sábado, 31 de diciembre de 2022

2O22, gracias, ¡adiós!

 
La vena dramática que llevo dentro y que llevo cosechando este año hizo diez años como escritora de romántica me lleva a empezar esta entrada diciendo que la nostalgia del final de año hace que siempre lo valore con una perspectiva agridulce, incluso a pesar de que puede haber sido un gran año. No importa lo bueno que me haya pasado o lo abundante que haya sido; siempre encuentro algo a lo que aferrarme y que no me haga tan acusada mi felicidad, como si no me la mereciera o como si estuviera obligada a comparar la autenticidad de lo que sé de mi vida sincera con los retratos perfectamente perfilados con los retazos cuidadosamente escogidos de los momentos especiales de los demás.
               Lo que sí que puedo decir con respecto a este año, y que creo que he podido cambiar con respeto a anteriores, es que no me enzarzo en esa lucha conmigo misma por decirme que mi existencia no es especial. Hace unas horas, enganchada del móvil y pensando y pensando y pensando en cuándo se manifestarán las consecuencias de lo que pasó ayer por la tarde (y que, Erika del futuro, confío que recuerdes con ese detalle con el que lo recuerdas todo, especialmente con lo que tienes que pelear), habría dicho que esa nostalgia siempre me oscurece los años y que no voy a poder escapar de ella.
               Pero no. La verdad es que no. La verdad es que ahora mismo lo veo todo con una nueva perspectiva, no sé si por el buen humor de haber estado leyendo y no ocupar mi tiempo libre en preocuparme porque no lo estoy empleando como se espera de mí o de mi edad, o porque finalmente he interiorizado que, por mucho que sea mi número preferido, no puedo volver a los 17. O a 2017. Suerte que entro ahora en el año de lo que, con toda probabilidad, es mi nuevo número preferido. Una vez más, damas y caballeros, me veo obligada entonar La Frase: EL IMPACTO DE SCOTT MALIK.
               Si tuviera que definir este 2022 con una palabra, esa palabra sería “pérdida”. Sí, pérdida. Porque este año he perdido mucho más de lo que me esperaba: algunas cosas por sorpresa, y otras porque por fin he soltado lo que me ataba al suelo y me he decidido a echarme a volar o ponerme en mi sitio. He perdido amigas a las que consideraba mis regalos de mayoría de edad porque simplemente ya no estamos en la misma sintonía (llevábamos sin estarlo mucho tiempo, en realidad), y porque he perdido la paciencia y he querido que se me trate como yo trato a las demás. En el fondo sabía lo que estaba haciendo cuando mandé esos mensajes en junio: les estaba dando una elección que sabía qué rumbo iba a tomar. Lo que no me esperaba era que la partida fuera tan silenciosa y sin discusiones; siendo como somos, queriéndonos como nos quisimos, la verdad es que me esperaría una gran pelea como las que precedieron a las otras grandes rupturas de mi vida. Me quedo con escucharos decir que me teníais un cariño especial mientras os acompañaba en el bus lejos de casa porque vuestro novio os había dejado (y porque yo también estaba huyendo de mis propias grietas en el corazón) o con la cantidad de veces que me repetíais que yo era buena y que no tenía que volverme mala para devolver el daño que me hicieron en 2019 si no quería o no me sentía cómoda. Me quedo con los regalos que me trajisteis de países lejanos y que me anunciasteis con audios riéndoos mientras me decíais “no me aguanto el contártelo, pero te compré una cosina”. Todavía la tengo en una estantería encima de mi cama, por cierto, y me la quedaré hasta que me muera; incluso aunque haya perdido su olor a manzana, sigue siendo un peluche de Stitch que cruzó el Atlántico para estar conmigo, y sobre todo, sigue siendo un regalo que una buena amiga me hizo una vez. Os habré perdido, pero la foto de la orla se queda en mi habitación. Soy un animal romántico y al que le gusta recordar otros tiempos, quizá mejores o quizá peores, y que no quiere perder del todo escondiéndolos en un cajón. La verdad que eso no es mi estilo.
               Perdimos la ocasión de pelearnos y perdimos la ocasión también de reconciliarnos; si de esto es de lo que hablan los ensayos sobre la pérdida de amistades porque simplemente la adultez se interpone en nuestros planes, debo decir que no me gusta y que una parte de mí siempre tendrá un poco de inquina por 2022. No sé si porque las llamadas en medio de mi horario laboral para protegeros de malas decisiones no han parecido ser suficiente para que me dierais una segunda oportunidad o fuerais más comprensivas conmigo, o si porque sigo con la vena masoquista tratando de reanimar algo que sé desde hace tiempo que está muerto, y que los picos y valles en el electrocardiograma son el reflejo de mi lucha y no de vida real.
               O bueno, sí. No estoy siendo justa. Sí que luchasteis por mí, pero creo que fue poco y que no tuvisteis en cuenta mis circunstancias. Así que igual que yo os perdí, vosotras también me perdisteis a mí.
