domingo, 31 de diciembre de 2023

2O23, muchísimas gracias, ¡por favor, no te vayas!

 A pesar de que ya la usé en algún capítulo de Sabrae (a la que no puedo pasarme ni una frase sin hacerle mención, aparentemente), y lo poco que me gusta repetir las mismas palabras muy de seguido, creo que no hay frase más real que la que el padre de Mulán le dice a su hija: “La flor que florece en la adversidad es la más rara y hermosa de todas”, porque eso es exactamente lo que he experimentado en este increíble 2023 que se ha coronado como uno de los mejores años de mi vida, sino el que más.
Recordar el enero pasado hace aún que se me cierre el estómago y se me acelere el pulso por todo lo que pasé entonces, pero desde que me liberé de esas cadenas que me llevaban lastrando años, no he hecho más que volar. Empecé el año con el estómago cerrado, muerta de la ansiedad, incapaz de retener el desayuno por no tener vacaciones eternas de un trabajo en el que se me menospreciaba y del que no podía defenderme, y de la tristeza por creer que a quienes yo consideraba amigas mías se habían alejado de mí sin más, ni siquiera echarme de menos. En un gesto de valentía del que no he tenido que tener muchos más, por suerte, decidí tener un puente que esas “amigas” que se quejaban de que contara mi experiencia, como llevo más de doce años haciendo, no dudaron en incendiar; recriminándome que hablara de mi dolor, como llevo más de doce años haciendo, cuando ellas no parecían tener problema en hacer lo mismo, e incluso poner mi nombre en sitios a los que yo no podía acceder para reírse del cariño que yo pudiera tenerles. A pesar de que siempre he escrito mis entradas de fin de año con un halo de optimismo, porque creo que hay que estar agradecida de las cosas buenas y centrarte en ellas, y en lo que has aprendido de las malas, debo decir que sentía cierta pena y miedo al mirar el móvil, cosa que con el noveno aniversario de Chasing the Stars finalmente se me acabó. Fueron días difíciles para mí, de mañanas tensas en las que tenía que contener las ganas de ponerme los auriculares durante 7 horas al día para no tener que escuchar insultos por los que no me pagaban lo suficiente, pero de las que esperaba encontrar el consuelo pronto en mi casa, volviendo a esa rutina de poner el móvil en Modo Estudio y no salir más que para ir a comprar el pan, y descansar aprendiendo nuevas recetas de Arguiñano.


