domingo, 28 de mayo de 2023

Pólvora.


¡Toca para ir a la lista de caps!

No pegué ojo en toda la noche que le siguió a esa tarde en la que debería haber encontrado en la voz de Saab el consuelo que necesitaba para lo mierda que estaba siendo el voluntariado. Después de hablar con ella por teléfono y que nuestra llamada se viera interrumpida de esa manera tan grosera por Valeria, que no necesitaba demostrarme de más modos que no sentía ningún tipo de aprecio por mi persona, había regresado al santuario de las mujeres con la cabeza tan en la Luna que Nedjet había terminado por enviarme de vuelta al campamento un par de horas antes.
               -Si aparte de calcular puntos de soporte para las vigas maestras y vigilar en qué momento pasa alguna de las mujeres por un sitio en el que pueda vernos o escucharnos también tengo que estar pendiente de que no te caiga un tronco encima y te deje peor de lo que ya estás, casi prefiero que te vuelvas con Valeria-gruñó Nedjet. Yo me lo había quedado mirando sin entender a qué coño se refería. Sí, vale, me había puesto como una fiera con Valeria cuando me colgó el teléfono, aunque entendía que llevaba demasiado tiempo acaparando su oficina y tenía cosas más importantes que hacer que esperar a la puerta a que yo terminara de charlar con mi novia, y sólo por la forma en que le había gritado Valeria me había mandado de una patada en el culo de vuelta al santuario, pero hasta ese momento me había sentido relativamente útil.
               Luego Nedjet me había señalado el tablón que había estado clavando a otro con hasta cinco clavos más de los necesarios y me había dado cuenta de que, sí, vale… puede que no estuviera muy fino con mi trabajo, y que lo mejor sería dar un paso atrás, siquiera para que Nedjet pudiera concentrarse en sus cosas, pero eso sólo me había dado más tiempo para retroalimentarme. Ir a la cabaña y quedarme completamente solo no había ayudado tampoco a mi tranquilidad, y para cuando Luca llegó de sus tareas, dispuesto a pegarse una ducha, cenar y meterse en la cama a roncar como una moto, yo ya tenía el cerebro a mil revoluciones por minuto considerando todas las situaciones a las que se debía de estar enfrentando Sabrae por cumplir esas promesas que yo mismo había incumplido durante la llamada.
               No podía decirle que me llamara cuando quisiera porque me habían prohibido volver a la sabana por haber ido a verla; eso sólo serviría para que se martirizara todavía más por todo lo que había pasado. Podía decirme todo lo que quisiera sobre lo segura que estaba de la decisión que había tomado y de lo bueno que yo era para ella, en lo mucho que le estaban fallando sus padres al no darle el apoyo que necesitaba cuando más lo necesitaba (algo en lo que, por cierto, estábamos de acuerdo), pero yo había escuchado el dolor en su voz cuando me había confesado que echaba de menos a su madre. A su madre, y no a la persona con la que ahora convivía.
               Cualquiera que las conociera sabía que eran inseparables. Sherezade había sido durante mucho tiempo la piedra angular en la vida de Sabrae; por mucho que Scott fuera ese sol que ahora me tocaba a mí, por ser el que iluminaba sus días y le daba el calorcito que necesitaba para que no se le helaran los huesos en el frío del invierno que podía llegar a ser la adolescencia femenina, Sherezade había sido siempre esa guía que marcaba en qué dirección caminar. Yo era perfectamente consciente de que le debía mucho a Sherezade; no sólo por haber encontrado a Sabrae en todo el mundo, haberla querido desde el momento en que posó los ojos en ella y haberla criado como lo había hecho, sino porque la había cultivado como a la más hermosa, audaz y poderosa de todas las flores que podías encontrarte en un jardín botánico especializado en belleza. Si Sabrae era como era, era porque Sherezade la había hecho así, y si yo me había enamorado de ella, y ella de mí, era porque Sherezade había interpretado a la perfección su papel de madre concienciada que no iba a dejar que a su hija se la comieran los miedos que asaltan a todas las niñas cuando pasan a ser chicas. Sabrae era segura de sí misma y de su valía, era sabia y también curiosa, todo porque Sherezade había alimentado desde pequeña ese lado de ella, y había hecho que brillara con una luz con la que no lo hacían ninguna de las chicas con las que yo me había cruzado a lo largo de mi vida.
               Cada poco tiempo, además, se preocupaba de retocar su obra maestra con pequeños gestos que iban desde decirle que estaba guapísima en los días en que Sabrae decidía equivocarse y buscar malos ángulos en el espejo; le decía que era lista cuando le costaba un poco más que los demás resolver un ejercicio; y le decía que era valiente cuando se retraía en su interior, escondiéndose de una sociedad que la tenía tomada con ella por representar todo lo que no cumplía con sus cánones: no era blanca, ni cristiana, ni heterosexual. Ni siquiera era hombre, y ya por eso no se merecía que la perdonaran, o eso trataban de hacerle creer. Pero Sherezade siempre había estado ahí para ella, susurrándole al oído una verdad que se escondía en los añicos de luz solar de una calle infectada por las sombras de la multitud: era suficiente. Era perfecta. Era todo lo buena que podía serlo nadie.
