viernes, 23 de julio de 2021

Enemies to lovers.

  
¡Toca para ir a la lista de caps!

-Ya sé qué día me voy.
               Suspiró después de soltar la bomba, sus hombros subiendo y bajando al ritmo que marcaban sus pensamientos y su miedo a hacerme daño. Me giré para mirarlo. Estábamos tumbados en mi cama, con los pies en el suelo, las piernas dobladas y la espalda apoyada en el colchón. Teníamos la vista fija en el techo y los cuerpos a una distancia prudencial, la suficiente como para darnos espacio pero no como para no poder salvarlo si nos echábamos de menos, incluso juntos como estábamos.
               Alec tenía los ojos fijos en mí, esperando mi reacción. Creo que creía que me iba a echar a llorar en cuanto me lo dijera, y seguramente tenía razón, de modo que levanté la vista y la clavé de nuevo en el techo, concentrada de repente en los minúsculos surcos que hacía la pintura y que me había acostumbrado a examinar en mis tardes de aburrimiento, soledad o tristeza.
               Se me ocurrió entonces que mi vida había sido un entrenamiento para lo que me esperaba a partir de la fecha que iba a decirme Alec. Había estado ignorándola todo lo que había podido, intentando apartar de mi cabeza los pensamientos de que el videomensaje que abría cada día por la mañana era uno menos a tachar de la lista de los que tenía disponibles por lo menos durante un año. Tenía que apartar esa idea porque sólo me hacía tener miedo. Miedo de haber sido demasiado débil, miedo de no haberme mantenido lo suficientemente firme, miedo de lo que el voluntariado de Alec nos haría. Yo era sincera cuando le decía que nada cambiaría en lo que sentía por él, pero me daba miedo pensar en lo que cambiaría para él. Conocería a gente nueva, haría cosas increíbles, planes especiales, se convertiría en otra persona… y puede que tal vez esa nueva persona que iba a nacer en Etiopía ya no estaría tan interesada en mí como yo en ella.
               Y me aterraba pensar que había metido la pata rectificando el mayor error de toda mi vida. Aunque fuera sólo un instante cuando pensaba eso, ese instante bastaba para que todo mi cuerpo se revolviera en espirales de rabia y tensión, rechazando la idea por lo antinatural que era. Alec era lo mejor que me había pasado en la vida, y de lo único que me arrepentía con relación a él era, precisamente, de cómo había perdido el tiempo diciéndole que no cuando quería decirle que sí, en cómo el miedo, mi miedo, nos había condicionado cuando todavía no tenía ni derecho a sentirlo. En los meses en que fui estúpida y egoísta, creyendo que podría luchar contra mis sentimientos y conseguir que la razón triunfara sobre el corazón, el voluntariado de Alec era apenas una sombra en el horizonte, tan difusa y cercana a éste que parecía más bien una ilusión.
               Sin embargo, ahora estaba a punto de engullirme el tsunami. Allí estaba yo, plantada frente a él, con el estruendo del agua rugiendo por encima de mi cabeza en la pared más alta que hubiera visto en toda mi vida, preparándome para el impacto, tratando de decirme a mí misma que estaba tranquila.
               Y, ahora que lo tenía encima, sabía lamentar los errores que había cometido.
               Tomé aire y aguanté la respiración, esperando que la gigantesca ola se apiadara de mí y me permitiera salir a una superficie devastada por sus consecuencias, pero vivita y coleando.
               Noté los dedos de Alec estirándose hacia los míos, su meñique acariciándome el dorso de la mano.
               -¿Cuándo?-quise saber.
               El principio del final me lamió los pies con su espuma de sal.

