jueves, 23 de septiembre de 2021

Para mayores de dieciocho.

 
¡Toca para ir a la lista de caps!

Sí, ya era un hombre. Y qué hombre. Yo no fantaseaba con cualquiera, no me abstraía con cualquiera, procuraba mantenerme presente en todos los sitios en los que estaba, prestar atención a la conversación. Pero con Alec me era totalmente imposible en condiciones normales, así que con su traje gris oscuro, su camisa desabrochada, su pelo alborotado y su sonrisa canalla, lo único que podía hacer era preguntarme cuánto tardaría en caer en sus redes, y no si lo haría, porque era evidente que así sería.
               -Además… para mí no es ninguna fiesta si falta mi chica.
               En condiciones normales me habría asaltado una mordedura de culpabilidad en lo más profundo de mi ser: me habría recriminado el haber hecho que Alec se alejara de la fiesta, haberlo obligado a ir a buscarme, hacer que se perdiera parte de la diversión. Sin embargo, no fue así entonces, ya que no estábamos en condiciones normales: por la sonrisa que me dedicó, traviesa, juguetona, supe que Alec llevaba esperando a que le diera una excusa para estar solos mucho, mucho tiempo.
               Más o menos, desde que había visto mi atuendo; ése que me había puesto para justificar mi presencia en la fiesta, y que había tenido como efecto secundario totalmente deseable el encender a mi chico como un cohete en el año nuevo chino.
               No obstante, que yo supiera que Alec quería esto no implicaba que fuera a dejárselo entrever. Me apetecía jugar con él. Me apetecía calentarlo como lo había hecho conmigo a lo largo de la noche, incapaz de mantener las manos alejadas de mi cuerpo o de no darles un espectáculo al resto de los que nos acompañaban.
               -No quería que te perdieras la celebración.
               Sonrió, se acercó a mí y se inclinó para susurrarme al oído:
               -Nena, la única manera de celebrar las cosas a la que no quiero renunciar es follando contigo.
               Lo miré desde abajo, comprobando que se alzaba igual que un dios griego ante unos mortales temerosos de su ira y completamente engatusados por sus encantos. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo, y éste nada tenía que ver con la temperatura del agua.
               Adoraba cómo decía la palabra “follar”. La manera en que se mordía los labios al pronunciar la F inicial me recordaba muchísimo a cómo se mordía el labio cuando estaba a punto de correrse en mi boca cuando le practicaba sexo oral. No echaba la cabeza hacia atrás, los músculos de su cuello no se tensaban, no me agarraba del pelo ni dirigía mi cabeza justo en el ángulo que necesitaba para llegar al orgasmo en mi lengua, pero el efecto que tenía era similar en mí. Me hacía sentirme una triunfadora, alzarme por encima de las demás.
               -Ojalá lo celebres mucho esta noche de tu modo preferido, entonces-repliqué, y Alec se echó a reír, asintió con la cabeza y me dio un casto beso en la mía. Nadie que nos viera en ese instante sería capaz de averiguar de qué habíamos estado hablando un momento antes.
               -Te he echado de menos-me dijo, con su vocecita de niño bueno y desamparado que no ha roto un plato en su vida. Me deshice de amor al instante-. Y te he traído una copa. Me he fijado en que no tenías nada de beber cuando te fuiste-me entregó la copa de cóctel, parecida a una rosa pero de talle un poco más estrecho antes de su abertura exagerada en unos volantes de cristal, y me guiñó el ojo-. Un San Francisco con mucha granadina para mi chica favorita en el mundo.