               Era Sabrae Malik. Algo único e irrepetible y que se merecía ser celebrado.
               Y no aislado en un rincón de su casa porque no siempre había satisfecho esas expectativas durante quince segundos, porque se había permitido ser joven durante quince segundos, porque había deseado ser egoísta durante quince segundos.
               Porque, durante quince segundos, mi estancia en Etiopía había sido demasiado para soportarla. Demasiado para que Sabrae fuera valiente, para que se sintiera suficiente, para creer que había esperanza y que lo que los demás decían de ella no era lo que la definía, sino lo que ella era.
               Sí, Saab necesitaba a Sherezade más de lo que le gustaría admitir en estos momentos, y desde luego todavía más si no nos tenía ni a Scott ni a mí a su lado. Este año sería muy jodido para ella, y no podía permitirse perder energías fingiendo que no le importaba que su madre hubiera marcado las distancias entre las dos, o que no le ofreciera ese hombro sobre el que llorar que tanto necesitaba por mi culpa. Y me preocupaba que ella, terca como una mula, agotara todas sus energías intentando convertirse en una chica que no tiene una relación muy estrecha con su madre y se le olvidara reservarse para sobrevivir a mi ausencia.
               Y todo, ¿para qué?, me pregunté a mí mismo, solo las estrellas y la Luna para contestarme. Para nada. No; peor que para nada. Para sufrir. Para que nuestras ausencias nos comieran vivos sin que nosotros pudiéramos hacer nada para impedirlo.
               Tengo consuelo sabiendo que eres feliz, me había dicho. Y yo, como el puto cobarde que soy, no me había atrevido a decirle que no era feliz en Etiopía y que, si las cosas en su casa estaban como estaban, iba a pasarme el resto del voluntariado, fueran diez meses o fueran diez horas, comiéndome la cabeza pensando en lo que le había hecho a Sabrae con su familia. Ella me había pedido que me marchara de nuevo al campamento en un contexto radicalmente distinto al que estaba viviendo; no tenía toda la información, y era culpa mía, era yo quien se la estaba negando. Además, estaba incumpliendo una de las promesas más importantes que nos habíamos hecho en el proceso, la que servía de base de toda nuestra relación y sobre la que se asentaban nuestros sentimientos, la confianza que nos teníamos  y que nos permitía echarnos de menos sin miedo: no estaba siendo sincero con ella.
               Ni siquiera sabía si era tan imbécil como para decirme que la estaba protegiendo, porque no sabía a qué obedecía aquel instinto que me había dicho “cállate”: ¿me preocupaba que ella cambiara de opinión si yo le decía que su sacrificio era en vano con respecto a mí, o con respecto a su madre? ¿O me preocupaba que ella me pidiera volver entonces y yo le obedeciera? ¿O que no me lo permitieran? ¿O conservar esperanzas de que las cosas acabarían mejorando y sentirme un egoísta que sólo pensaba en sí mismo cuando estaba clara la solución a los problemas que Sabrae y yo teníamos? Podría regresar a Inglaterra, matricularme en la universidad que no me hubiera inadmitido (si es que la había) y estudiar por la mañana y trabajar por la tarde. Mis padres nos echarían una mano; quizá incluso dejarían que Sabrae y yo nos quedáramos una temporada en casa mientras buscábamos algo a lo que mudarnos. Por supuesto, sabía que no pararíamos de enfrentarnos a obstáculos, pero si yo me sentía impotente en Etiopía era, precisamente, porque no tenía a Sabrae conmigo para animarme a luchar y motivarme lo suficiente para darlo todo de mí y así poder ganar.
               “Ya sé que no te doy todo lo que te mereces, pero, joder, Sabrae, me mato intentándolo” le había dicho por teléfono. Sabía que me mataría incluso más por conseguir sacarla adelante, a ella y a mí, si me ponían contra la espada y la pared y hacían que la situación dependiera exclusivamente de mí.
               Me di la vuelta en la cama y suspiré. ¿Qué pasaría si no era suficiente? Quizá pudiera conseguir algo mínimamente decente después de tiempo estudiando, y luego le tocaría el turno a Sabrae (sus padres no serían tan cabrones de impedirle el acceso a los ahorros que habían guardado para la universidad, ¿verdad?), y ella se labraría un futuro brillante con su propio esfuerzo, algo que no le debería a nadie más que a sí misma. Pero irse de casa supondría que ya no habría más navidades en familia, nada de cumpleaños multitudinarios, ni de vacaciones en las que hubiera que reservar habitaciones pegadas para facilitar el paso de unas a otras.
               ¿Sabrae podría quererme si le permitía dejar de ser ella?
               ¿Seguiría siendo mía si dejaba de ser de su familia?

