domingo, 31 de mayo de 2020

Fuego de boxeador.


¡Toca para ir a la lista de caps!

El rugido de la gente saboreando la batalla que se iba a desarrollar dentro de unas pocas horas reverberaba dentro de mis costillas. Hacía que mi respiración se descontrolara y que los latidos de mi corazón se acelerasen hasta casi duplicar su velocidad.
               Alec, que me había cogido de la mano apenas habíamos salido de la parada del metro, se giró un momento y me sonrió. Volvió a escanear mi conjunto con la mirada, tiró un poco de mí y me besó en la sien.
               -¿Estás nerviosa?-preguntó, y yo asentí con la cabeza, notando un sorprendente nudo en mi estómago. No me estaba jugando nada, de hecho, ni siquiera sabía si estaba realmente interesada en lo que estoy a punto de presenciar. Yo sólo había venido por acompañarle. Por acompañarle, y por estar con él.
               La única razón de que yo fuera a ver un  combate de boxeo era que a él le había hecho  ilusión llevarme. No voy a mentir: me picaba la curiosidad por ver cómo era ese deporte del que se habían hecho películas tan épicas, pero si Alec no me hubiera invitado a ir a uno, me habría ido a la tumba tan tranquila sin haber visto en persona un cuadrilátero. Y, aun así, el hecho de que me hubiera querido llevar con él, renunciando a que Jordan lo acompañara, me hacía una especial ilusión; ilusión a la que teníamos que añadir el hecho de que fuéramos a pasar un fin de semana juntos, lejos de nadie que nos conociera; el primer fin de semana en que podríamos ser completamente libres. Podría pedirme que fuéramos a un concierto de algún cantante que yo detestara, y habría aceptado igual, todo con tal de disfrutar de esa libertad que me había regalado.
               Hasta hacía muy poco, sentía curiosidad. Ahora, no estaba segura de en qué consistía esa mezcla de sensaciones en mi interior.
               -Emocionada-conseguí decir, y él asintió y sonrió, volviendo la cabeza de nuevo al impresionante edificio que teníamos delante. Estaba acostumbrada a estadios y demás zonas pensadas para espectáculos públicos, pero nunca pensé que un combate nacional entre un novato y un campeón podría reunir a tanta gente como para despertar terremotos en los cimientos de una construcción tan inmensa como la que teníamos delante.
               Es más, es que nunca había pensado que el boxeo pudiera concentrar a tanta gente como para llenar un estadio como ése.
               Nos acercamos a una de las entradas, en la que había menos cola. Alec entregó nuestros billetes de ida a ese espectáculo y esperó pacientemente mientras el guardia de seguridad las examinaba. Me pidieron que entregara la mochila y nos preguntaron si llevamos armas, algún objeto punzante, o drogas en el interior. Negamos con la cabeza. ¿Alcohol? Alec negó con la cabeza mientras yo me mordía la cara interna del labio. El segurata, de unos nada envidiables dos metros, se apartó para dejarnos paso cuando el encargado de las entradas asintió con la cabeza y me devolvió mi mochila, que anudé y me volví a colgar a la espalda.
               Atravesamos el pasillo y el rugido aumentó de volumen a medida que vamos acercándonos al ring, como si la pelea empezara antes de lo que indicaban nuestras entradas y fuéramos a pillar el combate empezado. Me estremecí y apuré el paso, odiando lo mucho que habíamos tardado en encontrar un vagón de metro en el que embutirnos con nuestras cosas (Alec había decidido dejar pasar un par de trenes al ver la cara que puse cuando estos se detuvieron en el andén, abarrotados) y sintiendo que el estómago empezaba a retorcerse en mi interior: si habíamos llegado tarde, no me lo perdonaría. Por mucho que Alec dijese que le daba igual, yo sabía que no era así.
               Como si se hubiera dado cuenta de mi cambio de humor, Alec me rodeó la cintura con el brazo y me presionó suavemente la cadera con los dedos, invitándome a tranquilizarme y a aminorar el paso. No había necesidad de que apurara a mis pobres pies, que se despegaban del suelo como si éste tuviera una fina capa de líquido atrapamoscas cada vez que los levantaba para seguir avanzando. Levanté la cabeza y miré a mi chico, que me devolvió la mirada desde arriba, como la aparición de un dios, y me dio un beso en la sien. Tranquila, me decía con ese simple gesto; a veces se me olvidaba lo fácil que le resultaba a Alec leerme. De hecho, todavía me sorprendía a mí misma cuando interpretaba sus más mínimos gestos, escuchando sus pensamientos como si los hubiera manifestado en voz alta.

sábado, 23 de mayo de 2020

El Único e Irrepetible Scott Malik.


¡Toca para ir a la lista de caps!


