sábado, 23 de junio de 2018

Sol.

-Y tú reflejos-respondí, zafándome de su mano y fulminándolo con la mirada.
               Bueno, le fulminé más o menos.
               Es que es muy guapo.
               Y yo, cuando voy un poco chispa, me pongo cachonda con mucha facilidad.
               Así que Alec más alcohol en sangre igual a…
               … pésima combinación para que yo siga cabreada.
               -Cuando digo que las chicas me gustan de armas tomar, no es esto lo que tengo en mente-comentó, pasándose la mano por el pecho y haciendo una mueca como si le acabara de clavar un puñal en un ojo. Puse los ojos en blanco y me escuché reírme. ¡Sabrae! ¡Hace literalmente dos minutos querías partirle las piernas!
               Claro que es muy fácil odiar a Alec cuando no lo tienes delante. Su pelo es demasiado esponjoso, sus ojos son demasiado bonitos, su sonrisa es demasiado pícara y su presencia en general, demasiado hipnótica.
               Sí, Alec tiene ese tipo de carisma que podría hacer que un avión se detuviera en pleno vuelo con tal de no hacerle daño.
               Es curioso: de entre todas las personas que hay en Londres, el elegido para ese don, tenía que ser, precisamente, él.
               -Sí, bueno… supongo que, cuando te encuentras con pesados-eché un vistazo a su espalda en el momento justo en que Amoke miraba por encima de su hombro mientras desaparecía entre la multitud con Taïssa. Zorra-, acabas algo harta. Lo siento-señalé su pecho, las marcas de mis uñas en su camisa. Alec alzó una ceja.
               -¿Te han estado molestando?-quiso saber, y en su tono descubrí algo que no debería haberme gustado, pero me volvió loca: celos. Un pelín, quizás, de posesión. No van a tocarte ahora que yo estoy aquí, parecían decir sus ojos, muy en el fondo-. Mira que nadie se mete con mis chicas, ¿eh?-añadió en tono un poco más relajado, quitándole la tensión al asunto.
               -No me ha molestado nadie-respondí-, y yo no soy ninguna de tus chicas-añadí, retándole con la mirada, alzando la vista y encontrándome con sus ojos. En su boca se dibujó esa estúpida sonrisa traviesa que también tenía mi hermano, la que hacía que las chicas estuviéramos dispuestas a postrarnos a sus pies.
               A Scott le interesaba que la gente le adorara.
               A Alec, por el contrario, lo que le importaba era que las mujeres nos dejásemos adorar.
               -Simplemente las tontas de mis amigas no me dejaban en paz-me encogí de hombros e hice una mueca. Y Alec literalmente me invadió con su presencia.
               No fue nada metafórico, ni nada: se inclinó hacia mí y todo su cuerpo entró en contacto con el mío, de una forma en que su pecho estaba contra el mío, sus piernas rozaban las mías, y su aliento me quemaba en la cara.
               En ese momento, me importó una mierda que hubiera tardado en aparecer. Me importó una mierda incluso que hubiera podido estar con otra. Lo único que me importaba era su cercanía, y las capas de ropa que nos separaban.
               -Bueno-respondió, en ese tono de sabelotodo que antes no soportaba, y que ahora me gustaba tantísimo-, y ahora tu amigo tampoco te está dejando en paz, ¿o no soy tu amigo, Sabrae?
               La forma en que dijo mi nombre hizo que fuera la palabra más sucia de la tierra.

jueves, 14 de junio de 2018

Gatita.


