¡Hola, flor! Aquí estoy de nuevo con un mensaje antes del capítulo,
pero creo que este ya es tradición. Como éste es el último capítulo de Sabrae de 2025, quería robarte un momentito para darte las gracias por todo tu apoyo. Y
este año más que nunca, dado lo poco que nos hemos visto. Puede que tu número
haya menguado, y que me cueste un poco más ponerme a escribir precisamente
porque ahora lo hago más espaciado, pero espero que pronto todo vuelva a la normalidad
una vez termine mi oposición. Agradecerte, de nuevo y como siempre, tu apoyo y
tu paciencia, y más en este año en el que he descubierto lo que son los findes
sin escribir (algo que llevaba sin hacer desde… ¡guau! ¡DOS MIL ONCE!) y leer
mis notas obsesivamente para tratar de reencontrar el hilo del último capítulo.
Ha sido un año genial, en el que he sacado mi primera plaza, y ha sido, en
parte, por haber podido aparcar Sabrae y
seguir con ella. Gracias a eso, he descubierto que es mi casa, y no sólo un
hobby que me tomo como un trabajo; y, como buena casa, tengo garantizado el
camino de vuelta a ella.
Pero no nos pongamos excesivamente romanticonas, que para eso está la
entrada de fin de año. Gracias, gracias, gracias
por estar ahí un año más. Espero verte en 2026; sé que Sabrae, Alec y los
demás te esperan con ansia.
Que pases unas estupendas navidades y tengas una genial entrada de año. De mi familia a la tuya, ¡feliz Navidad y feliz 2026! ᵔᵕᵔ ❤
No sé qué detesté más de toda la situación: si la sonrisa
de suficiencia que le torcía la boca a Valeria; el paso atrás que di, como si
me hubiera abofeteado; o no haber sido capaz de ver esto venir. Nala no podía permitirse que yo fallara
en esto.
Y encima había sido tan imbécil de hablar con ella en ruso, de forma que nadie en la cantina podía saber lo que decíamos. Dios, sería gilipollas. Ahora nadie me saldría al encuentro. Estaba totalmente solo. Y siempre que me había salido con la mía contra Valeria había sido gracias a la presión que el saber que tenía el apoyo de mis compañeros ejercía en ella.
Joder, ¿dónde estaba mi fuego de boxeador cuando se le necesitaba? Tenía la boca seca, la lengua pesada, y las rodillas de gelatina. Así era como se perdían combates tirados contra oponentes muchísimo peores que tú. Sergei no me permitía salir a combatir en este estado, sino que me cogía por el cuello y me hacía mirarlo y me obligaba a repetir con él unos mantras que ahora mismo yo era incapaz de recordar.
Cojonudo, justo en el momento en que mejor me venía ser un amnésico mononeuronal.
Sentí una mano en mi hombro al tiempo que la voz preocupada de Luca se abría paso entre los murmullos ininteligibles de los demás. Mi reacción había sido el detonante para que el comedor se convirtiera en una especie de torre de Babel horizontal y a pequeña escala en la que todos los compatriotas se juntaban para confirmar que Valeria y yo no habíamos hablado en inglés, la que sabían que era mi lengua materna y la vehicular de todo el campamento.
Debía de haberme dicho algo horrible si yo, que no me callaba ni debajo del agua y siempre tenía un as bajo la manga, de repente no sabía qué decir.
-No… no tengo ni idea de qué me hablas-me escuché decir por fin, aunque ni siquiera sabía en qué idioma. Mi nombre de nuevo en mi oído, salido directamente de los labios de Luca, que me agarraba con la desesperación de quien pilla a un amigo al otro lado de la barandilla de un puente (y que yo conocía demasiado bien) me hizo sospechar que seguía siendo en ruso.
El idioma de mis ancestros, el idioma en el que en los delirios de mi abuela podría reclamar un imperio sólo por la sangre que corría por mis venas… ahora volviéndose en mi contra y convirtiéndose en una cárcel cuya condena desconocía.
Era una sensación extraña, pegajosa y desagradable a la que no quería acostumbrarme. Siempre había relacionado el ruso con el amor, con la confianza. Por eso me gustaba tanto que Sabrae estuviera aprendiéndolo: porque, como no habían abusado de mí ni de nadie a quien quería en ruso, era la llave que abría la parte de mi corazón que siempre estaba bien.
Que Valeria hubiera sido capaz de quitarme eso sin que yo me diera cuenta de que ése era su plan me enfureció. No debería habérselo puesto tan fácil.
Supongo que por eso estaba totalmente en shock.
-Alec…-dijo Luca, pero mi visión de túnel sólo permitió que mis sentidos se concentraran en la forma en que la sonrisa de Valeria se curvó un poco más, e inclinó la cabeza ligeramente a un lado como si me tuviera justo donde quería.
Me recordó a Sabrae cuando discutíamos y se disponía a decir algo que nos iba a doler a los dos por igual. Por descontado, jamás le reconocería a Sabrae que sabía exactamente cuándo iba a decirme algo que a ninguno de los dos le gustaría escuchar, pero mi corazón sabía que iba a espachurrarlo un segundo antes de que lo hiciera con sus palabras como dardos venenosos teledirigidos, siempre certeros, siempre letales. Todo porque sus sonrisas eran idénticas.
Cada una jodiéndome a su manera.
-No, ¿eh? Entonces, no te importará que abra la puerta de la clínica y deje que salga a la intemperie. Según me han contado, Perséfone la metió en su mochila y pretendía traerla a la hora de la comida porque la pequeña se ha dedicado a arañar todas las paredes por donde tú te has estado apoyando, como si te estuviera buscando. O quizá es coincidencia. Quizá sólo busca una salida. Quizá sólo quiere volver con su madre. ¿Le damos la oportunidad?
No contesté. Pensar en Nala arañando todas las paredes, temblando por las esquinas, maullando desesperada mientras intentaba averiguar por qué la había abandonado me rompía el corazón. La había traído de la sabana para cuidarla, y le había fallado dejando que nos separaran. Debería haber insistido más. Debería haber pensado una excusa en las largas horas que habíamos pasado los dos juntos en el coche, camino del voluntariado. Debería haber sido más listo.
Debería haberme esforzado más. Al final, toda mi vida se resumía en los grandes fracasos que la definían: fracaso en mi familia, fracaso académico, fracaso en el amor, siempre ciego, siempre fallando en el tiempo. Siempre subcampeón, el triunfador de los perdedores. No hay nada más amargo que la plata.
-Los leones no llevan bien estar en cautividad, y menos cuando son tan jóvenes. Muchos enferman si no los tienes en un sitio desde el que puedan ver el cielo. Puede que lo eche de menos, y que yo me equivoque.
Tenía la lengua pastosa, como hecha de cemento.
-Por no hablar, claro, de que su madre la estará buscando. Las leonas son muy protectoras con sus cachorros, y nos costaría mucho conseguir tranquilizarla si tuviéramos a una de sus crías con nosotros. A no ser-sonrió, adivinando el significado del destello que se produjo en mis ojos ante la mención de la madre de Nala, de la que ya no debía de quedar ni el esqueleto, si es que algún animal se había atrevido a aventurarse en la tormenta para saciar su hambre-, claro, que haya perdido su rastro entre tanto olor a humano. Suelen evitarnos, ¿lo sabías? Ni cuando están más enfermos permiten que nos acerquemos a ellos; por eso no tenemos ninguno aquí. Les han dado caza de forma tan extensa que ya han relacionado nuestro olor con la muerte, y prefieren agonizar a arriesgarse a que les curemos.
Killian cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y miró a Nedjet, que negó ligeramente con la cabeza. A mí me martilleaba el corazón en las sienes, tanto que pensé que me terminaría reventando. Puede que ése fuera mi último día en la tierra, y ni siquiera iba a poder despedirme del sol. Ni de mi luna y mis estrellas.
-Puede que no sea tarde para ella-pensó Valeria en voz alta, poniendo los brazos en jarras-. Quizá, si localizamos una manada y un equipo sale en su busca, podamos dejarla antes de que se impregne de nuestro olor y todas las manadas la rechacen.
Tenía que ser un farol. No podía decirlo en serio. ¿Cómo coño iba a mandar a nadie para que dejara a Nala en medio de la sabana con la que estaba cayendo? Ya no sólo por mi pequeñina, sino también por el equipo al que mandaría. Cada poco se escuchaba el crujido amenazador de un árbol que parecía a punto de ceder; parecía cuestión de tiempo que el techo de la cantina se desplomara bajo el peso de alguno de los árboles centenarios que nos rodeaban. Si nos habían mandado ir allí no sólo era para tenernos controlados y que no hiciéramos ninguna gilipollez, sino, también, por nuestra propia seguridad.
Y, sin embargo, algo en la mirada de Valeria me dijo que ya había tomado decisiones mucho más difíciles que esa muchas otras veces. Que una leoncita inocente era un precio razonable a pagar cuando se trataba de mantener su estatus y el orden en el campamento que tanto tiempo le había costado alcanzar, y que tan buenos resultados le daba.
Además, tenía razón. En todo lo que llevaba en el campamento no había visto ni una sola vez en que recogiéramos un león, o lo trajera alguno de los otros equipos que salían de expedición, o lo cuidaran los veterinarios que estaban en el campamento. Lo había achacado a que no había suficientes o lo bastante cerca como para que me hubiera coincidido, o que era más complicado traerlos por su tamaño y su fiereza, o que su presencia eran más excepciones que reglas y se procuraba curarlos en la sabana igual que nos desvivíamos por hacer lo mismo con las jirafas o los elefantes, a los que directamente ni era viable transportar, y que acusaban mucho más la falta de su red familiar que otros animales de naturaleza más solitaria.
Puede que…
-Killian-cambió al inglés, y Killian separó los pies ligeramente, como si se cuadrara ante ella, demostrándole que tenía toda su atención-, ¿crees que podrías salir en una expedición para dejar a una leoncita en la familia más cercana que conocemos?
Killian me miró con alarma en los ojos, pero no dejó que su voz se tiñera de preocupación cuando respondió.
-Claro. En cuanto arrecie un poco…
-Es urgente-respondió Valeria sin tan siquiera mirarlo, con los ojos clavados en mí, leyendo mi expresión, en busca de algún síntoma de que fuera a ceder. Intenté que mi cara fuera una máscara de desconocimiento, lo cual me estaba costando horrores porque lo único que me apetecía era vomitar-. O sea, saldrías inmediatamente.
Se hizo un silencio sepulcral en la cantina, sólo interrumpido por el retumbar de la lluvia. Era como si los dioses lloraran todo lo que me apetecía a mí y no podía.
Killian me miró de nuevo, sin entender por qué no daba un paso adelante y lo admitía. Pero tenía que ser mentira. No podía mandarlo de verdad a la inclemencia del tiempo sólo por castigarme a mí, ¿verdad?
-¿Ahora?
-No queremos que sus congéneres la rechacen. ¿Verdad que no, Alec?-preguntó Valeria, y yo no contesté. Mi lengua pesaba una tonelada, mis pulmones medían dos milímetros de ancho. De repente era consciente de cada poro de mi piel, de los puntos de sutura de mis cicatrices, de las zonas en que se habían soldado los huesos allí donde el accidente me los había roto.
-Claro-contestó al ver que yo no decía nada. Por el rabillo del ojo vi que se inclinaba a coger una pistola, la cargaba, y se abría hueco a continuación entre los cuerpos de los soldados que se habían graduado con él, habían luchado con él, arriesgaban la vida con él.
Tenía una decena de ojos posados en mí cuando Killian fue a por su chaqueta. Valeria seguía con los ojos fijos en mí, expectante, calculadora como un buitre que sobrevuela en círculos a un búfalo de paso sospechosamente moribundo.
Era mentira. Era mentira. Era mentira. Tenía que serlo. No mandaría a Killian fuera con la que estaba cayendo.
Killian abrió la puerta y un vendaval me revolvió el pelo, insuflándome aire en los pulmones. Con un relámpago que iluminó el cielo y me retumbó en los oídos todavía más fuerte que mi corazón, me di cuenta de una cosa:
Valeria no perdía nada si Nala se marchaba. Yo, en cambio, lo perdería todo.
-No vayas-le dije a Killian, y todo el mundo contuvo la respiración. Valeria alzó las cejas.
-¿Cómo dices, Alec?
-Dile que no vaya.
Killian miró a Sandra, que sólo pudo devolverle la mirada. Estaba solo en esto, y no le quedaba otra que obedecer. Sólo había una persona ante la que respondíamos todos, sin excepción, cuando estábamos en el campamento. Todas las demás jerarquías eran tentáculos del mismo cuerpo, cuya cabeza era la de Valeria. Daba igual que Nedjet me diera una orden a las 3; si contradecía una de Valeria a las 3 y un minuto, tenía que desobedecerla.
Y, sin embargo, la moral le decía a Killian que todo aquello estaba mal. Vi que en su fuero interno se desataba una rebelión, con sus piernas pesando toneladas y los pies anclados en el suelo, de repente hechos de hormigón en vez de piel.
Sólo yo podía liberarlo y evitar que Nala pasara por todo lo que había intentado evitarle cuando la rescaté, y encima, peor, por haberla sacado de su hábitat y haberla salvado de una muerte segura, pero también mucho más rápida de lo que le esperaba si la abandonábamos a su suerte.
No iba a dejar que se muriera de un ataque al corazón. La había tenido entre mis brazos, había hundido los dedos en su pelaje, había luchado por lograr que se calmara y descansara un poco mientras la furia de los elementos ponía a prueba nuestros nervios. No se merecía un final así, cargado de sufrimiento y dolor.
Debía ser libre, sí, pero no para morir la más patética de las muertes.
-No le hagas salir-supliqué, y el inglés sonó sucio en mi boca. El idioma de las condenas, de los cismas religiosos por motivos totalmente egoístas, de la imposición religiosa y de la limpieza étnica. El idioma de un imperio que no tenía más bandera que la especia primero, el oro después, el dinero al final. No había nada noble en inglés; era el idioma en que habían maltratado a mi madre y me habían aterrorizado a mí. No era el idioma de mis ancestros como yo los sentía, a pesar de que tuviera más sangre inglesa que de ninguna otra nacionalidad. No era el idioma de mis vacaciones y de mis días soleados, a pesar de que pasara en Inglaterra once meses al año.
Pero era el idioma de mi redención. El idioma en el que había conocido a mis amigos, había aprendido a ser mejor persona, había empezado a curarme de los males que llevaban persiguiéndome casi desde que nací.
El idioma en el que me había enamorado. El idioma en el que hablaba con la persona que más me importaba y mejor me hacía, por la que más quería luchar, la única razón por la que me esforzaba por mejorar.
Descubrí entonces que había dignidad en rendirme si eso significaba que impediría una injusticia, y le daría un nuevo motivo a Sabrae para estar orgullosa de mí.
A ella le habría gustado lo que hice. Y no habría dejado que la arrojaran a la intemperie a la primera de cambio.
-Es verdad-admití con un poco más de dignidad, aunque no por ello con más calma. Extendí una mano temblorosa hacia Valeria, que me taladraba con la mirada-. He traído una leoncita.
Un jadeo colectivo siguió a mi confesión, como si mis compañeros no pudieran creerse que no hubiera seguido con mi farsa hasta el final. ¿Me iba a dar por vencido así, sin más? ¿Después de hacerles jurar y perjurar que no le dirían nada a Valeria y que protegerían el secreto con sus vidas? ¿Un simple desliz de Perséfone era bastante para desarmarme?
Ellos no habían visto a Nala en la sabana como lo había hecho yo. No habían corrido con ella en brazos para poder salvarla, ni la habían notado ir dejando de temblar poco a poco hasta que, finalmente, se quedó dormida, y yo con ella. No lo entendían, porque no habían pasado todas las noches desde que habían vuelto empapados en su propio sudor al soñar que la persona que más les importaba les daba la espalda; y luego no habían dejado de soñar con eso en cuanto la pequeña leoncita se había quedado dormida entre sus brazos.
Quizá yo la había salvado de las hienas, pero Nala me había salvado a mí de mis demonios. Le tenía una lealtad que pocas personas me inspiraban, y no la iba abandonar a su suerte, así que lo sentía mucho si los demás pensaban que estaba rindiéndome demasiado pronto.
-No le hagas nada, Valeria-supliqué, y Valeria frunció ligeramente el ceño, como si le estuviera pidiendo una locura-. No la dejes a la intemperie con este temporal. A mí hazme lo que quieras-me acerqué a ella, que no se inmutó-, pero a ella no le hagas nada. No tiene ninguna culpa…
Tomó aire y lo soltó despacio por la nariz.
-Alec…
-Por favor-le rogué.
Y me puse de rodillas.
Escuché varios gritos ahogados a mi espalda, pero me daba igual. Si era mi dignidad lo que quería Valeria, se la daría. Todo con tal de que Nala estuviera a salvo.
-Por favor. Haré lo que me pidas. Lo que sea. Castígame como quieras, déjame sin sabana…
-Alec, levántate del suelo-ordenó Valeria.
-… no me dejes ningún otro sábado libre, mándame limpiar siempre los baños, lo que quieras. Pero deja que se quede. No la eches del campamento. Las alimañas la matarán en cuanto ponga una pata fuera.
-¡Levántate, Alec!-bramó Valeria, y yo la miré desde abajo, luchando por contener las lágrimas. ¿De verdad era inútil? ¿En serio su afán por mantener el control del campamento valía la vida de un animal? Un animal que, por si no te acuerdas, estaba en peligro de extinción. Un animal inocente al que se suponía que teníamos que salvar. Yo no había cruzado el mundo para quedarme de brazos cruzados cuando se acababa el trabajo de las letrinas, o apelotonarme en una cafetería a esperar que pasara un temporal mientras el resto de seres vivos de mi alrededor las pasaban putas.
-Valeria-me escuché sollozar-, por favor…
Valeria dio un paso atrás un dos pares de manos me levantaron del suelo: reconocería el tacto de Luca con los ojos cerrados, y por la sombra a mi izquierda, diría que Fjord se había adelantado para ayudar a mi compañero.
-Alec-repitió. Luca me pasó una mano por la espalda y me apretó el hombro, dándome ánimos, sosteniéndome ahora que sabía que yo no podía. ¿Cómo iba a perdonarme esto? ¿Cómo se lo diría a Sabrae?