Le molestó que me bajara del coche de un brinco, a pesar de que nos habíamos pasado todo el trayecto besándonos. Una parte de mí no quería llegar a casa, la parte que le pertenecía a Alec; pero otra parte, más grande y poderosa, fiel a mis orígenes, se moría de ganas por regresar. Normalmente, mi condición de hermana no estaba reñida con mi condición de, ¿novia en funciones?, de Alec, así que no tenía incompatibilidades horarias con las que andar haciendo malabares.
               No era así esa mañana, pero yo sabía que Alec lo entendía. Por mucho que me encantara estar con él y que no quisiera que su cumpleaños se terminara nunca, lo cierto es que tenía un deber que cumplir, igual que un derecho que ejercer: debía estar con mi familia, y podía estar con mi hermano en su última tarde en casa, antes de que su vida diera un giro de 180 grados.
               Lo cual no impedía que mi chico no fuera a tomarme el pelo.
               -¿Qué pasa? ¿Has quedado con el otro y llegas tarde?-acusó, sacando los brazos del coche por el hueco de la ventanilla y colgando medio cuerpo por fuera. Me giré para mirarlo, y Alec me puso ojos de corderito degollado. Estaba guapísimo: el pelo alborotado, los labios un poco sonrosados de mis besos y mordiscos, los ojos brillantes por la sesión de sexo matutino.
               -¿Quién dice que el otro no eres tú?-acusé, riéndome. Alec hizo un mohín, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa. Su humor no podía ser mejor: se había despertado conmigo sentada a horcajadas sobre él, acogiéndole dentro de mí, sonriéndole y moviéndome, aprovechando esa costumbre tan fascinante de los hombres de despertarse con una erección. Ya que habíamos tocado el tema de que siempre le había apetecido que le despertaran con un polvo, no se me ocurría mejor manera que iniciar los dieciocho tachando de su lista de deseos otra fantasía.
               A lo que teníamos que añadirle, por supuesto, que me había pasado la noche demostrándole que no había otro como él en mi vida. Ningún otro podría haber conseguido que me sentara a ver porno con él, ni tampoco le habría permitido tocarme mientras lo hacía, ni habría terminado metiéndose entre mis piernas con el sonido de gemidos de personas que yo conocía llenando la habitación. Ninguno convertía el sexo en algo sagrado, puro y precioso, algo que yo quisiera inmortalizar no por el morbo, sino porque las cosas hermosas deberían durar para siempre, poder capturarse en un momento al que volver cuando tu alma necesitara un lugar cálido en el que reconfortarse.
               Debería decir que me sorprendió que al comentárselo después de hacerlo, cuando las endorfinas del sexo hacían que mi cerebro trabajara sin ningún tipo de inhibición, él reaccionara asombrándose, pero ya conocía a Alec lo suficiente como para saber de qué manera se minusvaloraba. Ojalá pudiera verse a través de mis ojos, aunque sólo fuera un minuto: con esos preciados sesenta segundos le bastaría para descubrir el potencial que había en su interior.
               -Vaya, sí que he desatado a la viciosa que llevas dentro-se había reído, acariciándome la cabeza y besándome el pecho, tumbado como estaba sobre mí, sin agobiarme lo más mínimo, aunque pesara más que yo. Yo me había limitado a negar con la cabeza.
               -No es por el morbo. Me gusta cuando lo hacemos. Odio que nadie pueda vernos cuando tenemos sexo, si los momentos más preciosos de mi vida son cuando estoy dentro de ti. Es cuando mejor me siento-le acaricié los brazos bajo su atenta mirada-. Hacemos el amor y tenemos que escondernos; no creo que la belleza deba ser tabú, sino algo que celebrar. Y lo que hacemos juntos es muy hermoso.
               Alec me había mirado la boca, como hacía cuando le decía algo bonito de lo que no se creía digno, y después me besó despacio los labios. Pensé que diría algo del tipo “para tu cumpleaños, te regalaré una cámara de vídeo”, pero se limitó a besarme y besarme y besarme hasta que me quedé sin aliento.
               -Ya sé qué regalarte para tu cumpleaños-terminó soltando, cosa que a esas alturas ya no me esperaba, de modo que me arrancó una risa. A veces se me olvidaba que todavía era capaz de sorprenderme, y se me seguiría olvidando el resto de mi vida, cuando creyera que me había acostumbrado a él… y descubriera que no era así.
