Escribir es un músculo que no estoy entrenando mucho; o,
por lo menos, que no he entrenado en exceso en el ordenador este año, sino más
bien, todo lo contrario. Aunque subiré esta entrada como si estuviera publicada
el 31 de diciembre para mantener una de las pocas tradiciones del blog, tengo
que ser sincera y decir que, más bien, la escribo a 2 de enero. Aunque eso no
quita que no sea consciente de lo trascendental que ha sido este 2025 en mi
vida.
Si hablé de 2023 como el mejor año
de mi vida, tengo que decir que 2025 ha sido el culmen (o ha empezado a ser el
culmen) de esa transición que inicié en 2024. Ya avisé en enero de que tendría
que dedicarme un poco más a mí y un poco menos a Sabrae, y debo admitir que no sin un cierto miedo de que perder el
ritmo me hiciera escribir menos hasta el punto de pensar en abandonar la
novela. Por suerte, bajar el ritmo me ha hecho redescubrir los fines de semana,
y también el aburrimiento, una sensación muy necesaria para poder seguir
creando y mantener una actitud fresca. Porque, sí, puede que en ocasiones me
tome Sabrae un poco como si fuera un
trabajo, constantemente obligándome a mí misma a cumplir con un calendario que
le importa a muy pocas personas (o a una sola, en realidad; si lees esto,
muchísimas gracias, Paula, por seguir ahí después de tantos años; si sigo con
la novela es, en parte, gracias a que sé que no le estoy gritando al vacío,
pues tú siempre me escuchas), pero que me obligue a tener disciplina y que no
me deje llevar siempre por lo que más me apetece en ese momento (es decir,
seguir vagueando) no quiere decir que no disfrute y adore esta historia que tengo entre manos y a la que llevo tanto tiempo
dedicándole mi tiempo (valga la redundancia) y mis últimos tweets del año.
El caso es que yo en 2024 ya sabía
que me esperaba mucho esfuerzo y mucha subida, y que este año no sería fácil. Lo
que no me esperaba es que no lo sería tanto, ni tendría que enfrentarme a
decisiones tan complicadas como las he hecho. En enero descubrí lo que es la
ansiedad más incapacitante, una que incluso puede poner en peligro tu vida; y,
también, entre enero y febrero me di cuenta de que, si en la oposición no
tienes a gente que te apoye y que te guíe, es mejor apartarlos a un lado,
porque nadie es imprescindible. Cuando
te enfrentas a periodos de mucho estrés, como es mi caso, lo último que
necesitas es tener presiones añadidas y fuentes constantes de angustia. Cuanto menos
te preocupes, mejor; y si quien tiene que prepararte no te prepara ni te
orienta, lo mejor es que le des puerta y sigas sola. Porque se puede sacar una plaza estando sola. ¡Yo lo he hecho este año!
Tengo la sensación escribiendo
esto de que no he hecho casi nada de interés y, sin embargo, el año se me ha
pasado volando. Esforzándome en rememorar, me doy cuenta de que no he parado,
no obstante. Desde volver a Santander (mi ciudad favorita y ese sueño que siempre
tendré ahí, clavado en el corazón, de vivir en ella), esta vez para hacer
exámenes e ir colándome en listas de opositores que iban superando exámenes que
cada vez se hacían más cortas, a quedar la primera en una oposición y decidir
no presentarme al práctico porque realmente no quería esa plaza, pasando por disfrutar
mi buena suerte como no lo he hecho en mi vida.
Recuerdo perfectamente cómo se me
aceleró el corazón cuando me dijeron que el examen de TAG del 17 de mayo, al
que yo tanto temía, iba a retrasarse porque se solapaba demasiado con Técnico Medio.
Cómo dije que teníamos que ir a poner una vela a la Virgen de Covadonga en
agradecimiento, y cómo esto se convirtió en un ritual al que no tengo pensado
renunciar hasta el final de mi periodo de exámenes. Primero con amigos, después
con amigas, y luego con mi madre; las excursiones a Covadonga para poner velas
han sido una de las cosas que más han definido este año, con una escapada siempre
antes de un examen para darle las gracias por los buenos resultados del
anterior.
Quizá el hecho de que haya nacido
el día de Asturias me hace merecedora de una especial protección cósmica,
porque la vela de agradecimiento siempre venía acompañada de otra cosa por la
que dar las gracias, y poner otra vela… hasta el punto de quedar primera en el
primer examen de Técnico medio (celebrado el día del cumpleaños de Sabrae, para
más señas), y luego segunda, y luego, de nuevo segunda…
…de tres. Ese cinco de agosto fue
un día agridulce para mí en el que no me alegré del todo, por miedo a que la
plaza de A2 fuera motivo suficiente para que la gente no me entendiera en mi
lucha por la de A1, que ahora ocupo, pero sólo con la perspectiva que te da el
tiempo me doy cuenta de lo orgullosa que me siento de haberla sacado, y de lo
tranquila que me hace sentir el saber que, si pude una vez, también puedo otra.
Y más aún cuando he rozado la
perfección en el primer examen de A1, el que llevo preparando tanto tiempo que
parece hasta mentira que haya sido capaz de aguantar estudiando como lo he
hecho precisamente yo, que me saqué
la carrera estudiando siempre una semana antes, y que, por eso, jamás había
desarrollado la disciplina necesaria para opositar hasta ahora. Después de la increíble
noticia de mi 29,25 sobre 30 se sucedieron cosas malas que me agravaron en esa
ansiedad con la que llevo combatiendo el año entero, pero estoy esforzándome
por mantener una actitud positiva que no me impida seguir luchando ahora que
tanto lo necesito.
