lunes, 30 de marzo de 2020

Edición limitada.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Si la noche con él había sido mano de santo, el mensaje que me envió había terminado de curarme. Ver la canción que me había dedicado en bucle hasta que prácticamente podría dibujar cada fotograma con los ojos cerrados es lo único que hice de mínimo provecho en toda la mañana.
               No es que no me hubiera dedicado a hacer otras cosas, claro. Alec no había podido recoger la ropa que yo había dejado tirada por la habitación, tratando las esquinas como si fueran huecos vacíos en un almacén abarrotado, así que ya tenía tarea para la mañana: mientras la canción se repetía una y otra vez, yo me dedicaba a ordenar mi habitación, metiendo la ropa de nuevo en el armario a una lentitud asombrosa. Seguían doliéndome las piernas, aunque no tanto como el día anterior, y me notaba más cansada y débil de lo que acostumbraba los domingos por la mañana. Apenas había desayunado, pero mi estómago celebró con un pequeño brinco (no podíamos permitirnos más ninguno de los dos) cuando escuchó a papá llamarnos desde el piso de abajo:
               -¡A comer!
               Intenté enfundar mis piernas en unos pantalones de pijama, y después de un par de pasos en los que me asé de calor y me sentí más oprimida que nunca (más incluso que cuando había intentado seguir usando unos shorts del verano pasado, a pesar de que había engordado y casi no podía moverme), decidí renunciar a mi ropa interior. Me sentí un poco más liberada, aunque no mucho, y me peleé con el salmón especiado que mamá depositó frente a mí, cortado especialmente para cada uno de nosotros desde la fuente que papá había horneado atentamente en el horno. De lo que sí di buena cuenta fue del par de patatas asadas que me dejaron coger, y antes de darme cuenta, la temperatura de mis piernas estaba bajando en picado por acción del sorbete de limón que mamá había preparado el día anterior.
               Creí que estaría lo suficientemente bien como para ocuparme de mis tareas y fregar los platos, pero después de avanzar lentamente, a ritmo de caracol, en dirección a la cocina con mi vaso, mi cuchara y mi bol, Shasha me cogió las cosas con cuidado de las manos y dijo que ella se ocupaba.
               -Debes de verme muy mal.
               -Creo que te está volviendo a subir la fiebre-comentó, y mamá se acercó a mí, me puso una mano en la frente y, tras un instante de vacilación en el que su instinto maternal calculó con una exactitud de centésimas mi temperatura corporal, asintió con la cabeza y me envió escaleras arriba, a que hiciera lo que yo quisiera, pero descansando todo lo posible. Tampoco es que necesitara ese último consejo: no tenía ganas de nada más que de tumbarme en la cama (ni siquiera me metería bajo las mantas) y tratar de dormir. No voy a mentir: sabía que olía de pena y que tenía el pelo hecho un asco, pero ya había hecho bastante ordenando mi habitación: sí, me sentía mejor porque ya no vivía entre caos pero, ¿a qué precio? Lara Jean había ordenado su cuarto en A todos los chicos de los que me enamoré cuando quería organizar también sus pensamientos, pero su cuerpo estaba perfectamente. No se encontraba mal, sus glóbulos blancos no luchaban entre sí, ni su estómago bailaba una conga con cada movimiento que hacía, como estaba haciendo el mío ahora que estaba lleno.
               Así que en ésa estaba, en intentar relajarme, dejar la mente en blanco y no pensar en nada, pues pensar implicaba ser consciente de mí misma, y por tanto de mi malestar, cuando alguien llamó a la puerta, con una voz conocida que yo adoraba. Apenas podía creérmelo cuando le escuché al otro lado de la pared.
               -Servicio de habitaciones-bromeó conmigo, y yo sonreí.
               -¿Alec?
               -No. Soy su gemelo malvado, Caleb-respondió, entrando por fin en mi habitación, y haciendo que el día se nublara un poco menos esbozando una sonrisa. Jo, qué guapo era. A veces se me olvidaba lo guapo que podía llegar a ser, especialmente cuando sonreía y estaba tan relajado como lo hacía ahora: a pesar de que había pasado la noche conmigo, era como si hiciera años que no lo veía. Sentí un subidón de dopamina en mi cuerpo nada más verlo, al pensar que, si estábamos juntos, no podía pasarme nada malo. Ni siquiera mis débiles defensas podían volverse contra mí.
               Estaba tan embelesada mirándolo que ni me molesté en corregirle: su gemelo malvado debería llevar su nombre invertido, “Cela”, en lugar de “Caleb”. Sin embargo, que adoptara un nombre que ya existía (y que, siendo sincera, se parecía lo suficiente como para pasar por su reflejo) me bastaba.
               Por Dios, incluso si decía que se llamaba algo completamente distinto a él (como Jordan, por ejemplo) no me habría molestado en corregirle. Me alegraba demasiado de que estuviera allí como para ponerle pegas a su presencia.
               Y el colmo fue cuando vi que traía una tacita humeante en la mano. Inconscientemente, como un bebé que quiere que su persona favorita le cojan en brazos (que es lo que soy cuando Alec anda cerca: un bebé que quiere que su persona favorita, es decir, él, le coja en brazos), estiré las manos en dirección hacia la tacita. Ya me había demostrado que podía ser un enfermero genial, así que estaba ansiosa por probar su medicina.
               Pero, ante todo, Alec era mi chico, y yo era su chica antes que una enfermita convaleciente. Por eso se inclinó a darme un suave beso en los labios a modo de saludo que hizo que mi mundo se pusiera patas arriba, y a la vez, todo encajara en su lugar. Fue una sensación extraña, como si la gravedad que mantenía unido el universo se disipara, y sin embargo las cosas continuaran exactamente en el mismo punto, enlazadas por las mismas conexiones, más ligeras ahora que ya no había nada empujándolas hacia abajo.
               En cuanto nuestras bocas se tocaron, y más tarde nuestras manos cuando me tendió la taza de sopa de pollo que tan amablemente su madre me había preparado, una poderosa energía sanadora barrió todo el malestar de mi cuerpo. Ahora, sólo me encontraba cansada. Seguía sintiendo las piernas pesadas, pero me notaba con fuerzas en algún lugar de mi interior que me permitirían soportar una maratón, aunque fuera a mi ritmo.
               No estás enferma; tienes mono de él, susurró una voz en mi cabeza… lo cual tenía sentido. Si Alec de normal ya era adictivo, imagínate cuando lo probaba de verdad. En mi interior había llevado un poco de su esencia, aunque fuera sólo unos minutos, pero lo que me había hecho era suficiente como para que mi cuerpo se volviera completa y absolutamente adicto a él. Había un antes y un después de Alec, todo en mí me lo indicaba: mi buen humor apareciendo sólo cuando lo hacía él, mis recuerdos del sexo asaltándome cuando menos me lo esperaba, el no poder sacármelo de la cabeza ni un segundo desde que nos separamos esa mañana. Me iba a la cama con él, dormía con él, soñaba con él, y se había producido un desajuste en mi interior cuando no desperté también con él. Pero, por fin, las piezas volvían a encajar.
               Estábamos juntos de nuevo.