               Y también he perdido la ilusión de otras amistades. Darme cuenta de que los mensajes sin respuesta no son casualidad, sino de dejadez, ha hecho que este final de año sea un poco agridulce porque sé qué no va a pasar a las 12 de la noche. Me atrevo a dejarlo por escrito a modo de profecía como no me atreví a dejar constancia de lo que sabía el 31 de diciembre del año pasado: que aquel mensaje que mandé por otro grupo distinto, en un contexto distinto y a personas distintas, iba a ser el último que les enviara. Ah, también las perdí a ellas, sí. Con ellas no tuve discusión, pero tampoco perdí la última palabra: si estás en grupos conmigo y te sales de ellos, tienes que al menos tener la picardía de salirte de todos. No puedes dejarle a una virgo orgullosa como yo la posibilidad de que te eche de alguno, porque lo hará. Qué pena eso también; qué pena que tan poca gente parezca preocuparse por mis silencios. Aunque eso me hace también valorar más a quien nota que llevo tiempo callada y me da toquecitos de atención, mandándome recomendaciones de libros, vídeos de parejas que le recuerdan a Sabrae y Alec o diciéndome simplemente que “hace mucho que no hablamos” después de preguntarme qué tal estoy. Es posible que estéis leyendo esto, así que sabéis quiénes sois. Gracias por hacerme sentir querida este año en el que casi creo que no lo soy.
               Y digo casi porque… también he perdido otras muchas cosas. He perdido el miedo a conducir después de comprarme mi primer coche (¡! ¿en qué momento ha pasado eso? ¡si llevo teniendo 17 años nueve años!) y he descubierto que no sólo no tengo que tenerle miedo, sino que hasta puedo disfrutarlo. Y se me da hasta bien. Le he perdido el miedo a conducir por sitios que no conozco, ya sea Oviedo o Santiago de Compostela; a ir a conciertos de bandas que me gustan bastante, pero cuya discografía entera no me sé, simplemente porque pasan cerca de casa y me viene bien y me apetece.
               Le he perdido el miedo a llegar a un sitio nuevo a trabajar y no hacer bien mi trabajo, porque, joder, lo hago jodidamente bien. No tenía síndrome del impostor en la escritura y no lo tengo tampoco en el trabajo; como me lo termine creyendo de verdad, absolutamente nadie podrá detenerme. Y creo que 2023 será ese año.
               Le he perdido el miedo a contarle a mi madre lo que me pasa, y el miedo a que lo convierta en un ataque contra mí. Nunca había llorado por un examen, pero la última semana de mayo se me juntó todo (ése fue el momento en el que redacté en mi cabeza los mensajes de junio) y terminé estallando de una forma que yo creía que no podía permitirme en mi casa. Siempre he sido la mejor o de los mejores no por miedo a lo que pasaría si llegaba segunda a casa, porque en realidad no pasaba nada, pero jamás se me olvidará que, teniendo un 10, un 9.5 y un 9 en la selectividad, se me preguntara por qué había sacado un 7 en la cuarta asignatura. Encima Lengua y Literatura, tócate el coño. Soy una puta escritora y saco un siete en lengua y literatura en la puta selectividad.
               Le he perdido el miedo a lo que me depara un futuro que a veces me parece solitario, porque no tiene por qué serlo en absoluto. Que escriba esto sola en mi habitación, con música para aislarme del mundo y a la vez estar en sincronía con él, no quiere decir que lo esté, ni mucho menos. En 2022 me han acompañado personas maravillosas que espero que sigan ahí durante 2023, 2024, 25 y lo que siga. Pero también he añadido a gente genial, gente que es posible que nunca lea esto o que nunca sepa lo que puedo hacer con las palabras si me lo propongo. Si creen que soy cojonuda haciendo pliegos, que esperen a ver cómo describo un polvo.
               Y le he perdido el miedo a mi propia soledad. Porque puede que esté cómoda haciendo según qué planes que a alguna gente le escaman, como ir al cine o a dar un paseo, pero evitaba los planes de más enjundia o con más exposición porque… ¿qué? ¿Creía que iban a mirarme, o a reírse de mí? Como si no supiera ya que cada uno va a lo suyo.
               Este año ha sido el primero en el que he ido de fiesta yo sola, y, guau. No perderme una 1D party a pesar de no tener acompañante ha sido de las mejores cosas que me han pasado en éste, nuestro 2022. En medio de una crisis de pinchazos y rabia colectiva porque ser mujer de noche no debería ser un acto de valentía, chillar que si esta habitación estuviera en llamas yo no lo notaría con un montón de gargantas más ha sido una experiencia extrasensorial. Lo más parecido a una despedida de soltera que he disfrutado nunca (y que puede que jamás disfrute, viendo lo repunante que me vuelvo con mis amistades). Gracias a eso se han desencadenado muchas cosas más: puede que ya no haga cameos en vídeos de desconocidas, pero me he atrevido a comprar entradas no para uno, sino para dos conciertos en los que estaré sola, disfrutando de todo. Tardará en olvidárseme la Operación: FindeBola, comprando entradas para The Weeknd con dos ordenadores distintos. Y todo lo he conseguido gracias a esa noche en la que decidí que mis ganas de gritar canciones de One Direction les ganaban a mi pereza y mi vergüenza porque, ¿qué hace una gorda cantando sola en medio de la pista?
               Disfrutar, eso hace.
               Ha sido un año de despedidas, pero también de reencuentros y descubrimientos. De afianzarme en lo que deseo y no morderme la lengua para defenderme, sin importar la edad de quien me escupa veneno, porque el respeto no se exige, sino que se gana. Un año con un concierto de Imagine Dragons a la intemperie en plena ola de calor en Galicia, compartiendo arroz con bogavante y conduciendo durante 4 horas y pico (no seguidas, evidentemente). Un año en el que probablemente sea el último en que vea a mis “regalos de mayoría de edad”. Un año en el que he descubierto una playa al lado de casa, y también en el que he descubierto lo que es ir sola a la playa. Un año más de obsesión con el sushi al que también he arrastrado a mi madre.
