domingo, 29 de enero de 2023

Joven Leo.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Ha estado desnuda. Ha estado desnuda y yo lo he sabido mientras lo estaba. Ha estado desnuda. Ha estado desnuda y yo lo he sabido mientras lo estaba. Ha estado desnuda. Ha estado desnuda y…
               Era en lo único en que podía pensar, lo único que sabía, lo único que me interesaba de ese mundo cargado de unos estímulos que mis sentidos estaban ignorando. Seguía recluido en aquella habitación de hotel que había creado en mi cabeza basándome en la que habíamos ocupado durante mi última noche en casa, también la última noche en la que le había escuchado hacer esos ruidos y no había sido capaz de concentrarme lo suficiente como para grabármelos a fuego en la cabeza. Suerte que ella, en su infinita bondad, me había hecho un regalo con el que yo ni siquiera me había atrevido a contar cuando cogí el avión que me había separado de ella, y que debería haberse dado la vuelta en pleno vuelo en cuanto el piloto se percatara de la absoluta aberración que estaba haciendo: separarnos.
               Estaba aún peor que cuando había salido de la discoteca y había agarrado el teléfono: mi piel me picaba más, el calor que se me adhería al cuerpo se había vuelto insoportable, y sin embargo…
               … sin embargo, estaba sonriéndole como un puto gilipollas al suelo, todavía con el auricular en la oreja y a pesar de los pitidos que indicaban que se había cortado la línea y que Sabrae y yo ya no íbamos a volver a oírnos el uno al otro hasta, ¿cuándo? Cada vez me parecía más difícil aguantar hasta el cumpleaños de Tommy. Joder, me parecía imposible aguantar hasta la mañana siguiente, cuando saliera el primer avión con destino a Londres. Todo lo que le había dicho sobre acercarse a mí, todo lo que le había dicho sobre correr para encontrarnos, no era más que la manifestación de mis esperanzas más profundas. Necesitaba volver a verla, quería volver a verla, me moría por volver a verla. Verla contenta, esperándome en la terminal, riéndose cuando me saltara los controles de las aduanas y la abrazara tan fuerte que ya sería imposible que nos separáramos, no importaba la burocracia que tratara de retenerme en Etiopía; verla vestida con sus mejores galas, caminando a mi lado en la terminal; verla a mi lado en el metro, acurrucándose contra mí y besándome y diciéndome que me había echado terriblemente de menos y que me prohibía marcharme (y yo, que soy muy obediente, haría de sus deseos mi propósito vital); verla desnuda.
               Debajo de mí.
               Con los ojos cerrados, la espalda arqueada, sus preciosísimas tetas al aire, balanceándose al ritmo de unas embestidas que le arrancaban jodida música de lo más profundo de la garganta. Si el mundo entero se iba a enamorar de la voz de Sabrae, deberían dar gracias de que ella les dejara seguir con sus vidas no gimiendo en ninguna canción, porque entonces ya no caerían rendidos a sus pies, sino que estarían completamente hechizados, desesperadamente a su merced como me tenía a mí.
               -A-a-a-le-e-ec.
               Dieciocho años. Me había pasado dieciocho putos años respondiendo a una palabra que no era mi nombre, siendo anónimo sin saberlo, hasta que ella me bautizó.
               -Te quiero.
               Dieciocho años. Dieciocho años haciendo el imbécil: saliendo de fiesta, enrollándome con tías, follándome a todo lo que se me ponía por delante, todo para poder aprender a satisfacerla y que ella me permitiera vivir por fin. Había tenido toda mi transición hasta la edad adulta para prepararme para lo que era escuchar a la chica  de la que estás enamorado, la chica que convierte miles de kilómetros en apenas centímetros, la chica que consigue que medio mundo no sea nada, gemir que te quiere mientras se corre.
               Yo ya no era Piscis. Sabrae acababa de convertirme en Leo, porque acababa de hacer de este día el de mi nacimiento. La suerte que tenía ahora era que ya la tenía desde el principio, y no tenía por qué conformarme con esperarla durante aquellos años en los que yo no sabía que la estaba buscando hasta que la encontré.
