domingo, 30 de agosto de 2020

Infierno.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Sabía que me habría odiado siempre si no hubiera entrado en la UVI a verle, pero en ese momento, deseé no hacerlo.
               Porque, en cuanto lo vi, supe que no podría borrarme aquella imagen de mi cabeza, y si lo que yo más temía terminaba por suceder y él se quedaba en aquel estado para siempre, yo detestaría no poder recordarlo como la estrella más brillante del firmamento, el chico más feliz y relajado de toda la costa mediterránea, en lugar de aquel cascarón aparentemente vacío que había ante mí.
               Escuché a lo lejos, amortiguados por el tamborileo rítmico del corazón martilleándome en los tímpanos, cómo los amigos de Alec caminaban detrás de mí, guardando las distancias pero también asegurándose de que le veían. A mis espaldas, alguien contuvo el aliento, horrorizado. Estaba bastante segura de que fue Tam.
               Lo cual daba una idea bastante clara de cómo era la situación a la que nos enfrentábamos: si hubiera sido cualquiera de las otras dos chicas, habría entrado dentro de los estándares de reacción esperables en un momento como aquel. Que lo hiciera Tam, no obstante, le daba a todo un aire mucho más angustioso. Tam era, con diferencia, la más independiente de las chicas, la que más se picaba con Alec y con la que él tenía más encontronazos; de tener que mantenerse estoica una al ir a verlo al hospital, estaba convencida de que sería Tam. No es que hubiera estado con ellos en infinidad de ocasiones, pero de lo poco que había estado, me había bastado para ver cómo funcionaba la mecánica de la relación de Alec y Tam: se respondían con borderías a la mínima oportunidad, su mera presencia les sacaba de quicio; incluso podría decirse que no se soportaban, pero la gravedad del resto de los del grupo les mantenía unidos, juntándolos con el pegamento sobrante del resto de amistades que orbitaban en torno a ellos. Siempre había pensado que Bey tenía mucho que ver en aquel asunto: gemela de una y mejor amiga e incluso amor platónico de otro, Bey era la razón de que tuvieran que convivir más que los demás. Y el roce, en lugar de hacer el cariño con ellos, hacía que se pelearan.
               Se me heló la sangre en las venas, se me detuvo el corazón, se me cayó el alma al suelo y mi mente explotó, todo a la vez. No tenía una idea muy definida de lo que esperaba encontrarme cuando viera a Alec, pero no era aquello. En las películas, te vendían los comas como siestas de varias semanas, meses o incluso años de los protagonistas en las que estos se mantenían perfectos, relajados y descansados como si estuvieran dando la mejor actuación de la historia en una nueva versión de La bella durmiente o Blancanieves. Todos parecían a punto de despertar si la persona correcta les cogía la mano o les daba un beso en los labios.
               Nada más lejos de la realidad.
               Rodeado de cortinas de un azul desgastado por el uso, la cama de hospital estaba rodeada de aparatos que medían todo a lo que la medicina reducía a Alec: presión sanguínea, ritmo cardíaco, presión respiratoria, y varios gráficos más que no conseguía identificar. Me ofendía cada uno de ellos, pues no hacían más que recordarme que, para la gente que debía cuidarlo, Alec era poco más que un conjunto de estadísticas. Si acaso, un reto profesional: nada de un chico que tenía toda la vida por delante, el mejor amante de muchas londinenses y el único y verdadero amor de mi vida. Para la gente uniformada de aquella sala, Alec no era más que una luz en el cielo. Para mí, en cambio, era el sol.
               Un sol apagado, sin brillo, al que le habían puesto un millón de filtros. Un sol al que le habían colocado una máscara de oxígeno que rugía por lo bajo como el motor de un tractor. Un sol al que le habían cubierto el pecho con vendas, inmovilizado la parte izquierda del cuerpo, y le habían clavado una vía en la que un líquido amarillento entraba poco a poco en su cuerpo, como si fuera el helio que nuestra estrella creaba para poder existir.