Ese remanso de paz con el que yo estaba soñando el siete, el ocho, el nueve de enero, no llegó nunca, pero porque lo sustituyó uno mejor: el 12 de enero, el mismo día que Zayn cumplía 30 años, me llamaron para pasar a formar parte de otro Ayuntamiento, pero no ya en prácticas, sino como funcionaria interina. El ataque de ansiedad que había tenido hacía casi ocho meses, creyendo que no aprobaría el primer examen de una oposición que verdaderamente me importara, se convertía ahora en nervios por lo desconocido, pero también en ilusión. Después de tanto tiempo en el banquillo, me tocaba por fin demostrar lo que valía y lo que había aprendido, pero también lo que podía aprender.
Después de una semana de nervios distintos a los que había tenido desde junio del año pasado de forma intermitente, y más intensa en diciembre,  el 19 de enero estampé mi firma en mi primera toma de posesión como Técnica de Administración General. Y… Dios, el subidón como un cohete que fue mi año a partir de entonces. Mañanas enteras tecleando, pero no al ritmo de los latidos de mis personajes, sino volcando conocimientos, aprendiendo y enseñando a partes iguales, con unos compañeros con los que pronto congenié y con los que incluso ya me fui de cena y de fiesta a las pocas semanas de conocerlos; viajes en coche de cien kilómetros al día, cantando a gritos canciones que debía aprenderme para los conciertos a los que iba a ir.
Aunque mis planes eran perderle el miedo a los conciertos en solitario con The Weeknd después de casi 3 años a la espera de poder cantar a gritos Heartless, febrero tenía su propia agenda y una texana quiso hacerme monárquica e imprudente: Beyoncé no había sacado un disco el año anterior, sino el disco. Y venía a España; era un evento que yo no podía perderme, no, después de haber renegado de ella y que ella me diera en los morros con su actuación histórica en Coachella. Beyoncé hacía historia allá por donde iba, y, siendo de letras, adoro la historia, de modo que tenía que aceptar la cita que nos propuso a todos los que fuéramos lo bastante usados como para utilizar un enlace que nos habían pasado nuestros conocidos por Twitter para poder acceder a su preventa. Compré la entrada frente a una arquitecta, en el mismo ordenador del trabajo, y a pesar de que me arriesgaba a que me  vaciaran la cuenta del banco unos hackers, me salió bien la jugada y la imagen de Beyoncé subida a un caballo hecho de relámpagos pasó a estar por encima de The Weeknd en mi lista de conciertos pendientes en mi cuenta de Ticketmaster.
La primavera me resulta borrosa, eclipsada por el que iba a ser el evento del año, con permiso de mi cantante canadiense preferido; no obstante, que no refulja con la intensidad con la que lo hizo lo que pasó el 8 de junio de 2023 no quiere decir que no disfrutara con ella: de las comidas de trabajo por las que no entiendo que en otros lugares se quejen, de espichas con las que me terminan doliendo los pies, de (escasas, eso sí) salidas de fiesta con gente con la que no pensé que pudiera congeniar tanto, de lazos que estrecho todavía más con mis amigas, amigos, y sus parejas; de juegos de mesa y sesiones intensas hablando de libros y del Saraverso.
Pero llegó el 8 de junio. Muerta de sueño, mi madre y yo cogimos un taxi para ir al aeropuerto y plantarnos en Barcelona; ella parecía casi más ilusionada que yo, y le decía que íbamos a ver a Beyoncé a todo el que quisiera escucharnos, incluso cuando, en realidad, la única que iba al concierto era yo. Tras ver el estadio desde el avión mientras aterrizábamos y la siesta reparadora de rigor, me puse le outfit que llevaba probándome varios días, me hice una raya del ojo como buenamente pude, me pinté una sombra morada y salí a disfrutar de uno de esos momentos que crees desde fuera que son tristes hasta que no lo vives por dentro, y te das cuenta de que es peor no vivirlos que hacerlo como lo hice: asistir a mi primer concierto en solitario.
Supe que había sido una buena idea en cuanto llegué a mi asiento y me encontré con un chico en mi misma situación; aunque él era fan de Beyoncé desde Destiny’s Child, también era su primera vez viéndola. La energía que había entonces en el ambiente… increíble. No creí que pudiera sentirme en casa a mil kilómetros de mi hogar, ni en familia rodeada de decenas de miles de desconocidos, pero antes de que pudiera darme cuenta, estaba bailando y chillando y riendo con gente a la que acababa de conocer, disfrutando de la leyenda que es Beyoncé y de la suerte que tenemos quienes hemos ido a verla alguna vez de poder contribuir a hacerla un pelín más grande. Grabé vídeos, me hice fotos, agité el abanico que me había comprado esa misma tarde con violencia y me reí cuando escuché a las chicas a mi lado en el pasillo exclamar “es imposible, ¡esta se las sabe todas!” cuando Beyoncé empezó a cantar Black parade. Es una locura que una canción que hace hoy poco más de un año que descubrí me hiciera pensar “tengo que escucharla en directo”, y que, simplemente por haber visto un edit de Beyoncé recogiendo su último Grammy con Black parade de fondo, me plantara en un concierto suyo.
No me arrepiento de esa impulsividad ni de permitirme de vez en cuando ser una caprichosa, porque me lleva a esos momentos de disfrute absoluto en los que me reconcilio con la vida y con mi tiempo, en los que lo único que me preocupa es el coger el suficiente aliento para poder seguir gritando las letras que parecen hechas para mí junto a otras setenta mil personas.
Igual que no me arrepiento tampoco de mi paciencia con The Weeknd, porque un mes y medio después, volvía a entrar a un estadio yo sola, después de conocer a otra amiga que he hecho por internet y a la que me ha unido mi querida Sabrae (vaya, aquí la tenemos otra vez), y me alegraba de haber sido capaz de resistirme y no ver nada de lo que él había sacado de sus conciertos:  el escenario, la ropa, las bailarinas… sólo conocía la lista de canciones, en las que también había joyas escondidas.
Y luego, en octubre, le tocó el turno a Louis. Otro producto de mi impulsividad, con la diferencia de que casi hasta el último minuto me había pensado si iba a verlo o no, pero, reconociéndome a mí misma lo mucho que le debía (escribo rápido por él, y escribo ilusionada gracias a él), reforcé su posición como el artista al que más veces he visto en directo. Y me alegro de haberlo hecho porque, independientemente de que mi usuario de Twitter tenga relación con él pero ya lo identifique más conmigo, el que me sacara la espinita de no haber escuchado Where do broken hearts go? en directo es un detalle muy típico de él y que siempre le agradeceré. Estaba tentada de decir que incluso compensaba que me hiciera perder amigas, pero, como he escrito recientemente, el que levanta una sábana y descubre un cristal hecho añicos debajo no es el culpable de haber roto esa figurita, así que, independientemente de si nos volveremos a ver o no, Louis ha hecho de mi 2023 un año redondo con ese regalo que nos ofrece a todas las que recordamos de dónde viene.
Pero los conciertos no son, ni mucho menos, lo único destacable que me ha pasado este año. Volviendo a junio, me enfrenté por primera vez a un examen oral en el que me lo jugaba todo, y no como el que había tenido en las mismas fechas del año anterior. Con la diferencia de que éste ¡lo aprobé!, con lo que le he perdido el miedo a los exámenes orales, reforzándome en mi manifestación en la que no pienso “si consigo la plaza”, sino “cuando”, lo cual, creo yo, es tan importante como la disciplina para obtenerlo.
Julio vino cargado de tensión, por un lado, por la despiadada lucha por entradas de Taylor Swift, de la que salimos victoriosas en Portugal, y a cuyas puertas nos quedamos en Madrid. Pensar que Taylor cerrará el año de conciertos que inició Beyoncé, en una especie de binomio de reinas, me resulta gracioso y terriblemente profético: la industria musical recogiendo el testigo de la reina entre reinas, el dominio femenino absoluto de la canción del que me siento particularmente orgullosa como mujer, aunque apenas esté aportando nada a éste.
Por otro, julio también trajo la tranquilidad y el aprendizaje de todos los años con el Celsius, mostrándome a autores que no temen a mostrarle su corazón a un público que, en ocasiones, no habla su idioma. Me llena de un profundo orgullo e ilusión ver que mi querida Avilés se convierte por unos días en la capital de la cultura de la fantasía, y saber que hay personas programando su año en torno a los mismos eventos a los que asisto.
E, incluso retrocediendo de nuevo un poco a ese 18 de julio en el que por fin pude cantar a gritos que no necesito una perra, soy lo que necesita una perra, también me trajo la ilusión de los nuevos descubrimientos, de conocer a una amiga en persona y de volver a pasarme horas y horas hablando de algo relacionado con One Direction en el VIPS de Gran Vía, con la diferencia de que, esta vez, hablamos de la hija imaginaria y el yerno imaginario de Zayn. Algo que estoy ansiosa por repetir.
Agosto fue el mes de ir a la playa con mis amigas, algunas viejas y otra nuevas; de descubrir nuevas olas y de reencontrarme con antiguas. De comprar pinchos en chiringuitos o llevármelos preparados de casa, cambiarme la ropa en el baño del trabajo y bajar en chanclas las escaleras que subía todos los días enfundada en unas Converse.
El 31 de agosto reservé el primer coche cuyos kilómetros estrenaría yo, aunque mi ilusión se vio empañada por el control que querían ejercer sobre mí en el trabajo. Por suerte, el 1 de septiembre vino con el regalo de un concierto a la luz de las velas; más tarde, me reuniría con Menorca y sus aguas turquesas.
Y entonces, en una planificación milimétrica del destino y por un cruce de casualidades muy bien estudiadas, en la que debería ser mi última mañana bañándome en esas aguas templadas y cristalinas, recibí otra llamada. Siempre me ha sorprendido la manera en que me sonríen las estrellas, quizá por el amor que saben que les profeso, pero en cuanto estoy incómoda, me arrancan de las garras de lo que me hace daño y me llevan a un nuevo lugar seguro.
La llamada era para trabajar en mi casa, y debo confesar que me lo pensé. Si no me hubiera pasado lo que me pasó en el trabajo, puede que incluso me hubiera quedado, pero después de un fin de semana considerando mis opciones, llamé por teléfono y acepté el llamamiento.
El 3 de octubre volvía a firmar una toma de posesión, dos días después del concierto de Louis, cinco después de mi comida de despedida en mi anterior ayuntamiento, cuya sobremesa se alargó hasta las 12 de la noche y se convirtió en una cena de cinco compañeras que nos echaríamos mucho de menos. Esta vez, no obstante, la toma de posesión tenía un escudo en su parte superior que a mí me resulta muy familiar, y que me parece el más bonito de todos los que hay en Asturias… posiblemente porque es el mío.
Octubre fue una carrera contrarreloj para poder sacar un trabajo inaplazable, pero lo logré. Y mi premio fue ver a otra reina entre reinas, la GOAT indiscutible: Mary Louise Streep. De nuevo las estrellas confabulando para hacerme un regalo con el que yo ni siquiera me atrevía a soñar; no sé en qué momento había renunciado a ver a Meryl en persona, pero cuando en marzo anunciaron que había ganado el Premio Princesa de Asturias de las Artes, me planté un único objetivo: verla. Hacer de ella células, y no píxeles. Después de una lucha como la de las entradas de Taylor que no gané, y de hacer una cola kilométrica para quedarme a las puertas del local en el que daría una charla con Antonio Banderas, finalmente pude verla. En persona. Mis indignos ojos miopes se posaron sobre su Majestad, doña Meryl Streep. Todavía es algo que soy incapaz de procesar bien, como un sueño febril, a pesar de que hay vídeos en las que ambas nos solapamos y parece estar saludándome a mí, que la observo como una cromañona viendo el fuego por primera vez, con un asombro en la mirada muy parecido a como creo que los cristianos se comportarían si se les apareciera la Virgen María. Y todo porque Meryl Streep es lo más cercano que tenemos los ateos a Jesucristo.
Octubre dejó el listón muy, pero que muy alto, aunque noviembre se esforzó en tratar de alcanzarlo. Creo que no lo logró, pero, oye, el 23 de noviembre recogí las llaves de un coche nuevo por primera vez en mi vida, un coche que había escogido yo y que había diseñado a mi gusto. Como diría Kim Kardashian, no está mal para una chica sin talento, pero, de nuevo, ¿si hablamos de una chica sin talento, estaríamos hablando de mí?
En serio, el 23 de noviembre descubrí que puedo convertirme en el típico novio obsesionado con llevar a su novia a todas partes en su coche, con la diferencia de que yo no tengo novio y tiro de amigos. ¿Que quieres ir de compras? Yo te llevo con mi coche. ¿Que tienes que ir al aeropuerto? Yo te acerco con mi coche. ¿Que quieres ir de roadtrip? Vamos con mi coche y ponemos música en Spotify; canción que no te guste, canción que saltas directamente en la pantalla con Carplay. La sensación de libertad que siento ahora, sumado al orgullo de ver aparcado junto a mi casa el producto de tantos esfuerzos… esto es lo más cercano que las chicas a las que no nos gustan los niños tenemos al tener hijos, así que no me extraña que las madres se obsesionen con sus pequeños.
 Y ahora ya ha llegado diciembre. Entre cafés en los que planifico con una compañera de la academia a la que ya llamo amiga cómo haremos para convertir en nuestras para siempre las plazas que ahora ocupamos como interinas y tardes en las que he estudiado menos de lo que debería, he ido al cine a revivir el concierto de Beyoncé con mi mejor amigo; he vuelto a agitar el abanico con violencia frente a Beyoncé mientras él se mantenía estoico en el sitio, seguramente preguntándose si soy lo bastante graciosa para todas las gilipolleces que me aguanta, o si debería pedirme que le devuelva el colgante que me regaló por mi cumpleaños y que deje de bromear con que somos novios porque en un restaurante indio pensaron que era así. También he ido de tardes de compras con otra amiga que se nos han hecho noches de pizza y de hablar del Saraverso (todavía más; esto es un agujero negro que no nos va a dejar escapar).
He enviado mensajes diciendo que me lo he pasado genial y que quiero repetir pronto, me han dolido los pies de pasear y la cara de reírme; he vaciado la cartera tomándome cócteles con amigas improbables del trabajo. He seguido escribiendo, he seguido leyendo, he seguido yendo al cine.
Y, por encima de todo, he sido feliz. Feliz como no lo había sido durante tanto tiempo y con tanta intensidad.  En 2022 tenía el presentimiento de que 2023 sería un buen año para mí (a pesar de que acabara uno y empezara otro en un estado emocional bastante pobre), pero si algo he aprendido a lo largo de estos 365 días increíbles es que tengo que confiar más en mi intuición.
Y también que no eres tú el que escoge tu número preferido, sino que él te escoge a ti. Llevaba 10 años con el 17 como número preferido indiscutible, porque los 17 me trataron también muy bien (anda, fue el primer año que vi a Louis) y porque siempre me ha gustado ese número, pero el 23 estaba empezando a ser mi debilidad desde que llevo tanto tiempo escribiendo Sabrae. Sin embargo, este año ha sido un auténtico desafío del 23 al 17.
Hasta el punto de que, simplemente, no puedo decir adiós, ni dar las gracias de forma suficiente. No puedo despedirme de este año. Sólo puedo suplicar porque se repita, porque siga siendo así otro, y otro, y otro más. Sé que es imposible, pero…
… también lo parecía que mis indignos ojos miopes se posaran sobre Meryl Streep en persona, sin pantallas de por medio. Y, sin embargo, así ha sido. Así que por pedir que no falte, ¿verdad?


sábado, 23 de diciembre de 2023

La importancia de ser una Whitelaw.


¡Hola, flor! Antes de que empieces a leer, quería avisarte de que, dado que el domingo que viene es Nochevieja, no subiré capítulo, por lo que el de hoy es el último capítulo del año. Es por eso que quería darte las gracias por tu apoyo a lo largo de todo este año 2023, definitivamente el año de Sabrae y uno de los mejores de mi vida, que ya llega a su fin.
Aunque no habrá capítulo el domingo (ni tampoco el sábado, ya que hay mucho que preparar esta semana, ya sabes), mi intención es subir la primera semana de enero; no sabría decir si el día 2 o el día 3, por lo que tendrás que estar atenta a la cuenta de Twitter del blog para cualquier novedad. Tampoco descarto, como suele suceder, que al no fijar una fecha determinada, al final me tome la semana de vacaciones, jeje.
Darte las gracias de nuevo por tu apoyo a lo largo de todo este tiempo, ¡espero que nos sigamos viendo en 2024! ¡Te deseo una muy feliz Navidad y un próspero año nuevo!
Y ahora, sin más dilación… ¡disfruta mucho del cap!
 