martes, 23 de mayo de 2023

Flores de adversidad.


¡Toca para ir a la lista de caps!

¿Sabes esa sensación de haber estado aguantando un chaparrón durante toda una noche, y sólo notar el frío cuando por fin llegas a casa? ¿Sabes esa sensación de estar en medio de un concierto de puro ruido del que sólo eres consciente en el momento en que todo se acaba? ¿Sabes esa sensación de cuando estás rodeada de gente desconocida y de repente empiezas a recordar sus nombres? ¿Sabes esa sensación de estar mirando directamente al sol y no sentir que tienes las pupilas ardiendo hasta que no entras a una tumba?
               Ésa había sido mi semana mientras esperaba la carta de Alec, la que yo consideraba que sería mi sentencia de muerte.
               Y, ¿sabes la sensación de que te han estado matando los tacones y que jamás podrás caminar de nuevo, pero un masaje en la planta del pie por unos dedos que te quieren y que harían lo que fueran por ti te hacen querer correr una maratón? ¿Sabes la sensación de que tu cuerpo jamás sobrevivirá a la noche más fría del invierno, en la que justo se te ha estropeado la calefacción y todas las mantas parecen húmedas, y un brazo adorado y adorable te rodea la cintura para atraerte a un cuerpo cálido y cómodo que te hace ver que las noches de invierno les pertenecen a los amantes? ¿Sabes la sensación de haber estado muriéndote de sed y no notarlo hasta que alguien te tiende una botella de agua bien fresquita, de la que te deja dar un sorbo antes de dárselo él?
               Eso había sido en realidad la carta de Alec para mí. Eso era Alec para mí. El refugio en las montañas en medio de la ventisca, con una chimenea ya encendida y golosinas en la despensa; el puerto seguro en medio de una bahía encumbrada de altas montañas que impedían el paso del huracán, la carta de navegación en el cielo nocturno cuando cruzabas el límite de los mapas, el soplo de aire fresco en un día de calor abrasador, los brazos que te sostenían con cariño e infinito cuidado y te llevaban a la cama aunque hubieras insistido en que no estabas cansada y querías ver una película en el sofá. Los labios que te besaban en la frente cuando estabas enferma, justo después de quitarte el termómetro de la boca y comprobar que tenías fiebre. Esa persona que apostaba por ti incluso cuando el resto del mundo no lo hacía, y parecía arriesgarse a perder una fortuna simplemente por demostrarte que, para él, lo eras todo.
               El fuckboy que no se había pasado un fin de semana desde que había perdido la virginidad sin practicar sexo, manteniéndose célibe durante todo un año simplemente porque no te iba a tener durante todo ese tiempo.
               Y yo había sido tan estúpida de creer que esa magia se vinculaba a nuestra cercanía, o que era el roce lo que había hecho el cariño en nosotros y no el Destino con mayúsculas, ése del que hablaban las novelas románticas que yo tanto disfrutaba y con el que mucha gente no se atrevía ni siquiera a soñar. Esta era mi vida. A esto se reducía todo en realidad: a esas virutitas de luz en medio de la oscuridad que eran las estrellas en el cielo nocturno, y los tatuajes mentales que eran los recuerdos a los que me tocaría aferrarme durante un año antero. Bueno, once meses. Bueno, menos de once meses.
               Mi familia me había dado la vida que tenía, pero Alec me estaba dando la razón por la que vivirla, por la que disfrutarla y por la que considerarla buena. Y nada más leí su nombre y las dos palabras que lo acompañaban, me di cuenta de que no me importaba nada más y que no cambiaría ni una sola coma de mi historia porque ahí era donde también vivía él.
