miércoles, 23 de noviembre de 2022

La reina del Olimpo y la del Hades.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Sabía que no tenía ningún derecho a hacerlo y que mi ansiedad debía ser una parte de mis muchos castigos, pero no podía evitarlo. Una cosa era torturarme con cómo había engañado a todo el mundo haciéndoles creer que yo me merecía su amor y que apostaran por mí, y otra muy diferente era torturarme pensando en lo que le había hecho a Sabrae. Había llegado a un nuevo nivel de ruindad que bien me merecía tener que soportar, pero no era lo bastante fuerte como para poder sobrevivir a lo que suponía vivir ahora mismo en mi cabeza.
               Además, me dije mientras marcaba un número que me sabía de memoria, y que decía bastante de mí que todavía no hubiera mostrado a ese teléfono, lo que estaba a punto de hacer todavía podía ser algo que me podía hacer daño. Algo que me estallaría en la cara y me haría darme cuenta de que, efectivamente, todo se había acabado.
               El daño que había hecho era irreparable y yo no tenía modo de regresar a la casilla de salida, por mucho que Sabrae estuviera tratando de encontrármelo.
               El teléfono ni siquiera dio un par de toques antes de que mi voz de la razón en masculino contestara.
               -Me preguntaba cuándo ibas a llamarme-bromeó Jordan, y lo escuché atravesar un pasillo y cerrar una puerta. Por el sonido de sus pasos en el suelo supe que acababa de meterse en la habitación de Shash, la única en la que el parqué del suelo estaba completamente libre.
               -Aparentemente no sólo soy un novio de mierda; también soy un amigo de mierda-dije, jugueteando con el cable del teléfono y evitando mirar las fichas que Valeria tenía encima de la mesa: las del personal del campamento; seguramente estaba terminando de repartir tareas y de asignar a cada uno su labor definitiva. Me pregunté si se cabrearía mucho si yo me iba ahora o si, por el contrario, agradecería que le hubiera ahorrado el trabajo que supondría asignarme unas tareas que luego tendría que cubrir con otra persona.
               Escuché cómo Jordan se rascaba la cabeza a seis mil kilómetros de distancia.
               -Yo ya los he visto peores-respondió, y cerré los ojos. Tenía ganas de vomitar, todo me daba vueltas, y sin embargo sentía una extraña calma, como el juicio queda visto para sentencia y el juez está deliberando en su despacho. Ya no es momento de decir nada más. Las cartas están sobre la mesa.
               Las cartas llevaban sobre la mesa mucho tiempo.
               Porque quiero ser libre, y quiero ser tuya.
               No quiero perderme en la oscuridad de la noche.
               Esta vez estoy lista para correr. Renunciaría a todo lo que tengo por tu amor.
               Me lo había dicho. Me lo había dicho, joder. No había manera de que me lo dejara más claro. Y yo había sido tan cabrón y tan imbécil y tan mierdas que había necesitado escuchárselo decir de su boca de forma directa, como si en algún momento fuera a necesitar echarle la culpa por las decisiones que yo había tomado.
               Como si en el fondo supiera que iba a pasarme esto y yo no quisiera siquiera darme esa posibilidad, por remota que fuera ahora, por imposible que me pareciera entonces.
               Y yo también, me había dicho cuando nos despedimos hacía apenas un par de minutos, el peso del mundo sobre sus pequeños hombros, esos que siempre le dolían aunque ella no lo dijera, los que se le ponían rojos tras cargar con sus libros en la biblioteca, los que cedían tan bien bajo la presión de mis dedos, que siempre generaban una dulce presión en sus hombros.
               Ella se merecía masajes relajantes, no dolores de cabeza. Necesitaba tener a la persona que yo había sido estando con ella, cuando su amor me había curado y su luz había hecho retroceder las sombras que me componían. Pero ahora estaba cayendo la noche, estábamos al borde del bosque, y no sólo teníamos que huir de los lobos: Sabrae también tenía que encontrar la manera de alcanzar su máximo potencial a pesar de mí. Yo era un árbol de copa frondosa y raíces profundas; ella era una estrella fugaz, siempre persiguiendo el horizonte. Yo estaba hecho para admirarla desde la distancia y estirar las ramas para tratar de acariciarla mientras se dirigía a un destino que era más importante que yo, y sin embargo… había conseguido capturarla y enredarla en mis ramas.
               Se estaba apagando en mis manos. Por mi culpa. Tenía que liberarla, y también liberarme a mí mismo: esto ya no era bueno para ninguno de los dos. Mientras ella se apagaba me estaba prendiendo fuego, e incluso con el asco que sentía por mí mismo no era capaz de reprimir mi instinto de supervivencia.