               Repetiría esas dos palabras en bucle el resto de mi vida. Te quiero. Me las había dicho desnuda, desesperada, ansiosa por mí, dándose placer a sí misma de la misma manera en que lo había hecho la primera vez que alcanzó el orgasmo. Saberme el dueño de su placer ya era más que suficiente para que creyera que me merecía el lugar que ocupaba en el mundo, pero saber que ella me había elegido de entre todos los demás para enamorarse de mí me hacía creerme un puto rey. Un dios. Me sentía sentado en un trono por encima de los demás, flotando entre las nubes, esperando que lo que me daba sentido y me había puesto allí regresara en cualquier momento a mi lado y les diera luz a mis sombras.
               Me sentía a reventar, y decidí que me merecía un premio por cómo lo había hecho. Lo cierto es que me había esmerado con ella; ahora entendía por qué Zayn citaba a Freddie Mercury hablando de cómo hacía las cosas que hacía en el escenario: “cuando estoy delante de ellos, no puedo desafinar”. Algo así me sucedía a mí con mi preciosa Saab: cuando la tenía entre los dedos, no podía dejar de acariciarla, de obligarla a disfrutar de su cuerpo. Lo conocía tan bien o mejor incluso que al mío: sus curvas, sus lunares, sus pliegues y esas cicatrices de las que se avergonzaba en secreto, ya que su madre había intentado hacer que amara sus estrías como lo que eran: la prueba de que el cielo había luchado con toda su artillería, relámpagos incluidos, por retenerla. Sus preciosos pechos, redonditos, turgentes, y tan generosos que me era imposible no darles un bocado cada vez que los veía. Su clítoris, siempre anhelante, deseoso de mis atenciones y también de las de ella. Su sexo.
               Joder. No había palabras para describir su sexo más que todo. Era el paraíso y era el infierno, era una zona neutral y un campo de batalla, mi perdición y mi hogar; un sitio nuevo, cargado de sorpresas, y a la vez ancestral, lleno de magia y colmado de una energía que no encontrabas en ningún otro lugar.

lunes, 23 de enero de 2023

La llamarada antes de todo.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Ya es difícil no ponerse en lo peor cuando alguien a quien quieres no responde a tus llamadas y parece haberse esfumado de la faz de la Tierra, pero si encima sabes que ese alguien vive en una lucha constante contra unos demonios que no son capaces de eclipsar el sol, sino que directamente pueden hacerte creer que estás en el corazón de la cueva más profunda, todas las esperanzas que puedes haber albergado a lo largo de tu vida se convierten en delirios. La ignorancia saca lo peor de ti. Yo lo sabía por experiencia: lo había vivido cuando Alec, Tommy y Scott se habían graduado y no habíamos tenido manera de encontrarlos hasta que no tiramos de un comodín con el que casi nadie cuenta.
               Y, aun así, se me revolvió el estómago al ver cómo Layla se volvía absolutamente loca de preocupación por Diana. Todos en la banda estaban frenéticos tratando de contactarla a ella o a Zoe, confiando en que las americanas no se hubieran separado ahora que tenían tan poco tiempo para estar juntas. Mientras Tommy no paraba de llamar al móvil de Diana, que siempre daba el mismo mensaje de “apagado o fuera de cobertura”, Scott probaba suerte con el de Zoe, aunque a veces sus llamadas se cruzaban con las de Jordan, a quien habían llamado desesperados hacía quince minutos, sacándolo del sueño y metiéndolo en una pesadilla en la que la chica que le gustaba y por la que se había jodido los horarios de sueño ya no respondía a sus mensajes desesperados. Tiene gracia: mientras yo estaba al teléfono con Alec, mi hermano había hablado con Jordan. No dejaba de parecerme irónico que dos Malik estuviéramos pendientes de lo que tenían que decirnos dos vecinos cuyas situaciones no podían ser más distintas. Jordan y Alec estaban despiertos a la vez, pero ninguno de los dos sabía en qué andaba el otro ni podían compartir sus sentimientos.