               No parecía dormir en absoluto. No parecía estar relajado. Y no parecía descansar. No parecía estar ahí, siquiera: su cuerpo estaba presente, pero su corazón y su alma estaban muy, muy lejos, en un lugar en el que ni siquiera yo le sentía. Ni siquiera sabía si sus pulmones estaban procesando el oxígeno por sí mismos o también era producto de las máquinas, pero me daba demasiado miedo la respuesta que pudiera obtener como para formulármela siquiera a mí misma.
               Tenía cortes alrededor de toda la piel que tenía visible, que no era mucha. Apenas le habían dejado un hombro al descubierto, como si fuera el corsé de una geisha cuya isla era diminuta, en lugar de inmensa. En el hombro derecho se intuía el bulto de las compresas que habían aplicado con las medicinas que la herida necesitaba, pero en el izquierdo se estaba formando un feo moratón que tardaría días en desvanecerse. Me pregunté si Alec se despertaría para notar la molestia, o si el moratón desaparecería para no volver igual que su conciencia.

domingo, 23 de agosto de 2020

Como siempre, Scott.



¡Cambiamos de portada, flor! Hemos llegado a la tercera parte de Sabrae: ¡Gugulethu! Parece increíble que por fin haya llegado este día, pero, ¡así es! 
Espero que disfrutes de esta nueva portada tanto como con las anteriores. ¡Un beso enorme!

La cabeza me daba vueltas. Me pitaban los oídos y sentía el sabor repugnante, metálico y frío de la sangre en la lengua. No recordaba haberme mordido, pero tal cual me encontraba, lo que me sorprendía era no verme las entrañas desparramadas por el suelo. Me sorprendía, incluso, ser capaz de seguir sangrando.
               Todo mi interior estaba helado. El invierno, una estación que me encantaba por todo lo que implicaba (ropa mullida y cálida, tazas de chocolate caliente con una nube flotando en su superficie, luces de Navidad, nieve, y acurrucarse con tu persona preferida en el mundo a ver una película mientras el temporal descargaba al otro lado de la ventana), se había revuelto contra mí, pegándome un mordisco de esos que te dejan malherido. Más que un gato al que habías molestado en demasía, se parecía a un león dispuesto a devorarte. Pero no había tenido esa piedad que sí caracteriza a los depredadores. Ellos te matan, y luego te comen. Esto, no. Esto ni siquiera me había matado; la muerte era algo que envidiaba en aquellos angustiosos instantes, porque me libraría de aquel sufrimiento.
               Sólo esperaba que él no estuviera pasando por lo mismo. Que si yo lo estaba pasando tan mal, fuera porque él no estaba sintiendo absolutamente nada, y el cruel universo exigía su ración de gore antes de irse a dormir la siesta.
               Lejos, muy lejos, se escuchó el sonido de la sirena de una ambulancia al girar la esquina. Los coches de los alrededores, cada uno deseando su propia dosis de buenas noticias o, al menos, el consuelo de un diagnóstico, por desfavorable que fuera, se apartarían como insectos que evitan el matamoscas tratando de aplastarlos. El chasquido de las puertas batientes de las urgencias al abrirse fue la versión de los platillos del final de una pieza musical, cuando los celadores salieron a toda prisa para ayudar a empujar la camilla que pronto descendería del vehículo. Si esa persona sobrevivía o no, me daba igual. Bastante tenía con preocuparme de mi propia razón para estar allí, como para ser cívica e interesarme por los males ajenos.

domingo, 16 de agosto de 2020

Doble o nada.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Si no estuviera ya acostumbrado a la energía sanadora que manaba de Sabrae, habría achacado mi cambio de humor a brujería, simple y llanamente. La manera en que consiguió que cambiara el chip y encontrara la forma de comportarme como una persona medianamente normal con The Weeknd tan cerca de mí era digna de admiración, y demostraba lo que ambos ya sabíamos: que no había nadie que me conociera como ella, ni siquiera yo mismo.