                El Alec de mi presente, el que ya se había dado una ducha en compañía, se había vestido y había intentado alargar la estancia en el hotel hasta que nos echara el servicio de habitaciones, lanzó un silbido, demostrándome una vez más que el que no corre, vuela.
               -Vaya, ¿estamos muy subiditas hoy, no? La verdad es que no me extraña-ronroneó, guiñándome un ojo-. Yo también me creería el amo y señor del universo si tuviera ese culo-chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.
               -¿Intentas distraerme para que no entre en casa?
               -Sí. ¿Está funcionando?
               Me eché a reír.
               -Ya sabes que puedes entrar, Al. Siempre habrá un plato en mi mesa para ti.
               Alec miró mi casa un momento, pensativo. La idea de comer conmigo era tentadora, sobre todo ahora que mi padre ya no le trataba con la hostilidad que había exhibido en un principio con él. Además, el instinto de manada que tenía muy arraigado en su corazón le decía que debía aprovechar cada instante que les quedara a sus amigos en el barrio, y queriendo como quería a Scott, tampoco parecía tan mala idea pasarse a verlo una última vez. Puede que incluso le tomara un poco el pelo con lo que había hecho con su hermana pequeña, tratando de sacarlo de sus casillas una última vez.
               Sabía que a Scott le gustaría volver a verlo, que le echaría de menos igual que Alec iba a echar de menos a mi hermano, y que incluso tenía una invitación formal. Scott y Tommy, después de que Alec descubriera sus sentimientos ante todo su grupo de amigos, le habían llevado a un aparte para asegurarse de que las cosas entre los tres estaban bien. No querían irse dejando cabos sueltos, y que Alec estuviera bien con ellos era algo esencial para mis hermanos. Limadas las asperezas compartiendo un cigarro en el exterior del restaurante al que habían ido, Scott incluso le había dicho que podía comer en su casa en la última comida familiar.
               -Tío, yo ahí no pinto nada-había respondido Alec, sin ninguna pizca de rencor, sino simplemente constatando hechos. Su calada se había quedado a medias cuando mi hermano le retiró el cigarro.
               -Sí que pintas. Eres familia.
               -Sabrae y yo no somos nada-le recordó con cierto fastidio, poniendo los ojos en blanco, en ese gesto que significaba un “mujeres” en un tono de incomprensión muy específica.
               -No lo digo por Sabrae-le había contestado Scott. Alec había clavado los ojos en mi hermano, que le sostuvo la mirada con tranquilidad, transmitiéndole la seguridad que sientes cuando estás al otro extremo de una cuerda que sabes que no se romperá con el paso de los años. No, si Alec y Scott eran familia, no tenía nada que ver conmigo, sino con todo el tiempo que habían pasado juntos, las vivencias, los piques, los apoyos y las rivalidades.
               Alec había experimentado una prueba de esa sensación de vértigo que lo asaltó cuando se subió al coche de Alfred hacía unas doce horas, mirando a los ojos de Scott: la sensación de autorrealización, de darse cuenta de que era Alec Whitelaw porque mi hermano era Scott Malik…pero también que mi hermano era Scott Malik porque él era Alec Whitelaw. Las dos caras de una misma moneda, los dos reyes de la noche, las dos opciones completas que tenían las chicas para elegir cuando salían de fiesta, y las dos mitades de mi corazón.
               Fue por eso por lo que Alec decidió que sus deseos de estar con uno de sus mejores amigos no valían más que mi derecho a disfrutar de una última tarde en familia: Scott se merecía ser el único que ocupara mi corazón una última vez, antes de irse y que yo tuviera que “conformarme” con él.
               -Voy a pasar-declinó mi oferta con elegancia, sacudiendo la cabeza y señalando con el pulgar en dirección a su casa-. Seguro que mi madre se muere de ganas de echarme la primera bronca de mi edad adulta, y no vamos a negarle ese deseo, ¿no te parece, bombón?