               Pobre Jordan. Sin Alec, sin Scott, sin Tommy, no sabía cómo estaría gestionando el saber que pasaba algo con Zoe a miles de kilómetros de distancia, pero sospechaba que no de la manera más sana.
               Mientras Scott y Tommy freían a llamadas los teléfonos de las dos desaparecidas, Chad saltaba como loco de Twitter a Instagram, esperando encontrar alguna pista de dónde podían estar las chicas. Ninguno de los dos se atrevería a admitirlo en voz alta, pero todos sabíamos que Chad estaba vigilando por si salía la noticia de lo que todos nos temíamos. Chad recitaba cada medio minuto sus cambios de aplicación, chasqueando la lengua y sosteniendo el teléfono con manos temblorosas cada vez que se encontraba con que sus búsquedas no arrojaban resultados más recientes que hacía un día. Cuando buscabas “Diana Styles”, “Diana CTS”, o simplemente “Diana” en los buscadores, estos te devolvían un alud de fotos, vídeos y gifs de la modelo en concierto, brincando en solitario con la ropa estrafalaria que se ponía para interpretar As it was en cada final de espectáculo, o con el resto de sus compañeros encima del escenario, compartiendo los focos. Nada de fotos de ella por la calle, nada de vídeos de fiesta, nada de vídeos en las pasarelas, mirando escaparates o paseándose por los barrios más exclusivos de la ciudad que más acaparaba la atención cinematográfica de Occidente. Para estar en Nueva York, que tenía millones de ojos por todas partes, parecía una coña del destino que no tuviéramos manera de encontrarla. Ni siquiera sabíamos cómo iba vestida.
               Eleanor, por su parte, no se despegaba del móvil en el que estaba gritándole a June, la responsable de comunicación del programa, que no podía dejar de dedicar todos los medios de la productora a encontrar a Diana, que era la estrella del programa en este continente y que tenían que encontrarla antes de que fuera la hora de llegar al escenario, y que no iba a moverse de la habitación del hotel hasta que no supiera dónde estaba. Sabía que, si se presentaba en el Madison Square Garden ella sola, la terminarían obligando a salir a cantar. Harían como si no hubiera pasado nada si no encontraban a Diana.
               Pero la peor de todos era Layla. Era la única que estaba sentada, las rodillas brincando del nerviosismo, los ojos fijos en el reloj de pared cuyo avance era demasiado rápido o demasiado lento, dependiendo de dónde centraras tu atención. Todos los demás estaban luchando contra su avance, pero Layla estaba esperando por algo que yo no supe identificar hasta que no entró en la habitación.
               En el barullo de las órdenes rabiosas de Eleanor, los mensajes cargados de desesperación que Tommy dejaba en el buzón de voz de Diana, los improperios de mi hermano cuando el móvil le cortaba la llamada y el reporte minuto a minuto de Chad, la puerta principal de la suite se abrió sin más ceremonia. Y, sin embargo, tanto Layla como yo escuchamos el pitido de la cerradura cuando reconoció la tarjeta al otro lado y giramos la cabeza a la vez. Yo me quedé en el sitio, todavía interiorizando lo que pasaba, con las piernas hechas de blandiblú de una forma que, sospechaba, ya no le pertenecía a Alec.
               Layla, en cambio, se levantó como un resorte y fue disparada hacia los recién llegados,  a los que encabezaba Shasha. Ninguno de sus compañeros de profesión dio señales de haberse dado cuenta de que la población de la habitación se había multiplicado por dos.
               -Pero, ¿qué…?-empezó papá, el ceño fruncido al ver cómo el caos se desataba a un par de metros de mí, y yo no hacía más que observarlo estupefacta desde la periferia.
               No fue lo que Layla dijo lo que me dio ganas de vomitar:
               -No encontramos a Diana.
               Fue lo que se calló pero todos entendieron, a juzgar por la expresión de sus caras:
               -Si no ha dado señales de vida aún es porque le ha dado por fin la sobredosis.