               El torrente de energía que manaba desde mi mano por mi brazo hasta diluirse en mi pecho, tranquilizándome, era cálido y a la vez puro, como si estuviera hecho de la misma materia primigenia que había estallado y creado el universo. Su pulgar me acariciaba los nudillos, relajándome incluso más de lo que me esperaba posible. Tenía el corazón desbocado, pero sin embargo, mi mente funcionaba a plena potencia mientras miraba cómo The Weeknd se nos acercaba. Su chaqueta de cuero tipo beisbolera, sacada de su merchandising y del que yo mismo tenía una copia en mi armario, regalo de mis amigos del año pasado, reflejaba las luces azules, rosas y violetas de la azotea, que bailaban sobre a superficie de la piscina como sirenas minúsculas e incorpóreas. Se notaba que se había dado una ducha rápida para ir a la fiesta; no sé en qué lo veía, pero lo veía. Era como cuando sabías que una persona estaba tras de ti, pero no podrías decir si era chico o chica, pues no era más que una sombra que sólo podía materializar en intuición.
               The Weeknd nos dedicó una radiante sonrisa a los dos, aunque no se me escapó que su atención se centraba más en Sabrae que en mí. Lógico, porque a ella la conocía, y ella se comportaba como una persona normal, y no como una estatua de carne y hueso, cuando la tenía delante. Sus ojos apenas se posaron un segundo en mí antes de volverse a Sabrae, pero cuando me miró, sentí que mi corazón se desbocaba. Empezaron a sudarme las manos, temblarme el pulso y darme vueltas la cabeza, pero enseguida el mareo desapareció, y fue sustituido por el firme anclaje a la tierra que era la mano de Sabrae. Mis sentidos estaban alerta, pero no me abrumaban. Podía sobrellevarlo, si la mantenía cerca de mí.
               Y ella, evidentemente, no iba a abandonarme. No lo había hecho ni cuando yo me había comportado como un gilipollas con ella, ni cuando había hecho que su relación con sus amigas se resintiera, así que lo de ahora no era nada.
               Nada, desde luego, comparado con lo que le haría pasar a la semana siguiente. Claro que de eso, nosotros aún no sabíamos nada.
               -¿Interrumpo algo?-preguntó The Weeknd, metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros negros (todo su atuendo era negro con toques bancos, que venían por el símbolo XO de la espalda de la chaqueta, las costuras de las mangas de su chaqueta y sus Converse) y alzando las cejas con intención. Sabrae se echó a reír, alborozada, y se limpió la boca  de manera inconsciente, como si no llevara puesto un gloss carísimo que se le mantendría intacto incluso si me la chupaba. Cosa que me encantaría ver, por cierto. Mi polla entrando en su boca jugosa, y con sabor a frutas, quiero decir.
               Céntrate, Alec.
               -Lo cierto es que sí-rió Sabrae, colgándose de su cuello y estrechándola entre sus brazos. Una parte de mí, pequeña, enfermiza y tóxica, constató no sin cierta alegría que no le abrazaba como me abrazaba a mí.
               Pero otra parte, mayor, poderosa, sana y entusiasmada, observó con interés cómo The Weeknd le pasaba las manos por la espalda a Sabrae. Era de los que abrazaban acariciando la espalda de quien estaba entre sus brazos, y no de los que se enganchaban a la cintura y ya no soltaban. Apoyó ligeramente la mejilla en la cabeza de Sabrae con los ojos cerrados, disfrutando del contacto que a mí tantísimo me gustaba, y mientras sus dedos recorrían la espalda de Sabrae, no era capaz de acallar las voces que gritaban: “¡La está tocando, la está tocando!”
               Si ya para mí el cuerpo de Sabrae era terreno sagrado, ahora era directamente la tentación hecha carne. De nuevo desquiciado, pero sin esa niebla cegadora que me cayó encima de un plumazo cuando tuve a mi cantante favorito a menos de un metro de mí, no pude dejar de idolatrar la cercanía y el contacto que mi chica estaba teniendo con él. Me apetecía lamerle todo el cuerpo no porque fuera ella, sino porque The Weeknd estaba dejando huellas invisibles de las que yo, como fan obsesivo que era, quería participar. ¡La está tocando! ¡Quiero lamerle todo el cuerpo!