¿Cómo viviría con saber que sólo había postergado lo inevitable para Nala, y le había causado un sufrimiento tremendo alargando su vida en estas condiciones de mierda?
La puerta se abrió de nuevo, y a la ráfaga huracanada la acompañó una angustiada Perséfone en cuyos brazos se revolvía una asustadísima Nala. Me eché a llorar en cuanto vi sus ojazos posarse en mí, reconocerme y relajarse, como si supiera que conmigo no podía pasarle nada malo. Qué equivocaba estaba, mi pobrecita.
-Valeria, por favor…-supliqué, y Perséfone se paró en seco al verme. Sin embargo, Valeria parecía decidida a ignorarme: se acercó a Perséfone y recogió a Nala de sus brazos. Mi amiga estaba tan en shock que ni siquiera reaccionó: dejó que se la llevara sin más reacción que bajar los brazos mientras me observaba como si me viera por primera vez.
Valeria sostuvo a Nala entre sus brazos, luchando por contener a la leoncita que, desesperada por reencontrarse conmigo, no se estaba quieta. Le pasó la mano por entre las orejas y le sonrió con una dulzura impostada cuando Nala levantó la mirada y la clavó en ella.
-Al…-susurró Perséfone, y se le humedecieron los ojos también. Como si fuera su culpa. No lo era. No era culpa de nadie más que mía.
No debería haberla dejado sola. No debería haber cargado a Perséfone con la responsabilidad de cuidarla cuando era yo quien la había rescatado. No debería haber hecho que los demás me prometieran que no dirían nada si yo me separaba de ella. No debería…
Valeria se acercó a mí y me tendió a Nala con cuidado, a pesar de que la pequeñita había decidido ser una guerrera y tomarse la justicia por su mano. O, bueno, su pata. Como yo no me había movido, se había puesto a luchar por regresar conmigo con más ahínco, como si supiera que si la tocaba yo no sería capaz de despedirme de ella.
Nala ronroneó cuando la recogí; colocó las patas delanteras sobre mi pecho y se frotó contra mí como si fuera ahí donde había nacido para estar. Extendí los dedos alrededor de su cuerpecito, con su cola flagelándome en los antebrazos, y la estreché contra mí con tanta fuerza como si quisiera que nos fundiéramos en un solo ser. Tanta fuerza que Nala exhaló un quejido y me clavó las garras lo más profundamente que pudo, como diciendo “bueno, vale que nos queramos, pero, ¿no crees que este abrazo se está volviendo un poco zoofílico, porque soy una leona, y pedófilo, porque tengo unos meses de vida? Tranquilízate un poco”.
Aflojé mi abrazo lo justo para que Nala pudiera hacer fuerza con sus patitas, separarse de mí y mirarme. Se frotó de nuevo contra mí, acurrucándose en mis brazos, y exhaló un bufido de pura satisfacción. Cerró los ojos y me rodeó un brazo con las zarpas, aparentemente relajada, pero se estremeció cuando un relámpago hizo retumbar la estancia con un nuevo trueno.
Perséfone se acercó a mí mientras alguien cerraba la puerta y la atrancaba de nuevo.
-Lo siento muchís…
-No es culpa tuya-aseguré con la voz rota, y miré a Valeria, que contemplaba a Nala con gesto indescifrable. Estreché un poco más fuerte a Nala entre mis brazos, que me dio un lametón en el bíceps como agradecimiento-. Valeria… por favor.
Hubo murmullos de protesta, de súplica, tratando de hacer que entrara en razón. Entonces, Valeria dijo algo y todo el mundo se calló.
-¿Qué?-repetí, porque estaba seguro de que no la había oído bien.
-He dicho que puede quedarse aquí-sentenció, y la trenza que Perséfone llevaba me flageló la espalda cuando se volvió para mirarla como un resorte. A mí casi se me cae la pequeñita de los brazos de la sorpresa.
-¿Hasta cuándo?-pregunté con un hilo de voz. Valeria suspiró.
-Hasta que pase la tormenta.
Eso no me bastaba, no si pretendía que nos separáramos cuando pasara el temporal, pero al menos era algo. Me habría lanzado a darle besos si no tuviera una carga tan preciada en las manos… y no la resintiera por no apiadarse de una criatura preciosa e inofensiva como mi niñita.
-Pero después de que pase la tormenta no quiero volver a verla por aquí, ¿queda claro, Alec? No quiero animales en la cantina. Más te vale mantenerla alejada. Es tu responsabilidad.
Eso era injustísimo; no podía pedirme que…
Espera, ¿qué?
¿Ein?
Debí de decirlo en voz alta, porque Valeria me miró con hartazgo y cansancio. Supe que en ese mismo momento decidió que, a partir de entonces, se harían pruebas psicológicas y entrevistas personales a los futuros candidatos a voluntarios. No podían permitirse que alguien tan subnormal como yo volviera a aparecer por allí y ponérselo todo patas arriba.
-Esta vez puede quedarse porque todavía es demasiado pequeña y es evidente que está aterrorizada, pero como la vea cruzar las puertas de la cantina y trastear en la cocina una vez pase la tormenta, te juro por Dios que te pongo a dormir al raso con ella lo que te quede de voluntariado, Alec.
-¿Una vez pase la tormenta?-repetí como si fuera retrasado, o extranjero y no tuviera dominado el inglés como uno de esos chavales que venían de intercambio en verano y apenas sabían distinguir los tiempos verbales (pero que sabían decir “polla” de treinta maneras distintas, así que tocaba respetarlos)-. Entonces, ¿me la puedo quedar?
Valeria me miró como si, efectivamente, fuera retrasado. Para ella sí era extranjero, pero estaba acostumbrada a lidiar con gente que no tenía fluidez en el inglés, así que mi pésima capacidad de conversación tenía que deberse, más bien, a una embolia en el lóbulo occipital. O el que fuera que se encargara de que una persona no fuera subnormal profunda.
-Pues claro, Alec. Es huérfana, y yo no soy un monstruo. Ahora nosotros somos su familia.
Exhalé un gritito que ya quisiera Scott luciéndose delante de un estadio entero coreando su nombre y me lancé a comerme a besos a Valeria. Le habría dado un morreo y todo si ella me hubiera dejado; estaba segura de que Sabrae lo entendería. Además, me había pedido que no me follara a otras, y yo pretendía mantener mi polla bien lejos del coño de Valeria.
Todo tiene un límite en esta vida, incluso la paternidad impostada.
-¡Quita! Por Dios-gruñó-, lo que me faltaba ya por aguantar.
-Gracias, gracias, gracias, ¡gracias, Valeria! Te aseguro que no te arrepentirás. La cuidaré como a una princesa, la entrenaré como a una espía; ¡ni te enterarás de que está!
-Ya me estoy arrepintiendo-suspiró Valeria, y se volvió hacia la mesa en la que estaba cuando la abordé-. No lo he sabido hasta ahora, pero por si me salían como tú es precisamente por lo que no quise tener hijos.
-¿Por si te salían guapos, altos y con buen corazón, aunque un poco desobedientes?-contesté-. Imagínate lo interesante que es la vida de mi madre teniéndome en casa. No necesita trabajar fuera para que los días se le pasen volando.
Valeria me taladró con la mirada y suspiró.
-No te haces una idea de lo que admiro y la empatía que siento por esa pobre mujer, porque si tiene que aguantarte dieciocho años para que le des uno de descanso… tiene el cielo ganado.
-Y yo que pensaba que ibas a ser la archienemiga de esta parte de mi historia, Val; y al final, vamos a estar de acuerdo en cositas y todo.
Valeria pestañeó.
-Vuelve a llamarme Val y os abandono a ti y a la leona en la sabana-sentenció, y se sentó de nuevo a la mesa, dando por finalizada la conversación. Sin embargo, sé que estuvo pendiente de mí y de Nala hasta bien entrada la noche, porque cada vez que me daba por levantarla en el aire como en la escena inicial de El Rey León, ponía los ojos en blanco, pero sonreía.
Nacida en la luz y destinada a que la amaran, Nala conquistó los corazones de todos dejándose querer, jugando y mordisqueando patas de las sillas hasta que a Perséfone y a mí nos llamaron la atención para que la mantuviéramos vigilada y procuráramos convertirla en alguien de bien.
Cuando el sueño fue venciendo a nuestros compañeros y poco a poco fueron quedándose dormidos, Luca, Perséfone y yo nos sentamos con la espalda pegada a la pared y Nala retozando sobre nuestras piernas, siempre en busca de la postura más cómoda para dormirse. Luca apoyó la cabeza en el hombro de Perséfone y se quedó frito mientras Perséfone le daba el biberón a Nala, y yo le acariciaba la barriga a la pequeña, que me miraba con una adoración y una confianza que no me merecía en absoluto pero que no quería perder ni de coña.
Valeria se paseó por la cantina, comprobado que todo el mundo estuviera bien, con su propia colchoneta, manta y almohada; rellenando botellas de agua, tapando pies destapados y recogiendo la basura. Nos dio otra manta extra a Pers y a mí para que envolviéramos a Nala si queríamos, y luego se acurrucó en un rincón junto a Nedjet, que la esperaba con ojos vigilantes.- -Algún día tendrás que contarme cómo la has cagado para que te pillen metiendo a esta bolita minúscula en un saco enorme-le dije a Perséfone en un susurro tan bajo que pensé que no me oiría.
Pero si lo hizo, porque ella siempre estaba peligrosamente pendiente de mí.
-Sólo cuando tú me digas cómo has hecho para que Valeria no te haya echado la bronca del siglo por desobedecerla por millonésima vez.
-Creo que le mola-confié en bajito, lanzando una mirada furtiva en dirección al bulto oscuro que conformaban ella y Nedjet-. Es como esos CEOs a los que les pone que una dominatrix vestida toda de cuero les insulte mientras les pisa los huevos con unos tacones de once centímetros.
-Estarías gracioso sobre unos tacones de once centímetros-respondió Perséfone, sonriendo y pasando una mano por el hueco entre mi brazo y mi costado. Me acarició el antebrazo y dejó la mano allí, disponible, para que yo se la cogiera si quería. Así lo hice. Sabrae lo entendería. Se sentía mal, culpable, y tenía que entender que no había nada que lamentar.
-Creo que subestimas mi compromiso con la comunidad LGTBIQ más. ¿No te he dicho que me acuesto con una de sus presidentas?
-No puedo creerme que hayas dicho “LGTBIQ más”. No pensé que conocieras tantas letras que pudieras deletrear.
Me reír entre dientes y Nala se revolvió sobre mi regazo, aunque no abrió los ojos.
-Me puse de rodillas-confesé, y Perséfone me miró-. Ponerse de rodillas frente a vosotras hace milagros.
Esta vez le tocó a Pers reírse, y sacudió la cabeza.
-No sé si quieres que recuerde lo que es tenerte de rodillas frente a mí.
-Como si no lo recordaras cada noche que dormimos juntos en la tienda de campaña.
Perséfone puso los ojos en blanco, volvió a sonreír y volvió a negar con la cabeza.
-¿No lo haces?
-No.
-Mentirosa.
Se rió de nuevo y jugueteó con sus dedos en mi antebrazo, pasándolos por los límites que establecían las zarpas de Nala en mi piel.
-Me lo pones muy difícil para que no odie a Sabrae a pesar de todo el bien que te hace.
-¿Por?-susurré, y un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Fue como si Sabrae estuviera allí, conmigo, escuchando, decidiendo si tenía que preocuparse por Perséfone de nuevo o si todo lo que había hecho por nosotros seguía superando el peso que había tenido en mi pasado.
-Porque tú nunca dejarás de ser para ella, a pesar de que ella no te ha esperado tanto como Bey o como yo. Creo que si fuera Bey, sería más fácil-murmuró, más para sí que para mí.
-Pero no es Bey-respondí en voz igual de baja.
-Lo sé.
-Se hará más fácil-aseguré, y le di un beso en la sien-. Si quieres que pare…
-Ya he perdido a mi amor de verano. No quiero perder también a mi mejor amigo de Grecia en Etiopía. No quiero que cambie nada más entre nosotros, ¿vale?-me pidió, y yo torcí la boca.
-Tenemos la paternidad compartida de un bebé peludo. Igual algo sí que tiene que cambiar entre nosotros, Pers.
-Me refiero al margen de nuestra hija adoptiva. Que, por cierto, es evidente que te quiere más a ti que a mí.
-No me extraña. Soy más guapo y más alto. Y follo mejor. Claro que eso ella no lo sabe. Ni lo sabrá.
-Tú no follas mejor que yo.
-Por favor, Perséfone-me eché a reír en voz baja-. Mi polla no es Patrimonio de la Humanidad porque mis ligues no se dieron cuenta de que podían proponerla a la Unesco.
Perséfone me miró en la oscuridad, y finalmente puso de nuevo los ojos en blanco.
-Olvida lo que he dicho antes. Cada vez me pones más difícil no sentir una lástima infinita por la pobre Sabrae. Menuda perla se ha llevado-suspiró, acurrucándose contra mi pecho y dándole un beso a Nala en la nariz. Yo me reí y le di otro en la cabeza.
-Qué mentirosa eres. Es increíble-me burlé.
-Malaka-respondió Pers, y volví a reírme. Hundí los dedos en el lomo suave de Nala, y así, acunado por la respiración de Perséfone y Nala contra mí, su cuerpecito suave y cálido, y el sonido de la lluvia repiqueteando contra los cristales, me diluí en un sueño profundo y reparador como llevaba sin tenerlo desde que habíamos llegado de nuevo al campamento.
A la mañana siguiente lucía el sol como si no hubiera pasado nada, y como si los pedazos de oro que cuajaban el suelo plagado de charcos fueran los mismos cimientos sobre los que se levantaba el campamento. Todo parecía igual, y a la vez distinto, siempre mejor.
Un poco más dorado.
Un poco más de todo lo que me ataba a mi chica.
Diciembre llegó oscuro y frío, como si quisiera
recordarme que debía quedarme en casa y entrenar todo lo que pudiera para
perfeccionar mis dotes artísticas y mi expediente académico. Si los días,
entendidos como el momento en el que el sol dominaba el cielo, era ya de por sí
cortos, su unión con la noche se me hacía todavía más corta por lo llena que
tenía la agenda. Llevaba sin estar tan ocupada desde que había ayudado a Alec a
recuperar el curso perdido en tan solo dos meses, pero entonces le había tenido
a mi lado y su presencia había servido de catalizador y de analgésico a la vez.
Tener una sesión de sexo diaria prácticamente garantizada gracias a que era el premio que tenía por concentrarse había hecho que los días de estudio en la biblioteca, o trotando sobre la cinta de correr o intentando recuperar algo de la masa muscular perdida, se me hicieran cortísimos. Incluso si no hubiera estado ya enamorada hasta las trancas de él, la cercanía y el tiempo juntos habrían obrado maravillas en nuestra relación. El placer de la noche compensaba el sacrificio del día, y yo no me había dado cuenta de lo estresante que había sido esa época para mí hasta ahora que me tocaba vivirla ya sin él.
Lo echaba de menos cada día, pero ahora lo hacía de forma distinta, un poco menos punzante y, quizá, por ello también menos dolorosa. Su ausencia y mi añoranza eran la soldadura de un hueso roto en la competición más importante de mi vida; seguía rindiendo al máximo, puede que incluso más que antes, pero no sin molestias.
Por supuesto, eso hacía que estuviera un poco más irritable y cansada que de costumbre, pero como me conocía (y Fiorella estaba haciendo que me conociera más aún), trataba de quemar mi estrés manteniéndome siempre ocupada y quemando tantas calorías como pudiera. Si no era bailando, era haciendo kick. Si no era haciendo kick, era en la piscina. Si no era en la piscina, era tratando de imitar las posturas imposibles que mi madre llevaba veinte años perfeccionando sobre la esterilla de yoga.
Aunque echaba mucho de menos el tiempo libre, tenía una misión que cumplir y no iba a fracasar.
Claro que también tenía el deber de cuidar mis vínculos afectivos y no ser una cabrona sin corazón, así que, de vez en cuando, me obligaba a mí misma a dejarme convencer por mis amigas para hacer algún plan que tenía que admitir que me apetecía, aunque a) no me hiciera quemar grasa, b) no me hiciera mejorar como bailarina, y c) no ampliara mi capacidad pulmonar.
Bueno, esto último, más o menos. Puede que ampliara mi capacidad pulmonar el reírme a carcajadas con las chorradas que no paraba de soltar Kendra, envalentonada encima por nuestras carcajadas, mientras cargábamos con bolsas llenas de regalos de Navidad que más tarde nos ocuparíamos de envolver en mi casa… digo, en casa de Alec…
No me puedo creer que acabes de llamar “mi casa” a MI
casa cuando yo estoy a seis mil kilómetros de ti y no podemos celebrarlo como
se merece.
Si la he llamado “mi casa” es porque te echo tanto de
menos que ya apenas distingo lo que es tuyo y lo que es mío, bobo.
Como decía, después de la tarde de compras (más que merecida, aunque Tamika no me hubiera respondido cuando le dije si podíamos prescindir de la sesión de baile de esta tarde para fortalecer el vínculo con mis amigas y eso me hubiera causado un poco de ansiedad), las chicas y yo nos iríamos a casa de Alec, donde pretendíamos ver una peli tras otra encerradas en su habitación mientras nos dedicábamos a cotillear, hacernos la pedicura, la manicura y ponernos cien y una mascarillas en el pelo y la cara. Mimi se nos uniría entonces; en ese momento estaba disfrutando de un muy merecido paseo por todas las secciones de moda y complementos de Harrod’s mientras se dejaba mimar por Eleanor, a la que la casa ya estaba tanteando para una colaboración que les beneficiaría a los dos: a ella, por el acceso a productos de lujo a un precio irrisorio (literalmente, una sonrisa de Eleanor y se acabó); y a los grandes almacenes, por tener a la niña bonita de Inglaterra a su servicio.
Había fingido que no me daba cuenta de sus intenciones cuando me mostró varios bolsos en el catálogo de Navidad y señalado con inocencia los que más me combinaban con conjuntos que ya tenía, como si no supiera exactamente qué pretendía Mimi con tanto despliegue de revistas por aquí y por allá.