               Diana era un completo desastre en cuanto a la gestión de su propia salud: todos sabíamos que se le había ido de las manos hacía tiempo, y viéndola desfasar de fiesta ya las primeras veces, estaba convencida de que sus padres la habían enviado con Louis y Eri para tratar de detener la espiral de autodestrucción a la que se había lanzado de cabeza y de la que no parecía capaz de salir. Pero, a pesar de todo, ella nunca, jamás, había faltado a ningún compromiso profesional. Siempre había estado alerta y completamente lúcida cuando tenía algún desfile, una entrevista, una sesión de fotos o, ahora, un ensayo. La banda era algo que ella gestionaba con aún más cuidado que el resto de su carrera porque comprendía que sus acciones no sólo la afectaban a ella, sino a otras cuatro personas. Incluso había llegado a pensar, tonta de mí, que el concurso había conseguido lo que su exilio no había sido capaz: mantenerla lo suficientemente ocupada como para alejarse de las drogas.
               Desaparecer para el último de los conciertos en su ciudad natal, que la había recibido con los brazos abiertos, no era propio de ella. Jamás pondría en peligro la última noche en casa por pasárselo un poco mejor de fiesta. Nunca les arruinaría el concierto a los demás, y Chasing the Stars no eran Chasing the Stars si no contaban con ella. Y más aún ahora, cuando Scott no era el favorito del público. Al menos, no de este público.
               -¿Cómo que no encontráis a Diana?-replicó Liam-. Es como la persona más famosa de este planeta. No puede haberse esfumado sin más.

lunes, 16 de enero de 2023

Babilonia.


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Definitivamente el sábado era el mejor día de la semana. Había desbancado a un viernes que había luchado con uñas y dientes por mantenerse en la cima, y todo gracias a la chica cuyos dedos habían creado la carta que yo ahora tenía en mis manos. Los viernes eran los días que me saciaba por fin de mi ansia de Sabrae, pero no eran los días en que me levantaba con ella a mi lado ni podía disfrutarla a todas horas si me apetecía. Tenía responsabilidades, clases a las que ir, entrenamientos que completar y fiestas que anticipar.
               Los sábados, en cambio, se habían vuelto total y absolutamente de ella. Ya no sólo porque eran los días en que me despertaba con la calidez y la fluidez de su cuerpo a mi lado, ni porque nos podíamos pasar el día entero juntos si queríamos, amén de la noche, sino porque… los sábados era el día libre para pensar en ella.
               Y también parecía ser el día en que recibiría sus cartas. Había sido una semana de mierda en el trabajo, ya que habían pospuesto la excursión que teníamos planeada para el jueves de esa semana, así que me había pasado cada puto día aguantando las subnormaladas de Nedjet y el resto de los tíos. Al menos habíamos conseguido terminar los cimientos de la cabaña que estábamos construyendo y lo más complicado ya se había superado, pero todavía nos quedaba el resto de la estructura de la casa y yo estaba machacado. Había esperado a que llegara el sábado como agua de mayo sólo para poder dormir la mañana sin que Luca me molestara, creyendo que el correo no llegaría hasta que Valeria no fuera a la ciudad el lunes, y confiando en que encontraría un nuevo contacto con Saab las energías suficientes para seguir mordiéndome la lengua y no romperle la puta cara al imbécil de Nedjet.
               Estaba roncando como un condenado, cubierto de sudor por el calor del mediodía, cuando Luca abrió de un portazo.
               -Han traído el correo.
               Creo que estaba soñando, como de costumbre, que me estaba follando a Sabrae. Acostarme agotado y de mala hostia hacía que mi subconsciente quisiera compensarme por todo lo que estaba soportando esos días disfrutando durante mis noches. Y, aunque morderle el pezón a mi novia en el mundo onírico era algo delicioso, más lo era aún comprobar que no me la estaba inventando.