               Y me había permitido derrumbarme por fin, entregándome a esas emociones que no habían hecho más que comerme viva mientras esperaba. Había tratado de mantenerme fuerte y de no volverme loca pensando en lo que pasaría cuando abriera aquella carta porque no me había permitido a mí misma soñar con la posibilidad de que Alec hubiera ido a Etiopía en el momento exacto en el que tenía que hacerlo: ya curado. Fuerte. Independiente y presto a convertirse en el gran hombre que estaba destinado a ser, y que me ayudaría a mí a convertirme en la mujer que fuera merecedora de estar a su lado. No me había permitido a mí misma tener esperanza porque me habría abierto en canal encontrarme con algo distinto a lo que Alec me había escrito en aquella carta que ahora sostenía entre mis manos, y que a pesar de su brevedad y de lo poco elaborada que estaba, ya me parecía de las más bonitas que me habían escrito nunca. Incluso aunque nos trajera problemas por su contenido, la terminaría pegando en la pared junto a mi cama, del lado contrario donde él tenía nuestras fotos, y me dormiría mirándola cada noche para convencerme de que era real.
               Era de verdad. Era de verdad. No me la había inventado.
               Igual que no me estaba inventando el hilo que nos unía a Alec y a mí incluso en la distancia, y que estaba hecho del material más fuerte y resistente del universo. Ni siquiera un diamante podría superarlo.
               Aquel hilo se había atado a una polea que me había quitado el mayor peso que había tenido que soportar en toda mi vida. Y ahora, por fin, podía sacar la cabeza de debajo del agua y respirar.
               Lloré y lloré y lloré lo que no estaba escrito, reclamando mis pulmones y mi garganta y mi boca como propios después de haberme pasado tanto tiempo tratando de retenerlos en el pringoso alquitrán que había colmado mi vida que casi me sorprendió recordar aún cómo usarlos. Me pregunté cómo es que Alec había sido capaz de recorrer en apenas un puñado de líneas ese camino tan largo que yo no había empezado ni en una semana entera. Miré los trazos de su letra en el papel y se me antojaron muy parecidos a la forma en que me acariciaba cuando nos veíamos, justo después de abrazarnos y él muy reticente a romper el contacto conmigo tan pronto; o la forma en que sonreía y me daba un piquito después de darnos un beso lento y profundo, o cómo tiraba de mí suavemente para acercarme más a él en la cama, y me dejaba perderme en esos ojos castaños que no tenían absolutamente nada que envidiarles a los ojos verdes de Diana o azules de Tommy; cómo su pelo me hacía cosquillas en la frente cuando hacíamos el amor y él se ponía encima de mí, planeando sobre mi cuerpo y apretándome suavemente contra el colchón, buscando el contacto y no atreviéndose nunca a la vez a dejarse caer sobre mí y hacerme daño.
               En los puntos y las comas había la determinación de cuando me embestía, empujándome un poco más arriba en esa escalada hacia la explosión de esos orgasmos que siempre, siempre, siempre, todos y cada uno de los que había tenido en mi vida, le habían pertenecido a él.
                En esas cuatro gloriosas letras que componían su nombre había una promesa de eternidad que nadie podría discutir.
               En las dos palabras que abrían la línea anterior a su nombre reposaba un desafío: “que los cielos intenten separarte de mí si se atreven”.

lunes, 15 de mayo de 2023

Placas de cinturones y de Grammys.


¡Hola, flor! Quería darte las gracias por tu paciencia esperando un día más por este capítulo. También quería avisarte de que el domingo no habrá cap, ya que el 23 es martes, por lo que subiré ese día.
Muchas gracias por tu comprensión ¡Disfruta mucho!

¡Toca para ir a la lista de caps!