Las chicas y yo nos detuvimos frente a un escaparate mientras Taïssa estudiaba a conciencia las tapas de la nueva saga de romantasy de moda, decidiendo si debería comprársela antes de que se agotaran o confiar en que sus padres tenían esa edición especial escondida en algún rincón de su casa. Si la pobre supiera que Kendra y Momo habían hecho cola durante media hora el primer día que salió para asegurarse que Taïs tendría la primera edición, y que yo había tenido pendientes a la mitad de las becarias de mamá por si acaso teníamos que ponernos a pujar por ella en eBay…
-Me están matando los pies-se quejó Kendra, y Momo y yo nos miramos y vocalizamos en silencio el final de la frase de nuestra amiga- y me muero de hambre. ¿Qué os parece si vamos a comer algo?
-Annie está haciendo comida para un regimiento-le recordé. Lo mejor de hacer una fiesta de pijamas en casa de Alec era que Annie era siempre la instigadora: le encantaba tener la casa llena de niñas y cocinar para ellas, que de repente se olvidaban de sus modales y se comportaban como verdaderas fieras que acababan de salir de la hibernación. Creo que le recordaba a su hijo; por eso no paraba de insistir en que mis amigas eran bienvenidas en su casa.
Y las amigas de Mimi.
Y los amigos de Alec.
Claro que los amigos de Alec y las amigas de Mimi siempre habían sido bienvenidos en su casa, así que ellos no llenaban el vacío como lo hacíamos nosotras.
-Nena, necesitas relajarte. Que ahora nos comamos un bollito no quiere decir que vayamos a rechazar automáticamente toda la comida que Annie nos ponga por delante-respondió Kendra-. Parece mentira para ti.
-Y, si no, siempre podemos avisar a Jordan y que se pase. Seguro que le queda fenomenal una de esas mascarillas que luego hacen que te huela la cara a melocotón. Mmm-ronroneó Momo, que sólo necesitaba excusas para ponerse a ronronear en cuanto le surgía la ocasión de mencionar el nombre de Jordan.
-Creo que voy a coger el libro-dijo Taïssa.
-¡No!-zanjamos Amoke, Kendra y yo a la vez, y luego yo traté de hacerla razonar-: tienes que confiar en tus padres. ¿Cómo te sentirías si te hubieran dado una lista para Santa Claus y luego ya tuvieran todo lo que te pidieron?
-Sería como si no confiaras en ellos-dijo Amoke.
-Voy a por un bollito; nos vemos aquí-comentó Kendra, haciendo ademán de irse, pero Momo se giró como un resorte y la agarró de la manga.
-¡De eso nada! Con lo ocupada que ha estado Saab últimamente, no vamos a separarnos ni para ir al baño, ¿estamos?
-Yo no sé si podré hacer pis con alguien mirándome-respondí, ignorando el pinchazo en el estómago al sentir la tristeza de mi ausencia de mis amigas.
-¿Ahora eres pudorosa, cuando no tienes problema en hacer de todo delante de Alec?
-¡¿Qué?! ¡No voy a volver a contaros nada en mi vida!-ladré, levantando miradas molestas alrededor, pero no me importó por cómo se rieron mis amigas-. Además, Alec nunca me ha visto hacer pis.
-Aún-puntualizó Momo, y yo hice una mueca de asco mientras enlazaba mi brazo con el de Taïs, que finalmente se dejó convencer para alejarse de la librería y, así, evitar tentaciones.
-Que seas una pervertida y pienses que eso te pondría si fuera con Jordan no quiere decir que las demás estemos igual de desviadas que tú.
-Mm, según mis últimas informaciones, tú sí estás más desviada que yo, Sabrae-se burló, y yo le saqué la lengua y negué con la cabeza. Taïssa agarró por el otro brazo a Kendra, y así, las cuatro juntas, nos dirigimos a los pisos superiores del centro comercial, donde estaba la zona de ocio y restauración. Estábamos a medio camino de la escalera mecánica cuando Taïssa exhaló un gritito al posar la vista en un vestido plateado perfecto para Nochevieja, lo cual nos hizo, ante los refunfuños de Kendra porque posponiendo el comer sólo conseguiríamos que tuviera más hambre, dar media vuelta y bajar hacia la tienda. Taïssa fue derecha a las dependientas, decidida a no perder tiempo para probarse el vestido y, mientras se dirigía al probador, las demás nos quedamos rondando por la tienda, pasando los dedos por las prendas y separando y juntando perchas.
Kendra se volvió hacia mí con un vestido del mismo color rojo sangre como el que había llevado en la Nochevieja pasada, y un pellizco de nostalgia me invadió. Qué distinta había sido mi vida hacía sólo un año, cuando ni siquiera sabía que en esos doce meses aprendería lo que era echar de menos de verdad.
Sonreí como quien se encuentra con un viejo amigo en el que lleva mucho tiempo sin pensar, y del que ya apenas recuerda por qué se distanció: sólo que el tiempo los había separado y ya no había forma de recuperar lo perdido. Si hubiera sabido, cuando me puse aquel mono, que la Nochevieja siguiente estaría añorando como lo hacía al chico que pretendía que me lo quitara…
-Me recuerda a alguien—sonreí, acariciando la tela, que no era exactamente igual que la de mi mono, pero no del todo distinta, tampoco. La distancia, tanto física como temporal, ponía cada cosa en un nuevo lugar.
-¿Ya has pensado qué quieres comprar para la próxima Nochevieja?-preguntó Kendra, y me guiñó un ojo-. Seguro que te las apañas para conseguir algo que haga que Alec se suba por las paredes por no podértelo quitar.
Suspiré y negué con la cabeza, y en ese momento se nos acercó Amoke con un par de perchas en el brazo. Tenía intención de avisarnos de que ella también iba a probarse unos modelitos y quería saber nuestra opinión, pero mi suspiro había captado su atención.
-La verdad es que no he pensado mucho en Nochevieja. Ni siquiera sé si compraré algo nuevo. Ya sabéis. Tennis shoes, don’t need to buy a new dress. If you ain’t there, ain’t nobody else to impress-entoné, y me resultó irónico cantarles a mis amigas un verso de la misma canción que hacía casi un año había bailado para que Alec me viera y me deseara. Toda mi vida me había vestido sólo para mí, para sentirme bien conmigo misma y para verme guapa, pero después de que él me hubiera hecho sentir como una verdadera diosa cada vez que me ponía algo que me sentara bien (o, mejor aún, que me lo quitaba), la verdad es que no me apetecía esforzarme tanto cuando sabía que no había nada que se comparara con la sensación de que otra persona te venerara.
Las chicas torcieron la boca, pero supe que me entendían. ¿Cómo no hacerlo, si ellas también habían visto cómo me miraba Alec? Era normal que echara de menos ese tipo de atenciones, y que después de tanto tiempo sin ellas me apeteciera tener un perfil más bajo. Al menos así estaría justificado no recibirlas.
No sé. Puede que mi actitud fuera un poco negativa, pero recordar todo lo que tenía hacía un año y que había dado por sentado me hacía sentir que esos meses que faltaban para ver de nuevo a Alec se me iban a hacer más cuesta arriba.
Llevaba tanto tiempo empujando la añoranza hacia un rinconcito de mi cabeza para que no me distrajera de mi misión, que ahora que estaba descansando apenas tenía fuerzas ya para contener sus ansias por salir. Por eso me salió con tanta naturalidad lo que dije a continuación:
-De hecho, todavía no estoy segura de si saldré en Nochevieja. La verdad es que no me apetece mucho.
Momo abrió la boca y extendió a un lado el brazo que no tenía ocupado con las perchas.
-Tía, ¿cómo no vas a salir?
-Sólo podemos mejorar lo de la última vez-aludió Ken, arqueando las cejas-. Y no vamos a dejarte sola, promesita.
-Es que todavía no sé qué voy a hacer con Alec. Esto de recibir su contestación cada dos semanas es una lata, pero es lo que hay.
-Follar a distancia-respondió Kendra con total naturalidad, y una de las dependientas, que estaba arreglando un maniquí, giró la cabeza a gran velocidad y se la quedó mirando ceñuda-. La duda ofende. Estás muy tensa; necesitas echar un polvo.
-¿Y mi novio, que está en otro continente y en otro huso horario, tiene la solución?-pregunté con hartazgo tras poner los ojos en blanco.
-Sí. A falta de estar aquí… aunque sea por teléfono, fijo que el Fuckboy Original es capaz de relajarte a un continente de distancia.
Me reí entre dientes, aunque la idea era más que tentadora. No me atrevía a pedirle que nos llamáramos por teléfono porque sabía que estaba en la cuerda floja con Valeria, y que ésta estaba harta de hacerle concesiones, pero… lo cierto es que me vendría genial escuchar su voz.
Había sido inmensamente detallista y considerado preparándome videomensajes que me daban los buenos días cada mañana, pero a veces me gustaría tener un poco más. Sabía que sonaba egoísta, que tenía un novio alucinante y que no había nadie con tanta suerte como yo, y que miles y miles de chicas matarían por tenerlo, no ya por lo guapo que era o por lo bien que follaba, sino por lo bueno y listo y lo loco que estaba por mí…
… pero había veces en que me gustaría levantarme por la mañana, abrir Telegram y verlo sonreír como sólo él hacía antes de enseñarme mi torso desnudo, tumbarse en la cama, meterse la mano en los calzoncillos, en los que ya se percibía claramente un bulto, sacarse la polla y empezar a masajeársela mientras gruñía obscenidades.
Fijo que ahora estás salivando, nena. Por supuesto.
Joder, mira lo dura que se me pone pensando en ti. Deliciosamente.
He soñado que follábamos; me corría contigo y, ya ves. Soy incapaz de saciarme de ti. Ni yo de ti, mi amor.
Uf, ojalá estuvieras aquí y pudiera hundirme en tu coño. Sí, ojalá.
Me encantaría metértela en la boca y ver cómo te la tragas entera, nena. Y a mí tragármela.
Anda, sé una buena chica y mándame un vídeo de cómo te manoseas las tetas como lo hago yo. Aquí tienes.
Vamos, nena, enséñame cómo te das placer a ti misma pensando en mí. Ahí te va.
Venga, Saab, enséñame cómo te corres. No te cortes en gemir. Quiero oírte. Haz que me den ganas de ir a tu casa y rematar la faena. Sí, por favor, ven.
Joder, me encanta correrme sabiendo que tú me miras. Y a mí me encanta verte.
Joder, es increíble que todavía me quede algo para ti, y una risa seductora. Es pensar en lo mojadita que te despiertas cuando dormimos juntos y volverme completamente loco. Ahora también me despierto mojada cuando me duermo mirando tus mensajes, sol. Ven a probarme.
Ya queda un día menos para que deje de hacerme pajas y mi mano pase a ser la tuya. O tu boca. O tus tetas. O tu coño. Mm. Sí a todo.
Había hecho de mi vida sexual algo tan bueno y abundante que me estaba costando bajar el ritmo, y lo notaba ahora más que nunca con el estrés. Sólo quería a Alec. Sólo quería que se me pusiera encima y me hiciera recordar a quién le pertenecía realmente. Que me arrancara la ropa, me separara las piernas, se hundiera en mí mientras su boca reclamaba la mía, y me penetrara y me embistiera con una cadencia que me hiciera perder la razón mientras recorría todo mi cuerpo con sus manos, dándoles sentido a mis curvas, moldeándome a su antojo, poseyéndome como no me habían poseído en la vida.
Creía que echar el contacto físico tanto de menos era un acto de desesperación, y fantasear con que lo llamaba, una locura. Hasta que Kendra me lo sugirió como si fuera lo más natural del mundo… y hasta que me di cuenta que la razón por la que lo deseaba tanto era porque sabía que no iba a poder tenerlo.
Así que reí entre dientes y sacudí la cabeza.
-Alec no se ha ido a Etiopía para estar todo el rato pegado al teléfono hablando conmigo.
-Y, sin embargo, estoy segura de que si ahora mismo lo llamaras, te haría ir al probador y te obligaría a pasártelo todo lo bien que tú te niegas a pasártelo.
De nuevo, me reí y sacudí la cabeza.
-Ya veremos-respondí, y Kendra se lo tomó como un reto que no estaba dispuesta a perder: incluso me tendió su teléfono para que llamara ahora mismo a Alec, pero se lo guardé en el bolso y las obligué a que cambiaran de tema alabando el desfile improvisado y brevísimo (de un solo vestido) que Taïssa nos preparó con el vestido que acababa de probarse. Y puede que dejaran lo de convencerme de que llamara a Alec en ese preciso momento, pero no dejaron que me fuera de la tienda sin comprar al menos una prenda que me serviría para salir por ahí en Nochevieja si finalmente terminaban convenciéndome. No querían que mi falta de outfit fuera una excusa a la que aferrarme para dejarlas tiradas.
Eso sí, tuvieron la poca vergüenza de volver a la carga en la sesión de belleza con Mimi. Mientras ella se peinaba el pelo y se aplicaba aceites esenciales en las puntas, envuelta en un albornoz de color azul celeste que la hacía parecer un ángel caído del cielo, toda inocencia y pureza, Kendra y Amoke intercambiaron una mirada y se giraron hacia ella como las bailarinas de una cajita de música que de “cajita” tenía más bien poco.
-Mimi, tenemos una pregunta para ti. Y queremos que seas totalmente sincera, a pesar de a quien concierne, ¿vale?
-Ay, Dios-suspiré, tapándome la cara y negando con la cabeza-. Mimi, no les contestes. No tienes por qué.
Mimi nos miró a todas con ojos como platos y parpadeando despacio como una lechuza.
-Ems… ¿vale?
-Mira que si dices lo que Sabrae quiere y no lo que realmente piensas, te expulsamos de nuestro grupo de amigas-la amenazó Kendra.
-No vamos a hacer eso-atajó Momo-, pero sí que queremos que seas sincera.
-¿Quieres que te ponga una mascarilla de arcilla, Mimi?-pregunté, y Taïssa me dio un manotazo en la mano. Mimi parpadeó de nuevo, sus ojos saltando entre nosotras como un sapo en una charca que celebra la llegada de la primavera.
-Vosotras diréis.
-¿Crees que Sabrae necesita echar un polvo?-espetó Kendra, directa como un misil.
-¡¿Perdón?!
-Sí. Ya sabes. Un quiqui. Una canita al aire. Hacer el delicioso.
-Ya, te he entendido. Sé lo que es echar un polvo-bufó Mimi, pero no pudo evitar reírse.
-¿Y bien? ¿Qué opinas? ¿No se la ve tensísima y con una necesidad desesperada de que le den duro contra el muro?-preguntó Kendra.
-Como a cajón que no cierra-apostilló Amoke.
-Lo suyo y lo de su prima-añadió Taïssa.
-¿¡¿Os habéis propuesto que no os vuelva a hablar más en la vida?!?-protesté, y al menos Taïssa tuvo la decencia de reírse para quitarle algo de hierro al asunto. Mimi me miró con preocupación.
-Sí que estás un poco tensa, Saab. Igual eso te vendría bien.
-¡Mary Elizabeth!-bramé-. ¡No me lo puedo creer! ¿¡Tú también!?
-A ver, yo te veo un poco agobiada, la verdad. Cuando mi hermano está en casa no estás así.
-¡Oh, Dios mío! Me niego a tener esta conversación con todas vosotras-sacudí la cabeza y me incliné sobre mi rodilla para examinarme la pintura en los dedos de los pies, de un color granate al que le iba a añadir perlitas de dorado como si fuera un cielo sangrante. Me entraron ganas de asesinar a alguien.
-¿Ves? Tenemos unanimidad en el consejo de sabias. Coge este teléfono y llama a Alec-exigió Kendra, y Mimi abrió los ojos como platos.
-¿Ahora? Yo no quiero oír cómo se dicen cochinadas, y acabo de pintarme las uñas de los pies. No puedo escapar lo suficientemente deprisa, ¿sabes lo rápido que escalan estos dos? Hubo momentos en que pensé que tendría que pedirles una orden de alejamiento.
-Sabía que eras una guarra a la que le encantaba que le oyeran, Sabrae-dijo Momo, dando un puñetazo en el suelo a su lado-. Lo sabía.
-¿Queréis cerrar la boca? No soy un animal. Puedo controlarme perfectamente y mantener una conversación normal con mi novio sin terminar jadeándole como una perra-respondí, muy digna.
-Ya. ¿Has puesto en práctica ya esa hipótesis?-inquirió Mimi, sonriente, y yo le di un empujón.
-Qué bien me cae esta chica. Casi se me olvida que es blanca-soltó Kendra, y Taïssa y Mimi se rieron.
-Traidora. No te vuelvo a invitar a mi grupo de amigas nunca más.
Mimi se echó a reír y trató de abrazarme, pero yo me zafé de ella con una protesta.
-Ay, Saab, no seas así. Sabes que lo digo porque me preocupo por ti.
-Cuando le cuente a tu hermano lo que acabas de decir. Madre mía. Te va a echar una bronca tremenda.
-¡Pero si Alec estaría
encantado de escucharnos manteniendo esta conversación!-protestó Mimi,
riéndose, y yo bufé y negué con la cabeza.
-Mi vida sexual no es algo que podáis decidir entre las cuatro, lo siento.
-Cielo, necesitas una intervención urgentemente. Se te está poniendo un rictus terrible. –intervino Taïssa-. ¿Tan malo sería que llamaras a Alec?
-¿Y qué hago? ¿Le digo que estoy estresada y que necesito que me meta la polla hasta el hígado?-pregunté, y Mimi se puso colorada.
-¡Uy, sí, díselo! Fijo que así viene, y todo.
-¿Y no puedes…? Ya sabes. Tú sola-dijo Mimi, y mis amigas la miraron y luego estallaron en una carcajada.
-¿¡Ésta!? ¡Si es la reencarnación de Avicii!-rió Kendra.
-¡TE VOY A MATAR!-rugí-. ¡Cállate ya!
-Pero es que no es lo mismo-se lamentó Momo, y yo asentí con la cabeza.
-Hombre, es que si fuera lo mismo, ellos estarían jodidos-dije.