lunes, 19 de julio de 2021

Los efectos secundarios de la esperanza.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Esfuérzate más.
               ¿Esfuérzate más?
               ¿ESFUÉRZATE MÁS?
               SERÍA PUTA COÑA, ESPERO.
               Me daban ganas de romper en mil pedazos la puta hoja del examen ya corregido, con ese ofensivo tachón rojo con el que me gustaría cubrir a mi profesora. Porque, sí, quería abrirla en canal.
               No podía creérmelo. Te prometo que no podía creérmelo. Estaba currando como un cabrón, había preparado ese examen igual que los demás (es decir, muchísimo; más de lo que lo habría hecho solo, y todo eso se lo debía a Sabrae), y había salido con una buena sensación cuando lo hice. Tampoco era tan gilipollas como para pensar que me pondrían matrícula, pero de ahí a sacar un puto tres… no me jodas. Estaba convencido de que aprobaba sobradamente. Un siete no me lo quitaba nadie.
               -¿Puedo hacerle una fotocopia?-le pregunté a la zorra de la profesora mientras sacaba los materiales para dar clase de su bolsa de Mary Poppins. Valiente hija de puta. Me apetecía esperarla a la salida y pegarle tal paliza que no la reconocieran ni en casa. Cabrona de mierda. La manera en que me había sonreído cuando me entregó el examen, como si disfrutara humillándome frente a toda la clase, ya debería haberme alertado. Pero no. Como un imbécil, había creído que esa sonrisa era producto del orgullo. Había creído que se alegraba de ver que uno de sus alumnos triunfaba por fin, que estaba saliendo del capullo, que había mudado a mariposa.
               -Claro-respondió ella, pero yo ya había atravesado media clase cuando me contestó. La verdad, no tenía pensado esperar a su contestación. Bey se había llevado algunos exámenes a la fotocopiadora para analizar las respuestas e impugnar sus calificaciones con fundamento, ya que lo permitían los estatutos del colegio, así que no podía negarse.
               Claro que tampoco debería poder suspenderme y, sin embargo, ahí estaba yo, con un puto tres y medio y la sensación de arena en la boca al darme cuenta de que había sido un completo gilipollas olímpico creyéndome las cosas bonitas que me decía Sabrae. Por supuesto que ella confiaba en que me graduaría y en que todo saldría bien; no tenía ni puta idea de mi media, ni de mis notas. La única medida que sabía de mí era la de mi polla, y yo también creería que era capaz de todo si sólo tuviera de referencia los centímetros de carne que me metía en el coño todos los fines de semana.
               Rabioso, le entregué las hojas a la conserje, que sólo parpadeó confundida cuando yo le pegué un bufido como respuesta a su saludo amistoso. No estaba el horno para bollos. Quería mis fotocopias, y las quería ahora.
               Me saqué el móvil del bolsillo y abrí la conversación con Sabrae. Empecé a teclear con rabia, pero después lo borré. No quería preocuparla, ni que se comiera la cabeza pensando que lo había hecho mal, cuando la culpa era mía y sólo mía.
               No debería haberme hecho ilusiones. No debería haberme dejado arrastrar por su entusiasmo. Y, sobre todo, no debería haber desperdiciado todo el tiempo que había desperdiciado estudiando con ella, si iba a ser peor el remedio que la enfermedad. El verano estaba a la vuelta de la esquina, y con él, mi voluntariado. Deberíamos estar follando como locos, pero sólo me había dejado tocarla ayer después de muchos días a pan y agua. Deberíamos estar haciendo planes, escapándonos a la playa, follando entre las rocas, saliendo de fiesta, yendo a conciertos al aire libre, follando en el parque, tomando el sol en el césped de nuestros jardines, bañándonos en las piscinas de nuestros amigos, follando en nuestras casas… en fin, aprovechando el tiempo que nos quedaba juntos, que para algo éramos jóvenes, estábamos enamorados, y teníamos la espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas.
               Pero no. Teníamos que comportarnos como monjes. Estudiar como si nos fuera la vida en ello. Y no tocarnos.
               Todo, ¿para qué? ¿Para suspender Literatura? Encima, tenía que ser la puta asignatura de Zayn la que más me costara levantar. Menudo gilipollas se debían de pensar que era. No podía volver a comer en casa de Sabrae: se me caería la cara de vergüenza sentándome en la misma mesa que Zayn, sacando las notas que sacaba en unos exámenes de Literatura que no tenían más complicación que simplemente repetir lo que habíamos visto en clase de teoría, analizar los textos que nos daban, y escribir una crítica relacionándola con la teoría de la lectura obligatoria propia del tema.
               Había que ser jodidamente subnormal para suspender Literatura, pero también había que ser jodidamente subnormal para creer que tenía una oportunidad. Una sola. Menuda vergüenza. Odiaba cada centímetro de mi ser que se había creído la fantasía de que yo podía obrar milagros, de que el tiempo que había perdido no significaba nada, porque Sabrae conseguiría ponerme al día. Si ni siquiera Sabrae podía ayudarme aquí, era que estaba jodido, pero era lo que había.
               No llores, puto imbécil. No llores, puto imbécil. No llores, puto imbécil. Ése fue mi mantra a lo largo de la mañana. No llores, puto imbécil, cuando le entregué el examen a la profesora.
               -¿Ya has hecho las copias que necesitabas?
               -Sí, gracias.
               Zorra.

martes, 13 de julio de 2021

Pirómanos.