               -Y sin alcohol-observé, dando un sorbo y sintiendo cómo el sabor ligeramente ácido de la granadina bailaba sobre mis papilas gustativas, dominando sobre todo lo demás. Se me pasó por la cabeza que a Alec también le gustaba el sabor del San Francisco, aunque no solía pedirlo porque él “salía de fiesta para emborracharse, y si quería zumitos pijos se los podía preparar en casa” (o se los podía preparar yo, aunque sospechaba que lo que le interesaba realmente de mis habilidades como barman era mi manera de mover el culo al remover o batir los cócteles), así que había posibilidades de cumplir una de mis fantasías y hacer que Alec bebiera de mi cuerpo mientras me practicaba sexo oral. Me pregunté si le gustaría la mezcla de San Francisco y yo, y cómo lo llamaríamos.
               ¿Santa Sabrae, tal vez?
               -Quiero que te acuerdes de todo lo que pienso hacerte como celebración-me confesó, pasándose una mano por el pelo. Algo refulgió bajo su camisa oscura con el movimiento de sus manos, y comprobé que la cadena plateada con el colgante que le había regalado en Barcelona y mi anillo seguía rodeando su cuello como en los días normales… igual que el colgante con su inicial brillaba sobre mis clavículas.
               Me lo imaginé en África cubierto de sudor, duchándose en unos baños comunitarios (había estado investigando un poco su campamento, y había visto que las instalaciones estaban bastante bien, pero los baños eran comunes), con mi anillo acompañándolo. Masturbándose en soledad, el anillo golpeando su pecho con el balanceo de su torso producto de la fricción de su mano.
               Mi sexo se rebeló contra aquellas ensoñaciones, despertándose y reclamándome con palpitaciones que no lo hiciera esperar más.
               -¿De todo lo que piensas hacerme?-alcé una ceja-. Puede que sea yo la que te haga cosas a ti, y no al revés.
               -¿Me lo pones por escrito?-sonrió, y yo me eché a reír. Di unas palmaditas en el suelo a mi lado, invitándolo a sentarse conmigo.
               -Ven. Me pondría de pie, pero…-empecé, y él me cortó.
               -Oh, por favor, por mí no te cortes-se cachondeó, y yo puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza. Si me ponía de pie en ese momento, sería sobre el fondo de la piscina, al que probablemente no llegara y que me dejaría toda la ropa empapada. Por mucho que a Alec le encantara verme participar en un concurso de camisetas mojadas en la que la única que se había inscrito era yo, no aspiraba a pasarme toda la noche en el spa. Quería follármelo, que me follara bien, y luego seguir de fiesta, así que necesitaba que la ropa siguiera perfecta cuando la cara me refulgiera con el brillo que sólo el sexo puede darte.
               Claro que también estaba la tentación de dejarme caer en el agua y que él me siguiera… empaparlo entero… quitarle la ropa… dejar que me pusiera contra una esquina, me separara las piernas y me poseyera. Siempre con el colgante en el cuello, ése que las demás verían, y que les demostraría que, por mucho que lo desearan, Alec estaba dispuesto a ir proclamando por el mundo que era mío, da igual si estaba en un evento de etiqueta o completamente desvestido.
               Se sentó a mi lado con cuidado, la agilidad que había tenido antes del accidente no recuperada del todo. Me pregunté por enésima vez si le dolería algo y no estaría quejándose para no amargarnos la fiesta a los demás, y hasta qué límites estaba dispuesto a llevar su cuerpo con tal de hacer que esta noche fuera memorable. Me mordí el labio, recorriendo con la mirada esos músculos que conocía tan bien, casi mejor que a mi propio cuerpo. Los pantalones se ceñían a sus muslos por culpa de la tensión de la postura, sentado a lo indio a mi lado para no mojarse, y yo no podía dejar de mirar lo fuertes que parecían.
               Lo mucho que se le marcaba el paquete. Prácticamente estaba salivando, y eso que trataba de mantener a raya mi mirada lujuriosa y no permitirme clavar los ojos en él, o estaría completamente perdida.
               -Saab…-me llamó, y yo levanté la mirada. Sus ojos me transmitían preocupación sincera. Sabía que me pasaba algo y que no quería decírselo para no amargarle la noche-. Llevas toda la noche distante. ¿Te pasa algo?