-Bueno, jodidos, precisamente, no-rió Taïssa, y Momo, Kendra y yo nos unimos a ella. Mimi nos miró alternativamente a todas, analizando nuestras expresiones, la forma en que nuestras carcajadas armonizaban, como si al crecer nos hubiéramos adaptado tanto las unas a las otras que sólo cuando estábamos las cuatro juntas se escuchaba de verdad el coro que habíamos nacido para formar.
-¿Todas lo habéis hecho?-preguntó finalmente. Tan sólo estaba decidiendo si era una pregunta demasiado comprometida o incómoda para hacérsela a un grupo de chicas con el que, salvo una excepción, no sabía todavía muy bien dónde estaban los límites. Suerte que conmigo no tenía ninguno, porque había cosas en las que estaba algo perdida.
Aunque, después de esta traición, no estaba segura de si le guardaría las confidencias futuras con el mismo celo con el que le guardaba las pasadas.
Momo y Taïs asintieron; de mí no necesitaba confirmación alguna, así que miré a mis amigas. Sólo Kendra no había probado aún lo que era estar con otra persona, pero eso no la hacía, con diferencia, la más osada de las cuatro.
-Yo tampoco-dijo Mimi, y sorprendentemente lo dijo con ilusión, como si le gustara saber que había encontrado por fin un grupo en el que alguien la entendía. Yo recordaba lo que era no haber estado nunca con un chico, las dudas que generaba, el misterio, casi el tabú. Me habría sentido un poco en un escalón inferior con respecto a mis amigas si hubiera pasado tiempo entre que ellas perdían la virginidad y la había perdido yo, pero con las chicas no había sentido nunca que hubiera ningún tipo de desfase. Sólo en un puñado de ocasiones, que podíamos contar con los dedos de una mano, se había notado la diferencia entre la inexperiencia de Kendra y la que teníamos las demás. Claro que éramos un poco más jóvenes que Mimi, y que nuestro grupo de amigas era más reducido que el suyo.
Comprendí que Mimi lo sentía como si todo el mundo supiera un secreto a voces que era incapaz de desvelar, algo así como cuando todavía no te han dicho quién te trae los regalos por Navidad pero ya empieza a haber rumores en la clase.
Y Ken, como siempre, estuvo a la altura de las circunstancias. Levantó las manos en el aire y luego abrazó a Mimi por los hombros.
-¡De modo que somos las últimas que quedamos para sacrificar!-rió, y Mimi con ella, un poco sonrojada, pero ya no tanto como antes. Me gustaba ver que se sentía a gusto con las chicas.
-Aunque puede que no por mucho tiempo-la pinché, y Mím se puso como un semáforo y me dio un manotazo.
-¡Calla!-rió, y frunció el ceño cuando Momo, que la estaba taladrando con la mirada, le preguntó:
-Oye, ¿tú sabes que a mí me gusta Jordan?
-Ah. Pues… algo me parecía, sí.
-Sólo quería aclararlo-Momo entrecerró los ojos-. Para que lo sepas.
-No voy a intentar nada con Jordan.
-Mejor-sentenció, tajante, Amoke.
-Es el mejor amigo de mi hermano-apostilló Mimi.
-Ya, bueno… como ahora se estila liarse con los amigos de tu hermano…-Amoke me miró con intención y yo puse los ojos en blanco.
-Mira, no voy a dignificar esas palabras con una respuesta por mi parte. Y menos aún sabiendo lo mucho que os costó aceptar que estuviera con Alec. Y, ahora, ¡miraos! Empujándome a sus brazos como una manada de celestinas. Debería daros vergüenza—sacudí la cabeza.
-¿Que te empujemos a enrollarte con tu novio? A la que debería darle vergüenza sería a ti por necesitarlo-dijo Taïs mientras se encogía de hombros. Puse los ojos en blanco y les dije que no era tan sencillo.
-Alec no se ha ido para estar ultra pendiente de mí. Hemos decidido que lo mejor sería que tuviéramos el contacto estrictamente necesario para que él disfrute del voluntariado y yo no me vuelva tan… no sé. Dependiente de él, y…
-¿Dependiente? Madre mía, Saab, ¿tú te escuchas? Creo que la terapia está empezando a afectarte para mal-comentó Momo, y yo sacudí la cabeza.
-No. O sea… me encanta estar con él, y no creo que sea malo que disfrute de la compañía de mi novio, o del sexo con él. Es sólo que… no sé.
Sentí que se me formaba un nudo en la garganta y que se me humedecían los ojos.
-Saab…-susurró Momo. Me puso una mano sobre la mía. Kendra se acercó a nosotras, igual que Mimi. Taïssa me colocó los brazos alrededor y me acercó un poco a ella, dándome el espacio y el ángulo para llorar si lo deseaba.
-No sé. Todo esto es tan difícil. Lo echo muchísimo de menos. Y, a la vez, me alegro de que no esté. Y también me siento una traidora por alegrarme de que no esté.
-Oye, Saab, sólo te tomábamos el pelo con lo de llamarlo y tener una llamada picante. Pero si crees que lo que necesitas es hablar con él, por lo que sea (porque te supera el tiempo que vais a estar separados, o te estás rayando otra vez por Perséfone), a él no le va a molestar en absoluto-me consoló Momo.
-Alec odiaría saber que estás así, Saab-la apoyó Mimi, y yo negué con la cabeza.
-Ya lo sé. Y no quiero decirle nada porque no quiero que se preocupe. Me pidió que le pidiera que me quedara y yo me negué, a pesar de que era lo que queríamos los dos. No me parece que tenga derecho a ir ahora llorándole por… no sé, porque sus cartas tardan mucho en llegar-me encogí de hombros-. O porque le echo de menos. O porque…
Porque me estoy desinflando. Porque sé que él pudo sobreponerse a todo lo que se le enfrentaba porque estábamos juntos. Decía que yo había sido un pilar fundamental en sus éxitos, y yo lo creía exageraciones, pero… ahora que sabía lo que era el estrés real, ahora que lo sentía, tenía muchas dudas. Todo me estaba sobrepasando, y sentía que estaba perdiendo fuerzas a marchas forzadas tratando de nadar contra una corriente que ni siquiera se percataba de que yo estaba en ella. Creo que me habría sido más fácil subir el Támesis.
La cama estaba muy vacía, mis noches eran muy frías, mis días muy cortos, mis silencios, atronadores. Daba igual que intentara llenar su casa con una multitud; si él no estaba allí, la casa de Alec para mí era una tumba.
-Perdón. No sé por qué me he puesto así-sorbí por la nariz y me reí con amargura, pero Mimi negó con la cabeza.
-No te disculpes. Estás entre amigas. Es normal estar triste; tu pareja no está, y tendrás que esperarla mucho. Estás trabajando como una jabata y no tienes manera de rebajar todo el estrés que sientes… a Alec también le pasaba. Creo que en parte usaba el sexo como vía de escape para toda la presión que se imponía a sí mismo.
Me reí.
-Seguro que te parezco una imbécil, ¿verdad, Mím?-me limpié las lágrimas con el dorso de la mano-. Alec se jugaba la vida y yo sólo estoy agobiada porque estoy haciendo unos estúpidos bailes que apenas soy capaz de mejorar.
-No me pareces imbécil, ¡todo lo contrario, Saab! El baile es muy difícil; diría que es incluso uno de los deportes más duros, pero como nos enseñan que siempre, siempre, siempre debemos ser elegantes, creo que mucha gente lo subestima. Nuestro principal trabajo es hacerlo parecer natural, porque sólo lo natural es hermoso, pero… tía. A ver-bufó-. ¿A ti te parece natural caminar sobre la punta de los dedos de tus pies? Peses lo que peses, eso te destroza. Por no hablar de abrirte tanto de piernas que servirías para nivelar una carretera. Es normal que estés preocupada; Alec también lo estaba cuando competía, y él no trabajaba todo lo duro que estás trabajando tú, y no tenía tanta prisa como tú.
Cada vez que bailaba lo hacía con la mirada desquiciada de Alec en la retina, con la certeza de que si él había podido ganar un combate con varias costillas rotas, yo podría seguir con mi agenda demencial. Pero ahora sabía que la única manera de aguantarla era no saliendo de la espiral de estrés en que me había lanzado yo solita, y con lo cansada que estaba aquello era justo lo último que me apetecía.
… a pesar de que sabía que no tenía otro remedio para alcanzar mi objetivo.
Jolín, ojalá Alec estuviera allí, aunque sólo fuera para darme una de sus charlas motivacionales que me harían creerme la persona más poderosa de la tierra. Sólo alguien que ha bajado al infierno y ha sido capaz de volver sin quemaduras puede convencerte para que dejes de tenerle miedo a las llamas. Y lo peor de todo era que sabía que, aunque Alec sería la persona ideal para hablar de esto, porque sólo él me entendía y me ayudaría a pesar de que no estuviera de acuerdo, todavía tenía la baza de Fiorella. Ella me daría herramientas mejores para manejar mi estrés y tratar de sobreponerme a los pensamientos intrusivos que esperaban a que yo estuviera quieta para asaltarme como carroñeros.
Y no me atrevía a jugarla por si terminaba sacándome algo de lo que yo le decía sobre mi plan en la terapia con mis padres… porque todos sabíamos cómo iba a ir eso.
-Y si todo es demasiado para ti…-añadió Taïs, acariciándome la espalda-. Puedes dejarlo. No eres una superheroína, Saab. Eres humana. O sea, para nosotras sí lo eres-añadió, y miró a las chicas alternativamente. Todas, las tres, asintieron; hicieron la piña que todavía no eran del todo por mí-. Pero tu día también tiene las horas limitadas. No puedes exigirte tanto. Hasta ahora no ha sido un problema porque siempre cumplías tus expectativas, pero estás yendo a terapia y has tenido el problema que has tenido con tus padres precisamente por tus niveles desmesurados de autoexigencia. Si no te da tiempo a prepararte para esta edición del programa, puedes ir a la siguiente. Te darán el pase directo sin…
-No puedo ir a la siguiente-repliqué, y Taïs frunció el ceño.
-Ésta es la penúltima edición que hay anunciada, y siempre pueden ampliarlas.
Negué con la cabeza. El formato del programa se había concebido para que hubiera diez ediciones, y una final, en la que los vencedores de cada una se enfrentaran para demostrar cuál era la mejor generación de artistas que había dado el país. A mí no podía importarme menos.
No dejar que le siguieran haciendo a las aspirantes a cantantes lo mismo que le habían hecho a Diana, porque si se lo habían hecho sabiendo que era hija de quien era, ¿qué no le harían a quienes no tenían ningún apellido poderoso tras el que escudarse?
-No puedo ir a la siguiente. No voy a ir a la siguiente. Voy a ir a esta. Y la tengo que ganar.
No había otra solución.
-Sabrae, no puedes ser así de competitiva. No, si te va la vida en ello-dijo Momo, y yo me reí con amargura.
-Oh, pero es que en eso te equivocas, querida Momo. Sí que me va la vida.
Empecé a reírme como una loca; tanto, que pensé que me lo había vuelto del todo. Las chicas se miraron entre sí, preocupadas, buscando respuestas que nadie podía darles… porque sólo las tenía yo. Y estaba un poco harta de guardarlas conmigo, pues tenían dientes y uñas afilados.
Por eso, precisamente, no les costó demasiado que les dijera lo que pasaba. Lo que pasaba de verdad. Cuando miré a Mimi como pidiéndole perdón, y también permiso, supe que estaba cruzando una puerta que nunca más podría volver a cerrar, pero sólo me quedaba confiar en que había tenido toda la vida en mis amigas lo que ahora tenía con Alec.
-Diana consumía muchas menos drogas cuando entró en el concurso que cuando salió. Creo que Noemí y Harry la mandaron a Inglaterra, a casa de Louis y Eri, para que se desintoxicara. Casi lo consigue. Y luego entró en el concurso, pasó todo lo que pasó con ella y con mi hermano y con Tommy, y… nos confesó el otro día que abusaban de ella.
Las chicas estaban pálidas; Mimi tenía treinta años más, de repente.
-¿Qué?
-Esto siempre ha pasado-dije, estrujando mi propio albornoz en mi puño-. Siempre. Creímos que con el Me Too se había convertido en algo casi anecdótico, si es que se le puede llamar así. Pero no lo es. Ha vuelto, si es que alguna vez se fue. Hay que arrancarlo de raíz otra vez, y sólo yo puedo hacerlo.
-Sabrae… ésa no es tu lucha. Y es una peligrosísima.
Me reí de nuevo, el peso del mundo sobre mis hombros. Me sentía en una esquina, cubierta con mi sudor y mi sangre y la de mi adversario, con unos pinchazos en el costado que me hacían ver las estrellas… y que, aunque nunca los había sentido hasta ahora, sabía exactamente qué eran.
Estaba desquiciándome. Era ahora o nunca.
-Diana es mi amiga. Incluso si no fuera feminista, no iba a dejar que esto quedara impune, y todas sabemos que la justicia llega hasta donde llega. Hasta mi madre lo dice, y ya veis quién es ella en el sistema legal de este país. Claro que es mi lucha. Soy la única que puede vengar a Diana. Tengo las ganas de trabajar, tengo la voz y la ambición. Y, por encima de todo, tengo el nombre. Nadie más que yo puede hacer eso, y todas lo sabéis. Soy la única que sobreviviría. Soy la única a la que no se pueden permitir convertir en mártir. Represento demasiado para intentar mandar conmigo un mensaje. Mi nombre pesa mucho.
-Diana es una Styles y aun así le hicieron eso-dijo Amoke con un hilo de voz.
-Diana es una Styles y por eso le hicieron eso. No es sólo porque sea guapa; es también porque sabían que nunca se había enfrentado a eso. Tenían su punto débil y lo usaron en su contra. Pero yo soy una Malik. Mi único punto débil está a miles de kilómetros de distancia. Es ahora o nunca.
A Alec no le harían daño estando tan lejos. No podrían alcanzarlo, y mi familia estaba bien protegida por mis padres. Mi único punto débil, a pesar de debilitarme por estar ahora mismo en el lugar del que creíamos que yo procedía, también estaba bien cuidado a salvo en la sabana. Todo encajaba tan bien como en un puzzle macabro que era imposible no creer que ésa era la voluntad de Dios.
-Diana ya era una modelo respetada antes de entrar al concurso, y aun así se lo hicieron- Amoke se puso en pie y me miró desde arriba, acusadora-. ¿Qué coño te hace pensar que tú vas a estar a salvo de eso, Sabrae? ¿Que no van a intentarlo contigo?
-Lo intentarán-sonreí-. Y eso jugará en su contra. Todavía no sé cómo, pero cuando llegue el momento, sabré defenderme. No dejaré que me pillen desprotegida.
-Es una misión suicida.
-Puede. Pero ésas son las más efectivas.
-Puede que el que fuera hija de Harry fuera lo que más morbo les daba. Era el que más poder tenía en One Direction. Puede que a ti te dejen en paz-murmuró Taïssa-. Entra en razón, Sabrae. Esto es peligrosísimo.
-No lo intentarán por mi padre-les dije, y a Mimi le recorrió un escalofrío. Había crecido escuchando a mi madre en la cocina de la suya quitándoles importancia a las amenazas de muerte que le llegaban con casos más mediáticos, o cuando la marcha del 8M de ese año era particularmente multitudinaria. Mamá siempre se las apañaba para localizar y meter entre rejas a los imbéciles que se las mandaban, pero no era un trago agradable y, de vez en cuando, necesitaba desahogarse.
Y aun así, seguía. Cada año más valiente que el anterior, poniéndose en peligro para que mis hermanas y yo pudiéramos crecer en un mundo mejor.
-Pero yo lo conseguiré. Y tampoco va a ser por mi padre. Me han criado para que sea más lista que el hambre, y los artistas son más creativos cuando pasan hambre, según dice papá. Yo no voy a llegar ahí.
Mimi se levantó y se puso a pasear por el baño, las huellas de sus pies descalzos brillando contra el suelo condensado.
-¿Tú lo sabías?-preguntó Amoke, y Mimi se detuvo-. ¿Sabías que pensaba hacer esto y aun así decidiste ayudarla?
-No se lo dije.
-Pero lo sospechaba-atajó Mimi-. Soy tímida, no tonta, Sabrae. Sé que lo habrías hecho sola y que no habría manera de convencerte de lo contrario, y te he visto las suficientes veces con Alec para saber que eres más terca incluso que él, que ya es decir. Así que sólo podía facilitarte el camino. Eso… y que Scott me lo pidió.
Se me pusieron los pelos de punta.
-¿Scott?
-No sabe exactamente qué es lo que te pasa, pero lleva notándote rara desde que Diana nos lo contó. Supongo que sumó dos y dos y ha estado atando cabos desde entonces. Sí creo que has hecho algo mal, Saab, y es no contar con tu hermano para esto. No sólo es tu hermano mayor, también ya ha pasado por ahí. Puede aconsejarte. Conducirte.
Amoke me fulminó con la mirada.
-O llamas ahora mismo a tu hermano y lo pones en manos libres para que yo me cerciore de que se lo cuentas o te juro por Dios que no te vuelvo a dirigir la palabra en lo que nos quede de vida, Sabrae. No vas a confesarme que pretendes inmolarte en prime time y quedarte tan pichi-ordenó Momo. Y, como sabía que lo decía totalmente en serio y yo no podía permitirme perder a más gente, cogí el móvil y le mandé un mensaje a mi hermano preguntándole si estaba ocupado o si podría llamarle.
Su respuesta fue una llamada nada más leer los mensajes.
-¿Qué pasa, peque?-saludó, y escuché el ruido de videojuegos de fondo-. Por favor, no me digas que se os ha acabado algún acondicionador o algo así, porque no pienso ir a por ninguno más después del pollo que me montaste cuando te traje la mascarilla de plátano en lugar de la de papaya. En esto estás sola, chavala.
-Scott…-dije, y con eso bastó. Se hizo el silencio al otro lado de la línea.
-Estoy ahí en un minuto-dijo, y cortó.
No le llevó ni un minuto; resultó que estaba en el cobertizo de Jordan, esperando a ver si me daba un bajón por haberme dado un descanso después del ritmo frenético en el que había sumido mi vida o si, por el contrario, la tarde de chicas era justo lo que necesitaba para relajarme y ver que no tenía que ser perfecta incluso en astrofísica, ya que eso iba a ser cosa suya.
