miércoles, 23 de febrero de 2022

El consuelo de Gulliver.

¡Hola, mis flores! Antes de que empecéis a leer, tengo que anunciaros algo: el martes que viene, 1 de marzo, tengo uno de los primeros exámenes de mi oposición,  así que no voy a poder escribir el finde, ya que lo estaré preparando (es por ello que también este capítulo es más cortito, y con menos acción de la esperada, ya que ya estoy más centrada estudiando). Por tanto, el domingo que viene no habrá capítulo. Sí voy a respetar, por supuestísimo, el cumpleaños de Alec: nos veremos, pues, el 5 de marzo ᵔᵕᵔ. ¡Disfrutad de la lectura!

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Jo-der. Necesitaba un puto piti. O dos, o tres. No recordaba cuándo había sido la última vez que la sesión con Claire me había revuelo tanto, si es que había habido alguna. Tenía demasiado que procesar, y poquísimo tiempo para hacerlo. Tanto por los días que quedaban para que tomara la decisión de subirme o no al avión, como para…
               Estaba tan concentrado en mis pensamientos saliendo del Área de Salud Mental que ni me fijé en el pibonazo que había sentado en los sofás de la sala común, las piernas cruzadas pero estiradas, bronceadas por el sol y torneadas por lo bien que se lo había pasado las últimas semanas, recorriendo Italia y Grecia y cabalgando a un joven semental que estaba más que dispuesto a llevarla al fin del mundo si ella le dejaba.
               Por descontado, ella no estaba lo suficientemente alterada como para no percatarse de cuándo salía yo. Sabrae me miró con una sonrisa en los labios, esperando con ganas a que me diera cuenta de que estaba ahí, pero en lugar de fruncir el ceño cuando pasé de largo delante de ella a toda velocidad, murmurando para mí mismo cosas que no pudo entender y frotándome la boca con la mano, como hacía cuando estaba nervioso y dándole vueltas a algo, simplemente sonrió…
               … y me tiró la cartera, que chocó directamente contra mi culo, desconcentrándome lo suficiente de mis ensoñaciones como para que fuera capaz de recordar que, ¡oye!, ¡estaba en el hospital, y no en ese infierno de decisiones al que había escogido lanzarme de cabeza!
               Me giré en redondo, sorprendido por el comportamiento de los internos y preguntándome cómo es que alguien de la zona restringida de Salud Mental había sido capaz de escaparse. Abrí la boca para preguntarle qué quería, si podía ayudarle (sabía que no debía ponerme chulo con aquella gente a la que tenían que tener empastillada para ser capaces de manejarla, incluso si todo apuntaba a que les ganaría en una pelea), pero mi pregunta murió en mis labios cuando mi cerebro registró quién estaba frente a mí.
               Sabrae me sonrió, arqueando las cejas de una forma sugerente que me recordó mucho a las veces en que decidía darme una sorpresa y esperarme en la cama… desnuda. Sabiendo de sobra lo que iba a terminar pasando.
