domingo, 28 de abril de 2019

Tres mil.


Atención: en esta entrada hay spoilers de la última película de los Vengadores, Endgame. Lee bajo tu propia responsabilidad.

Soy de las que no soportan que haya ruido en el cine. De las que odian el quinto susurro de los de la fila de atrás, que no se han callado en toda la película, a pesar de que en dos horas apenas han hablado veinte segundos. Soy de las que se pone nerviosa cuando coge las entradas por Internet y ve que la sala está llena, no porque le queden pocos asientos donde elegir, sino porque eso significa que hay más posibilidades de que la gente no se calle. De las que entra resignada a una sala en la que una marea de personas se va desparramando por los asientos como un pequeño tsunami descoordinado. De las que rezan en silencio cuando empiezan los tráilers para que los susurros se callen con la música de las productoras, o de las que ya lleva las miradas rencorosas y los siseos preparados de casa. De las que se alegran cuando una película atrapa tanto a los espectadores que estos no mueven más que un músculo: el corazón, acelerado, cuando Rami Malek sale al escenario del último concierto en Bohemian Rhapsody.
               Soy de esas que no soportan las películas de Marvel precisamente porque su fandom es todo lo que odia en una sala de cine. Nada pasivo, con opiniones, que apoya y que sufre con sus personajes como si sus emociones fueran lo que hiciera avanzar el guión. De esas que trata de ir a la sesión en la que menos gente habrá, porque ha visto las reacciones de los fans cuando Thor llega a Wakanda en Infinity War, y no quiere pasarse entre aplausos casi dos minutos.
La imagen pertenece a thwiprose en Tumblr (link)