               Así que me escapé de las garras de Morfeo como un ciervo que atisba un lobo entre los arbustos, me incorporé como un resorte y salí afuera. Sí. En gayumbos. En momentos como ése ni siquiera era consciente de cómo estaba vestido o de las condiciones en que se encontraba mi cuerpo. Me daban igual mis cicatrices, mis abdominales, los moratones de los accidentes que teníamos en el trabajo (los únicos momentos en que Nedjet no se comportaba como un imbécil conmigo, aunque no sabía si su preocupación por mi salud se debía a que Valeria lo mataría si le pasaba algo a uno de sus activos más valiosos) o que nadie más que yo estuviera casi como Dios lo había traído al mundo.
               La verdad es que pocos se fijaron en mí: estábamos todos igual de ansiosos por saber si teníamos noticias de casa como para mirarnos los unos a los otros. Mbatha estaba de pie sobre una caja de madera, leyendo los nombres de los afortunados que tenían correspondencia y tendiéndoles lo que fuera que les hubieran mandado. Se detuvo y frunció el ceño mirando una carta, y Perséfone se adelantó instintivamente. Su familia le escribía en griego, claro, un alfabeto que Mbatha no sabía leer, y todavía le costaba un poco identificar a las personas a quienes les escribían con distintas letras, puesto que Pers no era la única.
               Cuando nos vio entre la multitud, Mbatha movió un pie para apuntar una caja que tenía junto a la que le hacía las veces de escenario.
               -Luca, eso es para ti.
               Mi amigo se adelantó como un perro rabioso, tiró del paquete, abrió la caja, y cuando vio que su familia le había mandado un queso siciliano, varios tarros de especias y tomates, se echó a llorar.
               No es puta coña.
               Se echó a llorar porque le habían mandado un queso.
               -Pero, tío-se rió uno de los chicos que también iban a las expediciones cuando Luca arrancó un trozo de queso de una cuña, se lo metió en la boca y abrazó el resto, llorando a mares.
               -Me moriría si me obligarais a comer una vez más esas lasañas de chapapote que decís que son boloñesas.
                -No lo dice en serio-le dije a Fjord, que había fruncido el ceño y lo miraba como si fuera a echarle arsénico en las patatas la próxima vez que fuera a verlo.
               -Sí que lo dice en serio-se rió Perséfone, abriendo su carta.
               -Perséfone, tía, cállate. Me gustaría ver a quién te follas si le pegan una paliza y lo matan.  
             -Será por tíos en este campamento.
               -Alec, macho, ¿qué haces en bolas?-se burló Fjord, que ahora ya se había fijado en mí.
               -No estoy en bolas. Estoy en gayumbos.

miércoles, 11 de enero de 2023

Nueve años después...

 


Empezar esta entrada haciendo que el primer nombre que menciono no sea el de Scott y fingiendo que la novela no giraba en torno a él como intenté decirme mientras la escribía sería tan absurdo como incierto. Pensar también en que puede que debiera reservarme para el año que viene y celebrar así un aniversario redondo no deja de ir un poco en contra de mi estilo y mi corazón, ya que lo llevo tan dentro de mí (los llevo tan dentro de mí) que cada ocasión es buena para celebrarlo, y más aún cuando estamos en el año que siento que es de su familia.
               Lo que sí celebraremos en 2023 es el aniversario de la primera vez que escribí Chasing the Stars en un documento de Word (o de Open Office, más bien; hace tanto de esto que ni siquiera estaba con el mismo ordenador ni programa con el que sí espero terminar Sabrae), pero, por desgracia, es posible que ese día mágico que me cambió la vida se haya perdido en el tiempo, entre la marabunta de datos inútiles que no se transmiten de un documento a otro cuando cambias el tipo de archivo. Decir que no sabía en qué me metía cuando escribí ese primer nombre, del que pensaba que sería un secundario genial para un protagonista que no podía no seguir la línea de mis tendencias pro-Tomlinson de aquel entonces, sería quedarse muy, muy corta.
