¡Hola, flor! Al final lo he conseguido y estoy de nuevo aquí. Nos vemos, si no hay novedad por mi parte (porque a los 3 días tendré un examen, eso fijo), el día 23 de abril, que además es ¡el cumpleaños de Scott y el octavo aniversario de Sabrae!
Hasta entonces ❤
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Ojalá yo no estuviera segura de que iba a tener la reacción opuesta porque me acercaba a un mundo totalmente contrario a lo que le esperaba a la niña. Intenté prepararme, de veras que sí, pero en cuanto asomé la cabeza por la trampilla supe que no había preparación posible.
La habitación parecía congelada en el tiempo en el momento en que Diana había grabado el vídeo que había subido a Instagram: la bolsa de maquillaje abierta y los productos desparramados a los pies del tocador, el cepillo de pelo vuelto hacia arriba, todavía con hebras rubias enredadas en él, los pantalones vaqueros que utilizó para grabar su mensaje arrugados a los pies de la cama. El armario estaba cerrado, pero sabía que si lo abría me encontraría con una montaña de ropa entre la que había elegido cuidadosamente su vestimenta para cuando el mundo entero la juzgara y la destrozara por atreverse a ser humana, cometer errores, y enfermar por ellos.
Y, sin embargo, a pesar de esos pequeños chascos de desorden en un desierto que por lo demás permanecía inmutable, lo que más me perturbaba era cómo la habitación parecía haberse detenido en el tiempo al punto en que se había congelado ayer. El móvil de Diana no aparecía por ningún sitio; Tommy tenía el suyo con la pantalla vuelta hacia abajo sobre la mesita de noche de Diana, descansando encima del iPad en el que, seguro, había estado poniéndole pelis para intentar distraerla.
Era la habitación de una chica que había tenido un accidente de coche con sus amigas y que no había sobrevivido a la fiesta, y cuyos padres se negaban a reconocer que los meses habían ido dando paso a los años y ella nunca envejecería.
Eleanor entró antes que yo, dejándome la última para preparar el terreno para cuando yo llegara. Scott me tendió la mano cuando llegué al último escalón y pude, por fin, ver a Diana.
O, más bien, lo poco que quedaba de Diana. Se había convertido en una muerta en vida, con el pelo pegado a la frente, oscuro por el sudor y la grasa; apenas podía verle la cara entre la maraña de sábanas en la que estaba enredada, pero sabía perfectamente dónde empezaba ella y dónde terminaba la cama por el ligero temblor que delataba la posición de sus piernas, su torso y sus brazos.
La mirada de Tommy era la de un anciano, con unas profundas ojeras que delataban que no había pegado ojo esa noche. Tenía los hombros hundidos como la ladera de una montaña antaño orgullosa pero que había terminado cediendo ante el embate incesante del viento, y una mano que no separaba del bulto de las sábanas en que se habían convertido los hombros de Diana.
Una tristeza infinita como un glaciar se escondía tras sus ojos azul cielo cuando me miró, y a pesar de todo se forzó a sonreír. Me imagino que era la viva imagen de mí cuando Alec había tenido el accidente, y yo había hecho lo imposible por despertarlo, todo sin éxito. Odiaba que tuvieran que verlo en su peor momento, y a la vez agradecía que hubiera gente que le quisiera lo suficiente como para aceptar el dolor que suponía verlo mal y preocuparse por si el ahora era lo mejor que iba a estar en el futuro.
-Mira quién ha venido a verte, Didi-dijo en un falso tono alegre que no le salió demasiado bien. Supongo que Tommy había cruzado un punto al que yo ni siquiera había llegado; después de todo, él había tenido que velar a Diana más veces que yo a Alec. Por mucho que yo hubiera pasado más tiempo en conjunto cogida de su mano y rezando a quien quisiera escucharme para que se despertara, creo que no se comparaba con cómo te rompía el corazón ver a quien más querías caerse al mismo pozo una, y otra, y otra vez.