               -Ella me ha dicho que te lo ha contado.
               Jordan se detuvo un segundo, y seguramente miró de reojo hacia el teléfono. Le conocía tan bien que me parecía mentira haber hecho algo que Jordan jamás me imaginaría capaz de hacer.
               -¿Quién?-inquirió con tranquilidad.
               -Ya sabes quién.
               -Creo que aún puedes decir su nombre.
               -No me lo merezco.
               -Aun así quiero que lo digas. Quiero escuchar cómo lo dices, Al. Sólo así sabré si es verdad.
               -Es verdad. Tú mismo le has dicho que yo no le contaría esto si no fuera verdad. Sé el daño que le estoy haciendo a miles y miles de kilómetros. Lo siento en mi pecho como si tuviera algo clavado, y... sólo quiero que pare, Jor-jadeé, y Jordan tomó aire-. Yo sólo quiero que pare. Yo sólo quiero que pare, Jor. Sólo quiero que pare-gemí, sintiendo lágrimas hechas de lava ardiente desbordarme los ojos y descender por mis mejillas-. Y la única manera de que esto pare es retroceder en el tiempo y no haber hecho esto, pero eso no está en mi mano. Pase lo que pase yo voy a sufrir porque Sabrae va a sufrir, y no puedo perdonarme…
               -Fue Perséfone la que te besó a ti y no al revés-soltó Jordan-, ¿no?
               Sorbí por la nariz y me limpié los mocos que ya me goteaban de ella como un puto niño de dos años.
               -¿Qué?
               -Perséfone te besó, ¿a que sí?
               -¿Y eso qué más da?
               -Te he hecho una puta pregunta, Alec. Me encargaste que cuidara de tu novia mientras tú no estabas, cosa que no puedo hacer si me falta información.
               -Ya, bueno, quizá debería haberte encargado que la cuidaras también de mí para ser un pelín más eficiente-gruñí con amargura, clavando la uña en una esquina de la mesa y apretando los dientes.
               -Alec.
               -Jordan-puse los ojos en blanco.
               -Contéstame. ¿Perséfone te besó sí o no?
               -¿Y eso qué coño más da? La cosa es que yo también participé en ese beso. Le hice daño a Sabrae. Da lo mismo quién lo empezara: lo importante es que yo no hice lo que tenía que hacer. No me aparté a tiempo ni me separé de inmediato ni me quedé quieto, Jordan.
               -Joder. Joder, la madre que me parió, Alec-Jordan se echó a reír semi histérico.
               -¿Qué coño tiene tanta gracia?
               -En realidad no has hecho nada, ¿verdad?
               -¿¡Me estás escuchando!? ¿Sabes lo que me está costando esta puta llamada como para que tú me vaciles de esta manera?
               -¿Te estás escuchando tú? No serías capaz de decir el nombre de Sabrae si no hubiera ni una sola parte de ti que creyera que no lo has hecho. Así que ahí estás-se hinchó como un pavo, orgulloso de sus disquisiciones-, escondido en ese rincón. Creía que no te encontraríamos.
               -Jor… mira, te agradezco mucho el voto de confianza y sabes que yo también te lamería los huevos llegada la ocasión, pero no necesito que me redimas. Estoy hablando muy en serio, por desgracia.
               -Sabía que no estabas preparado para el voluntariado. Lo sabía. Y creí que Sabrae se daría cuenta y dejaría a un lado su puto orgullo y te pediría que te quedaras porque estaba claro que tu ansiedad te iba a comer vivo. No pensé que la chiquilla fuera tan cerradita. De mente, claro-sonrió con maldad-. Porque otras partes, le cuesta más mantenerlas cerradas.
               ¿A qué coño estaba jugando Jordan? Nunca le había escuchado hablar así, en ese tono tan despectivo, de ninguna tía. Que justo escogiera a Sabrae para empezar me cabreó.
               Me cabreó mucho.
               -Jordan-gruñí, sin rastro de las lágrimas en mis mejillas, y con las manos temblorosas-. Yo de ti tendría cuidado. Puede que le haya puesto los cuernos, pero todavía es de mi novia de la que estás hablando.
                -Ahí estás-sonrió Jordan con orgullo-. Te he estado buscando. ¿Te besó Perséfone sí o no?
               Sabía lo que estaba haciendo porque yo lo había hecho un millón de veces antes, tanto con él como con otros amigos, con amigos y también con desconocidos; al final, cuando se trataba de alcanzar nuestra verdad, todos nos volvíamos contrincantes, daba igual los lazos que nos unieran.
               ¿Eso quería? Muy bien. Pues lo tendría.