Cada vez que me sonaba el móvil, mi corazón daba un brinco, y todo mi cuerpo con él. Llevaba varios días hablando con Alec sin parar por Instagram. Aunque al principio la conversación había sido un poco incómoda por mi férrea intención de no permitirle tirarme la caña más de lo que se consideraría moralmente adecuado, nuestra charla había ido evolucionando y rápidamente nos habíamos encontrado metidos en reflexiones profundas sobre la vida, la muerte, el sexo y las relaciones.
                Llevaba varios días durmiendo poquísimo por hablar con él de madrugada, y la verdad es que no me importaba. Incluso había pedido una batería portátil en Amazon con la esperanza de que él viniera a entregármela en persona.
                Casi podía imaginármelo, llamando al timbre y esperando a que yo le abriera.
                -Empiezo a pensar que estás pidiendo cosas por tener una excusa para verme, Saab-diría nada más abrirle la puerta, y yo me echaría a reír, me apartaría las trenzas de la cara y respondería:
                -Bueno, lo cierto es que me estoy aficionando a esto de que me traigan las cosas a casa. Además, necesitaba urgentemente una batería portátil para el móvil. Y en Amazon tienen mucho servicio que ofrecer.
                -¿Una batería portátil?-él mordería el anzuelo, justo como pretendía. No dejaría escapar la ocasión-. Vaya, bombón, ¿tanto uso le estás dando al móvil últimamente?
                -Ya ves-contestaría yo, coqueta, sacándole la lengua y echándole una firma en el panel de recibo del móvil. Quizá, sólo quizá, daría mi brazo a torcer por fin y le daría mi teléfono.
                Lo cierto es que no sabía por qué no se lo había concedido ya.
                Al igual que tampoco sabía por qué habíamos evitado el tema de qué haríamos ese fin de semana. ¿Nos veríamos el viernes, como estábamos empezando a tener por costumbre? ¿Coincidiríamos en la discoteca? ¿Nos acercaríamos el uno al otro, o ahora que Scott no estaba para pillarnos, nuestros encuentros secretos ya no tenían tanto morbo?
                Me odiaba a mí misma por no haber sabido preguntarle.
                Y más le odiaba a él por no haberme sacado el asunto.
               Así que allí estaba: comiéndome la cabeza a niveles vergonzosos, preguntándome en voz alta si estaría haciendo una montaña de un grano de arena, o si tenía motivos realmente para estar preocupada. Le había estado dando el coñazo toda la semana a Amoke, a la que había confesado todo lo que había hablado con Alec apenas habíamos pasado nuestra primera noche de debate. Incluso le había enseñado la conversación con la esperanza de que ella me dijera que no estaba loca y que de verdad estábamos tonteando y yo no estaba resultando patética.
               Mi amiga no me dejó en la estacada y se puso a chillar y a gemir y a abanicarse, haciendo que pasara auténtica vergüenza ajena, mientras leía los mensajes que nos habíamos intercambiado de camino a casa.
               Después de una angustiosa semana en la que los días no parecían avanzar, llegó el viernes, y con él más histeria para mí. Las chicas decidieron que iríamos a cenar esa noche en casa de Kendra, y que luego, quizás, saldríamos de fiesta, a bailar un poco y a beber más.
               Fui derechita a casa de Amoke con la ropa con la que pretendía salir metida en una bolsa, mi maquillaje guardado concienzudamente en un neceser al fondo de ésta. Amoke me abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, seguramente pensando en alguna broma que hacerme, pero su pulla se congeló en su garganta cuando vio mi cara larga.
               -¿Qué pasa?

miércoles, 30 de mayo de 2018

Dejadnos entrar.


En mi instituto había dos escritoras. Una de ellas, la que lo reconocía, decía siempre con cierto sonrojo y la voz un poco más tímida de lo habitual que ella, lo que quería, era ser escritora. Todo el mundo lo sabía y creo que muchos confiábamos en que algún día tendría su nombre impreso a tinta y rasgado con la celulosa del papel en ejemplares del escaparate de una librería. Escribía a mano en libretas que no le enseñaba a nadie, y participaba en concursos que siempre ganaba. Sus historias sólo salían a la luz elegidas a través de una ruleta de la que sólo ella conocía el mecanismo. Compartía las palabras, pero no sus personajes.
               La otra no decía que era escritora; tardaría mucho en etiquetarse como tal. Simplemente llevaba un blog, y lo que quería era que más personas vieran las palabras que codificaba en un baile de unos y ceros, en un idioma que nunca conseguiría entender. Compartía las palabras, y sus personajes, incluso los que debería haberse guardado para sí misma, salían a chorro de sus dedos como de un manantial surgía el agua.

               Ambas sentían el mismo amor y disfrutaban con la misma actividad, pero no podían hacerlo de formas tan diferentes. Una decía que le encantaba el susurro del bolígrafo rasgando el papel mientras escribía; era el único confidente que guardaría sus secretos hasta que ella decidiera revelarlos. En cambio, la otra, adoraba el tamborileo rítmico del teclado mientras escribía en una pantalla, sus gafas con un ligero tono azul para que no le doliera la cabeza al escribir, tan sólo el alma.
               Puedo entender su referencia a los secretos, la intimidad del papel. Pero nada se compara a la música de la auténtica voz de los personajes; ni siquiera el silencio que contiene su misma esencia.
               El sonido del tecleo son las pulsaciones del corazón de los personajes a los que das vida en bits o en páginas. Su particular lucha por escapar de tu interior, pasar de energía a materia, de potencia a ser, de pensamiento a verdad.
               Son esos toquecitos insistentes, de impaciencia, en la puerta del mundo real.
               Existimos de veras.
               Dejadnos entrar.