Scott se metió las manos en los bolsillos y se apoyó en el armario junto a la cama de Diana, sus hombros inclinándose igual que los de Tommy; hasta en eso eran hermanos. Eleanor, por su parte, apartó las sábanas de los pies de la cama y se sentó de costado, con ambas rodillas tocando la parte baja del colchón. Extendió la mano para ponerla sobre las piernas de Diana, que se encogió con un respingo y se hundió aún más en las sábanas.
Scott clavó los ojos en mí, y traté de mantenerme lo más tranquila posible. Sabía que, por mucho que quisiera a Tommy y estuviera ansioso por quitarle ese peso de encima, prevalecería su responsabilidad hacia mí. No me dejaría ver nada que me hiciera un daño que no pudieran curarme, ni permitiría que esta visita me hiciera más mal del que ya había superado. No era el Scott de Tommy, sino el mío. Mi hermano antes que el de él.
La única persona capaz de cuidarme incluso mejor que Alec.
Tenía que estar ahí. Tommy había estado ahí para mí. Diana había estado ahí para mí. Debía ser fuerte y saber estar a la altura de las circunstancias, como siempre le sucedía a mi novio.
Rezando por que se me hubiera pegado algo de él, de un par de pasos cautos entré en el campo visual de Diana, que sorbió por la nariz antes de verme.
-Hola-canturreé en la actuación del siglo, porque me rompió el corazón ver cómo Diana volvía a mí los ojos de un animal apaleado. Era la fiera estrella del circo de los horrores que había aprendido a desconfiar de todo aquel que no tuviera colmillos, porque la falta de estos no nos volvía menos peligrosos, sino más. La desconfianza que le había hecho sobrevivir, mantener sus ansias de libertad a raya, era la que ahora la hacía encogerse para volverse pequeñita en una esquina y que, con un poco de suerte, no la vieran. No sabía que nuestras manos eran amigas; no, al menos, en la parte de ella que había tomado el control.
Me pregunté si era esto lo que se encontraron Harry y Noemí antes de mandarla a casa de los Tomlinson, si había sido esto lo que había colmado el vaso hacía un año.
Y me obligué a sonreír al pensar que, si Diana había estado en este punto antes y había encontrado la manera de sobreponerse y ser feliz en un país extraño, con gente a la que no conocía mucho, sería capaz de salir de ésta estando en casa, rodeada de su familia.
-Te echaba de menos, Didi-dije, y Diana abrió los ojos, como tratando de enfocarme, como reconociendo los sonidos que salían de mi boca. Como recordando que sabía hablar. Me acuclillé a su lado y vi por el rabillo del ojo cómo Scott daba un pequeño paso hacia mí. Me aparté el pelo de la cara y estiré una mano tentativa para apartarle a Diana unos mechones pegajosos de sobre la ceja.
Eché muchísimo de menos a Alec. Él sabría hacer que todo fuera menos tenso simplemente con respirar. Quitarle el hierro hasta al asunto más complicado era su especialidad, y a mí… bueno, se me daba bien dar abrazos y decir las palabras adecuadas para animar a alguien cuando tenía la autoestima baja y se le había olvidado quién era, pero en esto me veía bastante perdida.
Diana parpadeó, seguro que notando mis dudas, y se hundió un poco más en la cama. Quería hacerse pequeñita, desaparecer. Yo también había querido desaparecer muchas veces.
Salvo estando con Alec… que siempre me sacaba una sonrisa, incluso en mis momentos más bajos. Una de las cosas que más le había gustado de mí era que yo no le había dicho que se callara cuando decía alguna chorrada, como sí hacían sus amigos. Le había dejado ser quien era y reconfortar como mejor sabía, y en eso él se había crecido y había ido ganando en confianza al darse cuenta de que sus bromas hacían más bien que mal.
Puede que ese cachorrito que tenía delante estuviera asustado porque lo trataban con demasiada delicadeza, como si estuviera hecho de cristal. Puede que necesitara que alguien le recordara lo que se sentía al jugar.
Así que simplemente hice lo que había visto hacer a Alec mil veces: abrir la boca y decir lo primero que se me pasara por la cabeza, con la esperanza de que de lo espontáneo surgiera una cuerda que lanzarle a Diana para que no se la tragaran las olas.