               -¿Os lo habéis pasado bien?-preguntó, pero como en mi idioma no se distingue entre plural ni singular de la segunda persona, y él apenas me dirigió una mirada fugaz, pensé que se refería sólo a ella. Sabrae asintió con la cabeza, de nuevo entusiasmada, mientras yo esperaba intentando recopilar el suficiente aire para cuando mis pulmones se cerraran de nuevo y el fuego explotara en mi interior.
               -Sí, ha sido una pasada. Y es todo un detalle que nos hayas invitado al after party. Es la primera a la que voy.
               -Qué mentirosa eres-rió The Weeknd.
               -¡Eh! Es cierto. Es mi primera after party en el extranjero. ¡Es verdad! Ya sabes que no acompaño a papá a las entregas de premios fuera de Inglaterra, así que toda la diversión la monopolizáis vosotros-Sabrae se encogió de hombros.
               -Casi mejor. No creo que te viniera bien ver a tu padre en el estado en que se pone cuando gana un premio. Suerte que no es muy a menudo-rió él.
               -Tiene pocos menos que tú-comentó Sabrae, no sin cierto mosqueo en la voz. A pesar de que The Weeknd no lo decía en serio, Sabrae no toleraría ningún ataque a su padre. Era su mejor defensora, más incluso que su madre. Zayn había encontrado en ella a la mejor paladín, porque lo que Sherezade se callaba por considerar que no tenía suficiente relevancia una persona que se metiera con su marido, Sabrae lo soltaba por la misma razón: precisamente alguien irrelevante o que dijera mentiras sobre Zayn no se merecía encontrarse con silencio que permitiera las injurias-. En una carrera un poco más corta. Y con menos discos.
               -Sólo he oído “menos, menos, y más menos”-The Weeknd le guiñó un ojo y Sabrae puso los ojos en blanco.
               -Menos problemas, menos récords que le han batido y menos movidas con otros artistas-atacó Sabrae, alzando una ceja y poniendo los brazos en jarras. The Weeknd la miró un momento, impresionado, y luego se echó a reír.

lunes, 10 de agosto de 2020

Afortunados.

Siento la tardanza, y que el capítulo sea algo más corto ☺ He empezado a trabajar (oleee los dineros), y todavía me estoy habituando a los horarios y demás. Gracias por vuestra paciencia, nos vemos en el siguiente capítulo, que, quizá, sea el último de Bombón. Gugulethu is coming!!!! ♥

¡Toca para ir a la lista de caps!


Ni en mis mejores sueños habría conseguido que aquel día fuera tan especial como lo estaba siendo. Cuando los ojos de Abel se posaron en mí, me recorrió un escalofrío, y se me retorció el estómago en una complicada pirueta que apenas duró unos segundos, los segundos que él necesitó para reconocerme.
               La razón principal de que hubiera cogido las entradas VIP era para darle a Alec la experiencia que yo sabía que se merecía: pase preferente, tiempo de sobra para comer o ver otros conciertos, y por supuesto disfrutar de la actuación de The Weeknd sin preocuparse por lo que el resto del público podía hacerme. A pesar de que nunca había estado en ningún festival (o, al menos, entre el público en lugar de los camerinos), había visto los suficientes y había estado en suficientes conciertos como para saber que la cosa podía torcerse rápidamente. Y yo, a pesar de que la vena protectora de Alec parecía indicar que él creía lo contrario, no era estúpida. Sabía que estaba en mayor peligro que él por mi baja estatura, así que merecía la pena arriesgarse a un numerito que terminó por no montarme, tal era su sorpresa, a cambio de que disfrutara de su regalo de San Valentín como se merecía.