               Como me quedé corta cuando dije que la historia de Sabrae, ese spinoff que ya es más largo que la historia de origen (tiene más de tres millones de palabras; concretamente, tres millones cuatrocientas diez mil ciento sesenta y dos, 3.410.162 que pretendía meter en diez capítulos), serían unos “diez capítulos más o menos” en los que no tendría espacio para desarrollar todo lo que estoy desarrollando: mi corazón que germina como una planta, mi alma extendiéndose como una alfombra en el suelo y capturando en ella las luces que una preciosa vidriera, que no sé si me pertenece del todo, proyecta en la pared.
               Echar la vista atrás a ese 11 de enero de 2014 en el que remendé lo que el Louis de mis sueños después de acabar It’s 1D, bitches me recriminó (“¿de verdad vas a hacerles esto a nuestros hijos?”) hace que sienta una terrible nostalgia por todo lo que tenía entonces, pero, a la vez, también agradezca todo lo que tengo ahora. La validación de las últimas visitas, el aluvión de comentarios y las reacciones que en ocasiones he pensado (hay días en que todavía lo pienso) que solo unas pocas personas estaban entusiasmadas con mi historia, pero hasta el punto de hacerse notar por sesenta, es algo que eché de menos y con cuya pérdida no creí que me reconciliaría cuando empecé con Sabrae. Tampoco pensé nunca que fuera a escribir a un personaje mejor que Scott, Nuestro Señor y Salvador, y, sin embargo, gracias a Scott pude descubrir lo importantes, preciosas y especiales que son las vulnerabilidades y el tener defectos. Alec y Scott no podrían ser más iguales y a la vez más diferentes, dos caras de una misma manera, cuyo valor es idéntico pero que muestran opciones radicalmente opuestas. Hablándolo con una amiga hace tiempo, me decía que Alec fracasaba donde Scott triunfaba, que Scott había necesitado hacerse humano cagándola mientras que Alec había nacido así, habíamos empezado a quererle así, y su crecimiento y evolución eran mejores y más creíbles porque eran los propios de un humano que se convertía en dios, en lugar de un dios al que hicimos humano. Aun así, aunque tengamos nuevo rey y Scott ahora sea el secundario que yo creí que iba a ser cuando por primera vez escribí su nombre, hablar de lo que nos reúne hoy aquí es hablar de él. Porque puede que la novela la empezara Tommy, puede que ésa fuera su historia con Diana, puede que al final fuera a quedarse con Layla y Chad fuera el broche que necesitaba para encajarlo todo, la quinta punta de la estrella que estábamos persiguiendo en 2014. Pero Scott era el alma de esa estrella, su luz, su espacio en el cielo. Por eso quería ser astronauta y por eso lo consiguió.
               Han pasado los años y cada vez escribo menos su nombre, pero su nombre sigue estando ahí. Sigo viéndolo a él y no a Zayn cuando veo una foto de Zayn, sigo echando de menos un piercing que no existe, sigo adjudicándole las canciones que Zayn grabó pero nunca llegó a sacar. Sigue siendo el refugio al que Sabrae acude cuando no tiene a Alec y al que nunca quiere decepcionar, porque eso es lo que fue Scott para mí en 2014: el refugio al que acudía y al que no quería decepcionar. Le debía escribirle una buena historia, y creo que lo conseguí. Convirtió una de las épocas más jodidas de mi vida en una de las más felices simplemente estando ahí, narrando como un sinvergüenza, comportándose como un sinvergüenza, queriendo como un sinvergüenza y siendo fiel como yo quería que lo fueran conmigo. Me dio mi mayor éxito y también el mayor dolor cuando se fue. Por eso sigo revisitándolo, por eso considero que 2023 va a ser un buen año a pesar de que podría haber empezado mil veces mejor: porque es el año de su número, el único número que respeto y en el que la publicación de un capítulo de Sabrae es inamovible.  El único número que marco en mi agenda religiosamente cada vez que empieza el año.
