lunes, 30 de octubre de 2023

Sinfonía.


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Bueno, pues ya estaba. Ya había abierto las puertas del infierno y la lava empezaba a subir de nivel como si estuviera encerrado en una cámara acuática en la que terminaría ahogándome, sólo que este líquido no era el origen de la vida, sino más bien su destrucción. Lo que no me cuadraba del todo era que no terminara de quemar… o la extraña sensación de alivio que me recorría el cuerpo, justo por debajo de la piel, cuando vi que me encontraba en un callejón sin salida del que sólo podía escapar retrocediendo.
               Aunque siempre había tanteado con los límites de la autoridad, lo cierto es que no se podía decir de mí que no fuera un buen chico, así que no me esperaba encontrarme en la situación en la que lo hacen los ladrones al final de las pelis: con una brigada entera de policías armados hasta los dientes apuntándoles con sus pistolas y gritándoles que pongan las manos detrás de la cabeza.
               Ella quería que nos acostáramos porque lo que tenía en casa le superaba. Yo quería que nos acostáramos porque lo que tenía en Etiopía me superaba. Pero había aprendido por las malas lo pésimo que resulta el sexo cuando lo usas como tirita para una herida que es emocional. Cuando son las palabras las que te hacen daño, sólo las palabras pueden curarte. Cuando son las mentiras las que te empujan a un callejón sin salida, sólo la verdad puede sacarte de allí.
               Así que allí estábamos los dos, desnudos físicamente y a punto de desnudarnos también metafóricamente, la tensión entre nosotros creciendo a pasos agigantados. Todo lo que le había dicho a lo largo de estas semanas me ardía en la boca como el fuego de un dragón al que le dan la orden de diezmar los terrenos de caza en los que un día fue feliz con su amo, pero tenía que confiar en que de las cenizas brotarían cosas mejores. Sabrae no se merecía esto; yo tampoco lo hacía, pero especialmente Sabrae no se merecía que este muro que yo había empezado a levantar entre nosotros en el momento en que decidí que no era lo bastante fuerte como para afrontar la verdad continuara creciendo y creciendo hasta que llegara un punto en el que ni nos viéramos las caras, ni pudiéramos tampoco escalarlo.
               Joder, odiaba lo que tenía que hacerle: saber que sería yo el que tendría que abrirla en canal era suficiente para que quisiera coserme la boca con una aguja oxidada, pero si la quería tenía que respetarla, y sólo diciéndole la verdad podría darle a Saab el respeto que se merecía. Incluso cuando sabía lo muchísimo que le iba a doler.
               Incluso cuando ya la tenía ante mis ojos sufriendo, luchando por respirar, tratando de procesar la traición que más dolía, porque era precisamente de quien más te la esperabas. En sus ojos alarmados pude ver que consideraba todas las cosas que a mí me habían torturado durante un mes y medio, las preguntas que había estado haciéndome desde que me bajé del avión y Valeria me castigó. Y  ella tenía que dolerle incluso más, porque donde yo había tenido el consuelo de mi ignorancia, ella sabía que mi sacrificio había sido en vano. Todo por lo que yo había luchado, la luz por la que me había levantado cada mañana y que había dejado que me guiara en caminos que por lo demás eran oscuros, no era algo bueno y puro como podía serlo el Sol, sino una pobre réplica que alguna especie alienígena había creado para mantenernos encerrados en ese mundo vacío, con un status quo que sólo servía para hacernos daño.
               Sabrae jadeó contra mi pecho, la brisa que antes me había dado alas ahora convertida en un huracán que haría que me estrellara.
               -Madre mía, Alec… madre mía… es que te voy a matar.

lunes, 23 de octubre de 2023

Nunca su inicial.