               Un año en el que he descubierto el punto más oriental de España. Qué preciosa es Menorca y qué poco la apreciamos. Quizá no le haya perdido del todo el miedo a volar, pero por lo menos en mi segundo despegue ya no me dio un ataque de ansiedad. Un año de mensajes retardados y de conversaciones que tengo pendientes, y que espero retomar pronto. Un año en el que mis seres queridos han tenido que tener paciencia conmigo, y yo tenerla en el trabajo, y en el trabajo… en el trabajo suplicar para que no llegue nunca el 31 de enero. Un año de pocas lecturas, pero muchas, muchas palabras escritas. Éste ha sido, sin duda, el año de Alec, y ahora le toca a Sabrae reclamar lo que es suyo. Me muero de ganas de ver de lo que somos capaces en 2023 entre los tres.
               Un año de nuevos comienzos, de presentaciones, de amigos inesperados y examigos demasiado tempranos, en el que también he perdido un poco de mi inocencia. Ver a alguien con ojos distintos simplemente porque ha elegido disfrazarse ante ti durante meses es algo que creo que no seré capaz de superar, pero creo que eso es parte de la supervivencia humana, ¿no? Y de crecer.
               El examen de las prácticas, empezar de nuevo a trabajar y estar aprovechada por no decir explotada, presentarme a mi primera oposición y llegar hasta el final del proceso selectivo, quedándome sólo a un cinco de estar en bolsa en Valdés, sobrevivir a “¿de verdad no vamos a hablar hasta su cumpleaños?” y que se salieran del grupo y yo apenas inmutarme, coger vacaciones para estudiar, hacer mi primer examen oral y estar pensando según lo hacía “joder, si lo estoy haciendo así con temas que no sé, ¿cómo será cuando me los sepa?”, ponerme en mi sitio y no moverme de ahí, ir a una escape room, un concierto de Imagine Dragons, una 1Dparty, las fiestas de mi pueblo de nuevo, y sola por primera vez desde… ¿2011?; comidas con compañeros de trabajo que ya no son compañeros de trabajo, sino amigos, apply for being indefinida no fija, hope it all works out!, apagar fuegos en mi ayuntamiento, alcaldes que me piden que haga lo que haga falta con tal de quedarme; jugar al Uno mientras digiero un cachopo o al Risk versión Juego de Tronos en un cobertizo al que llamamos Cantora, estrenar un precioso iPad rosa. Haber dejado de pensar en Sabrae como eso que tengo que terminar como lo que hace que mis findes tengan sentido. Apuntarme a planes improvisados y ser yo misma aunque no conozca a quienes tengo enfrente, porque aunque no les guste más, al menos yo estoy más cómoda.
               No es el año de más pelis vistas (91, creo, sobre un total de 1480) ni de libros (unos terribles 11), pero no ha estado mal, teniendo en cuenta que estudio, trabajo y escribo. Nope. Podría citar a Kim Kardashian: not bad for a girl with no talent, pero… es que ¿seguiríamos hablando de mí?
               No esperaba hacer esta entrada tan agradable ni sentirme tan agradecida mientras la planeaba, pero, una vez más, 2022 me sorprende. Y yo que pensaba en enero que iba a ser mi peor año porque se proyectaba ya una pérdida en cascada de lo que hizo especial mi 2020 y mi 2021. Al final, puede que las cosas no sean como las planeas, ni tampoco como las esperas.
               Por eso alzo la vista a las estrellas y les pido un deseo: dejad que mi 2023 sea tan bueno como mi 2022… aunque  no hace falta que me quitéis a más gente. Porfa. Esto sí que va en serio. Quiero vivir al menos una despedida de soltera de verdad.
               A todo esto, sólo puedo decir… 2022, ¡gracias, adiós!



viernes, 23 de diciembre de 2022

Oasis.

Como ya no nos veremos hasta 2023 (¡presiento que será un gran año, ¿por qué será?! 😉), de parte de Sabrae, Alec, sus familias, la mía y yo misma, quiero desearos una feliz Navidad y un próspero año nuevo.
2023, ¡allá vamos!  
 
¡Toca para ir a la lista de caps!

Fue una de esas veces en las que el mundo se detuvo y pareció tomar aliento. De haber estado en un campo de flores, habría podido ver las alas de los abejorros ralentizarse hasta detenerse. Las luces de los coches que parpadeaban sobre la cara de Scott, dibujando siluetas de colores en la piel de mi hermano mientras éste se había movido por la habitación como un león enjaulado, ahora se mantenían durante un rato antes de desaparecer. Su halo perduraba, y Nueva York guardaba silencio esperando por mi reacción. Scott era el único que no parecía haberse percatado de la forma estruendosa en que me estaba latiendo el corazón, del súbito desplome de la temperatura en la habitación o la incapacidad de mis pulmones de hacer su trabajo y captar oxígeno del aire.