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Di gracias a Dios, que puede que no me hubiera abandonado del todo, por haber dejado abierta la puerta de la habitación de forma que no hubiera nada que me separara de él que fuera más denso que el aire. Me temblaban un poco las piernas después de la sesión de sexo que acabábamos de tener, en la que nos habíamos desquitado de toda la tensión que habíamos ido acumulando a lo largo de las últimas dos horas, pero, a pesar de que lo único que me apetecía era acurrucarme en la cama de Alec y dejar que él me diera mimos hasta que se me curaran todos los males, sabía que lo prudente era ir al baño. Me había puesto las bragas que había llevado puestas a la sesión con mis padres, pero no había podido resistirme a coger el jersey de color crema que, creía, todavía conservaba su calor corporal.
               -No tardes-me pidió él, como hacía siempre, mientras me sacaba la melena del cuello de la prenda y le tiraba un beso. Dios, me encantaba que empezara a echarme de menos incluso cuando todavía estaba con él. Siempre me pedía que estuviera lejos de él el menor tiempo posible, aunque nunca a costa de mi salud.
               Esta vez no había tardado, lo prometo. Y, aun así, no había sido lo bastante rápida como para impedir que pasara lo que pasó… aunque debo admitir que me encantó la estampa con la que me encontré cuando atravesé la puerta de la habitación.
               Alec se había tumbado boca arriba después de que yo saliera de la habitación, presto a esperarme… pero la cama era tan cómoda, estaba tan calentita después de lo que habíamos hecho, que se había quedado dormido en los pocos minutos que yo había pasado en el baño.
               -Mi amor-ronroneé en voz baja, enternecida, escuchando la música de su respiración acompasada mientras su pecho subía y bajaba. Tenía una mano sobre el vientre, la otra detrás de la cabeza, y el rostro girado hacia el lado de su mano. Su pelo revuelto era el de un querubín, y la expresión de paz que le atravesaba el semblante era suficiente para acabar con cualquier guerra. Tenía las piernas separadas, y los colgantes que las chicas más importantes de su vida le habíamos regalado reposaban sobre su pecho, adornando sus cicatrices.
               Si esto era lo que me encontraría cada mañana cuando tuviera que empezar mi día a día en mi vida en pareja con él, no podía esperar a tener que pelearme conmigo misma para ser sensata y marcharme a trabajar en lugar de eludir mis responsabilidades quedándome en casa e idolatrando a este hombre.
               Mi hombre, pensé con emoción, y un escalofrío me recorrió la espalda. Mi hombre, y mi niño a la vez. Parecía tan joven de repente, tan frágil e indefenso a pesar de la fuerza que desprendían sus músculos y de lo duro que había sido en la sesión con Fiorella y Claire que sentí una necesidad de protegerlo con todo lo que yo tenía que me conmovió: la última vez que me había sentido así, había sido de pequeña, estando en el parque con Shasha, cuando unos niños empezaron a meterse con ella y yo tuve que intervenir para defender a mi hermanita, que los miraba con lágrimas en los ojos, sin atreverse siquiera a defenderse.
               Me dolía que la causa por la que Alec hubiera tenido que ser fuerte fueran mis padres, que ellos le causaran dolor y le obligaran a ponerse la coraza, pero ya no tenía dudas ni tampoco me cuestionaba mis lealtades. Sabía de sobra quién era mi casa, mi hogar y mi familia.
               En esa habitación me di cuenta de que puede que en mi carnet de identidad todavía conservara el apellido con el que había nacido, pero yo ya era una Whitelaw. Era la Whitelaw. Era totalmente de él.
               Y tenía la inmensa suerte de ser yo la razón por la que dormía tan tranquilo: porque sabía que yo no dejaría que le pasara nada y que lo protegería con mi vida, incluso aunque él no lo quisiera.
               Hacía tanto tiempo que no lo veía dormir, que ya se me había olvidado lo precioso que era y la potencia con la que me hacía sentir ese amor que ahora me inundaba. Sabía que era egoísta por desearlo a pesar de que no habíamos tenido aún la conversación que todavía nos debíamos respecto a nuestro futuro más inmediato, pero ahí, de pie, con el jersey que todavía olía a él y conservaba un poquitito del calor de su cuerpo acariciando mi piel y con su calma mientras descansaba llenando la habitación y apaciguándome el agua, deseé que Alec no se marchara mañana. Que no cogiera ese avión, que rompiera el billete y me dijera que se quedaba conmigo, que prefería rendirse a tratar de convertir un voluntariado que más bien era una tortura de nuevo en una lección de vida; que prefería mil veces pelearse con mis padres, que no dudarían en atacarle en todos los puntos débiles que le encontraran, a tener que hacerlo con Valeria, porque mis padres eran el precio a pagar por estar conmigo; Valeria era el precio de alejarse de mí.
               Me acerqué a él, el pelo de su alfombra acariciándome los dedos de los pies igual que él me estaba acariciando el alma simplemente por existir. De esto es de lo que hablan los poetas cuando hablan del amor: de verle durmiendo y que no quieras mirar hacia ningún otro lado.
               Cogí el móvil y le hice unas fotos; elegí la que más me gustaba y la subí a una historia de Instagram. Él tardaría en verla y tendría que hacerlo a través de mi cuenta a pesar de que yo le mencionaba en cada cosa que subía de él, que además ponía en un destacado, pero me apetecía presumir de él. Sacarlo en mis redes se había convertido tanto en un gesto presuntuoso por mi parte como de apreciación hacia él; se me ocurrían pocas formas mejores de mostrar que me enorgullecía lo que tenía con Alec que gritarlo a los cuatro vientos a través de mis perfiles en redes. Además, hacía mucho que no subía contenido de él y, según había podido ver en la encerrona que me habían hecho mis padres con Fiorella hacía unas semanas, el mundo ya elucubraba sobre mi silencio.
               La verdad es que me sentía bien. Me sentía plena y feliz por primera vez en muchísimo tiempo (aproximadamente, desde que él se había marchado), lo cual era curioso teniendo en cuenta mi pésima relación con mis padres en ese momento, pero… no me importaba nada más que el chico que dormía frente a mí, seguro y también feliz.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Con costillas rotas, y todo.


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Saab se había echado a llorar a los pocos minutos de que sus padres empezaran a hablar; Sher había sido incapaz de aguantar el relato de lo que habíamos hecho mientras ellos se desesperaban por el destino de su hija, pensando en cómo lo habían pasado ellos, pero me parecía que el peor trago se lo estaba llevando Sabrae.
               Eso no quería decir que yo estuviera tan pichi. Oh, no. Sentía un nudo en el estómago que sospechaba que me tardaría horas, puede que incluso días, en conseguir deshacer lo suficiente para poder volver a ser una persona funcional, y aun así siempre tendría una ligera presión en la parte baja del vientre recordando por lo que habíamos hecho pasar a sus padres. Cómo ellos y yo compartíamos las mismas pesadillas.
               Había soñado varias veces que la buscaba con desesperación por las calles oscurecidas de Londres y era incapaz de encontrarla a tiempo; veces en las que me había dormido preocupado por algo que le haría daño, como mi hermano o mi padre, y en las que mi subconsciente me había enseñado el mismo escenario, por suerte imaginario, que había aterrorizado a Zayn y a Sherezade. Aunque jamás lo había visto (y esperaba no verlo nunca), jamás se me borrarían de la retina las imágenes de Sabrae tirada en el suelo, llorando y gimiendo de dolor mientras por entre sus piernas se deslizaba un líquido de un color erróneo. Cómo se apartaba de mí. Cómo miraba en derredor, temiendo cada contacto y sin energías siquiera para echar de menos a la chica que ya nunca más iba a ser: risueña, confiada, feliz.
               Zayn se paseó por el despacho de Fiorella mientras Sabrae y yo contábamos lo que habíamos hecho, respondiendo a las preguntas que ella o Claire nos hacían para poder dibujar un boceto lo más detallado posible de lo que habíamos pasado. Creía que la intención de las psicólogas era tranquilizar a sus padres y que vieran que Saab no había corrido ningún peligro conmigo, pero después de que Zayn empezara a pasearse por la oficina como un tigre hambriento, había empezado a pensar que puede que esto no fuera muy buena idea. Algo me decía que les estábamos restregando lo bien que nos lo habíamos pasado olvidándonos de ellos.
               Luego Sherezade empezó a hablar, y me di cuenta de que no íbamos a intercambiar nuestros puntos de vista para que ellos estuvieran tranquilos: íbamos a intercambiar nuestros puntos de vista para que Sabrae y yo entendiéramos lo que ellos habían pasado. Por qué ya no me podían ver. Por qué pensaban que era malo para su hija y no era bienvenido en su casa, al menos no por su parte.
               Y, aunque sabía que no era culpa mía, aunque sabía que la reacción exagerada de Sabrae no tenía relación conmigo como sí la tenía con ellos, aunque sabía que jamás se repetiría y que conmigo estaba más segura de lo que lo estaría con nadie y de que ella no volvería a ser tan imprudente como lo había sido a mediados de agosto porque sabía que era un elemento esencial de mi felicidad, algo que para ella era su máxima prioridad… lo cierto es que les entendía. No podía asumir su postura totalmente ni pensar que yo era lo peor que le había pasado a Sabrae, pero… yo mejor que nadie sabía lo que suponía el angustiarse porque a ella podrían robarle su libertad. Yo mejor que nadie sabía qué se sentía cuando Sabrae era la protagonista de tus peores pesadillas, haciendo un tándem terrorífico con su sufrimiento que sería capaz de volverte loco.
               Creo que, si yo estuviera en su lugar, yo también me vería como el enemigo.
               Pero no estaba del todo en su lugar, así que tenía la perspectiva suficiente como para saber que yo no era el enemigo.
               -Lo siento-jadeó Sabrae entre hipidos-. Lo siento mucho. Muchísimo. Los dos lo hacemos-me miró con una desesperación que me destrozó más incluso que escuchar el relato de Sherezade, cómo ella se había derrumbado en casa, sola, mientras Zayn buscaba a su hija. Cómo se había puesto en lo peor. Cómo había pensado que jamás volvería a verla.
               Si a Saab le pasara algo… si se muriera antes que yo… yo sólo sabía que no querría seguir viviendo. Mi vida estaba vinculada a la suya desde que me besó por primera vez. Yo no existía sin ella, no debía existir.
               Imaginarme un mundo sin ella no era imaginarme un mundo, sino un purgatorio. Un infierno del que no habría escapatoria, no importaba lo buenas que fueran mis acciones o mi supuesta inocencia si Sabrae desaparecía por un accidente. Yo tenía que evitarlo todo y protegerla de todo, incluso del peor de los cataclismos.
                -No era mi intención que os preocuparais tanto-continuó, creyendo que no debería disculparse en mi nombre, seguro porque consideraba que yo no tenía nada por lo que pedir perdón. Y, pensándolo en frío, así era.
               Pero yo pediría perdón a sus padres con tal de no pensar en quién me había ocultado que las cosas en su casa estaban tan mal hasta el punto de no querer decir que se iba conmigo de fiesta.
               -Si lo hubiera sabido yo… os lo habría dicho-susurró, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano y sorbiendo por la nariz. Le tendí el enésimo pañuelo desde el inicio del monólogo de su madre, y ella lo aceptó con un suavísimo “gracias” que mí me destrozaba por dentro.
               Sherezade también se estiró a por un pañuelo mientras Zayn miraba por la ventana, pellizcándose el mentón. Regresó con su mujer y le puso las manos en los hombros, sus ojos saltando de ésta a su hija, y luego, a mí. Su mirada se endureció cuando se posó en mí, pero las que le dedicaba a Sabrae no eran totalmente tiernas, precisamente.
               Lo cual no ayudaba con mi empatía, la verdad.