¡Hola, flor! Sé que me estoy aficionando a esto de los mensajes antes del capítulo y que resultan pesados, pero hoy más que nunca están justificados. Resulta que ayer se cumplieron 6 años desde el final de Chasing the Stars. Como ya dije por Twitter ayer, cuando me di cuenta de qué día era, me parece una locura celebrar su aniversario escribiendo los mismos nombres de los que hace seis años creía que me estaba despidiendo para prácticamente siempre (recordemos que iba a hacer que Sabrae durara entre diez y veinte capítulos; y hoy, a un día del sexto aniversario de CTS estoy publicando el quincuagésimo capítulo de la cuarta parte de ese spinoff) y, aunque tuve que reconciliarme en su momento con Sabrae, me siento tremendamente feliz de haber llegado hasta aquí. Y eso, en parte, es gracias a ti. Así que, si estabas aquí hace seis años y sigues aquí ahora (hola, Paula), si llegaste más tarde (hola, Paula y Ana), o si te quedaste por el camino (no puedo saludarte, porque esto ya no lo vas a ver)… muchísimas, muchísimas, muchísimas gracias por haber dedicado tu tiempo a hacer que Scott, Tommy, Diana, Layla, Chad y compañía estuvieran vivos mientras los leías. De no ser por esos minutitos, seguramente no estaríamos hoy aquí.
¡Muchísimas gracias, de verdad! Y ahora, ¡disfruta del cap !
 
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No descubrí que tu corazón podía no sólo romperse, sino pulverizarse, hasta que no vi la habitación de Josh vacía. Las sábanas revueltas, los objetos personales del crío y de su madre esparcidos por la habitación, cuando ella era más que cuidadosa y trataba de infundirle a su hijo una disciplina que sólo se encontraba en la organización, quizá tratando de recuperar un poco de control sobre la vida de su pequeño allí donde todo se iba al traste, eran todo lo que necesité para caer en picado hacia una locura que había estado tratando de alcanzarme desde la madrugada anterior. Podía soportar que Sherezade y Zayn me odiaran; podía soportar estar a miles y miles de kilómetros de mi novia, mi familia y mis amigos mientras me castigaban día sí, día también y se esforzaban en que sufriera cada minuto del voluntariado sin encontrar ningún tipo de distracción en mi trabajo; podía incluso sobrevivir a que Sabrae estuviera pasando un mal momento por su relación conmigo (ni de coña me hacía gracia, pero al menos sabía que siempre mostraríamos un frente unido, al menos en lo que a mí respectaba).
               A lo que no podía sobrevivir era a que Josh muriera. No podía sobrevivir a su cama vacía y desordenada, a sus juguetes tirados por el suelo, al bolso de su madre abierto y las cosas desparramadas en una silla que estaba harto de contemplar ocupada por mi propia madre, un mueble que jamás debería tener utilidad y que no tendrían que haber inventado nunca.
               Fueron unos segundos aterradores que colmaron un vaso que yo no sabía que llevaba llenándose dos meses. Estaba acostumbrado a detestarme y a sentir que una parte de mí se rebelaba contra mi propia existencia; sólo después de que Sabrae obrara su magia conmigo había empezado a pensar que había esperanza también para mí, y que ese estado de felicidad perfecta en el que me encontraba cuando estaba con ella podía convertirse en mi estado por defecto y no en algo que alcanzaba brevemente, más incluso que los orgasmos que experimentaba estando con ella. Pero esto… ni siquiera podía pensar en lo que le había hecho a Sabrae durante el voluntariado y que había terminado desencadenando la situación con sus padres; no podía pensar en lo mucho que me dolía estar lejos de ella.

martes, 17 de octubre de 2023

Tres días de paz, diez meses de pesadilla.


¡Hola, flor! Sólo quería recordarte que hoy es un Evento Muy Importante: ni más ni menos que el cumpleaños de Tommy. Sí, has leído bien. Sí, quiero reseñártelo porque, ¡está pasando en la novela! Me está haciendo ilusión estar escribiendo en la misma fecha, y todo.
En fin, ¡disfruta del cap! (Dijo la bruja mientras procedía a continuar el capítulo más traumático de la historia de Sabrae). ¡Muac, muac!