               Joder. Estaba guapísima. Mis ansias por un cigarro se evaporaron nada más verla, registrando su indumentaria con más interés que si fuera un crítico de moda. Se había puesto un vestido amarillo canario que yo nunca le había visto antes, aunque me sonaba haber cargado con él mientras se dedicaba a escoger más y más ropa en una de nuestras múltiples tardes por el centro comercial. El vestido se ceñía a sus pechos como un sujetador, sosteniéndolos en su sitio gracias a la tira que llevaba anudada al cuello igual que un bikini, y a pesar de la falda con vuelo que danzaría cuando ella echara a andar, un triángulo invertido de piel oscura se asomaba por su espalda, como si llevar los omóplatos al descubierto no fuera suficiente para volverme loco.
               Se me pasaron al instante las ganas de fumarme un cigarrillo. En su lugar, me apeteció llevarme algo un poco más sano a la boca.
               Por supuesto, eso no implicaba que quisiera consumirla.
               -¡Saab!
               -Hey-dijo, guiñándome un ojo y llevándose dos dedos a la sien, sin poder evitar sonreír. ¿Nos habíamos intercambiado los papeles y yo no lo sabía? Tenía sentido: después de todo, por una vez, era a mí al que pillaban desprevenido con una visita sorpresa, y no al revés.
               Confieso que me gustaba esa actitud chulesca suya. Le sentaba bien comportarse como me comportaría yo… especialmente ahora que yo no me sentía con fuerzas para comportarme como, bueno, yo. Su presencia ya estaba tranquilizando lo más profundo de mi ser, pero todavía quedaba una parte de mí que se resistía a abandonar la angustia que me había producido la terapia. Después de todo, preocuparme era algo que llevaba haciendo toda la vida, y era difícil abandonar los viejos hábitos.
               Por suerte, yo siempre había tenido unos reflejos de pantera. Sergei siempre me había aplaudido por ello: decía que no había visto a nadie levantarse tan rápido de la lona como lo hacía yo, prácticamente como si quemara. Pocas personas eran capaces de resistir golpes tan duros como los que yo había sido capaz de soportar, y cuando chocaba contra mi límite, me sacudía el aturdimiento de encima tan rápido como un tiburón que se niega a aceptar que lo han encerrado en un acuario.
               -¿Me has tirado la cartera?-solté, incrédulo, y me incliné a recogerla del suelo mientras Sabrae se relamía los labios, comiéndoseme con los ojos igual que yo lo había hecho con ella. Se acarició la pierna involuntariamente con el pie que había pasado por encima, las sandalias con cuña un aliciente para su estatura que haría que mi boca estuviera un poco más a tiro para ella cuando los dos nos estiráramos y nos quedáramos de pie-. Joder, nena. Empezaba a sospechar que me estoy prostituyendo contigo, pero no pensé que tú ya hubieras llegado a la conclusión de que así es, y hubieras querido normalizarlo. Me choca un poco conociendo tus ideales, claro que… supongo que, como yo no soy una mujer, te parece que el que yo venda mi cuerpo no es algo que combatir, ¿no?