martes, 5 de diciembre de 2023

Afrodita de cacao.


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Un par de días antes.
 
-Con amigos como tú, S, uno no necesita enemigos-me reí, pellizcando con dos dedos, con los que más disfrutaba Sabrae, uno de los cigarros de la cajetilla que me ofrecía y acercándomelo a la llama del mechero que sostuvo encendida frente a mí. Con un par de caladas conseguí encenderlo, y aunque sabía que a Sabrae no le importaría por esta vez que no tuviera un chicle (o un par) que llevarme a la boca antes de regresar con ella, me descubrí palmeándome los bolsillos de los vaqueros en busca de un paquete que no sabía que estaba ahí.
               A pesar del tiempo que había pasado desde que fumar tenía un inconveniente más, aunque de fácil solución, las costumbres que adquieres reforzándolas con la cosa más positiva del mundo, los besos de tu chica, arraigaban profundo y no te dejaban marchar.
               Scott arqueó las cejas y parpadeó, sonriente. A pesar de que siempre sentía un pellizco en el corazón cada vez que se alejaba de Tommy, como sabía que esta vez estaba en buenas manos, se alegraba por nuestro amigo, así que tenía atención de sobra para prestarnos a los demás.
               -¿Por?
               -Va a hacer un trío con una cantante y una modelo, y tú lo has emborrachado tanto que probablemente ni se acordará mañana por la mañana-le di una palmada en el hombro y Scott puso los ojos en blanco.
               -No lo he emborrachado-se defendió, levantando la vista hacia el edificio del hotel en el que habíamos dejado a Tommy, como si supiera exactamente cuál de las luces encendidas en la fachada que convertían la sombra negra del edificio en un panal salpicado de abejas trasnochadoras era la de la habitación en la que Tommy iba a pasar una de las mejores noches de su vida-, se ha emborrachado él solito. Y la modelo es Diana-añadió mientras me robaba el cigarro, como si aquello fuera motivo suficiente para querer que Tommy se olvidara pronto de esa noche.
               Me detuve frente a él, interrumpiendo nuestra marcha a pesar de que cada segundo que me pasaba ahí fuera era un segundo que malgastaba estando lejos de Sabrae. No me malinterpretes; sabía que ella estaba bien, que se lo estaba pasando genial y que apenas le daría tiempo a notar mi ausencia, disfrutando como estaba de la noche con sus amigas y mis amigos, pero… siempre me había burlado del pellizco en el corazón de Scott y Tommy cuando se separaban porque creía que exageraban cuando hablaban de ello.
               Hasta que empecé a sentir pellizcos en el corazón y tirones en el estómago cuando me separaba de Sabrae. Llevaba dos meses y medio con un garfio destrozándome las tripas y el pecho, y ahora que tenía la libertad de su presencia tan cerca, posponerla parecía casi un sacrilegio.
               Casi.
               -Mírame a los ojos y dime que no te la follarías.
               -Es la novia de mi mejor amigo-soltó, como si estuviéramos hablando de eso. Valiente gilipollas estaba hecho. Ya sabía que era la novia de Tommy, y sólo por eso ni él, ni yo, ni Jordan, ni Max la tocaríamos. Ni siquiera Karlie o Tam. Ni ninguno de los conocidos de cualquiera de nosotros, por la cuenta que les traía.
               -Mírame a los ojos-repetí, más despacio, y conteniendo una sonrisa-, y dime que no te la follarías si no fuera la novia de tu mejor amigo.
               Scott se rió y dio una calada del cigarro, negando con la cabeza y evitando mirarme.
               -Gracias-le dije.
               -Ni siquiera voy a hacer el paripé contigo de que me digas lo mismo, porque estás tan en la mierda por mi hermana que es imposible que siquiera mires a otras. Por mucho que las otras sean Diana.
               -Qué poco me conoces, S-me burlé, cogiéndole el cigarro de entre los dedos-. Y conoces todavía menos a tu hermana. Si Saab hubiera sabido a lo que íbamos, seguro que se habría ofrecido a venir con nosotros. Y luego tendrías que haber vuelto a la fiesta tú solo-di una larga calada y le eché el humo a la cara, que se apartó con unos manotazos cansados.
               -No sé si me hace gracia lo dispuesto que estás a arrojar a mi hermana a la cama con Diana.
               -Ah, ¿ahora somos homófobos?-inquirí, tendiéndole el pitillo-. ¿Tengo que ir corriendo a mi casa para coger el móvil y enseñarte el morreo que te pegaste con Tommy delante de toda Inglaterra, y que todavía tengo de fondo de pantalla? Sí que están cambiando las cosas por aquí si te has vuelto un hipócrita. Dios, no podéis vivir sin mí, ¿eh? Me voy dos meses y todos os volvéis tarumbas-no tenía ni puñetera idea de hasta qué punto tenía razón en aquello cuando lo dije, pero ahora, en retrospectiva, no puedo hacer más que reafirmarme en mis palabras.
               -No, subnormal. No lo digo por eso. Es evidente que me la suda a quién se folle Sabrae, teniendo en cuenta que no le digo ni mu cuando se mete en la cama contigo…
               -Porque sabes que está en buenas manos-ronroneé, guiñándole el ojo y cogiendo de nuevo el cigarro.
               -… sino porque es Diana. No tienes ni idea de por lo que nos ha hecho pasar estando en Estados Unidos.
               -Mataría por ver lo muchísimo que te debió de joder no ser el centro de atención por una vez en tu vida en cuando pusisteis un pie en Nueva York-ironicé.

jueves, 23 de noviembre de 2023

Incendio de campeón.