 
Efectivamente. A mí, a gilipollas, no me gana nadie. Toda mi vida había vivido en un estado constante de guerra en el que cada puto aliento que tomaba, ya desde el primerísimo de todos, era un foco luminoso sobre mi cabeza que el universo interpretaba como un desafío a su autoridad. Me habían pintado una diana en la frente nada más nacer.
               ¿En serio creía que, con todo lo que estaba haciendo que Sabrae pasara, las cosas podían arreglarse con un simple viaje en avión y ya estaba? Definitivamente era gilipollas perdido. Y lo peor de todo es que ni siquiera podía negármelo a mí mismo. Las pruebas estaban ahí, frente a mí, mirándome burlonas como los números descuadrados de una complicadísima ecuación en la que me había equivocado ya en el primer paso. Mi preciado sol.
               ¡Mi preciado sol! ¡Whitelaw, tío, lo tenías ahí delante, a plena vista! Saab y yo nos explayábamos ya en el saludo, dándonos todo el amor que nos negaba la distancia, condensando nuestros sentimientos en apelativos cariñosos que nunca eran suficiente. Podría pasarme varios folios escribiendo un saludo tan ñoño que mataría de un subidón de azúcar a cualquiera, y aun así no sería suficiente para mí ni aunque tardara una semana entera en acabarlo; y sabía que a Sabrae le sucedía exactamente igual que a mí. Teníamos que conformarnos con nuestros nombres y otros motes que me parecerían cursis de cualquiera salvo de sus labios (o, en este caso, de su puño y letra), y “mi preciado sol” no tenía nada de cursi. Un “Alec”, simplemente, o directamente un “estimado señor Whitelaw” tendría menos impacto en mí: por lo menos me habría puesto en alerta ya desde el primer segundo en que vi sus palabras redondeadas y equilibradas en el papel.
               No habría estado bombeándome ya la polla como un mandril cuando llegué a la parte en la que ella decía que aquella era una carta de reconciliación y también de disculpa por la Sabrae que había sido antes de aquel primer beso que lo había cambiado absolutamente todo en mi vida. Aquella noche en la discoteca de los padres de Jordan había sido como una crisálida para mí; el momento en que empecé a encerrarme en mí mismo para valorar los daños y haber empezado a caminar en la dirección en la que yo quería crecer, y no donde me estaba llevando la corriente. Sabrae había hecho bien manteniéndose alejada de mí, porque si yo no era digno de ella aun esforzándome, cuando me había acercado a ella para pincharla porque me parecía divertidísimo hacerla rabiar lo había sido todavía más. Así que no tenía ningún sentido que me sacara a colación ahora aquella época de nuestras vidas, y menos todavía cuando le había escrito una carta en la que le había explicado con pelos y señales cómo había sido el proceso de redacción del Kamasutra y luego me había plantado en Inglaterra a decirle que ni de fula iba a dejarme por sus pajas mentales para, dos segundos después, magrearle las tetas como si fuera una bola de masa madre de dos kilos y yo estuviera en una competición de panadería.
               Pero si ya había sido gilipollas por no darme cuenta de que ahí pasaba algo cuando leí la primera frase de la carta, al terminar me sentí un auténtico subnormal, de estos que reciben paguita y que necesitan pasearse por ahí con pañales debajo de los pantalones porque ni siquiera tienen las neuronas suficientes para no cagarse encima.
               Cuando llegué a las últimas líneas ya se me había bajado la erección, lógicamente (y, viendo cómo pintaban las cosas, la verdad es que me habría sorprendido ser capaz de volver a empalmarme en esta vida). Sentado como estaba sobre la cama y con el agua de la ducha todavía cayéndome por la espalda, si bien en menos cantidad que antes de que Perséfone me cortara el pelo (quizá lo único bueno de todo ese día), bajé los pies de la cama y los apoyé en el suelo. Inhalé tan profundamente que me dolieron las costillas (de haber estado un poco más lúcido, incluso me habría hecho ilusiones con que una de ellas se rompiera, me perforara el pulmón y se terminara así mi sufrimiento) y solté el aire por la nariz, llenando el silencio de la habitación con el sonido de mi suspiro.
               -Pareces un soplador de hojas-se burlaba siempre Sabrae cuando yo hacía eso delante de ella; o, al menos, las veces en que suspiraba así porque me estaba pinchando a propósito y no porque estábamos a punto de enzarzarnos en una pelea de la hostia-; ya sabes, de esos que usan en otoño para despejar las sendas del parque.
               Yo siempre la atravesaba con la mirada, y eso sólo hacía que ella sonriera todavía más.
               -¿Qué pasa?
               -Que yo creía que era un tío bastante paciente y al que es difícil tocarle los huevos hasta que tú desarrollaste este don para llevarme a mi puto límite.
               -Es que es divertido. Ahora entiendo por qué tú lo hacías tanto conmigo.
               -Yo no te hacía nada, Sabrae; me bastaba con respirar para ofenderte. Pero si hubiera sabido que te sentaba así, igual me habría hecho todavía más gracia.
               Ahora no me hacía ni puta gracia. Ni puta gracia me hacía. Lo había vivido de primera mano, estaba ahí cuando sucedió, yo mismo había intervenido en lo que había desencadenado este puto apocalipsis.