martes, 19 de mayo de 2020

Un nuevo rey en la ciudad.


¡Toca para ir a la lista de caps!

La última vez que había formulado una pregunta que me había requerido el mismo coraje que la de ahora, también había querido que la respuesta fuera afirmativa.
               La chica había sido la misma.
               La situación, más bien parecida: yo, con el alma en la mano, ofreciéndosela a modo de regalo, mientras miraba a los ojos de la mujer a la que amaba.
               Lo único que cambiaba era mi seguridad: mientras que entonces había creído que tenía muchas posibilidades de obtener la respuesta que yo deseaba, ahora sabía a ciencia cierta que era imposible que me rechazara. No podía repetir la respuesta que me había dado hacía meses, porque veía en sus ojos que no era lo que deseaba. Su mirada me respondió al milisegundo de yo terminar de hablar, y por mucho que su boca dudara, yo ya tenía la contestación que quería.
               Por todo eso era por lo que sabía que lo mío con Sabrae sobreviviría a lo que fuera: tiempo, distancia, problemas… nada importaba cuando se trataba de ella; siempre, siempre, siempre la querría. Lo llevaba escrito en mi código genético de la misma manera que estaban sellados mis rasgos físicos o mi personalidad; estaba destinado a ella desde el momento en que nací, y no importaba lo mucho que intentáramos alejarnos el uno del otro: tarde o temprano, el destino volvería a juntarnos, porque jamás conseguiríamos separarnos realmente.
               Sin embargo, que los dos fuéramos conscientes de la fuerza de nuestra conexión no implicaba que, en ocasiones, no nos diera miedo. Saberse hecho de polvo de estrellas no impide que, al levantar la vista, sientas una curiosa sensación de vértigo invertido al darte cuenta de que no hay nada más diferente entre un humano y un sol. E incluso Sabrae, hecha del éter que lo mantenía todo en su sitio, de la luz que iluminaba la belleza y el calor que había propiciado la vida, era incapaz de escapar de esa sensación, de no sentir ese miedo.
               Es por eso que se apartó ligeramente de mí, como si mi cuerpo estuviera hecho de lava, y el suyo de fuego, y no quisiera que nos mezcláramos en una nube de vapor que flotaría en el techo hasta encontrar la manera de fusionarse con las constelaciones.
               Paciente, sabiendo que su impulso por poner espacio entre nosotros no se correspondía con sus deseos, bajé mis manos a su cintura y tiré de ella suavemente para colocarla en la misma posición en que había estado antes. Sabrae no habló, y yo tampoco: me limité a pasar las manos por su anatomía para acercármela, rozando sus preciosos pechos mientras la agarraba de la cintura. No pude evitar quedarme mirándolos, pensativo. Cuando recibía un correo para realizar algún trámite del voluntariado, normalmente estaba a solas en mi habitación, y en consecuencia podía engañarme con menos dificultad a mí mismo, diciéndome que estaría bien, que podría con todo… lo cual, evidentemente, cambiaba cuando estaba con Sabrae. Todo su cuerpo encajaba en el mío demasiado bien, como si estuviera hecha exactamente a mi medida, y eso siempre me hacía preguntarme si no estaría cometiendo el error de mi vida siguiendo con unos planes que había hecho en un momento en que ella no significaba para mí lo que significaba ahora, una etapa obsoleta en la que Sabrae Malik era una nebulosa en un rincón de mi telescopio, en lugar del sol que me permitía contar los días con sus sonrisas y sus miradas.
               Cómo iba a echarla de menos cuando estuviera en el voluntariado. África no sería lo mismo sin ella: la cuna de la vida se quedaría yerma, nada me interesaría porque ella no podría más que imaginarse mis recuerdos, en lugar de vivirlos conmigo. Echaría de menos su melena, sus ojos, sus deliciosos labios; sus hombros, sus dulces senos, su cintura, sus caderas, su chispeante sexo, sus piernas, sus pies. Su calor corporal, su olor, la inflexión de su voz dependiendo de su estado de ánimo, el calambrazo que sentía cuando su boca se acercaba a la mía, las cosquillas que sus pestañas me hacían en las mejillas cuando nos besábamos, y el escozor en la espalda cuando la hacía mía de una forma que le encantaba, y sacaba al animal que llevaba dentro.
               No pude evitar que mis pulgares acariciaran la curvatura de sus pechos, esas pequeñas montañitas que tanto me gustaban. No me malinterpretes; todo su cuerpo me encantaba, pero algún rincón tenía que ser mi debilidad… y, quitando la cara, sus tetas se llevaban la medalla de oro. No en vano, eran el primer lugar en el que había una marca permanente de mi entrada en su vida: su piercing.
               Voy a echarlos de menos… la forma en que se erizan para mí, la forma en que se agitan cuando respira. Voy a echarlos mucho, muchísimo de menos…
               … porque quiero.
               Levanté la vista y miré a Sabrae, que seguía observándome como el explorador que se encuentra con un ejemplar majestuoso de una especie aún por descubrir.
               Quiero quedarme.
               ¿Necesito que ella me dé una excusa, realmente? Porque, en realidad, ya la tengo.
               La excusa es ella.
               La excusa siempre es Sabrae.
               -¿Quieres que me quede?-repetí en un susurro, y Sabrae se relamió los labios. Estando tan condenadamente cerca, era muy complicado decirme que no. Si ya de por sí le resultaba duro mentirme, cuando estábamos así de cerca, así de desnudos, así de conectados… era imposible para ella de la misma manera en que lo era también para mí.

viernes, 15 de mayo de 2020

How to superar How to get away with murder?