               Debería haberme inundado un profundo alivio por lo que significaban aquellas palabras de mi hermano, que suponían un cambio de paradigma con el que yo no contaba y que me habrían permitido disfrutar de mi viaje desde entonces, pero… sólo podía sentir estupefacción. Era como si Scott se hubiera puesto a hablarme en un idioma que yo no sabía que conocía, y estuviera demostrándome que lo dominaba.
               Scott siguió balbuceando por lo bajo, moviéndose a toda velocidad en un mundo lento, completamente ajeno al choque que se producía en mi interior. Dos océanos estaban colisionando en mi corazón, midiendo sus bravuras para descubrir cuál era el que iba finalmente a dominarme.
               Y entonces, por fin, pude abrir la boca de una estatua que tenía los pies anclados en el suelo como si hubiera surgido de la mismísima tierra, un obelisco arañando el cielo que nadie había escarbado, sino que había crecido de forma natural.
               -¿Cómo lo sabes?
               Yo había necesitado que Tam me convenciera de que lo que me había dicho Alec no era verdad. Jordan me había terminado de convencer de que no podía estar mintiéndome porque jamás me diría eso sin estar completamente seguro, porque sabía el daño que me habría hecho. Y yo había peleado hasta la saciedad por encontrar alguna forma de explicar lo inexplicable.
               Y ahora Scott, sin más, usaba un único nombre para apoyarse en el borde de sus presunciones y salir catapultado hacia la verdad como quien salta en un trampolín.
               Scott se detuvo y me miró, la mano en la frente, exactamente en la misma posición en la que la ponía Alec justo antes de pasársela por el pelo y volverme loca. Me pregunté la cantidad de veces que Scott habría hecho ese mismo gesto y yo no había sabido relacionarlo, pero ahora que lo veía por fin, era capaz de darme cuenta de lo idénticos que eran Alec y él. Sí, si Tommy no fuera Tommy, su mejor amigo sería Alec; simplemente porque Alec era el que lo había definido y le había esculpido a su imagen y semejanza, igual que Scott había hecho con él, dos estrellas orbitándose la una a la otra y definiendo su ruta en base a su interacción.
               -Porque es Alec-dijo sin más, como si eso fuera explicación suficiente. Pero no lo era, joder. No lo era. Alec siempre había sido Alec a lo largo de la conversación, a lo largo de estas semanas, a lo largo de los meses y años que hacía que los dos lo conocíamos. No había hecho una declaración grandiosa como él se pensaba, sino que había señalado lo obvio.
               -¿Y no era Alec hace dos segundos?-pregunté. Scott le detestaba. Había visto un odio en su mirada que no había visto reservado para absolutamente nadie más: ni los chicos que no le caían bien del instituto, ni Jake cuando se había dedicado a coquetear con Eleanor, y eso sí que tenía narices. Supongo que con él se había cortado un poco más porque Scott sabía que la culpa de que Eleanor lo estuviera castigando con su compañero era suya, y no de Jake. Pero Alec… Alec se había ganado por derecho propio que Scott lo detestara, y mi hermano lo había hecho con todas sus ganas, como si llevara esperando a abalanzarse a por él desde que lo conoció.
               Quizá se tratara de eso, después de todo. Quizá Alec jamás podría obtener unanimidad de cariño entre los Malik.
               Yo no estaba dispuesta a renunciar a él.
               -No-dijo Scott sin más, como si fuera evidente. Incluso llegó a encogerse de hombros. Me apeteció morderle un ojo.
               -¿Cómo que no?
               -Es Alec-repitió, y me señaló-. Y se trata de ti.
               -También se trataba de mí cuando pensabas que se había follado a otra tía.
               -No-contestó, negando con la cabeza y presionándose el puente de la nariz-. No-repitió-. Es totalmente distinto.
               -¿En qué es totalmente distinto? Habrían sido cuernos igual, fuera sólo un pico o hubiera llegado hasta el final, Scott. Cómo de lejos llegas no determina si has puesto los cuernos o no, sólo su magnitud.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Favorito.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Quizá suene mal lo que voy a decir, pero lo cierto es que estaba orgullosa de mí misma: definitivamente tenía un futuro como espía; se me daba de miedo trabajar a dos bandas. Puede que tuviera que ver con mi condición de adoptada y el hecho de que tuviera dos cumpleaños, no lo sabía, pero el caso es que ya había dejado de creer que era casualidad que fuera tan buena escabulléndome igual que Karlie lo era con la diplomacia. ¿Tendríamos las hijas adoptivas una predisposición innata a vivir una doble vida y ser capaces de escurrir el bulto al máximo posible?
               A decir verdad, esconderse en una metrópoli como Nueva York no tiene mucho mérito si eres alguien anónimo, y yo no lo era del todo. Lo que sí era producto de una orfebrería rayana en la magia era el hecho de que hubiera sido capaz de eludir a mi hermano, otro artista del camuflaje, hasta el último momento, cuando ya era tarde para que él se plantara delante de mí y me exigiera cumplir con mis promesas.
               Sobra decir que no había sido capaz de dormir nada en el tiempo que estuve en la habitación con Duna, Astrid y Dan. Mientras los niños se acurrucaban a mi alrededor, abrazándome y acariciándome en sueños sin tan siquiera ser consciente de ello, yo me había quedado tumbada en la oscuridad de la habitación, que reinaba salvo por un resquicio bajo la puerta por el que se colaba un haz de del vestíbulo. No dejaba de darle vueltas a la rabia que había en la mirada de Scott, en lo decidido que parecía a montarme el pollo del siglo a la mínima oportunidad que se le presentara por, después de todo, no haber sido más lista que él y haberme mantenido lejos de Alec cuando todavía no era tarde. No dejaba de ver la manera en que sus ojos llamearon al subir de mi pecho, oculto tras la camiseta de Iron Maiden que le había birlado a Alec, y encontrarse allí con los colgantes que me había regalado, prueba irrefutable, si el hecho de que luciera una camiseta suya no fuera lo suficientemente concluyente, de que lo había perdonado.
