de nuevo en las narices de Tommy, que protestó por lo bajo algo como parecido a “vamos a llegar tarde, verás, a Scott le da algo”.
               Mimi me retocó el maquillaje un segundo, se aseguró de que mis pestañas estuvieran perfectas con la máscara a prueba de lágrimas (ni se te ocurra ponerte a llorar antes de tiempo, me había advertido antes de echarme el spray fijador) y el pintalabios tuviera el tono correcto de cereza, perfilando mi boca y haciendo mis labios más carnosos.
               Kiara se había ofrecido a ser la que me maquillara en el día más importante de mi vida (por detrás del de mi nacimiento, claro), pero Mimi se había negado en redondo y se había puesto a ver un millón de tutoriales de maquillaje nupcial para estar a la altura delas circunstancias. Había llegado a mi casa a las nueve en punto, con un chándal raído que le había robado a su hermano y la bolsa con su vestido de un suave color lavanda en una mano, el maletín con el maquillaje en la otra. Había esperado pacientemente a que me duchara para espabilar, me había ayudado a ponerme el vestido y me había cubierto con un albornoz para no estropear mi traje.
               Se lo había tomado como la misión del siglo, y la verdad es que había hecho un trabajo espléndido conmigo. Me había resaltado los pómulos y agrandado un poquito más los ojos, le había dado más brillo a mi pelo, recogido en una trenza que enrolló en mi cabeza en un complicado moño que le había costado varios intentos con un maniquí que se había comprado para la ocasión, me había puesto sombra de ojos color tierra con ligeros toques dorados que resaltaban los tonos miel de mi mirada y había completado la sesión con un poco de iluminador en la punta de la nariz y un pintalabios cereza, a estrenar ese mismo día.
               Tenía un aspecto sencillo y a la vez elegante, con el centro de atención en mi boca, lo que más me miraba Scott cuando estábamos juntos, fuera donde fuera. Me mordí el labio instintivamente, pensando en qué estaría haciendo él en ese instante, y mis dientes blanquísimos refulgieron contra el tono granate de mi boca.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Malik.


En cuanto se bajó del bus y se giró para encontrarse conmigo, su sonrisa se convirtió en la mueca que hacen las bocas cuando se convierten en la cárcel de una carcajada.
               -Ni se te ocurra-le avisé, pero Tommy era un gilipollas de primera que no iba a dejar pasar la oportunidad de meterse conmigo.
               -Joder, y yo que pensaba que lo que me ha pasado esta noche no se podría superar por nada-señaló, y se echó a reír abiertamente mientras varias personas, los madrugadores del barrio, se bajaban del bus y nos rodeaban con curiosidad. Me planteé seriamente la posibilidad de empujar a Tommy contra el bus en el momento en el que éste arrancara, pero enseguida la deseché.
               No porque no se lo mereciera (créeme, lo hacía).
               Sino porque luego yo tendría que buscarme mi propio bus para saltar.
               -¿Tengo que empezar a llamarte Piolín ahora?
               -Cierra la puta boca-gruñí, pasándome una mano por el pelo, mi precioso pelo, que antes había sido un hermoso color azabache y que las hijas de puta que tenía por hermanas me habían teñido de un rubio casi platino mientras dormía.
               Lo malo de tener el sueño más profundo que las fosas abisales era que no te enterabas de absolutamente nada de lo que te hacían, así que cuando ellas decidieron que hacerme una de nuestras típicas putadas sería una buena forma de celebrar que estaba en casa y convencerme de que no me marchara, yo había sido dócil cual cordero y no había movido un músculo mientras me levantaban la cabeza, me pasaban agua por el pelo y empezaban a pintármelo con una de esas brochas de plástico cutre que vienen con los paquetes de tinte.
               Me había despertado como siempre, aunque sintiendo la cabeza un poco húmeda pero no le di más importancia. Supuse que serían imaginaciones mías debido a la resaca.
               Pero, cuando vi mi reflejo en el espejo, los ojos mucho más oscuros debido al contraste con mi pelo, las motitas verde y dorado prácticamente desaparecidas por la luz que acaparaban mis mechones, me quedé a cuadros.
               Y luego bajé corriendo las escaleras hecho una furia.
               -¡HIJAS DE PUTA!-grité nada más entrar en la cocina. Mamá dio un brinco, terminando de pasar un poco de zumo de naranja a la nevera, mientras Shasha se echaba a reír y se llevaba una de las fuentes de patatas-. ¿SOIS IMBÉCILES? ¡YO OS MATO! ¡QUE TENGO UNA IMAGEN DE CARA AL PÚBLICO, COÑO! ¿CÓMO MIERDA PRETENDÉIS QUE SALGA ASÍ A LA CALLE?
               -Pero si estás muy mono, pareces papá en el reportaje que le hicieron para GQ-contestó la cabrona de la mediana de mis hermanas, y mamá tuvo que cogerme del brazo para que no le soltara un bofetón.
               -Yo creo que te queda muy bien-me había dicho, pero su boca hizo el mismo gesto que estaba haciendo la de Tommy ahora.