               Era de esas que veneraba el cine hasta el punto de mantener la boca cerrada y odiar a todo aquel que no hiciera lo mismo, hasta que fui a ver Endgame el día de su estreno (o su primer viernes, según consideremos la sesión del jueves el preestreno o el estreno en sí). Fui al cine porque tenía muchas ganas de ver la película, sí, pero fui de viernes porque no quería perderme de disfrutarla. Sólo había visto el primer avance que habían subido a la cuenta oficial de Marvel, y con eso me había bastado, así que no había querido indagar más. Quería estar en Twitte tranquila durante el fin de semana, así que estaba dispuesta a pasar por una sesión con efectos especiales en vivo y en directo, todo con tal de que nadie pudiera estropearme una sorpresa que llevaba meses guardándome.
               Al salir del cine el viernes, odié no haber querido ir a las primeras sesiones de todas las demás. No sólo porque siempre pospongo ver las películas de superhéroes hasta un día en el que pueda ir tranquila (y por “tranquila”, hay que entender “casi sola”), sino porque me perdí durante años lo que es ver una película de Marvel con sus fans más acérrimos compartiendo sala conmigo.
               Salvo contadas excepciones, siempre me han gustado las películas de la casa de Spiderman. Fue este superhéroe el que despertó en mí el interés por este género, pero este interés no pasaba de la pantalla del cine, la tele o el ordenador. Nunca me he puesto un icono de ningún personaje de Marvel en Twitter, ni he leído ningún cómic. Tampoco he entrado a leer muchos artículos hablando sobre las películas que vienen, o explicando el significado de lo que sucede en las que acaban de estrenarse. Si leía las teorías de los fans, era porque me aparecían en la cronología y me generaban curiosidad, pero jamás fui más allá.
               Endgame, la despedida de una de las sagas más importantes de nuestros años, me ha hecho ver que ir contracorriente no era más que tozudez. Que si veía mal los vídeos de los fans reaccionando a sus escenas preferidas, viviendo las emociones de sus personajes en sus propias carnes, era porque yo no estaba allí. Pero con Endgame, estaba allí.
               Por eso puedo escucharlo. El silencio sepulcral que todo el mundo dice que se hizo cuando Thanos chasqueó los dedos hace un año, y medio universo se volatilizó. El mismo silencio que se repitió cuando Thanos chasqueó los dedos hace dos días, y todos pensamos que así acababa todo. Ese silencio que no acompañó a nada, porque el guantelete estaba vacío.
               Y entonces, Tony Stark nos recordó quién era.
               Y entonces, también pude escucharlo.
               Los sollozos. Las toses. Los primeros gemidos. Las narices que sorbían y las lágrimas que se perdían en pañuelos que acababan de salir del bolso.
               Para mí, Tony Stark fue quien creó el mcu de la nada, en una cueva de un país desértico en el que luchaba por sobrevivir. Incluso cuando yo no sabía qué estaba pasando ni la importancia de esa película, cómo después abriría la puerta para un verdadero torrente que la seguirían, Tony Stark me llegó. A pesar de ser un personaje que yo no soportaría si lo conociera en persona, en la pantalla me fascinaba. Me parecía humano y a la vez divino, indiferente y a la vez vulnerable, chulo y sensible al mismo tiempo.