lunes, 23 de marzo de 2020

A rabiar.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Escuché cómo sonreía, pasándose la lengua por los dientes, al escucharme pronunciar la palabra prohibida, “papi”. Al principio le había hecho gracia que la usara con él, pero a medida que me iba acostumbrando a ella, le preocupaba que dejara de llamarlo por su precioso y genial nombre por hacer uso de ese apelativo cariñoso, como él hacía con “bombón”, que por otro lado me pertenecía enteramente, mientras que el suyo debía compartirlo con mi padre.
               Creo que a una parte de él le preocupaba que la relación con papá pudiera cambiar si se me escapaba delante de él. Como si yo no tuviera control de mi lengua, o algo por el estilo, y fuera a dedicarme a ir llamándolo “papi” por todas las esquinas de mi casa, hasta que el resto de mi familia descubriera mis extrañas filias.
               El caso es que me gustaba hacerlo rabiar, incluso con la sangre en ebullición en mis venas y un regusto amargo en la boca que nada tenía que ver con sus besos, ni tampoco con la cena. Mientras mi estado de ánimo se iba calmando, descubrí que si me había sentido excitada y dispuesta a intimar de nuevo, era tanto por inercia como porque necesitaba una distracción de las malas sensaciones que me barrían hacia todos lados, bamboleándome como una de esas pelotas atadas a un poste en los patios de los colegios americanos que consiguen entretener a los niños durante todo el recreo. Alec había hecho bien siendo prudente y rechazándome con delicadeza: puede que una parte de mí siempre quisiera hacerlo con él, y esa parte había tomado el control de manera momentánea de mi cuerpo, pero había otra, mayoritaria pero más débil, que sólo quería quedarse acurrucada navegando en la duermevela en sus brazos.
               Esa parte era la que más vapuleada estaba siendo por la píldora, y también a que más preocupada se había mostrado cuando descubrí el condón roto hacía unos días en el suelo de la habitación de mi chico.
               Alec se detuvo frente al cartel de una película y frunció el ceño, pensativo. Me miró por el rabillo del ojo y yo asentí con la cabeza.
               -Atlantis me sirve. No hay mucho que pensar, y Kida es guapísima-cedí, asintiendo despacio con la cabeza. Él se echó a reír.
               -Por supuesto, no vamos a comentar nada de la belleza de la protagonista, porque no queremos que se sienta cosificada, ¿verdad?
               -Si es guapísima, creo que tenemos la obligación moral de decirlo. Además… me gusta mucho la cantidad de agua que hay en la peli-observé, cerrando los ojos un instante, porque me ardía la vista-. Me gustaría darme un bañito refrescante.
               -¿Quieres que coja la silla del escritorio y me siente al lado de la cama para no atosigarte?-se ofreció, y por la forma en que me miró, supe que estaba siendo sincero. No había rastro de decepción en su mirada: no había venido para estar todo lo pegado a mí que pudiera, sino a cuidarme. Sus deseos ahora mismo eran secundarios; mis necesidades, un asunto de Estado.
               Instintivamente, me aferré a él.
               -No. No quiero que te vayas.
               -Vale-jadeó una sonrisa preciosa que me dieron ganas de besar, pero estaba demasiado cansada como para invertir una cantidad ingente de energía en incorporarme y posar mis labios sobre los suyos.
               Además, estaba en una postura genial, con su brazo por detrás de mi cabeza, haciéndome de almohada. Alec acarició el panel táctil del ordenador con un dedo al que una parte de mí envidió. La otra estaba ocupada intentando contener las náuseas que sentía, que llevaban incrementándose desde que había empezado la noche, y que parecían a punto de llegar a su punto álgido en el momento en que Alec apareció en mi habitación. Lo mejor que tenía ahora mismo era él, porque era la mejor distracción posible.
               Observamos cómo el logotipo de Disney se reflejaba en un labrado con luces que imitaban a un fondo marino, y enseguida presenciamos la desaparición de la ciudad de la Atlántida. Era preciosa, una civilización tremendamente avanzada, con aparatos voladores que imitaban a criaturas marinas: tiburones, carpas…
               -¿Alguna vez has estado allí?-le pregunté a Alec, que me miró.
               -¿En la Atlántida? Saab, es una ciudad mítica, como El Dorado. No existe. Nadie ha estado nunca allí.