    
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Alec solía hablar mucho de que yo tenía dotas curativas con él, de que sanaba sus heridas más complicadas y era capaz de tranquilizarlo en las situaciones que más le estresaban.
               Lo que se le había olvidado comentar era que también curaba a mí. Y que él tuviera los mismos efectos positivos en mí que yo tenía en él sólo podía significar una cosa: que ganaríamos esa batalla a la que estábamos a punto de enfrentarnos, porque teníamos razón, y mamá y papá se equivocaban.
               Éramos buenos el uno para el otro y nuestra relación nos hacía crecer, no menguar; sumaba, no restaba. Sí, era cierto que había momentos en los que me había causado un dolor inmenso, y momentos en los que ese dolor estaba por llegar, pero en general, sabía que tenía en él un compañero para toda la vida, una roca en la que apoyarme y un trampolín en el que saltar; vientos en los que propulsarme y una cama mullida en la que echarme a dormir cuando estuviera cansada. Que Alec me robara el aliento cuando se ponía jerséis como el que llevaba y también cuando se los quitaba no quería decir necesariamente que me fuera a impedir recuperarlo.
               Su mano en mis lumbares fue lo único que consiguió que mantuviera la compostura mientras subíamos las escaleras del edificio en el que Fiorella tenía su despacho… y mamá su oficina. Había tratado de negociar con ella un espacio neutral en el que vernos, porque sabía que la ambientación del lugar ya condicionaba mucho cómo te sentirías allí y tu actitud, inclinando la balanza a un lado o a otro, pero cuando mamá trató de defender que el local no le suponía ningún tipo de beneficio, me había quedado callada y había mirado a Alec. Él estaba tumbado en la cama, un brazo por detrás de la cabeza, una revista en la otra mano que estaba ojeando con desinterés, apoyada como la tenía en su pierna doblada.
               -Ella misma-había sentenciado mi novio, encogiéndose de hombros y no dignándose siquiera a devolverme la mirada, como si estuviera tan convencido de que las cosas saldrían bien que ni se iba a plantear siquiera una estrategia-. Yo me crezco en ambientes hostiles. Déjala que gane este asalto-me miró por fin-. Los que besan la lona después de llevarse el primer ring son a los que más les jode perder-y me dedicó su Sonrisa de Fuckboy®, la sonrisa que todos los chicos trataban de imitar y sólo él podía hacer bien-. Y son los que más disfrutas derrotando.
               Me había consolado que viera, igual que yo, que mamá estaba tirando de todos los hilos a su disposición para asegurarse la victoria; que me dejara claro que no estaba volviéndome loca. Y me había encantado que Alec estuviera tan decidido a no dejarla sacarlo de sus casillas y perder la concentración.
               Estoy en la final. Estoy en el último asalto. Defiendo el título. Tengo el oro, y no lo voy a perder. Ya no soy el novato. Aquí no voy a terminar subcampeón.
               Tengo el oro, y no lo voy a perder. Tengo el oro. Y no lo voy a perder. Casi me había caído de rodillas cuando recordé la determinación en aquella frase, lo seguro que estaba de que todo iría bien porque él no permitiría que fuera mal.  

martes, 21 de noviembre de 2023

Nuestro Señor y Salvador.


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Debería haberle sugerido que nos trajéramos la carta. Debería haberme preocupado menos por lo que me hacía sentir a mí y cómo me había dado fuerzas para enfrentarme yo solo y desarmado a un ejército entero armado hasta los dientes y creerme en serio que podía ganar.
               Debería haberme dado cuenta de que, mientras que yo tenía mis ideas claras y mi norte bien definido, a Sabrae habían estado bombardeándola durante semanas con que lo que ella creía que era bueno sólo le hacía mal.
               La bolsa de deportes era una declaración de intenciones en toda regla: a mí, sobre que estaba segura de que yo le hacía bien y que estábamos juntos en esto para llegar hasta la final; y a sus padres, sobre que presentaría batalla. Que estuviera segura de sus decisiones no estaba reñido con que sintiera vértigo al haberlas tomado y sospechar sus consecuencias, pero que estuviera dispuesta a dar la vida por mí no hacía que el cadalso no dejara de imponerle respeto.
               Tenía que haber sido más listo. Tenía que darme cuenta de que, por mucho que a mí me diera igual pelear con mis manos desnudas, Sabrae sí necesitaba armas. Estaba más cansada y desgastada por todo el tiempo que llevaba defendiendo lo nuestro en la soledad. Además, la carta era el anclaje que tenía a todas sus convicciones, la representación de la seguridad que tenía en que no se había equivocado conmigo.
               Joder, yo era boxeador. Nadie mejor que yo entendía el significado de los símbolos, la importancia de los tótems y lo fundadas que están en realidad las supersticiones. Muchos combates ya están sentenciados mucho antes de subir al ring. Había visto demasiadas veces a rivales que se ataban los cordones tres veces, que comprobaban sus guantes hasta la saciedad, que los sacudían en el aire para asegurarse de que los tenían bien fijados… incluso yo mismo me golpeaba las manos enguantadas unas contra otras para asegurarme de que todo estaba en orden y recordarme a mí mismo que podía con todo lo que me echaran y más.
               Siempre había mirado el premio que estaba en juego cuando recorría el pasillo que me conducía al cuadrilátero desde los vestuarios, y había prestado mucha atención al público que coreaba mi nombre. Cuando no lo hacían, miraba con más intensidad el premio y dejaba que los  abucheos se disiparan hasta convertirse en un zumbido en la parte de atrás de mi cabeza, decidido a demostrarles que se equivocaban.
               -No pierdas de vista lo que vas a ganar cuando termine el combate justo antes de empezarlo-me decía siempre Sergei, arrodillado frente a mí en los vestuarios y tendiéndome el protector-. Pero, en cuanto toques las cuerdas y las atravieses, quiero que te centres en lo que tienes delante. Porque ese cabrón que vas a tener enfrente será lo único que se interponga entre tú y lo que quieres. Sólo tienes que desearlo con más ganas de lo que lo hace él. El trofeo le pesará más. El cinturón le quedará peor. Las tías que esperan impacientes para abrirse de piernas para el vencedor no se lo pasarán igual con él. Mira el trofeo, Alec. Es tu destino.
               Siempre lo había hecho. Mirar el trofeo, comprobar los guantes, asegurarme los cordones y desentumecerme los músculos.
               Y luego me había lanzado hacia mi oponente igual que un pitbull. Lo llevaba en la sangre, en el ADN, entretejido en el tapiz de mi vida igual que el ser hijo de mi madre, hermano de mi hermana o, ahora, novio de Sabrae. Lo tenía tan interiorizado que ya ni siquiera necesitaba repetirme las instrucciones de Sergei. Átate bien los cordones. Ajústate los guantes. Mea justo antes de salir. Bebe agua.
               Mira el trofeo.
               Miré a Sabrae, que caminaba con la mirada perdida en el punto en el que pronto aparecería la casa de Tommy igual que una vaca consciente de adónde va mira por la ventana del camión en el desvío de la autopista al matadero.
               Lo tenía interiorizado y ya no necesitaba ni los guantes, ni los playeros, ni el público, ni el trofeo. Había peleado en los suficientes combates como para saber reconocerlos incluso con los ojos cerrados.
               Pero que yo lo hiciera de forma tan natural no significaba que Sabrae pudiera recordar su propia fuerza, o que el camino fuera más fácil.
                Puto subnormal, pensé cuando Sabrae se mordió el labio y me apretó la mano que me había cogido cuando salimos de su casa, sintiendo que el silencio en el que la dejábamos, que reinaba por debajo de nuestra charla insustancial sobre lo que haríamos estos días mientras yo estaba con ella, era premonitorio de lo que tendríamos en casa de los Tomlinson: una guerra y luego un entierro. Deberías haberte dado cuenta.
               Puede que en su casa vacía, en su habitación llena de los recuerdos que habíamos formado juntos, estuviera muy segura de que venceríamos y de que no le dolerían las heridas de la batalla, de que no habría obstáculo que no pudiéramos superar ni ataque que esquivar. Pero, a medida que nos acercábamos a la fortaleza, más desnuda se sentía ella. Más débil y vulnerable.
               El dragón apenas era una motita de polvo en la distancia, a salvo en esa mansión de cuatro paredes en la que nos habíamos visto desnudos por primera vez. Pero ahora que estábamos a las puertas de donde reinaba, sus alas oscurecían el cielo, su aliento caldeaba el ambiente, y sus rugidos hacían temblar el suelo.
               Y su sombra era tan grande y negra que te hacía creer que habías alucinado con la existencia de un sol.

domingo, 12 de noviembre de 2023

La chica del sol.