               A Iron Man le siguieron las películas del Capitán América, de Thor, y otras después que no parecían tener relación entre sí, hasta que veías alguna de los Vengadores y te dabas cuenta de los hilos que las unían, de la influencia que una acción en 2008 tenía aún en 2015.
               Mi talón de Aquiles con Marvel era que, precisamente, la joya de la corona de todas sus películas no era santo de mi devoción. Capitán América me parecía un buen héroe, sí, pero jamás fue para mí la gran cosa. Me parecía arquetípico, incluso en ocasiones plano, y no entendía cómo mucha gente lo prefería a él antes que a Tony, o a Thor, o a Natasha, que no tenía ningún súper poder, y que sin embargo no se quedaba atrás ni luchando con monstruos o codo con codo con dioses. Steve Rogers estaba bien, vale, pero, ¡por Dios! Tony estaba mejor. Iron Man estaba mejor. ¿Por qué veía tweets diciendo que Tony era un villano? ¿Por qué había gente haciendo cuentas atrás para ver morir a Tony en Endgame? ¿Por qué nadie iba a llorar y sólo yo iba a lamentar la muerte de ese genio bocazas que también se las apañaba para ser un gilipollas?
               ¿Por qué estaba SOLA?
               Hasta que llegó el 26 de abril. Y no sólo descubrí que no estaba sola, sino que los solos eran los que le odiaban. A pesar de que en Endgame, todos los personajes tienen su momento de gloria y se supone que no hay nadie que brille más que los demás, en realidad, era el momento de mi hombre. Su último momento, en realidad.
               Me dolió su muerte, y más me dolió que fuera una de las dos únicas que aparecían en esta película. Me esperaba que todos los Vengadores murieran, no voy a mentir, e incluso me sorprendió que sólo lo hicieran Natasha y Tony. Llegué a enfadarme. En el medio de los sollozos, yo estaba enfadada. Porque yo no me merecía que mi favorito muriera mientras el de los demás, el del resto del mundo, sobreviviera y tuviera un final feliz que prácticamente le llovió del cielo. Yo no me merecía que todos pudieran seguir adelante excepto dos. Yo no me merecía que Tony se marchara del mcu mientras los demás se quedaban allí.
               Pero entonces, cuando terminaron los créditos con las siluetas de los protagonistas y la firma plateada de Robert Downey Jr. apareció en la pantalla y la gente empezó a aplaudir, supe que no había estado sola, y que nunca lo había estado. Que si Marvel se extendía para mí hasta donde alcanzaba la influencia de Iron Man, de Tony Stark, era porque lo habían escrito así.
               Que si Tony Stark había creado de la nada el mcu, no había sido solo para mí. Había sido para todos. Y la saga del infinito no podía terminar si él no lo hacía también.
               Entendí que la película era una despedida en toda regla, no sólo de una historia que trascendía los cómics y daba el salto a la gran pantalla, sino de un fenómeno fan tan poderoso como pocos quedan ahora, sólo comparable, quizá, al de Star Wars.
                Y también entendí que él no se merecía ser uno entre muchos que murieran. Se merecía que su sacrificio aportara una felicidad agridulce a todo aquel que se quedara después que él. Igual que el sacrificio de Natt, el de Tony era un sacrificio que traía vida. Se merecía que quedara todo un universo para llorarle.
               Con lo que seguro que no contaba era con que este universo fueran dos: aquel en el que viven los superhéroes, y aquel en el que les hacemos vivir en las salas de cine.