domingo, 7 de mayo de 2023

En venganza y como agradecimiento.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Mi preciosa luna, mis brillantísimas estrellas, mi amadísima Saab,
               Pues mira, estaba haciéndome el difícil por primera vez en mi vida esperando a que me preguntaras en qué momento nos íbamos a empezar a comportar como los adolescentes en celo que en realidad somos porque, debido a acontecimientos recientes, sé por experiencia que tú eres de NO muy fácil, y aunque he “aprobado por compensación en Literatura”, según tú (¿qué cojones, Sabrae? Sabes tan bien como yo que no me aprobaron por compensación, sino porque soy un puto maestro con las palabras y no podían no dejar que me graduara por nimiedades del calibre no saberse al autor de Los miserables, porque yo de miserable tengo poco y me da alergia el apellido del autor de esa novela, pero ésa es otra historia), tampoco soy gilipollas ni te voy a dar la oportunidad de que me hagas recoger una carta medio empalmado, contando con que te habrás puesto zorrísima diciéndome hasta qué órgano vital quieres meterte mi polla y en qué postura digna del Circo del Sol, para que me pongas a parir por guarro, así que mejor será que la guarra seas tú.
               Ahora que te has quitado la careta y me has demostrado lo jodida que estás por la situación que los dos estamos viviendo y lo coladita que estás por mí, si existiera un poco de justicia en este mundo me dedicaría a contarte todo lo que he estado haciendo en el voluntariado, te preguntaría por absolutamente todo el mundo, y en el último párrafo te diría brevemente que me muero de ganas de follarte con esta polla que tanto echas de menos y ya está, simplemente para poder darte tu merecido. Pero, mira, no lo voy a hacer. ¿Y sabes por qué? Te lo digo para que me lo expliques, porque yo no estoy seguro. Me encuentro dividido en “porque soy un gilipollas cuando se trata de ti y por muy dura que seas conmigo a mí siempre me va a encantar tener un poquito de tu atención” o “porque la verdad es que me entusiasma la idea de que vayamos a hacerlo por fin”. Personalmente creo que es más por la última, pero no descartaría tampoco la primera. Al menos, no del todo.
               ¿Quieres que te sea sincero? Sí. Me estoy matando a pajas y no puedo dejar de pensar en ti. Esa experiencia que yo tengo, de la que los dos nos orgullecemos y que tanto agradecemos, puede ser tanto una bendición como una maldición. Es una bendición por la manera en que sé hacerte disfrutar y por cómo me asegura que tú sólo puedes pensar en mí, y en nadie más, cuando estás en la cama, o en el baño, o en algún lugar en el que definitivamente no deberías masturbarte, y menos si yo no estoy ahí para verlo; y una maldición porque yo no he hecho todo lo que sé de primera mano que se puede hacer en el sexo contigo. Porque yo sé lo que es el sexo anal, cómo podríamos llegar a disfrutarlo si tú estuvieras lo suficientemente relajada y receptiva (tienes que estar más tranquila que de normal y por eso no he querido intentarlo contigo antes; por eso, y porque sé que en el momento en que me dejes follarme no sólo ese delicioso coño tuyo, sino también ese precioso culo que tienes, no voy a poder alejarme de ti más de diez metros); sé lo que es follar puesto de coca, esnifar coca de entre las tetas de una chica antes de metérsela bien hasta el fondo, y me imagino lo que sería esnifarla de tus gloriosas tetas; y sé, entre otras cosas, lo que es follar en el metro. Sí, nena. No lo he hecho ni mucho menos cuando éste iba lleno, pero sé lo que es deslizarme dentro de una tía volviendo de fiesta, borracho perdido y sin que me importe nada más que la sensación de todo su cuerpo rodeando el mío en las zonas que más importan. Y si algo he descubierto en este campamento es que estoy absolutamente borracho de ti, Sabrae. Todavía siento tu sabor en mi lengua si me concentro lo suficiente; puedo notar cómo chispeas en la punta de ésta cuando cierro los ojos, como si te estuvieras corriendo de nuevo para mí. Puedo sentir cómo exprimes hasta la última gota de mi polla al correrte cuando yo me hago pajas pensando en ti, y cuando cierro los ojos y me quedo dormido, siempre sueño contigo encima de mí, todo tu cuerpo brillando con una gloriosa película de sudor de la que siempre me enorgullece ser la causa, tu melena negra como un halo de azabache enmarcando tus curvas de infarto, la manera en que tus tetas botan mientras me montas, mi polla hundiéndose en tu interior. En mis mejores sueños, siento tus manos recorriéndome el pecho, las uñas a veces siguiendo la línea de mis cicatrices, y puedo notar lo suave que tienes la piel en la yema de los dedos, lo lleno de tus pechos, lo erizado de tus pezones; en los sueños que son menos nítidos debido al cansancio por todo lo que tengo que hacer, sólo te noto en mi rabo y escucho cómo gimes en mi oído lo mucho que te gusta cómo te lo hago, lo grande y lo dura que la tengo, lo mucho que te llena y cómo te estoy volviendo loca. Como si no fuera al revés.
               Mírame, Sabrae: soy el puto Fuckboy Original, literalmente inventé el término en Londres, y sin embargo me tienes comiendo de la palma de tu mano, completamente entregado a ti, ansioso por volver a verte y sin interesarme lo más mínimo por las chicas que hay en el voluntariado porque, aunque estén buenas, ni aunque quisiera sería capaz de fantasear con llevármelas a la cama o meterme yo en las suyas y hacer todo eso que sueño con hacerte a ti cuando se pone el sol. No pienso que la promesa que te hice de serte fiel corra el más mínimo peligro sin importar las circunstancias; incluso si las viera desnudas, sé que no sería capaz de pensar ni un segundo en ellas y en lo que podría hacerles en el metro. Lo que te voy a hacer a ti. Porque, ¿sabes, nena? El no poder dejar de pensarte me está generando una necesidad de tenerte que sé que no podré superar ni aunque me pidas que esperemos a llegar a un sitio menos concurrido. Sé que los recuerdos que tengo de ti no te hacen justicia, porque aunque no te quito de la cabeza ni un solo segundo, cuando vuelvo a la cabaña y me acuesto y veo tus fotos en ella siempre me maravillo de que puedas ser incluso más hermosa de lo que te imagino, y sé que, aunque eres fotogénica, ganas todavía más en persona. Sólo en persona el hechizo que me has lanzado tiene sus efectos completos.