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Me pregunté si era así como se sentían los cuidadores de las reservas naturales cuando se encontraban a la camada de un animal en peligro de extinción hecha pedazos, el futuro de una especie hermosa que no se merecía desaparecer de la faz de la tierra por culpa de la acción humana hecho trizas en la hierba dorada.
               Notaba que el corazón me martilleaba en los oídos y las sienes, marcando el ritmo de unos tambores de guerra que me estaba costando horrores no seguir. Si no me ponía en marcha era precisamente porque sabía que Saab me necesitaba más de lo que necesitaba que la vengara, pero el canto de las represalias era terriblemente tentador.  A pesar de todo, logré reunir en mí la fuerza como para incorporarme y no ir en busca de Zayn y Sherezade para darles lo que se merecían.
               Sabía que tenía que estarles agradecido, y así sería durante toda mi vida, porque gracias a ellos yo tenía ahora a Sabrae. La habían encontrado por mí, la habían criado para convertirla en esa chica increíble que me enorgullecía más que nada que hubiera logrado en mi vida el poder llamar mía, y sabía que habían estado ahí para limpiarle las lágrimas que yo había puesto en sus ojos en demasiadas ocasiones. Pero no podía perdonarles esto, por mucho que supiera que les debía la vida y la felicidad. No podía perdonarles que la hubieran conducido al borde del precipicio y la hubieran empujado finalmente al vacío, observando desde su cima cómo Sabrae luchaba contra una marea embravecida que sólo deseaba devorarla. Su reacción cuando a Sabrae le dio el ataque de ansiedad me había sabido a poco, sobre todo para dos personas que estaban más que acostumbradas a lidiar con situaciones así.
               Sabrae me miraba sin entender, el cansancio de la discusión y la noche anterior a ésta, en la que lo había dado todo, sabedora de que tendría que aprovechar cada segundo conmigo, haciendo mella en sus ojos castaños. Podría instalarme en ellos y no salir jamás de su mirada, ¿y todavía le preocupaba que yo la abandonara? ¿Por qué? ¿Por tratar de protegerme de mis estúpidos demonios, esos que eran más listos y más fuertes que yo y que habían sabido esperar a que me alejara de mi punto más débil para hacerme daño a través de él?
               No debería haberme marchado nunca, pensé mientras sostenía la mirada de una Sabrae que estaba rota por dentro, y cuya alma me costaría mucho, muchísimo remendar. Ya no era sólo por mí y por lo que me había hecho su ausencia, el tenerla lejos y echarla de menos hasta el punto de que me dolía en niveles en los que jamás pensé que tuvieras sensibilidad hasta que no noté cómo me ardían; era también porque me había hecho darme cuenta de que yo no podría protegerla de todo lo que le hiciera daño. Sí abarcaba bastantes cosas, sí podía conseguir que se quisiera de nuevo, pero… me daba la sensación de que la otro lado de la puerta había heridas letales e incurables. Que Sabrae había dejado de ser mi Sabrae de siempre cuando me subí al avión. Demasiado ocupado como estaba a mediados del verano por aquello a lo que iba a renunciar, la presencia de una criatura tan hermosa y perfecta que a veces me parecía una quimera, no había contado con el precio que Sabrae pagaría por tenerme lejos. Me había centrado demasiado en las experiencias que se perdería (nuestro aniversario, una primera cena de Navidad en casa de unos suegros que la adorarían, el tenerme allí con ella para todo lo que necesitara, vivir el primero de mis cumpleaños en los que ya no estaría soltero, y también tener todo el sexo que le apeteciera) y no había dedicado atención a aquellas a las que se tendría que enfrentar sola. La tentación de cuando le gustara un chico y su lealtad hacia mí le hiciera creer que no debía iniciar nada con él. Sus amigas echándose novios y ella sintiendo celos de que tenían todo a lo que yo la había hecho renunciar. Sus padres viéndola marchitarse mientras me esperaba y preguntándose  si no se habrían equivocado conmigo.