               Pero no voy a mentir: una parte de mí, esa parte romántica sin remedio que me llevaba a dar lo mejor de mí con sólo pensar en el hombre del que estaba enamorada, tenía la esperanza de que eso sucediera. ¿Qué podía haber mejor en nuestro primer viaje juntos, que conseguir que Alec conociera a The Weeknd? He de confesar que tardé aproximadamente cuatro segundos en pensar que, quizá, debería tirar de contactos, dejar caer mi apellido y mi linaje, para conseguirle aquel regalo a mi chico en cuanto descubrí que tenía pensado un concierto en Barcelona. Papá y Abel eran grandes amigos: el hecho de que muchas veces fueran rivales en las mismas categorías, ya que su música era parecida, y que hubieran salido con las hermanas Hadid en la misma época, había hecho que su relación pasara de lo profesional a lo personal. No me sería complicado hablar con los representantes de The Weeknd, ya que pertenecía a la misma discográfica con la que trabajaba mi padre, así que si quería reunirme con él después de la actuación, lo tendría garantizado.
               Sin embargo, sabía que no sería capaz de ocultarle eso a Alec: una cosa era conseguir entradas VIP para el festival al que íbamos, y otra muy diferente, concertar una cita para que conociera a su ídolo. The Weeknd era demasiado importante en nuestra relación. Lo habíamos hecho demasiadas veces con su música de fondo, nos habíamos quedado tumbados en la cama, bien sin hacer nada o bien después del polvo, escuchando su voz melosa acariciar nuestras pieles de la misma manera que lo hacían nuestros dedos. Incluso habíamos quedado para escuchar su música nueva en primicia, reaccionar juntos y compartir detalles, sentados en la cama de Alec, con la espalda sobre el colchón y las piernas dobladas, pies anclados en el suelo, mientras manteníamos la respiración, con las manos cogidas y la cabeza fija en el techo. Cada vez que se terminaba una canción y pasaba a la siguiente, Alec y yo nos mirábamos, nos sonreíamos, nos relamíamos los labios y volvíamos a mirar hacia arriba para concentrarnos en los versos de la siguiente. Lo habíamos hecho apenas un par de veces, pero con la suficiente importancia como para que se convirtiera en un ritual sagrado, sacrosanto, para nosotros.
               No dejaría de imaginarme su cara al verlo. Cómo reaccionaría, si se pondría a chillar, a temblar, si se desmayaría, como hacían algunas fans. Me tendría un poco intrigada en ese sentido, pero viendo cómo había reaccionado cuando lo vio en el escenario por primera vez que salió, temía ya por mis pobres tímpanos. Y, como estaría ocupada pensando en lo que haría Alec  al encontrarse frente a frente con su ídolo, no disfrutaría del concierto, quizá ni siquiera del viaje. El vuelo, la tarde de turismo, los paseos por el festival y los conciertos se convertirían en los molestos trámites por los que uno tiene que pasar para llegar a su destino, unas aduanas particulares por las que muchos darían lo que fuera. Yo incluida. No quería perderme eso. Nuestro primer viaje siempre sería nuestro primer viaje, y sentada en casa, editando con el ordenador las entradas para que Alec no supiera que eran VIP, supe que sería demasiado llevarlo apalabrado.
               Lo conseguiría de alguna manera, pero no podía llevarlo hecho de Inglaterra, o se lo terminaría cascando, chafándole así la sorpresa. Me había pasado las noches en que no podía dormir pensando cómo conseguir acceso al backstage si lo necesitaba por mi carácter irreverentemente organizado, pero confiaba en la suerte. Era afortunada en todos los sentidos de la vida: inteligente, amada, con una red de seguridad tan amplia que muchos matarían por ella, compuesta para colmo por personas que me adoraban y que a veces sentía que no me merecía, especialmente en lo referente a Alec.
               Y las estrellas me sonrieron de nuevo cuando Abel posó los ojos en mí.
               -¿Sabrae?-preguntó, y estábamos tan cerca que pude escuchar su voz en el escenario a la par que la de los altavoces, amplificada y con un deje que no terminaba de favorecerle. Siempre había pensado que papá sonaba peor en los altavoces que en persona, pero lo había achacado a que cuando le escuchaba cantar sin un molesto micrófono, era porque le cantaba a su familia y el amor que nos profesábamos todos hacía que sonara mejor, y le escucháramos con más ganas. Ya no estaba tan segura.