Hace ya cinco años desde la primera vez que hablé de How to get away with murder en mi blog, y a pesar del tiempo, la serie ha conseguido seguir moviéndome hasta el último momento como me capturó con el primero.
No voy a mentir: aunque sí que había momentos en que la dejaba medio abandonada, curiosamente siempre en el momento álgido, como si los continuos plot twists que me hacían darme cuenta de que era innecesario teorizar, lo cierto es que nunca me alejé de esta serie, de la misma manera que ella tampoco se alejó de mí. Puede que no estuviéramos en  contacto directo en los momentos críticos, pero a la hora de la verdad, ella estaba ahí para mí igual que yo estaba ahí para ella.
Nos éramos fieles la una a la otra porque entendíamos que no podíamos vivir separadas. How to get away with murder llegó en un momento crítico de mi vida: había empezado la carrera, una carrera que yo nunca quise estudiar (salvo que consideres que el dinero que una niña de seis años piensa que se gana siendo abogado sea una motivación válida para pasarse noches llorando durante los últimos días de tus diecisiete), y aunque en esa carrera parecía encontrar el grupo de amigas con el que siempre llevaba soñando, había  algo que faltaba. Llámalo motivación, llámalo ambición, pasión… o, simplemente, vocación. En una facultad en la que todo el mundo o bien quería hacer el bien, o seguir el legado familiar, yo estaba sola: tenía que aprobar para salir pronto de allí y dedicarme a lo que realmente me gustaba, que era la interpretación. El inexorable paso del tiempo era lo único que me hacía sentarme a estudiar, pensar que, con la edad que tengo ahora, estaría en el límite de la vejez para dedicarme a lo que verdaderamente me llamaba. Evidentemente, tener esa espada colgando sobre mi cuello me servía para estudiar, pero no para encontrar la razón por la que dejar de llorar delante de los apuntes… o creer que terminaría haciendo lo que dijo el psicólogo de mi instituto cuando me encerró en su minúsculo despacho, con el pretexto de ayudarme a conseguir salidas para mi situación, y me dijo que terminaría enfermando si seguía por este camino… o suicidándome. Algo que me aterrorizaba, y que creía que me habían profetizado en el momento en que me dijeron que no había manera de combatir contra lo que me imponían mis padres; lo que me tenía en vela la noche que cumplí 18 años, un día antes de empezar el curso académico (también un día antes de conocer a una de mis mejores amigas, claro que yo eso aún no lo sabía), y lo que había hecho que me pasara llorando el que yo sospechaba que sería mi último cumpleaños.
Entonces, no sé cómo, la encontré. No recuerdo exactamente si fue un artículo en alguna de las webs de cine que visito, un tweet u otra cosa, pero el caso es que ahí estaba ella: radiante, despampanante, poderosa, ébano sobre un fondo carmesí. Viola Davis, la que por aquel entonces sólo era “la de Criadas y señoras” para mí, sonriéndome con cierta satisfacción desde la pantalla de mi ordenador. ¿Qué presentaba? Su serie sobre abogados, How to get away with murder. Algo en lo que yo estaba camino de convertirme, algo que me había interesado remotamente con seis años y que me llamaba la atención con 18 (pues las series de abogados son de las más extremas: o son geniales o son pésimas, no tienen término medio), algo con lo que yo podía identificarme y conectar los dos mundos: en el que me había quedado atrapada, y al que quería escapar. Derecho vs. interpretación. Leyes vs. caracterización.
Las gilipolleces que soltaba la Erika de 6 años vs. lo que quería la de 18.

lunes, 11 de mayo de 2020

Terrible y glorioso como un joven dios.