               Hace un trillón de años, cuando me creía importante y difícil de acceder y usaba CuriousCat, alguien me dejó una pregunta que todavía tengo sin contestar. A veces entro a mirarla sólo por confirmar que está ahí. “¿A cuál de tus personajes crees que te pareces más?”. Llevaba sin saber qué responder hasta que no empecé a escribir esta entrada en el Word: estudié lo mismo que Sherezade, me interesan tanto los ordenadores y estar en casa como a Shasha, pienso lo peor de mí misma demasiado a menudo como Alec, y vuelco muchos de mis pensamientos y cómo me gustaría ser en Sabrae. Me daba miedo decir que me parecía más a Sabrae porque sé lo que va a pasarle y lo que hará en su historia y no quiero convertirla en mi propia Mary Sue. Con haberlo sido yo misma en la primera historia que terminé es más que suficiente.
               Pero… no es que me parezca a Sabrae. Es que soy Sabrae. Hace nueve años que soy Sabrae.
               Mi primera palabra también fue el nombre de Scott. Y, viendo cómo ha pasado el tiempo y la fuerza que sigue teniendo dentro de mí, creo que nunca dejará de ser ese nombre que, simplemente, suena demasiado bien como para no mencionarlo cada vez que puedo. Ni tampoco quiero que lo haga. Me hace demasiado feliz todo lo que tengo gracias a él, las amigas que he hecho por el camino y la pasión que compartimos con él, que ya no pienso en Sabrae como “la novela que tengo que terminar para X tiempo”, como, desgraciadamente y por mi obsesión con cuadrar fechas y encajarlo todo en mi vida, sí me pasó con Chasing the Stars. El año pasado celebramos el quinto aniversario de su final y yo ni siquiera me di cuenta hasta por la noche, cosa que, espero, no creo que me pase con Sabrae, ni tampoco con la década de ese último párrafo en el que el último nombre que aparece es el de Scott. Es un Scott distinto, pero sigue siendo Scott.
               Ahora pienso en Sabrae y pienso “qué va a ser de mí cuando me falte”. La presumo en redes como un día presumí a su hermano. Me da miedo terminarla y disfruto con cada palabra porque sé que hay alguien que lo disfruta conmigo; puede que no seamos tantas como cuando reinaba Scott, pero las que le quieren lo suficiente se han quedado para verlo hacer cameos.
               Por eso no quiero renunciar a esto: a celebrarlo, a recordarlo, a desarrollarlo, aunque sea para hacerlo un poquito gilipollas porque, ¿cómo no ser gilipollas a ojos de una hermana pequeña?; y, sobre todo, a desear tener una agenda más bonita el año que viene para marcar sus diez años como se merecen.
               Después de todo, a tu Señor y Salvador no te lo encuentras todos los días. Hay gente que no lo hace nunca. Yo lo hice con 17, mi número mágico. Y lo tengo dentro desde entonces. Le doy las gracias por elegirme. A todos, pero más a él.
               Y a ti… gracias también por elegirme. En tu tiempo, ellos viven. Es un poco más real gracias a tus ojos. Y, ya que no tenemos la suerte de vivir en su mundo, qué menos que celebrar que lo compartimos.
               ¿Me considero la chica más afortunada del mundo por haberlo encontrado, por haberle dejado que me abriera la puerta a más personajes geniales que hacen de mis fines de semana, aunque estresantes, geniales?
               Mm, no sé. ¿El agua moja?

domingo, 8 de enero de 2023

Ni siquiera yo.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Estaba a punto de unirme a los veterinarios, que eran los que más trabajo pendiente tenían, cuando, por fin, Killian apareció por el fondo del campamento. Iba a un paso ligero que me recordó mucho a cierto cabrón sinvergüenza y afortunado que me resultaba muy cercano hacía casi un año, y que había habitado el mismo lugar en el que estaba ahora yo.
               Quizá fuera por eso por lo que pude adivinar de dónde venía, como si los ojos brillantes y la piel resplandeciendo ligeramente por el sudor no le estuvieran traicionando, gritándoles a los cuatro vientos que había estado echando un polvo. Al menos era más disimulado que yo en mi época, y no terminaba de vestirse delante de la persona que lo estaba esperando, como sí habían tenido que hacer mis amigos.