domingo, 19 de septiembre de 2021

Hoy es domingo, ¿dónde está Sabrae?

Créeme, eso mismo se pregunta ella... sobre todo, por el punto en el que dejamos el último capítulo ᵔᵕᵔ.

Fuente: @isabella

¡Vaya! Si tengo suerte, has venido a mi blog a ver qué ocurre, si no te ha llegado la notificación semanal de una tal doncastersking avisándote de que ya tienes un nuevo capítulo de Sabrae disponible. Lo primero de todo, ¡gracias por una lectora tan atenta!

 Y lo segundo: me temo que el hecho de que no hayas recibido ninguna notificación no se debe a ningún error de Twitter. Lamentablemente, hoy no habrá capítulo de Sabrae. La razón es bien simple: como ya sabrás, he empezado a opositar, por lo que tengo el tiempo bastante justo entre semana, y todavía estoy adaptándome y perfeccionando mis nuevos horarios. Si todo va como yo espero, no tendría por qué afectarle a la novela en un futuro inminente. Sin embargo, este mes el día 23 cae en jueves, precisamente el día en que tengo los cantes, por lo que no puedo arriesgarme a subir un capítulo de domingo, y luego no tener tiempo para escribirlo entre semana y publicarlo el día tradicional. También tendría la opción de subir hoy y no subir el próximo jueves, pero después de pensarlo bastante, he decidido que quiero seguir respetando la fecha de inicio de la novela, ya que nada (salvo el 10º aniversario de One Direction) me causó el suficiente trastorno (viajes, disgustos personales, etc.) como para faltar a la cita de todos los meses.

Así que ¡disculpa la espera, y nos vemos el día 23! Muchísimas gracias por tu paciencia; haré todo lo posible para que se vea recompensada.

sábado, 18 de septiembre de 2021

África y América estuvieron conectadas.

 Para María, Rosana y Lucía.

Hola.

               Vengo a decirte que puedes soltar esa relación que sientes más como un ancla que como un avión. Que el hecho de que una persona a la que tú quieres no te quiera de vuelta, o no lo haga con la intensidad con que tú lo haces, no significa que nadie más en el mundo vaya a hacerlo. De hecho, por aferrarte con demasiada fuerza a algo que se hunde, no puedes sacar la cabeza a la superficie y ver los rayos del sol, las nubes esponjosas. Hay un montón de personas ahí fuera que se mueren de ganas de que les dejes quererlas. Hazlo. Que alguien te rechace o no te eche de menos no implica que seas indigna de cualquier tipo de conexión.

               Tus fotos no son demasiado borrosas. Tus historias no son demasiado largas. No te enrollas demasiado en tus audios, lo que te preocupa no es ningún bucle y lo que te ilusiona no te convierte en pesada. No te mereces que te digan mientras te desahogas que tu voz en x2 es muy graciosa, aun cuando estás hablando de algo que te duele, y que debería dolerles a ellos también, ni que eres dependiente por echar de menos. Simplemente lo haces con una intensidad distinta. Las cosas cambian, el tiempo fluye, ni siquiera los árboles de hoja perenne tienen las mismas hojas ahora que cuando brotaron hace décadas, siglos, o incluso miles de años. Hubo un tiempo en que África y América estuvieron conectadas. Y ahora, sin embargo, un océano entero los separa; el único del que tenían constancia los griegos cuando trataron de conquistar medio mundo.

               No eres todo eso que te dejan caer y que tú te grabas a fuego en la memoria como si fueran los preceptos sobre los que tienes que construir tu propia religión, como es probable que los demás tampoco sean como tú los pintas cuando la rabia te hace verlo todo en tonos muy parecidos a la representación del infierno. Lo que pasa es que, simplemente, ya no vibráis en la misma onda, ya no tenéis la misma energía. Quizá nunca la tuvierais, y eso tampoco es algo malo; hay momentos en los que dos hilos son tan cercanos que pueden llegar a entrelazarse, pero eso no implica que no puedan separarse más adelante en el tapete, cada uno dibujando lo que le corresponde. Estabais en puntos lo suficientemente cercanos como para tocaros, pero que eso ya no sea así no quiere decir que fuera mentira.

