sábado, 14 de julio de 2018

Terivision: A través de mis pequeños ojos.


¡Hola, delicia! Hoy vuelvo a traerte una reseña de un libro, en concreto, el último que terminé de leer. Se trata de:


A través de mis pequeños ojos, de Emilio Ortiz. A través de mis pequeños ojos es la historia de Cross, un perro guía que es traído desde Estados Unidos (si no recuerdo mal, concretamente, desde Michigan) para hacerle la vida más fácil a Mario, su dueño. En el libro, conocemos al dueño y a su familia a través de los ojos del perro guía, que nos va narrando todo lo que ocurre en la vida de su dueño desde esa perspectiva cariñosa y fiel que sólo pueden tener los perros.
En el libro encontramos críticas a determinados comportamientos de los humanos (por ejemplo, que no tengamos miedo de decir las cosas malas que pensamos de alguien, pero sin embargo ocultemos lo bueno por vergüenza, o el desapego que sentimos con la madre naturaleza) y descripciones bastante pintorescas de situaciones tan cotidianas como ir al baño, cosa que choca muchísimo al narrador en primera persona, Cross.
A través de mis pequeños ojos se trata de un libro sencillo, incluso simplón, me atrevería a decir. La historia, que en un principio podría tener mucha chicha, se queda en nada a medida que vas avanzando páginas y descubres que el libro no es más que una recopilación de anécdotas mal ligadas de la vida de una persona ordinaria. Sí que es cierto que en los momentos más importantes, como el instante en que Cross y Mario se conocen, son descritos con más detalle de lo demás, pero por el resto se dan pinceladas a brocha gorda que no llegan a satisfacer al lector. La prosa, por otro lado, cumple hasta cierto punto con lo que podrías esperar de un libro narrado por un animal que no es humano. No hay florituras en cuanto a la escritura, ni tampoco metáforas que hagan que sonrías pensando en lo imaginativo que es el autor: el libro se apoya, única y exclusivamente, en escasas reflexiones que hace el perro guía del mundo de los humanos y las críticas veladas del autor hacia estos comportamientos (que puedes compartir o no). Es por ello que este libro te marca y a la vez te deja completamente indiferente, constituyendo una lectura insulsa que continúas más por amor propio y para matar el tiempo que por real interés.
Sin embargo, aunque son interesantes esas comparaciones que hace Cross entre el mundo humano y el canino, hay ocasiones en que al autor se le va de las manos esa camaradería con la que trata al lector. Hay momentos en que incluso se le olvida que está hablando con la boca de un perro guía, o mejor aún, incluso se le olvida que trata de un ciego. En muchísimos momentos hace referencia a que Mario “mira”, “se ríe al ver”, y un largo etcétera que hacen que, como lector, tengas la sensación de que escribieron este libro en dos días o directamente te están tomando el pelo.
Otra de las cosas que no me ha gustado de la forma de narrar (aunque esto ya es personal), es la forma de anteponer las ideas en una oración. Emilio Ortiz abusa de “pues” como yo abuso de las metáforas astronómicas en mis historias: si hubiera que contar los párrafos en que no se utiliza esta palabra, sobrarían los dedos de las manos a lo largo del libro. Hasta cierto punto es comprensible: a fin de cuentas, cada uno tiene su forma de narrar y su debilidad por ciertas palabras; yo, la primera. Sin embargo, hay ocasiones en que directamente el pues no tiene sentido en el uso que se le está dando en la oración, o lo que es peor (y ya nada excusable): lo utilizan personajes jóvenes. Vale, seguramente pienses “chica, tú también lo haces”, y sí, claro que lo hago, pero te aseguro que ni yo nunca he dicho ni escuchado el “pues” en frases como las que aparecen en el libro, por ejemplo: “Fui en taxi pues no quería que me llevara __”. ¿?¿?¿?¿?¿? Dime tú quién, nacido después de la llegada de los Borbones al trono de España, metería el “pues” en esa oración y se quedaría tan pancho.
Hablando de los diálogos, estos constituyen sin duda lo que menos me ha gustado de todo el libro: son forzados, insulsos, carecen de un mínimo de relevancia en muchísimas ocasiones, y hay veces en que incluso dan vergüenza ajena por la forma en que interactúan los personajes. Varias veces he tenido que parar de leer para calmarme, porque realmente había situaciones que me hacían sentir incómoda leyendo (el tonteo de Mario con cierta chica) y que hacían que valorara realmente el añadir este libro a la cortísima lista de obras que no me he podido terminar.
Visto en retrospectiva, A través de mis pequeños ojos es un libro que he terminado más por amor propio y no permitir que el libro me “ganara”, por así decirlo. La historia prometía ya sólo por el narrador, pero la dejadez a la hora de narrarla ha hecho que incluso la novedad de que no sea un humano, sino un perro guía, quien te cuenta la historia, se vea eclipsada por los defectos que vas viendo a lo largo de la lectura.
Al principio del libro, hay una especie de “carta de recomendación” de otra autora en la que canta las alabanzas de la obra que estás a punto de leer, las buenas reflexiones y la prosa graciosa del autor. Es como si trataran de venderte el libro como algo revolucionario, lo mejor de su género, y, sinceramente, prefiero pensar que se están marcando un farol. Me niego a creer que este libro puede ser lo mejor que haya en el sector en que se encaja en todo el mercado. Ni siendo un completo ignorante en el mundo de los perros guía y sus amos ciegos podrías meter tantas veces la pata como lo hace el autor, a quien se le exige incluso más cuidado por el hecho de que cuenta una historia que él ha vivido en sus propias carnes. Es increíble la cantidad de errores chapuceros que hay a lo largo del libro (no ortográficos; la ortografía está muy cuidada, pero sí de estilo), que puedes excusar en que el autor no haya podido darle una vuelta a su obra, pero, entonces, ¿qué coño estaba haciendo su editor?
Lo mejor: el final del libro que, contra todo pronóstico, no es triste (y que consiguió que no suspendiera esta historia en Goodreads, poniéndole 3 estrellas que ahora mismo voy a rebajarle).
Lo peor: tristemente, se me hace muy difícil elegir la peor cosa de este libro, pero tengo que quedarme con los diálogos. Demasiado coloquiales incluso para mí, que literalmente lleno de tacos las interacciones de mis personajes porque en la vida real yo hablo así.
La molécula efervescente: “Medidle la comida, pero nunca le midáis el afecto”.
Grado cósmico: Satélite {2/5}. Ahora que se me han pasado los efectos del final feliz, tengo que ser sincera conmigo misma y admitir que este libro ni me ha gustado ni me parece que se merezca un aprobado.