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No, desde luego que no necesité que me lo dijera dos veces. Si ya con el resto de mujeres tenía un oído infalible en lo que se refería a sus síes, con Sabrae era capaz de oír hasta sus pensamientos.
               Pero eso no significaba que no se lo fuera a hacer despacio.
               Quizá en otras ocasiones, Sabrae lamentaba mi historial; mi currículum no era digno de la historia de amor que vivíamos, sino del antagonista que seduce a la virginal protagonista y hace que la relación que mantiene con el protagonista masculino peligre, porque, ¿quién quiere bombones y flores cuando puede tener unos orgasmos increíbles, descubrir un mundo de placer a un cruce de piernas de distancia? Te sorprendería la cantidad de chicas que creen que pueden cambiar a los chicos como mi yo del pasado, pensando que así obtendrían lo mejor de los dos mundos: una fiera en la cama y un caballero en la calle. Sabrae, sin embargo, había pasado su vida detestándome, como si fuera la amiga de la protagonista que siempre apuesta por el galán en lugar del chulo, y que reprende a ésta cuando cae en la tentación.
               Sin embargo, otras veces, Sabrae se comportaba como esa chica virginal ansiosa de que la corrompan, y adoraba que yo hubiera sido uno de los principales reyes de la noche. Eso era lo que esperaba de mí en esa habitación del hotel: descontrol, desfase, excesos. Un sexo tan bueno que él solo bastaría para dar por completo el trío de sexo, drogas, y rock n’ roll.
               Pero había algo con lo que ella no contaba.
               El Alec que había sido hacía unos meses estaba muerto y enterrado, de acuerdo, aunque recurriéramos a la magia negra de vez en cuando para que regresara y nos hiciera disfrutar a ambos. Claro que ese Alec no necesariamente era el príncipe del descontrol; más bien, todo lo contrario. Incluso cuando me había dejado llevar hasta la última de las consecuencias con mis compañeras de polvo, siempre había tenido el control de la relación. Raras veces me había puesto completamente en manos de la otra persona, y si lo hacía, no era sino porque disfrutaba a lo grande dejando que me mangonearan de vez en cuando.
               Sabrae, desde luego, era la chica que más veces me había traído por la calle de la amargura a base de mangonearme. Cada vez que me había puesto en sus manos, el polvo había sido increíble, de los mejores de mi vida, y cuando acabábamos, agotados y sudorosos, yo estaba seguro de que acababa de archivar más material en ese rinconcito de mi cerebro dedicado a los sueños eróticos (o pornográficos, según se mire).
               Claro que ninguna de esas veces había sido mi cumpleaños. Se suponía que haríamos lo que yo quisiera. Y dentro de lo que yo quisiera, se encontraba el hacerla rabiar. En eso consiste también el amor: en querer tanto a una persona que, de vez en cuando, en lugar de concederle cada capricho de forma inmediata, lo que deseas es posponer un poco su satisfacción para conseguir que ésta sea mayor. Tenía la sensación de que ésa sería una de esas noches en las que Sabrae estaba lo suficientemente relajada y excitada como para correrse de aquella forma estruendosa y furiosa como lo había hecho otras veces: a chorro, incapaz de contenerse. ¿Qué mejor regalo que ese?
               Así que iniciábamos mi parte favorita del sexo: los preliminares. (Ja, ja. Es broma. Mi parte favorita del sexo no son los preliminares. Mi parte favorita del sexo es todo, pero ya me entiendes).
               Era la tentación hecha persona, la lujuria hecha mujer. Estaba seguro de que, si mi pecado capital preferido tuviera algún tipo de manifestación física, Sabrae lo sería, y más tal y como estaba entones. En la habitación de hotel de un monocromático blanco, el toque de color lo ponía ella, sentada al borde de la cama con su piel de delicioso caramelo brillando como el chocolate a la taza, y su mono de satén de color rojo me recordaba a la sangre que me bombeaba por todas partes, ardiente. Ni que decir tiene que las cadenas de oro me hacían pensar en una jaula creada para satisfacer las perversiones de algún rey del sexo.
               Todo en ella estaba hecho para que yo me abalanzara a devorarla nada más verla, pero con lo que Sabrae no contaba era con la tensión que había entre nosotros, y que podía volverse en su contra con la misma facilidad con que la estaba manejando a su favor. El aire entre nosotros estaba cargado de electricidad estática, y la tensión sexual que nos anudaba firmemente las miradas podía cortarse con un cuchillo. Por mucho que me hubiera mordisqueado el pulgar, yo ya tenía el mango de la sartén entre los dedos, y estaba a punto de darle la vuelta a la tortilla. Metafórica y literalmente hablando.
               ¿Creía que iba a ponerme cachondo como un mono diciéndome que quería follar de manera explícita? Porque lo había conseguido. Tenía la boca seca, la carne de gallina, y mi erección ya me molestaba en los pantalones: no era ése el tipo de presión que mi polla quería. Sus ojos ardían con unas llamaradas que yo conocía muy bien: era una diosa de fuego, y yo estaba más que dispuesto a quemarme… pero primero, debía soplar en la llama para que ésta se hiciera más fuerte y me consumiera con más alegría.
               La temperatura subía varios grados con cada minuto que pasaba, hasta el punto de que si yo hubiera empezado a arder, no me habría sorprendido lo más mínimo. Me sobraba la ropa, toda la ropa, y a ella también.
               Volví a acariciarle la boca y Sabrae entreabrió los labios.
               -Te lo estás tomando con calma-susurró, y el tono ronco de su voz, que me hacía ver su excitación, me hizo sonreír. La tenía donde quería. Estaba a punto de hacer que perdiera el control: por tanto tratar de atraerme al borde del precipicio, Sabrae se había acercado tanto que  terminaría cayendo antes que yo, obligándome a saltar tras ella para zambullirnos a la vez en las olas de abajo que, embravecidas, hacían las veces del canto de sirena para que te invitaba a saltar del acantilado.
               Tiré despacio de su labio inferior, de manera que la yema de mi dedo rozó sus dientes, y le dediqué una sonrisa torcida. Mi sonrisa de hace unos meses, la sonrisa de Fuckboy®.
               -Estoy pensando qué hago con mi regalo-respondí, y en sus ojos chispeó una estrella de travesura.
               -¿No vas a rasgar el papel de regalo de pura ansia?

viernes, 1 de mayo de 2020

Compláceme.


Amiga, ¡hoy es el día en el que empieza todo! Si te apetece leer el momento en el que adoptan a Sabrae conforme está pasando en la línea temporal, ¡éste es tu momento! ¡Hoy nuestra pequeña se convierte en una Malik!🎆🎊

¡Toca para ir a la lista de caps!