               -¡Hola, Abel!-grité, emocionada, dejando atrás todas las preocupaciones y sintiendo que la adrenalina se me descargaba del torrente sanguíneo. Ahora que había cruzado la línea de meta la primera, podía sentarme y descansar. Ignoré deliberadamente el silencio que siguió mi nombre; seguramente a cualquier otra persona le hubiera impresionado hasta el punto de dejarlo sin palabras no ya que el artista final de un festival como aquel conociera su nombre, sino que miles de personas se quedaran calladas, en un silencio sepulcral que no era nada corriente en eventos como esos, esperando qué sería lo siguiente. Pero yo no era ninguna otra persona. Pertenecía al selecto grupo de personas cuyos nombres estaban grabados en placas de Grammys. Si ser una Malik me hacía especial, ser Sabrae me convertía en única en mi especie.
               Sentí que Alec se ponía rígido detrás de mí. Fiel a su costumbre de mantenerme bien cerquita, especialmente en espacios públicos, se las había apañado para meterme entre su cuerpo y la valla, de manera que no me afectaran los empujones del resto de VIPs, que se habían ido congregando en el escenario principal para disfrutar de The Weeknd bien cerquita. Me regodeé en mi interior cuando noté que me clavaba los ojos encima, estupefacto, y de reojo pude ver que mi cara ocupaba las grandes pantallas de ambos lados del escenario. Una vez más, me felicité a mí misma por haber sido tan precavida como para pedirles a mis amigas que me ayudaran a hacer mi maquillaje del día la primera vez, para ver si era posible llevar mis sueños a la realidad, y haberme dedicado a practicar por las noches, antes de acostarme, cuando Alec se iba a su casa.
               Miles y miles de personas me miraban, y también veían a Alec, con los ojos desorbitados clavados en mí. Incluso con esa expresión de sorpresa en la mirada, seguía siendo la persona más guapa de España. Siempre se las apañaría para ser el más guapo del país en el que se encontrara.
               De modo que yo debía estar a la altura. Y la chica que sonreía, feliz y un poco chula, con un maquillaje perfecto, absolutamente espectacular, junto al chico más guapo del universo, lo estaba.
               -¿Qué haces aquí?-preguntó Abel, como si no fuera un artista consolidado, de fama internacional, cuyo estilo de música a mí me encantaba y con el que estaba plenamente familiarizada. Cualquiera habría dicho que no estábamos en un supermercado al que yo no iba nunca por encontrarse al otro extremo de la ciudad.
               Me encogí de hombros visiblemente, riéndome y abriendo las manos. Ya no eran sólo los ojos de Alec los que saltaban de mí a Abel como si fuéramos dos tenistas en una final de tenis, sino los de todos a mi alrededor. Las chicas que me habían mirado de arriba abajo mientras Alec y yo estábamos tumbados, compartiendo unas gominolas en un tiempo entre cantantes, ya no parecían tan predispuestas a juzgarme. Sí, vale, él estaba buenísimo y yo tumbada no es que ganara, precisamente, pero… ¿mi estatus de celebridad, o de amiga de una, al menos? Aquello era otra historia.
               -¡Matar el tiempo! ¡Sábado de tranquis, ya sabes!-me reí, y mi risa fue el impacto de un meteorito, generando una onda expansiva que se extendió por todo el recinto VIP. Al menos, alguien había escuchado mi chiste y lo había entendido, porque Alec seguía tieso como una estatua, mirándome fijamente. Si no notara su corazón latiendo en mi espalda y no estuviera aún de pie detrás de mí, habría creído que le había dado un infarto. Claro que estaría plenamente justificado: la chica con la que se acostaba estaba de colegueo con su ídolo, e incluso le había hecho reír-. ¿Y tú?