martes, 23 de abril de 2019

Pequeño Big Bang.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Uno podría pensar que terminabas acostumbrándote a despertarte en camas que no son las tuyas, y por fin un día te levantarías sin esa ligera sensación de confusión y el orgullo estallándote en el pecho porque oye, acababas de seducir a una desconocida y habías conseguido que te llevara a su casa.
               Nada más lejos de la realidad. Por muchas veces que lo hubiera hecho antes, cada vez que me despertaba y me encontraba con que no había dormido en mi cama, ni en mi habitación, ni con mi soledad habitual, una parte de mí se regodeaba en el pequeño éxito que aquello suponía.
               Incluso entonces, cuando tenía pocas cosas por las que sonreír, las mañanas que empezaba lejos de casa eran motivo de orgullo para mí. Puede que mi vida fuera un desastre, pero mis dotes de seducción seguían allí, intactas, y seguía siendo capaz de satisfacer a una mujer hasta el punto de que ella aceptara compartir un trocito de su intimidad conmigo. No era lo mismo tirarse a una tía en los baños de una discoteca, o en un callejón poco iluminado, o en un coche, que hacerlo en su cama. Que te llevaran a su casa requería de una maestría que no todos los tíos conseguían alcanzar. Y que yo la tuviera, y la manejara con tanta facilidad, siempre había sido motivo de orgullo para mí.
               El sexo seguiría siendo mi deporte favorito, incluso ahora que también era mi tabla de salvación.
               Por eso una sonrisa se extendió por mis labios un segundo después de yo abrir los ojos, y no reconocer ni el techo, ni las sábanas, ni tampoco el brazo delgado y de tez pálida que me descansaba sobre mi pecho. Me lo quité de encima y me incorporé, frotándome la cara, acusando la ligera sensación de resaca que me revoloteaba en la mente como una polilla. Miré el cuerpo de la chica, dormía boca abajo con una sonrisa de satisfacción enroscándole la boca, el pelo alborotado y el cuerpo con ligeras marcas de lo que le había hecho yo la noche pasada. Puede que me hubiera pasado un poco de efusivo, pero ella no había protestado; es más, como podía recordar, y como podía verse por su expresión de paz, le había gustado bastante.
               Tiré de la sábana para vislumbrar su cuerpo desnudo y me regodeé en la visión de su culo redondeado y firme. Estás en tu línea, Al, me felicité, comprobando el pibón al que había conseguido llevarme a la cama. Le di un beso en la parte baja de los lumbares, disfrutando del olor que manaba de su cuerpo, y me puse en pie.
               Recogí mis calzoncillos del suelo y disfruté de cómo ella me buscaba en la cama, se daba la vuelta y exhalaba un suspiro somnoliento, aún con los ojos cerrados. Ahora que estaba boca arriba, podía ver sus pechos y su sexo, enmarcado por unos rizos en los que me apeteció hundirme de nuevo. Miré el reloj de la mesita: las nueve y media.
               Bueno, ya llegaba tarde a clase, así que…
               Caí sobre ella como un águila sobre un conejo desprevenido y empecé a besarle los pechos. Ella gimió y entreabrió ligeramente los ojos en el momento en que yo le separaba las piernas con mis rodillas y jugueteaba con su vello púbico.
               -Mm.
               -Despierta, nena. No quiero marcharme sin despedirme como Dios manda-ronroneé, dejando un reguero de mordisquitos desde su esternón hasta su ombligo. Inhalé el aroma que manaba de su cuerpo, mi favorito en todo el mundo: el de mujer bien follada; y le di un mordisquito debajo del ombligo. Ella arqueó la espalda y los pies. Ya era mía.
               Abrió los ojos y se me quedó mirando con gesto de que aún le quedaba media hora para espabilar. Si a mí me dejaba hacer lo que mejor se me daba hacer, esos treinta minutos se convertirían en dos. Uno, si ella separaba más las piernas.
               Para lo cual, yo me dediqué a masajear sus labios mayores. Se mordió el labio y asintió con la cabeza, respondiendo a los movimientos de mis dedos con su cadera, acompañándome allá donde yo quisiera ir.
               -Ábrete de piernas, nena. Vamos a follar otro poquito, ¿quieres?
               Por toda respuesta, ella se estiró para coger un condón. Buena chica. Era de las que sabían lo que querían incluso cuando no sabían cómo se llamaban. Duda con la que, por cierto, yo me quedé durante todo el polvo: mientras me la follaba con ganas, dándole la vuelta y poniéndola a cuatro patas, dejando que ella se cargara sobre mí y se moviera adelante y atrás, a un lado y a otro, en círculos y en zigzag, todos sus vecinos se enteraron de cómo me llamaba yo, pero nadie en todo Londres supo cómo se llamaba ella. Su pelo castaño era las riendas a las que yo me agarraba para montarla, y sus nalgas mi punto de sujeción cuando nos volvíamos locos. Se corrió conmigo encima y yo lo hice con ella debajo, en diferente postura, y nos quedamos tumbados, mirando al techo, agotados y sudorosos, con sonrisas tontas en los labios.
               Ella se giró para buscar su tanga (ah, así que era de las que llevaba tanta, bravo, Al, definitivamente sigues en tu línea), y se lo pasó por unas piernas que no parecían terminar nunca. Se volvió y se me quedó mirando, sus pechos hinchados y todavía un poco sonrosados por mis continuos manoseos. Estaba seguro de que había sido panadero en otra vida.
               -Tengo que prepararme para ir a trabajar-se excusó, y yo me puse una mano detrás de la cabeza y alcé las cejas.
               -¿Me estás echando?