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No quería moverme de allí. Sabía que era egoísta hasta la saciedad, por todos los sacrificios que Alec había hecho para venir para el cumpleaños de Tommy, pero no quería moverme de allí. Estaba tan a gusto a su lado en la cama, todas mis preocupaciones al otro lado de la puerta, protegida por su brazo, que me daba calor y me protegía a partes iguales, que no veía ninguna razón por la que debería moverme de su lado y seguir con mi vida como si no se hubiera hecho pedazos en todos los sentidos posibles, excepto en uno.
               Suerte que ese uno era el más importante de todos.
               Le acaricié el costado a Alec con la nariz, depositando un suave beso en una parte en la que se veían las contracciones de su corazón. Él estaba tranquilo, con la vista fija en el techo, sumido en sus pensamientos mientras me acariciaba de forma distraída el costado, una sonrisa mal disimulada curvándole la boca, la otra mano por debajo de su cabeza. Había intentado bajarme de encima de él un par de veces mientras lo hacíamos, pero en todas ellas él me había sujetado con fuerza por las caderas y me había mirado con una intensidad que me habría dejado clavada en el sitio si de repente me hubiera vuelto sorda y no hubiera podido escuchar sus palabras:
               -No. Para poder adorarte como nos merecemos tengo que estar debajo de ti.
               Como nos merecemos había sido la clave para que yo no me moviera, porque estaba lejos de creer que Alec estuviera por debajo de mí o que fuera él quien tuviera que adorarme a mí, pero lo había dejado correr por lo bien que me sentaba y la forma tan deliciosa en que su cuerpo encajaba perfectamente con el mío, como si quisiera sacarme cualquier duda improbable (casi imposible) de que no hubiera nacido para estar así con él. Llenándome. Satisfaciéndolo. Dejando que diera sentido a cada rincón de mi cuerpo, especialmente aquellos a los que los otros no habían sido capaces de llegar.
               Había tenido mi bien merecido descanso cuando habíamos acabado, su cuerpo tensándose debajo del mío y mis labios sobre los suyos, con mi pelo cayéndole en cascada y haciéndole cosquillas en el rostro y los hombros mientras gemía su nombre y él gruñía el mío. Habíamos tenido la inmensa suerte de llegar al orgasmo a la vez, lo cual me parecía una señal más de que había tomado la decisión correcta. Habíamos llegado juntos en algunas ocasiones más, y siempre que nos sucedía yo no dejaba de ver lo importante de la situación, lo especial, especialmente después de que Alec me dijera que sólo le había pasado otra vez con otra persona.
               Estaba agotada cuando me tumbé a su lado, y él notó que no se debía solamente a la actividad física a la que me estaba entregando y a la que pensaba seguir entregándome estos días. Aunque tenía muy claro lo que pensaba con respecto al voluntariado y si debía seguir o no en él, yo no sacaría el tema si él no lo hacía, y me despediría de él en el aeropuerto igual de a regañadientes que lo había hecho las veces anteriores, por lo que estaba aprovechando cada minuto que me había regalado de estos tres días que íbamos a estar juntos como si fueran los últimos que pasaba con vida. Creo que una parte de mí los quería aprovechar porque era exactamente así como los sentía.
               Que me acercara a él fue una bendición para mí, a pesar de que era lo que siempre hacía.
               -¿Te ha gustado?-me preguntó el único rey ante el que estaba dispuesta a postrarme, también como siempre hacía. Y yo había asentido con la cabeza, maravillándome por la bendición que también suponía tenerlo conmigo, y acurrucándome a su lado, dispuesta a vivir de su calor corporal en las noches más frías del invierno, le pregunté:
               -¿Y a ti?
               -Ha sido genial-dijo, besándome la cabeza.
               -Espectacular-ronroneé yo, devolviéndole el beso en el costado.
               -Sensacional-replicó él, sellándolo con otro beso.
               -Irrepetible-zanjé yo, devolviéndole de nuevo el beso.
               -Oh, espero que lo repitamos un montón de veces más-coqueteó, tomándome de la mandíbula y levantándome la cabeza para darme un beso en los labios que yo había recibido con una sonrisa agradecida. Y luego, con su mano en mi cintura y mis pies acariciándole las piernas, Alec se había pasado la mano por detrás de la cabeza y se había quedado mirando el techo. Esos momentos de silencio después del sexo eran algo que yo no me había dado cuenta de que echaba de menos hasta que no regresó conmigo y nos volvimos a acostar; siempre que había terminado de masturbarme pensando en él había sentido una extraña sensación de vacío, como si hubiera algo que no cuadraba en la forma mecánica y sin ceremonia en que iba al baño, me aseaba, lavaba los juguetes que hubiera utilizado y recogía mi habitación, pero nunca había sido capaz de decir el qué echaba de menos (aparte de a él, claro) o, siquiera, de notar que había algo que no encajaba.

domingo, 5 de noviembre de 2023

París tras un apagón.


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Me obligué a mí misma a continuar con la vista fija en él a pesar de que lo único que quería era desaparecer precisamente porque aquel tenía que ser mi castigo. No el pelearme con mis padres, no el quedarme sin hogar, no el que mis noches se hicieran eternas, oscuras y terroríficas cuando antes habían sido demasiado efímeras, muy luminosas, y la mejor parte de mi vida. Era esto lo que yo tenía que sufrir, el precio a pagar por lo que había hecho en agosto, cuando no había sido capaz de poner a Alec por delante de los demás, del qué dirán, de las miles de explicaciones que tendría que dar si decidía concederme el deseo más sincero que había tenido nunca y simplemente pasaba página.
               Ver la cara de Alec en el momento en que adivinaba lo que yo había hecho, los medios que había seguido para tratar de atarlo a mí.
               Soltó despacio el aire que había estado reteniendo en sus pulmones para luego contener la respiración. Tenía la mirada fija en un punto del suelo, a los pies de la cama, el gesto concentrado mientras buceaba en las profundidades de su memoria…
               … y se quedó completamente quieto cuando recordó.
                Parpadeó una, dos, tres veces. Y luego levantó la vista y se me quedó mirando como quien observa a un monstruo a cuyas víctimas lleva toda la vida enterrando, y que descubre que es  incluso más horrible que lo que creía su imaginación.
               Pude ver en su mirada cómo iba procesando poco a poco todo lo que significaba la conclusión a la que acababa de llegar, que no era poco, precisamente. Para empezar, suponía que yo no había sido capaz de poner nuestro amor por delante de las dificultades que los demás podrían interponer en mi camino, lo cual era exactamente lo que él llevaba haciendo desde que regresó a Etiopía. Si me había mentido había sido para protegerme, y aunque me dolía muchísimo imaginármelo solo y desesperado, sin ganas de hacer nada más que matar el tiempo y que los días no le pasaran lo suficientemente rápido para que esa condena que no se merecía se terminara cuanto antes, entendía perfectamente que lo había hecho por mi bien, porque yo le había mentido por su bien. No me había dicho nada creyendo que me culparía a mí misma de que Valeria no supiera ver lo increíble que era y el gran partido que podían sacarle si se lo proponían, y en gran parte tenía razón. Si hubiera sabido llevar mejor lo nuestro, si no hubiera reaccionado como lo hice, puede que Alec no hubiera tenido que venir de forma anticipada y nada de esto estaría pasando.
               Así que, sí, me merecía que me juzgara.
               Además, que yo no le hubiera dicho la verdad suponía que había estado sacrificándose para nada, alimentándose de una esperanza que se había quedado en solamente eso: una esperanza que jamás se haría realidad
               Suponía también que estaba dispuesta a morir creyendo lo peor de él, todo con tal de no tener que vivir en un mundo en el que no tuviera que defenderlo. Suponía que mis padres pudieran tener razón: quizá se equivocaran en la premisa de que era Alec el que no era bueno para mí, pero el caso es que yo había contaminado nuestra relación, así que el resultado era el mismo que si lo hubiera hecho él.
               Y suponía que Jordan le había dicho lo que yo había hecho con pelos y señales, y él había decidido no escucharlo. Había decidido no hacer caso a su mejor amigo por creer que no me pasaría nada, que estaba cabreado porque yo estaba tratando de encontrar refugio en otros chicos porque verdaderamente lo quería y no porque necesitara hundirme más abajo de lo que creía que ya lo estaba él.
               Suponía que no me lo merecía. Si no estaba dispuesta a apechugaran con ninguna de las decisiones que había tomado con respecto a él, fueran buenas o malas, y tenía que recurrir a métodos dudosos que me ayudaran a desprenderme de mi conciencia, no debería estar con él. No había espacio para mí en esa cama, en su ciudad o en mi vida. Le habían quitado la sabana para, ¿qué? Para una chica que no era capaz de ver más allá de su ansiedad y ponía en peligro todo lo que tenía con tal de estar con él, en vez de acompañarlo en sus meteduras de pata y perdonarle sus errores antes de lo que él pudiera.
               -Alec…-empecé, estirando la mano hacia él, porque soy basura y porque nunca dejaré de serlo, y porque como buena basura, necesitaba de su consuelo.
               Sin embargo, Alec se incorporó hasta quedar sentado al borde de la cama, las piernas separadas, los codos en las rodillas, el mentón en las manos. Clavó la vista en la ventana de la pared, en la que más o menos se intuía nuestro reflejo, y empezó a golpetear el suelo con el talón.
               Después de lo que me pareció una eternidad, Alec sacudió la cabeza, se pasó una mano por el pelo y se puso de pie. Sin decir nada, con la mandíbula apretada y sin tan siquiera mirarme (un privilegio que, descubrí justo entonces, acababa de perder), recogió sus bóxers del suelo y se los enfundó.

lunes, 30 de octubre de 2023

Sinfonía.


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Bueno, pues ya estaba. Ya había abierto las puertas del infierno y la lava empezaba a subir de nivel como si estuviera encerrado en una cámara acuática en la que terminaría ahogándome, sólo que este líquido no era el origen de la vida, sino más bien su destrucción. Lo que no me cuadraba del todo era que no terminara de quemar… o la extraña sensación de alivio que me recorría el cuerpo, justo por debajo de la piel, cuando vi que me encontraba en un callejón sin salida del que sólo podía escapar retrocediendo.
               Aunque siempre había tanteado con los límites de la autoridad, lo cierto es que no se podía decir de mí que no fuera un buen chico, así que no me esperaba encontrarme en la situación en la que lo hacen los ladrones al final de las pelis: con una brigada entera de policías armados hasta los dientes apuntándoles con sus pistolas y gritándoles que pongan las manos detrás de la cabeza.
               Ella quería que nos acostáramos porque lo que tenía en casa le superaba. Yo quería que nos acostáramos porque lo que tenía en Etiopía me superaba. Pero había aprendido por las malas lo pésimo que resulta el sexo cuando lo usas como tirita para una herida que es emocional. Cuando son las palabras las que te hacen daño, sólo las palabras pueden curarte. Cuando son las mentiras las que te empujan a un callejón sin salida, sólo la verdad puede sacarte de allí.
               Así que allí estábamos los dos, desnudos físicamente y a punto de desnudarnos también metafóricamente, la tensión entre nosotros creciendo a pasos agigantados. Todo lo que le había dicho a lo largo de estas semanas me ardía en la boca como el fuego de un dragón al que le dan la orden de diezmar los terrenos de caza en los que un día fue feliz con su amo, pero tenía que confiar en que de las cenizas brotarían cosas mejores. Sabrae no se merecía esto; yo tampoco lo hacía, pero especialmente Sabrae no se merecía que este muro que yo había empezado a levantar entre nosotros en el momento en que decidí que no era lo bastante fuerte como para afrontar la verdad continuara creciendo y creciendo hasta que llegara un punto en el que ni nos viéramos las caras, ni pudiéramos tampoco escalarlo.
               Joder, odiaba lo que tenía que hacerle: saber que sería yo el que tendría que abrirla en canal era suficiente para que quisiera coserme la boca con una aguja oxidada, pero si la quería tenía que respetarla, y sólo diciéndole la verdad podría darle a Saab el respeto que se merecía. Incluso cuando sabía lo muchísimo que le iba a doler.
               Incluso cuando ya la tenía ante mis ojos sufriendo, luchando por respirar, tratando de procesar la traición que más dolía, porque era precisamente de quien más te la esperabas. En sus ojos alarmados pude ver que consideraba todas las cosas que a mí me habían torturado durante un mes y medio, las preguntas que había estado haciéndome desde que me bajé del avión y Valeria me castigó. Y  ella tenía que dolerle incluso más, porque donde yo había tenido el consuelo de mi ignorancia, ella sabía que mi sacrificio había sido en vano. Todo por lo que yo había luchado, la luz por la que me había levantado cada mañana y que había dejado que me guiara en caminos que por lo demás eran oscuros, no era algo bueno y puro como podía serlo el Sol, sino una pobre réplica que alguna especie alienígena había creado para mantenernos encerrados en ese mundo vacío, con un status quo que sólo servía para hacernos daño.
               Sabrae jadeó contra mi pecho, la brisa que antes me había dado alas ahora convertida en un huracán que haría que me estrellara.
               -Madre mía, Alec… madre mía… es que te voy a matar.