               Igual que una flauta travesera y un barco no se parecen en nada, y sin embargo pudieran haber proyectado la misma sombra en otra vida, echar raíces en el mismo sitio, ser hogar para el mismo nido, salir de un solo árbol.  



domingo, 12 de septiembre de 2021

Ayurveda.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Uno de los momentos en que veía con más claridad lo mucho que se querían mis padres, lo importante que eran el uno para el otro y la necesidad que tenían de estar juntos era cuando venían de las entregas de premios, eventos o fiestas a los que acudían juntos. Mamá y papá no sólo estaban radiantes y parecían más enamorados que nunca, gracias, en parte, al alcohol, y a esa sensación de euforia que siempre sigue a los triunfos en sociedad de una pareja joven y exitosa como ellos lo eran. No sólo me encantaba verlos salir por la puerta hechos dos pinceles, escucharlos reírse mientras entraban en el coche y ver cómo papá le cogía la mano y le daba un beso en el dorso a mamá, o cómo ella le acariciaba la cara y le decía que le quería mientras sus ojos brillaban más que los pendientes de diamantes que le colgaban de la oreja.
               Me encantaba verlos llegar. A veces, incluso me acurrucaba en el sofá con Shasha a la espera de escuchar el coche en el camino de entrada, para así poder ver cómo continuaban la fiesta lejos ya de la gente, los focos y las cámaras. Entraban dándose besos, riéndose y comentando las gracias que habían presenciado ese día, y nos sonreían con amor cuando nos descubrían allí, porque sabían qué era lo que queríamos: saber hasta el último detalle de lo que habían hecho, y ver cómo papá le daba un masaje en los pies a mamá.
               Él lo hacía como si hubiera nacido para eso, como si le gustara más hacerle de masajista a mamá que hacer música o ser nuestro padre, pero la sonrisa que le cruzaba la boca no era sólo por poder seguir en contacto con ella, sino por el alivio que le proporcionaba a mamá. No; aquél era uno de los pocos momentos en los que papá no la tocaba por el simple placer que le producía sentir la piel de ella en la suya, sino por el efecto que tenía en mamá. Ella sonreía, cerraba los ojos, echaba la cabeza hacia atrás y suspiraba, y Shasha y yo nos reíamos e incluso nos atrevíamos a decirle que estábamos demasiado acostumbradas a oír esos sonidos procedentes del piso de arriba como para considerar aquel contacto como algo inocente.
               Pero lo era. Sabíamos que lo era. Al igual que había sospechado que mamá exageraba su dolor para poder aprovechar un poco del lado protector de papá. Estaba acostumbrada a llevar tacones; eran el uniforme de su trabajo, el calzado de su día a día: era imposible que le afectaran tanto.
               La noche de la graduación de Alec y Scott descubrí que me equivocaba. No sólo mamá no exageraba su dolor, sino que se esforzaba en controlarlo para no asustarnos a Shasha y a mí.
               Creo que nunca, jamás, me habían dolido tanto unos zapatos. No recordaba que me dolieran así ni las botas que había llevado durante Nochevieja, aunque, claro, el tiempo que había pasado inconsciente esos días había hecho que no tuviera una referencia clara de hasta qué punto las había llevado puestas y poder hacer una comparativa con ese dolor. Aquellos zapatos blancos con dibujos azules que imitaban al cielo dolían igual que si me hubiera caído de él directamente sobre las plantas de los pies, cada centímetro de mi piel, cada conexión de las articulaciones, ardiéndome hasta el punto de que me apetecía llorar.