               Claro que no contaba con que Sher y Zayn lo harían tan rápido, ni tan tajantemente. Ni siquiera se me había ocurrido que el que se volvieran en mi contra fuera una opción, pero incluso entonces me habría parecido que se alegrarían de verme. Sí, vale, la última experiencia conmigo en casa no había sido precisamente agradable, pero tenían que entender que tenían a una chica de quince años en casa, no a una embajadora con una larga carrera diplomática a sus espaldas que sería capaz de poner el bien común del planeta y sus habitantes por encima de sus deseos. O el bienestar de un hermano al que echaba de menos y al que le gustaría tener más en casa por encima de la necesidad de recuperar el tiempo perdido con un novio que le había robado la  mejor parte de las relaciones: el primer año. El primer año en el que todo son celebraciones, orgullo e ilusión.
               Yo le había quitado eso a Sabrae. Era normal que su primer impulso fuera tratar de recuperarlo de cualquier forma, incluso si eso suponía que su familia tuviera que hacer un sacrificio como el que tenían que hacer con Scott. Por eso me parecía tremendamente injusto que me hubieran puesto una diana en la frente por la discusión que Saab y Sherezade habían tenido hacía un mes y medio, y que todavía siguieran con esa cantinela me ponía todavía de peor humor. Era su hija, por el amor de Dios. ¿Cómo podían darle de lado así?
               Sí, cuando Sabrae me confesó que había ocultado mi presencia en Inglaterra a propósito me había chocado un poco al principio. Supongo que todas las cosas buenas que Zayn y Sherezade habían dicho de mí, cómo se habían alegrado cuando fui a ver a su hija por sorpresa, realmente calaban hondo. Pero cuanto más tiempo pasaba, cuantos más segundos le asomaban lágrimas en los ojos a Sabrae, más entendía yo por qué no había dicho nada. Por qué yo era ahora un secreto que tenía que mantener lejos de sus padres.
               Si la situación fuera a la inversa y fuera mamá la que estuviera en contra de mi novia, la solución para mí sería sencillísima: sintiéndolo en el alma porque había sido muy feliz con mi familia, me iría de casa. Porque, como Sabrae había dicho, yo prefería ser de ella antes que de mi madre. Yo era de ella antes que de mi madre. Ser Alec Whitelaw era una pasada y el apellido que ahora ostentaba había sido mi salvación en muchos aspectos, pero prefería ser solamente Al si eso significaba que estaría con la chica que me había hecho tener ilusión por aprovechar la oportunidad que me habían brindado.
               Pero yo tenía 18 años y maneras de buscarme la vida. Ya era un adulto. Sabrae, no. Sherezade y Zayn podían retenerla en casa y ella no podría hacer nada más que añorar su libertad.
               Aun así… que me hubiera elegido a mí de entre todos los chicos que había en el mundo para poner en mis manos su felicidad… sí,  definitivamente me sentía como el cuidador de una reserva natural que tiene ante sí a una camada de cachorros de alguna especie exótica de la que apenas quedan 20 ejemplares.
               Y, milagrosamente, uno de ellos todavía respiraba.