lunes, 14 de febrero de 2022

El capitán del Titanic.


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No me había fijado en que en la sala común de los psicólogos del hospital había pequeños rincones que parecían reservados a cada uno de ellos, como si aquel gran salón no fuera otra cosa que la suma de las partes de las demás consultas, comulgando todos con todos para hacer de ese rincón del hospital un hogar. Uno de los pocos hogares que había para los profesionales que trabajaban en él, y cuya estancia a lo largo del tiempo estaba mucho más definida que las personas por las que se había levantado aquel edificio.
               Sentado en el diván de terciopelo rojo con Claire frente a mí, rompiendo el contacto visual conmigo tan sólo para hacer pequeñas anotaciones en ese cuaderno que tenía reservado para nuestras sesiones, me había descubierto a mí mismo rehuyendo su mirada clara cuando volvía a fijar los ojos en mí. No porque me incomodara sentir que me prestaba atención, sino porque… se sentía raro todo aquello. No haber ido a su consulta, más pequeña pero más personal, después de volver del viaje; no haberme despatarrado en una de las sillas de plástico, sino haber pasado a ese rincón que se parecía más a las consultas de los psicólogos que salían en las películas. Me había asegurado que no tenía de qué preocuparme y que podía hablar con libertad: varios de sus compañeros estaban de vacaciones, y los demás que compartían el turno con ella estaban haciendo ronda por las habitaciones de aquellos pacientes que no podían bajar hasta el piso donde se encontraba el Área de Salud Mental, así que tendríamos toda la intimidad de que habríamos disfrutado en su consulta. Simplemente quería disfrutar del solecito, me dijo.
               Me tenía envidia por lo moreno que había vuelto de Grecia, y había bromeado incluso con que sería bueno que sus pacientes le dieran envidia, para variar. Y yo me había puesto a parlotear como un loro sobre todo lo que habíamos visto, lo que habíamos hecho, y lo que habíamos vivido, sin detenerme en las cosas que se supone que le tienes que contar a tu psicóloga.
               Supongo que le había perdido la práctica a desnudarme mentalmente frente a otra persona y hurgarme en las heridas para conseguir que me sanaran, y me había descubierto a mí mismo paseando la vista por la habitación mientras mi lengua cobraba vida propia y seguía por un camino por el que tanto Claire como yo sabíamos que no llegaríamos a ningún sitio.
               Claro que no me di cuenta de eso hasta que no me fijé en la foto de Claire y su mujer en un jardín botánico, capturadas en el tiempo en medio de una carcajada que hacía que sus cuerpos se contorsionaran de manera extraña, sus rostros contraídos en una risa silenciosa y eterna. Sabrae y yo teníamos muchas fotos así, pero no pensé en ninguna en la que nos estuviéramos riendo, sino en una de las primeras que le había hecho cuando llegamos a Grecia.
               Claire y Fiorella estaban delante de un seto de buganvillas, igual que el arco que rodeaba a Sabrae mientras estiraba la mano para dejar que una mariposa monarca se posara en su dedo en lo que yo ahora tenía como fondo de pantalla en el teléfono.
               Y, como no podía ser de otra manera, me había puesto a pensar en todo lo que habíamos pasado en Grecia, bueno y malo, mientras seguía soltando chorradas acerca de la temperatura del Mediterráneo o los anglicismos que el griego había asumido y de los que yo no me había dado cuenta hasta que no me llevé a mis amigos a Mykonos y ellos pudieron adivinar más o menos de qué hablaba gracias a aquellos.
               Me pregunté dónde estarían Claire y Fiorella cuando les hicieron esa foto, si sería en una luna de miel como la que habíamos tenido Sabrae y yo, o la oficial. Me pregunté cuánto tiempo habrían pasado separadas la una de la otra desde que se habían conocido, si habían tenido dificultades como las que habíamos pasado Sabrae y yo. Fiorella parecía testaruda y con el egoísmo suficiente como para poner esos planes de futuro que había hecho estando soltera por delante de unos meses prometedores al lado de Claire, y Claire parecía lo bastante buena como para aguantar estoicamente el tiempo que Fiorella decidiera irse por ahí a ser gilipollas perdida al otro lado del mundo sin echarle en cara todas esas gilipolleces.