               Estaba dolida y estaba triste y también estaba furiosa con mi hermano porque no era capaz de ver más allá. Había llegado demasiado rápido a la conclusión de que Alec no me merecía que ni siquiera se había parado a pensar en si las razones que le había dado para mi dolor eran siquiera verdad. Incluso Jordan había tratado de pensar lo mejor de él, aunque luego terminara equivocándose diciendo que precisamente por lo mucho que me quería Alec no podía estar mintiéndome en algo así. Que fuera precisamente Tamika de entre todos sus amigos la que me había abierto los ojos no dejaba de parecerme cómico, casi aberrante: primero, porque había habido una época en la que yo estaba segura de que se soportaban solamente porque los dos querían a Bey y Bey los quería a ambos, y ellos no querían hacerle elegir entre ellos; segundo, porque a veces sospechaba que Tam y Alec no se caían del todo bien por la alegría con que se enzarzaban en las peleas en las que se enzarzaban; tercero, porque detrás de toda esa fachada de ira y rabia y asco el uno hacia el otro no había más que una complicidad tan sólida que sabían que podían lanzarse a sus yugulares sin que las heridas que se infligieran fueran mortales.
               Y cuarto… porque yo pensaba que Scott era más cercano a Alec de lo que lo era Tam. Alec había sido de los primeros fuera de nuestra familia en enterarse de que Scott y Eleanor estaban juntos: incluso había acudido a él cuando, en aquel primer fin de semana de muchos que pasarían juntos, a Eleanor le había venido la regla y se les habían chafado los planes. Alec era la competencia con las chicas que Scott había necesitado para alcanzar su máximo potencial. Alec había sido el único que no había tomado partido entre Tommy y Scott cuando estos se pelearon por culpa de Eleanor.
               Alec le había salvado la vida a Tommy. Había ido corriendo cuando Eleanor lo llamó histérica porque se lo había encontrado en el suelo de su casa sin saber qué hacer, y Alec había corrido toda la distancia que había entre sus casas y se había asegurado de tratar de reanimarlo hasta que llegara ayuda. Si no fuera por Alec, Tommy estaría muerto, y con él, mi hermano. Scott podría sobrevivirnos a Shasha, Duna y a mí; no sin dolor, y no sin perder algo suyo que jamás se recuperaría, pero yo sabía bien que mi muerte sólo le traería locura, pero conseguiría seguir adelante.
               El día que se muriera Tommy, si es que lo hacía antes que él, mi hermano iría justo detrás. Quizá tardara unos días, puede que incluso semanas, pero Scott no estaba hecho para vivir en un mundo sin Tommy, y Alec era la única persona responsable de que no viviéramos en un mundo sin Tommy. Había salvado a Tommy, había salvado a mi hermano, y también me había salvado a mí de una forma que jamás podría describir.
               Y Scott había sido la persona cuya opinión más le había preocupado a Alec de nuestra relación, no porque creyera en esas mierdas patriarcales sobre que tenía que responder ante los hombres de mi vida de mis sentimientos por él, sino porque sabía que Scott sería terriblemente exigente con las parejas de sus hermanas y obtener su visto bueno sería poco menos que conseguir que ellas parieran hijos suyos. En cuanto habíamos empezado y Alec se había dado cuenta de la magnitud de lo que habíamos desencadenado (y eso que no sabíamos aún lo que se nos venía encima), Alec se había asegurado de decírselo a Scott tanto para que mi hermano no pensara que estábamos haciendo nada a escondidas suyas (como si Scott tuviera algo que decir de mi vida sexual, en fin; pero entendía y respetaba los motivos de Alec), sino porque quería saber qué opinaba de él para mí. Dudaba que al final no llegáramos al mismo lugar en el que estábamos, pero que Scott nos diera su bendición había hecho que Alec se lanzara de cabeza a la piscina conmigo. Era como si mi hermano le hubiera concedido el permiso de enamorarse sin miedo de mí; hasta ahí llegaba el profundo aprecio y respeto que Alec sentía por él.
               Y Scott se lo pagaba así: detestándome por perdonarle algo que ni siquiera había hecho y que perfectamente podía ser un error, que sólo nos incumbía a nosotros, y poniéndoseme chulo cuando yo le evitaba porque no quería tener que lidiar aún con su mal humor. Todavía estaba tratando de decidir qué opinaba de mí misma por haber creído sin más a Alec; no tenía tiempo, ganas ni tampoco energías para aguantar broncas moralistas de mi hermano que, para colmo, no harían más que convertirlo en un hipócrita. Porque, ¿qué tenía él que criticar de Alec, que sólo se había besado con su follamiga de Grecia estando a miles de kilómetros de mí, cuando él le había puesto los cuernos a su novia con dos chavalas, nada menos, mientras estaban en la misma puta ciudad? ¿Quién cojones se creía Scott que era? ¿Nuestro señor y salvador? Debería besar el suelo que pisaba Alec, no mirarlo por encima del hombro. Si estaba tan dispuesto a darle la espalda a su amigo por un error que había cometido y que ni siquiera le afectaba a él, es que era simple y llanamente gilipollas. Y yo también era gilipollas por haber necesitado quince años y una simulación de cuernos para darme cuenta de que mi hermano era subnormal. Manda huevos… y que el apellido Malik fuera a sobrevivir gracias a él…

domingo, 11 de diciembre de 2022

Invencibles.