               Abel se rió de nuevo, asintió con la cabeza, mirándose los pies, se relamió los labios, todo eso sin soltar el micrófono. Sus manos no parecían ser capaces de recordarle el motivo de nuestro encuentro: él era la atracción, y yo la espectadora.
               -Nada especial, ya sabes-se encogió de hombros, y cuando empezaron algunos abucheos, quise creer que en broma, se rió-. ¡Es broma, Barcelona! Sabéis que ir de gira y estar sobre un escenario tocando para todos vosotros es lo que más me gusta de la vida. ¡Os adoro!-Barcelona contestó rugiendo una celebración. Abel se pasó una mano por el pelo, y añadió-: disculpad un segundo mientras me pongo al día con una vieja amiga, pero uno tiene que lanzar todos sus dados antes de retirarse del casino. Sabrae-se giró y me miró-, ¿cómo está tu madre?
               -Genial.
               -¿Sigue casada con tu padre?
               -¡Claro!
               Abel chasqueó la lengua, y esta vez quienes se rieron fueron los de su equipo. No se molestaba en disimular lo mucho que le gustaba mamá cada vez que la veía, aunque era algo que no causaba malos rollos entre papá y él. Papá estaba seguro de que mamá jamás dejaría de sentir por él lo que sentía, y además… tenía cuatro hijos con ella. Incluso si le dejaba por Abel, siempre tendría alguna excusa para seguir viéndola.

domingo, 2 de agosto de 2020

El genio de la lámpara.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Sabrae continuó encogida en posición fetal a mi lado incluso después de que sonara el despertador por tercera vez. Lo había ido atrasando de diez minutos en diez minutos desde la  hora original que habíamos acordado para levantarnos, prepararnos y marcharnos al festival a conseguir el mejor sitio posible, que no podía ser otro que primera fila. Sin embargo, yo llevaba despierto desde una hora después del amanecer, por el puñetero jet lag de tan solo una hora. Me había pasado dando vueltas en la cama más de una hora, rodando de un lado a otro con la esperanza secreta de que mis movimientos despertaran a Sabrae, para así poder levantarnos antes, pero no surtió efecto. Lo único que conseguí moviéndome de esa manera fue que ella también rodara por la cama inconscientemente, acostumbrada como estaba a seguirme allá donde fuera, incluso en los brazos de Morfeo.
               Lo que en otra ocasión me había encantado y me habría hecho disfrutar de lo lindo, hoy me traía por la calle de la amargura. No quería que me persiguiera por la cama estando inconsciente: quería que se quedara quieta, notara que hacía frío, y levantara la cabeza. Yo me la comería a besos, le daría los buenos días, y me las apañaría, ya se me ocurriría cómo, para convencerla de que nos levantáramos.
               Así que sonó el despertador. Una vez. Dos. E incluso tres. A la tercera, me incorporé en la cama hasta quedar sentado, emitiendo un gruñido gutural que ella tuvo que escuchar, pues estaba seguro de que me habían oído incluso en Inglaterra. Y, aun así, nada. Siguió dormida a mi lado, hecha un ovillo adorable que ahora me estaba empezando a cabrear. De no ser porque sabía distinguir cuándo se hacía la dormida de cuándo dormía de verdad (era lo bastante afortunado como para haber dormido con ella las suficientes veces para empezar a distinguir esos pequeños detalles), habría jurado que llevaba media hora tomándome el pelo. Claro que ella tampoco me tomaría el pelo con algo así. Sabía lo mucho que me importaba el festival, estar en primera fila, poder verle los poros sudorosos al puñetero The Weeknd con ella a mi lado, tan cerca que pareciera que nos iban a caer sus gotas de sudor en la frente mientras brincaba por el escenario. Ya que íbamos a verlo, verlo bien. Ya que era su primera vez, quería que fuera especial, más que ninguna de las otras que había tenido yo, afincado en medio de la pista de un estadio al que no había podido llegar antes porque mi madre no me había dejado saltarme las clases, o incluso en las puñeteras gradas, aproximadamente en la órbita de Neptuno, porque la página de venta de entradas se había quedado colgada y no había nada decente disponible cuando había podido salir de la cola virtual.