lunes, 9 de julio de 2018

¿Eres mía ahora?

No sabía qué coño me estaba pasando esa noche. Por lo menos, podía estar agradecido de que Jordan no estuviera conmigo. Él estaba demasiado ocupado con la barra, atendiendo a los que querían emborracharse aun a pesar de los precios que les ponía a las bebidas (aunque la verdad era que podía permitirse cobrarlas tan caras), así que no podía fijarse en cómo estaba yo.
               Patéticamente sentado en el sofá, mirando a las chicas pasar, inspeccionarme con anticipación.
               Tenían hambre, y yo también, pero no de ellas. He de reconocer que me había puesto (más) guapo para esa noche, ahora que tenía alguien a la que quería impresionar más de lo que ya lo hacía. Sabrae me había dejado caer que irían, cien por cien, seguro, a la discoteca que nosotros frecuentábamos.
               Pero no me había dicho la hora, y tampoco había preguntado si iría yo. Así que allí estaba, plantado como un gilipollas, esperando a que apareciera, y sudando de todas las tías que se me ponían por delante para asegurarse de que les veía bien las tetas o el culo. Me estaban poniendo de muy mal humor.
               Yo me estaba poniendo de mal humor a mí mismo. Normalmente me encantaba que las tías vinieran hacia mí: no soy el típico chico que se las da de conquistador y que rechaza a una presa cuando ella camina voluntariamente hacia la trampa. No, todo lo que venga, bienvenido sea. Había que premiar la valentía. ¿Te pongo y vienes a decírmelo? Nena, te prometo que te haré pasar una noche que no olvidarás en mil años. Le pondrás mi nombre a tu primer hijo mayor en honor al polvo que te voy a echar. Vivirás mal desde que yo salga de tu interior, porque nadie te lo puede hacer como te lo hago yo.
               No me malinterpretes: me gusta, me encanta ser yo el que da el primer paso. Me gusta acercarme a un grupo de chicas y hablarles a todas, tantear un poco el terreno, ver con cuál tengo más afinidad o posibilidades (y, créeme, tengo posibilidades con muchísimas, salir a jugar conmigo es como salir al campo con el MVP de la temporada). Me gusta ese suave tirón que te da el estómago cuando te acercas a un grupo de chicas que no dejan de mirarte, porque, si bien pequeña, siempre hay una posibilidad de que aquello salga mal.
               Hay un cierto riesgo en ir a ver a un grupo de mujeres, y la adrenalina que recorría mi sangre me encantaba.
               Pero eso no quiere decir que me disgustara ser presa, en vez de cazador.
               Esa noche, sin embargo, me estaba cabreando muchísimo la forma en que las chicas se me ponían delante, casi como si tuviera que elegir en un catálogo. Era como cuando iba a las tiendas de ropa y las dependientas se acercaban a mí. Tía, sé lo que quiero. No necesito que me lo digas tú. Por favor, pírate. Sólo que ahora, mi molestia era incluso mayor: nunca había disfrutado de que las dependientas e las tiendas se me acercaran; en cambio, cuando las chicas se lanzaban a por mí, me lo solía pasar bien.
               Hasta entonces.
               Mi cara tenía que ser un puto poema. Tan pronto como las chicas llegaban, se marchaban, incómodas por la hostilidad que manaba de mi cuerpo o por mi indiferencia mal disimulada. Llegó un punto en el que empecé a mirar la hora con ansiedad. ¿Dónde coño está?