lunes, 9 de octubre de 2023

Los restos de un naufragio.


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Ella podría haberme pedido un millón de cosas a las que no habría sido capaz de decirle que no ni viviendo mil vidas, incluso aunque no fuera más que un esclavo del tiempo y del destino. Sabía que era mi punto débil, esa niña bonita a la que yo jamás sería capaz de negarle ningún capricho.
               Excepto este.
               Podía pedirme que dejara de decir gilipolleces, que me esforzara por una vez en mi vida y luchara por algo que no fuera a reputarme una satisfacción inmediata como lo había hecho con los estudios; podía pedirme que sentara la cabeza y no me conformara con polvos sin sentimientos y me esforzara por merecerme el amor de alguien que verdaderamente me importara, y a la que yo le importara también; podía pedirme que me fuera a miles de kilómetros de ella y que sobreviviera a su ausencia y a mi necesidad de tenerla entre mis brazos para alejar de nosotros cualquier pesadilla. Joder, podía pedirme que me creyera que de verdad me merecía el inmenso amor que la gente me dedicaba, que cambiara totalmente la concepción que tenía de mí mismo. Dios, podría incluso pedirme que le bajara la Luna, y yo lo haría.
               Pero no podía pedirme lo que acababa de pedirme. No podía ir en serio cuando me dijo que necesitaba tiempo para entrar en casa y que, pasara lo que pasara, no cruzara el umbral de aquella puerta que tantas veces había significado felicidad para mí, si lo que iba a haber detrás de ésta era una bomba de relojería que llevaba su nombre y que se activaba con el sonido de su voz.
               No podía pedirme que me quedara en el porche de su casa mientras Sherezade descargaba sobre ella una rabia que Sabrae no se merecía, y que mi chica no había provocado. Podría entender que estuviera preocupada, o que la esperara hasta las tantas de la madrugada para asegurarse de que yo la traía a casa sobria y de una pieza, pero ¿a qué cojones se debía este espectáculo?
               Escuchar cómo Sabrae le suplicaba a Sherezade que se tranquilizara y dejara que se explicara hacía estragos en mi estabilidad mental. Y que Sherezade no le hiciera el menor caso y siguiera y siguiera gritándole me llevaba mucho más allá de lo que pensaba que era mi límite de paciencia, una que todos decían que era infinita, pero que ni de coña se le parecía.
                La sangre me hervía en las venas, con lo que la temperatura del exterior de aquella noche de mediados de octubre en la que todos en mi grupo de amigos principal era todavía más fría. Noté que me temblaban las piernas, y que había cerrado los puños de la rabia, apretándolos como no lo había hecho ni siquiera en los combates que más me habían acojonado y a los que me había subido al ring pensando que iban a matarme allí mismo.
               Y, precisamente por ese terror y ese descenso a lo más profundo de mi ser, donde me esperaba la bestia que todos llevamos dentro y que se había alimentado de mis miedos e inseguridades durante tanto tiempo que su apetito ya era insaciable, fue por lo que no pude aguantarlo más.
               Con la imagen de Sabrae temblando mientras miraba la luz que se colaba a través de la ventana del salón quemándome las retinas di el primer paso para agarrar el pomo de la puerta. Sherezade estaba gritándole a Sabrae que era una irresponsable, que era una niña malcriada y consentida, que la culpa era suya y que ahora le iba a poner remedio. Remedio, ¿a qué?, ¡si tenía el ser humano más perfecto y bueno en su casa!
               La amenazó con encerrarla en casa; a ella, el ave más hermosa, la única cuyas alas podían transportarla entre mundos con apenas un par de aleteos; la que desataba tormentas y apaciguaba huracanes.
               -Eres una vergüenza-escupió Sherezade con un odio que… que… me recordó muchísimo a las primeras palabras que era consciente de haber escuchado en mi vida. Eran las palabras de mi padre mientras insultaba a mi madre, le decía que no era nada y que se lo debía absolutamente todo a él, así que debería estarle agradecida de que sólo le pegara y no acabara con su patética e inútil vida-. No sé qué coño te pasa. Estás absolutamente descontrolada. Desde que Alec te puso los cuernos…
               Me detuve en seco justo bajo el marco de la puerta. Por descontado, no me sorprendía que sus padres supieran lo que nos había pasado durante mi primera semana del voluntariado; después de todo, había estado demasiado mal durante demasiado tiempo como para no terminar contándoselo. Además, Saab lo hablaba todo con su madre, así que era evidente que estaría al corriente de aquel desliz fantasma que me había achacado a mí mismo pero que no había cometido en realidad.
               Pero que Sherezade se lo echara en cara… como si Saab tuviera la culpa de que yo no supiera gestionar bien mi propia ansiedad… tomé aire y lo solté muy despacio, dispuesto a cruzar la habitación y gritarle a Sherezade que a mí nunca, nunca se me ocurriría hacerle daño a propósito a su hija.
               No obstante, no hizo falta. Porque donde Saab se había defendido con timidez, tratando de que su madre la escuchara, explotó en una reacción en cadena propia de la fisión nuclear.
               -¡ALEC NO ME PUSO LOS CUERNOS!-bramó con la potencia de unos pulmones que podrían desbancar perfectamente a los de Scott y Eleanor combinados. Me sentí tremendamente honrado de que alguien como Saab estuviera dispuesta a sacar las garras por mí cuando ni siquiera lo hacía por ella, y sólo por eso me mantuve al margen de la discusión. Tiene que librar sus propias batallas, me dije. Éramos un equipo, y los equipos no se torpedean los unos a los otros. Sabía que Sherezade estaba cabreada porque se había ido conmigo sin pensar en las consecuencias, y hasta cierto punto podía entender que se enfadara porque a Saab se le hubiera ido el santo al cielo, pero… la verdad, este puto circo que le estaba montando me parecía excesivo.
               Claro que, habiendo sido el semental más salvaje de todo Londres y estando ahora más que feliz cada vez que mi amazona me sacaba a pasear al trote por las calles de la ciudad, sabía de sobra que Sabrae sería capaz de salir victoriosa de aquello.
               O eso creía yo.