lunes, 1 de mayo de 2023

Vis a vis.


¡Toca para ir a la lista de caps!

A pesar de haber dormido en la cama de Alec y haber compartido las sábanas con un Whitelaw que me abrazó por la cintura y trató de tranquilizarme en la medida de lo posible esa noche, la verdad es que no disfruté del sueño profundo y reparador que siempre encontraba en la habitación de Alec. El santuario en el que se convertían sus sábanas cada vez que caía la noche y el sol se tomaba su muy merecido descanso había pasado de ser ese refugio en el que yo podía sentirme segura a unas ruinas sin techo que ni siquiera me cobijaban de la lluvia.
               No dejé de preguntarme durante toda la mañana, mientras remoloneaba en la cama, fingiendo que no tenía una casa a la que irme, una familia esperándome y una conversación pendiente que mantener, cómo iba a hacer para sobrevivir a esos tres meses que me quedaban hasta que llegara la Navidad y volviera a ver a Alec si ya ni siquiera me sentía segura en su habitación. Esos demonios que no le habían dejado tranquilo hasta que yo no le hice mirar en dirección a la luz, mucho más abundante que las sombras en su interior, en lugar de a sus tinieblas, ahora se habían instalado en mi cabeza y no me dejaban ni siquiera dar pasos decididos en dirección a mi casa.
               Quién iba a decirle a mi yo de hacía tan solo unas horas que aborrecería el momento en el que tuviera una nueva carta de Alec en mis manos, porque significaría tener que tomar la decisión más trascendental a que me hubiera enfrentado yo sola.
               Quién iba a decirle a mi yo de hacía unas semanas que no correría a mi casa nada más supiera que había llegado una nueva carta de Alec que me hiciera ver que mi novio no era un producto de mi imaginación, sino alguien de carne y hueso y cuyos sentimientos trascendían las fronteras que los seres humanos habíamos dibujado para repartirnos injustamente la tierra, como si tuviéramos derecho a ella.
               Quién iba a decirle a mi yo de hacía unos meses que me detendría varias veces en medio de la calle y que haría el camino más largo posible todo con tal de no cruzar el umbral de la puerta de mi casa aun cuando allí me esperaban los pedacitos que me conectaban a Alec.
               Y quién iba a decirle a mi yo de hacía un año que cruzaría las mínimas palabras con mi madre por culpa de… damas y caballeros… Alec Whitelaw.
               Como decían Little Mix en Grown: vaya, es gracioso cómo cambian las tornas.
               Ya era la cuarta vez que me pasaba un desvío en dirección a mi casa simplemente porque me temblaban demasiado las piernas como para mantenerme estoica si me encontraba con mamá. No sabía cómo haría para decirle que no estaba de humor para hablar de lo de Alec ahora, que probablemente nunca lo estuviera y que sería mejor que lo dejáramos estar (lo cual no quería decir, nada más y nada menos, que o me pedía perdón y se retractaba o lo tendría muy jodido para que volviera a confiar en ella; e incluso entonces no estaba del todo segura de si volveríamos al mismo punto en el que habíamos caído en picado). No me gustaba la sensación de odio que sentía dentro de mí al pensar en mamá, pero es que ya ni siquiera pensaba en ella como “mamá”, sino como “mi madre” o, directamente, “Sherezade Malik”. En mi subconsciente había una gran diferencia entre unas y otras; mamá jamás me habría dicho algo como lo que me había dicho respecto a Alec y a mí, y menos aún sabiendo lo duro que era para mí estar yo aquí, y él, allí; mi madre me habría reprendido, porque lo que le había dicho estaba muy feo, no tenía excusa y era totalmente impropio de mí, pero tampoco me habría hecho sentir el miedo que ahora sentía al saber que había dejado de apoyarnos a Al y a mí…