               Me volví a pasar una mano por el pelo y me la quedé mirando. Mechones de azabache se le pegaban al cuello por causa del sudor; sus pechos subían y bajaban al compás de su respiración profunda y pausada, en su rostro había tal expresión de paz que me sentía un miserable por siquiera pensar en despertarla. Cuando nos acostamos por la noche estaba tan cansada que se había quedado dormida dos veces durante el masaje que le hice en los pies, porque aquellos tacones que se había puesto eran tan bonitos como dolorosos. Hizo un inmenso esfuerzo por no dormirse mientras lo hacíamos, y cuando me tumbé a su lado justo después de acabar, rodó pesadamente hacia un costado para rodearme con un brazo y se quedó dormida entonces. Nada de ir al baño, nada de charla post coital, simplemente pum, aquí te pillo, aquí te mato, sueño.
               Me levanté de la cama, fui al baño, me puse unos calzoncillos, me lavé los dientes, volví a echarle un vistazo a la ropa que íbamos a llevar, y me senté a esperar en el pequeño banco acolchado que había contra la pared, enfrentado a la cama. Carraspeé un par de veces, porque eso no contaba como despertarla, exactamente, ¿no? Miré el reloj, gruñí, me encendí un cigarro, me lo terminé, volví a gruñir, y Sabrae continuó dormida. Por un instante pensé en que las cosas con Jordan serían más fáciles: no tendría ningún cargo de conciencia por pegarle un almohadazo a las cinco de la mañana y ordenarle que se vistiera para plantarnos los primeros en la cola de entrada del festival. Sólo por un instante.
               Porque en cuanto esa idea se me pasó por la cabeza, un vocecita en mi cabeza me recordó que, por mucho que me doliera, ya no me lo pasaba tan bien con Jordan como me lo pasaba con Sabrae. La cosa había dejado de centrarse exclusivamente en el sexo hacía mucho, mucho tiempo: con ella tenía un nivel de complicidad del que no había disfrutado con absolutamente nadie. No es que Jordan tuviera problemas en leerme, todo lo contrario, pero Sabrae directamente sabía lo que estaba pensando antes incluso de que lo pensara. Con Jor habría ido a cualquier sitio de comida basura y me habría pateado la ciudad de cabo a rabo, habría hecho menos fotos y puede que también fueran algo peores, porque a ninguno de los dos nos interesaba lo estético más que disfrutar, simplemente, pero con Sabrae… con Sabrae había conocido sólo una parte de la ciudad, la que sus cortas piernecitas podían recorrer en el corto espacio de tiempo del que disponíamos, había hecho un millón de fotos (y todas bastante buenas) y me había dejado más dinero en una comida del que me habría gastado con Jordan en todo un fin de semana… y lo había disfrutado más que si estuviera con él.
               ¿Por qué? No es porque fuera un mal amigo, ni porque no hubiera viajado nunca con Sabrae, y con Jordan sí. Era porque estaba enamorado de Sabrae, pero no de Jordan. Y el amor que ella me inspiraba hacía que la ciudad fuera mil veces más hermosa, que los platos estuvieran cien veces más deliciosos, y que las experiencias fueran un millón de veces más memorables. Igual que mi primer cumpleaños, Sabrae me había abierto la puerta a un mundo de infinitos colores cuando yo llevaba 17 años viviendo en una escala de grises bastante rica, pero inevitablemente limitada.
               Por eso me estaba debatiendo entre despertarla y dejarla dormir, porque quería crear más recuerdos con ella, y también disfrutar de lo que estaba viendo: a ella, encogida, relajada y descansando en un lugar silencioso, todo lo contrario al hogar en que se había criado. Todo sería mucho más fácil si fuera Jordan, o si fuera mi hermana, o si…
               Me quedé quieto un instante, valorando la última opción. Mi hermana…
               Y, sin pensármelo dos veces, me levanté y fui a por el móvil.