viernes, 20 de marzo de 2020

Cuarentena.


¡Toca para ir a la lista de caps!

-¿Qué tal estás, mi niña?-preguntó mamá, rodeándome la cabeza con el brazo y dándome un beso en la mejilla, haciéndome saber que estaba ahí para mí, incluso cuando me regañaba por no haber tomado las precauciones necesarias. Me imaginé que pensaba que así se habría comportado su madre cuando ella misma tuvo que recurrir a tomar la píldora del día después: aunque molesta por la forma en que su salud corría peligro, en cierto sentido por su culpa, había una parte de ella que siempre obedecería al fuerte instinto de protección que sienten todas las madres.
               Mamá ni siquiera me había reñido otra vez cuando me vio romper el plástico para sacar la píldora y me la quedé mirando un momento: sabía que ya no iba a posponerla más. Cuatro días era jugársela demasiado (aunque la efectividad, según la farmacéutica, era de hasta cinco días). Simplemente me había llenado un vaso con agua fría para ayudarme a tragármela, y cuando lo hice, volvió a darme un beso, me acarició la espalda y me miró a los ojos.
               -Por favor, ten más cuidado a partir de ahora, ¿de acuerdo?
               Yo había asentido con la cabeza, el regusto de la píldora aún arañándome un poco la garganta.
               -Mamá, hace diez minutos que me he tomado la píldora. No creo ni que haya empezado a deshacerse en mi estómago. Estoy bien-susurré, garabateando en mi bloc de dibujo, trazando una jirafa que más tarde le daría a Duna para que ella la coloreara. Shasha estaba sentada en el otro extremo del sofá, jugueteando con el cable de sus auriculares mientras miraba sin ver una reposición del capítulo de Keeping Up With the Kardashians en el que Kim le grita a su hermana Kourtney que ella no sabe lo que hace falta sacrificar para sacar a flote un negocio. Yo habría preferido que fuera el capítulo en el que Kim se hace selfies mientras Khloe va a la cárcel, porque allí había menos gritos y mi falta de sueño los aborrecía, pero agradecía estar sentada en el sofá, tapada con mi manta, haciendo tiempo en compañía de mi hermana mientras esperaba a ver si los efectos secundarios de la píldora se adueñaban de mi cuerpo, o por el contrario podía quedar con mis amigas.
               Al margen, por supuesto, de que estaba esperando a que Scott se levantara. Se había pasado la noche de acá para allá, bailando y bebiendo más de lo que lo había hecho yo (en realidad, me había otorgado a mí misma el rol de niñera de Alec en cuanto vi que a él se le iba la mano con el alcohol), de manera que mi hermano estaba más cansado y necesitaba más tiempo para reponerse. Había bebido mucho, había estado un rato a solas con Eleanor al final de la noche, y luego había seguido bebiendo más, como si se estuviera preparando para hacerlo borracho, igual que Alec. Por eso aún no se había levantado, y eso que mi hermano estaba acostumbrado a la marcha. A mí me dolían horrores los pies, sentía los hombros un poco cargados por los tirantes del sujetador, y tenía la piel de los pechos y la entrepierna aún sensible por las veces en que me había ido con Alec al baño.
               Alec… repitió mi cabeza, y sonreí al pensar en cómo se había vuelto loco cuando terminé de desnudarme en el baño de la Sala Asgard. Aquello había sido un polvazo, digno de todos los inconvenientes que la píldora traía consigo si al final mi cuerpo acusaba su presencia en el torrente sanguíneo. Le di la vuelta a mi móvil para comprobar si ya me había respondido al mensaje que le había enviado, pero nada. Aún dormía. Mi pobre niño… si Scott necesitaba dormir la mañana, Alec tendría que estar toda la semana echado para poder recuperarse. Se había pasado tres pueblos, había tomado su peso en bebidas tan fuertes que en Internet las calificaban como “no aptas para principiantes”. Había tenido que buscar varios de los brebajes que se había tomado, y cuando vi su graduación, comparada con la de las cosas que solía tomar yo y que me producían un chute increíble, empecé a sospechar que su ascendencia rusa tenía algo que ver en su aguante.
               Y, aun así, se las había apañado para comportarse como el más salvaje de los animales. Recordé la forma en que me había mirado mientras me apartaba el bañador, se sacaba la polla y la colocaba en mis puertas, hundiendo sus ojos en los míos como si yo fuera el océano y él, un tritón que lleva demasiado tiempo fuera del agua y por fin puede regresar a su hogar.
               -¿Esto también es divertido?-me había dicho, estrenando la que sería la frase que inauguraría cada penetración en mis pesadillas eróticas, entrando en mi interior con la misma rabia con la que nuestros almas se estaban entremezclando. Cómo me lo había hecho, y cómo se había terminado volviendo loco después de quitarse el condón, cuando nos mezclamos y lo hicimos de verdad. El sudor de su espalda, sus jadeos, sus gemidos, sus fluidos mezclándose con los míos, sus manos agarrándome las nalgas cuando me ponía frente a él y la cintura cuando me daba la vuelta para hacerlo como el resto de los mamíferos, su boca en mi espalda, su lengua en la mía, en mis pechos, en…
               No podía seguir por ahí. No podía seguir por ahí, o subiría a mi habitación y volvería a usar mi cama como la había usado por la mañana, nada más despertarme. Como un festival de tortura, un mar en el que hundir mi barco y salir corriendo a la superficie, sólo para disfrutar de lo delicioso que sabía el aire cuando tus pulmones arden. Era muy difícil evitarlo, pero tenía que intentarlo.
               ¿Cómo estaría él? Dios mío, me moría de ganas de verlo esa noche. Si la píldora no me traía ningún tipo de malestar, le pediría volver a hacerlo como lo habíamos hecho en el baño de la Sala Asgard: animal, sucio, urgente y rayano en el odio, de una forma tan  primitiva que casi me daba vergüenza recordarla.
               Supe entonces que el local no había tomado el nombre del cielo nórdico en vano: si ya de por sí Alec era un héroe del sexo, en aquella sala se volvía un dios.
               -¿De qué te ríes?-preguntó Shasha, que se me había quedado mirando, preocupada, cuando yo me revolví en el sofá. Estaba inquieta por si los efectos secundarios de la píldora volvían a manifestarse en mí, y yo, tan abstraída como estaba con mis pensamientos, ni siquiera me había dado cuenta de que estaba viendo cómo me ponía cachonda.
               -De nada. ¿Me estaba riendo?
               -Sí-Shasha esbozó una sonrisita de suficiencia y me pinchó-. Es más, te has puesto roja.  ¿Qué, buscando en el baúl de los recuerdos?
               -¿Qué baúl, Shash?-me reí, negando con la cabeza, notando el ardor en mis mejillas, que nada tenía que ver con la vergüenza, sino con la imagen que no podía apartar de mi cabeza por mucho que me esforzara: los pectorales, los abdominales, y los colgantes de Alec, impactando contra mi pecho mientras su miembro se abría paso en mi interior, haciéndome ver las estrellas.