viernes, 19 de abril de 2019

Mansión Drama.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Incluso el peluche de Bugs Bunny parecía mirarme diferente después de lo de la noche pasada. No debería comportarme así, y lo sabía. Lo había sabido incluso mientras me dejaba llevar por la rabia que me había dado pensar que Mimi no estuviera al tanto de lo que nos había pasado a Alec y a mí. Se podía deber a un millón de cosas diferentes, cosas más lógicas que Alec no dándole importancia al asunto.
               Debería haber parado nada más empezar, porque todas aquellas teorías empezaron a cobrar más y más fuerza, desplazando mi despecho, cuando vi cómo me miraba en la discoteca. Durante la fiesta, habría jurado ante quien fuera que no me importaba que Alec estuviera allí, y que si estaba bailando era sólo porque me apetecía pasármelo bien, pero no habría sido verdad. Si buscaba a otros chicos, si me pegaba mucho a ellos y tonteaba hasta el punto de que pareciera dispuesta a irme a sus casas llegado el final de la canción que estuviéramos bailando, era por un único aliciente: él. Mientras hacía todo aquello, tenía su completa atención, aunque yo fingiera no tenerle en cuenta. Sabía que sus ojos estaban clavados en mí, sabía que se mordía el labio, que se revolvía en el asiento cada vez que yo me agachaba y me frotaba contra el chico de turno.
               Debería haber parado cuando empezó a sonar Jason Derulo, porque eso estaba siendo cruel incluso para mí, pero una parte de mí deseaba llevar a Alec a su límite igual que él me había llevado al mío. Puede que si bailara un poco más, puede que si cantara algo más, puede que si me pegara un poquito más, él acabara desquiciado y corriera hacia mí. Y me hiciera salir de aquel pozo en el que me había lanzado de cabeza, a una superficie tan lejana que parecía una quimera.
               Le había hecho daño, más del que él me había hecho a mí, y eso era imperdonable.
               Por eso Mimi se había comportado de forma diferente conmigo desde que Alec se marchó. Cuando lo vi irse a la barra, mi corazón dio un vuelco y pensé que todo aquello estaba a punto de terminar, pero se me cayó el alma a los pies al comprobar que no era así. Alec sólo quería irse de allí: en mi afán por atraerlo a mí como una polilla a la luz, lo había alejado con la fuerza del tirón gravitacional de un planeta gigante. La ironía espacial se repitió a pequeña escala: lo mismo que debería haber arrastrado a Alec hacia mí era lo que ahora lo escupía de mi zona de influencia, lo que lo lanzaba a la velocidad de la luz tan lejos de mí que pronto dejaría de verlo. Diana fue a hablar con él, intercambiaron varias palabras, Alec se enfadó con ella, y yo tuve ganas de abrirme paso entre la gente y decirle que la americana no tenía culpa de absolutamente nada. Al principio, Diana había estado más que por la labor de darle una lección, pero después de ver cómo le daba celos sin ningún tipo de remordimiento, había terminado cambiando de bando y decidiendo que aquello no podía seguir así. Ella también estaba enfadada con su chico, y puede que con que Diana y Eleanor estuvieran molestas con sus equivalentes a Alec debiera de bastar.
               Desde luego, eso era lo que pensaba Mimi, que había ido en pos de su hermano, puede que para disculparse en mi nombre (en cuyo caso, yo no me retractaría, y así podría dejar de comportarme como una zorra sin corazón y volcar todos mis sentimientos en un cuenco para ofrecérselo a Alec, y que él decidiera si bebía de él o si por el contrario lo tiraba al suelo, derramando así mis esperanzas de regresar), o puede que simplemente para decirle que yo no debería ser capaz de aguarle la fiesta. Fuera lo que fuera lo que  le dijo Alec en mitad de la pasarela en dirección a la superficie, dejó tan afectada a Mimi que volvió llorando al sofá donde nos esperaba Eleanor, con el ceño fruncido y varios vasos de chupito vacíos.
               Corrí entre la gente para ver qué sucedía, y mientras Mimi sollozaba en brazos de Diana me quedé plantada a su lado, acariciándole la espalda despacio.
               -Mimi, ¿le he hecho daño?-pregunté como una estúpida, pero Mimi no me respondió. Siguió llorando y murmurando frases inconexas en el regazo de Diana, hasta que entre ella y Eleanor consiguieron calmarla.
               Mimi no cruzó más que monosílabos conmigo a partir de entonces, tan fiel a su hermano que no dejaría que una efímera amistad se interpusiera entre su sentido de la hermandad y ella. No podía culparla: yo haría lo mismo con Scott. Lo único que me impedía enfadarme con Eleanor por cómo estaba haciendo sufrir a mi hermano era la estrecha relación que teníamos, casi de hermanas, aunque no tanto como Scott y Tommy. Y que, como chica, yo la entendía. Entendía lo que era estar a merced de un chico hasta el punto de que tu felicidad dependiera de una muestra de cariño suya. Entendía lo vital que podía llegar a ser un mensaje: todo hasta el punto de volverme loca y querer destruir todo a mi paso, sólo porque no había obtenido el “buenos días, bombón” que ni siquiera me merecía.