¡Toca para ir a la lista de caps!

-Mimos-ronroneé, refugiándome en el regazo de mamá, que había echado hacia atrás el asiento de manera que pudiera tener las piernas en alto, como hacía cuando tenía mucho que leer y poco que anotar. El avión se mantenía estable en el aire en ese momento, ya atravesadas las turbulencias que el piloto nos había anunciado apenas habíamos despegado de Heathrow, pero no buscaba el calor maternal por miedo. La verdad era que yo llevaba muy bien todo lo de volar; era Scott el que se ponía nervioso con los despegues y sólo se permitía relajarse cuando el avión por fin se estabilizaba y el morro se ponía a la misma altura que las alas.
               Mamá rió, abriendo los brazos para dejarme hueco y dejando a un lado su iPad rosa. Pude ver que estaba leyendo documentación que se había traído del despacho, en la que había ido haciendo notas aquí y allá, aprovechando cada segundo incluso mientras los demás no hacíamos más que matar el tiempo leyendo, viendo películas o series, o haciendo propia la parte trasera del avión, en la que habían hecho un pequeño dormitorio diseñado no precisamente para dormir, y que a mí no me habría importado catar con Alec.
               Pero mamá no era de las que desaprovechaba una oportunidad para adelantar trabajo o se rendía fácilmente ante un reto laboral. Sin embargo, últimamente se estaba centrando mucho más en el despacho y trayéndose más trabajo a casa; dado el mes en que nos encontrábamos, dudaba que fuera por una subida de los casos. Sólo me quedaba preguntarme si lo hacía para distraerse.
               Claro que yo también podía ser una distracción tan buena, o incluso mejor, que la jurisprudencia del Tribunal Supremo de Inglaterra. Y siempre sería su trabajo preferido y prioritario: por eso me dejó hacer, envolviéndome con sus brazos y sonriendo en cuando mi piel entró en contacto con la suya. Puede que ella no hubiera sido la primera persona en tocarme cuando nací, pero seguía teniendo el poder de hacer que todo mi cuerpo entrara en un reparador estado de latencia cuando me tocaba. Mamá seguía siendo mágica, como tener los pies en la tierra o sentir que las olas perezosas te lamían unos dedos que se enterraban poco a poco en la arena, incluso a diez mil metros de altura.
               -Mi pequeñita-ronroneó mamá, los labios pegados a mi melena recogida en dos trenzas que me estaban haciendo mucho más cómodo el viaje. Ahora que no tenía a Alec conmigo para convencerme de que me dejara el pelo suelto porque le encantaba lo guapa que me hacía y lo fácil que le resultaba tontear conmigo a base de juguetear con él, había vuelto a sacrificar la belleza en pos de la comodidad-. ¿Estás nerviosa por ver a tu hermano?
               De todas las palabras que había podido elegir, mamá había acertado de lleno con la que había terminado por escoger: sí, estaba nerviosa por ver a Scott. Nerviosa en el sentido más amplio de la palabra: tenía tanto ganas de verlo como nervios y cierta ansiedad que ya no tenía tanto que ver con la anticipación. Acurrucada sobre su pecho de una manera que no podía resultarle cómoda pero por la que no se quejó, asentí con la cabeza e inhalé el aroma que desprendía su piel, a orquídeas y crema hidratante y calorcito agradable incluso en los días más sofocantes del verano.
               -Me alegro de que estés contenta-susurró, acariciándome la espalda con la yema de los dedos-. Estuviste unos días un poco apagada cuando él se fue. Sé que no está siendo fácil para ti, mi amor. Después de todo, no es lo mismo no tenerlo en casa porque está en el concurso que no tenerlo en casa porque ni siquiera está en el continente, ¿verdad?
               Asentí de nuevo. La verdad era que no sabía leer bien las emociones que tenía dentro de mí; supongo que para eso también me había vuelto dependiente de Alec, a quien le bastaba con una mirada para saber exactamente qué era lo que estaba pensando y, por descontado, cómo solucionar mis miedos.
               Estaba hecha un barullo, un griterío de vocecitas, cada una abogando por el argumento que le había tocado defender en una plaza de abastos en la que sólo había un cliente: yo. Y la verdad es que no quería escucharlas, porque si cerraba los ojos y me concentraba en mí misa, la tendencia de la multitud era clara:
               Estaba cabreada con Scott. Con Scott. Mi hermano mayor, mi persona favorita en el mundo hasta que había llegado Alec, mi primer confidente y mi guardián más infalible. Mi hermano mayor, que se estaba haciendo un nombre en el mundo de la música, que tenía al mundo a sus pies y, aun así, no se había subido a la parra y se había mostrado decidido a que fuera a visitarlo en el tour para aliviar un poco el dolor que supondría quedarme sin mi novio durante… ¿trescientos cincuenta días? Scott lo había hecho todo bien conmigo, me había cuidado y me había ofrecido una vía de escape a mis preocupaciones e incluso se había ofrecido a quedarse y que los demás hicieran el tour sin él, todo para estar a mi disposición y que yo pudiera acudir a él si lo necesitaba.