domingo, 15 de marzo de 2020

El evento cinematográfico del siglo.


¡Hola, mi flor! Tengo una buena noticia que darte: para compensar las improvisadas vacaciones de esta semana (sí, soy consciente de que dije que el lunes subiría, y al final no subí), y aprovechando que ahora tenemos obligación de estar en casa (aunque yo llevo siendo un animal de interiores desde 1996), he decidido que... ¡hasta nuevo aviso, cada semana habrá dos capítulos de Sabrae! Así que nos vemos muy, muy pronto de nuevo. ¡Que disfrutes de la lectura!
¡Toca para ir a la lista de caps!

Antes de darme cuenta de que sentía la cabeza embotada como si me hubiera sumergido a cientos de kilómetros bajo la superficie del mar, o de notar que me ardían los ojos por culpa del sol que había decidido acercarse a mí para comprobar qué tal llevaba esa resaca infernal que me estaba matando, noté que estaba conmigo. Había un bultito cálido a mi lado en la cama, oculto bajo las sábanas, acurrucado junto a mi vientre en posición fetal, presionándome suavemente para que no me sintiera solo. Y eso me hacía sentir sorprendentemente bien, a pesar de lo jodido que estaba. Su presencia lo hacía todo un poco mejor.
               Sabrae. Joder. Incluso cuando aún no había cobrado conciencia de que yo existía, de que tenía cuerpo o de lo que había pasado con él, ya la recordaba a ella. Sus labios rojos como la sangre, su pelo negro como el carbón, su cuerpo lleno de curvas como las corrientes de lava que descendían por los acantilados en dirección a ese océano que tenía entre las piernas. La melena le olía a manzana, el cuerpo, a fruta de la pasión, lo que ella despertaba en mí; y la boca le sabía a frambuesa, alcohol y sexo del bueno, de ése en el que no puedes dejar de pensar hasta una semana después de echar el polvo, de ése que te hace volverte loco, subirte por las paredes cuando te fuerzan a un período de abstinencia.
               Y la tenía ahí, conmigo, pasando la noche a mi lado, cuidándome y custodiándome como yo estaba dispuesto a hacer con ella. Solté un sonoro bufido cuando mi cuerpo empezó a desperezarse, y mi mente, un poco más espabilada que hacía un par de segundos, se dio cuenta de que no era una entidad flotando en la inmensidad del espacio, un universo plagado de estrellas cuya fuerza gravitatoria era Sabrae.
               Me dolía la cabeza, me ardían los ojos y notaba la boca seca, casi arenosa, como si me hubiera tragado toda la arena del desierto del Sáhara y hubiera dejado a los científicos una inmensa superficie de roca que ahora tenían que volver a cartografiar… pero la resaca no era resaca cuando la pasaba por Sabrae. Así que instintivamente tiré de ella hacia mí, rodeándola con el brazo y pegándola hacia mi cuerpo, buscando el alivio que siempre me proporcionaba el aroma afrutado que despedía su melena.
               A ella no pareció gustarle mucho mi arrebato de pasión, porque menguó considerablemente, volviéndose la décima parte de pequeña de lo que en realidad era, y empezó a revolverse en el interior de las mantas. Suspiré de nuevo, luchando por abrir los ojos, y ella salió disparada de debajo de las sábanas, dejándome con una extraña sensación de confusión ante su rapidez… y lo peluda que había parecido en mis manos.
               Cuando pude por fin separar los párpados, me costó procesar la rápida desaparición de mi chica. Mis neuronas estaban demasiado machacadas aún por la noche de fiesta como para comprender adónde había podido marcharse con tanta rapidez.
               Hasta que me incorporé lo suficiente como para levantar la cabeza y ver a Mimi sentada en la silla de mi escritorio, con las piernas cruzadas, acariciando a mi acompañante de cama como una villana de James Bond. Trufas.
               Así que había sido ese puñetero animal, y no Sabrae, quien se había acurrucado contra mí mientras dormía. Joder, mi vida empeoraba por momentos. Tenía una resaca del quince, me dolía todo el cuerpo, y para colmo estaba lejos de Sabrae. No encontraba motivos para aferrarme a la vida, y mucho menos, fuerzas.
               Mimi esbozó una radiante sonrisa al darse cuenta de que me había despertado, como la psicópata que era.
               -¿Qué?-pregunté, frotándome los ojos, que ya me ardían como si me hubiera puesto unas lentillas hechas con ácido. Alguien había encendido todas las luces del mundo y las había concentrado en mi habitación, hasta que caí… la puñetera claraboya. Lo que unas veces me hacía empezar el día con buen pie, dándome un baño de amanecer que renovaba mi espíritu, otras veces me lo destrozaba. Me aniquilaba.
               -Tenía unas ganas de que te despertaras-ronroneó mi hermana, enseñándome todos sus dientes, inesperadamente lentos, pues era un tiburón cruel y sanguinario-. Te la vas a súper cargar en cuanto bajes a comer-casi festejó, y Trufas meneó las orejas en su regazo, reforzando su teoría. Si fuera una persona, aplaudiría; pero como era un conejo, se contentaba con mover las orejas.
               -¿Por qué?-inquirí, rodando en la cama para tratar de escapar de aquella bestia incandescente que era el sol entrando por mi ventana. ¿Y Sabrae me llamaba sol? Era un ente cruel, maligno, creado para la destrucción. Vale, desde la distancia era necesario, pero cuando se acercaba a ti, te prendía fuego a la mínima ocasión que se le presentaba. Si a distancia era necesario, era porque se volvía obligatoriamente inofensivo.
               -¿Por qué?-repitió Mimi, y de su boca escapó un sonido horrible, amplificado como el eco en una cadena montañosa de kilómetros y kilómetros de altura, que me taladró el cerebro-. ¿Te suena lo que hiciste ayer?
               -Sí, salir de fiesta.
               -Y emborracharte-puntualizó mi hermana-. ¿Te acuerdas de algo?
               Sí que me acordaba de cosas, de cosas suculentas, pero no iba a darle la satisfacción a Mimi de quedarme pillado media hora intentando recordar si me había follado a Sabrae en los baños de Asgard, en el guardarropa, o en un callejón apartado. Además, siendo sincero, de aquellas todavía no estaba muy borracho: sólo había bebido lo justo para que Sabrae se volviera absolutamente irresistible, y la música fuera toda cojonuda a mis oídos. Pero, del resto de la noche, no tenía más que lagunas, retazos inconexos de lo que había sucedido que no eran suficientes para pintar el cuadro de lo que había pasado si alguien me preguntaba.
               Joder, ni siquiera sabía cómo había llegado a casa. Si había reconocido mi cama, era por la costumbre: nadie que no se haya mudado recientemente y que se levanta con una resaca como la mía se sorprende de hacerlo en su cama de toda la vida. Es más, incluso había pensado que Sabrae había venido a dormir a mi casa, en lugar de ir yo a la suya, por lo acostumbrado que estaba a dormir donde lo había hecho siempre.

jueves, 5 de marzo de 2020

Nerón.

Probablemente el próximo capítulo salga el lunes en vez del domingo, puesto que el lunes tengo un examen que me apetece preparar, aunque sea sólo un poco ☺ Dicho lo cual, ¡que disfrutes de este capítulo como celebración del cumple de Alec!🎆🎇


¡Toca para ir a la lista de caps!