domingo, 14 de abril de 2019

El rey de la noche y de todo Londres.


¡Toca para ir a la lista de caps!

-¿¡Le pusiste porno!?
               Bey se volvió hacia Jordan, estupefacta. Estábamos en la discoteca y él, milagrosamente, no había ido corriendo a la barra nada más atravesar la puerta. Debía de verme tan mal que había decidido quedarse con nosotros.
               Había pasado un día desde la pelea con Sabrae, y yo me las había apañado para salir de casa y quedar con mis amigos mientras fingía que todo iba bien. Jordan me había convencido de que quedarme en casa era lo peor que podía hacer entonces, y con la rapidez que nos caracterizaba a ambos, terminamos invocando a todo el grupo de amigos para salir de fiesta y emborracharnos.
               Tommy y Scott tenían sus propios planes, como siempre, y Max había quedado con Bella para ir a cenar, de manera que, de los nueve de siempre, terminamos siendo seis (las gemelas, Karlie, Logan, Jordan y yo) los que habíamos entrado en el bar de Jeff. Ya entonces Bey me había notado raro, y había tratado de sacarme lo que fuera que me estuviera preocupando, pero yo me había cerrado de forma hermética. No iba a dejar que Sabrae me fastidiara también las cenas con mis amigos. La comida basura puede ser tan efectiva para el mal de amores como el agua lo es para evitar una resaca.
               Y yo estaba a punto de vivir la mayor resaca de mi vida, así que necesitaría toda el agua posible.
               De manera que había conseguido comerme mi hamburguesa tranquilo, llevar la conversación por temas en los que me encontrara más seguro; temas en los que no se me formarían nudos en la garganta ni me costaría respirar porque a cada segundo que pasara más rabia me daba todo, más confundido estaba, y más pensaba que Sabrae lo estaba sacando absolutamente todo de quicio. Pude cenar tranquilo, pude incluso reírme y meterme un poco con Bey a modo de consuelo de que no podía hacer nada con la chica con la que más me apetecía hacerlo todo, y pude levantarme yo solo del sofá y sugerir ir a algún sitio donde la música fuera tan alta que pudiera ensordecer ese silencio atronador en que mi móvil llevaba sumido un día.
               Echaba mucho de menos la vibración personalizada en el bolsillo del pantalón, la que me hacía saber que alguien muy, muy especial me había enviado un mensaje. Que se habían acordado milagrosamente de mí. Que la noche no era tan perfecta, ya que se acordaba de que yo no estaba en ella, y que no lo era precisamente porque yo no estaba en ella.
               Hacía un día que Sabrae y yo nos habíamos gritado y yo ya la echaba terriblemente de menos. Hacía un día que nos habíamos dicho cosas horribles y yo ya quería retirarlas todas y cada una, punto por punto.
               Hacía un día que mi mundo se había puesto patas arriba y yo ya había perdido el conocimiento, como sólo puede pasarte cuando te pasas demasiado tiempo bocabajo y la sangre se te acumula en el cerebro.
               La única razón que tenía para acceder a contarle a alguien más que a Jordan lo que había pasado tenía las dos caras de una moneda: que ese alguien era Bey, y que Bey estaba preocupada. Claro que no entré en demasiados detalles cuando se lo conté (simplemente le dije que había tenido una discusión muy gorda con Sabrae, gorda del tipo creo que lo hemos dejado, o más bien estoy completamente seguro de que lo hemos dejado), pero ella no iba a darse por vencida así como así.
               Eso y que había empezado a emborracharme un poco, y el alcohol me daba la perspectiva que el tiempo no conseguía darme. Cuando estás un poco borracho todo empieza a verse a través de un nuevo filtro, como si el mundo se olvidara de las reglas que lo rigen y comenzara a violarlas por el mero hecho de que las desconoce. Con el alcohol corriéndome por la sangre y haciéndome sentir valiente, mis problemas ya no parecían tan inmensos. Incluso podía obviarlos y centrarme en lo mucho que me gustaba la música que estaban poniendo (una selección exclusiva de mis canciones preferidas, cortesía de Jordan, quien al contrario de lo que Bey pudiera decir era un amigo de puta madre), lo deliciosas que estaban las bebidas que los chicos me iban trayendo o lo buenas que estaban las tías que no paraban de contonearse de manera sensual al ritmo de la música.
               Aunque tampoco estaba tan borracho como para no pensar en ella, claro. Lo hacía. Sin parar. Lo hacía mientras escuchaba la música y pensaba en cómo bailaría las canciones que sonaban, lo hacía mientras bebía alcohol y recordaba su expresión la primera vez que probó el ron cola de mi boca, allá en Nochevieja, cuando todo iba bien; lo hacía mientras miraba lo buenas que estaban las tías que no paraban de brincar sobre sus tacones y agitar sus culos redondos por el gimnasio o el perreo, y yo me daba cuenta de que no deseaba a ninguna, porque ninguna se comparaba a Sabrae.
               Pero por lo menos no me daban ganas de encerrarme en mi habitación y llorar, como sí había sentido mientras hacía el reparto de por la tarde. Lo único que me había salvado del encierro y tocar fondo había sido el turno milagroso de Amazon: no podía llamar a la puerta de las ancianas para llevarles sus libros de recetas tradicionales (¡ilustrados y plastificados, dos por uno, aproveche esta ganga, señora!) mientras lloraba a moco tendido: intentarían meterme en sus casas y atiborrarme a galletas y cacao. Y yo las dejaría. Por Dios que sí.
               Suerte que había bebido lo suficiente como para que las desgracias de mi vida ya no me afectaran tanto.

