domingo, 10 de diciembre de 2017

Origen.

Empujé la puerta con entusiasmo mientras me recolocaba el jersey. Me saqué los rizos del cuello de algodón y le di la vuelta.
               Scott dio un brinco en la cama y cerró a toda velocidad la tapa de su ordenador portátil.
               -¿No sabes llamar?-ladró, antes de que yo pudiera pedirle disculpas. Que se pusiera tan chulito sin yo darle motivos me irritó. Con lo que me había costado convencer a papá y mamá para que me dejaran ir con él, para ver las luces de navidad del centro con Amoke… y ahora él se hacía el ofendido.
               -¿Qué hacías?-pregunté, entrando en la habitación. Scott se puso colorado, colocó su ordenador a un lado de la cama y se incorporó.
               -Nada-respondió, tirando de su sudadera y fulminándome con la mirada, retándome a seguir.
               -¿No estarías viendo vídeos guarros?-pregunté. Scott se puso aún más rojo, pillado con las manos en la masa.
               -¡Claro que no!
               -Mamá se disgustaría mucho si se enterara de que te gusta ver vídeos guarros.
               -¡No veo vídeos guarros, pesada! ¡Fuera de mi habitación, venga!-tronó, caminando hacia mí y empujándome en dirección a la puerta, pero yo me resistí.
               -¿Por qué te gusta verlos? Con lo bonita que es la ropa que le ponen a algunas actrices en las películas, ¿qué sentido tiene que quieras verlas desnudas?
               -¡Que no los veo!-respondió el, rojo de vergüenza, arrastrándome hacia la puerta.
               -Entonces, si no estabas viendo vídeos guarros, ¿me enseñas lo que estabas viendo?
               -No.
               -¿Por qué?
               -Son cosas de mayores-contestó, cogiendo el abrigo e interponiéndose entre la puerta y yo.
               -¿Lo ves?
               -Los mayores hacemos otras cosas que no son ver porno-espetó, cerrando de un portazo y haciendo un gesto con la cabeza en dirección a las escaleras. Como yo no me moví, me dio otro empujón.
               -¡Ay! ¡Mamá!-protesté, y desde la otra punta de la casa llegó la voz de mi madre nombrando a mi hermano, que puso los ojos en blanca, escupió un “chivata” y echó a andar hacia las escaleras. Le seguí al trote, con la mochila a modo de bolso en la que llevaría el móvil de papá y un poco de dinero colgada al hombro.
               Mamá nos recolocó la bufanda, se aseguró de que tenía bien puesto el gorro de lana gris y rosa, a juego con mi jersey azulado, y nos dio un beso en la mejilla.
               -Abrigaos. No cojáis frío-indicó, y luego se volvió hacia Scott-. No pierdas de vista a tu hermana.
               -No.
               -Cógela de la mano en los pasos de peatones.
               -Que sí.
               -Ni se te ocurra dejarla sola.
               -Que noooooooooo-baló Scott, poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza. Se mordió el labio y se sacó el teléfono del bolsillo.
               -No cojáis el metro a partir de las 7, ¿de acuerdo? Nos llamáis y os vamos a buscar. No quiero que vayáis en transporte público vosotros tan tarde.
               -Voy con Tommy, mamá-le recordó Scott.
               -No me importa. Cuando queráis volver, llamáis a casa y nos pasaremos a recogeros, donde sea. Id por sitios en los que haya gente, pero no demasiada gente, ¿entendido, hombrecito?-dijo mamá, tirando de la bufanda de Scott y dándole una vuelta alrededor de su cuello.
               -¡Mamá!-se quejó Scott-. ¡Que ya no soy un niño! Venga, ¿podemos irnos ya?
               -¿Lleváis los móviles con suficiente batería?-inquirió ella, y asentimos con la cabeza, enseñándoles la pantalla libre encendida-. Estupendo. Pasáoslo bien-sonrió, dándonos un último beso y abriendo la puerta para que pudiéramos salir.
               -¿A ella no le vas a decir nada sobre que sea obediente?-se quejó Scott, y mamá se echó a reír.
               -Ella ya lo es, ¿verdad, cariño?
               -Mucho, mami-sonreí, y me giré para sacarle la lengua a Scott, que puso cara de fastidio y no dijo nada más.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Elegida.