lunes, 23 de octubre de 2023

Nunca su inicial.


¡Hola, flor! Sé que me estoy aficionando a esto de los mensajes antes del capítulo y que resultan pesados, pero hoy más que nunca están justificados. Resulta que ayer se cumplieron 6 años desde el final de Chasing the Stars. Como ya dije por Twitter ayer, cuando me di cuenta de qué día era, me parece una locura celebrar su aniversario escribiendo los mismos nombres de los que hace seis años creía que me estaba despidiendo para prácticamente siempre (recordemos que iba a hacer que Sabrae durara entre diez y veinte capítulos; y hoy, a un día del sexto aniversario de CTS estoy publicando el quincuagésimo capítulo de la cuarta parte de ese spinoff) y, aunque tuve que reconciliarme en su momento con Sabrae, me siento tremendamente feliz de haber llegado hasta aquí. Y eso, en parte, es gracias a ti. Así que, si estabas aquí hace seis años y sigues aquí ahora (hola, Paula), si llegaste más tarde (hola, Paula y Ana), o si te quedaste por el camino (no puedo saludarte, porque esto ya no lo vas a ver)… muchísimas, muchísimas, muchísimas gracias por haber dedicado tu tiempo a hacer que Scott, Tommy, Diana, Layla, Chad y compañía estuvieran vivos mientras los leías. De no ser por esos minutitos, seguramente no estaríamos hoy aquí.
¡Muchísimas gracias, de verdad! Y ahora, ¡disfruta del cap !
 
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No descubrí que tu corazón podía no sólo romperse, sino pulverizarse, hasta que no vi la habitación de Josh vacía. Las sábanas revueltas, los objetos personales del crío y de su madre esparcidos por la habitación, cuando ella era más que cuidadosa y trataba de infundirle a su hijo una disciplina que sólo se encontraba en la organización, quizá tratando de recuperar un poco de control sobre la vida de su pequeño allí donde todo se iba al traste, eran todo lo que necesité para caer en picado hacia una locura que había estado tratando de alcanzarme desde la madrugada anterior. Podía soportar que Sherezade y Zayn me odiaran; podía soportar estar a miles y miles de kilómetros de mi novia, mi familia y mis amigos mientras me castigaban día sí, día también y se esforzaban en que sufriera cada minuto del voluntariado sin encontrar ningún tipo de distracción en mi trabajo; podía incluso sobrevivir a que Sabrae estuviera pasando un mal momento por su relación conmigo (ni de coña me hacía gracia, pero al menos sabía que siempre mostraríamos un frente unido, al menos en lo que a mí respectaba).
               A lo que no podía sobrevivir era a que Josh muriera. No podía sobrevivir a su cama vacía y desordenada, a sus juguetes tirados por el suelo, al bolso de su madre abierto y las cosas desparramadas en una silla que estaba harto de contemplar ocupada por mi propia madre, un mueble que jamás debería tener utilidad y que no tendrían que haber inventado nunca.
               Fueron unos segundos aterradores que colmaron un vaso que yo no sabía que llevaba llenándose dos meses. Estaba acostumbrado a detestarme y a sentir que una parte de mí se rebelaba contra mi propia existencia; sólo después de que Sabrae obrara su magia conmigo había empezado a pensar que había esperanza también para mí, y que ese estado de felicidad perfecta en el que me encontraba cuando estaba con ella podía convertirse en mi estado por defecto y no en algo que alcanzaba brevemente, más incluso que los orgasmos que experimentaba estando con ella. Pero esto… ni siquiera podía pensar en lo que le había hecho a Sabrae durante el voluntariado y que había terminado desencadenando la situación con sus padres; no podía pensar en lo mucho que me dolía estar lejos de ella.

martes, 17 de octubre de 2023

Tres días de paz, diez meses de pesadilla.


¡Hola, flor! Sólo quería recordarte que hoy es un Evento Muy Importante: ni más ni menos que el cumpleaños de Tommy. Sí, has leído bien. Sí, quiero reseñártelo porque, ¡está pasando en la novela! Me está haciendo ilusión estar escribiendo en la misma fecha, y todo.
En fin, ¡disfruta del cap! (Dijo la bruja mientras procedía a continuar el capítulo más traumático de la historia de Sabrae). ¡Muac, muac!

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Me pregunté si era así como se sentían los cuidadores de las reservas naturales cuando se encontraban a la camada de un animal en peligro de extinción hecha pedazos, el futuro de una especie hermosa que no se merecía desaparecer de la faz de la tierra por culpa de la acción humana hecho trizas en la hierba dorada.
               Notaba que el corazón me martilleaba en los oídos y las sienes, marcando el ritmo de unos tambores de guerra que me estaba costando horrores no seguir. Si no me ponía en marcha era precisamente porque sabía que Saab me necesitaba más de lo que necesitaba que la vengara, pero el canto de las represalias era terriblemente tentador.  A pesar de todo, logré reunir en mí la fuerza como para incorporarme y no ir en busca de Zayn y Sherezade para darles lo que se merecían.
               Sabía que tenía que estarles agradecido, y así sería durante toda mi vida, porque gracias a ellos yo tenía ahora a Sabrae. La habían encontrado por mí, la habían criado para convertirla en esa chica increíble que me enorgullecía más que nada que hubiera logrado en mi vida el poder llamar mía, y sabía que habían estado ahí para limpiarle las lágrimas que yo había puesto en sus ojos en demasiadas ocasiones. Pero no podía perdonarles esto, por mucho que supiera que les debía la vida y la felicidad. No podía perdonarles que la hubieran conducido al borde del precipicio y la hubieran empujado finalmente al vacío, observando desde su cima cómo Sabrae luchaba contra una marea embravecida que sólo deseaba devorarla. Su reacción cuando a Sabrae le dio el ataque de ansiedad me había sabido a poco, sobre todo para dos personas que estaban más que acostumbradas a lidiar con situaciones así.
               Sabrae me miraba sin entender, el cansancio de la discusión y la noche anterior a ésta, en la que lo había dado todo, sabedora de que tendría que aprovechar cada segundo conmigo, haciendo mella en sus ojos castaños. Podría instalarme en ellos y no salir jamás de su mirada, ¿y todavía le preocupaba que yo la abandonara? ¿Por qué? ¿Por tratar de protegerme de mis estúpidos demonios, esos que eran más listos y más fuertes que yo y que habían sabido esperar a que me alejara de mi punto más débil para hacerme daño a través de él?
               No debería haberme marchado nunca, pensé mientras sostenía la mirada de una Sabrae que estaba rota por dentro, y cuya alma me costaría mucho, muchísimo remendar. Ya no era sólo por mí y por lo que me había hecho su ausencia, el tenerla lejos y echarla de menos hasta el punto de que me dolía en niveles en los que jamás pensé que tuvieras sensibilidad hasta que no noté cómo me ardían; era también porque me había hecho darme cuenta de que yo no podría protegerla de todo lo que le hiciera daño. Sí abarcaba bastantes cosas, sí podía conseguir que se quisiera de nuevo, pero… me daba la sensación de que la otro lado de la puerta había heridas letales e incurables. Que Sabrae había dejado de ser mi Sabrae de siempre cuando me subí al avión. Demasiado ocupado como estaba a mediados del verano por aquello a lo que iba a renunciar, la presencia de una criatura tan hermosa y perfecta que a veces me parecía una quimera, no había contado con el precio que Sabrae pagaría por tenerme lejos. Me había centrado demasiado en las experiencias que se perdería (nuestro aniversario, una primera cena de Navidad en casa de unos suegros que la adorarían, el tenerme allí con ella para todo lo que necesitara, vivir el primero de mis cumpleaños en los que ya no estaría soltero, y también tener todo el sexo que le apeteciera) y no había dedicado atención a aquellas a las que se tendría que enfrentar sola. La tentación de cuando le gustara un chico y su lealtad hacia mí le hiciera creer que no debía iniciar nada con él. Sus amigas echándose novios y ella sintiendo celos de que tenían todo a lo que yo la había hecho renunciar. Sus padres viéndola marchitarse mientras me esperaba y preguntándose  si no se habrían equivocado conmigo.
               Claro que no contaba con que Sher y Zayn lo harían tan rápido, ni tan tajantemente. Ni siquiera se me había ocurrido que el que se volvieran en mi contra fuera una opción, pero incluso entonces me habría parecido que se alegrarían de verme. Sí, vale, la última experiencia conmigo en casa no había sido precisamente agradable, pero tenían que entender que tenían a una chica de quince años en casa, no a una embajadora con una larga carrera diplomática a sus espaldas que sería capaz de poner el bien común del planeta y sus habitantes por encima de sus deseos. O el bienestar de un hermano al que echaba de menos y al que le gustaría tener más en casa por encima de la necesidad de recuperar el tiempo perdido con un novio que le había robado la  mejor parte de las relaciones: el primer año. El primer año en el que todo son celebraciones, orgullo e ilusión.
               Yo le había quitado eso a Sabrae. Era normal que su primer impulso fuera tratar de recuperarlo de cualquier forma, incluso si eso suponía que su familia tuviera que hacer un sacrificio como el que tenían que hacer con Scott. Por eso me parecía tremendamente injusto que me hubieran puesto una diana en la frente por la discusión que Saab y Sherezade habían tenido hacía un mes y medio, y que todavía siguieran con esa cantinela me ponía todavía de peor humor. Era su hija, por el amor de Dios. ¿Cómo podían darle de lado así?
               Sí, cuando Sabrae me confesó que había ocultado mi presencia en Inglaterra a propósito me había chocado un poco al principio. Supongo que todas las cosas buenas que Zayn y Sherezade habían dicho de mí, cómo se habían alegrado cuando fui a ver a su hija por sorpresa, realmente calaban hondo. Pero cuanto más tiempo pasaba, cuantos más segundos le asomaban lágrimas en los ojos a Sabrae, más entendía yo por qué no había dicho nada. Por qué yo era ahora un secreto que tenía que mantener lejos de sus padres.
               Si la situación fuera a la inversa y fuera mamá la que estuviera en contra de mi novia, la solución para mí sería sencillísima: sintiéndolo en el alma porque había sido muy feliz con mi familia, me iría de casa. Porque, como Sabrae había dicho, yo prefería ser de ella antes que de mi madre. Yo era de ella antes que de mi madre. Ser Alec Whitelaw era una pasada y el apellido que ahora ostentaba había sido mi salvación en muchos aspectos, pero prefería ser solamente Al si eso significaba que estaría con la chica que me había hecho tener ilusión por aprovechar la oportunidad que me habían brindado.
               Pero yo tenía 18 años y maneras de buscarme la vida. Ya era un adulto. Sabrae, no. Sherezade y Zayn podían retenerla en casa y ella no podría hacer nada más que añorar su libertad.
               Aun así… que me hubiera elegido a mí de entre todos los chicos que había en el mundo para poner en mis manos su felicidad… sí,  definitivamente me sentía como el cuidador de una reserva natural que tiene ante sí a una camada de cachorros de alguna especie exótica de la que apenas quedan 20 ejemplares.
               Y, milagrosamente, uno de ellos todavía respiraba.