Pauline había sido un auténtico amor aceptando ser mi profesora particular de repostería para la tarta de Alec. No es que partiera de cero, precisamente, con el tema de los dulces, pero nunca está de más tener ayuda profesional. Mis amigas habían querido ir a dar una vuelta por el centro la semana de su cumpleaños, quizá intentando encontrar un detallito que darle para hacer de ese día uno un poco más especial. Cuando pasamos por delante de la pastelería de Pauline, nuestras tripas rugieron, Amoke y yo nos miramos, y fue como si el universo se hubiera confabulado para que la francesa y yo nos juntáramos una vez más, de nuevo a solas.
               Pauline había sonreído y se había acercado a nosotras con la gracilidad de una bailarina, ésa que sólo pueden tener las chicas que han nacido a la sombra de la Torre Eiffel y que han pasado gran parte de su infancia en la Ciudad de la Luz. Se había sacado una pequeña libretita del bolsillo del delantal y nos había tomado nota con rapidez, como una verdadera profesional, mientras una idea cuajaba en mi mente. Cuando nos tocó pagar, con el estómago lleno y las carteras un poco más vacías, me había quedado rezagada mientras mis amigas examinaban el mostrador, empachadas pero a la vez aún golosas.
               -Pauline…-susurré, y ella levantó la vista, unos ojos perfectamente delineados de forma que no pareciera maquillada en absoluto, y clavó sus ojos en mí. Por un momento, me sentí pequeña, joven e inexperta. Pauline desprendía una elegancia que yo no tenía (que, de hecho, no le había visto a nadie más que a mi madre), por lo que una parte de mí, esa parte que no lograba quitarse de encima el machismo imperante en la sociedad en que me había criado, se sentía amenazada por ella y quería alejarse lo más lejos posible.
               -Dime, bonita-me sonrió con la calidez de quien lleva toda la vida trabajando de cara al público, pero con una sinceridad que, sospechaba, sólo me dedicaba a mí.
               -Verás… es que, no sé si lo sabes, pero el viernes-hice una pausa dramática, comprobando si me seguía- es el cumpleaños de alguien importante para mí.
               Esta vez, su sonrisa fue cálida como el sol de verano, y sus ojos chisporrotearon de felicidad.
               -Para ambas-me corrigió, y el miedo que me daba su rechazo se disipó. Pauline era muy buena persona, por eso Alec se había fijado en ella. Chrissy también lo era. Como decía el dicho, Dios los cría, y ellos se juntan. Alec no podría haber encontrado a dos chicas de corazones más puros que ellas dos, y yo me sentía afortunada de que me hicieran partícipe de algo tan simple como el vínculo que Alec había forjado entre nosotras, construyendo una pirámide cuyo vértice era él.
               -Y me gustaría… bueno, prepararle una tarta. Algo especial-murmuré, echando un vistazo a las obras de arte arquitectónico que Pauline tenía en el mostrador, cubiertas por una capa de cristal que impedía que las manos como las mías les hicieran daño-. De modo que me estaba preguntando si te importaría decirme algún par de trucos para que me queden mejor, o… no sé. Tú eres la experta.
               -¿Qué te parece si te pasas el jueves y la hacemos entre las dos?-sugirió, y yo sentí que salía disparada hacia el cielo. Era exactamente la oferta que estaba esperando. Noté que Momo sonreía a mi lado, incapaz de disimular la gracia que le causaba la situación-. Así yo también podré darle una sorpresa de cumpleaños.
               Me planté en la puerta de la repostería de sus padres con la puntualidad que sólo les atribuyen a mis compatriotas, y ella misma vino a recibirme, anudándose el delantal a la espalda. La pastelería estaba cerrada, no sabía si porque aún era temprano, o porque habían decidido tomarse un descanso para que estuviéramos más relajadas cocinando. Detestaba cocinar con estrés, de modo que lo agradecía.
               -Aquí está mi alumna preferida-constató con una radiante sonrisa, y yo asentí con la cabeza y entré. No perdimos el tiempo: nos dirigimos a la parte de atrás de la tienda, entrando en una cocina impoluta en la que ya nos esperaban todos los ingredientes que Pauline sospechaba que podríamos necesitar, dispuestos en fila para que los identificáramos y cogiéramos con más facilidad.
               Se rió suavemente, con una risa musical que me recordaba al tintineo de unas campanillas, cuando abrí mi mochila y dispuse con cuidado sobre una encimera todos mis utensilios de cocina. Y se tuvo que limpiar las lágrimas de la risa cuando, tras anudarme el delantal, me saqué un gorrito chef.
               -¿Es demasiado?
               -Estás perfecta. Deberías hacerte una foto para colgarla en tus historias.
               -No es mala idea, pero no puedo publicarla, o Alec se enterará de qué estoy tramando. ¿Sabes? Se supone que estoy en casa-comenté-. Él está por ahí con sus amigos. Mi hermano Scott se presenta a la nueva edición de The Talented Generation. ¿Lo conoces?
               -No soy muy fan de los concursos de la tele. Me gustan los realities, no obstante.
               -¿No ves MasterChef?-pregunté, asombrada, mientras Pauline se apretaba un poco la coleta y comenzaba a sacar boles en los que haríamos la mezcla.