domingo, 7 de abril de 2019

Terapia.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Todo calor corporal que consiguiera retener conmigo era poco. Seguía en la cama de Scott, a la que había vuelto nada más desayunar, porque no podía soportar el meterme en mi habitación. Estaría demasiado sola, y no podía arriesgarme a estarlo además de sentírmelo.
               Quien dijera que los corazones rotos se curaban estando en la cama y con alguien rodeándote la cintura, tenía razón a medias. En mi pecho ya no sentía  ese fuego rabioso que había ardido en mi interior el día anterior, cuando me había pasado la mañana llorando en la biblioteca y la tarde discutiendo con Alec y luego lamentándome de las cosas que le había dicho, pero que dentro de mí no hubiera un incendio no significaba que el lugar donde se encontraba mi alma estuviera adecuado a ella.
               Seguía encogida en posición fetal, hecha un ovillo entre las mantas que desprendían el aroma familiar, a hogar, del cuerpo de mi hermano, mientras miraba mi teléfono con un poco más de desesperanza con cada segundo que pasaba. Después de despertarme había disfrutado como nunca antes de esos gloriosos seguros en los que no te afecta nada y te sientes como en el aire: toda tu vida es perfecta, tus problemas aún no han caído sobre ti. Tenía el brazo de Scott rodeándome la cintura y su respiración acariciándome despacio las mejillas. Todo iba bien: tenía todo lo que necesitaba al alcance de mi mano, rodeándome, y pronto podría girarme, coger mi teléfono y celebrar la llegada de un nuevo día con un mensaje de “buenos días” al que ya me había acostumbrado tanto que lo daba por sentado. Demasiado por sentado.
               Mi mundo comenzó a resquebrajarse poco a poco cuando me di cuenta de por qué estaba durmiendo con Scott: no es que requiriera de ninguna ocasión especial para meterme en la cama de mi hermano; las veces que había empezado a dormir en casa mientras me acostumbraba a mi apellido y mi familia lo había hecho con él. Pero, con el paso del tiempo, aquellas visitas a la cama calentita, mullida y cómoda de Scott se habían terminado reservando sin pretenderlo ninguno de nosotros dos a momentos en los que nos apeteciera ejercer de hermanos, alguno de los dos necesitara urgentemente mimos, o simplemente estuviéramos enfermos y con los ánimos un poco bajos, a la altura de las defensas.
               No tuve que comprobar mi estado de salud en un chequeo rápido para recordar por qué estaba allí, pero conseguiría sobrevivir. Mientras esperaba a que Scott se diera la vuelta y dejara de aprisionarme con su brazo, me descubrí con un ánimo nuevo, mejor, más tendente a perdonar. Visto en perspectiva, con la sangre un poco más templada ahora que había pasado el tiempo, empezaba a pensar que puede que hubiera exagerado un poco con mi reacción del día anterior. No con mis amigas (que puede que también, pero no era eso lo que me preocupaba), sino con Alec. Rememorando lo que me había dicho durante la discusión y las veces que habíamos hablado, me dije a mí misma que yo era importante para él y él había actuado en consecuencia, que no se había impuesto a mi voluntad, sino que simplemente la había suplido cuando yo no había podido ejercerla.
               La noche me había hecho una pregunta durante mis sueños, y la mañana me había susurrado la respuesta con la delicadeza del contorno de las nubes recortándose contra el dorado del cielo al amanecer: ¿acaso no habría hecho yo lo mismo por él?
               Sí. Claro. Era poco probable que yo me encontrara en la misma situación que él se había encontrado conmigo, por todo ese rollo de mi género y el mundo en el que había nacido y cómo estaba asquerosamente diseñado, pero de haber estado cambiadas las tornas, yo también habría protegido a Alec como él me había protegido a mí. Y yo también me habría molestado con sus amigos si ellos hubieran provocado aquella situación.
               Así que, de la misma forma en que yo había cambiado de opinión, esperaba que él hubiera cambiado la suya. Se habría levantado igual que yo, con el mismo humor renovado, dispuesto a hacer las paces o puede que con ganas de fingir que no había pasado nada. Cogería mi teléfono, lo desbloquearía, y me encontraría con un delicioso mensaje suyo en el que me enseñara las dos cosas que más hacían que levantarse por la mañana mereciera la pena: el sol levantándose y desparramando una preciosa paleta de colores por el lienzo infinito del cielo…
               … y él. Él sonriendo, él un poco somnoliento, con voz ronca dándome los buenos días, bombón.