               Supe que no aguantaría mucho más con ellos la primera vez que me senté a solas. No fui plenamente consciente de cuánto me estaban doliendo los zapatos hasta que dejé de notar la presión de mi cuerpo sobre ellos cuando, por fin, posé el culo en el sofá. Alec estaba dando vueltas aún por la pista de baile, dejando que sus amigas lo llevaran de un lado a otro, y el resto de las chicas que podían hacerme compañía estaban tratando de encontrar un acompañante digno de ellas o, con suerte, acurrucándose en los brazos de las personas de las que estaban enamoradas. Cerré los ojos con fuerza y cometí el primer error de la noche, el más típico de una principiante: me descalcé.
               Exhalé un gemido cuando subí los pies al sofá, las piernas dobladas en una de esas posturas casuales que adoptas cuando estás en un entorno conocido y en un ambiente cómodo, bastante poco apropiado para la situación en la que estaba, pero era la única forma de poder comprobar si tenía alguna herida. Notaba los dedos entumecidos y me costaba un poco moverlos; tenía una rozadura muy fea en el meñique, y la piel de la planta hipersensible, con una dureza que me ardería como un incendio forestal cuando me atreviera a caminar descalza que no estaba ahí hacía unas horas, cundo me pinté las uñas a juego con el bolso y los detalles de los zapatos.
               -Uf. Mmm-exhalé internamente un poco de aire mientras me tocaba la ampolla que me estaba saliendo en el tendón de Aquiles. Cogí los zapatos y los miré para comprobar que no estuvieran manchados de sangre. Tonta de mí, no me había traído parches para las rozaduras; ni una triste tirita.
               Eso sí, tenía el bolso lleno de condones, no fuera a apetecerme acostarme con todos los chicos que había presentes, a los que apenas podría dedicar unos minutos antes de pasar al siguiente si quería probarlos a todos antes de que terminara la noche.
               Noté que me mareaba un poco al estirar los dedos de los pies, no sé si por el dolor o por el alcohol que había ingerido hasta entonces. La cabeza no me daba vueltas y no veía con ese deje brillante que adquiere todo cuando te pasas bebiendo, así que me decantaba más por lo primero. Me di cuenta de que tenía sed, y me habría gustado pensar que tenía valor suficiente para volver a ponerme los zapatos y atravesar la pista de baile en busca de… no sé, absenta. Puede que aquello fuera lo único que me hiciera olvidar lo tonta que era.
               Estaba tan absorbida por el fuego de mis pies que ni me di cuenta de que una figura avanzaba hacia mí, y cuando se dejó caer a mi lado, el corazón me dio un vuelco de alegría.
               -Qué detallazo, dejando que las demás manoseen a tu novio en las canciones lentas-comentó Scott, pasándome un brazo por los hombros y atrayéndome hacia él en un abrazo cariñoso y protector, de esos que hacían que me deshiciera por dentro y me sintiera segura incluso en un bombardeo.
               -Hay demasiadas solteras en la sala. Apenas hay correlación entre graduadas y graduados, supongo que por eso de que las chicas nos tomamos nuestros estudios y nuestros futuros más en serio, así que me pareció que era mi deber compartir-le pinché, encogiéndome de hombros y escapándome de su abrazo. Me rozaba con la hebilla del cinturón el meñique del pie derecho, así que estaba viendo las estrellas.
               -Supongo que los chicos tenemos que quedarnos entonces donde nos corresponde, en el fondo y calladitos, ¿no?-sonrió Scott, mordisqueándose el piercing.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Veinticinco veranos.