               Dejaría que me pusiera contra las cuerdas y me vapuleara lo que necesitara para convencerse de la verdad. Yo no iba a caer. Esta vez, no.
               -Sí.
               -¿Se lo has dicho así a Sabrae?
               -Sí.
               -¿Y le devolviste el beso?
               -Sí.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Mucho más griega.


¡Toca para ir a la lista de caps!

El sol estaba dándole unos últimos toques al cielo que se parecían demasiado a otros que había vivido hacía un par de semanas como para que no se me rompiera el corazón. No sabía cuánto más aguantaría resquebrajándose más y más con cada amanecer, y ahora, encima, iba a quedarme sola.
               El día que tanto habíamos temido desde que Scott nos anunció que se apuntaba al concurso había llegado al fin: esa noche atravesaría el Atlántico y desembarcaría directamente en Nueva York, adquiriendo un estatus de súper estrella que sólo otra persona de nuestra familia compartía, y que no había amasado tan rápido en su carrera como lo había hecho él.
               Y yo me quedaba sola en el proceso. El viento me azotaba como al borde de un acantilado en el mar, con ráfagas que ayudaban a los aviones a levantar el vuelo más rápido pero que a mí amenazaban con desestabilizarme. Tenía el pelo revuelto y, a pesar de que estaban siendo unos días muy cálidos en el exterior, la sudadera que Scott me había pedido que le cuidara y que llevaba puesta apenas hacía nada por protegerme de los embates del viento.
               Esbocé una sonrisa como buenamente pude a Layla cuando me estrechó entre sus brazos, agachándose más que nadie para envolverme la cintura con los codos y proteger toda mi cuerpo cruzando sus largos brazos en mi espalda. No pude evitar pensar en que ella era tan alta como Alec, y aun así abrazaba completamente distinto a él. Me desmoroné un poco más por dentro.
               -Alegra esa cara. Te prometo que voy a cuidar muy bien de Scott-me susurró al oído, besándome en la mejilla antes de volver a achucharme. Lo bueno que tenía la marcha de mi hermano era que me daba la excusa perfecta para mostrarme triste: ahora que ya no tenía que preocuparme de hacerme la fuerte o la valiente para que Scott no se enterara de lo que había pasado, el peso que me había quitado de encima había resultado ser la compuerta de una presa que yo ni siquiera sabía que tenía dentro. Apenas había sido capaz de pasarme una hora entera sin llorar desde la confesión que les había hecho a mi hermano, Tommy y Jordan hacía un día.
               Lo bueno de que el peor lunes de la historia coincidiera con las peores semanas de mi vida era que nadie levantaba siquiera una ceja cuando yo me derrumbaba.
               -Os veré en unas semanas-susurré con tristeza, cogiéndole la mano y soltándosela. Chad ya me había suplicado que me fuera con ellos antes de encaminarse hacia el avión que los llevaría a América, pero yo me había mostrado estoica y había conseguido articular la trola de que en unos días era el cumpleaños de Taïssa y no podía faltar a tal evento. Suerte que no se acordara de que ya lo habíamos celebrado ese año.
               Ni siquiera sabía por qué me quedaba en casa. Puede que haberle hecho caso a Scott y haber hecho una maleta apresurada fuera la cura a todos mis males, la manera perfecta de escapar de mis preocupaciones. Pero, no sabía por qué, sentía que tenía que quedarme en Inglaterra. Marcharme a Estados Unidos sólo supondría eludir mis problemas una temporada, y estos se habrían hecho más grandes cuando yo regresara de ese idilio que, seamos claros, tampoco iba a ser capaz de disfrutar. Además, sólo supondría una distracción para Scott, que estaría más pendiente de mi bienestar que de disfrutar del despegue de su carrera artística.
               Me fui despidiendo de los miembros de la banda; incluso Taraji, que viajaba con ellos, vino a darme un abrazo y a decirme que estaría esperando impaciente que fuera a sustituirla.
               -Seguro que a ese novio tuyo le encantará verte por todo Internet triunfando en el Madison Square Garden-había bromeado, clavándome un puñal envenenado en el corazón sin tan siquiera saberlo. Por la forma en que Eleanor nos había mirado a ambas al escucharla, supe que Scott no había podido resistirse a contárselo. Supongo que eso hacen las buenas parejas: son sinceros y se cuentan todo, incluso los secretos que juran guardarse a sus hermanas, porque, en el fondo, tampoco están muy de acuerdo con eso de ser discretos.
               -Tú no has hecho nada malo-me había dicho Scott cuando le supliqué que no dijera nada, colgándome de sus brazos y aferrándome a su cuello como si eso fuera lo único que me mantendría con vida-. No tienes nada que ocultar. Sólo te va a hacer más daño.