Me había costado Dios y ayuda que Scott me prestara su chupa de cuero favorita, pero cuando me fui de su habitación con un encogimiento de hombros y un sutil “bueno, no pasa nada, seguro que Alec también tiene”, le había faltado tiempo para entregármela farfullando sobre lo mucho que había llorado con respecto a que no quería que Alec le sustituyera y la alegría con que lo estaba haciendo ahora.
               No había podido evitar reírme y plantarle un beso que, por suerte para mi hermano, todavía no dejaba huella al no haberme echado aún el gloss que tanto me gustaba, pensando en lo mucho que iba a echarlo de menos cuando se marchara. Al día siguiente de que mamá consiguiera revocar su expulsión, sus amigos lo habían acompañado al instituto, habían entrado en piña, una manada de lobos que examina desde las montañas los rebaños de ovejas de los valles, y se lo habían llevado derechos al pasillo de Eleanor, donde ella, sin tener ni idea, estaba charlando con Mimi cuando gritaron su nombre desde la parte alta de las escaleras por las que se descendía al pasillo de los alumnos de su curso. Scott y ella habían hecho oficial su relación dándose un apasionado beso delante de todo el curso de Eleanor, mientras Mimi se retiraba a un discreto segundo plano y Tommy disfrutaba viendo lo felices que se hacían el uno al otros y lo equivocado que había estado intentando separarlos.
               Aproximadamente en el mismo momento en que esto sucedía, una notificación de un correo electrónico nuevo aparecía en la pantalla del móvil de mi hermano. La remitente era Lauren Parrish, una de las organizadoras del concurso al que él, Tommy, Diana, Layla y Chad habían mandado una audición que Scott no había querido enseñarme, diciendo que habían pasado la fase de preselección y dándoles información sobre el primer cásting presencial que tendrían que hacer.
               El tiempo que pasé pensando que Scott iba a quedarse en casa después de que lo readmitieran en el instituto fue el mejor de mi vida: literalmente, todo encajaba. Mi familia seguía unida y no había visos de que eso fuera cambiar en un futuro inmediato (porque para mí, finales de junio o principios de agosto no era un futuro inmediato), mi grupo de amigas estaba más unido que nunca y tenía un chico que bebía los vientos por mí, que me hacía sentir protegida, querida y, sobre todo, correspondida, como no me lo había sentido nunca. Nada podía salirme mal.
               Cuando Scott nos anunció que pretendían seguir adelante con el grupo, creí que todo mi mundo se desmoronaba, pero conseguí recomponerme diciéndome que, si ya me había hecho a la idea antes, bien podía sobrevivir a una nueva desilusión. Ya sabía lo que era valorar los momentos con mi hermano como si fueran los últimos, y ahora que había vuelto a darlo por sentado en mi vida, esos momentos tenían incluso más importancia para mí. Además, estaba la sutil diferencia de que Scott no se marchaba porque no tuviera otra alternativa: lo hacía porque quería. No necesitaba escapar de una falta de futuro, sino que simplemente iba a probar una alternativa que se le había presentado y que puede que le hiciera tan feliz como sus planes originales de ir a una buena universidad, estudiar una ingeniería complicadísima, hacer prácticas en algún centro espacial y, con suerte, ir ascendiendo poco a poco hasta finalmente conseguir convertirse en astronauta.
               A fin de cuentas, podía experimentar la misma sensación de ingravidez estando en el espacio que subido a un escenario. Y siempre me quedaría el orgullo de verlo en televisión, subiendo puestos con los demás en la clasificación del programa, avanzando gala tras gala hasta llegar a la final, donde se coronaría vencedor (no tenía ninguna duda de que se las apañaría para pasar por encima de Eleanor, porque por mucho que Eleanor fuera Eleanor, Scott es Scott y nadie puede competir contra eso), y pensar en la suerte que tenía de ser su hermana un poco antes de lo que planeaba. Scott siempre me hacía sentir orgullosa, pero mi orgullo era el propio de una hermana pequeña que ve a su hermano incapaz de meter la pata, así que no tenía mérito que me sintiera así respecto a él, ni tampoco mucha ciencia que lo exteriorizara; sin embargo, cuando Scott empezara a tener éxito y yo pudiera verlo triunfar, no pararían de llegarme preguntas a mis redes sociales sobre si me sentía orgullosa de él, y yo podría explayarme explicando que siempre había sabido que le esperaban cosas grandes.