 

He tenido que echar un vistazo a la entrada del año pasado para recordar cómo enfocaba mis entradas de cumpleaños; quizá escribirla cuando no celebro mi llegada al mundo, sino más bien las bodas de plata con mi madre tenga algo que ver.

Tengo sentimientos encontrados con los 25. Me parece una edad horrible, una edad que, como dije en el trabajo, me sonaba peor, a más vieja, que por ejemplo 34. Me da la sensación de que tengo problemas con las edades impares, a pesar de que una de las mejores épocas de mi vida (si no la mejor) fueron mis 17 años. Los 25 eran una gran oportunidad para ponerme por fin en forma, cuadrando un IMC de 25 a los 25 como me propuse vagamente cuando cumplí 24. Tenía un año por delante; no podía ser tan difícil. Y, sin embargo, aquí estamos, con la talla de siempre, ropa de hace años y el estómago demasiado lleno para alguien que hace tan poco ejercicio.

Estos días han sido agridulces. Soy una persona muy centrada en el ahora en sus sentimientos, intensa como la que más, más parecida a un fuego artificial que a un cohete. Exploto e ilumino el cielo con el color que corresponda según mis emociones, esperando ser una imagen que a los demás les cueste borrarse de la cabeza. Doy mucho más de lo que recibo, y aunque no lo hago por recibir, sí que he adquirido la confianza y el coraje suficiente como para empezar a decirlo. Me gusta sentirme querida, me gusta sentirme valorada, me gusta sentir que importo. En ocasiones, me da la sensación de que no es así.

Pero no fue así en mi cumpleaños. Hacía muchísimo tiempo que no hacía un plan especial para mi día; mismamente, el último 8 de septiembre (quiero decir, del que nos separan más de 24 horas) recuerdo estar tumbada al sol, leyendo un libro y pensando en lo muchísimo que me encanta hacer lo que quiero cuando quiero. Y, ayer, tuve todo eso que quería: mis amigas, pasear, no estar preocupada ni tampoco triste. Ni siquiera me decepciona no tener regalos con los que contaba (regalos que no tienen por qué ser necesariamente algo físico), ni me duele que se hayan roto tradiciones. En cierto modo me lo esperaba. Cómo enfocaré este tema a mis 26, no lo sé; a lo largo de mis 24 aprendí que la vida da muchas vueltas, que todo puede cambiar en meses, y que los lazos que creías perdidos hacía años pueden convertirse en los únicos arneses que te sostengan sobre el vacío, impidiendo que te espachurres al caer contra el suelo.

He descubierto que tengo miedo, más miedo del que me gustaría admitir, a irme de este mundo sin haber hecho tantas cosas que tengo pendientes que la lista quizá no cabría ni en toda la biblioteca de Alejandría. Que prefiero quedarme atrás y segura a arriesgarme y acabar postrada en una cama de hospital, o algo peor.

Pero, gracias a Dios (bueno, ya me entiendes) también he aprendido que mi tiempo merece la pena, que mi compañía merece la pena, que merezco que me busquen con la intensidad con la que buscaba yo antes. Por fin recibí invitaciones que esperaba con impaciencia, tengo planes de futuro a más o menos corto plazo que me ilusionan, y sé de lo que habla Carrie en Sexo en Nueva York, de ese sentimiento de hermandad que sólo tienes cuando puedes hablar de lo que sea sin pudor a que la imagen que los demás tienen de ti cambie. También he aprendido que soy más valiosa y hábil de lo que me creía, que una homogeneidad en edad puede no ser tan rica como un grupo de edades muy variadas, que las batallitas son más entretenidas de lo que parece y que soy una persona de mañanas, incluso ahora que se me pegan las sábanas y tengo que hacer un esfuerzo por levantarme. He aprendido que hay que arriesgar y darle oportunidades a la gente, oportunidades que yo también me merezco, y que no por mucho insistir vas a conseguir que te den más trabajo, incluso cuando están con el agua al cuello.

Si tuviera que quedarme con algo solamente de este año, me sería muy difícil escoger entre mi trabajo y mis amigas. El trabajo me hizo ver que ese futuro que me parecía tan negro y que me hacía acostarme llorando a los 17 no era más que un nubarrón de tormenta necesaria para alimentar la flora con la que luego deleitarse los ojos y la nariz. Que hay esperanza más allá de la universidad, y que todo un mundo de posibilidades se abrirá ante ti en el momento en que entres en el mercado laboral. Que la vida da muchas vueltas, y no tener planes definidos como los demás no quiere decir que estés rota, sino que eres un planeta errante en busca de una estrella con la que encajar mejor. Y mis amigas me hicieron ver que mis problemas no son nimios, que merezco amor, que soy graciosa, que pueden echarme de menos, que lo que hago es interesante y que no soy pesada hablando de lo que me apasiona.

Supongo que por eso estoy un poco nostálgica. A pesar de haberlos empezado con ellas, el camino en el que me embarco ahora me dejará un poco sola de nuevo. No obstante, no tengo miedo. Sé que las tengo a ellas.