               Bueno, todo, todo bien, no. Había una cosa que Scott no había hecho bien a mi parecer, y ahora me encontraba de nuevo encerrada en ese callejón en el que lo único que parecía importar era lo que tenía delante, y no todo el camino que me había llevado hasta allí. ¿Recorrer un laberinto de mil recovecos y tener que retroceder sólo en la última pared era fracasar o triunfar? Con Alec lo había tenido claro: mi reacción tan visceral había sido producto de mi firme creencia de que es el destino, y no el trayecto, lo que importa. Había tenido la suerte de que al final trayecto y destino fueran uno, pero, ¿con mi hermano?
               Scott no le había dado a Alec el beneficio de la duda. Scott había decidido odiarlo desde el momento en que supo lo que creíamos que me había hecho. Scott se había lanzado a protegerme y estaba dispuesto a hacerle daño a Alec sólo por mis palabras. Al final todo había quedado en nada para mí, pero, ¿para Scott? ¿Se sentiría mal cuando se enterara de la verdad? ¿Querría pedirle perdón de alguna manera a Alec por haber sido mal amigo y no haberle defendido? ¿Se daría cuenta de que había metido la pata hasta el fondo dejando que unas lágrimas resacosas mías pesaran más que una vida entera los dos juntos, viéndose crecer y caerse y levantarse y ayudarse y convertirse el uno al otro en lo que estaban destinados a ser?
               ¿Se daría asco a sí mismo por dudar de él como lo había hecho yo, como yo me repugnaba a mí misma por simplemente haber sido capaz de creer, siquiera por un momento, lo peor de él?
               Ahora estábamos mejor que nunca. Tener su teléfono era un consuelo con el que yo no sabía que iba a contar, una bendición por la que no había rezado y que, sin embargo, hacía aún más luminosos mis días. Llamarlo y escuchar su voz y que me respondiera en el momento en lugar de a una semana vista era como sentir la caricia del sol sobre tu cuerpo desnudo en una playa paradisiaca. Él estaba feliz. Había encontrado por fin su propósito en la vida y había encaminado su andar hacia una ruta que le hacía bien, la primera que no era autodestructiva y que tomaba en dieciocho años de existencia.
               Yo debería estar bien. No debería sentir nervios en lo más profundo de mi ser, ni dolor de tripa ni náuseas, cada vez que pensaba en el reencuentro con mi novio dentro de… ¿trescientos cincuenta días?..., ni en qué haría cuando lo viera y si me atrevería a besarlo con una boca traicionera que había confesado unos pecados que no le pertenecían. Ahora que sabía que una parte de mí podía dudar de él, y no pensar que era mentira cuando Alec confesaba haberme hecho daño, sino en cómo podía no conocer esa faceta suya o creerse que me engañaba cuando había sido sincero, estaba dudando sobre si era digna de Alec o no. Pero él era la peor de las drogas, con el mayor de los subidones y también una tasa de adicción muy superior a la de la siguiente en la escala. Cada vez que recibía una carta suya, cada vez que abría un videomensaje, cada vez que miraba nuestras fotos, cada vez que leía las cosas que me había escrito o que yo había escrito hablando sobre él, cada vez que lo recordaba, cada vez que me masturbaba… esos miedos desaparecían. Sólo estábamos él, yo, y esa sensación de plenitud cuando estábamos juntos; la seguridad de que éramos invencibles.
               No sabía por qué, pero tenía la sensación de que Scott iba a cargarse eso en cuanto yo pusiera un pie en Estados Unidos. Y creo que por eso una parte de mí no quería bajarse del avión. Tendría que esforzarme por poner un pie tras otro, atravesar la cabina y luego la pasarela, en lugar de encerrarme en la cama que ahora mismo estaban aprovechando Liam y Alba, taparme con la sábana hasta arriba, y releer y releer su última carta una, y otra, y otra vez.
               Mi preciosísima, queridísima, valentísima Sabrae,

lunes, 5 de diciembre de 2022

El sol ya ha dibujado su sombra.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Puede que ya hubiéramos cerrado aquella etapa de nuestras vidas en la que estábamos hipervigilantes el uno del otro, pero creo que jamás seríamos capaces de olvidar esas habilidades que tan útiles nos habían resultado mientras estábamos en Mykonos, así que supe que se acercaba incluso antes de escuchar sus pasos sobre la hierba, y me giré antes siquiera de que dijera nada. Sí, lo sé, parezco un ninja cuando hago estas cosas y es un don bastante impresionante, éste que tengo de detectar mujeres bonitas, pero Pers ya estaba acostumbrada a verme en acción y no se sorprendió lo más mínimo de que la hubiera sentido.
               Venía con pasos oscilantes, propios más de una modelo que ha hecho un pacto con el diablo para alcanzar la altura mínima de las pasarelas y todavía no controla sus largas piernas, que de una aprendiz de veterinaria. Juntó las manos frente a su vientre sin interrumpir su paso errático, y giró las muñecas y las retorció y se mordió el labio.