Abrió la puerta del baño y se quedó allí, bajo el marco, con Jordan a su espalda, mirando por encima de su hombro. Supe que la cosa era seria cuando Amoke no hizo ni amago de abrirse el albornoz; ni siquiera le sonrió.
Scott nos barrió con la mirada a todas: clavó los ojos en mí, luego en Taïssa, en Kendra, en Amoke, de pie a mi lado; en Mimi, a unos metros de nosotras, y luego, de nuevo en mí. Se mordisqueó el piercing por dentro mientras la expresión indescifrable de su rostro se volvía todavía más dura.
-Bueno, tú dirás, Sabrae.
-¿Os quedáis a cenar, chicos?-preguntó Annie, esperanzada, y Jordan preguntó qué había antes de decir que sí, como si en algún momento la respuesta fuera a ser distinta. Abrí la boca para empezar a hablar, pero Scott me cortó.
-Y acuérdate de que aquí no están Fiorella, ni papá y mamá. Así que déjate de mierdas y dime la verdad.
Al final resultaba que Scott también
se quedaba a cenar, pero no iba a darle a Annie al más mínimo trabajo: su cena
era yo.
Que pases unas estupendas navidades y tengas una genial entrada de año. De mi familia a la tuya, ¡feliz Navidad y feliz 2026! ᵔᵕᵔ ❤
Y encima había sido tan imbécil de hablar con ella en ruso, de forma que nadie en la cantina podía saber lo que decíamos. Dios, sería gilipollas. Ahora nadie me saldría al encuentro. Estaba totalmente solo. Y siempre que me había salido con la mía contra Valeria había sido gracias a la presión que el saber que tenía el apoyo de mis compañeros ejercía en ella.
Joder, ¿dónde estaba mi fuego de boxeador cuando se le necesitaba? Tenía la boca seca, la lengua pesada, y las rodillas de gelatina. Así era como se perdían combates tirados contra oponentes muchísimo peores que tú. Sergei no me permitía salir a combatir en este estado, sino que me cogía por el cuello y me hacía mirarlo y me obligaba a repetir con él unos mantras que ahora mismo yo era incapaz de recordar.
Cojonudo, justo en el momento en que mejor me venía ser un amnésico mononeuronal.
Sentí una mano en mi hombro al tiempo que la voz preocupada de Luca se abría paso entre los murmullos ininteligibles de los demás. Mi reacción había sido el detonante para que el comedor se convirtiera en una especie de torre de Babel horizontal y a pequeña escala en la que todos los compatriotas se juntaban para confirmar que Valeria y yo no habíamos hablado en inglés, la que sabían que era mi lengua materna y la vehicular de todo el campamento.
Debía de haberme dicho algo horrible si yo, que no me callaba ni debajo del agua y siempre tenía un as bajo la manga, de repente no sabía qué decir.
-No… no tengo ni idea de qué me hablas-me escuché decir por fin, aunque ni siquiera sabía en qué idioma. Mi nombre de nuevo en mi oído, salido directamente de los labios de Luca, que me agarraba con la desesperación de quien pilla a un amigo al otro lado de la barandilla de un puente (y que yo conocía demasiado bien) me hizo sospechar que seguía siendo en ruso.
El idioma de mis ancestros, el idioma en el que en los delirios de mi abuela podría reclamar un imperio sólo por la sangre que corría por mis venas… ahora volviéndose en mi contra y convirtiéndose en una cárcel cuya condena desconocía.
Era una sensación extraña, pegajosa y desagradable a la que no quería acostumbrarme. Siempre había relacionado el ruso con el amor, con la confianza. Por eso me gustaba tanto que Sabrae estuviera aprendiéndolo: porque, como no habían abusado de mí ni de nadie a quien quería en ruso, era la llave que abría la parte de mi corazón que siempre estaba bien.
Que Valeria hubiera sido capaz de quitarme eso sin que yo me diera cuenta de que ése era su plan me enfureció. No debería habérselo puesto tan fácil.
Supongo que por eso estaba totalmente en shock.
-Alec…-dijo Luca, pero mi visión de túnel sólo permitió que mis sentidos se concentraran en la forma en que la sonrisa de Valeria se curvó un poco más, e inclinó la cabeza ligeramente a un lado como si me tuviera justo donde quería.
Me recordó a Sabrae cuando discutíamos y se disponía a decir algo que nos iba a doler a los dos por igual. Por descontado, jamás le reconocería a Sabrae que sabía exactamente cuándo iba a decirme algo que a ninguno de los dos le gustaría escuchar, pero mi corazón sabía que iba a espachurrarlo un segundo antes de que lo hiciera con sus palabras como dardos venenosos teledirigidos, siempre certeros, siempre letales. Todo porque sus sonrisas eran idénticas.
Cada una jodiéndome a su manera.
-No, ¿eh? Entonces, no te importará que abra la puerta de la clínica y deje que salga a la intemperie. Según me han contado, Perséfone la metió en su mochila y pretendía traerla a la hora de la comida porque la pequeña se ha dedicado a arañar todas las paredes por donde tú te has estado apoyando, como si te estuviera buscando. O quizá es coincidencia. Quizá sólo busca una salida. Quizá sólo quiere volver con su madre. ¿Le damos la oportunidad?
No contesté. Pensar en Nala arañando todas las paredes, temblando por las esquinas, maullando desesperada mientras intentaba averiguar por qué la había abandonado me rompía el corazón. La había traído de la sabana para cuidarla, y le había fallado dejando que nos separaran. Debería haber insistido más. Debería haber pensado una excusa en las largas horas que habíamos pasado los dos juntos en el coche, camino del voluntariado. Debería haber sido más listo.
Debería haberme esforzado más. Al final, toda mi vida se resumía en los grandes fracasos que la definían: fracaso en mi familia, fracaso académico, fracaso en el amor, siempre ciego, siempre fallando en el tiempo. Siempre subcampeón, el triunfador de los perdedores. No hay nada más amargo que la plata.
-Los leones no llevan bien estar en cautividad, y menos cuando son tan jóvenes. Muchos enferman si no los tienes en un sitio desde el que puedan ver el cielo. Puede que lo eche de menos, y que yo me equivoque.
Tenía la lengua pastosa, como hecha de cemento.
-Por no hablar, claro, de que su madre la estará buscando. Las leonas son muy protectoras con sus cachorros, y nos costaría mucho conseguir tranquilizarla si tuviéramos a una de sus crías con nosotros. A no ser-sonrió, adivinando el significado del destello que se produjo en mis ojos ante la mención de la madre de Nala, de la que ya no debía de quedar ni el esqueleto, si es que algún animal se había atrevido a aventurarse en la tormenta para saciar su hambre-, claro, que haya perdido su rastro entre tanto olor a humano. Suelen evitarnos, ¿lo sabías? Ni cuando están más enfermos permiten que nos acerquemos a ellos; por eso no tenemos ninguno aquí. Les han dado caza de forma tan extensa que ya han relacionado nuestro olor con la muerte, y prefieren agonizar a arriesgarse a que les curemos.
Killian cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y miró a Nedjet, que negó ligeramente con la cabeza. A mí me martilleaba el corazón en las sienes, tanto que pensé que me terminaría reventando. Puede que ése fuera mi último día en la tierra, y ni siquiera iba a poder despedirme del sol. Ni de mi luna y mis estrellas.
-Puede que no sea tarde para ella-pensó Valeria en voz alta, poniendo los brazos en jarras-. Quizá, si localizamos una manada y un equipo sale en su busca, podamos dejarla antes de que se impregne de nuestro olor y todas las manadas la rechacen.
Tenía que ser un farol. No podía decirlo en serio. ¿Cómo coño iba a mandar a nadie para que dejara a Nala en medio de la sabana con la que estaba cayendo? Ya no sólo por mi pequeñina, sino también por el equipo al que mandaría. Cada poco se escuchaba el crujido amenazador de un árbol que parecía a punto de ceder; parecía cuestión de tiempo que el techo de la cantina se desplomara bajo el peso de alguno de los árboles centenarios que nos rodeaban. Si nos habían mandado ir allí no sólo era para tenernos controlados y que no hiciéramos ninguna gilipollez, sino, también, por nuestra propia seguridad.
Y, sin embargo, algo en la mirada de Valeria me dijo que ya había tomado decisiones mucho más difíciles que esa muchas otras veces. Que una leoncita inocente era un precio razonable a pagar cuando se trataba de mantener su estatus y el orden en el campamento que tanto tiempo le había costado alcanzar, y que tan buenos resultados le daba.
Además, tenía razón. En todo lo que llevaba en el campamento no había visto ni una sola vez en que recogiéramos un león, o lo trajera alguno de los otros equipos que salían de expedición, o lo cuidaran los veterinarios que estaban en el campamento. Lo había achacado a que no había suficientes o lo bastante cerca como para que me hubiera coincidido, o que era más complicado traerlos por su tamaño y su fiereza, o que su presencia eran más excepciones que reglas y se procuraba curarlos en la sabana igual que nos desvivíamos por hacer lo mismo con las jirafas o los elefantes, a los que directamente ni era viable transportar, y que acusaban mucho más la falta de su red familiar que otros animales de naturaleza más solitaria.
Puede que…
-Killian-cambió al inglés, y Killian separó los pies ligeramente, como si se cuadrara ante ella, demostrándole que tenía toda su atención-, ¿crees que podrías salir en una expedición para dejar a una leoncita en la familia más cercana que conocemos?
Killian me miró con alarma en los ojos, pero no dejó que su voz se tiñera de preocupación cuando respondió.
-Claro. En cuanto arrecie un poco…
-Es urgente-respondió Valeria sin tan siquiera mirarlo, con los ojos clavados en mí, leyendo mi expresión, en busca de algún síntoma de que fuera a ceder. Intenté que mi cara fuera una máscara de desconocimiento, lo cual me estaba costando horrores porque lo único que me apetecía era vomitar-. O sea, saldrías inmediatamente.
Se hizo un silencio sepulcral en la cantina, sólo interrumpido por el retumbar de la lluvia. Era como si los dioses lloraran todo lo que me apetecía a mí y no podía.
Killian me miró de nuevo, sin entender por qué no daba un paso adelante y lo admitía. Pero tenía que ser mentira. No podía mandarlo de verdad a la inclemencia del tiempo sólo por castigarme a mí, ¿verdad?
-¿Ahora?
-No queremos que sus congéneres la rechacen. ¿Verdad que no, Alec?-preguntó Valeria, y yo no contesté. Mi lengua pesaba una tonelada, mis pulmones medían dos milímetros de ancho. De repente era consciente de cada poro de mi piel, de los puntos de sutura de mis cicatrices, de las zonas en que se habían soldado los huesos allí donde el accidente me los había roto.
-Claro-contestó al ver que yo no decía nada. Por el rabillo del ojo vi que se inclinaba a coger una pistola, la cargaba, y se abría hueco a continuación entre los cuerpos de los soldados que se habían graduado con él, habían luchado con él, arriesgaban la vida con él.
Tenía una decena de ojos posados en mí cuando Killian fue a por su chaqueta. Valeria seguía con los ojos fijos en mí, expectante, calculadora como un buitre que sobrevuela en círculos a un búfalo de paso sospechosamente moribundo.
Era mentira. Era mentira. Era mentira. Tenía que serlo. No mandaría a Killian fuera con la que estaba cayendo.
Killian abrió la puerta y un vendaval me revolvió el pelo, insuflándome aire en los pulmones. Con un relámpago que iluminó el cielo y me retumbó en los oídos todavía más fuerte que mi corazón, me di cuenta de una cosa:
Valeria no perdía nada si Nala se marchaba. Yo, en cambio, lo perdería todo.
-No vayas-le dije a Killian, y todo el mundo contuvo la respiración. Valeria alzó las cejas.
-¿Cómo dices, Alec?
-Dile que no vaya.
Killian miró a Sandra, que sólo pudo devolverle la mirada. Estaba solo en esto, y no le quedaba otra que obedecer. Sólo había una persona ante la que respondíamos todos, sin excepción, cuando estábamos en el campamento. Todas las demás jerarquías eran tentáculos del mismo cuerpo, cuya cabeza era la de Valeria. Daba igual que Nedjet me diera una orden a las 3; si contradecía una de Valeria a las 3 y un minuto, tenía que desobedecerla.
Y, sin embargo, la moral le decía a Killian que todo aquello estaba mal. Vi que en su fuero interno se desataba una rebelión, con sus piernas pesando toneladas y los pies anclados en el suelo, de repente hechos de hormigón en vez de piel.
Sólo yo podía liberarlo y evitar que Nala pasara por todo lo que había intentado evitarle cuando la rescaté, y encima, peor, por haberla sacado de su hábitat y haberla salvado de una muerte segura, pero también mucho más rápida de lo que le esperaba si la abandonábamos a su suerte.
No iba a dejar que se muriera de un ataque al corazón. La había tenido entre mis brazos, había hundido los dedos en su pelaje, había luchado por lograr que se calmara y descansara un poco mientras la furia de los elementos ponía a prueba nuestros nervios. No se merecía un final así, cargado de sufrimiento y dolor.
Debía ser libre, sí, pero no para morir la más patética de las muertes.
-No le hagas salir-supliqué, y el inglés sonó sucio en mi boca. El idioma de las condenas, de los cismas religiosos por motivos totalmente egoístas, de la imposición religiosa y de la limpieza étnica. El idioma de un imperio que no tenía más bandera que la especia primero, el oro después, el dinero al final. No había nada noble en inglés; era el idioma en que habían maltratado a mi madre y me habían aterrorizado a mí. No era el idioma de mis ancestros como yo los sentía, a pesar de que tuviera más sangre inglesa que de ninguna otra nacionalidad. No era el idioma de mis vacaciones y de mis días soleados, a pesar de que pasara en Inglaterra once meses al año.
Pero era el idioma de mi redención. El idioma en el que había conocido a mis amigos, había aprendido a ser mejor persona, había empezado a curarme de los males que llevaban persiguiéndome casi desde que nací.
El idioma en el que me había enamorado. El idioma en el que hablaba con la persona que más me importaba y mejor me hacía, por la que más quería luchar, la única razón por la que me esforzaba por mejorar.
Descubrí entonces que había dignidad en rendirme si eso significaba que impediría una injusticia, y le daría un nuevo motivo a Sabrae para estar orgullosa de mí.
A ella le habría gustado lo que hice. Y no habría dejado que la arrojaran a la intemperie a la primera de cambio.
-Es verdad-admití con un poco más de dignidad, aunque no por ello con más calma. Extendí una mano temblorosa hacia Valeria, que me taladraba con la mirada-. He traído una leoncita.
Un jadeo colectivo siguió a mi confesión, como si mis compañeros no pudieran creerse que no hubiera seguido con mi farsa hasta el final. ¿Me iba a dar por vencido así, sin más? ¿Después de hacerles jurar y perjurar que no le dirían nada a Valeria y que protegerían el secreto con sus vidas? ¿Un simple desliz de Perséfone era bastante para desarmarme?
Ellos no habían visto a Nala en la sabana como lo había hecho yo. No habían corrido con ella en brazos para poder salvarla, ni la habían notado ir dejando de temblar poco a poco hasta que, finalmente, se quedó dormida, y yo con ella. No lo entendían, porque no habían pasado todas las noches desde que habían vuelto empapados en su propio sudor al soñar que la persona que más les importaba les daba la espalda; y luego no habían dejado de soñar con eso en cuanto la pequeña leoncita se había quedado dormida entre sus brazos.
Quizá yo la había salvado de las hienas, pero Nala me había salvado a mí de mis demonios. Le tenía una lealtad que pocas personas me inspiraban, y no la iba abandonar a su suerte, así que lo sentía mucho si los demás pensaban que estaba rindiéndome demasiado pronto.
-No le hagas nada, Valeria-supliqué, y Valeria frunció ligeramente el ceño, como si le estuviera pidiendo una locura-. No la dejes a la intemperie con este temporal. A mí hazme lo que quieras-me acerqué a ella, que no se inmutó-, pero a ella no le hagas nada. No tiene ninguna culpa…
Tomó aire y lo soltó despacio por la nariz.
-Alec…
-Por favor-le rogué.
Y me puse de rodillas.
Escuché varios gritos ahogados a mi espalda, pero me daba igual. Si era mi dignidad lo que quería Valeria, se la daría. Todo con tal de que Nala estuviera a salvo.
-Por favor. Haré lo que me pidas. Lo que sea. Castígame como quieras, déjame sin sabana…
-Alec, levántate del suelo-ordenó Valeria.
-… no me dejes ningún otro sábado libre, mándame limpiar siempre los baños, lo que quieras. Pero deja que se quede. No la eches del campamento. Las alimañas la matarán en cuanto ponga una pata fuera.
-¡Levántate, Alec!-bramó Valeria, y yo la miré desde abajo, luchando por contener las lágrimas. ¿De verdad era inútil? ¿En serio su afán por mantener el control del campamento valía la vida de un animal? Un animal que, por si no te acuerdas, estaba en peligro de extinción. Un animal inocente al que se suponía que teníamos que salvar. Yo no había cruzado el mundo para quedarme de brazos cruzados cuando se acababa el trabajo de las letrinas, o apelotonarme en una cafetería a esperar que pasara un temporal mientras el resto de seres vivos de mi alrededor las pasaban putas.
-Valeria-me escuché sollozar-, por favor…
Valeria dio un paso atrás un dos pares de manos me levantaron del suelo: reconocería el tacto de Luca con los ojos cerrados, y por la sombra a mi izquierda, diría que Fjord se había adelantado para ayudar a mi compañero.
-Alec-repitió. Luca me pasó una mano por la espalda y me apretó el hombro, dándome ánimos, sosteniéndome ahora que sabía que yo no podía. ¿Cómo iba a perdonarme esto? ¿Cómo se lo diría a Sabrae?
¿Cómo viviría con saber que sólo había postergado lo inevitable para Nala, y le había causado un sufrimiento tremendo alargando su vida en estas condiciones de mierda?
La puerta se abrió de nuevo, y a la ráfaga huracanada la acompañó una angustiada Perséfone en cuyos brazos se revolvía una asustadísima Nala. Me eché a llorar en cuanto vi sus ojazos posarse en mí, reconocerme y relajarse, como si supiera que conmigo no podía pasarle nada malo. Qué equivocaba estaba, mi pobrecita.