               Sherezade Malik, en cambio, era absolutamente despiadada. No se había ganado la reputación que se había ganado en el país por nada. No era miembro honorífico de las asociaciones pro derechos de la mujer y en defensa del medio ambiente por nada. No había sido la mujer más joven de la historia en recibir las ofertas más cuantiosas de los despachos de abogados punteros del país por nada. No había liderado cambios legislativos en Inglaterra por nada. No era la cara visible de los casos más mediáticos y complicados ante el Tribunal Supremo por nada. Su nombre no era una consigna más en las marchas feministas por nada. No la habían barajado para participar en la carrera judicial por nada. No asesoraba a políticos en cumbres internacionales por nada. No sólo era una mujer triunfando en un mundo de hombres: era una mujer racializada triunfando en un mundo de hombres blancos. Aun así, estaba en la cima. Todo porque era la más fuerte, la más lista, la que trabajaba más duro, la mejor. El tiburón más sanguinario cuando se lo proponía. Destrozaba a sus adversarios y no les dejaba oportunidad de recuperarse.
               Sherezade Malik era perfectamente capaz de decirme lo que me había dicho. Había sido ella, y no mi madre, ni mucho menos mamá, la que me había dicho que no le hacía gracia que estuviera con Alec.
               Era la primera vez que Sherezade Malik entraba en nuestra casa. ¿Tenía que haber sido precisamente para hablar conmigo?
                Y justo en mi momento más bajo. Cuando ella tenía que ser mi principal apoyo; ni siquiera necesitaba que se sentara a mi lado, me acariciara el pelo y me consolara, sino que se apartara y dejara paso a mi madre.
               De todos mis hermanos, yo era la que menos necesitaba en ese momento que ella me pusiera una pantalla frente al sol para impedirme ver. Y lo había hecho.
               Me detuve en la esquina de la calle perpendicular a mi casa y miré por encima del hombro a lo largo de mi calle. Me dolía la espalda y tenía un nudo en el estómago que sabía que tardaría tiempo en curárseme, pero, ¿de qué servía prolongar el sufrimiento? Lo único que estaba haciendo era hurgar en mis propias heridas. Y, quizá, también cabrearlos más.
               En un principio había pensado en quedarme a desayunar en casa de los Whitelaw y regresar a la mía para la hora de comer. Sin embargo, a medida que ayudaba con las tareas de casa (para desesperación de Annie), sentía cómo se me escapaban las fuerzas para irme con mis padres. Me había escondido bajo las sábanas de la cama de Alec, hecha una bola a la que, de vez en cuando, Trufas toqueteaba con sus patitas para asegurarse de que seguía ahí. Mimi vino a hacerme compañía de nuevo, solitaria como se sentía en una casa en la que había un silencio sepulcral donde antes siempre había podido escuchar la música de su hermano en algún rincón, ya fuera en su habitación, en el jardín, o en el garaje, mientras arreglaba la moto.