               ¿Iba a echar de menos a mi hermano? Por supuesto. Si ya lo hacía de pequeña, cuando me dejaba sola en casa porque tenía que ir al cole siendo yo un bebé, o cuando yo estaba en preescolar y él estaba ya en otro edificio, separados por una valla, también lo echaría de menos cuando dejara de dormir en casa. Si ya lo echaba en falta cuando no comía o cenaba sentado en nuestra mesa porque se había ido a casa de Tommy, más lo extrañaría cuando no viniera a cenar durante una larga temporada.
               Pero me había hecho a la idea de que Scott también tenía derecho a tener sueños, y si quería ser un cantante famoso, yo no tenía ningún derecho a cortarle las alas. Además, estaba papá. Después de Tommy y Scott les dijeran a papá y Louis que querían seguir sus pasos y del caos y la preocupación que había seguido esa confesión, y tras unos días rumiando la información que le había dado mi hermano, mi padre había encontrado una nueva luz. Desde que Scott había atravesado la pubertad y su relación había cambiado, una parte de mi padre se había convencido de que los errores de su pasado habían manchado tanto a imagen que Scott tenía en su cabeza que no quería parecerse en nada a él, que detestaba su aspecto por ser su viva imagen, y que, secretamente, deseaba no ser su hijo. Una parte muy pequeña de Scott deseaba no ser un Malik; papá estaba convencido de ello. Y que Scott de repente lo usara como faro en la distancia para no estrellarse contra la costa le había dado un nuevo motivo para sonreír.
               Papá y Scott estaban un poco más unidos de lo que lo habían estado los últimos años; no tanto como cuando Scott era pequeño y papá era su héroe, pero sí lo suficiente como para que yo disfrutara viéndolos. Aunque no interactuaran de ninguna manera, aunque no hicieran el más mínimo gesto de reconocimiento de que el otro estaba allí, como cuando se cruzaban porque uno iba a por agua a la cocina y otro salía con tentempié, o cuando uno se dirigía al jardín para aprovechar el sol y leer mientras el otro escribía en el comedor, o simplemente cuando se sentaban a ver la televisión juntos, yo notaba que la energía entre ellos había cambiado. Todo gracias al programa.
               Supongo que cuando sabes que una persona va a dejar de ser un elemento recurrente en tu vida, decides dejar de lado los roces y te centras en disfrutar de su compañía, incluso en el silencio. De la misma manera que un personaje al que no soportabas cuando era protagonista vuelve a modo de secundario tras varias temporadas de ausencia, papá, y sobre todo Scott, se estaban reconciliando el uno con el otro de una forma preciosa.
               Eso no quitaba que no chocaran de vez en cuando, o que Scott y yo no nos peleáramos, o que no lo hiciera con Shasha, pero todo era… no sé, distinto. Agridulce. Pero por lo menos, ahora, mi hermano ya no estaba apagado, así que tampoco necesitaba apoyarse tanto en Tommy para poder seguir adelante, lo cual le permitía hacerme de rabiar de vez en cuando.
               -Sí, camélame-me gruñó cuando le di el beso tras arrebatarle la chaqueta-, pero no pienso dejarte la chupa para que te la quedes cuando me vaya.
               -Seguro que tú lloras más que yo cuando te llegue el momento de marcharte.
               -Sí, de alegría por dejar de ver tu careto-contestó Scott sin mirarme, y a continuación se giró-. Llevo teniendo un forúnculo casi quince años; no me puedo creer que me vaya a librar de ti por fin.
               -Siempre puedo plantarme en primera fila con un cartel que ponga “Scott desafina como un cochino moribundo” para que no sufras tanto por nuestra separación.
               -¿Tendrás tiempo de hacer los carteles? Digo, entre que te haces un piercing en el otro pezón y luego me pides el mío, y tal-soltó. Yo me pasé la lengua por las muelas y sólo pude soltar:

domingo, 1 de marzo de 2020

Los dioses de tus ancestros.


Tengo una buenísima noticia que darte: ya he terminado las prácticas, así que sólo tengo que estudiar para el examen de Abogacía, lo cual significa que me voy a inspirar mucho (porque eso me sucede cuando estudio) y podremos celebrar el cumpleaños de nuestro querido rey, Alec, este jueves con ¡un nuevo capítulo! Te espero el 5 para celebrar el aniversario del sol de esta novela.😉😍🎆

¡Toca para ir a la lista de caps!


Casi hasta sentía lástima por Logan, a pesar de que su retraso sólo podía deberse a que la noche le había ido genial y puede que incluso todavía no la hubiera terminado, aunque ya estuviéramos cerca de llevar una hora en clase. Pero el pobre había elegido el peor día del año para quedarse en casa, con un chaval misterioso en su cama y una caja de condones abierta en la mesilla de noche, en lugar de venir a clase y ver el puñetero repaso que les estaba pegando a Tommy y Scott.
               Había hecho bien en no contarles mis planes para San Valentín, porque al final los suyos se habían reducido al mismo rollo aburrido de siempre: bombones caros, regalos finos, y polvos lentos mirándose a los ojos para terminar una tarde en la que habían ido al cine o se habían pasado cocinando con Eleanor o Diana (dependiendo de a quién le preguntaras). Nada de imaginación ni mucho menos de magia, así que los dos me miraban con cierta rabia contenida mientras yo contaba con todo lujo de detalles cómo había hecho el San Valentín que habíamos pasado Sabrae y yo el más especial de la historia, y lo que era más importante: de la vida de mi chica. Joder, no podía dejar de imaginarme la cara que pondría el mocoso de Hugo, su ex, cuando escuchara lo que la había llevado a hacer mientras Saab se lo contaba a sus amigas en clase, demasiado emocionada y con la piel demasiado brillante por el magreo mañanero que habíamos tenido como para poder disimular su nivel de satisfacción sexual. Que no es por nada, pero era altísimo.
               Desde luego, si la cara de su ex novio se parecía a la de Tommy y Scott mientras describía lo del colgante de platino (decidí omitir que me había equivocado de inicial por motivos narrativos que seguro que me perdonarás), estaba perdiendo una oportunidad de oro de regodearme.
               Y el pobre Logan, mientras tanto, resacoso en la cama sin poder moverse después del polvo bestial que había echado con su chico. Algunos estrenamos el amor en San Valentín; otros, los genitales, pero el caso es que ése día es uno en los que más precintos de garantía se rompen (literal y metafóricamente hablando: tampoco hay que ser un genio para saber que los pedidos con la etiqueta de PRECAUCIÓN: MANEJAR CON CUIDADO, CONTENIDO DELICADO que Amazon repartía a diestro y siniestro en fechas anteriores a San Valentín, y que novios y novias de todo Londres recogían a la velocidad del rayo, como si fueran bombas a punto de explotar salvo que consiguieran desactivarlas con un código único, personal e intransferible, eran juguetes sexuales). Quizá fuera buena idea dejar un pedido preparado para que Sabrae tuviera un regalo con el que pasárselo bien, y de paso se acordara de mí, al año siguiente, cuando yo estuviera cultivando lechugas rozando el ecuador.
               Maldita la hora en la que se me había ocurrido lo del puñetero voluntariado. Tendría que esperar dos años para vivir otro San Valentín con ella, mientras Tommy y Scott tenían a Diana y Eleanor para ellos solos, y no pasaban envidia debido a mis planes elaborados como la tesis de un ingeniero aeronáutico y románticos como una novela rosa escrita por una autora virgen. El mundo era jodidamente injusto, pero, ¡oye! No es que me esté quejando: a fin de cuentas, tenía a Sabrae para mí solo.
               Se me puso una sonrisa boba en la cara un segundo mientras recordaba cómo había abierto los ojos despacio, con la lentitud y belleza del amanecer, y se me había quedado mirando cuando el sol volvió a acariciarle los ojos. Se había estremecido, estirado y bostezado.