               -¿Seguro que te parece bien que os acompañe?-preguntó, y pude ver en sus ojos que quería la verdad, aunque deseara profundamente que le confirmara que sí. No pude contener una sonrisa mientras ajustaba uno de los últimos cinturones con las lonas de los remolques de los todoterrenos que íbamos a llevarnos a la expedición.
               -Debe de ser la primera vez que me dices una frase en griego que en realidad estás pensando en inglés-respondí, y Perséfone tomó aire y lo soltó despacio.
               -¿Estáis seguros de esto?-dijo por fin, y yo sonreí.
               -También puedes pedirle su opinión a Saab. Creo recordar que tú también tienes su número-la chinché.
               Perséfone inclinó la cabeza a un lado e hizo amago de poner los ojos en blanco. Después de que se me hubiera pasado la euforia de que Sabrae me hubiera perdonado y cuando por fin lo que verdaderamente había pasado se había aposentado en mi cabeza, no había parado de tomarle el pelo a mi amiga con el remango que había tenido para llamar a Saab por teléfono para explicarle la verdad. Había una parte de mí que todavía no las tenía todas consigo de que no le hubiera devuelto el beso (me había parecido demasiado real y era lo más lógico que podía hacer en aquel momento, incluso a pesar de las promesas hacia mi chica, como para que fuera mentira), pero Sabrae me había pedido que confiara en ella y en su mejor juicio cuando habíamos vuelto a hablar la mañana del viernes.
               Estaba ayudando con los suministros que nos habían llegado para el comedor cuando Mbatha había ido en mi busca diciendo que tenía otra llamada telefónica, y yo había ido con el estómago haciendo contorsionismo igual que si estuviera en el Circo del Sol. Si me llamaban sin que yo hubiera dejado ningún recado era porque tenía que haber pasado algo grave; nunca había visto a nadie ir al despacho de Valeria a coger el teléfono por un asunto agradable salvo, por supuesto, esa única excepción que había supuesto yo hacía unos días. Pero yo ya había zanjado las cosas con Sabrae; estábamos bien, supuestamente, así que debía de haber pasado otra cosa.
               Ni siquiera me permití pensar en que puede que se tratara de Mamushka mientras levantaba el auricular y me lo llevaba a la oreja, la puerta haciendo clic cuando Valeria la cerró a mis espaldas.
               -¿Sí?
               -Mañana me llegará mi carta, espero-amenazó la voz al otro lado de la línea, y yo fruncí el ceño, y como un puto gilipollas respondí:
               -¿Quién es?
               Sí, lo confieso, se lo había dejado a huevo.
               -¿CÓMO QUE QUIÉN ES?-bramó Sabrae-. ¿DEJAS DE PINTARME LA CARA CON TU LEFA DOS SEMANAS, Y YA NO SABES QUIÉN SOY?
               Me quedé completamente quieto durante un instante igual que un gato al que enfocan mientras juguetea con un ratón, y luego me eché a reír.
               -Perdona, bombón. Para que pueda distinguirte de la docena de chicas con las que me carteo, te sugiero que, la próxima vez que me llames, te identifiques antes.
               -Ah, ya, siempre se me olvida que el único momento en el que me haces un mínimo de caso es cuando estoy encima de ti.
               -O debajo.
               -O de lado.
               -O con las piernas alrededor de mí.
               -¿Vamos a repasar el Kamasutra entero en esta llamada de teléfono?-quiso saber.
               -Mm, puede. ¿Tienes papel y lápiz a mano? Para que vayas anotando y tal.
               Sabrae se rió, una risa adorable que a mí me había sonado a gloria, que sabía a miel en los labios y que hacía cosquillas en la parte más superficial del corazón. No sabía cómo había hecho para hacer que pasara del llanto a las lágrimas en cosa de una semana, pero tenía muy claro que no volvería a bajar la guardia.
               -¿Ya me has enviado mi carta?
               -¿En serio me estás llamando para esto?
               -Soy millonaria, ¿recuerdas? Puedo permitirme el coste de las llamadas internacionales. Lo que no me puedo permitir es la angustia de saber si mi novio va a seguir escribiéndome y podré recopilar nuestra historia de amor en una lata con corazones como en las pelis, o si voy a tener que conformarme con hablar con él cuando se digna a cogerme el teléfono.
               -Es que no tengo nada que contarte, de momento-bromeé, chasqueando la lengua y jugueteando con la misma fotografía que había cogido durante nuestra última llamada. Se hizo un silencio estático que me acojonó un poco, la verdad-. ¿Sabrae? ¿Hola? ¿Sigues ahí?
               -Como no me hayas mandado mi carta, te juro que rompemos, Alec. Rompemos inmediatamente.
               -No pillo el funcionamiento de ese órgano que tienes debajo de la mata de pelo. ¿En serio me estás diciendo que me perdonarías unos cuernos pero no que no te tenga actualizada sobre mi vida?
               -¡Soportaría ser una cornuda si al menos eso no afectara a mi faceta de cotilla! ¿Cómo va todo por ahí? ¿Qué tal está Perséfone? ¿Ha vuelto a caer rendida a tus pies y voy a tener que plantarme ahí y arrastrarla por los pelos o milagrosamente ha superado tu hechizo y me va a contar cómo tengo que hacerlo yo? Mi vida era mejor el agosto pasado. Echo de menos cuando que te fueras del país fuera un regalo y no este castigo que está resultando ser-lloriqueó, y yo sonreí.
               -Y luego te acuerdas de lo grande que la tengo y se te pasa.