               -Es que no quiero que nadie lo sepa. Por favor, Scott. Por favor, no les digas nada a papá y a mamá.
               -¿Quieres que lo proteja a él antes que a ti, que eres mi hermana pequeña?
               Sabía que era aberrante y que yo estaba comportándome como una estúpida. Sabía que esas esperanzas que había tenido de que todo fuera mentira no habían sido más que espejismos en medio del desierto, productos de la desesperación por encontrar una vía de escape. Me sentía estúpida por haberme puesto en peligro por alguien que claramente no me merecía, al menos no a ojos de mi hermano.
               Y me sentía estúpida porque, aun así, tenía ganas de excusarlo y perdonarlo y creer que no había pasado nada incluso cuando tenía su confesión. Incluso cuando Scott había aceptado a pies juntillas lo impensable. Después de todo, por sus venas corría la sangre de mamá, la mejor abogada de todo el país: la que conseguía confesiones de delincuentes que nunca antes se habían sublevado ante nadie. Un fuckboy redimido no era nada en comparación con violadores o asesinos. Una confesión bastaba para una pena. Era la única moneda de cambio posible. Y Scott la tenía entre las manos. Se la había dado yo.
               Además, había algo dentro de mí retorciéndose y clavándome su veneno ahora que Scott ya lo sabía: me decía que él lo conocía mejor que yo, que eran amigos desde hacía más tiempo que nosotros dos novios, que le había visto crecer y cagarla y tratar de enmendar sus errores muchas más veces de las que yo podría contar siquiera. Qué ilusa había sido creyendo que conocía mejor a Alec Whitelaw que el mismísimo Scott Malik, quien lo había hecho quien era y se había convertido en quien era gracias a Alec, simplemente porque yo sabía cómo sabía su boca, cómo sabía su sudor, cómo se sentía su cuerpo moviéndose sobre el mío o su miembro dentro de mí. Me odiaba por pensar así, pero tampoco podía evitarlo.
               Por eso tenía que quedarme hasta aposentar mis pensamientos y por eso necesitaba ganar un poco de distancia de Scott: porque me dolía que no le diera siquiera el beneficio de la duda cuando yo estaba tan dispuesta a creer que era mentira incluso habiendo escuchado de primera mano su confesión. Scott no lo había oído directamente; bien podía estar inventándomelo para tratar de excusar una noche de comportamiento imprudente e impropio de mí.
               -Por favor, Scott. Por favor. No diciendo nada también me proteges a mí.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Faraón de bronce.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Me giré como un resorte, las rodillas temblando mientras trataba de soportar mis kilos normales y los mil que me habían caído encima nada más escuché su voz. Sentía frío en las manos, que siguieron sujetando la foto de Alec y Jordan como si fueran las de un ladrón amateur que ha conseguido colarse en un museo y había burlado toda la seguridad de la pieza más valiosa para terminar siendo sorprendido por el personal de limpieza.
               Y me ardía la cabeza. Me ardía de un modo en que creo que no podría arderme ni aunque la sumergiera en un cubo de lava recién extraída de un volcán. Todo alrededor de la parte superior de mi cuerpo, más allá de la frontera de mi cuello, estaba ardiendo. Por debajo de mis hombros reinaba la tundra. Era la hija bastarda de los dioses del gélido invierno y un caluroso verano, algo que nunca debería haber existido, porque yo nunca debería haber pasado la noche con Jordan.
                Conseguir ponerme al nivel de Alec para que nadie pudiera decirme nada acostándome con el primer chico que se me pusiera por delante y obligándome a mí misma a fingir que habíamos abierto la relación era una cosa; pero acostarme con su mejor amigo era otra muy distinta. Daba igual que me hubiera emborrachado y que no recordara nada, daba igual que Jordan no hubiera respetado los sentimientos de Alec hacia mí: yo tenía culpa como la que más, porque, para empezar, había sido la que había ideado ese plan absurdo de cogerme la borrachera del siglo, follarme al primero que pasara y tratar de pasar página de esa forma. Puede que Jordan se hubiera dado cuenta de mi plan y hubiera decidido que el encargo que le había hecho Alec de cuidarme y hacerme su ausencia lo más llevadera posible también incluía algún polvo por compasión. Mejor él que otro chico que no me conociera, o peor; mejor él que otro chico que me conociera, o que conociera a Alec, y decidiera devolvérnosla a cualquiera de nosotros dos tratándome como a una mierda, desquitándose conmigo y luego presumiendo del trofeo que habrían sido mis gemidos debajo de él cuando Alec había conseguido los primeros que habían salido de mi garganta.