Y que entenderán que las comparta con Sabrae y Alec en unos horarios que parecen más propios de la agenda de una reina que de una plebeya. Tal vez lo que me toque descubrir en mis 25 es que, como ellos, también desciendo de la realeza.

Aunque sería difícil mejorar el día de ayer.

¡Brindo por un cuarto de siglo aprendiendo, sufriendo y disfrutando! «El tiempo que pasamos riendo es tiempo que pasamos con los dioses» según mi nuevo proverbio favorito, origen del país del sol naciente. Me he dado cuenta de que he pasado muchísimo tiempo en mi Olimpo particular, pero también de que las lágrimas hacen más dulces los momentos de angustia, cuando sonrío al recibir un mensaje a las 12 de la noche en mi cumpleaños o resuelvo un malentendido. Después de todo, no dejan de ser lluvia. Mi lluvia personal, pero lluvia al fin y al cabo.



domingo, 5 de septiembre de 2021

El soltero más codiciado.


¡Toca para ir a la lista de caps!

 
Todavía sentía su mano ardiendo en mi pecho incluso cuando toda la sala nos separaba. Estaba hecha de fuego, toda ella; un fuego ancestral e incandescente en el que me moría por consumirme, la verdad.
               Llevaba toda la noche manoseándome, y yo, toda la noche controlándome para no saltarle encima. Y me lo estaba poniendo extremadamente difícil: había descubierto que me ponía un montón que me dijera guarradas en un sitio abarrotado de gente, que expresara sus ganas de mí, que no pudiera guardarse sus manos para sí misma. Si ya me encantaba sentir sus uñas arañándome la espalda, sus piernas rodeándome la cintura, o sus dedos hinchándose en mi culo mientras me la follaba, imagínate lo que era recordar todo eso en un lugar en el que no podíamos hacer nada.
               O, bueno, no debíamos. Porque viendo el plan en el que estábamos ambos, no me extrañaría que termináramos haciéndolo en un rincón. A mí incluso me gustaría. Quería que todos supieran cuánto la hacía disfrutar, que vieran que la diosa de la noche sólo se encomendaba a un dios cuando sentía placer, un dios con el que yo compartía nombre. Si ya estar en la graduación era un logro, estarlo al lado de Sabrae era el triunfo más importante de mi vida.
               Es que, ¡joder! Estaba guapísima. Resplandecía como si viniera de otro planeta, una embajadora interestelar en la que habían concentrado toda la belleza del planeta para conseguir un tratado que trascendiera las fronteras de la luz. Tenía las piernas más largas que de costumbre, el vientre más plano, las tetas más turgentes, y el culo más respingón. Toda ella parecía hecha para que yo no apartara la vista de su increíble cuerpo de bronce, y para que flipara cuando me asaltaba la percepción de que yo era el único que podía disfrutar de ese cuerpo. De verdad, la única vez que la había visto más guapa que esa noche había sido en Nochevieja. Mejor que el blanco, sólo le sentaba el rojo. Mejor que un traje, sólo le sentaba un mono. Mejor que unos zapatos blancos de tacón, sólo le sentaban unas botas doradas hechas de filigrana.
               En Nochevieja, había tenido la versión demonio de Sabrae. Hoy me tocaba el ángel, pero que sólo lo era en apariencia. Y, sin embargo, que hubiera exhibido el pecado con tanta naturalidad a principios de año sólo conseguía que yo me pusiera peor.
               Claro que hoy tampoco se quedaba corta.
               -Date prisa, papi-me había dicho al oído-, que tengo mucha sed.
               Sus labios habían acariciado mi oreja de un modo en que sólo acariciaban otra parte de mi cuerpo: la punta de mi polla. Sus dientes siguieron la línea de mi lóbulo de una forma en que sólo seguía la boca. Y su mano había leído en braille en mi pecho de un modo en que sólo lo hacía en una situación muy concreta: cuando se ponía encima, sus tetas en primer plano, su sexo invadido por el mío, y se echaba hacia atrás con una sonrisa a punto de estallar en un orgasmo explosivo.