               -¿Ya es hora de levantarse?
               -Todavía te quedan un par de horas para dormir-respondí, besándole la cabeza-. Sólo está amaneciendo.
               -Me he quedado dormida.
               -Me he dado cuenta.
               Se había acurrucado contra mí como si fuera su peluche favorito, grande, mullido e imprescindible para conciliar el sueño, y se había vuelto a quedar dormida. Así de sencillo, igual que a mí me resultaba quererla.
               -Así que después de un polvo bestial que me ha demostrado que quizá lo de poder hacerme la competencia es por ser bueno en la cama y no porque las tías se pirran con un mamarracho con piercing, Scott…-sonreí en dirección a mi amigo, que puso los ojos en blanco e hizo un corte de manga-, bajamos a la bañera del piso de abajo y, bueno… digamos que la única que queda por estrenarla es Mimi-sonreí, reclinándome en la silla y guiñándole un ojo a Bey, que no pudo disimular una risa.
               -Alec, como te tenga que volver a llamar la atención por hablar, vas derecho al despacho del director-me amenazó la profesora de Matemáticas.
               -Es que no me ha dado tiempo a ponerme al día con mis amigos respecto de lo romántico que fue ayer mi Día de los Enamorados, profe. ¿Tú hiciste algo?
               -Tú quieres que te expulsen, ¿verdad?
               -Para el provecho que le saca a las clases-comentó Tommy, y todos en clase se echaron a reír (salvo Bey, que es una santa). Yo no pude evitar unirme, a pesar de que en realidad, todo era bastante triste. No sentí la habitual punzada en el  corazón que seguía la pensamiento de que yo no me iba a graduar con mis amigos y que el año que estaba pasando en el instituto no era en realidad el último a pesar de que estaba en el último curso: estaba tan contento por lo que había pasado con Sabrae y tenía tantas ganas de verla en el recreo y preguntarle a qué hora iba a buscarla a casa para ir a cambiar su colgante de la S por uno de la A que ni un equipo de espías viniendo a buscarme para torturarme en el sótano de Buckingham Palace podrían fastidiarme el mal humor.
               -Bueno, mentiría si dijera que no siento curiosidad por ver cómo ha decorado el despacho Ezra. No he vuelto a pasarme por Jefatura de Estudios desde que él se hizo con el cotarro-medité, y la profesora exhaló un profundo suspiro tras mirar el reloj.
               -Ni siquiera me merece la pena mandarte que te vayas. Quedan cinco minutos de clase, así que agradecedle a Alec que hoy terminemos primero.
               Me levanté e hice una teatral reverencia mientras mis compañeros empezaban a aplaudirme.
               -Pero para compensar-continuó la profesora, esbozando una sonrisa maligna-. Tendréis que hacer en casa el ejercicio que pretendía que hiciéramos todos juntos antes de irnos.
               Tomé asiento con docilidad mientras Bey bufaba y abría su agenda para anotar los ejercicios que tendríamos de deberes. Me miró de reojo.
               -No te molestes en apuntar los deberes.
               -¿Para qué? Si nunca los hago. Sería un gasto de tinta y papel.
               -Sabrae va bastante a menudo a la biblioteca-comentó Bey como quien no quiere la cosa, prestando atención a la pizarra, en la que la profesora, haciendo caso omiso de los gemidos de disgusto que emitían mis compañeros, iba añadiendo páginas y números a la lista de tareas pendientes que tendríamos esa tarde.
               -¿Y?
               -Podrías acompañarla. No va a ser todo follar.
               -Mi relación con Sabrae no es todo follar, Beyoncé-respondí, muy digno-. A veces sólo nos metemos mano-Bey esbozó una sonrisa, que se amplió cuando le pregunté con voz inocente, decidiendo que era buena idea acompañar a Sabrae a la biblioteca, porque se ponía muy guapa cuando se concentraba y a mí me encantaba mirarla mientras no me hacía el menor caso-. ¿Me dejas un papelito para anotar los deberes?