lunes, 9 de octubre de 2023

Los restos de un naufragio.


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Ella podría haberme pedido un millón de cosas a las que no habría sido capaz de decirle que no ni viviendo mil vidas, incluso aunque no fuera más que un esclavo del tiempo y del destino. Sabía que era mi punto débil, esa niña bonita a la que yo jamás sería capaz de negarle ningún capricho.
               Excepto este.
               Podía pedirme que dejara de decir gilipolleces, que me esforzara por una vez en mi vida y luchara por algo que no fuera a reputarme una satisfacción inmediata como lo había hecho con los estudios; podía pedirme que sentara la cabeza y no me conformara con polvos sin sentimientos y me esforzara por merecerme el amor de alguien que verdaderamente me importara, y a la que yo le importara también; podía pedirme que me fuera a miles de kilómetros de ella y que sobreviviera a su ausencia y a mi necesidad de tenerla entre mis brazos para alejar de nosotros cualquier pesadilla. Joder, podía pedirme que me creyera que de verdad me merecía el inmenso amor que la gente me dedicaba, que cambiara totalmente la concepción que tenía de mí mismo. Dios, podría incluso pedirme que le bajara la Luna, y yo lo haría.
               Pero no podía pedirme lo que acababa de pedirme. No podía ir en serio cuando me dijo que necesitaba tiempo para entrar en casa y que, pasara lo que pasara, no cruzara el umbral de aquella puerta que tantas veces había significado felicidad para mí, si lo que iba a haber detrás de ésta era una bomba de relojería que llevaba su nombre y que se activaba con el sonido de su voz.
               No podía pedirme que me quedara en el porche de su casa mientras Sherezade descargaba sobre ella una rabia que Sabrae no se merecía, y que mi chica no había provocado. Podría entender que estuviera preocupada, o que la esperara hasta las tantas de la madrugada para asegurarse de que yo la traía a casa sobria y de una pieza, pero ¿a qué cojones se debía este espectáculo?
               Escuchar cómo Sabrae le suplicaba a Sherezade que se tranquilizara y dejara que se explicara hacía estragos en mi estabilidad mental. Y que Sherezade no le hiciera el menor caso y siguiera y siguiera gritándole me llevaba mucho más allá de lo que pensaba que era mi límite de paciencia, una que todos decían que era infinita, pero que ni de coña se le parecía.
                La sangre me hervía en las venas, con lo que la temperatura del exterior de aquella noche de mediados de octubre en la que todos en mi grupo de amigos principal era todavía más fría. Noté que me temblaban las piernas, y que había cerrado los puños de la rabia, apretándolos como no lo había hecho ni siquiera en los combates que más me habían acojonado y a los que me había subido al ring pensando que iban a matarme allí mismo.
               Y, precisamente por ese terror y ese descenso a lo más profundo de mi ser, donde me esperaba la bestia que todos llevamos dentro y que se había alimentado de mis miedos e inseguridades durante tanto tiempo que su apetito ya era insaciable, fue por lo que no pude aguantarlo más.
               Con la imagen de Sabrae temblando mientras miraba la luz que se colaba a través de la ventana del salón quemándome las retinas di el primer paso para agarrar el pomo de la puerta. Sherezade estaba gritándole a Sabrae que era una irresponsable, que era una niña malcriada y consentida, que la culpa era suya y que ahora le iba a poner remedio. Remedio, ¿a qué?, ¡si tenía el ser humano más perfecto y bueno en su casa!
               La amenazó con encerrarla en casa; a ella, el ave más hermosa, la única cuyas alas podían transportarla entre mundos con apenas un par de aleteos; la que desataba tormentas y apaciguaba huracanes.
               -Eres una vergüenza-escupió Sherezade con un odio que… que… me recordó muchísimo a las primeras palabras que era consciente de haber escuchado en mi vida. Eran las palabras de mi padre mientras insultaba a mi madre, le decía que no era nada y que se lo debía absolutamente todo a él, así que debería estarle agradecida de que sólo le pegara y no acabara con su patética e inútil vida-. No sé qué coño te pasa. Estás absolutamente descontrolada. Desde que Alec te puso los cuernos…
               Me detuve en seco justo bajo el marco de la puerta. Por descontado, no me sorprendía que sus padres supieran lo que nos había pasado durante mi primera semana del voluntariado; después de todo, había estado demasiado mal durante demasiado tiempo como para no terminar contándoselo. Además, Saab lo hablaba todo con su madre, así que era evidente que estaría al corriente de aquel desliz fantasma que me había achacado a mí mismo pero que no había cometido en realidad.
               Pero que Sherezade se lo echara en cara… como si Saab tuviera la culpa de que yo no supiera gestionar bien mi propia ansiedad… tomé aire y lo solté muy despacio, dispuesto a cruzar la habitación y gritarle a Sherezade que a mí nunca, nunca se me ocurriría hacerle daño a propósito a su hija.
               No obstante, no hizo falta. Porque donde Saab se había defendido con timidez, tratando de que su madre la escuchara, explotó en una reacción en cadena propia de la fisión nuclear.
               -¡ALEC NO ME PUSO LOS CUERNOS!-bramó con la potencia de unos pulmones que podrían desbancar perfectamente a los de Scott y Eleanor combinados. Me sentí tremendamente honrado de que alguien como Saab estuviera dispuesta a sacar las garras por mí cuando ni siquiera lo hacía por ella, y sólo por eso me mantuve al margen de la discusión. Tiene que librar sus propias batallas, me dije. Éramos un equipo, y los equipos no se torpedean los unos a los otros. Sabía que Sherezade estaba cabreada porque se había ido conmigo sin pensar en las consecuencias, y hasta cierto punto podía entender que se enfadara porque a Saab se le hubiera ido el santo al cielo, pero… la verdad, este puto circo que le estaba montando me parecía excesivo.
               Claro que, habiendo sido el semental más salvaje de todo Londres y estando ahora más que feliz cada vez que mi amazona me sacaba a pasear al trote por las calles de la ciudad, sabía de sobra que Sabrae sería capaz de salir victoriosa de aquello.
               O eso creía yo.