Este año, además, he conocido lo
que es renunciar a la pausa del café para ir a estudiar, conocer gente
maravillosa y reconectar con otras personas de mi pasado que no habían tenido
casi importancia en él, o que se diluyeron brevemente en mi vida para luego
volver todo lo alto. A pesar de que con lo principal que me quedo es con lo
bien que he estado estudiando, cómo he luchado aun con lo difícil que es
llegando a casa cansada de trabajar, también tengo que pararme a agradecer a
toda la gente que me ha acompañado hasta ahora. Gente que me ofrece cafés, que
me anda emoticonos de ánimo, que aguanta mis lágrimas y mis agobios con gesto
comprensivo y que, incluso, me manda cestitas de Navidad para darme las gracias
por haberles ayudado. Como si no fuera lo menos que podía hacer por ellos.
He hecho muy pocos viajes este
año (sin contar las escapadas a Covadonga, evidentemente), por lo que las
vacaciones no destacan en el álbum. Sí he conocido Córdoba (curiosamente, al
día siguiente de que se incendiara su mezquita) y he regresado a Puerto Banús para
reencontrarme con el Mediterráneo, pero salvo eso y las misiones a Santander para
luchar por una plaza allí, 2025 ha sido un año extremadamente casero para mí. Quizá eso explique mi redescubrimiento de la intimidad y la necesidad de hacer fotos que luego subo a una cuenta de Instagram que tengo para mí misma, en la que sólo me sigo yo y en la que me permito valorar un poco más los momentos más traquilos.
A pesar de que me prometí a mí
misma que no empezaría ningún videojuego nuevo, porque me conozco y sé que no
soy capaz de contener mis ganas de jugar, y con el de Avatar: frontiers of Pandora ya era bastante, en marzo descubrí el Fortnite y, en mayo, el Stardew Valley. Dos juegos que no podrían
ser más distintos y con los que disfruto igual: el segundo, tranquilo; el
primero, tan estresante que incluso me hace oírme el corazón, pero con el que
disfruto muchísimo jugando con amigos.
Amigos que me cuidan y me
protegen, que me hacen regalos considerados como el del colgante de la Virgen
que llevo ahora al cuello, incluso sin ser yo creyente. Amigos que no me juzgan
cuando les hablo de los caprichos que tengo con figuras de Swarovski y que entienden
perfectamente mi obsesión con las que les enseño porque… efectivamente, son muy
bonitas y hago muy bien comprándolas, que para eso trabajo.
Amigos que me avisan de que van a
echar una partida para que me conecte con ellos. Amigos con los que ir a comer
sushi y salir a reventar. Amigas que me escriben para decirme que Louis se va
de concierto y que cómo quiero la entrada, porque no es que me inviten a ir con
ellas, es que siempre contaron conmigo (♡). Amigos que dicen que claro
que vamos a Madrid a ver a The Weeknd, y que están tan ilusionados con su primer
concierto que me contagian su entusiasmo por un tour que yo ya viví (y que, en
su momento, me encantó). Amigas con las que reconecto después de enfadarnos un
año, y con las que quedo y descubro que no podemos perdernos porque somos
demasiado compatibles y podemos hablar de cualquier cosa. Amigas a las que echo
de menos por no hablar tanto por ellas a raíz de subir menos capítulos de la
novela, pero con las que no quiero dejar de hablar porque son parte de lo que
más me gusta de mi vida. Amigas con las que compartir mi delulismo con Fourth Wing, a las que acribillar con
mil tiktoks con teorías conspirativas con esa saga o, simplemente, con audios de
Xaden siendo un sinvergüenza, de Violet siendo la mejor de todas, o de Tairn
siendo el mayor sugar daddy de la
historia y llamándome escamarra. Amigas
con las que pegarme con el mundo por entradas para ese tour de Beyoncé al que
había renunciado a ir a cambio de sacar mi plaza (ahora que ya tengo mi plaza, puedo ir al siguiente tour, ¿no?).
2025 ha sido una de cal y otra de
arena para mí. Nunca he estado en peor forma física, ni con tantos bamboleos
mentales como ahora; pero, a la vez, este año he sido inmensamente feliz. Es como
si los momentos oscuros me hubieran hecho valorar más todavía los brillantes,
que se multiplicaban ante mí como las estrellas en un firmamento que se va
despejando poco a poco. Como si la noche oscura fuera el momento perfecto para
cantar, bailar, obsesionarme con nuevas cosas (como Kpop demon hunters o por qué no veo a casi ninguna de mis mutuals
en mi tl de Twitter), porque el día está dedicado a trabajar, estudiar,
rayarse, sobreponerse y vuelta a empezar.
2025, mi año de sacrificios. No te
cambiaría por nada; sí que te pediría que dejaras que tu hermano menor, 2026,
fuera tan generoso conmigo como lo has sido tú y me permitiera así sacar otra
plaza. La que verdaderamente quiero. Si tengo que sudarlo, lo sudaré.
Porque, como ha cantado tantas
veces Beyoncé en estadios totalmente abarrotados y medio vacíos porque no
estamos mi amiga Isabel y yo… lost
virgins with broken wings that will regrow.
I’m a stallion
running, no candle in the wind.
2025, muchísimas gracias. Hasta
siempre ❤.