               Seguro que habían tenido momentos tan dulces como Sabrae y yo. Lo que no me cuadraría tanto sería que una mujer fuera tan imbécil como para dejar que su orgullo la apartara de lo que más quería, como sí nos pasaba a los hombres. O puede que llevaran mejor sus compromisos porque sabían lo importantes que eran, lo mucho que se tenían en cuenta por quienes los rodeaban. No eran tan volubles, tan veletas, como lo era yo.
               Joder. Era increíble. Lo que se suponía que era un viaje de despedida había terminado convirtiéndose en el asentamiento de mis dudas, la profecía autocumplida de que no sería capaz de marcharme cuanto más me uniera a Sabrae. Y cuanto más pensaba en ello, más razones veía para quedarme y menos para marcharme, como si lo que antes habían sido defectos ahora se convirtieran en virtudes. ¿Realmente era ser egoísta quedarme? ¿No lo sería irme, sospechando lo mal que lo pasaríamos ambos? ¿Lo mal que lo pasaría Sabrae? Yo estaba más que dispuesto a cargar con mis culpas, pero ella no había hecho nada. Era completamente inocente en esto, no había pedido enamorarse de mí, y sólo se había resistido a sus sentimientos cuando creía que iba a perderme, como si sospechara lo que se me venía. ¿No le había prometido que no le haría daño cuando apenas estábamos empezando? Porque no se me ocurría nada peor para hacerle daño que obligarla a pasar nuestro aniversario separados.
               Era un completo gilipollas, eso estaba claro. Si creía que sería capaz de irme era porque mis delirios de grandeza eran incluso mayores de los que en un principio podría exhibir. Me había costado un triunfo compartirla con mis amigos, ¿de verdad iba a ser capaz de compartirla con un continente entero? Joder, si tan siquiera había sido capaz de dormir sin ella. Había pasado una noche de mierda, dando vueltas en esa jodida cama tan gigantesca que me habían comprado mis padres, en la que antes me bastaba con acostarme con mi inmenso ego. Mi habitación me parecía enorme, vacía e impersonal ahora que su aroma no era más que un fantasma en mi memoria, ahora que no había un cuerpo cálido y curvilíneo a mi lado bajo las sábanas, sólo un móvil descansando en mi mesita de noche.
               Pensar en lo que se me venía encima igual que un maremoto y para lo que no encontraba ninguna solución mínimamente satisfactoria era más que suficiente para que esa presión en el pecho que llevaba tiempo sin sentir, pero que durante una época de mi vida me había sido tan familiar a pesar incluso de no haber sido capaz de ponerle nombre, regresara con más fuerza que nunca, como un amigo que te echa de menos y que te abraza más fuerte de lo que debería cuando os reencontráis en el aeropuerto. El día 31.
               Ni siquiera había sido capaz de saborear el último 31 que había pasado con ella. Mayo había llegado y se había ido sin más, con sólo nosotros dos disfrutando de nuestra compañía, luchando contra el tiempo y todo el mundo que parecía derramarse sobre nosotros como tinas de aceite hirviendo. Me había pasado junio entre sus piernas, y ahora… ahora me encontraba con que había agotado mis reservas de agua haciendo una fiesta en medio del desierto, sin pensar en que mis acciones tendrían consecuencias y lo dura que sería la travesía cuando tuviera que luchar no sólo con la sed, sino también contra la resaca.
               Fiorella se reía al lado de Claire en la foto, sujetándola con una fuerza que me hizo ver que, efectivamente, ella no la dejaría marchar. Ella no dejaría que un continente se interpusiera entre ellas. Ella no haría que su orgullo pesara más que lo que sentía por Claire. Pero lo mío había dejado de ser una cuestión de orgullo para pasar a convertirse en vergüenza.
               La verdad, no se me ocurría cómo coño iba a hacer para mirar a Sabrae a la cara y decirle que me quedaba después de todas las molestias que se había tomado conmigo. Había luchado más que nadie, incluso más que yo, para conseguir que me graduara a tiempo, en parte por la espada de Damocles que era mi voluntariado pendiendo sobre nuestras cabezas. Había ayudado a mis padres a organizar el viaje y se había alejado de mí para que pudiera tomar libremente la decisión de invitarla o no, como si realmente hubiera una decisión que tomar. Había luchado por mantener a raya sus sentimientos cuando sabía que me marcharía, y luego se había entregado sin miedo a mí, aprovechando el poquísimo tiempo que teníamos. ¿Y si acababa quemada de mí?