 
¡Toca para ir a la lista de caps!

Me sentía tan orgullosa de él que resplandecía, literalmente. Cada vez que me miraba al espejo, encontraba un dulce rubor en mi piel que no había estado ahí meses antes, como si mi cuerpo se hubiera convertido en una estrella que poco a poco se calentaba y comenzaba a cobrar luminosidad. En cuanto me sentaba frente al espejo de mi habitación, notaba los efectos secundarios de la esperanza manifestándose en mí como la culpabilidad de un asesino que se ha cobrado una venganza de la que siempre ha tenido dudas.
               Las semanas se arrastraban poco a poco frente a nosotros, y sin embargo el horizonte inexorable de la época de las recuperaciones de Alec corría a nuestro encuentro a gran velocidad. A pesar de que hacía demasiado que no disfrutábamos de una tarde en la que fuéramos solo nosotros dos, tal vez sin ropa y definitivamente sin libros ni apuntes de por medio, cada vez estaba más cómoda y feliz con lo que estábamos viviendo.
               Al principio, a Alec le había costado horrores adaptarse al vertiginoso ritmo de trabajo que yo le había impuesto. Acostumbrado como estaba a hacer lo que le daba la gana cuando le daba la gana, como le daba la gana, le había costado sangre, sudor y lágrimas (no literalmente, gracias a Dios, sobre todo en el tema de la sangre) interiorizar que ahora ya no podía asumir un papel secundario en las tardes de estudio, que no daba igual que sacara el iPad y se pusiera a ver vídeos en la biblioteca mientras yo hacía esquemas o subrayaba apuntes, que tenía que memorizar tanto o más que aquellos a los que había ido a acompañar. Varias veces me había tomado el pelo diciendo que la bibliotecaria se sorprendía de que supiera leer y escribir, y yo sólo había caído en la trampa de reírle la gracia un par de veces. A la segunda tarde en que se dedicó más a contar chistes para arrancarme una sonrisa y yo me di cuenta de que estaba más pendiente de qué tonterías se le ocurrían que de los libros que tenía delante, tuve que ponerme firme y volverme un poco borde para conseguir que se aplicara. Había sido muy duro para ambos, pero por fin Alec había cambiado el chip y ya sabía que, cuando entrábamos en la biblioteca, a lo más que podía aspirar era a que yo le lanzara un bufido después de darme un beso en la mejilla. Nada de mordisquitos en el cuello, ni susurrarme lo que quería hacerme en el baño, ni ponerme la mano en la rodilla e ir subiendo hasta acariciarme la cara interna del muslo aprovechando la llegada del buen tiempo y que me ponía vestidos cortos porque no soportaba la combinación de humedad y calor.
               No, si quería que le contestara a los mensajes o le diera coba en las pocas ocasiones en las que accedía a ir a su casa.
               También había sido muy complicado para mí. Las primeras veces en que había conseguido que se sentara y no cogiera el móvil en una hora seguida, Alec había querido una recompensa que se había ganado con mucho esfuerzo. Le costaba mantener la concentración con cosas que no le interesaban, y asignaturas que no le llamaban demasiado la atención pero que había cogido por no separarse de sus amigos podían hacérsele muy cuesta arriba. Yo había aprendido a apreciar cada resoplido de él al pasar a la página siguiente, cosa que me desesperaría en circunstancias normales, porque era el sonido de su resistencia. Era la manera en que decía “otra más, venga, Al, una más, tú puedes”. Estaba convencida de que se animaba mentalmente pensando en el premio que yo le daría si conseguía ser un buen estudiante el tiempo suficiente; por eso se me hacía mucho más complicado decirle que no.
               Cada vez me costaba más encontrar una excusa para no quedarme a dormir en su casa y convertir el sexo en una moneda de cambio, como Fiorella me había advertido que podía sucedernos, en lugar de algo de lo que disfrutábamos simplemente porque nos gustaba estar juntos. Podía resultar peligroso que Alec empezara a asociar los estudios con el sexo, porque eso supondría que no estaría haciendo las cosas por el motivo correcto o, siquiera, por la persona correcta.
               -Él también disfruta del sexo-repliqué cuando Fiorella me puso las cartas sobre la mesa, en su despacho personal en la oficina de mi madre, mientras apretaba los dedos contra el vaso de té con hielo que me había preparado en la sala común-. No le supone ningún sacrificio practicarlo, ya no digamos conmigo.
               -Puede-respondió Fiorella, tamborileando con las uñas en la botella húmeda de Pepsi fría, que creaba una laguna caoba a sus pies con cada gotita que se caía por la condensación-, pero ya no se trata sólo de él en esto. También se trata de ti.
               -A mí me encanta follar con él.
               -¿Y te encanta por la sensación, o te encanta por lo que le gusta?-quiso saber ella, alzando las cejas-. Los mejores hobbies son los que no se capitalizan. Si por ejemplo, te gusta pintar, te relajará más si lo haces en tu tiempo libre a si te conviertes en pintora. Así sólo lo harías cuando te apeteciera, o cuando lo necesitaras, no sólo por cumplir con una agenda o que no te pille el toro en un plazo vencido. ¿Estás dispuesta a convertir el sexo con Alec en algo que podrías deberle, y arriesgarte a dejar de disfrutarlo simplemente porque puede llegar un punto en que lo hagas por obligación?
               Me había quedado en silencio ante esa pregunta de mi psicóloga, lo que había hecho que Fiorella esbozara una sonrisa engreída que estaba segura de que Claire no le ponía a Alec cuando lo metía en un callejón sin salida y lo acorralaba hasta hacerle admitir algo que había tratado por todos los medios de esconderle. En mí, no se trataba exactamente de que estuviera intentando no llegar a esa conclusión con Fiorella, sino que simplemente ni me había planteado que pudiera pasarme eso con el sexo con Alec. Después de todo, él era tan bueno y comprensivo que sería incapaz de presionarme para hacer algo que yo no quisiera. La única vez en que había insistido un poco y no había aceptado mis “no”, había sido porque sabía que eran palabras huecas que decía en voz alta para tratar de que reverberaran en mi interior, y ganaran terreno a los “sí”.