               Jo.
               Der.
               Como para no empalmarme.
               Estaba haciendo un esfuerzo titánico para no saltarle encima. Aún ahora me fascinaba no haber hecho nada con ella. Y lo peor de todo es que me encantaba esta Sabrae descontrolada y ansiosa por tener sexo. Me gustaba que me dejara bien claro lo que quería, resistirme a duras penas a ella, ver cómo fantaseaba con lo que le haría esa noche. Puede que incluso le destrozara el traje para poder follármela. Sabía que no le haría gracia no disponer de la prenda, pero siempre podía comprarse otro igual. En cambio, un polvo desesperado en el que todo te molesta, ropa excitante incluida, era algo que los dos no sólo queríamos, sino que necesitábamos: ya me imaginaba en Etiopía, tumbado en la cama, pensando en ella y recordando irremediablemente el sonido de la ropa al rasgarse, sus pechos brincando liberados, su grito de placer…
               -Oh, Dios mío, Alec, sí.
               … cuando la penetrara. Solos ella, yo y nuestros sexos unidos. Estaría apretada pero húmeda. Se mordería el labio y gemiría. Duraríamos poco, pero nos empaparíamos de sudor igual que si lo hubiéramos estado haciendo toda la noche. Le demostraría quién mandaba, la demostraría cuánto me importaba, cuánto iba a echarla de menos y lo mucho, muchísimo que me arrepentía de haber planeado el voluntariado. No me importaría tomarme un año sabático metido en su cama; de hecho, puede que me sintiera igual de realizado, por no hablar de que me resultaría mucho más placentero y sin tener que hacer tantos trámites.
               Noté que se giraba y clavaba los ojos en mí entre la gente, y fue como si todo el mundo se difuminara en una escala de tristes grises en las que ella brillaba como un hada blanca, un faro en mitad de la noche. Levanté la vista para encontrarme con su mirada, sin ser siquiera consciente de que se había alejado tanto de mí: tan fuerte era el embrujo al que me tenía sometido, que ya ni siquiera percibía la distancia que había entre nosotros. Ojalá fuera así en África.
               Sabrae sonrió y se relamió los labios al ver en mi mirada lo que no alcanzaba por culpa de la muchedumbre que se interponía entre nosotros: había conseguido que me empalmara.
               Normalmente no se comportaba así. Normalmente era ella la que nos paraba los pies a ambos, y yo el irracional. Sin embargo, no me disgustaba del todo esto de tener nuestra vida sexual en mis manos. Tendría que ponerme trajes más a menudo.
               No contenta con haberme llevado al límite de mis fuerzas y mi autocontrol, Saab se dio un beso en la punta de los dedos, se inclinó y me lo lanzó como si fuera un minúsculo avioncito de papel animado por su aliento. No pude evitarlo: sacudí la cabeza, puse los ojos en blanco y me eché a reír
               -Cabrona…
               Sabrae se rió al verme, se encogió de hombros, elevando uno más que el otro, y se giró para seguir su camino. Me rompió un poco el corazón que me diera la espalda, ya que tenía todo lo malo de que se diera la vuelta (dejar de ver esa carita suya, y también sus tetas) sin lo bueno (verle el culo).
               Así que, abriéndome paso entre la gente, me acerqué al bar. Los camareros, de punta en blanco, no daban abasto con todo lo que les pedíamos, así que me saqué el móvil del bolsillo interior de la chaqueta y decidí entretenerme un poco.
Ya veremos si te ríes tanto cuando me supliques para que te folle. A este juego podemos jugar dos.
               Levanté la vista y me la quedé mirando. Sabrae se sentaba con las chicas en ese preciso instante. No echó mano del bolso en ningún momento.
¿Te dejaré sentarte en mi cara como lo estás haciendo en ese sofá? Mmm, decisiones, decisiones. Si te sigues portando como hasta ahora, seguramente NO, zorra.