domingo, 6 de febrero de 2022

Sobriedad.


¡Hola, flores! Este cap es un pelín más corto que los demás, como compensación al otro larguísimo que os escribí. Para nada es porque haya tenido un minibloqueo (porque ¡he vuelto a trabajar!) que, gracias a Dios, creo que ya he superado.
Espero que, de todos modos, lo disfrutéis como a sus hermanos más mayores. ¡Un beso, y hasta la semana que viene! En la que, ¡por cierto! Es posible que publique el lunes, y no el domingo. Por eso de que es San Valentín, y tal 😉 os iré informando por Twitter. ¡Disfrutad!

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               -¡Bueno!-aulló Taïssa en cuanto abrió la puerta de su casa, con las caras de Momo y Kendra flotando detrás de la suya, enmarcada en unas trenzas que ahora eran de un amarillo neón que hacía que su piel de ébano brillara como si tuviera luz propia-. ¡Mirad quién se ha dignado a venir con nosotras, las solteronas! ¡Nuestra amiga, la CASADA!-chilló, dando palmadas en el aire mientras Kendra y Momo se peleaban por atravesar el pequeño espacio que había entre su cuerpo y la puerta y llegar hasta a mí. Me eché a reír y abrí los brazos, cuidando de que no se me cayera la bolsa de tela que había traído con las cosas que necesitaría para la cesta de pijamas… y en la que los regalos que les había traído esperaban impacientes para conocerlas.
               Al contrario que Al, mi presencia en mi casa no tenía una fecha de caducidad, así que podía disponer de mi tiempo con una libertad de la que mi novio carecía: incluso si le apeteciera quedarse a dormir en casa de Jordan, o de las gemelas, siempre había algo tirando de él hacia la casa en la que había crecido: su madre, y lo mal que lo había pasado echándolo de menos.
               La mía no se había quedado atrás: había tenido que dejar que Scott volara del nido antes de lo que se esperaba, y mis vacaciones habían sido un aperitivo de lo que le esperaba cuando yo terminara el instituto que no le había gustado nada, nada. Me había estrechado con fuerza en cuanto atravesé la puerta de casa, hundiendo la cara en mi pelo mientras sus brazos me apretaban contra esas curvas que tan familiares y seguras me resultaban, y había ignorado con todo su tesón las protestas de Scott y Shasha, que medio en broma, medio en serio, la habían acusado de no esconder en absoluto su favoritismo por mí.
               Le había dejado una nota garabateada aprisa y corriendo pidiendo que me perdonara por lo que iba a hacer, abandonarlos a ella y a papá para ir de nuevo al calor que sólo podía proporcionarme compartir cama con Alec, y ahora… ahora había vuelto a hacerlo, aunque por lo menos la había avisado con cierta antelación.
               Claro que todos mis remordimientos la noche anterior se habían evaporado en cuanto volví a ver a Alec aquella madrugada, entrando en su habitación como un ciclón, literalmente corriendo con tal de reunirse conmigo. Sus brazos en mi cintura habían sido lo que había necesitado para excusarme a mí misma y decirme que estaba donde tenía que estar, y que mamá lo entendería.
               Mis amigas no tenían intención de ser tan comprensivas si trataba de cambiar los planes que habíamos hecho antes de irme, planes que incluían una cena, una fiesta de pijamas con pelis de fondo a la que ninguna de las cuatro le haríamos caso, muchas golosinas y todavía más detalles de todo lo que había hecho en mis vacaciones.
               Una parte de mí se había despertado aquella mañana y había decidido que mis responsabilidades no eran tales, que mis promesas sólo valían si yo decidía darles crédito, y que perfectamente me podía quedar en la cama de Alec, acurrucada a su lado, hasta cumplir la mayoría de edad. No tenía por qué moverme de allí. Y cuando se lo dije, a él le pareció genial.
               -Llevo queriendo zurrarles desde lo de Nochevieja-me dijo, sus brazos rodeando mi cuerpo y entrelazándose junto a mi pecho mientras me daba tiernos besitos en el hombro-. Cuando vean que no tienes pensado aparecer, mi casa será el primer sitio al que vendrán. Y, evidentemente, nos pelearemos por ti.
               -Qué conveniente-respondí, suspirando e inclinándome un poco más hacia su cuerpo; parecía imposible que pudiéramos mezclarnos más, y sin embargo, siempre había un rinconcito en el que conseguíamos encajar mejor-. Yo llevo con ganas de verte peleándote por mí desde que me contaste lo que casi me pasa en Nochevieja.
               Su cuerpo se había tensado pensando en aquello de lo que me había salvado y que le había causado tantos problemas con mis amigas, pero conseguí calmar al león que llevaba dentro apelando al gatito en que podía convertirse si le proporcionabas la cantidad de mimos correcta.
               Esa mañana había creído que sería imposible atender mis compromisos sociales, pero todo se volvió un poco más fácil, y mucho más factible, cuando tuvimos que salir de la cama para desayunar. Dejar de tocar a Alec había sido como volver a poner los pies en el suelo después de volar: decepcionante, pero necesario. Vivir surcando los cielos terminaría haciendo que dejara de ser especial. Pero, por la forma en que me había mirado cuando nuestras pieles dejaron de estar en contacto, como un cachorrito abandonado, supe que ninguna eternidad entre las nubes sería suficiente para que nos cansáramos del otro.
               Nos habíamos prometido que lo intentaríamos de nuevo esta noche, que nos daríamos el espacio que los dos sabíamos que terminaríamos necesitando, al que nos tendríamos que adaptar sin remedio cuando él se marchara… y yo me había tratado de convencer de que sería capaz de dormir en una habitación en la que hubiera más respiraciones, que conseguiría engañarme a mí misma y hacerme creer que una era la suya. Como si alguna vez hubiera compartido con otra persona todo lo que compartía con Alec.