viernes, 6 de julio de 2018

Terivision: Love, Simon.

¡Hola, delicia! Me he hecho un poco de rogar, pero por fin te traigo la reseña de la última película que fui a ver al cine. Se trata de: 


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Shout out al equipo de márketing por ese "coming out"


Love, Simon es la adaptación cinematográfica del libro que actualmente tiene el mismo nombre, pero que salió al mercado como Simon vs. the Homo Sapiens agenda. Se trata éste de un libro que yo no he leído, pero después de ver la película probablemente rompa con mi tradición de no leer libros cuyas películas haya visto (necesito dormir y soy mortal, por desgracia) porque realmente la historia de Simon me ha encantado y quiero saber más sobre él.
En Love, Simon, descubrimos que el protagonista, Simon, es, como él mismo dice “un chico como tú, pero con un tremendo secreto”. Ya del propio tráiler extraemos que es gay, así que no hay nada que nos sorprenda realmente cuando vamos al cine, salvo que no hayamos visto nada de la historia y simplemente nos metamos en la sala porque no sabemos que ver. Simon es el típico chico de instituto, podríamos decir el “chico medio”, en el sentido de que se encuentra justo en el punto de equilibrio entre ser el rey y el marginado: tiene su grupo de amigos y parece que le va bastante bien, vive una vida normal, salvo por el secreto que guarda. Secreto que nunca expone con nadie, hasta que un chico misterioso, llamado Blue, cuelga en el blog del instituto una confesión que revoluciona a todo el curso: es gay. Simon comienza a mensajearse con él, y encuentra en Blue un alma gemela, un rinconcito en el que escapar de la máscara de normalidad que tiene que ponerse todos los días. Hasta aquí, todo bien: el problema llega cuando una tercera persona descubre el contenido de estos mensajes, lo que pone a Simon en el aprieto de obedecerla para que no la saque del armario, o verse expuesto delante de todo el instituto.
Tengo que decir que tengo sentimientos un poco encontrados con esta película. A pesar de que me terminó encantando, al principio tardé muchísimo en conectar con ella. Quizá se deba a que puede que yo no sea el público al que está orientada, más adolescente; el caso es que había determinadas bromas y situaciones que no conectaban conmigo y no me terminaban de hacer gracia, mientras el resto de la sala (abarrotada, por cierto), se descojonaba mientras yo me quedaba así: 😔. La presentación de la película es como todas las demás en que la trama gira en torno a un instituto: vemos a la familia, el protagonista tiene prisa y sólo come un arándano de la montaña de tortitas con sirope de arándanos, beicon, huevos fritos, cereales, y zumo de naranja recién exprimido (de verdad a qué puta hora se levantan los estadounidenses); va a buscar a sus amigos, y luego nos ofrece una especie de tour por los exteriores del instituto antes de entrar y encontrarse con el típico profesor peñazo, para finalmente ir a una fiesta en la que empieza a desencadenarse toda la acción. Nada original en todo esto, aunque supongo que si es un cliché, es precisamente porque los clichés funcionan. El caso es que, mientras estaba viendo todo esto, tenía la sensación de haberlo visto un montón de veces más. No había ni rastro de la película tan diferente y necesaria que todo el mundo decía que era Love, Simon.
Por supuesto, todo eso cambia cuando empieza la verdadera acción: después de que un personaje horrible cuyo nombre no recuerdo (ni quiero recordar, la verdad xd) descubra el secreto de Simon, lo pone entre la espada y la pared para que le ayude a emparejarse con la chica que le gusta, que casualmente es amiga de nuestro protagonista. Porque, oye, el personaje éste es gilipollas perdido, pero no tanto como para no darse cuenta de que con su forma de ser no habría quien le quisiera. Es precisamente aquí, con alguien escarbando dentro del armario y amenazándolo con abrirlo de par en par antes de que Simon esté preparado para salir, donde la película empieza con sus aires frescos y a diferenciarse de todo lo que hayas visto hasta entonces.
Y lo mejor de todo es cómo la película consigue transmitirte la angustia del personaje. Salir del armario y declararte tal y como eres es una tarea que no es nada sencilla (yo, por ejemplo, todavía no lo he hecho con mi familia), y no quiero ni imaginarme lo horrible que tiene que ser pasar por ese trago cuando no estás preparado, sino porque alguien te obliga a salir. En ese sentido, la interpretación de Nick Robinson como Simon es espectacular, puesto que realmente te transmite sus emociones y consigue que empatices con él, incluso más de lo que lo harías con este personaje, que la verdad, es un regalo.