domingo, 4 de julio de 2021

Causas perdidas.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Sé que debería haber sabido que tarde en temprano llegaría el momento de ponerme en mi sitio. Sé que no debería asustarme una cría a la que le saco dos cabezas. Sé que debería comportarme con ella con la tranquilidad y tesón con los que me comporto con el resto de mi círculo.
               Pero Sabrae no es como los demás. Sabrae podía ponerme entre la espada y la pared y hacer que me lanzara hacia la espada. Sabrae no era tan “fácil” de convencer como mi madre, ya no digamos como Jordan. Si jugaba bien sus cartas, podría incluso quitarme la idea de la moto de la cabeza, y a mí eso me aterrorizaba.
               Todo porque ella era la única persona en el mundo que podía hacerme daño como el que me había concebido, y ni siquiera tendría que levantarme la mano: con alejarse de mi lado, simplemente me destrozaría. No tenía que hacer nada más que abrir la puerta, atravesarla y marcharse para siempre de mi vida, condenándome a una existencia que sería una penitencia.
               -¿Y se puede saber qué cojones hace tu puta moto de mierda en el jodidísimo garaje?
               Intenté que no notara que me había echado a temblar al escuchar el enfado en su voz. Sabía que se cabrearía, pero no pensé que lo haría tanto, igual que tampoco pensé que me quedaría tan poco tiempo. Comprendía que no le sentara bien lo de la moto; ella había vivido el accidente de una forma muy similar, y a la vez completamente distinta, a mí. La manera en que me había preguntado por qué quería guardar la pulsera del hospital me había dejado claro que ella prefería olvidar, cuando yo era más bien de los que mantenía bien presente el pasado para así poder construir mejor el futuro.
               -Te lo puedo explicar-aseguré, abriendo las manos a ambos lados de mi cuerpo. Quería que viera que estaba desarmado, que no había ningún truco, y que todo había sido un malentendido.
               Joder, ¿por qué había entrado en el garaje? ¿Qué había hecho que tuviera que ir hasta allí? Sabrae no era de las que husmean en las casas ajenas, y menos cuando en esa casa que le había dado por explorar estaba yo. Había muchas cosas que le interesaban en mi casa más que el garaje.
               -¿¡Y a qué esperas para empezar!?-bramó, dando un par de pasos hacia mí con la fuerza de una locomotora, la presencia de una soprano a punto de ejecutar el solo principal de la ópera que le da nombre a su personaje, y demostrar que no le han puesto un artículo a su apellido para consagrarla como diva para nada. Toda Sabrae exudada rabia, y me sorprendía que el aire a su alrededor no vibrara por la tensión que emanaba su cuerpo. Tenía las piernas semiflexionadas, lista para saltar hacia mí si se me ocurría dar un paso en falso. Me destrozaría sin tan siquiera pensarlo; sería instintivo para ella.
               Estaba en la misma posición en la que había esperado yo a mis rivales después de que el árbitro nos separara justo después del primer tono de su silbato.
               Y siempre terminaba con ellos cuando me ponía así.
               Me va a matar, volví a pensar, a pesar de que ahora que la tenía un poco más cerca, la diferencia de estatura entre nosotros se hacía más patente.