-Valeria, por favor…-supliqué, y Perséfone se paró en seco al verme. Sin embargo, Valeria parecía decidida a ignorarme: se acercó a Perséfone y recogió a Nala de sus brazos. Mi amiga estaba tan en shock que ni siquiera reaccionó: dejó que se la llevara sin más reacción que bajar los brazos mientras me observaba como si me viera por primera vez.
Valeria sostuvo a Nala entre sus brazos, luchando por contener a la leoncita que, desesperada por reencontrarse conmigo, no se estaba quieta. Le pasó la mano por entre las orejas y le sonrió con una dulzura impostada cuando Nala levantó la mirada y la clavó en ella.
-Al…-susurró Perséfone, y se le humedecieron los ojos también. Como si fuera su culpa. No lo era. No era culpa de nadie más que mía.
No debería haberla dejado sola. No debería haber cargado a Perséfone con la responsabilidad de cuidarla cuando era yo quien la había rescatado. No debería haber hecho que los demás me prometieran que no dirían nada si yo me separaba de ella. No debería…
Valeria se acercó a mí y me tendió a Nala con cuidado, a pesar de que la pequeñita había decidido ser una guerrera y tomarse la justicia por su mano. O, bueno, su pata. Como yo no me había movido, se había puesto a luchar por regresar conmigo con más ahínco, como si supiera que si la tocaba yo no sería capaz de despedirme de ella.
Nala ronroneó cuando la recogí; colocó las patas delanteras sobre mi pecho y se frotó contra mí como si fuera ahí donde había nacido para estar. Extendí los dedos alrededor de su cuerpecito, con su cola flagelándome en los antebrazos, y la estreché contra mí con tanta fuerza como si quisiera que nos fundiéramos en un solo ser. Tanta fuerza que Nala exhaló un quejido y me clavó las garras lo más profundamente que pudo, como diciendo “bueno, vale que nos queramos, pero, ¿no crees que este abrazo se está volviendo un poco zoofílico, porque soy una leona, y pedófilo, porque tengo unos meses de vida? Tranquilízate un poco”.
Aflojé mi abrazo lo justo para que Nala pudiera hacer fuerza con sus patitas, separarse de mí y mirarme. Se frotó de nuevo contra mí, acurrucándose en mis brazos, y exhaló un bufido de pura satisfacción. Cerró los ojos y me rodeó un brazo con las zarpas, aparentemente relajada, pero se estremeció cuando un relámpago hizo retumbar la estancia con un nuevo trueno.
Perséfone se acercó a mí mientras alguien cerraba la puerta y la atrancaba de nuevo.
-Lo siento muchís…
-No es culpa tuya-aseguré con la voz rota, y miré a Valeria, que contemplaba a Nala con gesto indescifrable. Estreché un poco más fuerte a Nala entre mis brazos, que me dio un lametón en el bíceps como agradecimiento-. Valeria… por favor.
Hubo murmullos de protesta, de súplica, tratando de hacer que entrara en razón. Entonces, Valeria dijo algo y todo el mundo se calló.
-¿Qué?-repetí, porque estaba seguro de que no la había oído bien.
-He dicho que puede quedarse aquí-sentenció, y la trenza que Perséfone llevaba me flageló la espalda cuando se volvió para mirarla como un resorte. A mí casi se me cae la pequeñita de los brazos de la sorpresa.
-¿Hasta cuándo?-pregunté con un hilo de voz. Valeria suspiró.
-Hasta que pase la tormenta.
Eso no me bastaba, no si pretendía que nos separáramos cuando pasara el temporal, pero al menos era algo. Me habría lanzado a darle besos si no tuviera una carga tan preciada en las manos… y no la resintiera por no apiadarse de una criatura preciosa e inofensiva como mi niñita.
-Pero después de que pase la tormenta no quiero volver a verla por aquí, ¿queda claro, Alec? No quiero animales en la cantina. Más te vale mantenerla alejada. Es tu responsabilidad.
Eso era injustísimo; no podía pedirme que…
Espera, ¿qué?
¿Ein?
Debí de decirlo en voz alta, porque Valeria me miró con hartazgo y cansancio. Supe que en ese mismo momento decidió que, a partir de entonces, se harían pruebas psicológicas y entrevistas personales a los futuros candidatos a voluntarios. No podían permitirse que alguien tan subnormal como yo volviera a aparecer por allí y ponérselo todo patas arriba.
-Esta vez puede quedarse porque todavía es demasiado pequeña y es evidente que está aterrorizada, pero como la vea cruzar las puertas de la cantina y trastear en la cocina una vez pase la tormenta, te juro por Dios que te pongo a dormir al raso con ella lo que te quede de voluntariado, Alec.
-¿Una vez pase la tormenta?-repetí como si fuera retrasado, o extranjero y no tuviera dominado el inglés como uno de esos chavales que venían de intercambio en verano y apenas sabían distinguir los tiempos verbales (pero que sabían decir “polla” de treinta maneras distintas, así que tocaba respetarlos)-. Entonces, ¿me la puedo quedar?
Valeria me miró como si, efectivamente, fuera retrasado. Para ella sí era extranjero, pero estaba acostumbrada a lidiar con gente que no tenía fluidez en el inglés, así que mi pésima capacidad de conversación tenía que deberse, más bien, a una embolia en el lóbulo occipital. O el que fuera que se encargara de que una persona no fuera subnormal profunda.
-Pues claro, Alec. Es huérfana, y yo no soy un monstruo. Ahora nosotros somos su familia.
Exhalé un gritito que ya quisiera Scott luciéndose delante de un estadio entero coreando su nombre y me lancé a comerme a besos a Valeria. Le habría dado un morreo y todo si ella me hubiera dejado; estaba segura de que Sabrae lo entendería. Además, me había pedido que no me follara a otras, y yo pretendía mantener mi polla bien lejos del coño de Valeria.
Todo tiene un límite en esta vida, incluso la paternidad impostada.
-¡Quita! Por Dios-gruñó-, lo que me faltaba ya por aguantar.
-Gracias, gracias, gracias, ¡gracias, Valeria! Te aseguro que no te arrepentirás. La cuidaré como a una princesa, la entrenaré como a una espía; ¡ni te enterarás de que está!
-Ya me estoy arrepintiendo-suspiró Valeria, y se volvió hacia la mesa en la que estaba cuando la abordé-. No lo he sabido hasta ahora, pero por si me salían como tú es precisamente por lo que no quise tener hijos.
-¿Por si te salían guapos, altos y con buen corazón, aunque un poco desobedientes?-contesté-. Imagínate lo interesante que es la vida de mi madre teniéndome en casa. No necesita trabajar fuera para que los días se le pasen volando.
Valeria me taladró con la mirada y suspiró.
-No te haces una idea de lo que admiro y la empatía que siento por esa pobre mujer, porque si tiene que aguantarte dieciocho años para que le des uno de descanso… tiene el cielo ganado.
-Y yo que pensaba que ibas a ser la archienemiga de esta parte de mi historia, Val; y al final, vamos a estar de acuerdo en cositas y todo.
Valeria pestañeó.
-Vuelve a llamarme Val y os abandono a ti y a la leona en la sabana-sentenció, y se sentó de nuevo a la mesa, dando por finalizada la conversación. Sin embargo, sé que estuvo pendiente de mí y de Nala hasta bien entrada la noche, porque cada vez que me daba por levantarla en el aire como en la escena inicial de El Rey León, ponía los ojos en blanco, pero sonreía.
Nacida en la luz y destinada a que la amaran, Nala conquistó los corazones de todos dejándose querer, jugando y mordisqueando patas de las sillas hasta que a Perséfone y a mí nos llamaron la atención para que la mantuviéramos vigilada y procuráramos convertirla en alguien de bien.
Cuando el sueño fue venciendo a nuestros compañeros y poco a poco fueron quedándose dormidos, Luca, Perséfone y yo nos sentamos con la espalda pegada a la pared y Nala retozando sobre nuestras piernas, siempre en busca de la postura más cómoda para dormirse. Luca apoyó la cabeza en el hombro de Perséfone y se quedó frito mientras Perséfone le daba el biberón a Nala, y yo le acariciaba la barriga a la pequeña, que me miraba con una adoración y una confianza que no me merecía en absoluto pero que no quería perder ni de coña.
Valeria se paseó por la cantina, comprobado que todo el mundo estuviera bien, con su propia colchoneta, manta y almohada; rellenando botellas de agua, tapando pies destapados y recogiendo la basura. Nos dio otra manta extra a Pers y a mí para que envolviéramos a Nala si queríamos, y luego se acurrucó en un rincón junto a Nedjet, que la esperaba con ojos vigilantes.- -Algún día tendrás que contarme cómo la has cagado para que te pillen metiendo a esta bolita minúscula en un saco enorme-le dije a Perséfone en un susurro tan bajo que pensé que no me oiría.
Pero si lo hizo, porque ella siempre estaba peligrosamente pendiente de mí.
-Sólo cuando tú me digas cómo has hecho para que Valeria no te haya echado la bronca del siglo por desobedecerla por millonésima vez.
-Creo que le mola-confié en bajito, lanzando una mirada furtiva en dirección al bulto oscuro que conformaban ella y Nedjet-. Es como esos CEOs a los que les pone que una dominatrix vestida toda de cuero les insulte mientras les pisa los huevos con unos tacones de once centímetros.
-Estarías gracioso sobre unos tacones de once centímetros-respondió Perséfone, sonriendo y pasando una mano por el hueco entre mi brazo y mi costado. Me acarició el antebrazo y dejó la mano allí, disponible, para que yo se la cogiera si quería. Así lo hice. Sabrae lo entendería. Se sentía mal, culpable, y tenía que entender que no había nada que lamentar.
-Creo que subestimas mi compromiso con la comunidad LGTBIQ más. ¿No te he dicho que me acuesto con una de sus presidentas?
-No puedo creerme que hayas dicho “LGTBIQ más”. No pensé que conocieras tantas letras que pudieras deletrear.
Me reír entre dientes y Nala se revolvió sobre mi regazo, aunque no abrió los ojos.
-Me puse de rodillas-confesé, y Perséfone me miró-. Ponerse de rodillas frente a vosotras hace milagros.
Esta vez le tocó a Pers reírse, y sacudió la cabeza.
-No sé si quieres que recuerde lo que es tenerte de rodillas frente a mí.
-Como si no lo recordaras cada noche que dormimos juntos en la tienda de campaña.
Perséfone puso los ojos en blanco, volvió a sonreír y volvió a negar con la cabeza.
-¿No lo haces?
-No.
-Mentirosa.
Se rió de nuevo y jugueteó con sus dedos en mi antebrazo, pasándolos por los límites que establecían las zarpas de Nala en mi piel.
-Me lo pones muy difícil para que no odie a Sabrae a pesar de todo el bien que te hace.
-¿Por?-susurré, y un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Fue como si Sabrae estuviera allí, conmigo, escuchando, decidiendo si tenía que preocuparse por Perséfone de nuevo o si todo lo que había hecho por nosotros seguía superando el peso que había tenido en mi pasado.
-Porque tú nunca dejarás de ser para ella, a pesar de que ella no te ha esperado tanto como Bey o como yo. Creo que si fuera Bey, sería más fácil-murmuró, más para sí que para mí.
-Pero no es Bey-respondí en voz igual de baja.
-Lo sé.
-Se hará más fácil-aseguré, y le di un beso en la sien-. Si quieres que pare…
-Ya he perdido a mi amor de verano. No quiero perder también a mi mejor amigo de Grecia en Etiopía. No quiero que cambie nada más entre nosotros, ¿vale?-me pidió, y yo torcí la boca.
-Tenemos la paternidad compartida de un bebé peludo. Igual algo sí que tiene que cambiar entre nosotros, Pers.
-Me refiero al margen de nuestra hija adoptiva. Que, por cierto, es evidente que te quiere más a ti que a mí.
-No me extraña. Soy más guapo y más alto. Y follo mejor. Claro que eso ella no lo sabe. Ni lo sabrá.
-Tú no follas mejor que yo.
-Por favor, Perséfone-me eché a reír en voz baja-. Mi polla no es Patrimonio de la Humanidad porque mis ligues no se dieron cuenta de que podían proponerla a la Unesco.
Perséfone me miró en la oscuridad, y finalmente puso de nuevo los ojos en blanco.
-Olvida lo que he dicho antes. Cada vez me pones más difícil no sentir una lástima infinita por la pobre Sabrae. Menuda perla se ha llevado-suspiró, acurrucándose contra mi pecho y dándole un beso a Nala en la nariz. Yo me reí y le di otro en la cabeza.
-Qué mentirosa eres. Es increíble-me burlé.
-Malaka-respondió Pers, y volví a reírme. Hundí los dedos en el lomo suave de Nala, y así, acunado por la respiración de Perséfone y Nala contra mí, su cuerpecito suave y cálido, y el sonido de la lluvia repiqueteando contra los cristales, me diluí en un sueño profundo y reparador como llevaba sin tenerlo desde que habíamos llegado de nuevo al campamento.
A la mañana siguiente lucía el sol como si no hubiera pasado nada, y como si los pedazos de oro que cuajaban el suelo plagado de charcos fueran los mismos cimientos sobre los que se levantaba el campamento. Todo parecía igual, y a la vez distinto, siempre mejor.
Un poco más dorado.
Un poco más de todo lo que me ataba a mi chica.
Tener una sesión de sexo diaria prácticamente garantizada gracias a que era el premio que tenía por concentrarse había hecho que los días de estudio en la biblioteca, o trotando sobre la cinta de correr o intentando recuperar algo de la masa muscular perdida, se me hicieran cortísimos. Incluso si no hubiera estado ya enamorada hasta las trancas de él, la cercanía y el tiempo juntos habrían obrado maravillas en nuestra relación. El placer de la noche compensaba el sacrificio del día, y yo no me había dado cuenta de lo estresante que había sido esa época para mí hasta ahora que me tocaba vivirla ya sin él.
Lo echaba de menos cada día, pero ahora lo hacía de forma distinta, un poco menos punzante y, quizá, por ello también menos dolorosa. Su ausencia y mi añoranza eran la soldadura de un hueso roto en la competición más importante de mi vida; seguía rindiendo al máximo, puede que incluso más que antes, pero no sin molestias.
Por supuesto, eso hacía que estuviera un poco más irritable y cansada que de costumbre, pero como me conocía (y Fiorella estaba haciendo que me conociera más aún), trataba de quemar mi estrés manteniéndome siempre ocupada y quemando tantas calorías como pudiera. Si no era bailando, era haciendo kick. Si no era haciendo kick, era en la piscina. Si no era en la piscina, era tratando de imitar las posturas imposibles que mi madre llevaba veinte años perfeccionando sobre la esterilla de yoga.
Aunque echaba mucho de menos el tiempo libre, tenía una misión que cumplir y no iba a fracasar.
Claro que también tenía el deber de cuidar mis vínculos afectivos y no ser una cabrona sin corazón, así que, de vez en cuando, me obligaba a mí misma a dejarme convencer por mis amigas para hacer algún plan que tenía que admitir que me apetecía, aunque a) no me hiciera quemar grasa, b) no me hiciera mejorar como bailarina, y c) no ampliara mi capacidad pulmonar.
Bueno, esto último, más o menos. Puede que ampliara mi capacidad pulmonar el reírme a carcajadas con las chorradas que no paraba de soltar Kendra, envalentonada encima por nuestras carcajadas, mientras cargábamos con bolsas llenas de regalos de Navidad que más tarde nos ocuparíamos de envolver en mi casa… digo, en casa de Alec…
Como decía, después de la tarde de compras (más que merecida, aunque Tamika no me hubiera respondido cuando le dije si podíamos prescindir de la sesión de baile de esta tarde para fortalecer el vínculo con mis amigas y eso me hubiera causado un poco de ansiedad), las chicas y yo nos iríamos a casa de Alec, donde pretendíamos ver una peli tras otra encerradas en su habitación mientras nos dedicábamos a cotillear, hacernos la pedicura, la manicura y ponernos cien y una mascarillas en el pelo y la cara. Mimi se nos uniría entonces; en ese momento estaba disfrutando de un muy merecido paseo por todas las secciones de moda y complementos de Harrod’s mientras se dejaba mimar por Eleanor, a la que la casa ya estaba tanteando para una colaboración que les beneficiaría a los dos: a ella, por el acceso a productos de lujo a un precio irrisorio (literalmente, una sonrisa de Eleanor y se acabó); y a los grandes almacenes, por tener a la niña bonita de Inglaterra a su servicio.
Había fingido que no me daba cuenta de sus intenciones cuando me mostró varios bolsos en el catálogo de Navidad y señalado con inocencia los que más me combinaban con conjuntos que ya tenía, como si no supiera exactamente qué pretendía Mimi con tanto despliegue de revistas por aquí y por allá.
Las chicas y yo nos detuvimos frente a un escaparate mientras Taïssa estudiaba a conciencia las tapas de la nueva saga de romantasy de moda, decidiendo si debería comprársela antes de que se agotaran o confiar en que sus padres tenían esa edición especial escondida en algún rincón de su casa. Si la pobre supiera que Kendra y Momo habían hecho cola durante media hora el primer día que salió para asegurarse que Taïs tendría la primera edición, y que yo había tenido pendientes a la mitad de las becarias de mamá por si acaso teníamos que ponernos a pujar por ella en eBay…
-Me están matando los pies-se quejó Kendra, y Momo y yo nos miramos y vocalizamos en silencio el final de la frase de nuestra amiga- y me muero de hambre. ¿Qué os parece si vamos a comer algo?
-Annie está haciendo comida para un regimiento-le recordé. Lo mejor de hacer una fiesta de pijamas en casa de Alec era que Annie era siempre la instigadora: le encantaba tener la casa llena de niñas y cocinar para ellas, que de repente se olvidaban de sus modales y se comportaban como verdaderas fieras que acababan de salir de la hibernación. Creo que le recordaba a su hijo; por eso no paraba de insistir en que mis amigas eran bienvenidas en su casa.
Y las amigas de Mimi.
Y los amigos de Alec.
Claro que los amigos de Alec y las amigas de Mimi siempre habían sido bienvenidos en su casa, así que ellos no llenaban el vacío como lo hacíamos nosotras.