Al margen del final, que probablemente te imagines pero no te quiero destripar, la película en sí es preciosa en el sentido de que toca temas muy pasados por alto incluso entre los queer. No sólo habla de ese mensaje de “yo no tengo por qué declararme x; si todo el mundo asume que soy y, no es mi problema”, dándole la vuelta y llegando a la conclusión de que decir tu orientación real es necesario (por lo menos, así lo veo yo) para ser quien realmente eres (sientes que estás viviendo una mentira hasta que no lo dices), sino por la forma en que trata los miedos que todos tenemos a la hora de salir del armario. Nadie desprecia a Simon por ser gay. Su sufrimiento y su angustia por cómo se lo tomará la gente se queda en poco más que pensamientos confusos y pesimistas: todo el mundo tiene una reacción muy positiva y abierta, algo que necesitamos muchísimo los que nos encontramos en su situación. Esta película te da la esperanza de vivir una vida mejor una vez en libertad, apartándose de tantísimas historias a las que nos vemos sometidos en que a los que no somos heterosexuales se nos margina por algo que nosotros no podemos controlar. Este mensaje de valentía, de “atrévete, las cosas van a ir a mejor” es algo tremendamente necesario para gente que siente que se asfixia; puede suponer la diferencia entre ahogarse o arriesgarse a salir a la superficie y respirar.
Mensaje aparte, y ya centrándonos en los personajes, es muy interesante la relación que tiene Simon con sus amigos, que en ocasiones no se comportan como deberían en el sentido de que no le dan el apoyo que él necesita. También está muy bien la relación con los padres, el cambio que hay cuando Simon finalmente les cuenta su verdadera condición: es un buen ejemplo de cómo, a veces, somos nosotros quienes vemos los cambios en otras personas.
Y lo mejor de todo es el comportamiento del “villano”, por así decirlo. Hace que le odies durante literalmente toda la película, y si soy sincera, no consigue redimirse con ciertas acciones del final. A Simon le hace una auténtica putada y lo peor de todo es que tú te lo esperas, porque es gilipollas perdido, y no puedes parar de detestarlo. Es bueno tener un contrapunto de odio en una película que se basa tanto en el amor: hace que no sea pastelosa ni ñoña, equilibra a la perfección los dos elementos.
Ver esta película en una sala abarrotada de gente me ha ayudado mucho a sentirme más aceptada por la sociedad. En el final, incluso la sala prorrumpió en aplausos cuando finalmente se desvela quién es Blue. Aunque a mí me gustó y a la vez hubiera preferido que fuera otra persona, tengo que decir que todo eso se vio eclipsado por la felicidad que se respiraba en la sala al ver a Simon feliz. Fue en ese momento cuando comprendí por qué todo el mundo estaba tan contento con esa película, porque trata a Simon como a un chico que está enamorado, más allá de su condición sexual. No lo convierte en un fetiche ni en ningún experimento, en una minoría incluida para tener contentos a los que estamos poco representados. Simon es una persona, un protagonista, que se merece una historia feliz igual que cualquier otro, independientemente de su condición.
Tenía la esperanza de que esta película me ayudara a contarle a mi madre mi bisexualidad, pero algo me lo impidió. Supongo que todavía no me siento del todo preparada, aunque tengo que decir que empieza a urgirme. Sin embargo, aunque muchísimos queer hayan salido del armario por ella, y hayan obtenido buenas reacciones, Love, Simon consigue tranquilizarte. No te presiona a salir. No te hace sentirte obligado. Lo mejor de esta película es, precisamente, que trata tanto de la aceptación como de la libertad de elegir tu momento.
Lo mejor: lo diferente que es en cuanto a la salida del armario de Simon.
Lo peor: el gilipollas que chantaje a Simon, que da grima tanto física como psicológicamente. Joder, apartadlo de mi vista.
La molécula efervescente: conocí a Nick Robinson por su papel en Jurassic World, y en Love, Simon, Nick tiene en su escritorio un juguete de un triceratops. Moraleja: nos casamos.
Grado cósmico: Estrella galáctica {4.5/5}.
¿Y tú? ¿Has visto Love, Simon? Si es así, ¡déjame tu opinión en los comentarios, si te apetece!