               Como si los treinta centímetros que nos separan supusieran un obstáculo insalvable para pegarte una patada en los huevos, la escuché en mi memoria, riéndose como no lo hacía ahora ante otra broma que le había gastado.
               Sentí un nudo en la garganta en cuanto abrí la boca para hablar, buscando las palabras con las que empezar mi discurso. Mierda. Contaba con haber tenido un tiempo de preparación, algo con lo que diseñar en mi cabeza cómo afrontaría el tema con Saab. Y, sin embargo, ahí estábamos ahora, a punto de lanzarnos de cabeza en una piscina que los dos habíamos visto previamente vacía.
               Carraspeé y volví a intentarlo, inhalando por la nariz para no atragantarme con las palabras de nuevo. No me convenía agotar su escasísima paciencia…
               -¡Espero de corazón que no estés haciendo el paripé mientras piensas una excusa!-ladró Sabrae, pegando un pisotón en el suelo con el que, si no lo había hecho ya, seguro que instaló el silencio en el piso de abajo. Al final, Mamushka iba a terminar pasándose a su equipo.
               -No estoy pensando ninguna excusa, es que no sé cómo decírtelo.
               -¿¡Qué tal sin preliminares, eh!? ¡Sabes que puedo soportarlo!
               Tuve que contenerme para no pensar en las veces en que la tensión sexual entre nosotros había sido tan fuerte que, efectivamente, no habíamos necesitado preliminares. No habían sido pocas las ocasiones en que nos había bastado con vernos para correr hacia el otro, encerrarnos en un baño y acoplar nuestros cuerpos con tan solo unos pocos besos de por medio.
               Tuve que contenerme porque, como pensara en Sabrae gimiendo en mi oreja mientras su coño exprimía mi polla, seguramente me pondría a sonreír. Y ella me daría una hostia.
               -He ido a recuperar la moto.
               -¡Eso ya lo veo!
               Me quedé en silencio. No se podía razonar con ella así.
               Bueno, no se podía razonar con ella cuando se trataba de este tema, punto. Por eso había contado con tener un tiempo para prepararlo. Se me había ocurrido decírselo después de un polvo. Me esmeraría un montón en conseguir hacerla feliz: puede que incluso hasta le pidiera a Tommy que me enseñara a cocinar algo que le gustara mucho y, así, enternecerla un poco más. Sabrae se volvía mucho más comprensiva cuando tenía el estómago lleno y una deliciosa capa de sudor perlando su preciosa piel fruto del ejercicio al que mi cuerpo la sometía.
               Joder, la única manera de que ella se tomara bien esto sería decírselo muy rápido mientras me esmeraba en comerle el coño. En pleno orgasmo no podía enfadarse, ¿verdad?
               -¿Te ha comido la lengua el gato? ¡Habla, Alec!
               -Es que no sé qué…
               -¡¿QUÉ HACE AHÍ LA MOTO?! ¿POR QUÉ HAS IDO A POR ELLA?
               Me relamí los labios. Que sea lo que Dios quiera, pensé, tomando aire de la misma manera que había hecho con los guantes puestos, un pantalón corto cubriéndome las piernas, y unas zapatillas de deporte con cuyos cordones esperaba no tropezarme.
               Me di cuenta de que nunca había sabido tan a ciencia cierta que salía a perder un combate como supe en ese momento que estaba perdiendo la discusión con Sabrae.
               -Voy a arreglarla.