-Nena, necesitas relajarte. Que ahora nos comamos un bollito no quiere decir que vayamos a rechazar automáticamente toda la comida que Annie nos ponga por delante-respondió Kendra-. Parece mentira para ti.
-Y, si no, siempre podemos avisar a Jordan y que se pase. Seguro que le queda fenomenal una de esas mascarillas que luego hacen que te huela la cara a melocotón. Mmm-ronroneó Momo, que sólo necesitaba excusas para ponerse a ronronear en cuanto le surgía la ocasión de mencionar el nombre de Jordan.
-Creo que voy a coger el libro-dijo Taïssa.
-¡No!-zanjamos Amoke, Kendra y yo a la vez, y luego yo traté de hacerla razonar-: tienes que confiar en tus padres. ¿Cómo te sentirías si te hubieran dado una lista para Santa Claus y luego ya tuvieran todo lo que te pidieron?
-Sería como si no confiaras en ellos-dijo Amoke.
-Voy a por un bollito; nos vemos aquí-comentó Kendra, haciendo ademán de irse, pero Momo se giró como un resorte y la agarró de la manga.
-¡De eso nada! Con lo ocupada que ha estado Saab últimamente, no vamos a separarnos ni para ir al baño, ¿estamos?
-Yo no sé si podré hacer pis con alguien mirándome-respondí, ignorando el pinchazo en el estómago al sentir la tristeza de mi ausencia de mis amigas.
-¿Ahora eres pudorosa, cuando no tienes problema en hacer de todo delante de Alec?
-¡¿Qué?! ¡No voy a volver a contaros nada en mi vida!-ladré, levantando miradas molestas alrededor, pero no me importó por cómo se rieron mis amigas-. Además, Alec nunca me ha visto hacer pis.
-Aún-puntualizó Momo, y yo hice una mueca de asco mientras enlazaba mi brazo con el de Taïs, que finalmente se dejó convencer para alejarse de la librería y, así, evitar tentaciones.
-Que seas una pervertida y pienses que eso te pondría si fuera con Jordan no quiere decir que las demás estemos igual de desviadas que tú.
-Mm, según mis últimas informaciones, tú sí estás más desviada que yo, Sabrae-se burló, y yo le saqué la lengua y negué con la cabeza. Taïssa agarró por el otro brazo a Kendra, y así, las cuatro juntas, nos dirigimos a los pisos superiores del centro comercial, donde estaba la zona de ocio y restauración. Estábamos a medio camino de la escalera mecánica cuando Taïssa exhaló un gritito al posar la vista en un vestido plateado perfecto para Nochevieja, lo cual nos hizo, ante los refunfuños de Kendra porque posponiendo el comer sólo conseguiríamos que tuviera más hambre, dar media vuelta y bajar hacia la tienda. Taïssa fue derecha a las dependientas, decidida a no perder tiempo para probarse el vestido y, mientras se dirigía al probador, las demás nos quedamos rondando por la tienda, pasando los dedos por las prendas y separando y juntando perchas.
Kendra se volvió hacia mí con un vestido del mismo color rojo sangre como el que había llevado en la Nochevieja pasada, y un pellizco de nostalgia me invadió. Qué distinta había sido mi vida hacía sólo un año, cuando ni siquiera sabía que en esos doce meses aprendería lo que era echar de menos de verdad.
Sonreí como quien se encuentra con un viejo amigo en el que lleva mucho tiempo sin pensar, y del que ya apenas recuerda por qué se distanció: sólo que el tiempo los había separado y ya no había forma de recuperar lo perdido. Si hubiera sabido, cuando me puse aquel mono, que la Nochevieja siguiente estaría añorando como lo hacía al chico que pretendía que me lo quitara…
-Me recuerda a alguien—sonreí, acariciando la tela, que no era exactamente igual que la de mi mono, pero no del todo distinta, tampoco. La distancia, tanto física como temporal, ponía cada cosa en un nuevo lugar.
-¿Ya has pensado qué quieres comprar para la próxima Nochevieja?-preguntó Kendra, y me guiñó un ojo-. Seguro que te las apañas para conseguir algo que haga que Alec se suba por las paredes por no podértelo quitar.
Suspiré y negué con la cabeza, y en ese momento se nos acercó Amoke con un par de perchas en el brazo. Tenía intención de avisarnos de que ella también iba a probarse unos modelitos y quería saber nuestra opinión, pero mi suspiro había captado su atención.
-La verdad es que no he pensado mucho en Nochevieja. Ni siquiera sé si compraré algo nuevo. Ya sabéis. Tennis shoes, don’t need to buy a new dress. If you ain’t there, ain’t nobody else to impress-entoné, y me resultó irónico cantarles a mis amigas un verso de la misma canción que hacía casi un año había bailado para que Alec me viera y me deseara. Toda mi vida me había vestido sólo para mí, para sentirme bien conmigo misma y para verme guapa, pero después de que él me hubiera hecho sentir como una verdadera diosa cada vez que me ponía algo que me sentara bien (o, mejor aún, que me lo quitaba), la verdad es que no me apetecía esforzarme tanto cuando sabía que no había nada que se comparara con la sensación de que otra persona te venerara.
Las chicas torcieron la boca, pero supe que me entendían. ¿Cómo no hacerlo, si ellas también habían visto cómo me miraba Alec? Era normal que echara de menos ese tipo de atenciones, y que después de tanto tiempo sin ellas me apeteciera tener un perfil más bajo. Al menos así estaría justificado no recibirlas.
No sé. Puede que mi actitud fuera un poco negativa, pero recordar todo lo que tenía hacía un año y que había dado por sentado me hacía sentir que esos meses que faltaban para ver de nuevo a Alec se me iban a hacer más cuesta arriba.
Llevaba tanto tiempo empujando la añoranza hacia un rinconcito de mi cabeza para que no me distrajera de mi misión, que ahora que estaba descansando apenas tenía fuerzas ya para contener sus ansias por salir. Por eso me salió con tanta naturalidad lo que dije a continuación:
-De hecho, todavía no estoy segura de si saldré en Nochevieja. La verdad es que no me apetece mucho.
Momo abrió la boca y extendió a un lado el brazo que no tenía ocupado con las perchas.
-Tía, ¿cómo no vas a salir?
-Sólo podemos mejorar lo de la última vez-aludió Ken, arqueando las cejas-. Y no vamos a dejarte sola, promesita.
-Es que todavía no sé qué voy a hacer con Alec. Esto de recibir su contestación cada dos semanas es una lata, pero es lo que hay.
-Follar a distancia-respondió Kendra con total naturalidad, y una de las dependientas, que estaba arreglando un maniquí, giró la cabeza a gran velocidad y se la quedó mirando ceñuda-. La duda ofende. Estás muy tensa; necesitas echar un polvo.
-¿Y mi novio, que está en otro continente y en otro huso horario, tiene la solución?-pregunté con hartazgo tras poner los ojos en blanco.
-Sí. A falta de estar aquí… aunque sea por teléfono, fijo que el Fuckboy Original es capaz de relajarte a un continente de distancia.
Me reí entre dientes, aunque la idea era más que tentadora. No me atrevía a pedirle que nos llamáramos por teléfono porque sabía que estaba en la cuerda floja con Valeria, y que ésta estaba harta de hacerle concesiones, pero… lo cierto es que me vendría genial escuchar su voz.
Había sido inmensamente detallista y considerado preparándome videomensajes que me daban los buenos días cada mañana, pero a veces me gustaría tener un poco más. Sabía que sonaba egoísta, que tenía un novio alucinante y que no había nadie con tanta suerte como yo, y que miles y miles de chicas matarían por tenerlo, no ya por lo guapo que era o por lo bien que follaba, sino por lo bueno y listo y lo loco que estaba por mí…
… pero había veces en que me gustaría levantarme por la mañana, abrir Telegram y verlo sonreír como sólo él hacía antes de enseñarme mi torso desnudo, tumbarse en la cama, meterse la mano en los calzoncillos, en los que ya se percibía claramente un bulto, sacarse la polla y empezar a masajeársela mientras gruñía obscenidades.
Fijo que ahora estás salivando, nena. Por supuesto.
Joder, mira lo dura que se me pone pensando en ti. Deliciosamente.
He soñado que follábamos; me corría contigo y, ya ves. Soy incapaz de saciarme de ti. Ni yo de ti, mi amor.
Uf, ojalá estuvieras aquí y pudiera hundirme en tu coño. Sí, ojalá.
Me encantaría metértela en la boca y ver cómo te la tragas entera, nena. Y a mí tragármela.
Anda, sé una buena chica y mándame un vídeo de cómo te manoseas las tetas como lo hago yo. Aquí tienes.
Vamos, nena, enséñame cómo te das placer a ti misma pensando en mí. Ahí te va.
Venga, Saab, enséñame cómo te corres. No te cortes en gemir. Quiero oírte. Haz que me den ganas de ir a tu casa y rematar la faena. Sí, por favor, ven.
Joder, me encanta correrme sabiendo que tú me miras. Y a mí me encanta verte.
Joder, es increíble que todavía me quede algo para ti, y una risa seductora. Es pensar en lo mojadita que te despiertas cuando dormimos juntos y volverme completamente loco. Ahora también me despierto mojada cuando me duermo mirando tus mensajes, sol. Ven a probarme.
Ya queda un día menos para que deje de hacerme pajas y mi mano pase a ser la tuya. O tu boca. O tus tetas. O tu coño. Mm. Sí a todo.
Había hecho de mi vida sexual algo tan bueno y abundante que me estaba costando bajar el ritmo, y lo notaba ahora más que nunca con el estrés. Sólo quería a Alec. Sólo quería que se me pusiera encima y me hiciera recordar a quién le pertenecía realmente. Que me arrancara la ropa, me separara las piernas, se hundiera en mí mientras su boca reclamaba la mía, y me penetrara y me embistiera con una cadencia que me hiciera perder la razón mientras recorría todo mi cuerpo con sus manos, dándoles sentido a mis curvas, moldeándome a su antojo, poseyéndome como no me habían poseído en la vida.
Creía que echar el contacto físico tanto de menos era un acto de desesperación, y fantasear con que lo llamaba, una locura. Hasta que Kendra me lo sugirió como si fuera lo más natural del mundo… y hasta que me di cuenta que la razón por la que lo deseaba tanto era porque sabía que no iba a poder tenerlo.
Así que reí entre dientes y sacudí la cabeza.
-Alec no se ha ido a Etiopía para estar todo el rato pegado al teléfono hablando conmigo.
-Y, sin embargo, estoy segura de que si ahora mismo lo llamaras, te haría ir al probador y te obligaría a pasártelo todo lo bien que tú te niegas a pasártelo.
De nuevo, me reí y sacudí la cabeza.
-Ya veremos-respondí, y Kendra se lo tomó como un reto que no estaba dispuesta a perder: incluso me tendió su teléfono para que llamara ahora mismo a Alec, pero se lo guardé en el bolso y las obligué a que cambiaran de tema alabando el desfile improvisado y brevísimo (de un solo vestido) que Taïssa nos preparó con el vestido que acababa de probarse. Y puede que dejaran lo de convencerme de que llamara a Alec en ese preciso momento, pero no dejaron que me fuera de la tienda sin comprar al menos una prenda que me serviría para salir por ahí en Nochevieja si finalmente terminaban convenciéndome. No querían que mi falta de outfit fuera una excusa a la que aferrarme para dejarlas tiradas.
Eso sí, tuvieron la poca vergüenza de volver a la carga en la sesión de belleza con Mimi. Mientras ella se peinaba el pelo y se aplicaba aceites esenciales en las puntas, envuelta en un albornoz de color azul celeste que la hacía parecer un ángel caído del cielo, toda inocencia y pureza, Kendra y Amoke intercambiaron una mirada y se giraron hacia ella como las bailarinas de una cajita de música que de “cajita” tenía más bien poco.
-Mimi, tenemos una pregunta para ti. Y queremos que seas totalmente sincera, a pesar de a quien concierne, ¿vale?
-Ay, Dios-suspiré, tapándome la cara y negando con la cabeza-. Mimi, no les contestes. No tienes por qué.
Mimi nos miró a todas con ojos como platos y parpadeando despacio como una lechuza.
-Ems… ¿vale?
-Mira que si dices lo que Sabrae quiere y no lo que realmente piensas, te expulsamos de nuestro grupo de amigas-la amenazó Kendra.
-No vamos a hacer eso-atajó Momo-, pero sí que queremos que seas sincera.
-¿Quieres que te ponga una mascarilla de arcilla, Mimi?-pregunté, y Taïssa me dio un manotazo en la mano. Mimi parpadeó de nuevo, sus ojos saltando entre nosotras como un sapo en una charca que celebra la llegada de la primavera.
-Vosotras diréis.
-¿Crees que Sabrae necesita echar un polvo?-espetó Kendra, directa como un misil.
-¡¿Perdón?!
-Sí. Ya sabes. Un quiqui. Una canita al aire. Hacer el delicioso.
-Ya, te he entendido. Sé lo que es echar un polvo-bufó Mimi, pero no pudo evitar reírse.
-¿Y bien? ¿Qué opinas? ¿No se la ve tensísima y con una necesidad desesperada de que le den duro contra el muro?-preguntó Kendra.
-Como a cajón que no cierra-apostilló Amoke.
-Lo suyo y lo de su prima-añadió Taïssa.
-¿¡¿Os habéis propuesto que no os vuelva a hablar más en la vida?!?-protesté, y al menos Taïssa tuvo la decencia de reírse para quitarle algo de hierro al asunto. Mimi me miró con preocupación.
-Sí que estás un poco tensa, Saab. Igual eso te vendría bien.
-¡Mary Elizabeth!-bramé-. ¡No me lo puedo creer! ¿¡Tú también!?
-A ver, yo te veo un poco agobiada, la verdad. Cuando mi hermano está en casa no estás así.
-¡Oh, Dios mío! Me niego a tener esta conversación con todas vosotras-sacudí la cabeza y me incliné sobre mi rodilla para examinarme la pintura en los dedos de los pies, de un color granate al que le iba a añadir perlitas de dorado como si fuera un cielo sangrante. Me entraron ganas de asesinar a alguien.
-¿Ves? Tenemos unanimidad en el consejo de sabias. Coge este teléfono y llama a Alec-exigió Kendra, y Mimi abrió los ojos como platos.
-¿Ahora? Yo no quiero oír cómo se dicen cochinadas, y acabo de pintarme las uñas de los pies. No puedo escapar lo suficientemente deprisa, ¿sabes lo rápido que escalan estos dos? Hubo momentos en que pensé que tendría que pedirles una orden de alejamiento.
-Sabía que eras una guarra a la que le encantaba que le oyeran, Sabrae-dijo Momo, dando un puñetazo en el suelo a su lado-. Lo sabía.
-¿Queréis cerrar la boca? No soy un animal. Puedo controlarme perfectamente y mantener una conversación normal con mi novio sin terminar jadeándole como una perra-respondí, muy digna.
-Ya. ¿Has puesto en práctica ya esa hipótesis?-inquirió Mimi, sonriente, y yo le di un empujón.
-Qué bien me cae esta chica. Casi se me olvida que es blanca-soltó Kendra, y Taïssa y Mimi se rieron.
-Traidora. No te vuelvo a invitar a mi grupo de amigas nunca más.
Mimi se echó a reír y trató de abrazarme, pero yo me zafé de ella con una protesta.
-Ay, Saab, no seas así. Sabes que lo digo porque me preocupo por ti.
-Cuando le cuente a tu hermano lo que acabas de decir. Madre mía. Te va a echar una bronca tremenda.
-Mi vida sexual no es algo que podáis decidir entre las cuatro, lo siento.
-Cielo, necesitas una intervención urgentemente. Se te está poniendo un rictus terrible. –intervino Taïssa-. ¿Tan malo sería que llamaras a Alec?
-¿Y qué hago? ¿Le digo que estoy estresada y que necesito que me meta la polla hasta el hígado?-pregunté, y Mimi se puso colorada.
-¡Uy, sí, díselo! Fijo que así viene, y todo.
-¿Y no puedes…? Ya sabes. Tú sola-dijo Mimi, y mis amigas la miraron y luego estallaron en una carcajada.
-¿¡Ésta!? ¡Si es la reencarnación de Avicii!-rió Kendra.
-¡TE VOY A MATAR!-rugí-. ¡Cállate ya!
-Pero es que no es lo mismo-se lamentó Momo, y yo asentí con la cabeza.
-Hombre, es que si fuera lo mismo, ellos estarían jodidos-dije.
-Bueno, jodidos, precisamente, no-rió Taïssa, y Momo, Kendra y yo nos unimos a ella. Mimi nos miró alternativamente a todas, analizando nuestras expresiones, la forma en que nuestras carcajadas armonizaban, como si al crecer nos hubiéramos adaptado tanto las unas a las otras que sólo cuando estábamos las cuatro juntas se escuchaba de verdad el coro que habíamos nacido para formar.
-¿Todas lo habéis hecho?-preguntó finalmente. Tan sólo estaba decidiendo si era una pregunta demasiado comprometida o incómoda para hacérsela a un grupo de chicas con el que, salvo una excepción, no sabía todavía muy bien dónde estaban los límites. Suerte que conmigo no tenía ninguno, porque había cosas en las que estaba algo perdida.
Aunque, después de esta traición, no estaba segura de si le guardaría las confidencias futuras con el mismo celo con el que le guardaba las pasadas.
Momo y Taïs asintieron; de mí no necesitaba confirmación alguna, así que miré a mis amigas. Sólo Kendra no había probado aún lo que era estar con otra persona, pero eso no la hacía, con diferencia, la más osada de las cuatro.
-Yo tampoco-dijo Mimi, y sorprendentemente lo dijo con ilusión, como si le gustara saber que había encontrado por fin un grupo en el que alguien la entendía. Yo recordaba lo que era no haber estado nunca con un chico, las dudas que generaba, el misterio, casi el tabú. Me habría sentido un poco en un escalón inferior con respecto a mis amigas si hubiera pasado tiempo entre que ellas perdían la virginidad y la había perdido yo, pero con las chicas no había sentido nunca que hubiera ningún tipo de desfase. Sólo en un puñado de ocasiones, que podíamos contar con los dedos de una mano, se había notado la diferencia entre la inexperiencia de Kendra y la que teníamos las demás. Claro que éramos un poco más jóvenes que Mimi, y que nuestro grupo de amigas era más reducido que el suyo.