domingo, 8 de octubre de 2017

Payne.



Mentiría si dijera que no me gustaba cómo Tommy se volvía protector con todos nosotros, incluso cuando era más pequeño, tanto en edad como en estatura. Nos defendía como un león defendería a sus cachorros y se abalanzaba ante quien tuviera la mala idea de pensar, siquiera, en importunarnos.
               Pero, si me gustaba esta faceta suya de perro territorial defendiendo a muerte a su hogar y a los suyos, aún más me gustaba cuando se convertía en un dulce cachorrito que se tumbaba panza arriba y agitaba las patitas traseras, a la espera de que le hicieran cosquillas.
               El tour se convirtió en una montaña rusa para nosotros, que estábamos más o menos acostumbrados a una libertad de la que la gente de nuestra edad no solía disfrutar. Era lo que ocasionaba el no tener que preocuparse del dinero, tenerlo todo hecho incluso cuando te vendría bien aprender un poco cómo iba la vida.
               Pasamos de la comodidad más absoluta a dormir unas pocas horas, en la carretera, y a tener que sonreír cada vez que salíamos del bus. Estábamos agradecidos por lo que nos ocurría y nos sentíamos muy afortunados, ¿cómo no?, pero eso no significaba que el cansancio no nos pasase factura.
               A todos, menos a él. Con cada sincera sonrisa que le dedicaba hasta a la persona más irrelevante con la que nos cruzábamos y cada “gracias” y “por favor” a altas horas de la madrugada, cuando a todos los demás se nos habían olvidado hasta nuestros nombres, Tommy conseguía que yo me enamorara un poquito más de él. La felicidad está en los pequeños detalles, decían.
               Bien, pues la felicidad y el amor tienen, por fuerza, que ir de la mano. Porque yo no podía pasar por alto la forma en que se apartaba para que Diana y yo entráramos a un sitio en primer lugar, cómo empujaba las botellas de agua al fondo de la pequeña nevera para que se enfriaran antes a pesar de ser el único que lo hacía, la forma en que se aseguraba de que Eleanor se había terminado la comida y no tenía más hambre, sus risas entre dientes cuando Scott se encontraba en la ducha con que no había cogido ropa para cambiarse, o la forma en que agarraba a Chad por la camiseta cuando éste se inclinaba al final de los conciertos a darle la púa de su guitarra a la fan más afortunada de la noche, todo con tal de evitar que nuestro despreocupado irlandés se cayera de morros.
               No podía evitar sentirme atraída hacia él como un asteroide hacia el campo gravitatorio del planeta más masivo del sistema que atravesaba. No podía no devolverle la sonrisa y sonrojarme un poco cuando encontrábamos un segundo de intimidad en que darnos la mano, un roce o un rápido beso antes de salir a trabajar.
               Incluso cuando iba a ver a Diana, incluso cuando yo iba a buscarlo y él estaba demasiado cansado para hacer nada, seguía teniendo el mismo tacto de siempre. Seguía queriendo achucharle, meterle en una cajita de cristal y no dejar que nadie se le acercara bajo ningún pretexto.