               Claro que eso había sido puro teatro. Sabía que Scott detestaba que llegara tarde por estar follando, y hacía de mis retrasos todo un espectáculo simplemente porque me encantaba molestarlo. Si Jordan era el que más veces me había aguantado haciendo eso había sido simplemente porque no quería perder la costumbre.
               Sentado en las escaleras de mi cabaña, que Luca había abandonado hacía casi una hora después de un desayuno en el que me fulminó con la mirada por todo lo que me permití comer, arqueé las cejas y le dediqué a Killian una sonrisa que creía olvidada: mi mejor Sonrisa de Fuckboy®. Esa sonrisa tenía dueña, y estaba tan lejos de mí que ni siquiera me creía capaz de invocarla. Y sin embargo allí estaba.
               Killian empezó a disculparse incluso antes de terminar de acercarse a mí.
               -Yo, em… perdona. Estaba… ocupándome de una cosa. Se me ha ido el santo al cielo.
               No iba a mentirle: la ansiedad me había empezado a comer vivo diez minutos antes de la hora en que se suponía que Killian tenía que venir a recogerme, y sólo pasada media hora del horario estipulado me había dado cuenta de lo que pasaba y había podido tranquilizarme. Killian siempre andaba liado, así que el hecho de que fuera él quien me presentara ya sería excusa suficiente para ese terrible retraso que me haría quedar fatal el primer día. O puede que estuviera dejando tiempo para que los hombres destinados al santuario se repartieran bien las tareas y yo no les entorpeciera con mi llegada.
               Luego lo vi llegar así y supe que lo único que había tenido a Killian tan abstraído había sido la entrepierna de cierta veterinaria. No podía decirle que le juzgara: yo también me había interesado por una en mis años mozos.
               -¿Ocupándote de una cosa, u ocupándote de Sandra?
               Killian se quedó allí plantado, mirándome con los ojos como platos. Parpadeó una, dos, tres veces antes de abrir la boca, que no emitió sonido alguno, y yo sonreí.
               -No nací ayer, Killian. Sé lo que la adrenalina puede hacerles a un chico y una chica que se pasan mucho tiempo juntos.
               La adrenalina que Sabrae y yo habíamos compartido había hecho que folláramos, y ahora, míranos. Escribiéndonos cartitas que tardaban una semana en llegar y dos en obtener respuesta como si fuéramos los protagonistas de una novela romántica. Masturbándonos pensando en el otro, y solamente en el otro, y conectando a miles y miles de kilómetros de distancia en un plano astral.
               Cínico de mierda, se rió Sabrae en mi cabeza. Naciste para ser mío.
               Me pasé la punta de la lengua por las muelas y bajé la mirada al suelo, dando un par de golpecitos en la escalera de madera mientras contenía una risa. Bueno, quizá lo que tuviera que agradecerle a la adrenalina fuera que Sabrae hubiera terminado demasiado cachonda como para seguir odiándome al menos durante una noche. Y luego, ¿qué puedo decir? El resto era historia. Mis cunnilingus eran legendarios.
               Y más aún si me entusiasmaba la chica a la que se lo hacía, y Saab me había entusiasmado desde el primer momento.
               -¿Quién más lo sabe? ¿Perséfone lo sabe?
               Incliné la cabeza a un lado y fruncí levemente el ceño, pero sin dejar de sonreír. No había hablado con ella sobre lo cercanos que habían parecido nuestros mentores durante la expedición, pero Pers tampoco era tonta y seguro que se había fijado en que algo pasaba.
               -Sabes que la primera regla de mantener algo en secreto es haciéndote el loco cuando te dicen que te han pillado, ¿no?
               Killian tomó aire y separó las piernas.
               -Lo que haga yo con mi tiempo libre no es de tu incumbencia, Alec. Pero te agradecería que fueras discreto con esto. No quiero que Valeria piense que Sandra y yo nos dedicamos a…-carraspeó.
               -¿Copular? ¿Practicar el coito? ¿Hacer el delicioso? ¿Follar como animales en medio de la sabana? Debe de tener bastante morbo montar a una chavala a la vez que un león monta a una leona.