Comprendí que Mimi lo sentía como si todo el mundo supiera un secreto a voces que era incapaz de desvelar, algo así como cuando todavía no te han dicho quién te trae los regalos por Navidad pero ya empieza a haber rumores en la clase.
Y Ken, como siempre, estuvo a la altura de las circunstancias. Levantó las manos en el aire y luego abrazó a Mimi por los hombros.
-¡De modo que somos las últimas que quedamos para sacrificar!-rió, y Mimi con ella, un poco sonrojada, pero ya no tanto como antes. Me gustaba ver que se sentía a gusto con las chicas.
-Aunque puede que no por mucho tiempo-la pinché, y Mím se puso como un semáforo y me dio un manotazo.
-¡Calla!-rió, y frunció el ceño cuando Momo, que la estaba taladrando con la mirada, le preguntó:
-Oye, ¿tú sabes que a mí me gusta Jordan?
-Ah. Pues… algo me parecía, sí.
-Sólo quería aclararlo-Momo entrecerró los ojos-. Para que lo sepas.
-No voy a intentar nada con Jordan.
-Mejor-sentenció, tajante, Amoke.
-Es el mejor amigo de mi hermano-apostilló Mimi.
-Ya, bueno… como ahora se estila liarse con los amigos de tu hermano…-Amoke me miró con intención y yo puse los ojos en blanco.
-Mira, no voy a dignificar esas palabras con una respuesta por mi parte. Y menos aún sabiendo lo mucho que os costó aceptar que estuviera con Alec. Y, ahora, ¡miraos! Empujándome a sus brazos como una manada de celestinas. Debería daros vergüenza—sacudí la cabeza.
-¿Que te empujemos a enrollarte con tu novio? A la que debería darle vergüenza sería a ti por necesitarlo-dijo Taïs mientras se encogía de hombros. Puse los ojos en blanco y les dije que no era tan sencillo.
-Alec no se ha ido para estar ultra pendiente de mí. Hemos decidido que lo mejor sería que tuviéramos el contacto estrictamente necesario para que él disfrute del voluntariado y yo no me vuelva tan… no sé. Dependiente de él, y…
-¿Dependiente? Madre mía, Saab, ¿tú te escuchas? Creo que la terapia está empezando a afectarte para mal-comentó Momo, y yo sacudí la cabeza.
-No. O sea… me encanta estar con él, y no creo que sea malo que disfrute de la compañía de mi novio, o del sexo con él. Es sólo que… no sé.
Sentí que se me formaba un nudo en la garganta y que se me humedecían los ojos.
-Saab…-susurró Momo. Me puso una mano sobre la mía. Kendra se acercó a nosotras, igual que Mimi. Taïssa me colocó los brazos alrededor y me acercó un poco a ella, dándome el espacio y el ángulo para llorar si lo deseaba.
-No sé. Todo esto es tan difícil. Lo echo muchísimo de menos. Y, a la vez, me alegro de que no esté. Y también me siento una traidora por alegrarme de que no esté.
-Oye, Saab, sólo te tomábamos el pelo con lo de llamarlo y tener una llamada picante. Pero si crees que lo que necesitas es hablar con él, por lo que sea (porque te supera el tiempo que vais a estar separados, o te estás rayando otra vez por Perséfone), a él no le va a molestar en absoluto-me consoló Momo.
-Alec odiaría saber que estás así, Saab-la apoyó Mimi, y yo negué con la cabeza.
-Ya lo sé. Y no quiero decirle nada porque no quiero que se preocupe. Me pidió que le pidiera que me quedara y yo me negué, a pesar de que era lo que queríamos los dos. No me parece que tenga derecho a ir ahora llorándole por… no sé, porque sus cartas tardan mucho en llegar-me encogí de hombros-. O porque le echo de menos. O porque…
Porque me estoy desinflando. Porque sé que él pudo sobreponerse a todo lo que se le enfrentaba porque estábamos juntos. Decía que yo había sido un pilar fundamental en sus éxitos, y yo lo creía exageraciones, pero… ahora que sabía lo que era el estrés real, ahora que lo sentía, tenía muchas dudas. Todo me estaba sobrepasando, y sentía que estaba perdiendo fuerzas a marchas forzadas tratando de nadar contra una corriente que ni siquiera se percataba de que yo estaba en ella. Creo que me habría sido más fácil subir el Támesis.
La cama estaba muy vacía, mis noches eran muy frías, mis días muy cortos, mis silencios, atronadores. Daba igual que intentara llenar su casa con una multitud; si él no estaba allí, la casa de Alec para mí era una tumba.
-Perdón. No sé por qué me he puesto así-sorbí por la nariz y me reí con amargura, pero Mimi negó con la cabeza.
-No te disculpes. Estás entre amigas. Es normal estar triste; tu pareja no está, y tendrás que esperarla mucho. Estás trabajando como una jabata y no tienes manera de rebajar todo el estrés que sientes… a Alec también le pasaba. Creo que en parte usaba el sexo como vía de escape para toda la presión que se imponía a sí mismo.
Me reí.
-Seguro que te parezco una imbécil, ¿verdad, Mím?-me limpié las lágrimas con el dorso de la mano-. Alec se jugaba la vida y yo sólo estoy agobiada porque estoy haciendo unos estúpidos bailes que apenas soy capaz de mejorar.
-No me pareces imbécil, ¡todo lo contrario, Saab! El baile es muy difícil; diría que es incluso uno de los deportes más duros, pero como nos enseñan que siempre, siempre, siempre debemos ser elegantes, creo que mucha gente lo subestima. Nuestro principal trabajo es hacerlo parecer natural, porque sólo lo natural es hermoso, pero… tía. A ver-bufó-. ¿A ti te parece natural caminar sobre la punta de los dedos de tus pies? Peses lo que peses, eso te destroza. Por no hablar de abrirte tanto de piernas que servirías para nivelar una carretera. Es normal que estés preocupada; Alec también lo estaba cuando competía, y él no trabajaba todo lo duro que estás trabajando tú, y no tenía tanta prisa como tú.
Cada vez que bailaba lo hacía con la mirada desquiciada de Alec en la retina, con la certeza de que si él había podido ganar un combate con varias costillas rotas, yo podría seguir con mi agenda demencial. Pero ahora sabía que la única manera de aguantarla era no saliendo de la espiral de estrés en que me había lanzado yo solita, y con lo cansada que estaba aquello era justo lo último que me apetecía.
… a pesar de que sabía que no tenía otro remedio para alcanzar mi objetivo.
Jolín, ojalá Alec estuviera allí, aunque sólo fuera para darme una de sus charlas motivacionales que me harían creerme la persona más poderosa de la tierra. Sólo alguien que ha bajado al infierno y ha sido capaz de volver sin quemaduras puede convencerte para que dejes de tenerle miedo a las llamas. Y lo peor de todo era que sabía que, aunque Alec sería la persona ideal para hablar de esto, porque sólo él me entendía y me ayudaría a pesar de que no estuviera de acuerdo, todavía tenía la baza de Fiorella. Ella me daría herramientas mejores para manejar mi estrés y tratar de sobreponerme a los pensamientos intrusivos que esperaban a que yo estuviera quieta para asaltarme como carroñeros.
Y no me atrevía a jugarla por si terminaba sacándome algo de lo que yo le decía sobre mi plan en la terapia con mis padres… porque todos sabíamos cómo iba a ir eso.
-Y si todo es demasiado para ti…-añadió Taïs, acariciándome la espalda-. Puedes dejarlo. No eres una superheroína, Saab. Eres humana. O sea, para nosotras sí lo eres-añadió, y miró a las chicas alternativamente. Todas, las tres, asintieron; hicieron la piña que todavía no eran del todo por mí-. Pero tu día también tiene las horas limitadas. No puedes exigirte tanto. Hasta ahora no ha sido un problema porque siempre cumplías tus expectativas, pero estás yendo a terapia y has tenido el problema que has tenido con tus padres precisamente por tus niveles desmesurados de autoexigencia. Si no te da tiempo a prepararte para esta edición del programa, puedes ir a la siguiente. Te darán el pase directo sin…
-No puedo ir a la siguiente-repliqué, y Taïs frunció el ceño.
-Ésta es la penúltima edición que hay anunciada, y siempre pueden ampliarlas.
Negué con la cabeza. El formato del programa se había concebido para que hubiera diez ediciones, y una final, en la que los vencedores de cada una se enfrentaran para demostrar cuál era la mejor generación de artistas que había dado el país. A mí no podía importarme menos.
No dejar que le siguieran haciendo a las aspirantes a cantantes lo mismo que le habían hecho a Diana, porque si se lo habían hecho sabiendo que era hija de quien era, ¿qué no le harían a quienes no tenían ningún apellido poderoso tras el que escudarse?
-No puedo ir a la siguiente. No voy a ir a la siguiente. Voy a ir a esta. Y la tengo que ganar.
No había otra solución.
-Sabrae, no puedes ser así de competitiva. No, si te va la vida en ello-dijo Momo, y yo me reí con amargura.
-Oh, pero es que en eso te equivocas, querida Momo. Sí que me va la vida.
Empecé a reírme como una loca; tanto, que pensé que me lo había vuelto del todo. Las chicas se miraron entre sí, preocupadas, buscando respuestas que nadie podía darles… porque sólo las tenía yo. Y estaba un poco harta de guardarlas conmigo, pues tenían dientes y uñas afilados.
Por eso, precisamente, no les costó demasiado que les dijera lo que pasaba. Lo que pasaba de verdad. Cuando miré a Mimi como pidiéndole perdón, y también permiso, supe que estaba cruzando una puerta que nunca más podría volver a cerrar, pero sólo me quedaba confiar en que había tenido toda la vida en mis amigas lo que ahora tenía con Alec.
-Diana consumía muchas menos drogas cuando entró en el concurso que cuando salió. Creo que Noemí y Harry la mandaron a Inglaterra, a casa de Louis y Eri, para que se desintoxicara. Casi lo consigue. Y luego entró en el concurso, pasó todo lo que pasó con ella y con mi hermano y con Tommy, y… nos confesó el otro día que abusaban de ella.
Las chicas estaban pálidas; Mimi tenía treinta años más, de repente.
-¿Qué?
-Esto siempre ha pasado-dije, estrujando mi propio albornoz en mi puño-. Siempre. Creímos que con el Me Too se había convertido en algo casi anecdótico, si es que se le puede llamar así. Pero no lo es. Ha vuelto, si es que alguna vez se fue. Hay que arrancarlo de raíz otra vez, y sólo yo puedo hacerlo.
-Sabrae… ésa no es tu lucha. Y es una peligrosísima.
Me reí de nuevo, el peso del mundo sobre mis hombros. Me sentía en una esquina, cubierta con mi sudor y mi sangre y la de mi adversario, con unos pinchazos en el costado que me hacían ver las estrellas… y que, aunque nunca los había sentido hasta ahora, sabía exactamente qué eran.
Estaba desquiciándome. Era ahora o nunca.
-Diana es mi amiga. Incluso si no fuera feminista, no iba a dejar que esto quedara impune, y todas sabemos que la justicia llega hasta donde llega. Hasta mi madre lo dice, y ya veis quién es ella en el sistema legal de este país. Claro que es mi lucha. Soy la única que puede vengar a Diana. Tengo las ganas de trabajar, tengo la voz y la ambición. Y, por encima de todo, tengo el nombre. Nadie más que yo puede hacer eso, y todas lo sabéis. Soy la única que sobreviviría. Soy la única a la que no se pueden permitir convertir en mártir. Represento demasiado para intentar mandar conmigo un mensaje. Mi nombre pesa mucho.
-Diana es una Styles y aun así le hicieron eso-dijo Amoke con un hilo de voz.
-Diana es una Styles y por eso le hicieron eso. No es sólo porque sea guapa; es también porque sabían que nunca se había enfrentado a eso. Tenían su punto débil y lo usaron en su contra. Pero yo soy una Malik. Mi único punto débil está a miles de kilómetros de distancia. Es ahora o nunca.
A Alec no le harían daño estando tan lejos. No podrían alcanzarlo, y mi familia estaba bien protegida por mis padres. Mi único punto débil, a pesar de debilitarme por estar ahora mismo en el lugar del que creíamos que yo procedía, también estaba bien cuidado a salvo en la sabana. Todo encajaba tan bien como en un puzzle macabro que era imposible no creer que ésa era la voluntad de Dios.
-Diana ya era una modelo respetada antes de entrar al concurso, y aun así se lo hicieron- Amoke se puso en pie y me miró desde arriba, acusadora-. ¿Qué coño te hace pensar que tú vas a estar a salvo de eso, Sabrae? ¿Que no van a intentarlo contigo?
-Lo intentarán-sonreí-. Y eso jugará en su contra. Todavía no sé cómo, pero cuando llegue el momento, sabré defenderme. No dejaré que me pillen desprotegida.
-Es una misión suicida.
-Puede. Pero ésas son las más efectivas.
-Puede que el que fuera hija de Harry fuera lo que más morbo les daba. Era el que más poder tenía en One Direction. Puede que a ti te dejen en paz-murmuró Taïssa-. Entra en razón, Sabrae. Esto es peligrosísimo.
-No lo intentarán por mi padre-les dije, y a Mimi le recorrió un escalofrío. Había crecido escuchando a mi madre en la cocina de la suya quitándoles importancia a las amenazas de muerte que le llegaban con casos más mediáticos, o cuando la marcha del 8M de ese año era particularmente multitudinaria. Mamá siempre se las apañaba para localizar y meter entre rejas a los imbéciles que se las mandaban, pero no era un trago agradable y, de vez en cuando, necesitaba desahogarse.
Y aun así, seguía. Cada año más valiente que el anterior, poniéndose en peligro para que mis hermanas y yo pudiéramos crecer en un mundo mejor.
-Pero yo lo conseguiré. Y tampoco va a ser por mi padre. Me han criado para que sea más lista que el hambre, y los artistas son más creativos cuando pasan hambre, según dice papá. Yo no voy a llegar ahí.
Mimi se levantó y se puso a pasear por el baño, las huellas de sus pies descalzos brillando contra el suelo condensado.
-¿Tú lo sabías?-preguntó Amoke, y Mimi se detuvo-. ¿Sabías que pensaba hacer esto y aun así decidiste ayudarla?
-No se lo dije.
-Pero lo sospechaba-atajó Mimi-. Soy tímida, no tonta, Sabrae. Sé que lo habrías hecho sola y que no habría manera de convencerte de lo contrario, y te he visto las suficientes veces con Alec para saber que eres más terca incluso que él, que ya es decir. Así que sólo podía facilitarte el camino. Eso… y que Scott me lo pidió.
Se me pusieron los pelos de punta.
-¿Scott?
-No sabe exactamente qué es lo que te pasa, pero lleva notándote rara desde que Diana nos lo contó. Supongo que sumó dos y dos y ha estado atando cabos desde entonces. Sí creo que has hecho algo mal, Saab, y es no contar con tu hermano para esto. No sólo es tu hermano mayor, también ya ha pasado por ahí. Puede aconsejarte. Conducirte.
Amoke me fulminó con la mirada.
-O llamas ahora mismo a tu hermano y lo pones en manos libres para que yo me cerciore de que se lo cuentas o te juro por Dios que no te vuelvo a dirigir la palabra en lo que nos quede de vida, Sabrae. No vas a confesarme que pretendes inmolarte en prime time y quedarte tan pichi-ordenó Momo. Y, como sabía que lo decía totalmente en serio y yo no podía permitirme perder a más gente, cogí el móvil y le mandé un mensaje a mi hermano preguntándole si estaba ocupado o si podría llamarle.
Su respuesta fue una llamada nada más leer los mensajes.
-¿Qué pasa, peque?-saludó, y escuché el ruido de videojuegos de fondo-. Por favor, no me digas que se os ha acabado algún acondicionador o algo así, porque no pienso ir a por ninguno más después del pollo que me montaste cuando te traje la mascarilla de plátano en lugar de la de papaya. En esto estás sola, chavala.
-Scott…-dije, y con eso bastó. Se hizo el silencio al otro lado de la línea.
-Estoy ahí en un minuto-dijo, y cortó.
No le llevó ni un minuto; resultó que estaba en el cobertizo de Jordan, esperando a ver si me daba un bajón por haberme dado un descanso después del ritmo frenético en el que había sumido mi vida o si, por el contrario, la tarde de chicas era justo lo que necesitaba para relajarme y ver que no tenía que ser perfecta incluso en astrofísica, ya que eso iba a ser cosa suya.
Abrió la puerta del baño y se quedó allí, bajo el marco, con Jordan a su espalda, mirando por encima de su hombro. Supe que la cosa era seria cuando Amoke no hizo ni amago de abrirse el albornoz; ni siquiera le sonrió.
Scott nos barrió con la mirada a todas: clavó los ojos en mí, luego en Taïssa, en Kendra, en Amoke, de pie a mi lado; en Mimi, a unos metros de nosotras, y luego, de nuevo en mí. Se mordisqueó el piercing por dentro mientras la expresión indescifrable de su rostro se volvía todavía más dura.
-Bueno, tú dirás, Sabrae.
-¿Os quedáis a cenar, chicos?-preguntó Annie, esperanzada, y Jordan preguntó qué había antes de decir que sí, como si en algún momento la respuesta fuera a ser distinta. Abrí la boca para empezar a hablar, pero Scott me cortó.
-Y acuérdate de que aquí no están Fiorella, ni papá y mamá. Así que déjate de mierdas y dime la verdad.
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pfff has vuelto por la puerta grande eh. Me ha encantado este capítulo. Desde el momento de Alex arrodillándose a esa entrada triunfal de Scott al final.
ResponderEliminarMe muero de la puta ternura con Nala y Alec. Se me estruja el corazón literalmente.
Me encanta también la relación de las chicas y la nueva amistad que están fraguando con Mimi. Todo el momento de ellas juntas vacilando a Sabrae ha sido una monería. Estaba deseando por fin que Sabrae se lo contase y no contaba para nada con que incluyeses a Scott pero pfff pelos de punta. Necesito que sea un team work entre los hermanos Malik.