               -Demasiado espectáculo y muy poca cocina, en mi opinión-respondió. Se estiró para coger, con un brazo largo y delgado, un paquete de harina, y mientras vertía la cantidad necesaria dentro del bol, me miró-. ¿Qué tienes en mente?
               -Pues… a Alec le encanta el chocolate-lo cual saltaba a la vista, por la cantidad de comparaciones que hacía entre este alimento y mi piel, algo que a mí me encantaba, y que de alguna manera se las apañaba para que no fuera algo ya sobreexplotado en la literatura. Lo hacía de una manera distinta, como si mi piel realmente le recordara a ese alimento, y su atracción por mí tuviera relación directa con eso, al igual que su gusto por el chocolate tenía relación directa conmigo, como si todo fuera una rueda, un ciclo que se alimentaba de sí mismo.
               Pauline tenía los ojos fijos en mí. No sabría decir cuánto tiempo había pasado desde que había comentado aquello y me había quedado callada, mirando los ingredientes con expresión soñadora.
               -Como a todo el mundo-me apresuré a añadir, apartándome una trenza del hombro-. Supongo que eso es ir a lo seguro…
               Pauline sonrió, pillando por dónde quería ir.
               -Pero tú no quieres ir a lo seguro, ¿verdad?
               -Una tarta de chocolate puede hacerla cualquiera, y se puede comer en cualquier ocasión-asentí-. Yo quiero hacerle a Alec algo especial. Algo que le sorprenda, pero que a la vez nos garantice el éxito, ¿sabes? No quiero que la primera tarta de cumpleaños de la que yo me encargo no le guste. Quiero arriesgar, hacer un salto mortal, pero asegurarme de que no me lastimo en la caída.
               -Por eso has venido conmigo en lugar de intentar hacerla con tu madre, ¿mm?-sonrió, divertida, colocando una batidora automática, con cuenco incluido, a un lado de la mesa.
               -¿Cómo sabes que mi madre…?
               -Alec estuvo lloriqueando con unos brownies que le hiciste cerca de una semana. Me preguntó mínimo seis veces si no necesitábamos una sous chef-la clase con la que pronunció ese par de palabras me dejó asombrada. Realmente el francés es el idioma del amor, pensé, para automáticamente fantasear con Alec hablándome en francés mientras hacíamos el amor. En París. Al aire libre. Puede que en los Campos Elíseos. O quizás a orillas del Sena. Mientras sonaba un acordeón al fondo.
               Noté que me ponía colorada mientras me imaginaba a Alec embistiéndome suavemente, al compás de las olas del río más romántico del mundo, y me susurraba al oído lo preciosa que era, lo mucho que me quería. Pauline estaba a punto de echarse a reír; a estas alturas ya le había confirmado que era boba.
               -¿Una sous chef?-inquirí, fingiendo que no me había pillado con las manos en la masa, nunca mejor dicho- ¿No se empieza por pinche de cocina?
               -Eso le dije yo, que deberías empezar por ahí, pero me contestó que hacías unos postres propios de un restaurante con tres estrellas Michelín-se miró las uñas-. Por supuesto, por orgullo repostero, me vi obligada a echarlo por la puerta de atrás. Las seis veces.
               -Lo siento si vuestra relación se ha resentido por mi culpa-me reí.
               -Pensé que se resentiría más, ya sabes. Pensaba que el sexo era un pilar sin el cual no podríamos vivir, pero es muy buena persona-sonrió, midiendo la cantidad exacta de harina como lo hace un maestro pastelero: a ojo. Y seguro que la tarta le quedaría genial-. Es el mejor chico que he conocido nunca.
               -Sí, yo tampoco he conocido a nadie como él-susurré, apartándome un mechón de pelo de la cara. Pauline me miró, y una sonrisa dulce le curvó los labios. Se relamió, parpadeó despacio y miró los ingredientes.
               -Estaba pensando... un pastel de frutas es siempre una buena opción. Depende de qué fruta elijas, te puede dar mucho juego, y a él le gustan muchísimo las frutas, así que podríamos ir por ahí. ¿No crees?
               -¿Seguro que es lo bastante…?
               -Tranquila. Haremos una pequeña obra de arte. Tengo muchas frutas para los otros pasteles; échales un vistazo mientras yo me ocupo de la masa, y ya me dirás.
               Me acerqué a una nevera de puertas transparentes en la que almacenaba cajas y cajas de fruta tan hermosa que parecían candidatas a un bodegón. Examiné con cuidado las cajas de cerezas, manzanas, peras, las dos piña del estante superior, las fresas… y mi corazón dio un brinco cuando reconocí las frutas en el tercer estante empezando por abajo, justo a la altura de mi mirada. La saqué con cuidado y me acerqué a Pauline.
               -¿Podemos hacerla con maracuyá?-le pregunté. Torció la boca un momento, pensativa-. Por favor. Tiene relación con nosotros. Verás, mi perfume... a Alec le encanta, y tiene extracto de maracuyá.
               -Ya me parecía que olías demasiado bien. Sí, sí que podríamos… se me ocurre algo. Tarta glaseada con frambuesa y corazón de maracuyá-anunció como si estuviera en la televisión, y yo pegué un brinco y asentí con la cabeza.
               -¡Suena genial!