               Alec también podía verse arrastrado a aquella espiral autodestructiva a la que me había lanzado, pensaría Jordan. Y puede que me hubiera llevado a casa sólo para evitar los daños colaterales.
               Aun así… yo sabía que ahora estaba en manos de Alec. La pelota, enorme y pesada a más no poder en mi tejado, había volado hacia el suyo y se había convertido en apenas un balón de playa. Grande, sí, pero también muy ligero. Sería muy fácil que Alec me diera puerta por eso. De hecho, sería difícil que me perdonara. A mí, y a Jordan. Le habíamos hecho algo mil veces peor que lo que él me había hecho con Perséfone, no sólo por el acto en sí y lo lejos que habíamos llegado, sino porque… bueno, Perséfone no era comparable a Jordan. Para poder compararla, Alec tendría que liarse con Amoke.
               -Creo que podrás pasar sin que te amarren-decidió por fin Jordan, cogiendo una camiseta de uno de los montones del suelo, desenrollándola y empezando a ponérsela. La estaba añadiendo a los pantalones de chándal viejos que ya llevaba puestos, y que tapara ahora sus abdominales no hizo sino ponerme peor. A cualquier chica le habría encantado la vista de su torso desnudo, de un tono aún más oscuro que el mío y que casaba perfectamente con el estereotipo literario de “chocolate”, no sólo por el color, sino también por la forma. Igual que Alec, Jordan tenía los abdominales bien definidos, así que contaba con la tableta por la que muchos chicos se mataban y muchas chicas se volvían locas. Me pregunté si yo me habría vuelto loca tocándoselos como lo hacía con Alec, si me habría dedicado a arañárselos mientras gemía cuando él me embistiera, y se me llenaron los ojos de lágrimas. Tenía piedras en el pecho y en el estómago y muy pocas ganas de seguir viviendo.
               No solía ser imbécil, así que cuando lo era, supongo que lo hacía a lo grande para compensar el tiempo que trataba de portarme bien.
               Jordan se sentó en el reposabrazos del sofá oculto casi por completo por ropa sucia y limpia por igual y entrelazó las manos entre las piernas. Arqueó una ceja y siguió estudiándome con la mirada de un ornitólogo que descubre un pájaro gigantesco y colorido en un mundo monocromático. Yo no debería estar allí. No pertenecía a ese lugar. Todo en mí decía que eso estaba mal.
               Me miré el cuerpo: la camiseta que me quedaba enorme y que sólo podía ser suya, los bóxers asomando un centímetro por su borde, los pies descalzos entre bolsas de comida basura y… más envoltorios de preservativos. Al menos no había condones usados tirados por el suelo; no sabía cómo reaccionaría a las pruebas irrefutables del delito.
               Claro que tampoco tenía mucho consuelo en los envoltorios abiertos.
               Levanté un poco la vista, lo justo para ponerla en la cama. Tenía manchas de maquillaje allí donde yo había rodado por ella, y supuse que estaría hecha un absoluto desastre si me miraba al espejo. Encontré en aquello otra razón para no hacerlo: no iba a ser capaz de vivir conmigo misma mirando mis facciones, aquellas que tantísimas veces había admirado y alabado Alec, y que luego otro había disfrutado después. Y encima el otro era Jordan.
               -Dime, Saab, ¿vas a dejarme disfrutar de algún fin de semana a partir de ahora, o voy a tener que encerrarte para poder salir de fiesta tranquilo?-preguntó de nuevo Jordan, el ceño fruncido y la voz dura. Supongo que él también estaba cabreado conmigo; no lo habíamos hecho por iniciativa suya y se había metido en un lío de mil demonios por tratar de protegerme. Si lo había hecho para que yo aprendiera la lección, sacaría, como mínimo, matrícula de honor: no volvería a acercarme a ningún chico en lo que me quedara de vida, independientemente de la reacción de Alec y si éste, en su infinita misericordia, se las apañaba para no matarnos.
               -Me…-carraspeé. Tenía la boca seca y me ardía la garganta. Intenté no pensar en que la última vez que había estado así había sido el último día que había estado con Alec: me había hecho gritar tanto en el Savoy que mi voz no parecía la mía cuando él se marchó. Jordan se cruzó de brazos e hizo un gesto con la cabeza hacia la mesita de noche, en la que había una botella de agua reflejando de una manera tremendamente dolorosa la luz solar que se colaba por la ventana. Recogí la botella y traté de abrirla, pero me dolían las articulaciones y el tapón estaba muy duro. Jordan bufó por lo bajo, se levantó y vino hasta mí.