 Oigo pasos a mi lado y ni siquiera me digno en girarme para hacerle saber que sé que está ahí. Sé que no es de buena educación y que mamá se sentiría decepcionada conmigo si me viera ahora, pero no lo puedo evitar.
               Soy toda rencor. Froto el palo contra el suelo de asfalto de colores y me fuerzo a mí misma a interesarme más por el color parduzco que está adquiriendo la mariposa dibujada con tiza en el suelo, en cómo se difumina, igual que mi felicidad ayer. Amoke levanta la vista y me mira, luego, le mira a él.
               Sus ojos vuelven a mí pero yo la ignoro también a ella, que tuerce la boca, triste, pero continúa con su dibujo, ignorando su instinto. Ella dibuja con tizas de colores, y yo destruyo lo que ella hace.
               Carraspea y yo trago saliva y me giro un poco más, apoyada sobre la planta de mis pies y fingiendo que me da igual que esté ahí. Le doy la espalda a propósito, a pesar de que él ha dado un par de pasos para aparecer en mi campo de visión.
               -Sabrae-dice, y yo continúo sin hacerle caso-. Sabrae-insiste, y yo suspiro, enfadada, como veo que mamá hace cuando está molesta con papá y él intenta arreglarlo cuando ella sólo está de humor para sulfurarse-. ¿Estás enfadada conmigo?-pregunta en tono inocente, y a mí me entran unas ganas terribles de levantarme y darle un gran empujón.
               -No sé-respondo, encogiéndome de hombros-. Tú sabrás.
               La fórmula más típica del enfado de mi madre, la que nunca falla, la que hace que papá se amedrente apenas la ha escuchado.
               Pero hay un pequeño problema.
               Scott no es papá…
               … y Alec, lo es aún menos.
               -No, no lo sé-dice él en un tono dulce que me revuelve por dentro, pero no voy a ceder a su manera de hablar. Ni le voy a mirar a los ojos tan bonitos que tiene. Ni voy a mirar tampoco sus ricitos marrones. No voy a estirar la mano y jugar con ellos como solía hacer siempre, cuando éramos amigos.
               Porque Alec y yo ya no somos amigos. Eso era antes de que me robara a Scott.
               -Oh, oh-musita Amoke, soltando su tiza y levantándose antes que yo. Es sólo un segundo, pero tiempo suficiente como para que Alec se percate de que algo no va del todo bien. Da un paso atrás y espera mientras yo me incorporo, dejo caer mi palo (o más bien lo lanzo contra el suelo) y me vuelvo hacia él con la mueca más digna que puedo.
               Un poco de mi fortaleza se disipa en cuanto me encuentro con su cara.
               No, me digo a mí misma. Mantente firme. Scott es tuyo.
               -Es que… no has venido a saludarme cuando hemos entrado en clase…-Alec se pasa una mano por el brazo y se pellizca el codo. Es un gesto que copia de su padre.
               Un gesto que va a repetir durante toda su vida, cuando en el fondo sabe que ha hecho algo mal…
               … y un gesto que a mí me va a volver loca siempre. Porque ese pequeño pellizco, esa suave caricia en su brazo, es lo que convertirá a Alec Whitelaw cuando sea Alec Whitelaw con mayúsculas, en simplemente Alec.
               Al.
               -Ya-contesto, recogiendo mi palo y volviendo a inclinarme.
               -¿No me habías visto?-insiste él.
               -Sí.
               -¿Entonces?
               -Tienes razón-respondo-. Estoy enfadada contigo.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Mamá.

Estoy recogiendo margaritas en el jardín de casa mientras me da el sol. He decidido hacerle un collar de flores a Shasha y una corona de flores a mamá, que está sentada en el comedor, con las ventanas y las puertas abiertas, mirándome mientras garabatea en su iPad o con un bolígrafo en un montón de hojas de papel que tiene desperdigadas por ahí.
               De vez en cuando levanta la vista y nos observa, aunque estamos en buenas manos. Eri se ha sentado en una de las tumbonas de al lado de la piscina a vigilarnos mientras se acaricia la tripita y mira a Eleanor, Tommy y Scott chapotear en el agua de la piscina en la que yo he estado jugando hasta hacía nada: sólo he salido cuando han recogido a Shasha y la han envuelto en una toalla porque se estaba quedando dormida.
               Pero, la mayor parte del tiempo, está concentrada en sus papeles. Sigue haciéndolos bailar de un lado a otro como cuando yo era pequeña. A veces me pregunto si no se aburrirá de estar haciendo siempre lo mismo. Incluso yo termino cansándome cuando Amoke y yo seguimos los mismos juegos durante la misma tarde.
               Papá aparece en escena y yo me lo quedo mirando. Le deja una jarrita de cristal con un zumo de colores encima de la mesa, al alcance de su mano, y le da un beso en la sien. Mamá le sonríe.
               -Gracias, amor-susurra, incorporándose lo justo para darle un beso en los labios. Eri los mira de reojo y luego se acurruca bajo su sombrilla, entrelazando los dedos, con la vista de nuevo en mi hermano y sus  hijos, también saltando a mí.
               -Sólo quiero que sepas-le dice papá a mamá, apartándole el pelo del hombro-, que tienes un marido dispuesto a complacerte.
               Mamá se echa a reír, divertida, siguiendo los dedos que papá desliza por su cuello. Suspira cuando él le da un beso en el rincón en que la mandíbula y el cuello se unen, suelta una risita y cede:
               -Vale.
               -Y, si quieres yacer en nuestro lecho conyugal-le dice al oído, de manera que nadie le oye-, yo te estaré esperando.
               Mamá deja caer un bolígrafo y lo mira, mordiéndose el labio.
               -¿Y ese vocabulario, mi lord?-coquetea, divertida.
               -Estoy releyendo a Shakespeare. Para las clases-responde, besándola en los labios.
               -Mm.
               -Y me apetece hacerte lo que él le hizo a la literatura-añade papá en su oreja, rozando el lóbulo de mamá con sus labios, metiéndole la mano por entre los pantalones.